Capítulo 4

Aunque Guilford llevaba en la corte más de tres años, presumiblemente involucrado en algo más que la satisfacción de sus vicios, nos perdimos en cuestión de segundos. Imaginé que nos descubrirían siglos después, convertidos ya en dos esqueletos, y el mío con las manos cerradas alrededor de su garganta. Finalmente, asumí la responsabilidad de averiguar el camino. Con la ayuda de una moneda de oro que me dio Guilford gruñendo, un paje nos llevó hasta la entrada sur del gran salón, donde los hijos del duque hacían ostentación de sus mejores galas. Solo faltaba el mayor, Jack.

—Por fin —declaró Ambrose Dudley, el segundo de más edad—. Empezábamos a pensar que Brendan te había atado de pies y manos a la cama para que te vistieras.

Guilford frunció la boca.

—Eso no es ni remotamente posible.

Los hermanos se rieron. Observé que la risa de Robert no modificaba la expresión de sus ojos, que seguían clavados en el vestíbulo, como si esperara algo.

Henry Dudley, el más bajito y menos atractivo de los hermanos y, por tanto, el de peor carácter, me dio una palmadita en el hombro como si fuera mi mejor amigo.

Me encantó comprobar que ahora le sacaba una cabeza.

—¿Cómo te va, huérfano? —me dijo en tono faltón—. Parece que no has crecido ni una pulgada.

—No en lo que se puede ver —dije con una sonrisa tensa.

Mi situación podría ser peor. Podría estar sirviendo a Henry Dudley, que de niño se divertía ahogando gatitos solo para oírlos maular.

—Quizás —espetó Henry—, pero hasta un chucho puede decir quién es su madre. ¿Y tú?

Me miró con ganas de pelea. Sus ataques contra mí siempre eran algo más que una burla, pero no decía nada que no hubiera oído antes, o que, incluso, hubiera pensado yo mismo en la soledad de la noche. Me negué a morder su anzuelo.

—Si me dieran la oportunidad, podría hacerlo.

—Claro —dijo Guilford con desdén—, si fuera tú, diría lo mismo. Pero, gracias a Dios, no lo soy.

Robert miró a sus hermanos mientras volvían a estallar en escandalosas carcajadas.

—Por los clavos de Cristo, sonáis como una panda de mujeres. ¿A quién le importa ese? En vuestro lugar, me preocuparía más de lo que pasa a nuestro alrededor. Mirad a los del consejo, ahí acechando la tarima como cuervos.

Seguí su mirada hasta donde un grupo de hombres sombríos permanecían de pie, unos junto a otros, de manera que sus ropas de color negro se mezclaban como tinta. En efecto, estaban reunidos ante una tarima cubierta de tela de color dorado. Encima de ella, había un enorme trono tapizado de terciopelo; sobre él, colgaba un baldaquino bordado con la rosa Tudor. De repente, se me ocurrió que tal vez esa noche viera al rey en persona, y sentí un cosquilleo nervioso en mi interior, mientras observaba el gran salón.

Era luminiscente, el techo pintado se complementaba con un suelo de baldosas negras y blancas, sobre las que los nobles se movían como si caminaran sobre un inmenso tablero de ajedrez. En la galería, trovadores rasgueaban un estribillo, mientras cortesanos de menos importancia entraban por las puertas abiertas y se movían entre las mesas con caballetes, que rebosaban vituallas, exquisiteces y licoreras; otros se reunían en pequeños grupos susurrando, acicalándose y mirando.

Si las intrigas desprendieran olor, sin duda Whitehall habría apestado a él.

Oí unas pisadas detrás de nosotros. Cuando me giré, antes de inclinarme tan cerca del suelo como fui capaz, atisbé fugazmente una figura alta y delgada envuelta en satén de color metálico.

John Dudley, duque de Northumberland, dijo con voz tranquila:

—Ah, veo que ya estáis todos aquí. Bien. Ambrose, Henry, id a atender al consejo. Parecen estar seriamente necesitados de bebida. Robert, acaban de decirme que se necesita a alguien con autoridad para tratar un asunto urgente en la Torre. Por favor, ve y arréglalo.

Incluso con la cabeza agachada noté la incredulidad en la respuesta de Robert.

—¿La Torre? Pero si he estado allí esta tarde y todo parecía en orden. Debe de ser un error. Os lo ruego, padre, ¿podría ocuparme de eso más tarde?

—Me temo que no —dijo el duque—. Como he dicho, es urgente. Esta noche hay toque de queda, y no podemos permitir que ocurra nada que pueda alterar al populacho.

Casi podía notar la furia que emanaba de Robert. Con una corta reverencia, dijo un lacónico «Milord» antes de salir de la estancia con paso decidido.

