Capítulo 4
15 de agosto
¿Alguna vez habían tenido la oportunidad de conocerse? ¿De ser algo más que enemigas? Tal vez no fuera imposible, a pesar de todo. Hubo un tiempo en el que, al menos, tuvieron algo en común: el odio a su padre, Alexander Zalachenko, y el miedo a que este, cualquier día, matara a su madre, Agneta.
Por aquel entonces, las hermanas vivían en el pequeño cuartucho de un apartamento de Lundagatan, Estocolmo, y cuando el padre llegaba, apestando a alcohol y tabaco y, a rastras, se llevaba a la madre al dormitorio y la violaba, ellas, desde su habitación, oían cada grito, cada golpe y cada jadeo. En alguna ocasión, Lisbeth y Camilla se cogían de las manos como buscando consuelo. Era cierto que lo hacían a falta de algo o de alguien mejor, pero aun así… compartían el mismo sentimiento de terror y estaban unidas en su indefensión. Sin embargo, también eso se lo arrebataron.
Cuando tenían doce años, aquello fue a más. No solo por lo que respectaba al grado de violencia, sino también a la frecuencia. Zalachenko empezó a pasar algunas temporadas en casa y a violar a Agneta prácticamente todas las noches. Y entonces la relación que había entre las hermanas también empezó, de un modo imperceptible, a cambiar; un cambio que al principio resultaba imposible de entender, pero que se intuía en el brillo de excitación que aparecía en los ojos de Camilla y en el brío que había adquirido su paso cada vez que salía al encuentro de su padre al llegar este a casa. Fue en esa época cuando todo se fraguó.
Justo cuando la batalla estaba a punto de convertirse en mortal, eligieron luchar en bandos opuestos. Tras eso ya no hubo posibilidad alguna de reconciliación, sobre todo desde que el padre le dio una paliza tan brutal a Agneta que la dejó con serias e incurables lesiones cerebrales y Lisbeth le lanzó un cóctel molotov a Zalachenko para, acto seguido, verlo arder en el asiento del conductor de su Mercedes. Desde aquel día, todo fue una cuestión de vida o muerte. Desde aquel día, el pasado no fue más que una bomba de acción retardada a punto de estallar, y ahora, muchos años después, cuando Lisbeth Salander salió del portal del bulevar Tverskoi, todo aquel tiempo que habían vivido en Lundagatan desfiló por su mente en una serie de secuencias relámpago.
Estaba allí y en ese instante. Vio exactamente el hueco por el que dispararía y cómo huiría a continuación. Pero también recordaba más de lo que ella misma ni siquiera comprendía, por lo que no hacía más que caminar muy despacio. Y hasta que Camilla bajó de la limusina y empezó a andar por la alfombra roja, con sus tacones altos y su vestido negro, Lisbeth no aligeró el paso, aunque todavía avanzaba en silencio y con la cabeza gacha.
Desde el interior del restaurante se oían los instrumentos de cuerda y el tintineo de las copas mientras, allí fuera, seguía lloviendo a cántaros. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el asfalto y por la calle pasó un coche patrulla. Lisbeth lo miró, así como a aquella hilera de guardaespaldas dispuestos sobre la alfombra roja, y se preguntó en qué momento exacto se fijarían en ella. ¿Antes o después de que disparara? Imposible saberlo, no existían garantías. Pero parecían tardar en reparar en su presencia. Era de noche y había niebla, y Camilla atraía toda su atención.
Brillaba como siempre lo había hecho, y a Kuznetsov se le iluminó la mirada, al igual que, en su día —hacía ya mucho tiempo—, se les había iluminado a todos los chicos del patio del colegio. Camilla podía hacer que la vida se detuviera. Ese era el poder con el que había nacido. Lisbeth vio a su hermana avanzar con paso solemne y observó que Kuznetsov enderezaba la espalda y le extendía los brazos en un nervioso gesto de bienvenida mientras algunos invitados se asomaban a la puerta del restaurante y se amontonaban para contemplar la escena. De repente, se oyó una voz, algo que Lisbeth, en realidad, se esperaba: «Там, посмотриte». «Allí, mira», y uno de los guardias —un hombre rubio y con la nariz aplastada— dirigió la mirada hacia donde se encontraba Lisbeth, y entonces ella no pudo dudar más.
