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Conciencia e información: algo de especulación
1. Hacia una teoría fundamental
Hasta ahora, hemos aislado unas pocas conexiones entre la conciencia y los procesos físicos que merecen ser llamadas leyes psicofísicas. Una de estas es el principio de coherencia que conecta la conciencia con la percatación, o la disponibilidad global. Otra es el principio más específico de la coherencia estructural, que conecta la estructura de la conciencia con la estructura de la percatación. El principio de invariancia organizacional es el tercero. Estos principios pueden ser componentes de una teoría final de la conciencia. Nos permiten utilizar hechos físicos para predecir e incluso explicar ciertos hechos acerca de la experiencia consciente. También, constriñen la forma de una teoría final de la conciencia: si una teoría de este tipo no es compatible con esas leyes, es improbable que sea correcta. Pero debe haber más que esto. Estos principios no alcanzan para constituir una teoría final ni nada que se le parezca.
El problema es que ninguno de ellos es un candidato plausible para una ley fundamental de una teoría de la conciencia. Todos ellos expresan regularidades en un nivel relativamente alto. El concepto de percatación (o disponibilidad global) es un concepto de alto nivel, por ejemplo, y sus límites son algo vagos; es muy improbable que este concepto pueda estar involucrado en una ley fundamental. El principio de invariancia organizacional podría ser menos vago, pero todavía expresa una regularidad en un nivel que está lejos del fundamental. Otro problema: estos principios subdeterminan ampliamente la naturaleza de la conexión psicofísica. Todo tipo de preguntas acerca de la conexión permanecen sin respuesta. Por ejemplo, ¿exactamente qué clase de organización da origen a la experiencia consciente? ¿Cuán simple puede ser una organización antes de que la experiencia desaparezca? Y, ¿cómo podemos predecir el carácter específico de una experiencia (no sólo su estructura) a partir de su base física? Nos gustaría una teoría completa de la conciencia para responder estas preguntas, pero los principios estudiados hasta ahora no ayudan.
Para una teoría final, necesitamos un conjunto de leyes psicofísicas análogas a las leyes fundamentales de la física. Estas leyes fundamentales (o básicas) deberán formularse en un nivel que conecte las propiedades básicas de la experiencia con características simples del mundo físico. Las leyes deberían ser precisas y, en conjunto, no deberían dejar espacio alguno para la subdeterminación. Cuando se las combina con los hechos físicos acerca de un sistema, deberían permitirnos predecir perfectamente los hechos fenoménicos acerca del mismo. Además, así como las leyes básicas de la física implican todas las leyes y regularidades físicas de nivel superior (por lo menos cuando se las combina con condiciones fronterizas), las leyes básicas acerca de la conciencia deben implicar y explicar las diversas leyes no básicas, como los principios de coherencia y el principio de invariancia organizacional. Una vez que hemos formulado las leyes físicas y psicofísicas, podemos en cierto sentido comprender la estructura básica del universo.
Esta es una tarea difícil y no la alcanzaremos en un futuro cercano. Pero, al menos, podemos avanzar en esa dirección. Los principios de invariancia organizacional y coherencia estructural ya plantean una fuerte restricción sobre la forma de una teoría fundamental, y no existe un vasto número de candidatos para construcciones básicas que pudiesen ser los ingredientes fundamentales de la teoría. En este capítulo, presentaré algunas ideas para una teoría fundamental. No presento una teoría completamente desarrollada con un conjunto amplio de leyes básicas, pero formulo sugerencias acerca de las construcciones involucradas en esas leyes y de cuál podría ser su forma general. Podríamos considerarla una prototeoría: un armazón en torno del cual podría construirse una teoría.
Las ideas en este capítulo serán mucho más esquemáticas y más especulativas que las que presentamos en otros lugares del libro; plantean tantas respuestas como preguntas. Es muy probable, también, que estén totalmente equivocadas. Mi objetivo al formular estas ideas sueltas no es plantear un marco conceptual que resista un escrutinio filosófico detallado; más bien, las propongo con el fin de poner las ideas sobre la mesa. Tenemos que comenzar a pensar acerca de las teorías fundamentales de la conciencia, y quizás haya algo útil aquí que pueda desarrollarse.
2. Aspectos de la información
La noción básica de la que me ocuparé en este capítulo es la de información. Existen muchos diferentes conceptos de información a la deriva en el espacio de las ideas contemporáneas, de modo que lo primero que tenemos que hacer cuando hablamos acerca de la información es aclarar de qué estamos hablando. El concepto de información del que me ocuparé tiene mucho en común con el formulado por Shannon (1948). Aquí, presentaré una adaptación y desarrollo de esta idea. Mantendré el desarrollo en un nivel relativamente informal; sólo proporcionaré el nivel de formalismo necesario para capturar los aspectos más fundamentales del concepto que sean pertinentes. Existen algunos pocos tecnicismos en este apartado, pero los apartados siguientes son más sencillos.
Shannon no se ocupó de una noción semántica de la información según la cual esta es siempre información acerca de algo. Más bien, se concentró en una noción formal o sintáctica en la que la clave es el concepto de un estado seleccionado a partir de un conjunto de posibilidades. El tipo más básico de información es el bit, que representa una elección entre dos posibilidades: un solo bit (0 o 1) seleccionado de un espacio de dos estados se dice que contiene información. En un caso más complejo, un «mensaje» como «0110010101» seleccionado de un espacio de posibles mensajes binarios contiene información de un modo similar. Lo importante, en la concepción de Shannon, no es cualquier interpretación de esos estados; lo significativo es la especificidad de un estado dentro de un espacio de diferentes posibilidades.
Podemos formalizar esta idea mediante el concepto de espacio de información. Un espacio de información es un espacio abstracto consistente de un número de estados, que llamaré estados de información, y una estructura básica de relaciones de diferencias entre esos estados. El espacio de información no trivial más simple es el espacio que consiste en dos estados con una diferencia primitiva entre ellos. Podemos pensar en esos estados como los dos «bits», 0 y 1. El hecho de que estos dos estados son diferentes entre sí agota su naturaleza. Es decir, este espacio de información está completamente caracterizado por su estructura de diferencias.
Otros espacios de información son más complejos. Esto puede ocurrir de dos modos: si permitimos una estructura de diferencias más compleja entre los estados o si permitimos que los propios estados tengan estructura interna. Para ilustrar el primer modo, podríamos movernos a un espacio de cuatro estados que involucra a los estados 0, 1, 2 y 3. Para ilustrar el segundo modo, podríamos movernos a un espacio estructurado que involucra estados como «110010101». Por supuesto, los dos modos podrían combinarse, produciendo estados doblemente complejos, como en un espacio con mensajes como «233102032». En lo que sigue, analizaré estos dos tipos de complejidad con mayor detalle.
Comencemos por el primer tipo de complejidad. Muy obviamente, existe un espacio de tres estados, un espacio de cuatro estados, etc., cuya estructura de diferencias es una extensión natural del espacio de dos estados. Por ejemplo, un elemento A, B, C o D seleccionado de un espacio de cuatro elementos contiene información en la misma clase de forma que un bit la contiene. Por supuesto, la naturaleza de los rótulos «A», «B», etc. es irrelevante acá; una vez más, lo único esencial en el espacio es su estructura.
Más importante, existen espacios de información continuos, cuyos estados se encuentran en un continuo análogo al de los números reales entre 0 y 1. Un espacio de este tipo tiene un número infinito de estados. Este espacio tiene una estructura de diferencias mucho más compleja que los casos previos: la estructura corresponde directamente a la topología del continuo: algunos estados están entre otros estados, algunos estados están más cercanos entre sí que otros estados, etc. Pero, como antes, podemos considerar que un solo punto seleccionado del continuo contiene información.
También podemos tener un espacio de información cuya estructura sea la de un continuo bidimensional o un continuo multidimensional, análogo a la estructura de una región del espacio n dimensional. Un solo punto seleccionado de una región de espacio tridimensional contendrá información, por ejemplo. En el caso más general, la estructura puede estar definida por la de un espacio topológico arbitrario que proporciona un conjunto con relaciones de «proximidad» o «vecindades». Los detalles de esto no importarán demasiado en lo que sigue, sin embargo, ya que sólo me ocuparé de estructuras intuitivamente familiares como la del continuo.
El segundo tipo de complejidad involucra estados con estructura interna. Estos estados están hechos de un número de estados más básicos que llamaré elementos. Un ejemplo es el espacio de estados de diez bits, análogo a «mensajes» como «1001101000». Cada estado aquí consiste de diez elementos, y cada elemento puede considerarse que pertenece a su propio subespacio de dos estados análogo al espacio de dos estados original. Podemos considerar este espacio de información como una especie de producto de diez subespacios, cada uno de los cuales es un espacio de información por derecho propio.
También puede haber estructuras internas más interesantes. Por ejemplo, un estado de información podría tener una estructura interna continua, de modo que sea una especie de análogo continuo de la estructura de diez elementos que mencionamos antes. Un estado de este tipo tendría un número infinito de elementos, cada uno de los cuales corresponde a su propio subespacio. Podríamos pensar el espacio de información correspondiente como similar al espacio de funciones sobre un continuo (donde cada valor pertenece a un subespacio) o sobre un espacio continuo más complejo.
También puede ocurrir que los subespacios sean complejos en el primer modo mencionado más arriba: por ejemplo, los elementos en cada subespacio podrían caer a lo largo de un continuo. De modo que hay lugar aquí para dos niveles simultáneos de complejidad. Por ejemplo, cada estado podría consistir de una estructura continua de elementos, cada uno de los cuales puede tomar valores dentro de un subespacio continuo. Un estado de información en este espacio podría verse como una forma de onda, o como otra función con dominio y rango continuos: es un análogo continuo de los «mensajes» discretos que describimos anteriormente.
En el caso más general, un espacio de información tendrá dos tipos de estructura: cada estado complejo podría tener una estructura interna, y cada elemento en ese estado pertenecerá a un subespacio con una estructura de diferencias topológicas propia. Podríamos llamar a la primera de estas la estructura combinatoria del espacio y a la segunda la estructura relacional de los subespacios. Gran parte del tiempo, cada subespacio tendrá el mismo tipo de estructura relacional, de modo que podemos hablar simplemente de la estructura relacional del propio espacio. La estructura general del espacio está dada por las estructuras combinatoria y relacional juntas. Frecuentemente me limitaré a espacios de información con estructura relacional y no estructura combinatoria —el caso en el cual hay un único elemento en un estado de información— ya que la exposición es mucho más simple en este caso.
Este marco conceptual no incorpora nada que se parezca a una noción de contenido semántico, de modo que el tipo de información que aquí analizamos sólo está, en el mejor de los casos, relacionado indirectamente con la variedad semántica de información que estudian filósofos como Dretske (1981) y Barwise y Perry (1983). Podría ser posible extender el presente marco conceptual para que tenga un elemento semántico, si asociamos algún tipo de contenido semántico a cada estado de información, pero, en su estado actual, el marco es independiente de consideraciones semánticas.
Esta formalización captura ^a idea de Shannon de que la información involucra esencialmente un estado seleccionado entre un número de posibilidades (en la estructura relacional de un espacio) y también captura la idea de que la información compleja puede construirse a partir de información simple (en la estructura combinatoria de un espacio). Un solo bit puede constituir información para Shannon, lo mismo que un «mensaje» largo como «10011010». Este investigador también considera el caso en que la información cae en un espacio continuo o en un espacio de funciones sobre un dominio continuo. En cada caso, lo crucial es la selección de un solo elemento dentro de un espacio de posibilidades contrastantes.
La propia concepción de Shannon suele ocuparse de la cantidad de información en un estado de información; esta mide cuán específico es un estado dentro de un espacio de información. Un estado en un espacio de información de dos estados posee un bit de información; un estado dentro de un espacio de cuatro estados posee dos bits; un estado dentro de un espacio de n elementos contiene log2 n bits. Cuando un espacio es una combinación de subespacios, un estado contiene una cantidad de información igual a la suma de las cantidades contenidas en sus elementos: así un «mensaje» de diez dígitos binarios contiene diez bits de información. Este tratamiento se aplica a espacios discretos; en los espacios continuos, la cantidad de información debe definirse más sutilmente. Aquí no me ocuparé mucho de la cantidad de información. Más bien me interesarán los propios estados de información, que podríamos pensar que están en una relación con la cantidad de información como la materia lo está con la masa.
