Capítulo 31
28 de agosto
Mikael nunca había perdido antes las ganas de vivir. Ni siquiera había experimentado una crisis demasiado profunda. Pero ahora, tumbado en aquella camilla con ruedas y con graves quemaduras en las piernas y los pies, solo deseaba dormirse y desaparecer. No existía nada más que su dolor, y ni siquiera era capaz de gritar. No hacía más que sufrir violentas convulsiones intentando resistir, y no era consciente de que aquello podía ir a peor. Pero sí podía.
El hombre del traje blanco, que se había presentado como Ivan, agarró un escalpelo que había en la mesa de al lado y le hizo un corte en la quemadura, y entonces Mikael arqueó el cuerpo y pegó un grito a pesar de todo. Siguió gritando hasta que algo lo devolvió a la realidad. Pero tardó en entender lo que estaba pasando, y solo de forma vaga percibió que se acercaban unos nuevos pasos, esta vez unos tacones que repiqueteaban contra el suelo; y al girar la cabeza vio a una mujer rubia, ligeramente pelirroja, de una belleza celestial. Acto seguido, ella le sonrió, lo que quizá a él debería haberle infundido la esperanza de que, de algún modo, ella iba a aliviar su sufrimiento. Sin embargo, aquello no hizo más que acrecentar su terror.
—Tú… —murmuró.
—Yo —respondió ella.
Camilla le acarició la frente y el pelo. Había un reprimido sadismo en su gesto.
—Hola —le dijo.
Mikael no contestó. Todo su ser no era más que una herida abierta. Y, aun así…, los pensamientos revoloteaban por su cabeza, como si tuviera algo importante que decirle.
—Estoy preocupada por Lisbeth —continuó ella—. Y tú también deberías estarlo, Mikael. El tiempo se acaba. Tic-tac, tic-tac… Pero tú no sabes la hora que es, ¿verdad? Pues te diré que son más de las once, y que Lisbeth ya debería haberse puesto en contacto con nosotros si es que en realidad quiere ayudarte. Pero seguimos sin noticias de ella.
Volvió a sonreír.
—Quizá ya no te quiera tanto, Mikael. Quizá tenga celos de todas esas otras mujeres tuyas. De tu pequeña Catrin.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Mikael.
—¿Qué le habéis hecho?
—Nada, querido, nada. De momento. Pero, al parecer, Lisbeth prefiere verte muerto a colaborar con nosotros. Te va a sacrificar, como ha hecho con tantos otros.
Mikael cerró los ojos y continuó buceando en su memoria en busca de aquello que tenía la sensación de que quería decir, pero lo único que encontró fue su propio dolor.
—Sois vosotros los que me sacrificáis —dijo—. No ella.
—No, nosotros no. Lisbeth ha recibido una oferta y no la ha aceptado, y la verdad es que no tengo nada en contra de eso. No me importa que sepa lo que se siente cuando se pierde a alguien importante. ¿No hubo un día en el que tú fuiste importante para ella?
Camilla volvió a acariciarle el pelo y, al hacerlo, él descubrió algo inesperado en su rostro. Vio el parecido que tenía con Lisbeth, quizá no tanto en su aspecto físico como en esa expresión muda y furiosa de sus ojos. Y entonces balbució:
—Los que…
Luchó para asumir el control de su dolor.
—¿Los que qué, Mikael?
—Los que… eran importantes para ella eran su madre y Holger, y a esos ya los ha perdido —respondió, y de pronto supo lo que había estado buscando en su memoria.
—¿Qué quieres decir?
—Que Lisbeth ya sabe lo que significa perder a alguien cercano, mientras que tú, Camilla…
—Mientras que yo…
—… tú has perdido algo que es mucho peor.
—¿Y qué se supone que es?
Se lo escupió con los dientes apretados:
—Una parte de ti misma.
—¿A qué te refieres?
Un destello de rabia apareció en sus ojos.
—Tú perdiste tanto a tu madre como a tu padre.
—Eso es verdad.