Puso la mano sobre su Beretta, aún en la funda, y la invadió el mismo y gélido frío que sintió cuando arrojó el tetrabrik lleno de gasolina en el interior del coche de su padre. Le dio tiempo a ver cómo Camilla se quedaba paralizada por el terror y cómo al menos tres de los guardaespaldas se disponían a empuñar sus armas y clavaban la mirada en ella, momento en el que pensó que actuaría de forma rápida e implacable.
Sin embargo, se quedó petrificada, y en un principio no entendió por qué. Únicamente sintió cómo una nueva sombra de la infancia la envolvía, al tiempo que comprendía que no solo había perdido su oportunidad, sino que también estaba expuesta a sus enemigos y que no tenía ninguna escapatoria.
Camilla nunca vio a esa figura dudar. Tan solo oyó su propio grito y advirtió que había cabezas que se giraban, cuerpos que se sobresaltaban y armas que se desenfundaban. Aun así, estaba convencida de que era demasiado tarde y de que, en cualquier instante, su pecho sería acribillado a balazos. Pero no se produjo ningún ataque, y Camilla pudo precipitarse hacia el restaurante en busca de protección tras la espalda de Kuznetsov; durante un par de segundos, no fue consciente más que de su propia respiración pesada y de una serie de movimientos agitados a su alrededor.
Tardó en darse cuenta de que no solo estaba a salvo, sino también de que la suerte se había puesto de su parte. Ya no era ella la que se encontraba en peligro de muerte, sino aquella oscura figura cuyo rostro aún no podía ver y que había agachado la cabeza para consultar algo en el móvil, pero tenía que ser Lisbeth. No podía ser otra. Camilla sintió un palpitante odio y una enorme sed de sangre, un inmenso deseo de ver sufrir y morir a aquella figura. Acto seguido, levantó la vista para mirar a su alrededor por encima de la multitud.
Lo que vio era mejor de lo que ni siquiera podría haber soñado. Mientras ella se hallaba rodeada de guardaespaldas con chalecos antibalas, Lisbeth se encontraba sola en medio de la acera con un montón de armas apuntándola. Una escena sencillamente maravillosa. Camilla quiso alargar ese momento, y supo que lo recordaría una y otra vez. Lisbeth estaba acabada y pronto sería abatida, pero, por si a alguien se le ocurría vacilar, Camilla gritó:
—¡Disparad! Quiere matarme —y, en un santiamén, le pareció oír cómo repiqueteaban las balas.
Un atronador ruido le sacudió todo el cuerpo y, aunque ya no veía a Lisbeth —se lo impedían todos los que corrían delante de ella—, se imaginó que su hermana era alcanzada y moría cosida a tiros tras caer llena de sangre sobre la acera. Pero no…, allí pasaba algo raro. No fueron disparos lo que oyó, sino más bien…, ¿qué?…, ¿una bomba, una explosión? Un infernal estruendo que procedía del restaurante los arrolló, y a pesar de que Camilla no quiso perderse ni un segundo de la humillación y muerte de Lisbeth, no pudo dejar de dirigir la mirada hacia los allí presentes. Aquello resultaba incomprensible.