Información físicamente realizada
Tal como los definimos, los espacios de información son espacios abstractos, y los estados de información son estados abstractos. No son parte del mundo físico concreto o fenoménico. No obstante, podemos encontrar información tanto en el mundo físico como en el fenoménico, si miramos las cosas del modo apropiado. Para hacer esto, necesitamos analizar los diversos modos en los que los espacios y estados de información pueden realizarse en el mundo. Examinaré la realización física y la realización fenoménica en forma separada.
Parece intuitivamente evidente que los espacios y los estados de información se realizan en todas partes en el mundo físico. Podemos considerar que mi interruptor de luz realiza un espacio de información de dos estados, por ejemplo, constituido por sus estados «arriba» y «abajo». O podemos considerar que un disco compacto realiza un estado de información combinatorio consistente en una estructura compleja de bits. De la misma forma, podemos considerar que un termostato, un libro o una línea telefónica realizan información. ¿Cómo podemos darle un sentido a esas intuiciones?
El modo natural de hacer la conexión entre los sistemas físicos y los estados de información es considerar la información realizada físicamente en términos de un eslogan formulado por Bateson (1972): la información es una diferencia que hace una diferencia. Aunque mi interruptor de luz puede adoptar un número infinito de posiciones en un rango continuo, la mayor parte de esa variación no hace ninguna diferencia en absoluto para mi luz. Si el interruptor está completamente para arriba, o un cuarto hacia abajo, la luz estará encendida. Por otro lado, cuando está en una posición más allá de aproximadamente un tercio hacia abajo, la luz estará apagada. En lo que a la luz respecta, sólo hay dos estados relevantes del interruptor, que podemos llamar «arriba» y «abajo». La diferencia entre estos dos estados es la única diferencia que hace una diferencia para la luz. De este modo, podemos considerar que el interruptor realiza un espacio de información de dos estados y que algunos estados físicos del interruptor corresponden a un estado de información y otros corresponden al otro.
En general, un espacio de información asociado con un objeto físico estará siempre definido respecto de un camino causal (en este caso, el camino desde el interruptor de luz a la luz) y un espacio de efectos posibles al final del camino (en este caso, el estado encendido/apagado de la luz). Los estados físicos corresponderán a los estados de información de acuerdo con sus efectos en el camino causal. Cuando dos estados físicos tienen el mismo efecto sobre el camino —como en el caso de dos posiciones del interruptor de luz que llevan a que la luz esté encendida— corresponderán al mismo estado de información. Si dividimos los estados físicos de este modo, llegaremos a un conjunto básico de diferencias físicas que hacen una diferencia; esto constituye la realización física de un espacio de información.
La estructura del espacio de información corresponderá directamente a la estructura del espacio de efectos; este será un espacio discreto o continuo. En el caso de la luz, por ejemplo, hay dos efectos relevantes en el camino causal: la luz puede estar encendida o apagada. De esta forma, puede considerarse que el interruptor realiza un espacio de información de dos estados.
Podemos tratar los espacios de información continuos de una manera similar. Si mi luz tiene un reductor de intensidad, entonces al rotar la perilla a diferentes posiciones producimos diferentes intensidades de luz en un rango continuo. (En la práctica el rango podría ser discreto, pero idealizo). Los efectos sobre la intensidad de la luz definen un espacio de información continuo que se realiza en mi interruptor de luz. Los estados físicos del interruptor que producen la misma intensidad de luz (estados en áreas en las que la perilla es insensible, tal vez, o estados que varían en parámetros irrelevantes tal como el color del interruptor) estarán asociados con el mismo estado de información. El espacio de estados de información tiene la estructura topológica del continuo; la estructura de diferencias entre los estados corresponde a la estructura de diferencias en el efecto sobre la intensidad lumínica.
La información realizada en un disco compacto puede también analizarse de esta manera. Un disco tiene un número infinito de estados físicos posibles, pero cuando se consideran sus efectos sobre el reproductor de discos compactos, sólo realiza un número finito de estados posibles de información. Muchos cambios en el disco —una alteración microscópica por debajo del nivel de resolución del mecanismo de lectura óptico, una pequeña rayadura en el disco o una marca grande en el lado inverso— no hacen ninguna diferencia al funcionamiento del sistema. Las únicas diferencias significativas para el estado de información del disco son aquellas que se reflejan en la salida del dispositivo de lectura óptica. Estas son las diferencias en la presencia de hoyos y superficies planas sobre el disco, que corresponden a lo que pensamos como «bits». Cualquier estado particular del disco tendrá un estado de información asociado dentro de un espacio de información grande. Los estados físicos de diferentes prensados de la misma grabación estarán asociados con el mismo estado de información, si todo sale bien. Los prensados de diferentes grabaciones o, incluso, prensados imperfectos de la misma grabación estarán asociados con diferentes estados de información, debido a sus diferentes efectos.
Este es un caso en el cual el espacio de información físicamente realizado tiene una estructura combinatoria. Cada «bit» sobre el disco compacto tiene un efecto independiente sobre el reproductor de discos, de modo que cada localización en el disco puede considerarse que realiza un subespacio independiente de dos estados. Al reunir todos esos efectos independientes, encontramos una estructura combinatoria en el espacio de efectos totales de un disco compacto, y así podemos hallar la misma estructura combinatoria en el espacio de información que el disco compacto realiza. Este espacio de información puede considerarse el producto de una gran colección de subespacios de dos estados, uno por cada hoyo o superficie plana en el disco.
Nótese que, según esta concepción, la información físicamente realizada sólo es información en la medida en que puede ser procesada. Como Mackay (1969) dice, «La información es lo que la información hace». Esto concuerda con el propio tratamiento de la información de Shannon. La «cantidad de información» de Shannon mide la especificidad de un estado dentro del espacio de estados que pueden ser transmitidos, esto es, que pueden desempeñar papeles distintos en caminos causales diferentes (lo que Shannon llama un canal de comunicación). Para Shannon, la información es siempre un estado transmisible y la extensión de un espacio de información está implícitamente definido por la función de un transmisor. La información es una diferencia que puede hacer una diferencia en la transmisión.
Esto puede aclararse mediante el diagrama estándar de Shannon (fig. 8.1) y su comentario asociado. Una fuente de información es un conjunto de «mensajes» (estados de información), donde se supone que los diferentes mensajes son codificados mediante señales distintas por un transmisor y que señales transmitidas distintas corresponden a mensajes diferentes. Esta propiedad define lo que significa que los estados sean mensajes distintos. Si dos estados físicos diferentes del sistema son convertidos en la misma señal, entonces realizan el mismo mensaje. El deterioro y la pérdida de información pueden introducirse más tarde en el proceso, como lo indica el lado derecho del diagrama, pero es esencial en un canal de información que distintos estados de información produzcan diferentes efectos por medio de un transmisor. Todo esto está implícito, más que explícito, en la concepción de Shannon, en la que no existe ningún tratamiento directo de la relación entre estados físicos y estados de información. Pero, en un examen más detallado, es evidente que cuando se individualizan los estados de información, el principio de transmisibilidad realiza el trabajo.
Figura 8.1. Diagrama de Shannon de un canal de información. (Diagrama 1, de Claude E. Shannon y Warren Weaver, The Mathematical Theory of Communication, 1963. Copyright 1949 por el Board of Trustees of the University of Illinois Press. Utilizado con autorización de la University of Illinois Press).
No intentaré formular criterios precisos acerca de la realización de un espacio de información en un sistema físico. En cambio, dejaré las cosas planteadas en el nivel informal del principio de la «diferencia que hace una diferencia». Existen diversos modos en los cuales esta idea informal podría especificarse en una concepción formal, algunos de los cuales plantean restricciones más fuertes sobre la realización que otros. Sería prematuro en este punto decidirse por uno de estos en particular. Al mantener las cosas en un nivel informal, dejamos algo de espacio para maniobrar con los detalles, los que podrán clarificarse a medida que obtengamos una mejor idea de lo que es apropiado para una aplicación específica. Para el propósito de una teoría de la conciencia, especificar esos detalles de un modo correcto será parte del proceso de especificar la teoría.
Información fenoménicamente realizada
La realización física es la manera más común de pensar acerca de la información contenida en el mundo, pero no es el único modo como puede hallarse la información. También podemos encontrar información que se realiza en nuestra fenomenología. Los estados de experiencia caen directamente en espacios de información de un modo natural. Existen patrones naturales de similitudes y diferencias entre estados fenoménicos, y estos patrones producen la estructura de diferencias de un espacio de información. De esta forma podemos considerar que los estados fenoménicos realizan estados de información dentro de esos espacios.
Por ejemplo, el espacio de experiencias simples del color tiene una estructura relacional tridimensional que ya hemos analizado. Si abstraemos los patrones de similitudes y diferencias entre esas experiencias, obtenemos un espacio de información abstracto con una estructura relacional tridimensional que es la que el espacio fenoménico realiza. Cualquier experiencia simple particular del color corresponde a una localización específica dentro de ese espacio. Una experiencia específica de rojo es un estado de información realizado fenoménicamente; una experiencia específica de verde es otra.
Experiencias más complejas, como las experiencias de un campo visual completo, caen dentro de los espacios de información con una estructura combinatoria compleja. Cuando miro una imagen, por ejemplo, mi experiencia cae en un espacio con (al menos) la estructura combinatoria de un continuo bidimensional, donde cada elemento en ese continuo tiene (cuanto menos) la estructura relacional tridimensional del espacio simple de colores. La estructura de los fragmentos de color en un campo visual no es tan diferente en tipo de la estructura de los dígitos binarios en un mensaje de diez dígitos, aunque tanto la estructura combinatoria como la estructura relacional son mucho más complejas.
Para hallar espacios de información realizados fenoménicamente, no nos basamos en el principio de la «diferencia causal que hace una diferencia» que utilizamos para encontrar espacios de información realizados físicamente. Más bien, nos apoyamos en las cualidades intrínsecas de las experiencias y la estructura entre ellas, es decir, las relaciones de similitudes y diferencias entre ellas y su estructura combinatoria intrínseca. Cualquier experiencia tendrá relaciones naturales de similitudes y diferencias con otras experiencias, de forma que siempre podremos encontrar espacios de información en los que caen las experiencias.
El principio del doble aspecto
Este tratamiento de la información pone de relieve un vínculo crucial entre lo físico y lo fenoménico: cada vez que encontramos un espacio de información realizado fenoménicamente, encontramos el mismo espacio de información realizado físicamente. Y cuando una experiencia realiza un estado de información, ese mismo estado de información se realiza en el sustrato físico de la experiencia.
Tómese una experiencia simple de color, que realiza un estado de información dentro de un espacio de información tridimensional. Podemos encontrar que el mismo espacio se realiza en los procesos cerebrales subyacentes a la experiencia: este es el espacio tridimensional de las representaciones neuronalmente codificadas en la corteza visual. Los elementos de este espacio tridimensional corresponden directamente a elementos del espacio de información fenoménico.
No sabemos cómo exactamente se codifican estos estados y, por lo tanto, no sabemos cómo exactamente se realiza físicamente el espacio de información. Pero sabemos que debe realizarse, ya que los procesos posteriores exhiben todos los efectos sistemáticos de la realización informacional. Nuestros informes pueden variar sistemáticamente según la localización en el espacio de color; por ejemplo, cuando evaluamos colores como relativamente «más oscuros» o «más claros». También podemos poner en correspondencia objetos con otros objetos de acuerdo con sus similitudes y diferencias de color. De manera que sabemos que debe haber diferencias significativas en la corteza visual que son transmisibles a otras áreas del cerebro donde producen un espacio tridimensional de posibles efectos. Los estados que subyacen a cualquier par de experiencias indistinguibles tendrán los mismos efectos, aunque podrían existir detalles físicos levemente diferentes asociados a cada uno —piénsese en la analogía con las pequeñas diferencias en el estado del interruptor de luz—, y los estados que subyacen a dos experiencias similares cualesquiera tendrán efectos similares. De modo que podemos considerar que la corteza visual realiza estados de información en un espacio tridimensional.