—Una madre que no quiso ver el mal que te hicieron y un padre… al que querías, sí…, pero que se aprovechaba de ti, y yo creo…
—¿Qué coño es lo que crees?
Mikael cerró los ojos intentando concentrarse.
—Que la mayor víctima de la casa fuiste tú. Todos te fallaron.
Camilla lo agarró por el cuello:
—¿Qué es lo que te ha metido Lisbeth en la cabeza?
Le costaba respirar, y no solo a causa de la mano de Camilla. Era como si el fuego se acercara a él, y se dio cuenta de que había cometido un error: había querido despertar algo en ella, pero no había conseguido más que enfurecerla.
—¡Contesta! —le gritó.
—Lisbeth me dijo que…
Jadeó pesadamente.
—¿Qué?
—Que ella debería haber sabido por qué Zala te buscaba por las noches, pero que en aquel entonces estaba tan concentrada en salvar a su madre que no lo entendió.
Ella le soltó el cuello y le dio tal patada a la camilla que los pies de Mikael chocaron contra el marco del horno.
—¿Eso te contó?
El pulso de Mikael se disparó.
—Ella no lo sabía.
—¡Y una mierda!
—No, no.
—¡Ella siempre lo ha sabido, claro que lo ha sabido! —gritó Camilla.
—Tranquilízate, Kira —le pidió Ivan.
—¡Ni hablar! —le espetó—. Sobre todo cuando resulta que Lisbeth le ha contado una sarta de mentiras.
—Ella no sabía nada —balbució Mikael.
—¿Así que eso es lo que va diciendo? ¿Quieres saber lo que en realidad pasó con Zala? ¿Quieres saberlo? Zala me convirtió en mujer. Eso fue lo que él me dijo.
Camilla dudó. Parecía estar buscando las palabras.
—Él me convirtió en mujer más o menos de la misma manera que ahora yo te convertiré en hombre, Mikael —continuó. Y, acto seguido, se inclinó hacia delante y lo miró fijamente a los ojos, y, aunque en un principio su mirada estaba llena de rabia y de venganza, luego cambió.
Mikael intuyó un atisbo de vulnerabilidad que lo llevó a pensar que habían establecido algún tipo de contacto o que incluso ella había visto algo de sí misma en la indefensión que él experimentaba. Sin embargo, era muy probable que se hubiera equivocado. Porque un instante después Camilla dio media vuelta y fue en dirección a la salida mientras gritaba algunas palabras en ruso que sonaban a órdenes.
Luego Mikael se quedó a solas con el hombre que decía llamarse Ivan, y no pudo hacer otra cosa que intentar aguantar y evitar dirigir la mirada a las llamas.
13 de mayo de 2008
Cuando Klara vio a los escaladores entre la tormenta de nieve se desplomó y cayó rodando por la pendiente, al tiempo que se alejaba de Nima Rita, para ir a chocar contra el cuerpo de un hombre. ¿Estaba muerto? No, no, seguía vivo, se movía. Y entonces él la miró y empezó a negar con la cabeza. Llevaba una máscara de oxígeno. Ella no pudo ver quién era. Pero él le dio unas palmadas en el hombro.
Luego se quitó la máscara y le sonrió con los ojos, tras lo cual ella le devolvió la sonrisa. O, al menos, lo intentó. Después advirtió que, un poco más arriba, estaba teniendo lugar una pelea. Solo oyó algunos fragmentos. Algo relacionado con todo lo que Johannes —¿habían dicho «Johannes»?— había hecho por Nima y con todo lo que iba a hacer: construirle una casa, ocuparse de Luna… Pero Klara no relacionó nada de eso con su persona.
Le dolía mucho. Se limitó a permanecer allí tumbada, en la nieve, indefensa, incapaz de levantarse, y rezó a Dios para que Nima la ayudara a bajar, cosa que, de hecho, parecía que se disponía a hacer, porque ahora él se estaba agachando a fin de poder cogerla. Y entonces fue como si todo el mundo le tendiera una mano para ayudarla. La iban a rescatar a pesar de todo. Iba a poder ver a su hija de nuevo, y llegar a casa. Pero no fue a ella a quien ayudó a levantarse.