Los violinistas habían dejado de tocar para observar la escena aterrados. Muchos de los invitados, prácticamente paralizados, se tapaban los oídos con las manos. Otros las tenían sobre el pecho o gritaban de miedo. Pero la mayoría de ellos, presas del pánico, habían echado a correr hacia la salida, y hasta que la puerta se abrió y las primeras personas aparecieron en medio de la lluvia, Camilla no lo comprendió. Tampoco se trataba de una bomba. Era música, pero puesta a un volumen tan demencial que a duras penas se podía calificar de sonido, sino más bien de ataque vibratorio en el espacio aéreo, razón por la que no le extrañó lo más mínimo que un anciano calvo gritara:
—¡Pero ¿qué pasa? ¿Qué pasa?!
Una chica de unos veinte años, que llevaba un vestido corto azul oscuro, se dejó caer de rodillas con las manos protegiéndose la cabeza, como si pensara que el techo estaba a punto de venírsele encima. Kuznetsov, que se hallaba justo a su lado, murmuró algo incomprensible que quedó ahogado en medio de aquel ruido, y en ese momento Camilla se dio cuenta de su error: había desviado su atención; y cuando, furiosa, volvió a mirar hacia la fachada del edificio de enfrente y la acera, su hermana había desaparecido.
Como si se la hubiera tragado la tierra. Desesperada, en medio de aquella locura generalizada de invitados desconcertados que chillaban, Camilla barrió los alrededores con la mirada, y apenas si había tenido tiempo de maldecir su suerte a gritos cuando recibió un violento golpe en el hombro que la hizo impactar contra la acera con el codo y la cabeza. Y mientras las sienes le palpitaban de dolor, los labios le sangraban y un sinfín de pies corrían de un lado para otro, oyó, justo por encima de su cabeza, cómo una familiar y gélida voz le decía:
—La venganza llegará, hermana, llegará.
Camilla no pudo reaccionar con la suficiente rapidez, sin duda por estar demasiado aturdida, porque cuando levantó la cabeza y miró a su alrededor no había ni rastro de Lisbeth, tan solo una multitud de desorientadas personas que se precipitaban fuera del restaurante. Y entonces volvió a gritar:
—¡Matadla!
Pero ni ella misma creía que eso fuera posible ya.
Vladimir Kuznetsov no se dio cuenta de que Kira se había estampado contra el suelo. Apenas era consciente de toda aquella locura que se estaba desatando a su alrededor, porque en medio de aquel tumulto había captado algo que lo aterraba más que cualquier otra cosa: unas palabras sueltas que alguien había aullado con un palpitante ritmo, a golpes. Y durante un buen rato se negó a creer que fuera verdad.
Se limitó a mover la cabeza de un lado para otro murmurando «No, no» e intentando apartarlo de su mente como si fuera una terrorífica alucinación, una mala pasada de su exaltada imaginación. Pero, sí, realmente se trataba de esa canción —la banda sonora de sus pesadillas—, y lo único que deseó en ese momento fue que se lo tragara la tierra y morir.
—No puede ser verdad, no puede ser verdad —musitó mientras, atronador, el estribillo le llegaba como la onda expansiva de una granada:
Killing the world with lies.
Giving the leaders
The power to paralyze
Feeding the murderers with hate,
Amputate, devastate, congratulate.
But never, never
Apologize.
No había ninguna otra canción sobre la faz de la Tierra que le provocara tanto miedo como esa; a su lado, el hecho de que la fiesta que tanto había ansiado hubiera sido saboteada o la posibilidad de que furiosos oligarcas y poderosos políticos lo denunciaran por haberles roto los tímpanos carecía de importancia. Lo único en lo que pensaba en ese instante era en la música, cosa que no resultaba nada extraño. El mero hecho de que sonara allí y en ese momento indicaba que alguien había descubierto su más horrible secreto. Se arriesgaba a que lo pusieran en evidencia delante de todo el mundo, por lo que un pánico atroz le oprimió el pecho y le dificultó la respiración. Aun así, se esforzó por poner buena cara cuando sus hombres consiguieron silenciar aquel ruido. Incluso fingió suspirar de alivio.
