Viernes, 24 de Abril

A la mañana siguiente, tuve que hacerme a la idea de que sería el último día que vería a Scandar deambular por los pasillos, con su inconfundible caminar desenfadado, su cabello negro alborotado, sus brillantes ojos oscuros siempre atentos a todo lo que había a su alrededor, y su mochila colgada a un lado del hombro.

Según me comentó la noche anterior, iría al despacho de la directora tras finalizar las clases. Ese mismo día tenía un examen de Física que había preparado con mucho empeño, y no quería desaprovechar la oportunidad de demostrarle al profesor sus constantes avances con la asignatura.

—De verdad que no tienes que pasar por esto— le había dicho una y otra vez la noche anterior.

Pero siempre me replicaba con la misma respuesta: me silenciaba apoyando sus dedos sobre mis labios y a continuación los besaba con dulzura. No me daba más opción que permitirle asumir la embestida que supondría dar la cara frente a Doña Maruja. Seguía negándose a que yo me responsabilizara de todo lo sucedido, y no aceptaba ninguna otra sugerencia.

—Déjame disfrutar de esta noche a tu lado— me rogaba entre beso y beso.

A pesar de concentrar mis sentidos en el suave tacto de sus caricias, la imagen de Rebeca con su maliciosa sonrisa no dejaba de emerger entre mis pensamientos. Me sentía utilizada y engañada únicamente para que ella saliera impune de su propio error. Para más colmo, un error causado a propósito por pura diversión.

En mi cabeza tenía la horrible sensación de que mi existencia no suponía más que un monumental obstáculo para Scandar. Desde mi posición se suponía que tenía que ser yo, y no él, la que buscara una solución justa; y verlo aceptar la responsabilidad con estoicismo y sin rechistar, no hacía más que acrecentar mi malestar.

Por supuesto aquella mañana me sentía desfallecida. No tenía ánimos ni energías para afrontar las horas de clases con los alumnos, y les pedí que aprovecharan para adelantar el trabajo que por costumbre les mandaba terminar en casa.

—Así tendréis la tarde libre— era la única excusa justificable para que no pensaran que estaba eludiendo mis obligaciones.

Más de un alumno reclamó mi atención en repetidas ocasiones queriendo consultar sus dudas con los ejercicios. La mayor parte del tiempo la pasé mirando absorta a través de los ventanales del aula, y me sobresalté un par de veces al apreciar sus risotadas cuando no escuchaba sus llamadas a la primera:

—¡Profesoooooooraaaaaa!— bromeó un alumno en tono fantasmagórico al verme con la mirada perdida.

—Sí, Miguel. ¿Qué necesitas?— atiné a decir resignada a aguantar sus comprensibles risitas.

—Necesito que me expliques cómo se resuelve este problema— me pidió.

Me levanté de mala gana de mi asiento y me acerqué a su pupitre para aclararle las dudas. Me sentía culpable por no estar centrada en clase, al fin y al cabo, ellos no eran responsables de lo que me sucedía, y tenían todo el derecho a reclamar mi atención cada vez que lo requirieran.

Las horas pasaron más lentas de lo habitual, y mi desesperación se agudizaba más y más según avanzaba la mañana. Estuve tan ocupada aquel día, que ni siquiera tuve tiempo de pasar por delante del aula de Scandar, aunque sólo fuera para verlo de lejos y enviarle con una mirada mi amor y mi apoyo.

Cuando el temido último timbrazo de la mañana sonó, sentí como el vello del cuerpo se me erizaba. El tiempo que Rebeca nos dio, se había agotado y ya no habría marcha atrás. Sólo existían dos opciones: o Scandar asumía la culpa, o ella le contaría a la directora nuestra relación. Salí a toda prisa de clase hacia dirección para llegar antes que él, ni siquiera estaba segura aún de que aquella fuera la solución apropiada. Una parte de mí rezaba porque naciera en Rebeca un ápice de piedad y tal vez, con mucha suerte, cambiara de opinión. Pero sospechaba que aquello sería improbable, así que me dirigí al despacho de la directora para ver qué ocurría.