Lo mismo ocurre para experiencias más complejas, como las de un campo visual completo. Estas se realizan en un espacio de información combinatorio, y el mismo espacio debe realizarse físicamente en los procesos cerebrales subyacentes. Sabemos que para cada localización en el campo, experiencias simples diferentes corresponden a diferencias en diversos efectos posteriores, y estas últimas diferencias son separables según su localización en el campo. Por ejemplo, podemos responder separadamente a consultas específicas acerca del color en una localización dada; este espacio separado de efectos para cada localización produce un subespacio separado para cada localización. De modo que en algún lugar en la corteza visual, debe haber una codificación de un estado de información combinatorio, para que todas las diferencias relevantes puedan ser transmitidas a los procesos posteriores. El espacio de estados posibles significativos aquí es isomórfico al espacio de experiencias posibles; de modo que podemos ver que el mismo estado de información se realiza física y fenoménicamente.
No es necesario que la información esté codificada localmente, por ejemplo, en una pequeña estructura de neuronas vecinas. Es posible que la información se realice físicamente de un modo holístico, como encontramos, por ejemplo, en ciertas formas holográficas de almacenamiento de información. Las diferencias significativas en los estados de la corteza visual podrían corresponder a diferencias dispersas a través de la corteza. Pero, en tanto estas sean las diferencias que son transmitidas y que tienen los efectos relevantes, la información se realizará de todos modos.
Es natural suponer que esta doble vida de los espacios de información corresponde a una dualidad en un nivel profundo. Podríamos incluso sugerir que esta doble realización es la clave de la conexión fundamental entre los procesos físicos y la experiencia consciente. Necesitamos algún tipo de construcción para establecer el vínculo, y la información parece una construcción tan buena como cualquiera. Podría ocurrir que los principios que conciernen a la doble realización de la información pudiesen especificarse en un sistema de leyes básicas que conecten los dominios físico y fenoménico.
Podríamos formular esta cuestión sugiriendo como principio básico que la información (en el mundo real) tiene dos aspectos, uno físico y otro fenoménico. Allí donde hay un estado fenoménico, este realiza un estado de información, uno que también se realiza en el sistema cognitivo del cerebro. De modo recíproco, al menos para algunos espacios de información físicamente realizados, cada vez que un estado de información en ese espacio se realiza físicamente, también se realiza fenoménicamente[1].
Este principio, por sí mismo, no se acerca a constituir una teoría psicofísica completa. Más bien, constituye una especie de plantilla para una teoría psicofísica al proporcionar un marco básico dentro del cual pueden formularse leyes detalladas. Para especificar el principio en la forma de una teoría, debe responderse todo tipo de preguntas. Por ejemplo, ¿precisamente a cuáles espacios de información físicamente realizados se aplica el principio básico? Analizaré esta cuestión más en detalle en el apartado 4, de modo que por ahora la dejaré sin responder. Otro tipo de subespecificidad surge de la holgura de la definición de información físicamente realizada: para una teoría psicofísica específica, necesitaremos saber precisamente cómo es que un espacio de información se realiza físicamente. Pero todo esto es parte del proceso de desarrollo de una teoría.
Algunas otras preguntas importantes conciernen a la ontología del punto de vista. ¿Qué tan seriamente debemos considerar el discurso del «doble aspecto»? ¿En qué medida este marco reificará la información, es decir, la tratará como real? ¿Afirma que lo físico, lo fenoménico o ambos son ontológicamente dependientes de lo informacional? Dejaré todas estas preguntas abiertas por ahora. Más adelante en el capítulo consideraré diversas posibles interpretaciones de la ontología. Algunas de estas interpretaciones consideran la información simplemente como una construcción útil para la caracterización de las leyes psicofísicas; otras le asignan un papel más fundamental en la ontología. De modo similar, algunas interpretaciones toman la idea de un «doble aspecto» más en serio que otras.
Por ahora, haré abstracción de estas cuestiones metafísicas. Simplemente, debe considerarse el principio como una ley que conecta los dominios físico y fenoménico, con implicaciones ontológicas que no son particularmente diferentes de las de las leyes ya consideradas. Ya sabemos que la experiencia surge de lo físico en virtud de ciertas leyes que se aplican a determinadas características físicas del mundo. La sugerencia clave aquí es que el nivel básico en el cual las leyes se aplican al mundo físico es el de la información físicamente realizada.
Por supuesto, la información puede no ser una característica primitiva del mundo físico, al modo como la masa y la carga lo son, pero no es necesario que sea primitiva para desempeñar un papel en las leyes psicofísicas fundamentales. Ya tenemos todas las propiedades fundamentales que necesitamos en las propiedades físicas y fenoménicas básicas. Lo que necesitamos ahora es una construcción que conecte ambos dominios. La información parece ser una construcción simple y directa que es apropiada para este tipo de conexión y que podría cumplir la promesa de producir un conjunto de leyes que sean simples y globales. Si puede obtenerse un conjunto de leyes de este tipo, entonces podríamos verdaderamente alcanzar una teoría fundamental de la conciencia.
Sin embargo, podría suceder que exista algún modo de considerar a la información como fundamental. La idea de que el objeto último de la física es la información ya fue examinada por algunos físicos, por ejemplo. Si esta idea llegase a tener éxito, podría ocurrir que de algún modo lo físico se derive de lo informacional y, entonces, la ontología de este enfoque podría resolverse muy pulcramente. Analizaré algunas ideas de este tipo más adelante en el capítulo.
3. Algunos argumentos de apoyo
No tengo argumentos contundentes que prueben que la información es la clave del vínculo entre los procesos físicos y la experiencia consciente, pero existen algunos modos indirectos de dar apoyo a la idea. Ya analizamos el primer tipo de consideración de apoyo: la observación de que los mismos espacios de información se realizan física y fenoménicamente. En lo que sigue, mencionaré otra fuente principal de apoyo y dos fuentes menores.
Las dos fuentes menores se encuentran en el hecho de que el enfoque de doble aspecto de la información es compatible con los principios psicofísicos que desarrollamos anteriormente; en particular, el principio de la coherencia estructural y el principio de la invariancia organizacional. Estos principios son fuertes restricciones y no es obvio cómo una teoría fundamental podría satisfacerlas, de modo que una característica a favor del enfoque informacional es que sea compatible con ambos.
La compatibilidad con la coherencia estructural es particularmente fácil de ver: en ciertos modos, el enfoque informacional está hecho a medida para satisfacer esta restricción. La estructura de la experiencia es exactamente la estructura de un espacio de información fenoménicamente realizado, y la estructura de la percatación es precisamente la estructura de un espacio de información físicamente realizado. Para ver el primer punto, nótese que lo que llamé la estructura implícita de una experiencia corresponde a la estructura relacional de un espacio de información y que lo que llamé la estructura explícita de una experiencia corresponde a la estructura combinatoria del espacio. Para ver el segundo punto, nótese que los diversos detalles en la estructura de la percatación son, por definición, diferencias que hacen una diferencia en el procesamiento posterior, ya que están directamente disponibles para el control global y, por lo tanto, son la realización física de un espacio de información. A partir de que estas dos estructuras son, de hecho, realizaciones del mismo espacio de información, se deduce el principio de coherencia estructural.
Debería señalar que el principio del doble aspecto no asegura, por sí mismo, que la estructura de la percatación se proyecte en la experiencia. Para asegurarnos de ello, debemos mostrar que el espacio físico de información aquí es uno de aquellos a los que se aplica el principio del doble aspecto. Para esto, necesitaríamos una versión más detallada del principio que restrinja de un modo apropiado los espacios de información involucrados, de modo que al menos incluya información que está disponible para el control global en los casos familiares. En su estado actual, el principio del doble aspecto no predice todavía el principio completo de coherencia estructural, pero al menos es compatible con él.
Tampoco es difícil mostrar que el principio de doble aspecto es compatible con el principio de la invariancia organizacional. Para ver esto, nótese que cuando un sistema realiza un espacio de información, lo hace en virtud de su organización funcional. Cualquier otro sistema que sea funcionalmente isomórfico en un grano suficientemente fino tendrá el mismo patrón de diferencias que hace una diferencia y, por lo tanto, realizará el mismo espacio de información. De esta manera, si mis experiencias surgen en virtud de espacios de información realizados en mi cerebro, entonces los mismos espacios de información se realizarán en un isomorfo funcional y surgirán las mismas experiencias, como predice el principio de invariancia.
Una teoría fundamental de la conciencia deberá invocar características físicas que son organizacionalmente invariantes y lo bastante simples como para desempeñar un papel en las leyes fundamentales. La mayor parte de las características organizacionalmente invariantes no son muy simples y la mayor parte de las características simples no son organizacionalmente invariantes. La información físicamente realizada podría ser la característica más natural que satisface ambos criterios. El hecho de que los satisface a los dos es un punto a favor de un enfoque informacional de las leyes psicofísicas.
La explicación de los juicios fenoménicos
Más arriba vimos que aunque la conciencia no puede explicarse reductivamente, los juicios fenoménicos —juicios de la forma «Yo soy consciente», «No es extraña la conciencia», etc.—, pueden explicarse de ese modo, al menos en principio. Esto ponía algo de tensión sobre una teoría no reductiva de la conciencia, aunque no parecía ser fatal. Resulta contrario a la intuición que estos juicios puedan ser explicados sin invocar a la conciencia, pero es algo con lo que podemos aprender a vivir. No obstante, podemos esperar que la explicación de los juicios fenoménicos se encuentre vinculada de algún modo profundo a la explicación de la propia conciencia. Parecería irrazonable y accidental que estas dos explicaciones fuesen totalmente independientes.
Podemos formular esta cuestión como una especie de exigencia de coherencia explicativa sobre una teoría de la conciencia. Una teoría terminada de la mente debe proporcionar una concepción (no reductiva) de la conciencia y una concepción (reductiva) de por qué juzgamos que somos conscientes, y es razonable esperar que estas dos concepciones sean coherentes entre sí. En particular, podríamos esperar que las características de procesamiento que son centralmente responsables de generar los juicios fenoménicos serán también las que son centralmente responsables de la propia consciencia. De este modo, aunque la conciencia no sea parte de la explicación de los juicios fenoménicos, las raíces de la conciencia lo serán.
Por supuesto, no podemos probar que una teoría de la conciencia deba satisfacer este requerimiento, pero cualquier teoría de la conciencia que lo satisfaga tendrá un elemento de fuerza a su favor del cual otras teorías carecen. Si una teoría es capaz de mostrar cómo la explicación de los juicios fenoménicos involucra centralmente la base explicativa de la conciencia, entonces las habremos entrelazado en una imagen más unificada de la mente, y habremos podido eliminar algo de esa sensación de coincidencia escandalosa.
Frecuentemente pensé que esto podría ser la clave para encontrar una teoría de la conciencia[2]. Primero, necesitamos esforzarnos por comprender por qué se producen los juicios acerca de la conciencia. Esto podría ser una cuestión difícil, pero no debería involucrar profundos misterios metafísicos; en principio, es una cuestión en el dominio de la ciencia cognitiva. Luego, necesitamos abstraer las características clave en esa explicación y considerar cómo podrían desempeñar un papel en una teoría de la conciencia. No hay ninguna garantía de que esto nos lleve a una teoría satisfactoria, pero es una estrategia prometedora.
De cualquier forma, es probable que la búsqueda de una explicación reductiva de nuestros juicios acerca de la conciencia sea esclarecedora y una de las aplicaciones más valiosas de los métodos reductivos en el desarrollo de una teoría de la conciencia. Podríamos concentrarnos en por qué un sistema de procesamiento debería producir juicios de que está consciente y, en particular, en por qué debería juzgar que la conciencia es un fenómeno extraño. Ya dije algunas pocas palabras al respecto en el capítulo 5; aquí profundizaré la cuestión. La «explicación» que formularé sólo es una concepción aparentemente plausible, pero podemos esperar que se especificaría, con la ayuda de investigaciones empíricas, en una teoría detallada. Es probable que existan jugosas recompensas para la ciencia cognitiva y la neurociencia en abordar estos fenómenos.