—Disculpen, damas y caballeros —proclamó—. Al parecer, uno no puede fiarse nunca de la tecnología. Les pido mil disculpas. Pero continuemos la fiesta. Les prometo que no les faltarán ni bebida ni otras tentaciones…
Buscó con la mirada a algunas de las prostitutas que iban ligeras de ropa, como si un poco de belleza femenina pudiera salvar la situación. Pero las únicas chicas que encontró se hallaban apoyadas, aterrorizadas, contra la fachada del edificio, por lo que Kuznetsov no terminó la frase. Su voz carecía de convicción, y todos los allí presentes lo notaron. Vieron que estaba descompuesto, y cuando los músicos, al marcharse, pasaron por delante de él con gesto de ostensiva aversión, la mayoría de la gente pareció desear seguir su ejemplo, cosa que, en realidad, a Kuznetsov le daba un poco igual; lo único que deseaba era quedarse a solas con sus pensamientos y su miedo.
Quiso llamar a sus abogados y a los contactos que tenía en el Kremlin para, en el mejor de los casos, recibir un poco de consuelo y que le dijeran que no aparecería en los titulares de los periódicos de todo Occidente como una vergüenza y un criminal de guerra. Vladimir Kuznetsov contaba con poderosos protectores, y era, sin lugar a dudas, un pez gordo que había sido capaz de cometer los más horrendos crímenes sin mayores cargos de conciencia. Pero eso no significaba que fuera una persona fuerte, sobre todo cuando Killing the World with Lies sonaba en una fiesta que él mismo había organizado para lucirse.
En momentos así, no era más que aquello que había sido en sus inicios: un macarra, un delincuente de medio pelo que una tarde, por divina casualidad, fue a parar a la misma sauna que dos diputados de la Duma a los que les había llenado la cabeza de cuentos chinos. Aparte de eso, Kuznetsov no poseía ningún talento, no tenía ninguna formación académica ni estaba dotado de una especial inteligencia, aunque sabía contar unas historias tremendas. No necesitó más.
A partir de aquella tarde de hacía ya muchos años, tras emborracharse y no dejar de mentir en aquella sauna, le salieron numerosos amigos influyentes y empezó a trabajar duro. Hoy tenía centenares de empleados, la mayoría de ellos mucho más inteligentes que él: matemáticos, estrategas, psicólogos, asesores del FSB y del GRU, hackers, informáticos, ingenieros, expertos en inteligencia artificial y robótica… Era rico y poderoso, pero lo más importante era que de puertas para fuera nadie lo relacionaba con las fábricas de información y sus mentiras.
Haciendo gala de una gran habilidad, había ocultado su responsabilidad y su participación en ellas, y en los últimos tiempos había tenido motivos más que de sobra para agradecerle a su ángel de la guarda que así fuera, y no por haberse visto implicado en la crisis bursátil —todo lo contrario, eso era algo que consideraba más bien un mérito—, sino por las misiones que se llevaron a cabo en Chechenia y que acabaron estallando en los medios de comunicación hasta originar movimientos de protesta, más de un revuelo en la ONU y, lo que era peor, una canción de rock duro que, naturalmente, se convirtió en un éxito mundial.
La canción la había oído en todas esas malditas manifestaciones en las que se protestaba por los asesinatos. En todas y cada una de esas ocasiones había temido que se mencionara su nombre, y hasta esas últimas semanas, durante la preparación de su gran fiesta, su vida no había vuelto a la normalidad. Su risa había regresado, y también los chistes y las historias que contaba, y esa noche, todos los invitados ilustres, uno tras otro, se presentaron en su fiesta, cosa que lo llenó de orgullo y lo hizo disfrutar de lo lindo. Hasta que esa canción empezó a atronar tan fuerte que por poco le estalla la cabeza.
—¡Me cago en la puta hostia!
—¡Pero, oiga!, ¿qué dice?