Fue a la otra persona, aunque en un principio no se preocupó demasiado. Tan solo lo estaban cogiendo a él primero. Eso no significaba nada más, ¿verdad? Y al levantar la mirada vio que el hombre se apoyaba ahora en Nima, casi colgando de él, justo como ella había estado hacía tan solo unos instantes, por lo que pensó que a ella la ayudaría el otro hombre, el que había armado tanta bronca. Pero este tardaba en llegar, y luego ocurrió algo profundamente inquietante. Se marcharon dando tumbos y se alejaron de allí. ¿La iban a abandonar?
—¡No! —les gritó—. ¡Por favor, no me abandonéis!
Pero se marcharon, y ni siquiera volvieron la cabeza, y durante unos segundos ella se quedó con la mirada fija en sus espaldas antes de que desaparecieran en la tormenta; y hasta que lo único que oyó fueron sus chirriantes pasos no sintió que el terror se apoderaba por completo de ella, y entonces gritó a más no poder y sus gritos se convirtieron en un callado llanto. Luego sintió una desesperación que no creía que fuera posible sentir.
Yuri Bogdanov se hallaba en un pequeño espacio recién construido y anexo a la nave, justo delante de Kira, que estaba sentaba, hundida en un sillón de cuero, mientras bebía nerviosa algún caro borgoña blanco que, por supuesto, habían tenido que llevar allí por ella.
Bogdanov tenía la vista clavada en el ordenador. Debía controlar unas cuantas cámaras de vídeo, no solo la de Blomkvist, quien no cesaba de retorcerse de dolor, sino también las que habían colocado allí fuera, en la planicie. El edificio era una vieja fábrica de vidrio que había producido exclusivos jarrones y fuentes y que, tras su quiebra, Kira había adquirido hacía ya un par de años. Se encontraba en un lugar aislado junto al bosque, lejos de cualquier edificación, y aunque sus ventanales eran grandes y altos, no se podía ver nada a través de ellos. Además, Bogdanov se había asegurado obsesivamente de que todos los implicados tomaran las mayores precauciones posibles. Allí deberían estar seguros. Pero eso no significaba que le gustara el sitio, y de vez en cuando pensaba en Wasp y en lo que le habían contado de ella. Se decía que había logrado entrar en la intranet de la NSA, donde había leído documentos que ni siquiera el presidente había podido ver. Había conseguido cosas que se consideraban imposibles, era toda una leyenda en el mundo de Bogdanov, mientras que Kira… ¡Dios mío, Kira…!
Se encontraba sentada detrás de él, en aquel sillón, y la miró de reojo: allí estaba la bella Kira que lo había rescatado de la calle y que lo había hecho rico, y hacia la que solo debería sentir gratitud, pero de la que, a pesar de todo —cosa que sintió como una verdadera y repentina carga—, se había cansado. Se había cansado de sus amenazas y de sus golpes, de su sed de venganza, y, sin entender muy bien por qué, entró en la dirección de correo que había creado y permaneció quieto durante un par de segundos con una extraña excitación en el cuerpo.
Acto seguido, le escribió las coordenadas GPS pensando que, si ellos no podían encontrar a Wasp, que Wasp viniera hasta ellos.
Lisbeth estaba con su ordenador portátil en otra área de descanso de la E4, no muy lejos de Eskesta, cuando un coche se detuvo en el arcén. Era un Volvo V90 negro. Se sobresaltó y se palpó el arma por encima de la cazadora. Pero tan solo se trataba de una pareja mayor con un niño que quería ir al baño.
Lisbeth desvió la mirada. Acababa de recibir un mensaje de Plague que contenía… Sí, ¿qué era lo que contenía?… Quedaba claro que no se trataba de ningún avance, ni tan siquiera nada que se le pareciera, aunque sí una modificación de la dirección, un poco más hacia el este.