De modo que dejemos de lado a la conciencia por el momento, y concentrémonos en el sistema de procesamiento cognitivo desde un punto de vista de tercera persona. Piense en esta explicación como aplicándose a un zombi, si así le gusta. ¿Por qué podríamos esperar que un sistema de procesamiento debería producir este tipo de juicio? ¿Qué tipo de proceso podría contribuir al juicio de que una sensación de color está presente, por ejemplo? Para pensar en ello, considere qué podría estar ocurriendo cuando percibimos colores.
Sin entrar en los detalles de bajo nivel, la historia sería aproximadamente la siguiente. Una envolvente espectral particular de luz hace impacto en nuestros ojos y activa diferentes tipos de células retinianas. Tres variedades de conos abstraen nuestra información según la cantidad de luz presente en diversos rangos superpuestos de longitudes de onda. Inmediatamente, muchas distinciones presentes en la onda lumínica original se pierden. La información se transmite a través del nervio óptico hasta la corteza visual, donde vuelve a ser transformada por el procesamiento neuronal en información que corresponde a valores en tres ejes: quizá los ejes rojo-verde, amarillo-azul y acromático. Lo que ocurre luego aún no se comprende apropiadamente, pero parece que se preserva la información que corresponde a la posición de un color particular en el espacio tridimensional, antes de ser categorizado en las categorías familiares de «rojo», «verde», «marrón», etc. Se asocian categorías verbales a esas etiquetas, y se emite un informe como «Estoy viendo rojo en este momento».
Ahora adoptemos el «punto de vista» del sistema acerca de lo que está ocurriendo. ¿Qué tipo de juicio formará? Seguramente formará un juicio como «objeto rojo allí», pero si es un sistema reflexivo y racional, también podríamos esperar que sea capaz de reflexionar sobre el propio proceso de percepción. Podríamos preguntarnos cómo la percepción «golpea» el sistema.
La característica crucial es que cuando el sistema percibe un objeto rojo, los procesos centrales no tienen acceso directo al propio objeto y tampoco tienen acceso directo a los procesos físicos que subyacen a la percepción. A lo único a lo que estos procesos tienen acceso es a la información del color, que es sólo una localización en un espacio de información tridimensional. Cuando se trata de informar lingüísticamente sobre la situación, el sistema no puede informar, «Este fragmento está saturado de reflejos de 500 a 600 nanometros», ya que el acceso a las longitudes de onda originales se perdió totalmente. Tampoco puede informar acerca de la estructura neuronal, «Ahora tengo una frecuencia de descarga de 50 hertz», ya que no tiene ningún acceso directo a las estructuras neuronales. El sistema sólo tiene acceso a la localización en el espacio de información.
En lo que al procesamiento central concierne, simplemente se encuentra a sí mismo en una posición en este espacio. El sistema es capaz de hacer distinciones, y sabe que es capaz de hacer distinciones, pero no tiene ninguna idea de cómo lo hace. Esperaríamos que después de algún tiempo pueda llegar a etiquetar las diversas localizaciones a las que es arrojado —«rojo», «verde» y similares— y de que pueda ser capaz de saber exactamente en qué estado está en cualquier momento dado. Pero cuando se le pregunta cómo lo sabe, no hay nada que pueda decir, además de «Sólo lo sé directamente». Si le preguntamos «¿Cuál es la diferencia entre estos estados?», no tiene respuesta más allá de «Sencillamente son diferentes» o «Este es uno de esos» o «Este es rojo y ese es verde». Si lo presionamos para averiguar qué significa esto, el sistema no tiene nada que decir excepto «Son diferentes cualitativamente». ¿Qué más podría decir?
Es natural suponer que un sistema que puede saber directamente la ubicación que ocupa en un espacio de información, sin tener acceso a ningún conocimiento ulterior, simplemente etiquetará los estados como primitivamente diferentes, que difieren en su «cualidad». Deberíamos esperar que estas diferencias golpeen de un modo «inmediato» al sistema: es arrojado en estos estados, los que a su vez están inmediatamente disponibles para la dirección del procesamiento posterior; no hay nada inferencial, por ejemplo, acerca de su conocimiento de en qué estado se encuentra. Mas bien, deberíamos esperar que estos estados sean relativamente «inefables»: el sistema no posee acceso a ninguna información significativa ulterior, de modo que no hay nada que pueda decir acerca de los estados más allá de señalar las similitudes y diferencias entre ellos y las diversas asociaciones que podrían tener. Ciertamente, no esperaríamos que la «cualidad» fuese algo que pudiese explicitar en términos más básicos.
Podría objetarse que el sistema podría estar conformado de forma de acceder a la información como «corazonadas», de un modo similar a como podría hacerlo un sujeto con ceguera visual. Quizá podría decir, «El juicio “rojo” sólo irrumpió en mi cabeza», sin ninguna aseveración sobre la «cualidad». Pero esto claramente sería una organización ineficiente en la que el sistema debería esperar una corazonada. ¿Qué hay de las veces —como cuando jugamos al tenis, por ejemplo— en las que necesitamos reaccionar a la información visual sin formar juicios? ¿Podemos suponer que el sistema diría, «Sencillamente me encontré sabiendo dónde estaba la pelota y haciendo lo correcto, sin experimentarlo»? Quizás este sea un escenario coherente, pero no parece ser un diseño natural para un sistema cognitivo. Si estuviésemos diseñando un sistema de este tipo, sería mucho más natural diseñarlo de modo que simplemente «vea» por sí mismo la diferencia entre el rojo y el verde, base su conducta de inmediato en la diferencia percibida, y responda confiada y directamente cuando se le interroga. De cualquier manera, este último es al menos un modo razonable en el que podríamos diseñar un sistema, y eso es todo lo que necesitamos aquí.
Dado este tipo de acceso directo a los estados de información, entonces, es natural esperar que el sistema utilice el lenguaje de la «experiencia» y la «cualidad» para describir su propio punto de vista cognitivo acerca de la percepción. No es sorprendente que todo esto le parezca bastante extraño al sistema: esos estados inefables inmediatamente conocidos, que parecen ser tan importantes para su acceso al mundo pero que son tan difíciles de precisar. Es natural suponer que esto pueda parecerle extraño al sistema, en la misma manera que la conciencia nos parece extraña a nosotros.
De modo que este es el comienzo de una explicación reductiva potencial de nuestros juicios acerca de la conciencia: estos juicios surgen debido a que nuestro sistema de procesamiento es arrojado en localizaciones del espacio de información y tiene acceso directo a esas localizaciones pero a nada más. Este conocimiento directo impresionará al sistema como una «cualidad» primitiva: sabe que los estados son diferentes, pero no puede articular esto más allá de decir «uno de estos». Este acceso inmediato a las diferencias primitivas lleva a juicios acerca de la misteriosa naturaleza primitiva de estas cualidades, acerca de la imposibilidad de explicitarlas en términos más básicos y a muchos de los otros juicios que con frecuencia hacemos acerca de la experiencia consciente.
En todo esto, es la información la que desempeña el papel principal. Es debido a que el sistema sólo tiene acceso a estados de información que se forman los diversos juicios de «cualidades» primitivas. El sistema simplemente es arrojado en diferentes estados y los procesos posteriores sólo tienen acceso a la estructura de diferencias de esos estados anteriores, no a algo concreto. Lo que aquí hace el trabajo es un sistema de diferencias que hace una diferencia. Es la información, y nuestro acceso a ella, lo que explica reductivamente nuestros juicios acerca de la conciencia.
Algunos podrían concluir aquí las cosas, declarar que el misterio de la conciencia fue eliminado y que se dio una explicación. Por supuesto, no creo que esto sea correcto: sólo explicamos ciertos juicios, lo que es una cuestión mucho más simple. Pero ahora podemos utilizar el principio de coherencia explicativa para lograr alguna injerencia sobre una teoría de la conciencia. Si los estados de información que se realizan en este procesamiento son los que sustentan la principal responsabilidad de nuestros juicios acerca de la conciencia, quizás esos estados de información también tengan la responsabilidad de la propia conciencia.
De hecho, es así como yo me vi llevado en primer lugar al enfoque informacional de la conciencia. Si la base explicativa de nuestros juicios fenoménicos se encuentra en una estructura de diferencias que hacen una diferencia, es natural suponer que la base explicativa de la conciencia pudiese encontrarse en el mismo lugar. Esto explicaría por qué nuestros juicios se ajustan tan bien a los estados actuales de conciencia. Una experiencia consciente es una realización de un estado de información; un juicio fenoménico se explica mediante otra realización del mismo estado de información. En un sentido, postular un aspecto fenoménico de la información es todo lo que necesitamos para asegurarnos que esos juicios son verdaderamente correctos: existe un aspecto cualitativo en esa información que se muestra directamente en la fenomenología y no sólo en un sistema de juicios. Esto permite, entonces, que la conciencia sea muy coherente con la estructura cognitiva, lo que lleva a una perspectiva más estrechamente entrelazada de la mente.
Podemos también notar que existe un buen ajuste entre el papel cognitivo de los estados de información y la epistemología de la experiencia. En correspondencia con las experiencias con las cuales estoy directamente familiarizado encontramos los estados de información físicamente realizados a los que el sistema tiene acceso directo (cognitivo). El sistema forma sus juicios fenoménicos sobre la base de su acceso directo a los estados de información; esta conexión causal se vincula bastante bien con la aseveración de que la experiencia —la realización fenoménica del mismo estado de información— es lo que justifica las creencias fenoménicas que se forman. En ambos lados, es el mismo estado de información el que desempeña el papel crucial; es sólo la realización física en un caso y la realización fenoménica en el otro.
Nada de esto es una prueba contundente de que el enfoque de la conciencia basado en la información deba ser correcto. Pero representa un apoyo más.
4. ¿Es ubicua la experiencia?
A esta altura, los lectores probablemente formarán fila para objetar que la información es ubicua. Encontramos información en todos lados, no sólo en los sistemas que de forma estándar consideramos que son conscientes. Mi reproductor de discos compactos realiza información; el motor de mi auto realiza información; incluso un termostato realiza información. De hecho, tal como definimos la noción, encontramos información en todo lugar en el que encontramos causalidad. Hallamos causalidad en todos lados, de modo que hallamos información en todos lados. Pero ¿encontramos experiencia en todos lados?
Hay dos modos en los que un defensor del enfoque basado en la información podría reaccionar a esta situación. El primero y más obvio es buscar nuevas restricciones sobre el tipo de información que es relevante para la experiencia. No cualquier espacio de información físicamente realizado está asociado con la experiencia, sino solamente aquellos que poseen ciertas propiedades. Esto requeriría una consideración cuidadosa de cuáles podrían ser estas nuevas restricciones, y de cómo podrían encajar en las leyes fundamentales. Consideraré estrategias según estas líneas más adelante, pero por ahora deseo considerar la alternativa. Es decir, aceptar que toda información está asociada a la experiencia. Si esto es así, entonces no sólo la información es ubicua. La experiencia también lo será.
Si esto es correcto, entonces la experiencia está asociada aún a los sistemas más simples. Esta idea suele considerarse escandalosa o incluso descabellada. Pero creo que merece un detenido examen. No me resulta obvio que la idea esté descaminada y en ciertos modos tiene algún atractivo. Examinaré entonces las razones por las que podríamos rechazar esta perspectiva para ver si son convincentes y, simultáneamente, consideraré varias razones positivas para tomarla en serio.
¿Cómo es ser un termostato?
Para enfocar la imagen, consideremos un sistema de procesamiento de información que es casi máximamente simple: un termostato. Considerado como un dispositivo de procesamiento de información, un termostato sólo tiene tres estados de información (un estado lleva al enfriamiento, otro al calentamiento y otro a no tomar ninguna acción). De modo que afirmamos que a cada uno de estos estados de información le corresponde un estado fenoménico. Estos tres estados fenoménicos serán diferentes y un cambio en el estado de información llevará a un cambio en el estado fenoménico. Podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el carácter de esos estados fenoménicos? Esto es, ¿cómo es ser un termostato?
