Capítulo 28
13 de mayo de 2008
Klara Engelman no pensó nada cuando fue abandonada la primera vez. Su temperatura corporal había descendido hasta los veintiocho grados, y el corazón le latía de forma lenta e irregular. Nunca oyó los pasos alejándose ni la tormenta aullando.
Se hallaba en un profundo nivel de inconsciencia y no sabía que había puesto un brazo sobre el cuerpo de Viktor, ni tan siquiera que el cuerpo que abrazaba era el de él. Su sistema vital se había ido apagando como un último mecanismo de defensa, y no tardaría mucho en morir. De eso no cabía ninguna duda, al menos en ese momento; tal vez fuera eso, en cierto modo, lo que ella deseaba.
Su marido, Stan, ya llevaba un tiempo mostrándole sin disimulo su desprecio, y le era infiel sin ni siquiera ocultárselo, mientras que su hija Juliette, que tenía once años, también estaba atravesando una crisis. Klara había querido huir de todo aquello yendo al Everest, y había fingido que era feliz, como hacía siempre. Pero en realidad sufría una enorme depresión, y hasta una semana antes no había vuelto a encontrar nada por lo que mereciera la pena vivir, y no se trataba solo de su amor por Viktor. También había empezado a tener la esperanza de poder vengarse de Stan de una vez por todas.
Había comenzado a sentirse fuerte de nuevo, incluso en su ascenso hacia la cumbre, y había tomado una buena cantidad de la sopa de arándanos de cuyas fantásticas propiedades nutritivas había oído hablar. Sin embargo, no tardó mucho en sentir cómo su cuerpo se hacía extrañamente pesado y cómo se le caían los párpados mientras notaba que el frío se le metía cada vez más en los huesos, y al final sucedió: se desplomó. Se fue yendo, y permaneció ajena a la tormenta que entró de forma inesperada desde el norte y que puso en peligro a toda la expedición. Tuvo la sensación de que el tiempo se detenía y de que sobre ella se cernía una enorme y silenciosa oscuridad, y no oyó nada hasta que un piolet empezó a golpearle la cara.
Sin embargo, ignoraba lo que estaba sucediendo. Tan solo oyó el ruido de unos golpes que, aunque los sintió cerca, muy cerca quizá, se le antojaron muy lejanos, como en otro mundo. Y luego, a pesar de todo, una vez que las vías respiratorias quedaron desobstruidas y los pasos desaparecieron, abrió los ojos. Casi un milagro. Hacía ya mucho tiempo que debería haber muerto. Pero Klara Engelman, a la que habían dado por desaparecida, volvió a mirar a su alrededor sin entender nada. Excepto que estaba viviendo algún tipo de infierno. No obstante, pronto empezó a recordar algo y se miró las piernas y las botas, y luego vio un brazo, sin saber muy bien a quién pertenecía, cosa que no solo se debía al hecho de que se encontraba muy aturdida. El brazo se había quedado congelado y flotaba en el aire por encima de su cadera. Y entonces lo comprendió todo e intentó moverlo. No podía. Estaba muerto. Toda ella estaba congelada. Aun así, sucedió algo que la hizo levantarse.
Se le apareció su hija. La vio de forma tan nítida que le dio la sensación de que podía tocarla, y, tras realizar cuatro o cinco intentos, consiguió ponerse de pie y empezó a bajar dando tumbos y con aquellas manos, congeladas, extendidas hacia delante, como si fuera una sonámbula, y aunque casi no sabía dónde estaba la derecha y dónde la izquierda, se dejó guiar por unos gritos, unos alaridos inhumanos que parecían enseñarle el camino. Hasta que pasó una media hora no se percató de que era ella misma la que había proferido esos gritos.
Nima Rita se encontraba en ese paisaje que siempre había creído que estaba habitado por espíritus y fantasmas, razón por la que hizo caso omiso de aquellos gritos. «Venga, seguid gritando —pensó—, seguid». Pero, para empezar, ¿por qué estaba allí arriba otra vez? Ni él mismo se lo creía. Él ya la había visto y se había despedido de ella. Ya no había ninguna esperanza. Por otra parte, sabía que había escuchado demasiado a los otros y que había abandonado a quien no podía abandonar, y quizá lo de menos fuera que él pudiera morir. Lo único importante era mostrar que no se daba por vencido. Si tenía que morir, al menos lo haría con dignidad.
Estaba extenuado, más allá del límite de lo humanamente comprensible, y se hallaba en un grave estado de congelación. Apenas era capaz de ver nada, tan solo oía la tormenta y aquellos alaridos procedentes del interior de la niebla, pero ni por un instante se le ocurrió relacionarlos con mamsahib. Ya estaba a punto de detenerse para descansar un momento cuando advirtió la presencia de unos pasos, unos pasos chirriantes que se acercaban cada vez más.
Y de repente apareció ante sus ojos un espectro, una figura con los brazos estirados hacia delante, como si quisiera, a cualquier precio, algo del mundo de los vivos, un trozo de pan, un poco de consuelo, una oración quizá. Él acudió a su encuentro y, solo unos segundos después, aquel ser se abalanzó sobre él con todo su peso. Ambos cayeron sobre la nieve y empezaron a rodar cuesta abajo, tras lo cual Nima se dio un golpe en la cabeza.
—Ayúdame, ayúdame, necesito ver a mi hija —le pidió la figura. Y entonces Nima lo comprendió todo.
No de inmediato, sino de una forma gradual y confusa que terminó con una punzada de alegría que invadió su exhausto cuerpo. Era ella. Era realmente ella, y no podía deberse a otra cosa más que al hecho de que, a pesar de todo, gozaba de la benevolencia de la diosa de la montaña, que sin duda habría visto lo mucho que había luchado y lo doloroso y pesado que le había resultado. Aquella historia podía acabar bien, creyó él; por eso hizo acopio de sus últimas fuerzas, la agarró por la cintura y consiguió que se pusiera de pie. Luego comenzaron a bajar juntos mientras ella no cesaba de gritar y él perdía, cada vez más, la noción de la realidad.
Su cara estaba extrañamente rígida y ennegrecida. Parecía alguien de otro mundo, y aun así… tenía los brazos alrededor de ella, y luchaba. Se percibía por su respiración que se estaba esforzando al máximo, y ella le pidió a Dios que le permitiera volver a ver a su hija mientras no dejaba de prometerse que nunca más se rendiría. Nunca, nunca más volvería a desfallecer. Ni ahora ni luego. «Lo conseguiré», pensó ella.
A medida que iba dando pasos se convencía cada vez más: «Si salgo de esta, no habrá nada que se me resista», y poco después, algo más abajo, divisó otras dos figuras. Y entonces se le iluminó la cara aún más.
«Ahora estoy salvada.
»Ahora, por fin, estoy salvada».