El duque dijo a su otro hijo:

—Guilford, busca una silla junto a la chimenea y quédate allí. Cuando Sus Excelencias los duques de Suffolk lleguen, atiéndelos de acuerdo con tu rango. ¿Y puedo sugerir que esta noche seas un poco más comedido con el vino?

Guilford desapareció. Con un suspiro pensativo, el duque volvió sus ojos negros indolentes hacia mí.

—Escudero Prescott, levántate. Ha pasado algún tiempo desde la última vez que te vi. ¿Cómo ha ido tu viaje?

Tuve que estirar la cabeza para mirar a Northumberland a los ojos.

Había estado en su presencia solo un puñado de veces, puesto que su servicio al rey lo había mantenido en la corte durante la mayor parte de mi vida, y su imponente figura me resultaba impresionante. John Dudley conservaba la complexión estilizada de una vida de disciplina militar, y sacaba partido de su altura con una sobreveste brocada que le llegaba hasta la rodilla y un jubón hecho a medida. Llevaba una gruesa cadena de oro que le colgaba sobre los hombros como muestra de su riqueza y su éxito. Todo el mundo debía saber que ese hombre tenía un gran poder, y muy pocos, de hecho, habrían mirado más allá y se habrían fijado en las huellas del insomnio bajo los ojos hundidos o las líneas de ansiedad que le rodeaban la boca, rematada con una recortada perilla.

Recordando lo que el señor Shelton había dicho sobre el precio del poder absoluto, dije midiendo mis palabras:

—He tenido un viaje tranquilo, milord. Os agradezco la oportunidad que me habéis dado para serviros.

Northumberland miraba distraído al vestíbulo, como si apenas le llegaran mis palabras.

—Bueno, no es a mí a quien tienes que dar gracias —dijo él—. Yo no te he traído a la corte, eso es cosa de milady, y de hecho tengo serias dudas de que Robert merezca el lujo de tener un sirviente privado personal. —Suspiró y volvió a mirarme—. ¿Cuántos años has dicho que tenías?

—Creo que veinte, milord. O al menos han pasado veinte años desde que llegué a vivir a vuestra casa.

—Cierto. —Su fría sonrisa apenas deformó su boca—. Quizás eso explica la insistencia de mi esposa. Ahora eres un hombre y mereces que te permitan demostrar tu valía a nuestro servicio. —Hizo una señal con la cabeza—. Ve. Atiende a mi hijo, y haz lo que diga. Corren tiempos peligrosos. Aquellos que nos demuestren su lealtad no se irán con las manos vacías.

Volví a hacerle una profunda reverencia, y estaba a punto de escabullirme cuando oí al duque murmurar:

—Tampoco olvidaremos a aquellos que nos traicionen.

Al decir esas palabras, no me miró. Dio la vuelta y entró en el gran salón, donde un murmullo evidente acompañó su entrada.

Desconcertado por sus palabras, me fui por donde Robert se había ido, totalmente confundido. El señor Shelton también había dicho que los Dudley recompensarían mi lealtad. En ese momento, había pensado que se refería a que podrían aceptarme como el posible sucesor de Shelton, pero ahora no conseguía librarme de la repentina sensación de haberme hundido en un nido de serpientes, donde un solo paso en falso podía llevarme a la ruina. Cuanto más lo pensaba, más me cuestionaba la verdadera razón de mi presencia allí. Al contrario que su marido el duque, lady Dudley había estado muy presente en mi niñez, de hecho era una presencia distante que evitaba a cualquier coste. Cuando se dignaba fijarse en mí, siempre me trató con desdén. Nunca intervino cuando sus hijos me atormentaban, y siempre sospeché que solo dejaba que la señora Alice me cuidara porque no quería que se dijera que había permitido que un niño expósito muriera bajo su techo. Entonces, ¿por qué me quería en la corte al servicio de su hijo y en un momento que parecía difícil para su familia?

Estaba tan absorto en mis pensamientos que no presté atención a mi alrededor. Cuando cruzaba un pasillo, de repente apareció un brazo que me agarró por la garganta. Me arrastraron a una habitación cerrada y fétida. Un agujero lleno de salpicaduras de heces que despedía un tufo que revolvía el estómago demostraba la función de la habitación. Como me tambaleaba, apoyé una mano para evitar mancharme la ropa, mientras con la otra intentaba alcanzar la daga que llevaba debajo del jubón.

—Puedo cortarte la mano con la espada antes de que saques esa mísera cuchilla.

Me giré. Una sombra dio un paso adelante. Lord Robert parecía abrumadoramente grande en ese espacio reducido.