Ciertamente, no será muy interesante ser un termostato. El procesamiento de información es tan simple que deberíamos esperar que los estados fenoménicos correspondientes sean igualmente simples. Habrá tres estados fenoménicos primitivamente diferentes y ninguna otra estructura. Quizá podamos pensar en esos estados por analogía con nuestras experiencias de negro, blanco y gris: un termostato puede tener un campo fenoménico todo negro, un campo todo blanco y un campo todo gris. Pero aún esto es imputar demasiada estructura a las experiencias del termostato, al sugerir la dimensionalidad de un campo visual y las naturalezas relativamente ricas del negro, blanco y gris. Realmente deberíamos esperar algo mucho más simple, para lo que no tenemos ningún análogo en nuestra experiencia. Es probable que nos resulte tan difícil imaginar estas experiencias como a una persona ciega imaginarse cómo es ver o a un ser humano imaginarse cómo es ser un murciélago; pero, al menos, podemos intelectualmente saber algo acerca de su estructura básica.
Para hacer que la perspectiva parezca menos descabellada, podemos pensar en qué podría ocurrirle a la experiencia cuando nos movemos hacia abajo en la escala de complejidad. Comenzamos con los casos familiares de los seres humanos, en los que un procesamiento de información muy complicado da origen a nuestras familiares y complejas experiencias. Si nos movemos hacia sistemas menos complejos, no parece haber muchas razones para dudar de que los perros sean conscientes, o aún los ratones. Algunas personas lo pusieron en duda, pero creo que esto se debe frecuentemente a una confusión de la conciencia fenoménica con la autoconciencia. Los ratones podrían no tener un gran sentido de sí mismos y podrían no ser propensos a la introspección, pero parece totalmente plausible que hay algo que es como ser un ratón. Los ratones perciben su ambiente por medio de patrones de flujos de información de un modo no muy diferente al de nuestro propio cerebro, aunque considerablemente menos complejo. La hipótesis natural es que en correspondencia con la «variedad perceptual» del ratón, que sabemos que tienen, existe una «variedad fenoménica». La variedad perceptual del ratón es bastante rica —un ratón puede hacer muchas distinciones perceptuales—, de modo que su variedad fenoménica también podría ser bastante rica. Por ejemplo, es plausible que a cada distinción que el sistema visual del ratón es capaz de hacer y utilizar para percibir el ambiente le corresponda una distinción fenoménica. No podemos probar que esto sea así, pero pareciera que es el modo más natural de pensar acerca de la fenomenología de un ratón.
Si nos movemos hacia abajo en la escala, a través de los lagartos y peces a las babosas, podemos aplicar consideraciones similares. No parece haber muchas razones para suponer que la fenomenología podría extinguirse mientras persistiría una psicología perceptual razonablemente compleja. Si así ocurriese, entonces existiría una discontinuidad radical entre las experiencias complejas y ninguna experiencia o en algún lugar en la línea la fenomenología comenzaría a salir de sincronía con la percepción, de modo que durante un trecho existiría una variedad perceptual relativamente rica acompañada por una variedad fenoménica mucho más empobrecida. La primer hipótesis parece improbable y la segunda sugiere que los sistemas intermedios tendrían vidas interiores extrañamente disociadas de sus capacidades cognitivas. La alternativa es por lo menos no menos plausible. Podemos suponer que es mucho menos interesante ser un pez que ser un humano; una fenomenología más simple estaría en correspondencia con su psicología más simple, pero parece bastante razonable suponer que hay algo allí.
A medida que nos movemos hacia abajo en la escala desde los peces y las babosas, a través de redes neuronales simples, hasta los termostatos, ¿dónde debería extinguirse la conciencia? Es probable que la fenomenología de los peces y las babosas no sea primitiva sino relativamente compleja, y refleje las diversas distinciones que estos seres pueden hacer. Antes de que la fenomenología desaparezca del todo, podemos suponer que llegaremos a algún tipo de fenomenología máximamente simple. Me parece que el lugar más natural para que esto ocurra es un sistema con una «psicología perceptual» correspondientemente simple, como un termostato. El termostato parece realizar el tipo de procesamiento de información de un pez o una babosa reducido a su forma más simple, de modo que tal vez podría tener el tipo correspondiente de fenomenología en su forma más despojada. Hace una o dos distinciones pertinentes de las que depende la acción; a mí, por lo menos, no me parece irrazonable que pudiese haber distinciones asociadas en la experiencia.
Por supuesto, existen otros modos como las cosas podrían suceder cuando nos movemos hacia abajo en la escala de complejidad, y esto no es ningún tipo de demostración de que los termostatos deban tener experiencias. Pero este parece ser un modo razonable de que las cosas ocurran y, si se reflexiona sobre ello, tal vez un modo tan natural como cualquiera. Podría argumentarse que el razonamiento aquí involucrado es sólo una extensión del razonamiento por el cual atribuimos experiencia a los perros o a los ratones. Al menos, una vez que comenzamos a pensar acerca de qué podría estar ocurriendo en la experiencia de un ratón y su base en su psicología perceptual, la extensión a sistemas más simples comienza a parecer mucho más natural de lo que habría parecido al principio.
Alguien que encuentre que es «descabellado» suponer que un termostato pueda tener experiencias al menos nos debe una explicación de por qué lo es. Podría suponer que esto se debe a que existe una propiedad que el termostato no posee y que obviamente se requiere para la experiencia; pero a mí, al menos, ninguna propiedad de este tipo me resulta obvia. Quizás exista un ingrediente crucial en el procesamiento del que el termostato carece y que un ratón posee, o del que un ratón carece y un ser humano posee, pero no veo ningún ingrediente de este tipo que sea obviamente requerido para la experiencia, y ciertamente no es evidente que deba existir.
Por supuesto, decir que los termostatos tienen experiencia no significa decir que tengan mucho en lo que se refiere a una vida mental. Un termostato no será autoconsciente; no será inteligente en lo más mínimo; y yo no afirmaría que un termostato puede pensar[3]. Algo de la resistencia a la idea de un termostato consciente podría provenir de confundir la experiencia con estas otras características mentales, todas las cuales casi seguramente requieren mucha mayor complejidad. Estas características tienen un gran componente psicológico, y es probable que se necesite un sistema complejo para soportar los papeles causales relevantes. Pero, si distinguimos las propiedades fenoménicas de las propiedades psicológicas, la idea de un termostato consciente parece menos amenazante. Sólo necesitamos imaginar algo así como un «destello» inarticulado de experiencia, sin conceptos, sin pensamiento o cualquier otro procesamiento complejo en la vecindad.
Otra razón de por qué algunos podrían rechazar la idea de un termostato consciente es que no podemos encontrar ningún espacio para la conciencia en el sistema. En apariencia es demasiado simple y no parece que la conciencia pueda tener ningún papel. Sin embargo, tener esta reacción es haber fracasado en aprender la lección del enfoque no reductivo: nunca encontraremos la conciencia dentro de un sistema aunque hagamos un examen detallado y siempre podremos comprender el procesamiento sin invocar la conciencia. Si esta no es lógicamente superveniente, no deberíamos esperar tener que encontrar «espacio» para la conciencia en la organización de un sistema; esta es bastante distinta de las propiedades de procesamiento del sistema.
Podría ocurrir que algunos no estén dispuestos a aceptar la posibilidad de termostatos conscientes simplemente porque comprendemos estos artefactos demasiado bien. Conocemos todo acerca de su procesamiento y no parece haber ninguna razón para invocar la conciencia. Pero, en este aspecto, los termostatos no son realmente diferentes del cerebro. Una vez que hayamos comprendido perfectamente el procesamiento cerebral, tampoco tendremos ninguna razón para invocar la conciencia. La única diferencia es que, en este momento, lo que ocurre dentro de un cerebro es lo suficientemente misterioso como para que nos sintamos tentados a suponer que la conciencia está de algún modo «localizada» en aquellos procesos cerebrales que aún no comprendemos. Sin embargo, como argumenté antes, aún cuando lleguemos a comprender estos procesos, ello no bastará para incorporar la conciencia al cuadro; de modo que aquí, una vez más, cerebros y termostatos están a la par.
Podría molestarnos el hecho de que podemos construir un termostato sin colocar en él ninguna conciencia. Pero, por supuesto, lo mismo se aplica a un cerebro, al menos en principio. Cuando construimos un cerebro (en la reproducción o en el desarrollo, digamos), la conciencia es un acompañamiento gratuito; lo mismo ocurrirá con un termostato. ¡No deberíamos esperar localizar la conciencia como un componente físico del sistema! Algunos podrían preocuparse por el hecho de que un termostato no está vivo; pero es difícil ver por qué eso debería constituir una diferencia de principio. Podemos suponer que un cerebro de silicio aislado, del tipo que consideramos en el último capítulo, no calificaría como viviente, pero hemos visto que podría ser consciente. Si los argumentos en el último capítulo son correctos, entonces el hecho de que un termostato no está compuesto de elementos biológicos no hace, en principio, ninguna diferencia.
Algo de la resistencia intuitiva podría provenir del hecho de que no parece haber espacio en un termostato para alguien o algo que tenga experiencias: ¿dónde en un termostato podría caber un sujeto? Pero no deberíamos buscar un homunculus en los sistemas físicos que sirva de sujeto. El sujeto es todo el sistema o, mejor, está asociado con el sistema al modo como un sujeto está asociado con un cerebro. La forma correcta de hablar acerca de esto es difícil. Estrictamente, no diríamos que mi cerebro tiene experiencias, sino que yo tengo experiencias. Como sea que comprendamos esta relación, lo mismo se aplicará a los termostatos: estrictamente hablando, es probable que sea mejor no decir que el termostato tiene las experiencias (aunque continuaré haciéndolo cuando hablo informalmente), sino que las experiencias están asociadas con el termostato. No encontraremos a un sujeto «dentro» del termostato, así como no lo encontramos dentro de un cerebro.
Pero, volvamos a los puntos positivos en favor de sistemas simples que tienen experiencias. De este modo, evitamos la necesidad de que la conciencia «aparezca» en un cierto nivel de complejidad. Hay algo extraño en la idea de que un sistema con n elementos no pueda ser consciente, pero un sistema con n + 1 elementos pueda serlo. Además, no podemos evitar tomar una decisión al modo como podríamos evitar tomarla acerca de cuándo precisamente alguien se vuelve «calvo»: en este último caso, es plausible que exista un grado de indeterminación semántica, pero es mucho menos plausible que pueda dejarse indeterminado si un sistema es consciente. (Esto es válido especialmente si adoptamos un enfoque no reductivo, según el cual no podemos explicitar los hechos acerca de la experiencia en términos de hechos más básicos, así como explicitamos cuestiones indeterminadas acerca de la calvicie en términos de hechos determinados acerca del número de pelos sobre una cabeza). Aunque podría ocurrir que la experiencia aparezca en un punto particular, cualquier punto específico parece arbitrario, de modo que una teoría que evite tener que tomar esta decisión consigue una cierta simplicidad.
Una consideración final en favor de sistemas simples que tienen experiencia: si esta es en verdad una propiedad fundamental, parece que sería natural que estuviese ampliamente difundida. Todas las otras propiedades fundamentales que conocemos ocurren incluso en sistemas simples y en todo el universo. Sería extraño que una propiedad fundamental se instancie por primera vez sólo en un momento relativamente tardío de la historia del universo e incluso entonces sólo en sistemas complejos ocasionales. No hay ninguna contradicción en la idea de que una propiedad fundamental sólo se instancie ocasionalmente; pero la alternativa parece más plausible, si todo el resto permanece igual.
¿Hacia dónde va el panpsiquismo?
Si existe la experiencia asociada a los termostatos, probablemente exista la experiencia en todos lados: dondequiera que haya una interacción causal, hay información, y dondequiera que haya información, hay experiencia. Podemos encontrar estados de información en una piedra —cuando se expande y contrae, por ejemplo— o incluso en los diferentes estados de un electrón. De modo que si el principio no restringido del doble aspecto es correcto, habrá experiencia asociada con una piedra o un electrón.
