Capítulo 7

La seguí con un nudo en la garganta. Cuando me acerqué, Isabel me miró desde su sitio junto a la chimenea. En su fría mirada ámbar no había ni rastro de reconocimiento.

—Arrodíllate —me susurró lady Dudley al oído—. La duquesa de Suffolk es de sangre real, es hija de la hermana pequeña de nuestro difunto rey Enrique VIII. Debes mostrarle respeto.

Caí sobre una rodilla. Vi de reojo un cocker spaniel acurrucado sobre un enorme regazo, con un collar de cuero rojo con diamantes incrustados.

El perro ladró.

Levanté lentamente la mirada. Parecía un monstruo allí arrellanada sobre un montón de cojines, constreñida por un corpiño con gemas incrustadas y unas faldas color nectarina que parecían las velas de un galeón.

—Su Excelencia Frances Brandon, duquesa de Suffolk —anunció lady Dudley—. Excelencia, ¿me permitís que os presente al escudero Prescott? Acaba de llegar a la corte para servir como escudero de mi hijo.

—¿Escudero? —La educación de la aguda voz de la duquesa se resquebrajaba tan fácilmente como la corteza de un pastel—. A ver, si este patán se inclina tanto, no puedo verlo. Ponte de pie, chico. Deja que te vea.

Hice lo que me pidió, y sus ojos metálicos me traspasaron. Debía de haber sido guapa tiempo atrás, antes de que la inactividad y los abusos en la mesa hicieran estragos en su cuerpo. El fantasma de una belleza robusta en algún momento podía discernirse en el opaco pelo castaño rojizo recogido bajo el enorme tocado enjoyado, en la línea fuerte de su nariz aquilina y en su piel cuidada y translúcida, que era tirante y blanca, sin imperfecciones o arrugas.

Sus ojos, no obstante, me dejaron petrificado: eran crueles, notaba que me juzgaban, y notablemente astutos, esos ojos ocultaban la indiferencia de su expresión tiránica, propia solo de aquellos nacidos con privilegios.

No pude aguantar esa mirada durante mucho tiempo, así que, incómodo, bajé la mirada hasta el dobladillo de su falda. Vi que tenía el pie izquierdo apretujado en una zapatilla ridículamente delicada, terriblemente deformada y torcida hacia dentro.

La oí reírse.

—Fui una experta amazona en mi juventud. ¿Y tú? ¿Sabes montar?

Respondí en voz baja y con cautela:

—Sí, Su Excelencia. Me crié entre caballos.

—Creció en nuestra finca —intervino lady Dudley, con tono de voz malicioso—. Llegó a nosotros por casualidad hace veinte años. Nuestra ama de llaves de la época lo encontró.

La duquesa la cortó con un gesto seco de sus dedos ensortijados.

—¿Qué? ¿Es que no tienes familia?

Miré a lady Dudley, aunque sabía que no me prestaría ninguna ayuda. Sus labios se separaron, y dejó a la vista los dientes. El estómago me dio un vuelco. Me preguntaba si estaban a punto de deshacerse de mí. Esas cosas pasaban. Los señores transferían o intercambiaban criados por favores, para pagar deudas o, simplemente, para librarse de aquellos que les disgustaban. ¿Para eso me había llevado a la corte? ¿Acaso todas mis aspiraciones habían sido simples ideas extravagantes?

—No, Su Excelencia. —No podía evitar el temblor de mi voz—. Soy huérfano.

—Menuda vergüenza. —El tono de la duquesa indicaba que había oído bastante y, así, dijo bruscamente a lady Dudley—: Señora, su caridad es digna de elogio. Confío en que el chico se muestre merecedor de ella. —Su mano se movió hacia mí—. Puedes irte.

Abrumado por el alivio, me incliné, recordando no dar la espalda a una persona de sangre real. Mientras caminaba hacia atrás, rezando para no toparme con otra silla, lady Dudley se inclinó hacia la duquesa y dijo: «Il porte la marque de la rose».