—¿Y bien? —dijo él—. ¿Qué te ha dicho mi padre?

Procuré hablar con calma.

—Dijo que debía atenderos y hacer lo que me pidáis.

Dio otro paso adelante.

—¿Y?

—Eso es todo.

Robert se acercó tanto que el olor de su caro almizcle me saturó la nariz.

—Es mejor que digas la verdad. Porque si no lo haces, te aconsejo que reces para que no lo averigüe. —Me miró intensamente—. ¿No mencionó a Isabel?

—No —dije inmediatamente, e hice una pausa al darme cuenta de a quién se refería.

Él resopló.

—No entiendo por qué madre se toma tantas molestias contigo. ¿Qué sentido tiene traer a un simple paleto de campo para limpiarme las botas? —Dio un paso atrás y vi que golpeaba una piedra. Momentos después, una candela se iluminó en su mano. La dejó en el suelo—. Esta vez te creo: todavía no has aprendido a mentir.

Miró por encima de la lama ondulante, mientras sombras deformes le salpicaban la cara.

—Entonces, ¿mi padre no dijo nada sobre ella?

Recordé lo que había oído al entrar en Londres; como si se encendiera una lucecita en mi interior, decidí fingir no saber nada. Bajando la mirada a los pies, murmuré:

—Si lo hubiera hecho, os lo diría.

Soltó una carcajada.

—Qué manso eres. Había olvidado lo bien que se te da caerte al suelo, y no ver ni oír lo que no te incumbe. Ahora entiendo por qué madre se empeñó tanto en traerte aquí. Realmente, es como si no existieras.

Su fuerte estallido de risa terminó tan abruptamente como había empezado.

—Sí —dijo él como si hablara consigo mismo—, el escudero que no existe es perfecto.

Yo me quedé quieto. No me gustaba la mirada que apareció en su cara, una malicia sosegada y calculada. Dio media vuelta.

—Bueno, y dime: ¿qué responderías si te pidiera que me hicieras un recado esta noche con el que podrías ganarte una pequeña fortuna?

El aire de la estancia estaba tan cargado que tenía la sensación de que una soga alrededor de la garganta me cortaba la respiración.

—¿Y bien? —Robert sonrió dejando a la vista sus dientes blancos perfectos—. ¿No tienes nada que decir? Qué extraño. Una rata como tú… Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida, la posibilidad de ganar dinero suficiente para dejar de ser un sirviente y convertirte en un hombre libre. ¿No es ese tu sueño? ¿No querrás ser un don nadie para siempre? Tú no, el pequeño expósito tan listo. Porque me imagino que a estas alturas debes de ser un hombre instruido, gracias a los desvelos del viejo Shelton. Apuesto a que te enseñó latín con una mano mientras te metía la otra por el culo. ¿Y bien? ¿Tengo razón? ¿Sabes leer y escribir?

Lo miré y asentí. Él esbozó una sonrisa cruel.

—Me lo imaginaba. Siempre supe que no eras tan estúpido como parecías. —Su tono se hizo más grave, hasta adoptar una intimidad siniestra—. Y sé que nuestra orgullosa Bess estará aquí esta noche, aunque mi padre intente hacernos creer que no sabe nada.

Al oír esas palabras, no pude contener la oleada de excitación que me invadió. Así que era cierto. Isabel Tudor estaba allí, en Londres. Y yo había presenciado su llegada.

Entonces vi que la expresión de Robert se oscurecía. Cuando volvió a hablar, su voz estaba teñida de una furia calurosa, como si yo hubiera desaparecido realmente y fuera un ser invisible ante quien no necesitara medir sus palabras.

—Mi padre me prometió que cuando llegara el momento no se olvidaría de mí. Dijo que no había nadie que lo mereciera más, y ahora prefiere colmar a Guilford con honores y ponerme a hacer el trabajo sucio en su lugar. Bien sabe Dios que he hecho todo lo que me ha pedido; incluso me casé con esa oveja insípida de Amy Robsart porque pensó que era lo mejor. ¿Qué más puede querer de mí? ¿Cuándo me llegará el turno de recibir lo que yo merezco?

Solo había oído a los chicos Dudley expresar conformidad con los deseos de su padre. Era la forma de comportarse de la nobleza: los padres enviaban a sus hijos a servir en puestos influyentes y asistir a la familia. Los hijos de lord Dudley no tenían más voluntad que la suya y, en contrapartida, esperaban cosechar una fortuna.

Ahora bien, en mi opinión, Robert no tenía motivo de queja. Nunca había conocido un día de hambre o miseria en su vida, y probablemente nunca lo haría. No tenía razón para compadecerlo, pero en ese momento vi que, como muchos hijos que se sentían indefensos, Robert Dudley había empezado a revolverse contra la cadena paterna que lo ataba.

