Capítulo 35

28 de agosto

Jan Bublanski —o «Burbuja», como lo llamaban a veces— se hallaba frente a la vieja fábrica de vidrio. Había policías y personal sanitario por todas partes, y hasta un equipo de televisión que estaba emitiendo en directo y que lo informó de que ya se habían llevado a Mikael y a otros muchos heridos. Pero, para su gran asombro, en una de las ambulancias descubrió a una persona que conocía. La puerta del vehículo se encontraba abierta, por lo que pudo ver a aquella persona sucia, llena de heridas, con el pelo chamuscado y el brazo vendado. En ese momento dirigía una vacía mirada hacia una camilla que tenía un cadáver tapado con una manta gris y que estaban sacando del edificio. Y entonces, Bublanski, dubitativo, se acercó.

—Lisbeth, querida, ¿cómo estás? —preguntó.

Ella no contestó. Ni siquiera lo miró. Bublanski continuó:

—Debemos darte las gracias. Sin ti…

—… esto no habría sucedido —lo interrumpió Lisbeth.

—No seas tan dura contigo. Aunque me gustaría que me prometieras… —empezó a decir él, si bien tampoco en esta ocasión pudo concluir la frase.

—No te prometo nada —respondió ella con una voz que lo asustó. Bublanski volvió a pensar en el ángel caído, en ese que «no pertenece a nadie ni sirve a nadie», y, tras mostrarle una forzada sonrisa, incitó al personal sanitario a que la llevaran al hospital cuanto antes.

Por eso se volvió hacia Sonja Modig, que venía hacia él, y pensó por enésima vez que ya era demasiado viejo para ese tipo de locuras. Deseaba irse a algún sitio con mar o a cualquier otro lugar tranquilo y lejos de allí.

Estaban todos sentados con los ojos clavados en los móviles. Un reportero de la televisión nacional sueca informaba en directo y anunciaba que Blomkvist y Salander habían sido sacados de la nave, heridos pero con vida, mientras Catrin notaba cómo las lágrimas le brotaban de los ojos. Las manos le temblaban y tenía la mirada perdida. Sintió una mano en su hombro.

—Parece que saldrán de esta —comentó Janek.

—Esperemos —contestó ella, y se preguntó si no debería marcharse ya de allí.

Sin embargo, luego se dio cuenta de lo poco que le valdría en esos instantes, así que por qué no concluir lo que había empezado. Acto seguido, dijo:

—Supongo que la gente comprenderá tu situación, Johannes, por lo menos la que quiera hacerlo.

—No suele ser mucha —terció Rebecka.

—Que pase lo que tenga que pasar —sentenció Johannes—. ¿Podemos llevarte a algún sitio, Catrin?

—No, gracias —contestó ella—. Pero espera, todavía tengo una pregunta.

—Dime.

—Has comentado que no visitaste a Nima con mucha frecuencia mientras estuvo en Södra Flygeln. Aunque sí fuiste a verlo alguna vez, ¿verdad? ¿Y no te diste cuenta de que no se encontraba bien?

—Sí, me di cuenta.

—¿Y por qué no exigiste que se tomaran medidas? ¿Por qué no intentaste que lo trasladaran a un sitio mejor?

—Exigí todo tipo de cosas. Incluso discutí a gritos con los de la clínica. Sin embargo, no sirvió de mucho, así que me di por vencido demasiado pronto. Hui de aquello. Quizá fuese más de lo que era capaz de soportar.

—¿Por qué?

—Hay ciertos asuntos con los que uno no puede —explicó—. Al final, uno acaba desviando la mirada y hace como que no existen.

—¿Tan mal estaba la cosa?

—Me has preguntado si lo visité. Al principio iba a verlo con frecuencia. Pero luego dejé pasar casi un año. No por nada, simplemente el tiempo pasó… Me recuerdo nervioso e incómodo cuando volví. Vino a mi encuentro vestido de gris y arrastrando los pies al andar. Parecía un preso. Lo vi hundido, destrozado, y me levanté para darle un abrazo. Su cuerpo estaba rígido y como sin vida. Intenté hablar con él. Le hice mil preguntas. Sin embargo, él solamente me contestaba con monosílabos. Parecía haberse rendido, y al final fue como si se me acabara la paciencia y experimenté una terrible rabia.

—¿Contra la clínica?

—Contra él.

—No lo entiendo.

—Pues eso fue lo que pasó, y eso es lo que pasa con los sentimientos de culpa: que acaban generando un montón de rabia. Al final, Nima era como…

—¿Como qué?

—Como mi otra cara. Él era el precio que yo había pagado para llevar una vida feliz.

—¿Qué quieres decir?

—¿Es que no lo entiendes? Yo tenía una deuda impagable con él. Ni siquiera podía darle las gracias sin recordarle aquello que lo desgarraba por dentro. Yo vivía porque se había sacrificado a Klara. Yo vivía porque se le había sacrificado a él, pero también a su mujer, y eso era más de lo que era capaz de soportar. No volví a pisar Södra Flygeln. Miré hacia otra parte.