Había una gran multitud de alumnos que se apiñaban en el pasillo para marcharse a casa y tuve que soportar varios empujones al abrirme paso entre ellos. Divisé a lo lejos la estilizada figura de Scandar con su aire despreocupado, estaba de pie junto a la puerta de la directora.

Aquel día la primavera nos desafió con una fuerte subida de temperatura, y el ambiente que se respiraba en el centro comenzaba a ser insoportable. De repente el aire se transformó en una cargante masa de oxígeno difícil de inhalar, y el atropellado pasillo sólo servía para acentuar la opresión que estaba sufriendo en el pecho.

Giré la cabeza hacia las puertas de salida en busca de ventilación, y lo único que hallé fue a Rebeca en lo alto de un escalón esperando a que yo entrara en el despacho para salvar su detestable pellejo. El sonido del ajetreo de la gente desapareció de mis oídos por completo cuando distinguí en su rostro aquella malévola sonrisa. Sus ojos apuntaban a los míos descaradamente adoptando un gesto mandatario, y su actitud soberbia consiguió que la sangre me hirviera por todas las extremidades. Quise imaginarme a mí misma acercándome a ella para darle una buena bófeta y enseñarle quién era la que mandaba allí, pero por mucho que lo deseara, la que al final conseguiría su propósito sería ella.

Volví a dirigir la vista hacia Scandar, que parecía haberse percatado del cruce de miradas entre Rebeca y yo. Probablemente se habría dado cuenta de mi rabia contenida, y por eso movió lentamente la cabeza de un lado a otro indicándome que no se me ocurriera acercarme a ella. Pero de nuevo volví a mirarla, y fue entonces cuando su despreciable sonrisa se tornó pura severidad. Apuntó secamente con el dedo hacia el despacho de la directora, y aunque probablemente nadie se percató de aquel gesto, para mí supuso la gota que colmó el vaso. Estaba harta de ser manipulada por una niñata de quince años, no podía dejarme exprimir de esa manera, y mucho menos permitir que otra persona diera la cara por mí. ¿En qué clase de mujer me había convertido? Cuando comencé mi relación con Scandar sabía a lo que me estaba exponiendo, y nada de lo que pudiera pasarme me frenó en aquel momento. Scandar estaba por encima de todo, le quería con todas mis fuerzas y ese amor era correspondido.

Entonces, y sin saber por qué, me vino a la memoria la imagen de mi padre el día de mi graduación. Habíamos pasado un largo día de celebraciones, cuando al final de la noche nos encontramos en su reconfortante despacho; me pidió que tomara asiento para hablarme antes de que regresara a mi apartamento. Se sentía muy orgulloso de mí y de lo que había conseguido hasta entonces, y me recordó que debía ir siempre con la cabeza bien alta para que nadie ni nada se interpusiera en mi camino. Sus palabras resonaron una y otra vez en mi cabeza “ya eres mayor hija, a partir de ahora emprenderás tu propio camino, en el que deberás ser consecuente con tus actos. Ve siempre con la verdad por delante, y no olvides que tu obligación a partir de ahora será enseñar, educar, y sobre todo ser justa con quienes te rodean”.

Bajé la mirada al suelo. Ver a Scandar de pie frente al despacho de la directora me producía un dolor agudo en el pecho, como si me estuvieran clavando una aguja. Había olvidado que para ser justa las cosas deberían ser de otra manera, y sólo yo podía cambiarlas. Pensé que si me dejaba achantar por Rebeca nunca sería capaz de afrontar otro tipo de problemas que pudieran venirme en el futuro. Me consideraba una mujer justa con quienes me rodeaban, una mujer capaz de afrontar amenazas con total madurez, una mujer enamorada de un chico que se había ganado todo mi respeto.

Algo aturdida por el cúmulo de emociones que sentía en aquel momento, noté como mis piernas avanzaban despacio una detrás de la otra. La cara de Rebeca parecía satisfecha al comprobar que me encaminaba hacia en despacho. Scandar frunció ligeramente el ceño preguntándose qué diablos estaba haciendo. Ni siquiera yo misma sabía lo que hacía, sólo tenía claro que no iba a dejarle dar la cara por mí.

