Capítulo 12
25 de agosto
Se había levantado mucho viento en el mar. Mikael se hallaba en su casa de Sandhamn sentado frente al ordenador, navegando por Internet sin buscar nada concreto, aunque atraído en todo momento por la idea de averiguar más cosas sobre Forsell. Algún que otro verano se había cruzado con él en el supermercado y en el puerto, si bien es cierto que también lo entrevistó en una ocasión. De eso hacía ya casi dos años; fue en octubre de 2017, justo cuando Forsell acababa de ocupar el cargo de ministro de Defensa. Mikael se acordó de cómo lo estuvo esperando en una gran habitación con mapas en las paredes y de cómo Johannes Forsell asomó la cabeza por la puerta como si fuese un alegre niño que acabara de llegar a una fiesta.
—¡Mikael! —dijo—. ¡Qué alegría verte!
No resultaba muy habitual que los políticos lo saludaran de esa manera; tal vez debería haberlo ignorado por considerar que no se trataba más que de un intento de hacerle la pelota, sin embargo, había en el ministro un genuino entusiasmo que se le antojó sincero. Mikael recordó que se sintió estimulado por la conversación: Forsell era rápido pensando, estaba bien preparado, contestaba en serio, como si de verdad le interesaran las preguntas, y evitaba, además, hacer propaganda de su partido político. Pero lo que mejor recordaba Mikael eran los wienerbröd; ante sus ojos había un plato lleno de esos deliciosos bollos, y eso que Forsell no parecía ser precisamente alguien que acostumbrara a comer bollería.
Era alto y atlético, un espécimen perfecto que podría haber pasado sin problemas por modelo profesional. Corría cinco kilómetros y hacía doscientas flexiones todas las mañanas, decía, y no daba muestras de tener ninguna debilidad, así que quizá esos bollos no fueran más que un intento de ofrecer una imagen más humana, el afán de un elitista por resultar normal, igual que cuando lo entrevistaron en Aftonbladet y comentó que le encantaba el «Melodifestivalen», sin que después fuera capaz de contestar siquiera a una sola de las preguntas que, con el fin de comprobarlo, le hicieron sobre el televisivo concurso.
Mikael y él tenían la misma edad, constataron, aunque Forsell parecía, sin duda, más joven y habría recibido muchas más felicitaciones en un reconocimiento médico. Irradiaba energía y optimismo. «Puede que parezca que el mundo anda mal, pero avanza, y hay cada vez menos guerras. Que no se te olvide», le dijo. Luego le regaló un libro de Steven Pinker que todavía estaba sin leer en alguna parte.
Johannes Forsell nació en Östersund, en el seno de una familia de pequeños empresarios que regentaba un hostal y unas cabañas turísticas en Åre. Destacó pronto en el colegio y se convirtió en toda una promesa del esquí de fondo. Estudió el bachillerato en Sollefteå, en un instituto especializado y dirigido a jóvenes esquiadores de fondo, tras lo cual fue elegido para realizar el servicio militar en la prestigiosa escuela de intérpretes, donde aprendió ruso. Y después entró como oficial en el Must, el servicio de inteligencia militar. Los años pasados allí resultaban ser, por razones obvias, los más secretos de su vida. Pero era muy posible que se dedicara a investigar las actividades del GRU en Suecia; eso era, al menos, lo que se había insinuado en unas informaciones filtradas al periódico The Guardian justo cuando Forsell, en el otoño de 2008, fue expulsado de Rusia, donde había trabajado en la embajada sueca.
En febrero del año siguiente murió su padre. Entonces Forsell dimitió, se encargó de la empresa familiar y, en muy poco tiempo, la convirtió en un gran grupo. Construyó hoteles en Åre, Sälen, Vemdalen y Järvsö, e incluso en Noruega, en las localidades de Geilo y Lillehammer. En 2015 vendió la empresa a un grupo empresarial turístico de Alemania por una suma que rondó los doscientos millones de coronas, aunque se quedó con algunas actividades menores en Åre y Abisko.
Ese mismo año se afilió al partido socialdemócrata y, sin tener en realidad ninguna experiencia política, fue elegido alcalde de Östersund. Rápidamente ganó popularidad y empezó a ser conocido por su capacidad de iniciativa y resolución, así como por su incondicional amor por el equipo de fútbol de la ciudad. Luego, de la noche a la mañana, fue nombrado ministro de Defensa, una elección que, durante mucho tiempo, pareció ser muy acertada, todo un golpe de efecto publicitario por parte del Gobierno.
Lo retrataron como a un héroe y un aventurero, debido sobre todo a dos de las grandes hazañas que realizó al margen de su carrera política: el cruce a nado del canal de la Mancha, en el verano de 2002, y la subida al Everest que efectuó seis años más tarde, en mayo de 2008. Pero los vientos no tardaron en cambiar; hasta se podría fechar, sin duda, el momento en que eso ocurrió: el día en el que, con una categórica y absoluta convicción, declaró que Rusia había apoyado en secreto a Sverigedemokraterna, el partido xenófobo sueco, en la campaña electoral.