(No diría exactamente que una piedra tiene experiencias o que una piedra es consciente, al modo como podría decir informalmente que un termostato tiene experiencias o es consciente. Una piedra, a diferencia de un termostato, no se la considera un sistema de procesamiento de información. Simplemente se la ve como un objeto, de modo que la conexión con la experiencia es menos directa. Sería mejor decir que una piedra contiene sistemas que son conscientes: es posible que haya muchos de esos subsistemas, ningunas de cuyas experiencias puede considerarse canónicamente como las de la piedra [no más de lo que mis experiencias pueden considerarse las de mi oficina]. Para el termostato, en cambio, existe un espacio de información canónico asociado, de modo que parece más razonable hablar de las experiencias canónicas del termostato. Por supuesto aún este uso es algo informal, como se hizo notar más arriba).
El enfoque de que hay experiencia dondequiera que haya interacción causal es contrario a la intuición. Pero es un punto de vista que puede resultar sorprendentemente satisfactorio si se reflexiona sobre él, ya que hace que la conciencia se integre mejor en el orden natural. Si el enfoque es correcto, la conciencia no ocurre en repentinos destellos, con sistemas complejos aislados produciendo arbitrariamente experiencias conscientes ricas. En cambio, es una propiedad más uniforme del universo, donde los sistemas muy simples tienen una fenomenología muy simple y los sistemas complejos tienen una fenomenología compleja. Esto hace que la conciencia sea menos «especial» en algunos modos y, de esta manera, más razonable.
Una pregunta interesante es si se requiere causalidad activa para la experiencia. ¿Podría un termostato tener experiencia cuando permanece en un estado constante (en un sentido, «causando» una salida, pero sin realmente hacer nada)? ¿O tiene experiencia sólo cuando está en un estado de flujo? La mayor parte de la causalidad que subyace en la experiencia en el cerebro parece ser activa, en el sentido de que la información significativa está siendo procesada constantemente, las neuronas descargan, etc. Por otro lado, podría ocurrir que en un nivel fundamental no pueda hacerse la distinción entre causalidad activa y pasiva, en cuyo caso las dos podrían ser tratadas en un pie de igualdad. No conozco la respuesta de esta pregunta, pero pareciera intuitivamente que se requiere algún tipo de actividad para la experiencia.
Una posibilidad que no consideré hasta ahora pero que no puede desecharse es que los sistemas simples no tengan propiedades fenoménicas, pero que tengan propiedades protofenoménicas. Mencioné en el capítulo 4 la posibilidad de que podrían existir propiedades más fundamentales que las propiedades fenoménicas de las que estas últimas estarían constituidas. Si realmente existiesen estas propiedades, entonces parecería natural que estuviesen instanciadas en sistemas simples. Si esto es así, entonces, los termostatos podrían no tener experiencias tal como nosotros usualmente pensamos en ellas pero, en cambio, instanciarían un tipo relacionado de propiedad que no comprendemos totalmente (un tipo de protoexperiencia, tal vez). Esto permitiría conservar el enfoque unificado del orden natural mencionado más arriba, y podría también ayudar con el problema de la «extinción» (si las propiedades protofenoménicas son fundamentales, entonces las experiencias constituidas por estas propiedades podrían «aparecer» gradualmente después de todo). Dado que no sostiene que los termostatos tengan experiencias completas, este enfoque también parece un poco menos «descabellado» que la alternativa. Por supuesto, el costo es la postulación de una clase de propiedades no familiares que no comprendemos; pero la posibilidad debe dejarse abierta.
De cualquier modo, este enfoque tiene mucho en común con lo que se conoce frecuentemente como panpsiquismo, el enfoque de que todo tiene una mente. Existen algunas razones por las que yo no suelo utilizar este término: 1) porque creo que tener experiencias podría no ser suficiente para lo que usualmente se piensa que es tener una mente, aunque podría considerarse como una mente en su forma más simple; 2) porque las propiedades protofenoménicas podrían estar aún más lejos del concepto usual de «mente», 3) porque no pienso que sea estrictamente exacto decir que las piedras (por ejemplo) tienen experiencias, por las razones mencionadas arriba, aunque las piedras pueden tener experiencias asociadas con ellas. Tal vez la razón principal de que el término sea equívoco, sin embargo, es que sugiere una perspectiva según la cual las experiencias en los sistemas simples como los átomos son fundamentales y las experiencias complejas serían de alguna manera la suma de dichas experiencias más simples. Aunque este es un modo en el que las cosas podrían suceder, no hay ninguna razón de que deban ser así: las experiencias complejas pueden ser más autónomas de lo que esto sugiere. En particular, el enfoque informacional sugiere un cuadro en la cual las experiencias complejas están determinadas más holísticamente.
Habiendo hecho estas advertencias, probablemente sea justo decir que este enfoque es una variedad del panpsiquismo. Debemos notar, sin embargo, que el panpsiquismo no está en la base metafísica de mi enfoque: lo que está en la base es más bien el dualismo naturalista con leyes psicofísicas. El panpsiquismo es meramente una forma en que podría funcionar la superveniencia natural de la experiencia a lo físico. En cierto sentido, la superveniencia natural proporciona el marco conceptual; el panpsiquismo es tan sólo un modo de resolver los detalles.
En lo personal, tengo mucha más confianza en el dualismo naturalista que en el panpsiquismo. Esta última cuestión parece mucho más abierta. Pero espero haber dicho lo suficiente para mostrar que deberíamos tomar en serio la posibilidad de algún tipo de panpsiquismo: no parece existir ningún argumento concluyente en contra de ese enfoque y existen varias razones positivas para adoptarlo.
La restricción del principio de doble aspecto
Aunque estemos preparados para aceptar que los sistemas muy simples tienen experiencias, la idea de que toda información está asociada a la experiencia podría todavía hacernos sentir incómodos. Por ejemplo: sólo una pequeña cantidad de la información en el procesamiento cognitivo humano parece corresponder a la información en la experiencia consciente. ¿No es un hecho que la mayor parte de nuestro procesamiento de información es inconsciente?
Si el principio no restringido del doble aspecto es correcto, entonces podemos suponer que la respuesta es que toda esa información «inconsciente» se realiza en la experiencia; sólo que no se realiza en mi experiencia. Por ejemplo, si existe experiencia asociada con una de mis neuronas, al modo como existe experiencia asociada con un termostato, no esperaríamos que esta sea parte de mi experiencia, así como no esperaríamos que mi experiencia se transforme radicalmente si esa neurona fuese reemplazada por un pequeño homunculus consciente. De modo similar, podría haber experiencia asociada a diversos subsistemas «inconscientes» de procesamiento de información en el cerebro: es sólo que esas experiencias pertenecen a un sujeto diferente. Existen muchos sistemas diferentes de procesamiento de información en el cerebro y el que corresponde a mí —quizás el sistema que hace que alguna información esté disponible para un cierto tipo de control global y comunicación— es sólo uno de ellos. Yo no esperaría tener acceso directo a las experiencias de los otros sistemas, así como tampoco esperaría tener acceso directo a las experiencias de otros seres humanos.
También podríamos preocuparnos acerca de todos los sistemas de procesamiento de información relativamente complejos en el mundo, que se encuentran en cualquier lugar desde mi reproductor de discos compactos hasta mi estómago. ¿Todos ellos califican como individuos conscientes con experiencias complejas? Para dar una respuesta, es importante observar que estos sistemas no tienen nada que se parezca a la estructura cognitiva coherente de nuestro propio sistema, de modo que es probable que cualquier experiencia asociada no se parezca en nada a las nuestras. Si un reproductor de discos compactos tiene asociadas experiencias, por ejemplo, es probable que no sean más que una estructura «plana» de bits; y si la información en mi estómago está asociada con experiencias, entonces no hay ninguna razón para pensar que estas correspondan al tipo de cosas que pensamos como una mente. Los tipos de experiencias que nosotros tenemos únicamente surgirán cuando los sistemas de procesamiento de información hayan sido formados por la evolución para tener estructuras cognitivas complejas y coherentes que reflejen una rica representación del mundo externo. Es probable que sólo un grupo muy restringido de sujetos de experiencia tengan la estructura psicológica requerida para verdaderamente calificar como agentes o como personas.
No obstante, esta gran proliferación de las experiencias, en especial la proliferación dentro de un solo cerebro, podría ser una causa de incomodidad. Esto se exacerba si se advierte que cuando tenemos un espacio de información, por lo general es fácil encontrar muchos espacios de información levemente distintos si simplemente individualizamos un camino causal significativo de un modo diferente o si dividimos los efectos significativos (las «diferencias» que la información hace) de una manera levemente distinta. ¿Debemos suponer que existen conjuntos diferentes de experiencias para todos esos espacios de información? Si esto es así, entonces ¡yo podría tener un número de parientes fenoménicos muy cercanos pero levemente diferentes que surgirían de los procesos que ocurren en mi propia cabeza!
La alternativa es constreñir el principio del doble aspecto de modo de reducir la clase de espacios de información físicamente realizados que tienen contrapartes fenoménicas. La estrategia más natural podría ser restringir el modo como se procesa la información. Después de todo, ya dije que la información en mi sistema que corresponde más directamente a mi experiencia es la información que está directamente disponible para el control global. En su estado actual, es muy improbable que este «criterio» tenga un papel en una ley fundamental, ya que es una noción demasiado vaga y de alto nivel; podemos utilizar el principio únicamente si ya hemos individualizado un sistema de alto nivel como una persona o un cerebro. Pero tal vez exista un criterio más simple y preciso que pueda hacer el trabajo.
Una posibilidad es que la amplificación de la información sea crucial. La información físicamente realizada se realiza también en la experiencia sólo si la información se amplifica de ciertos modos, volviéndose disponible para hacer una gran diferencia a lo largo de ciertos caminos causales. Tal vez incluso podríamos decir que la intensidad de una experiencia corresponde al grado de amplificación, o algo así. Esto podría concordar bien con el criterio de disponibilidad global, aunque podría tener otros problemas: hay mucha información amplificada que no es intuitivamente consciente, por ejemplo; tampoco es obvio cómo debería precisarse la noción de amplificación.
Otra posibilidad es que podríamos restringir el tipo de causalidad involucrada en un sistema. Hemos visto que dondequiera que haya causalidad, hay información; pero, quizá, sólo un cierto tipo de causalidad cuenta en la individualización de los espacios de información que subyacen en la experiencia. Tal vez sólo sean significativos ciertos tipos de relaciones causales «activas», por ejemplo, o tal vez se requieran ciertos tipos de relaciones causales «naturales». Intuitivamente podría ocurrir que muchos de los espacios de información que pueden hallarse mediante los criterios dados hasta ahora sean en cierto sentido no naturales; quizás exista un modo de clarificar la restricción pertinente. Es probable que esto todavía permita una clase muy amplia de estados de información, pero podría impedir su proliferación astronómica.
No estoy seguro de cuál debería ser el criterio de restricción relevante, pero esto no significa que no pueda haber alguno. Podría ocurrir incluso que un criterio de restricción constriña los espacios de información relevantes de manera que la información en sistemas simples como los termostatos no califiquen. Mi propia intuición me dice que bien podría existir una restricción sobre el principio del doble aspecto, pero que la información en sistemas simples como los termostatos podrían calificar de todas formas. Por mi parte, la proliferación de muchas experiencias relacionadas en el cerebro me parece menos intuitiva que la presencia de experiencias en sistemas simples, aunque ninguna de las dos cuestiones está claramente definida. De cualquier forma, hay muchos modos diferentes en los que las cosas podrían ocurrir, cuando la prototeoría se elabora en una teoría.
5. La metafísica de la información
La pregunta sigue vigente: ¿Cómo entendemos la ontología del enfoque del doble aspecto de la información? ¿Qué seriedad le asignamos al discurso de los espacios y los estados de información: son estos solamente construcciones útiles o son de algún modo ontológicamente fundamentales? ¿Es primordial la información, o en realidad son lo físico y lo fenoménico los que son primordiales, y la información sólo proporciona un vínculo útil?
Existen varias maneras de entender esto. La más directa y menos aventurada es considerar que las realizaciones física y fenoménica de la información son características totalmente independientes, sin ningún vínculo ontológico más allá de una conexión legaliforme y un tipo de isomorfismo estructural. Según este enfoque, la ontología sigue siendo la ontología del dualismo de propiedades, con propiedades físicas, propiedades fenoménicas separadas, y una conexión legaliforme entre las dos. Aquí, la expresión «doble aspecto» debe interpretarse de un modo deflacionario: es meramente un modo colorido de hablar acerca de dos tipos diferentes de propiedades correlacionadas con una estructura similar. La información es simplemente una herramienta útil para caracterizar esta estructura común; no corresponde a ninguna categoría ontológica «profunda».