Doña Maruja salió de su despacho, y vi cómo se acercaba a Scandar para preguntarle qué deseaba. Sin pensarlo me arremoliné entre el gentío y comencé a dar empujones para que me permitieran pasar entre ellos. Mis pasos se aceleraron a toda prisa mientras el corazón me latía con más y más fuerza.

—¡Scandar!— grité cuando ya estaba cerca.

Todo el mundo se giró hacia mí para ver qué ocurría. Debí clamar su nombre con tanta fuerza, que el alboroto que había en el pasillo no acalló mi grito de desesperación. Por suerte los alumnos se abrieron paso para dejarme llegar hasta él, y di varias zancadas hasta llegar a sus brazos. De un salto le rodeé por el cuello mientras mis piernas abrazaban su costado. Mi peso sobre su cuerpo no pareció importarle cuando estampé mis labios sobre los suyos con un apasionado beso, y aunque al principio su respuesta fue algo tímida, no tardó en reaccionar agradeciéndome el gesto. Entonces sus fuertes manos agarraron mi trasero con tal descaro, que todos los alumnos comenzaron a silbar y a gritar impresionados con la escena.

El mundo a mi alrededor dejó de existir, en mi mente sólo había espacio para Scandar y para mí. Alumnos, profesores, Rebeca, Doña Maruja... durante unos segundos todos se esfumaron de mi consciencia, y no llegué a percatarme de que habíamos sido rodeados por un tumulto de personas curiosas hasta que Scandar no me soltó y mis pies tocaron de nuevo el suelo. Fue entonces cuando una explosión de gritos arrancó de los más jóvenes animándonos a que volviéramos a besarnos.

Sin apartar mis ojos del rostro de Scandar, me percaté de que la mayoría de los allí presentes, incluido el conserje que se encontraba tras el mostrador de la recepción, habían sido testigo que mi locura. Inevitablemente un calor intenso subió por mi cuerpo llegando a mis mejillas hasta hacerlas enrojecer. Me negué a recorrer con la mirada lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor, sólo de pensar lo que se nos venía encima, hizo que mis pestañas descendieran ligeramente hacia el torso de Scandar en busca de refugio; sin embargo él alzó la vista para comprobar el alboroto que había a nuestro alrededor. Un destello de diversión se reflejó en sus ojos oscuros mientras parecía considerar la situación con detenimiento.

—Esta vez sí que la has hecho buena— me susurró al oído.

—No me importa— contesté aún sonrojada.— Ya sé que estoy loca, pero es culpa tuya. Me importas demasiado.

Una sublime sonrisa apareció en los labios de Scandar, a continuación me rodeó los hombros con su firme brazo y nos dirigimos a la salida. Al igual que los alumnos, la mayoría de los profesores formaron juntos un pasillo para dejarnos marchar; algunos aplaudían a nuestro paso, otros silbaban, otros comentaban, también sonreían o abrían sus ojos de par en par sorprendidos..., sólo una persona reflejaba odio contenido en sus ojos, me forcé a desviar la vista hacia otro lado para no enfrentarme al iracundo rostro de Rebeca, pero no llegó a ser necesario ya que ella se marchó de allí rápidamente.

Nuestra salida del centro fue pletórica, Scandar no podía dejar de sonreír satisfecho, y algunos de sus compañeros de clase le ofrecían la mano en señal de masculinidad. Aunque en cualquier otro momento habría pensado que presumía de forma descarada de su conquista, en aquel instante me pareció oportuno; de hecho, yo también me sentía eufórica y llena de gozo. Por fin, después de tanto tiempo, había encontrado la fuerza suficiente para demostrarle al mundo, y en especial a Rebeca, que no se podía jugar con alguien como yo. Ya no tendría que esconderme ni mentir, a partir de ahora podría disfrutar del amor y la compañía de mi chico cada vez que me viniera en gana.

O al menos así lo creía.

Monté en la moto de Scandar bajo una lluvia de aplausos y gritos, rumbo a la playa de Campoamor para celebrar nuestro “triunfo” bajo los rayos del sol. Por desgracia no tardaría en saber que otra persona, a la que había pasado por alto en aquel momento, me estaría esperando próximamente para darme una de las peores noticias que recibiría.