Los ataques hacia su persona se recrudecieron cada vez más, aunque aquello no fue nada comparado con lo que le esperaba. Después de la crisis bursátil de junio, se empezaron a difundir un montón de falsedades sobre su persona. Resultó fácil simpatizar con su mujer, una noruega llamada Rebecka, quien, en una entrevista concedida a Dagens Nyheter, calificó esas mentiras de vergonzosas y contó que incluso se habían visto obligados a contratar a dos guardaespaldas para proteger a sus dos hijos. Había un ambiente crispado, enconado, que no hizo más que intensificarse.
En sus más recientes fotografías, Forsell ya no aparentaba ser ese hombre de inagotable energía. Se le veía cansado y muy delgado, y una noticia del viernes anterior afirmaba que se había tomado una semana de vacaciones; hasta se llegó a rumorear que se trataba de una grave crisis nerviosa. Fuera como fuese, lo cierto era que, por muchas vueltas que Mikael le diera a todo aquello, no podía remediar sentir cierta simpatía por él. Aunque, bien pensado, quizá fuese esa una postura estúpida si realmente iba a investigar si existía una conexión entre Forsell y el mendigo, e incluso tal vez con Mats Sabin, el historiador militar.
Como era lógico, Forsell no siempre podía ser ese hombre intachable y lleno de entusiasmo. En la campaña general de difamación que se había orquestado contra él, hubo quien aseguró que se había agarrado a la barca que lo acompañó a lo largo de su travesía a nado por el canal de la Mancha, y luego estaban, por supuesto, los comentarios de quienes afirmaban que no era cierto que hubiera subido al Everest, como él decía. Pero Mikael no encontró ni un solo fundamento en todas esas acusaciones, exceptuando el hecho de que los dramáticos acontecimientos del Everest habían sido el resultado de un terrible caos —una especie de tragedia griega, si se quiere— del que, por mucho que se hubiera escrito, no se pudo saber nada con certeza.
Sin embargo, Forsell no era la persona sobre la que versaban aquellos artículos. Él se encontraba lejos del epicentro del drama en el que murieron, a una altura de ocho mil trescientos metros, la despampanante y rica americana Klara Engelman y su guía, Viktor Grankin. Por eso Mikael no dedicó más tiempo a investigar esas muertes, sino que se concentró en saber más cosas sobre la carrera militar de Forsell.
El mero hecho de que hubiera sido oficial del servicio de inteligencia debería, sin duda, haber sido información clasificada. Pero el dato se filtró a raíz de que lo expulsaran de Rusia, y aunque ahora, en esa tormenta de odio que se había desatado, surgían los rumores más disparatados, Lars Granath, el comandante en jefe de las fuerzas armadas suecas, seguía refiriéndose a la actuación de Forsell en Moscú como algo exclusivamente «honorable».
Por lo demás, había pocos datos concretos de los que tirar, así que Mikael acabó dejando el tema y se limitó a constatar que Johannes y Rebecka Forsell tenían dos hijos, Samuel y Jonathan, de once y nueve años de edad respectivamente. La familia vivía en Stocksund, a las afueras de Estocolmo, pero también poseía una casa de vacaciones en la parte sureste de la isla de Sandön, no demasiado lejos de donde se encontraba Mikael. ¿Estarían allí ahora?
Mikael tenía el número particular de Forsell. «No dudes en llamarme si tienes alguna pregunta que hacerme», le había dicho con su inimitable espontaneidad. No obstante, Mikael no vio ningún motivo para molestarlo en esos momentos. No, lo que debería hacer era olvidarse de todo y echarse una siesta. Estaba infinitamente cansado. Pero no, no le apetecía descansar, de modo que llamó al comisario Bublanski para volver a hablar de Lisbeth y contarle lo que con toda posibilidad había dicho el mendigo acerca de Mats Sabin, aunque no sin antes añadir, por si acaso: «Seguro que no es nada».
Paulina Müller salió del cuarto de baño del hotel con un albornoz blanco y vio que Lisbeth todavía estaba concentrada en su ordenador. Se acercó a ella y, con toda suavidad, le puso una mano sobre el hombro. Lisbeth ya no miraba esa gran casa de las afueras de Moscú, como solía hacer, sino que estaba leyendo un artículo, y como ya era habitual, Paulina no pudo seguir su ritmo. Nunca había conocido a nadie que leyera con tanta rapidez. Las frases pasaban volando por la pantalla.
Aun así, vio las palabras «Denisovan genoma and that of certain South Asian…», lo que despertó su interés. Ella había escrito, en la revista Geo, un reportaje sobre el origen del Homo sapiens y su parentesco con el hombre de Neandertal y con el homínido de Denísova, por lo que le comentó:
—Yo he escrito sobre eso.