Este podría ser un modo perfectamente adecuado de ver las cosas, pero existen algunas posibilidades más interesantes. La mayoría de ellas involucran tomar más en serio el papel de la información. Consideraré una forma de hacer esto en lo que sigue. Debo advertir al lector que este análisis pertenece al dominio de la metafísica especulativa, pero probablemente esta sea inevitable para poder llegar a un acuerdo con la ontologia de la conciencia.
It de bit
A veces se sugiere dentro de la física que la información es fundamental para la física del universo, e incluso que las propiedades y leyes físicas podrían derivarse de propiedades y leyes de la información. Esta perspectiva, denominada «it de bit», fue formulada por Wheeler (1989, 1990) y Fredkin (1990), y se investiga también en artículos en Zurek (1990) y Matzke (1992, 1994). Si esto es así, entonces podríamos darle a la información un papel más serio en nuestra ontología. Para tener una mejor comprensión de la cuestión, analizaré un modo clave en el cual la información puede considerarse fundamental en la física. Esta no es la única manera como las ideas de «it de bit» podrían formularse (en particular difiere en cierto modo del punto de vista de Wheeler[4]), pero me parece que tal vez sea el modo más natural de comprender la noción. Esta interpretación está estrechamente relacionada, como veremos, con las ideas «russellianas» que analizamos en el capítulo 4 (pp. 203-05).
Esta perspectiva surge de la observación de que en las teorías físicas los estados físicos fundamentales son efectivamente individualizados como estados de información. Cuando examinamos una característica como la masa o la carga, simplemente encontramos un espacio primitivo de diferencias que hacen una diferencia. La física no nos dice nada acerca de qué es la masa o qué es la carga: simplemente nos dice el rango de valores diferentes que estas características pueden tomar y nos dice cuáles son sus efectos sobre otras características. En lo que a las teorías físicas concierne, los estados específicos de masa o carga podrían ser puros estados de información: todo lo que importa es su localización dentro de un espacio de información.
Esto se refleja en el hecho de que la física no se compromete en absoluto con el modo como esos estados se realizan. Cualquier realización de los estados de información servirá igualmente bien para los propósitos de una teoría física, siempre que mantenga la estructura correcta de relaciones causales o dinámicas entre estados. Después de todo, en tanto la forma de estas relaciones sea la misma, la física parecerá la misma para nuestros sistemas perceptuales: no tenemos acceso a ninguna propiedad ulterior de la realización en el mundo externo, más allá de la forma de la red causal. (Excepto, tal vez, en la medida que nuestras propiedades fenoménicas estén ligadas directamente a propiedades realizadoras).
A veces se insinuó, incluso, que el universo podría ser un gigantesco ordenador. Fredkin (1990) sugirió que el universo podría ser un inmenso autómata celular, realizado en el fondo en una vasta estructura de bits[5]. Leckey (1993) sugirió que todo el espacio y el tiempo podría estar basado en un proceso computacional, con registros separados para cada característica fundamental instanciada del mundo. En tanto estos registros tengan las relaciones causales apropiadas entre ellos, ninguna de las criaturas en ese mundo será más sabia. El ejemplo del ordenador ilustra la amplia variedad de modos como las entidades físicas que «conocemos» podrían realizarse, siempre que haya entidades que desempeñen los papeles causales apropiados. Esto podría considerarse como parte de la «metafísica de la física»: la especulación acerca de la ontología subyacente a la estructura causal del propio espacio y tiempo.
Este tipo de metafísica es claramente algo de lo que la propia física no se ocupa. La física puede permanecer neutral acerca de estas cuestiones de cómo se realizan sus características y si las características se «realizan» de ese modo. En lo que a la física concierne, el estado del mundo podría igualmente agotarse en una caracterización de la información. Si existen otras propiedades «realizadoras» subyacentes ulteriores, estas no tienen ningún papel directo en las teorías físicas. De manera que podríamos sentir la tentación de directamente desecharlas.
Esto llevaría a una imagen del mundo como un mundo de pura información. A cada característica del mundo le corresponde un espacio de información, y donde sea que la física considere que esas características están instanciadas, un estado de información del espacio relevante es instanciado. En tanto los estados de información tengan las relaciones correctas entre ellos, todo será como debe ser. Según esta imagen del mundo, no hay nada más que decir. La información es todo lo que hay.
Así es como yo interpreto la concepción «it del bit» del mundo. Es una concepción extrañamente hermosa: una imagen del mundo como puro flujo de información, sin ninguna sustancia ulterior en él. (Algunas versiones de este enfoque pueden también aceptar el espacio y tiempo como un marco primitivo dentro del cual los espacios de información están inmersos; otras versiones consideran que el propio espacio y tiempo está constituido por las relaciones entre los espacios de información). El mundo es simplemente un mundo de diferencias primitivas y de relaciones causales y dinámicas entre esas diferencias. Según este enfoque, tratar de decir alguna otra cosa acerca del mundo es un error.
La fundamentación de la información en la fenomenología
Parece haber dos problemas principales con esa imagen del mundo. El primero lo plantea la propia conciencia. Parece que aquí tenemos algo que va más allá de un puro espacio de información. Las propiedades fenoménicas tienen una naturaleza intrínseca, una que no se agota en su localización en un espacio de información, y parece que un enfoque puramente informacional del mundo no deja espacio para esas cualidades intrínsecas.
El segundo problema es que no es obvio que la noción de puro flujo de información sea coherente. Podríamos creer que según este enfoque el mundo es demasiado carente de sustancia para ser un mundo. ¿Podría haber diferencias que sean diferencias primitivas, no basadas en diferencias en ninguna cualidad subyacente? Podríamos encontrar que es plausible que toda diferencia concreta en el mundo deba tener una base: esto es, que deba haber una diferencia en algo.
Este problema está estrechamente relacionado con los problemas de la perspectiva del «puro flujo causal» que analizamos en el capítulo 4 (p. 203), del que este enfoque es una variante. Ese punto de vista eliminaba del mundo todas las cualidades intrínsecas y dejaba un mundo de relaciones causales sin nada, parecía, que realizase esa causalidad. El presente enfoque podría ser algo mejor ya que permite estados de información como aquello que las relaciones causales relacionan, pero esos estados son notablemente insustanciales, ya que sólo son diferentes entre sí y no tienen ninguna naturaleza propia. Podríamos pensar que esta imagen de un mundo sin naturaleza intrínseca no es una imagen de un mundo en absoluto.
Podríamos argumentar que los espacios de información deben tener algo de naturaleza ulterior. Podría ocurrir que dos propiedades fundamentales tengan el mismo tipo de estructura de información; por ejemplo, que ambas involucren cantidades reales sobre un continuo. Si la física es pura información, no habrá nada que distinga las instanciaciones de los dos espacios de información. Pero debe haber alguna diferencia entre ellos, ya que las dos propiedades participan en leyes distintas y tienen efectos diferentes en otras características del mundo. De manera que debe haber algo ulterior que distinga esas instanciaciones; algo que vaya más allá de la pura información. Parecería que es necesario algún tipo de cualidad intrínseca para hacer la distinción.
Existen algunos modos en los que podríamos tratar de solucionar estos problemas. Podríamos decidir que el segundo problema no es, al fin de cuentas, un problema fatal y contentarnos con una física de la pura información; luego podríamos intentar incorporar propiedades fenoménicas de alguna manera vinculadas de un modo legaliforme con esa información. Alternativamente, podríamos responder el segundo problema postulando propiedades intrínsecas en las que estén basados los espacios de información físicos, y resolver el primer problema introduciendo propiedades fenoménicas de un modo separado.
La estrategia más interesante, sin embargo, es intentar responder los dos problemas a la vez. El primer problema sugiere que tenemos conocimiento directo de alguna naturaleza intrínseca en el mundo, más allá de la pura información, en las propiedades fenoménicas; y el segundo sugiere que podemos necesitar alguna naturaleza intrínseca en el mundo sobre la cual basar los estados de información. Tal vez, entonces, la naturaleza intrínseca requerida para basar los estados de información esté estrechamente relacionada con la naturaleza intrínseca presente en la fenomenología. Tal vez, incluso, una sea constitutiva de la otra. De este modo, obtenemos una ontología económica y elegante, y resolvemos dos problemas de un solo golpe.
Una vez más, esto está estrechamente vinculado a la sugerencia russelliana descripta en el capítulo 4, según la cual las propiedades intrínsecas desconocidas del mundo son consideradas propiedades fenoménicas (o protofenoménicas). Russell necesitaba que esas propiedades subyacieran a las relaciones causales propuestas por la física y nosotros las necesitamos para basar los estados de información (las diferencias que hacen una diferencia) postuladas por la física. Estos son esencialmente un mismo problema. En los dos casos, tenemos la sensación de dos soluciones por el precio de una. Necesitamos que algunas propiedades intrínsecas le den un sentido al mundo físico y necesitamos encontrar un lugar para las propiedades intrínsecas reveladas en la fenomenología. Los dos problemas parecen tener una buena correspondencia.
De esta manera, la sugerencia es que los espacios de información requeridos por la física están basados en propiedades fenoménicas o protofenoménicas. Cada instanciación de un espacio de información de este tipo es, de hecho, una realización fenoménica (o protofenoménica). Cada vez que una característica como la masa y la carga se realizan, existe una propiedad intrínseca detrás de ella: una propiedad fenoménica o protofenoménica, o una propiedad microfenoménica para abreviar. Tendremos un conjunto de espacios microfenoménicos básicos, uno para cada propiedad física fundamental, y son estos espacios los que basarán los espacios de información que la física requiere. Las diferencias últimas son estas diferencias microfenoménicas.
Por supuesto, este punto de vista requiere nuevamente una variedad de panpsiquismo «escandaloso», pero ya argumenté que un panpsiquismo de este tipo no es tan irrazonable como comúnmente se supone. Con anterioridad sugerí que puede haber propiedades fenoménicas dondequiera que haya información, así que bien podemos ponerlas a desempeñar un papel útil.
La ontología a la que esto nos lleva podría verdaderamente llamarse una ontología de doble aspecto. La física requiere estados de información pero sólo le importan sus relaciones, no su naturaleza intrínseca; la fenomenología requiere estados de información, pero sólo le importa su naturaleza intrínseca. Este enfoque postula un solo conjunto básico de estados de información que unifica aquellos dos. Podríamos decir que los aspectos internos de estos estados son fenoménicos, y que los aspectos externos son físicos. O a la manera de un eslogan: la experiencia es información desde el interior; la física es información desde el exterior.
¿Qué hay de la fenomenología macroscópica?
Todo esto funciona muy bien como ontología, aunque es ciertamente especulativo. Pero antes de dejarnos llevar demasiado, nos queda una enorme pregunta: ¿Cómo puede esta ontología hacerse compatible con los detalles de una teoría psicofísica? En particular, ¿cómo puede hacerse compatible con las regularidades psicofísicas en el nivel macroscópico? El problema es que el principio del doble aspecto se aplica aquí en el nivel físico fundamental, donde la información microscópica físicamente realizada tiene una realización fenoménica. Pero, para los propósitos de una teoría de la conciencia, necesitamos que la información macroscópica físicamente realizada tenga también una realización fenoménica. No es obvio en absoluto que este tipo de «fenomenología macroscópica» pueda derivarse de la fenomenología microscópica.
A primera vista, nuestra experiencia consciente no parece ser ningún tipo de suma de propiedades microfenoménicas correspondientes, por ejemplo, a las características físicas fundamentales en nuestro cerebro. Nuestra experiencia parece mucho más holística que eso y mucho más homogénea de lo que cualquier simple suma lo sería. Esto es una versión del «problema de la granularidad», planteado por Sellars (1965) como un problema del materialismo: ¿Cómo puede una experiencia ser idéntica a una vasta colección de sucesos fisiológicos, dada la homogeneidad de la primera y la fina granularidad de los segundos? El problema análogo es particularmente acuciante para los enfoques russellianos del tipo que estoy analizando[6]. Si las raíces de la fenomenología se agotan en la microfenomenología, entonces es difícil ver cómo podría surgir una fenomenología macroscópica estructurada y homogénea: lo que podríamos esperar, en cambio, es algún tipo de colección fenoménica no estructurada y «heterogénea».