No se imaginó que entendía sus palabras, ya que desconocía que había estudiado francés con ayuda de uno de los libros que Robert había abandonado. La duquesa pareció quedarse petrificada, con su mirada feroz clavada en mí. Yo también me quedé congelado en el sitio. Lo que vi en sus ojos estrechos me heló la sangre.

«Lleva la marca de la rosa».

Me sentía enfermo. Lady Dudley se apartó de la silla, haciendo a la duquesa una breve reverencia. La duquesa parecía incapaz de moverse.

Tras ella, acechando al borde del grupo, vislumbré un destello marrón. Parpadeé y volví a mirar. Había desaparecido. Noté una mano pesada sobre el hombro. Me giré y me topé con el rostro furioso del señor Shelton. Me apartó a un lado.

—Pensaba que te habías ido con esa muchacha. Y en lugar de eso, ¡te encuentro aquí metiéndote otra vez en problemas! ¿Esta es mi recompensa? ¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti?

Su reprimenda cayó sobre mí como un chaparrón. La cabeza me daba vueltas, pero estaba decidido a no dar voz a mi confusión, incluso cuando me dijo, clavándome el dedo en el pecho: «No te atrevas a moverte. Tengo algo que hacer, pero, cuando vuelva, espero que estés aquí».

Se alejó decidido. Recobré el aliento, aunque notaba la boca seca como papel de lija. Con una inquietud casi dolorosa, me llevé la mano a la parte superior de las calzas. Podía sentirlo más abajo, cerca de la cadera, donde las agujetas sujetaban la bragueta en su lugar. Necesité hacer acopio de todas mis fuerzas para no desgarrarme la ropa, para convencerme de que era imposible: la rosa, así la llamaba también la señora Alice. Me decía que era una señal de que estaba bendecido.

¿Pero cómo lo sabía lady Dudley? ¿Cómo podía haber descubierto un detalle tan íntimo, que solo conocían un chico solitario y una mujer risueña de mejillas sonrosadas, que era su única amiga en un mundo hostil? ¿Y por qué lo habría blandido como arma contra alguien a quien no podía importarle en absoluto?

La ira se avivó en mi interior. La señora Alice se había ido, y no podía dejar de llorar su pérdida. No obstante, en ese instante, y que Dios me perdone, casi la odié por traicionar nuestros recuerdos y por violar nuestra confianza. Me daba igual que lady Dudley hubiera podido ver esa marca de nacimiento cuando yo era un bebé, solo podía pensar en que alguien le había desvelado un secreto que solo nos pertenecía a mí y a la señora Alice.

Cerré los ojos, aparté la mano de mis calzas y me la llevé al corazón, que me latía desbocado. Cuando noté el anillo en el bolsillo, me di cuenta de que estaba en serio peligro y de que me habían metido en un asunto del que difícilmente saldría vivo. Algo pasaba, algo terrible. No sabía qué era, pero de algún modo estaba involucrado y, al parecer, también lo estaba la princesa. Los Dudley pretendían dañarnos a ambos. Si podía encontrar alguna manera de avisarla, entonces quizás…

Se oyó el sonido estruendoso de los cuernos desde la galería, y el duque se dirigió hacia la tarima. El salón se quedó en silencio. Yo miré hacia la chimenea, donde Isabel seguía inmóvil. La duquesa de Suffolk también se había puesto de pie. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, sentí una puñalada de miedo en mi interior y me aparté a un lado, procurando camuflarme entre la multitud.

El duque prosiguió con su discurso en el salón.

—Es deseo de Su Majestad mostrar su gratitud a todos aquellos que han expresado preocupación por su salud. A petición suya, hago este anuncio. —Repasó a los cortesanos con la mirada—. Su Majestad es un príncipe benevolente, pero está muy molesto con los rumores que han llegado a sus oídos. Al contrario de lo que algunos especulan, ya está recuperándose. De hecho, siguiendo el consejo de sus médicos, se ha retirado a su palacio de Greenwich, donde puede acelerar su curación. Como señal de su mejora, también desea que se haga público que ha concedido a mi hijo menor, Guilford Dudley, su gracioso permiso para casarse con su amada prima, lady Juana Grey. Dicha unión se celebrará mañana con una serie de festejos en Greenwich, donde Su Majestad en persona dará su bendición a la pareja. Su Majestad ordena que brindemos por esta dichosa ocasión.