Un distinguido y anciano caballero que llevaba un sombrero y un bastón, y que él, en su desconcierto, fue incapaz de reconocer, lo contemplaba con una mirada crítica. Y aunque lo que más deseaba era mandar a aquel señor a paseo, tuvo miedo de que quizá fuera más poderoso que él, por lo que le contestó con la mayor educación que pudo reunir:
—Disculpe mi forma de hablar, es que estoy un poco enfadado.
—Debería revisar la seguridad de su sistema informático.
«¡Joder, si no he hecho otra cosa!», pensó.
—No, esto no tiene nada que ver con eso —dijo Kuznetsov.
—Entonces ¿qué ha pasado?
—Ha sido un fallo… eléctrico —continuó él.
«¿Eléctrico?» ¿Se había vuelto loco? ¿De verdad creía que los cables habían producido un cortocircuito para poner la canción Killing the World with Lies? Sintió vergüenza de sí mismo, por lo que desvió la mirada y, con la mano, saludó patéticamente a algunos de los últimos invitados, que desaparecieron en sus taxis. El restaurante se fue vaciando de gente, y Kuznetsov buscó con la mirada a Felix, su joven técnico jefe. ¿Dónde diablos se habría metido ese cabrón?
Lo descubrió hablando por teléfono junto al escenario, con su ridícula perilla y su grotesco esmoquin, que le sentaba como un saco de patatas. Parecía alterado, y por supuesto que debería estarlo. Ese idiota le había prometido que nada saldría mal y, mira tú por dónde, el mundo se les había caído encima. Kuznetsov lo llamó con un irritado gesto de la mano.
Felix le contestó con otro, como pidiendo que no lo interrumpiera, y entonces Kuznetsov tuvo ganas de pegarle un puñetazo en toda la cara o de cogerle la cabeza y estampársela contra la pared. Sin embargo, cuando por fin Felix se acercó, con paso lento y desganado, actuó de otra manera; hasta su voz sonó desvalida cuando le preguntó:
—¿Te has dado cuenta de la canción que era?
—Sí, me he dado cuenta —respondió Felix.
—Eso quiere decir que alguien de fuera lo sabe.
—Eso parece.
—¿Qué crees que pasará?
—No lo sé.
—¿Nos van a mandar una carta para chantajearnos?
Felix permaneció callado mordiéndose el labio, y Kuznetsov observó la calle con la mirada perdida.
—Creo que debemos prepararnos para algo aún peor —respondió Felix.
«No digas eso —pensó Kuznetsov—. No digas eso».
—¿Por qué?
Se le quebró la voz.
—Porque acaba de llamar Bogdanov…
—¿Bogdanov?
—Uno de los hombres de Kira.
«Kira —pensó—, la deliciosa, la peligrosa Kira», y luego se acordó: todo había empezado con ella, con su bello rostro torciéndose en una mueca terrible, con su boca gritando «¡Disparad, quiere matarme!», y los ojos puestos en una oscura figura que había junto a la pared. En su cabeza, todo eso se mezcló con el ruido que siguió.
—¿Y qué ha dicho Bogdanov? —preguntó.
—Que sabe quién nos ha hackeado.
«Eléctrico —se dijo—. ¿Cómo coño he podido soltar lo de “eléctrico”?»
—Así que nos ha hackeado alguien…
—Eso parece.
—Pero se supone que eso era imposible. ¡Maldito idiota, decías que eso era imposible!
—Sí, pero es que esa persona…
—¿Qué coño le pasa a esa persona?
—Pues que es una tía extraordinariamente buena.
—Así que es una mujer…
—Es una mujer, y al parecer no le interesa el dinero.
—¿Y qué es lo que le interesa?
—La venganza —contestó Felix, y entonces Kuznetsov, tras sentir cómo un escalofrío le recorría el cuerpo, le propinó un puñetazo en toda la cara.
Luego se marchó de allí para emborracharse con champán y vodka.