Existen varios modos en los que podríamos intentar resolver esta cuestión. Primero, podríamos tratar de formular las cosas de modo que la ontología de doble aspecto sea válida en todos los niveles, no exclusivamente en el nivel microscópico. Es decir, aún los espacios de información físicos en el nivel macroscópico se basan en una realización fenoménica. Puede argumentarse que no hay nada privilegiado en el nivel microscópico: las cosas son más simples allí, pero no tienen por qué ser ontológicamente especiales. Los argumentos que hemos dado para ver el mundo físico en términos de información también se aplican en el nivel macroscópico. Podríamos argumentar incluso que en este nivel, sólo hay un espacio de diferencias macroscópicas que hacen una diferencia, cada una de las cuales podría realizarse en la fenomenología correspondiente.
El problema es que podría no haber espacio para todas estas realizaciones fenoménicas separadas. Una vez que tenemos características físicas fundamentales realizadas en espacios de información fenoménicos, entonces la información macroscópica parece ya tener una base: las diferencias que hacen una diferencia aquí están ahora basadas en configuraciones de características físicas microscópicas, que están a su vez basadas en la microfenomenología. Podríamos intentar introducir un basamento fenoménico separado de todas formas, pero esto parecería redundante, y teóricamente menos elegante que la maniobra correspondiente en el caso microscópico. Podríamos intentar remover la redundancia haciendo que el basamento macroscópico sea primordial, pero entonces sería difícil manejar casos de sistemas microscópicos aislados y similares. De modo que no es claro que el enfoque de «basamento» de la ontología del doble aspecto pueda funcionar directamente en el nivel macroscópico.
Segundo, podríamos intentar comprender algún modo en el cual la fenomenología macroscópica pudiese estar constituida por estas propiedades microfenoménicas. A primera vista, no parece ser ninguna simple suma o colección de estas propiedades; esto llevaría directamente a problemas de «irregularidades». Pero, tal vez, el problema consiste solamente en que no comprendemos la relación mental parte-todo, como Nagel (1986) lo formuló. Es decir, carecemos de una concepción precisa de la manera en el cual las propiedades microfenoménicas de bajo nivel «se componen» para producir una fenomenología de alto nivel. Tendemos a pensar acerca de la cuestión en términos de una analogía física basada en el modo como la microfísica compone la macrofísica, pero este podría ser un modo erróneo de pensar en ello. Quizá la fenomenología se constituya de un modo totalmente diferente.
Por ejemplo, podría ocurrir que las propiedades microfenoménicas compongan la macrofenomenología de una forma que refleja su estructura informacional conjunta, en lugar de su estructura espaciotemporal conjunta. Si una colección de estas propiedades realiza conjuntamente un estado complejo de información en virtud de las relaciones causales entre ellas, quizá podríamos esperar que cualquier macrofenomenología derivada tenga la forma de ese estado de información. Después de todo, el papel central de las propiedades microfenoménicas es realizar estados de información, de modo que no sería enteramente sorprendente que la estructura informacional desempeñe un papel en las relaciones constitutivas entre las propiedades. Si esto fuera así, entonces cualquier estado macrofenoménico derivado tendría la estructura informacional «homogénea» que el principio original del doble aspecto predice. Esto no es fácil de comprender, pero después de todo no podemos esperar que nuestra comprensión cotidiana del dominio físico se aplique al dominio fenoménico. De modo que podría ocurrir que una mejor comprensión de la naturaleza de la propia fenomenología sea compatible con este enfoque de su constitución.
Si resultase que ninguna relación de constitución puede funcionar de este modo, podríamos intentar la tercera opción, que es vincular la macrofenomenología con la microfenomenología mediante leyes[7]. Por ejemplo, podría simplemente ser una ley que cuando los estados microfenoménicos realizan un estado de información de un cierto tipo en virtud de las relaciones causales entre ellos (por el principio de la «diferencia que hace una diferencia»), entonces surgirá una realización fenoménica directa del mismo estado. Esto resolvería los problemas teóricos, al costo de complicar la ontología. Ya no tendríamos una ontología simple en la que la fenomenología sería el aspecto intrínseco de la información físicamente realizada: alguna fenomenología quedaría «colgando» de esa información debido a las leyes, al modo de un dualismo de propiedades más estándar. De esta forma, algo del atractivo de un punto de vista russelliano se perdería, aunque el enfoque todavía sería bastante coherente.
Sea como fuere, dejaré esta cuestión abierta. Es el problema más difícil para cualquier clase de enfoque russelliano; pero no es obvio que no pueda ser resuelto. Si se pudiese hacer funcionar, la segunda estrategia parece una vía particularmente prometedora; también podría ocurrir que se necesite alguna idea enteramente nueva para resolver este problema. Si se miran las cosas de un modo optimista, podemos considerar el problema —cómo hacer que una teoría psicofísica sea compatible tanto con los hechos de macronivel acerca de nuestra fenomenología y su base física como con la ontología de micronivel de la perspectiva russelliana— como una de las restricciones cruciales que eventualmente podría llevarnos a una teoría detallada de la conciencia. Una de las dificultades para construir una teoría de este tipo es que no tenemos muchas restricciones. Podría ocurrir que este problema nos proporcione un muy necesario centro de atención.
Si ninguna de estas estrategias resulta ser satisfactoria, deberemos deshacernos del enfoque russelliano y utilizar alguna otra perspectiva de la metafísica. Podríamos intentar trabajar con la metafísica de la pura información, por ejemplo, como una manera de comprender el mundo físico; y luego de alguna manera conectar la fenomenología, tal vez mediante una conexión legaliforme, con la pura información. O podríamos simplemente retroceder a una ontología «domesticada» con dominios físico y fenoménico separados, cada uno con su propia naturaleza intrínseca, vinculados mediante conexiones legaliformes del estilo del principio de información. Esto significaría que el discurso del «doble aspecto» debería tomarse menos seriamente y la ontología sería algo menos elegante, pero todavía podría conducirnos a una teoría perfectamente satisfactoria.
6. Preguntas abiertas
El esquema que presenté de un marco conceptual informacional de las leyes psicofísicas deja abiertas una enorme cantidad de preguntas. Para que la imagen pueda volverse una teoría final, todas estas preguntas deberán ser respondidas. En el apartado anterior mencioné algunos problemas con la ontología del enfoque. Pero también existen numerosas preguntas acerca de la forma de las leyes y acerca de cómo debe explicarse nuestra fenomenología. Algunas de estas preguntas son:
- Cuando un espacio de información se realiza fenoménicamente, ¿por qué se realiza de un modo y no de otro? Por ejemplo, dado que nuestro espacio de color fenoménico podría estar invertido, parece algo arbitrario que sea del modo que es. ¿Necesitamos agregar otras leyes o postular «constantes» contingentes para decidir la cuestión?
- ¿El carácter de un espacio de información fenoménico está determinado por la estructura del espacio (o al menos determinado, salvo la posibilidad de inversiones)? Podría parecer, por ejemplo, que el espacio del color y el espacio del gusto son ambos espacios tri o tetradimensionales simples, pero tienen características muy diferentes a pesar de sus formas similares. Es posible que la similitud de las estructuras sea una ilusión y que cuando las sumergimos en una estructura más amplia —si consideramos las experiencias de color como parte de la estructura profunda y completa de las experiencias visuales, por ejemplo— la similitud desaparezca. Pero la pregunta se mantiene: ¿Es algo con las características aproximadas de nuestras experiencias de color el único modo como la información visual del color podría haberse proyectado en la fenomenología, o existe algún modo totalmente diferente? Sospecho que la respuesta podría estar más cerca de la primera alternativa que de la segunda, pero no es obvio en absoluto cómo podríamos argumentar en favor de esto.
- Utilicé este marco conceptual principalmente para analizar las experiencias perceptuales simples, como las experiencias del color. No es obvio cómo podríamos extenderlo para tratar con experiencias más sutiles, como por ejemplo las experiencias emocionales complejas o la experiencia del pensamiento ocurrente. ¿Pueden hacerse estas extensiones?
- ¿Qué tipo de estructura formal es la más apropiada para capturar la estructura de la información fenoménica? ¿Qué tipo de espacios topológicos son necesarios para capturar la estructura relacional de la experiencia? ¿Deberíamos movernos a un tipo más específico de estructura, tal como un espacio métrico o una variedad diferencial? La estructura combinatoria de una experiencia es aún más interesante: un continuo multidimensional simple es probablemente una gran simplificación de la estructura de un campo visual, por ejemplo. ¿Cómo podemos capturar mejor la estructura completa? ¿Debería la definición de un espacio de información modificarse con este propósito?
- ¿Cómo, dentro de este enfoque, podemos explicar la unidad de la conciencia? Esto es, ¿qué hace que mis experiencias visuales, auditivas, etc., sean todas experiencias del mismo sujeto? Sospecho que la respuesta involucra el modo como se procesa la información pertinente, de modo que la unidad de la conciencia corresponde al hecho de que la información pertinente está disponible para ser integrada de cierto modo. Pero, cómo exactamente traducir esto no es claro.
- ¿Cuáles, exactamente, son los criterios que determinan qué información en el cerebro corresponde a mis experiencias? ¿Existe algún camino causal particular, o algún tipo determinado de flujo causal, que sea relevante? Podemos suponer que algo como la disponibilidad directa para el control global desempeña aquí un papel central en la individualización de la información y de los caminos relevantes.
La existencia de todas estas preguntas muestra lo lejos que estas ideas esquemáticas están de ser una verdadera teoría. Otro modo de ver esto es notar lo lejos que estas ideas están de permitirnos predecir exactamente cuáles son las propiedades fenoménicas asociadas con un sistema físico a partir de las propiedades físicas del sistema. Tal como se la formuló, la idea carece de fuerza explicativa y predictiva importante: se la debe reforzar de un modo considerable para poder ser realmente útil.
Se necesitarían algunos nuevos aportes para transformar esta idea en una teoría satisfactoria. Tal vez pudiese ocurrir un avance importante a partir de la consideración del problema del apartado anterior: cómo relacionar la información fenoménica a escala macroscópica con el enfoque de la «propiedad intrínseca» de la información en la escala microscópica. Otro avance podría provenir de tratar de hallar una restricción que produzca la clase de espacios de información físicamente realizados que se realizan en la experiencia. Otros podrían surgir de fuentes que no consideré en absoluto.
La idea podría resultar totalmente equivocada. Esto no me sorprendería; de hecho, creo que es más probable que la clave de una teoría fundamental se encuentre en otro lado. No obstante, formulé estas ideas porque necesitamos comenzar a pensar acerca de estas cuestiones y porque la consideración de aunque más no sea un ejemplo inadecuado en el género puede ser instructivo. También, espero que algunas de las ideas planteadas sobre la marcha —acerca de cómo explicar los juicios fenoménicos, acerca de la ubicuidad de la experiencia y acerca de la conexión entre la experiencia, la información y las propiedades intrínsecas de lo físico— puedan resultar útiles, aún cuando se traduzcan a un marco conceptual diferente. Tal vez una teoría más adecuada de la conciencia pueda compartir algunos aspectos generales de las ideas aquí formuladas, aún cuando los detalles puedan ser muy diferentes.
Suele decirse que el problema con las teorías de la conciencia de este tipo es que son demasiado especulativas e inverificables. Sin embargo, creo que el verdadero problema con la «teoría» que formulé es otro: es demasiado inespecífica en sus predicciones. Si tuviésemos una teoría de un nivel comparable de simplicidad que pudiese predecir todos los hechos específicos relacionados con nuestra experiencia —aunque más no sea los hechos familiares en el caso de primera persona— a partir de los hechos físicos relacionados con nuestro sistema de procesamiento, esto sería un logro notable y nos daría muy buenas razones para aceptarla como verdadera. En este momento no contamos con una teoría de esta clase, pero no hay ninguna razón para creer que sea imposible.