Un paje se adelantó para entregar una copa al duque, que blandió en el aire.

—Por la salud de Su Majestad. Que reine mucho tiempo sobre nosotros. ¡Dios salve al rey Eduardo VI!

En ese mismo momento, los criados entraron con bandejas de copas. Los cortesanos se apresuraron a coger una y a alzarla.

—¡Por Su Majestad! —gritaron al unísono.

Northumberland engulló el vino, bajó de la tarima y salió del salón con los señores del consejo tras él, como olas oscuras siguiendo su estela. Desde mi escondite, vi que lady Dudley lo siguió también, pero a cierta distancia y acompañada por la duquesa de Suffolk, que fruncía el ceño. La hija de la duquesa, Juana Grey, estaba detrás de su madre, con su pequeña mano perdida en la de Guilford mientras él se pavoneaba orgulloso de su enlace con la sangre real de los Tudor que su padre había promovido.

En cuanto salieron, los cortesanos empezaron a hablar como verduleras en un mercado, y miré a la chimenea, comprendiendo dolorosamente la situación. El rostro pálido de Isabel se tiñó de incredulidad. Se le cayó la copa de la mano. El vino estalló contra el suelo, salpicándole el dobladillo. Sin decir palabra, se dio la vuelta y salió por la puerta lateral más cercana.

Los minutos siguientes que pasé de pie esperando a ver si alguien la seguía parecieron años. Los cortesanos empezaron a despedirse. Ninguno pareció darse cuenta de que Isabel se había ido. Empecé a moverme hacia la puerta cuando vi a la dama de la princesa acercándose sigilosamente a una figura descarnada que no podía reconocer al principio. Cuando por fin lo hice, el corazón me dio un vuelco. Era Walsingham, el hombre de Cecil. Él y la chica intercambiaron unas palabras antes de separarse, y Walsingham se alejó. Ninguno de ellos demostró ninguna intención de seguir a la princesa.

Me deslicé hasta la puerta. No vi a Shelton hasta que, de repente, me cortó el paso.

—Te dije que te quedaras quietecito. ¿No te parece que ya has causado suficientes problemas por una noche?

Le miré a los ojos inyectados en sangre. Nunca me había dado motivos reales para desconfiar de él. No obstante, respondía ante lady Dudley de cualquier cosa que hiciera. En ese momento, recordé lo impotente que me había sentido toda mi vida.

—Dado que parecéis saber más de ese supuesto problema que yo —repliqué—, quizás podríais explicármelo.

Su voz se volvió desagradable:

—A ti, cachorro ingrato, no necesito explicarte nada. Pero te diré algo: si aprecias en algo tu piel, te mantendrás alejado de Isabel. Es veneno, igual que su madre. Esa bruja de Bolena nunca trajo nada bueno, y su hija tampoco lo hará.

Me arrojó las palabras como si fueran basura. Era un aviso al que sabía que debía prestar atención, pero en ese momento lo único que quería era librarme de él y de los Dudley, a cualquier precio.

—Sea como sea, tengo que cumplir con el encargo de mi señor.

—Si vas tras ella —dijo él—, no me hago responsable. No te protegeré de las consecuencias. ¿Lo entiendes? Si quieres ir, adelante, pero lo harás por tu cuenta y riesgo.

—De acuerdo.

Incliné la cabeza y lo rodeé. No me volví a mirar, aunque podía notar sus ojos clavados en mi espalda. Tuve la extraña sensación de que, a pesar de sus amenazas, entendía lo que iba a hacer; de que él mismo había sentido esa compulsión en otro tiempo lejano, y de que, a su manera agresiva, solo intentaba salvarme de mí mismo.

Entonces, me olvidé por completo de él y corrí por el pasillo en busca de Isabel.