Lisbeth parecía tranquila cuando entró en la habitación de su hotel, y ni siquiera daba la impresión de tener prisa; hasta se sirvió una copa de whisky. La apuró de un solo trago y luego cogió unos frutos secos de un cuenco que había sobre la mesita que se hallaba junto al sofá. Después se puso a hacer la maleta, pero ninguno de sus movimientos denotaba prisa o nerviosismo.
Hasta que cerró la maleta y se levantó no pudo apreciarse que tenía el cuerpo insólitamente tenso, y que su mirada buscaba algo que romper: un jarrón, un cuadro, la lámpara de araña del techo… Se contentó con ir al cuarto de baño y concentrar la vista en el espejo, como si estudiara cada rasgo de su cara, aunque lo cierto es que no veía nada.
Su mente se hallaba todavía en el bulevar Tverskoi. Pensó en su mano aproximándose al arma, y luego en cómo la retiró. Se acordó de lo que había provocado que le resultara sencillo, y también de lo que lo había hecho difícil, y se dio cuenta de que, por primera vez en todo el verano, no sabía cómo proceder. Estaba… Eso, ¿cómo estaba?… Era probable que absolutamente desorientada; ni siquiera se sintió reconfortada cuando cogió su móvil y se enteró de dónde vivía Camilla.
A través de un satélite de Google Earth, se acercó a mirar una casa de piedra con terrazas, jardines, piscinas y estatuas, y aunque intentó imaginarse pegándole fuego a todo aquello, igual que se lo pegó a su padre y a su Mercedes en Lundagatan, no le sirvió de mucho. Lo que hasta hacía muy poco tiempo había sido un plan perfecto era ahora un auténtico caos. Pensó en su actual duda y en la de aquellos años, ya lejana, y se dio cuenta de que dudar era peligrosísimo, la discapacitaba. Después masculló algo ininteligible y bebió un poco más de whisky.
Luego pagó por Internet la cuenta del hotel y salió de allí maleta en mano, y, tras haberse alejado unas cuantas manzanas, tiró la pistola a una alcantarilla. Acto seguido, cogió un taxi, desde donde compró, usando uno de sus pasaportes falsos, un billete de avión a Copenhague en el vuelo que saldría a primera hora de la mañana, y se dirigió al hotel Sheraton, que se encontraba justo al lado del aeropuerto de Sheremétievo.
Ya de madrugada descubrió que Mikael le había enviado un mensaje. Estaba preocupado, le decía, y entonces volvió a pensar en la grabación de Fiskargatan y decidió entrar en el ordenador de él por la habitual vía de atrás. No resultaba fácil explicar por qué, pero quizá sus pensamientos necesitaran descansar y centrarse en cosas distintas de las que ahora no cesaban de rondarle la cabeza, de modo que se sentó frente al escritorio.
No tardó mucho en toparse con un par de documentos encriptados que parecían importantes para Mikael. Aun así, tuvo la impresión de que él quería que ella los viera. En los archivos que había creado para Lisbeth le daba pistas y claves que solo ella podía entender, y tras andar un poco de un lado para otro en el servidor de Mikael, Lisbeth se sumergió en un largo reportaje que hablaba de la caída de la bolsa y de las fábricas de troles; Mikael había conseguido sacar bastantes cosas, aunque no tantas como ella. Leyó el reportaje un par de veces, hizo un añadido al final del texto y adjuntó un enlace con documentos y correspondencia de correos, si bien ya estaba tan cansada que no se dio cuenta de que había escrito mal el nombre de Kuznetsov y de que no se había ajustado mucho a la forma de escribir de Mikael. Solo era consciente de haber salido del ordenador de su viejo amigo y de haberse tumbado de espaldas en la cama sin quitarse ni el traje ni los zapatos.
Cuando se durmió empezó a soñar con su padre ardiendo en un mar de llamas y diciéndole que ella se había vuelto débil y que no tenía nada que hacer frente a Camilla.