Era justo lo que ella esperaba: el imbécil de Peter Kovic, de Svavelsjö MC, la había cagado. Su cara había sido captada a las 03.37 de esa madrugada por una de las cámaras de seguridad de una gasolinera de Industrigatan, en Rocknö, situada al norte de Tierp. Tenía una pinta asquerosa: muy gordo y fofo, y con la mirada acuosa. En la secuencia de la grabación se podía ver cómo se quitaba el casco y bebía agua de una botella plateada, y todo lo que no se bebió se lo echó por el pelo y por la cara. Parecía estar realizando un enorme esfuerzo por despejarse y quitarse de encima una tremenda resaca.
Lisbeth le preguntó a Plague:
¿Lo seguisteis después?
Plague respondió:
Esto es lo último que tenemos. Después, nada de nada.
¿Y su señal de móvil?
Más que muerta.
Lo que significaba que ese borrachuzo podía haber ido en cualquier dirección: subiendo al norte, a la costa de Norrland, o adentrándose en el interior. Lisbeth continuaba sin tener ni la más mínima idea de adónde habían llevado a Mikael, y quiso gritar y patalear. Pero se controló; permaneció quieta preguntándose si no debería, a pesar de todo, contactar con esos delincuentes y ver si así podía sacarles alguna pista sobre el paradero de Mikael. Por eso entró en la cuenta de correo que le habían pasado y descubrió que le habían escrito: dos líneas con números y letras que, por un instante, no supo cómo interpretar. Luego lo vio: eran coordenadas GPS de un lugar situado en el pueblo de Morgonsala, en la provincia de Uppland.
«Morgonsala».
¿Qué significaba que le hubieran enviado esas coordenadas? Antes habían intentado conducirla hasta las afueras de Sunnersta, pero habían tenido mucho cuidado en indicarle con todo detalle cómo debía proceder. Ahora no decían ni una palabra, tan solo una posición… ¿Dónde? Lo miró más de cerca: en medio de la nada, en un campo de cultivo. Morgonsala, vio, era una pequeña población de unos sesenta y ocho habitantes situada al noreste de Tierp y con una gran extensión de bosque y de llanura. Había una iglesia, naturalmente, una serie de sitios de interés arqueológico y algunas naves industriales de los años setenta y ochenta —cuando esos lares gozaban de cierto espíritu empresarial— que hoy estaban abandonadas, lo que llamó la atención de Lisbeth. Entró en Google Earth para inspeccionar la zona y descubrió que en medio de ese campo de cultivo, no muy lejos del bosque, había un edificio alargado, rectangular, hecho de ladrillo y con grandes ventanales.
Podría ser el escondite perfecto para unos criminales. Claro que, por otra parte, eso podría serlo cualquier edificio de Suecia. Había un país entero en el que buscar. El problema era que ella no lo entendía: ¿por qué habían querido llevarla hasta ese edificio? ¿Se trataba de una pista falsa? ¿De una trampa?
Volvió a consultar el mapa y vio que Rocknö, donde Peter Kovic había hecho una parada y se había echado agua en la cara, estaba situado en la carretera de Morgonsala, y entonces, excitada, murmuró algo para sí misma.
¿Le habría filtrado esa información alguien del círculo de Camilla? ¿Era eso siquiera posible? Aunque es cierto que no debía de haber sido especialmente popular entre esa panda de delincuentes de Svavelsjö MC recibir la orden de atacar a un hombre como Mikael. Seguro que lo vieron demasiado peligroso. Pero ¿por qué le habían pasado esa información a ella? ¿Qué esperaban recibir a cambio?
Aquello no cuadraba, pero, definitivamente, tenía que investigarlo. Le escribió a Plague:
Tengo una posible pista en Morgonsala.
Él contestó:
Tell me.
Tras mandarle las coordenadas GPS, tecleó:
Salgo para allá. ¿Podrías armar revuelo entre el vecindario?
Claro que sí. De puta madre. ¿Cómo?
Cortes de luz, envíos masivos a los móviles…
Entendido.
Estaré en contacto.
Luego se montó en la moto y puso rumbo a Morgonsala. Al cabo de un par de minutos se levantó mucho viento, el cielo se nubló y Lisbeth agarró el manillar con tanta fuerza que sus dedos se pusieron blancos bajo los guantes.