Lisbeth no contestó, cosa que sacaba de quicio a Paulina. Aunque Lisbeth la invitaba siempre y la protegía, a menudo se sentía sola, excluida. No soportaba sus silencios ni las interminables horas que pasaba frente al ordenador. Por las noches, Paulina se volvía loca, porque las noches eran ya de por sí lo bastante duras. Todo lo malo que Thomas le había hecho retumbaba en su interior, por lo que ella no paraba de soñar con vengarse y hacer justicia. En momentos así necesitaba a Lisbeth.
Pero Lisbeth vivía su propio infierno. En algunas ocasiones tenía el cuerpo tan tenso que Paulina ni siquiera se atrevía a arrimarse a ella. ¿Y cómo era humanamente posible dormir tan poco? Cada vez que Paulina se despertaba, Lisbeth estaba a su lado con los ojos abiertos, aguzando el oído por si había ruidos en el pasillo, o la hallaba sentada frente al escritorio mirando secuencias de imágenes de cámaras de vigilancia y de satélites. Paulina sentía cada vez más que ya no soportaba que la mantuviera al margen de todo eso, sobre todo viviendo tan juntas; de modo que su único deseo ahora fue gritarle: «¡¿Quién te persigue?! ¡¿En qué lío andas metida?!».
Le preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
Tampoco esta vez hubo respuesta. Pero al menos Lisbeth se volvió y le dirigió una mirada que, a pesar de todo, ella interpretó como si le hubiese tendido la mano un poco. En sus ojos había ahora un nuevo brillo, más dulzura.
—¿Qué haces? —le preguntó de nuevo.
—Intento averiguar la identidad de un hombre —respondió Lisbeth.
—¿Un hombre?
—Un sherpa, de unos cincuenta años, ya está muerto; probablemente fuese del valle de Khumbu, en el noreste de Nepal, y aunque también podría ser de Sikkim o de Darjeeling, en la India, casi todo habla a favor de Nepal y de los alrededores de Namche Bazaar. Procede del este del Tíbet. Parece haber comido poquísima grasa en su infancia —respondió, cosa que, viniendo de Lisbeth, a Paulina se le antojó toda una conferencia.
Se le iluminó la cara y se sentó en una silla junto a ella.
—¿Algo más? —le preguntó.
—Tengo su ADN y el informe de la autopsia. Considerando sus lesiones, estoy bastante segura de que ha sido porteador o guía en ascensos de grandes alturas, y creo que lo ha hecho muy bien.
—¿Qué te lleva a decir eso?
—Tiene una cantidad inusualmente alta de fibras musculares del tipo 1, de modo que debería haber podido llevar una carga bastante pesada sin consumir demasiada energía. Pero, sobre todo, el gen que regula el nivel de hemoglobina en la sangre. Ese hombre debe de haber sido muy fuerte y haber resistido muy bien condiciones ambientales con poco oxígeno. Creo que ha vivido algo terrible. Presentaba graves lesiones de congelación y rotura de fibras, de vasos sanguíneos, y algunos de los dedos tanto de las manos como de los pies estaban amputados.
—¿Tienes sus datos Y?
—Tengo todo el genoma.
—¿Y no vas a contrastarlo con Y-Full?
Y-Full era una empresa rusa sobre la que Paulina había escrito hacía tan solo un año. La llevaba un grupo de matemáticos, biólogos y programadores que recogían datos de la secuenciación del cromosoma Y de individuos de todo el mundo, de personas que o habían participado en estudios universitarios o habían enviado una prueba de saliva para enterarse de más cosas sobre su origen.
—Pensaba contrastarlo con Familytree y Ancestry, pero ¿has dicho Y-Full?
—Creo que son los mejores. Es una empresa dirigida por gente como tú, una pandilla de completos frikis de los ordenadores.
—OK —repuso Lisbeth—. Pero creo que va a ser difícil.
—¿Por qué dices eso?
—Supongo que el hombre pertenece a un grupo que no se presta a que se analice su ADN con mucha frecuencia.
—¿Y no habrá material de parientes en informes científicos? Sé que se han realizado estudios sobre los motivos por los que los sherpas son tan eficaces en grandes altitudes —comentó Paulina, orgullosa de repente de poder aportar algo.
—Es verdad —dijo Lisbeth, ya no del todo presente.
—Y se trata de una población bastante pequeña, ¿no?
—Apenas hay veinte mil sherpas en el mundo.
—Pues venga, va, ¿a qué estamos esperando? —añadió con la esperanza de poder investigar juntas.
Sin embargo, Lisbeth pinchó otro enlace en su ordenador. Parecía un plano de Estocolmo.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—No es importante.
La mirada de Lisbeth se volvió todavía más oscura.
Entonces Paulina, molesta, se levantó, se vistió en silencio y la dejó sola. Salió a la calle y puso rumbo al castillo de Praga.