—¡Ya basta! —Se golpeó la palma con el puño—. Ha llegado el momento de demostrar mi templanza. Y tú, gusano, vas a ayudarme. —Acercó la cara—. A menos que prefieras que te envíe de vuelta a los establos para el resto de tus miserables días.

No dije nada. Sabía que debía preferir los establos, donde la vida al menos era predecible, pero no lo hice. Miré a Robert a los ojos y dije:

—Quizás milord debería explicarme qué espera de mí.

Parecía desconcertado. Miró por encima del hombro antes de volver a centrarse en mí. Se mordió el labio inferior, como si le hubiera asaltado una duda repentina, y entonces me amenazó:

—Si me traicionas o me buscas algún mal, juro que no habrá ningún sitio en Inglaterra donde puedas esconderte. ¿Me entiendes? Te encontraré, Prescott. Y te mataré con mis propias manos.

No reaccioné. Semejante amenaza era de esperar. Tenía que intimidarme, asegurarse de que lo temía lo suficiente para no traicionar su confianza. Me picó todavía más la curiosidad. ¿Qué buscaba tan desesperadamente?

—Muy bien —dijo por fin—. Lo primero que debes saber es que ella puede sorprenderte cuando menos te lo esperes. La conozco desde que era una niña, y te aseguro que no hay nada que le guste más que asombrar a quienes la rodean. Se deleita sembrando la confusión.

La nota de cautela que percibí en su voz me hizo intuir algún trasfondo oculto. Parecía que todo aquello era algo más que la rabia de un hijo contra su padre.

—Piensa en su llegada de hoy, por ejemplo —continuó él—. Se cuela en la ciudad sin previo aviso, y solo una vez que ha llegado a su mansión envía a alguien para pedir permiso para visitar a su hermano, como hizo su hermana lady María, hace unos meses. —Soltó una risa entrecortada—. ¡A eso lo llamo yo complicidad! Por Dios, jamás aceptaría ponerse a nuestra merced o que su hermana papista la dejara atrás. Además, Isabel sabe que no osaremos rechazarla, y, como había planeado, los rumores de su llegada han corrido como la pólvora por toda la ciudad. Quiere dejar claro que ningún Dudley es más poderoso que ella.

Hablaba como si se tratara de un elaborado juego, a pesar de estar claro que Isabel había acudido a Londres porque había oído rumores de la muerte inminente de su hermano. Una vez más, rechacé la casi abrumadora sensación de que debía hacer todo lo posible por no involucrarme en sus planes. ¿Por qué iba a ponerme en peligro? ¿Por qué arriesgarme a convertirme de nuevo en la víctima de lord Robert? Por muy tentador que resultara, alcanzar la libertad de mi condición de siervo parecía una posibilidad bastante remota en ese momento particular.

Respiré de forma entrecortada.

—¿Por qué iba a querer atenderme? No me conoce de nada.

—Te atenderá porque soy su amigo, y nunca le he dado motivos de duda. Sabe que no soy mi padre. Que no se la jugaré. —Me lanzó un anillo que se sacó del guante.

—Dale esto. Lo entenderá. Pero hazlo en privado; no quiero que esa matrona metomentodo, la tal señora Ashley, meta las narices en mis asuntos. Dile que me he retrasado, pero que prometo enviar noticias pronto, por los cauces habituales. —Avanzó en actitud amenazante hacia mí—. Y no la pierdas de vista, aunque te despida. Quiero que me mantengas informado de todos sus movimientos, desde el momento en que entre en el palacio hasta que se vaya. —Se soltó una bolsita del cinturón y la dejó caer junto a la vela que se fundía en el suelo—. Habrá más si tienes éxito. ¿Quién sabe? Podrías acabar siendo un hombre rico, Prescott. El puente levadizo está justo delante. Después de cumplir con lo que te pido, ve a correrte una juerga. Isabel siempre se retira pronto. Búscate algún coño. Bebe. Come hasta vomitar. Pero no digas ni una palabra a nadie, y asegúrate de estar en mis aposentos cuando den las nueve mañana.

Descorrió el cerrojo de la puerta. Cuando oí sus pasos alejarse, cogí la bolsita y hui de la habitación. Mientras daba bocanadas de aire en el pasillo, abrí la bolsa con dedos ávidos. Contenía más de lo que podía imaginar. Unas cuantas más como esa y podría comprarme un billete al Nuevo Mundo, si lo veía necesario.

Todo lo que tenía que hacer era entregar el anillo de lord Robert.