Capítulo 14
En cuanto salí de la habitación, me eché a correr por el pasillo, doblé una esquina y me detuve a examinar el sello de la respuesta de lord Robert. Solté una maldición.
La cera todavía no se había secado. Si intentaba abrirlo, rompería el papel. Pensando que podría entretenerme hasta que se secara lo suficiente, entré en el patio de armas.
Me recordé que no debía actuar precipitadamente. Cualquier cosa que hiciera podía volverse en mi contra. Sin embargo, no podía entregar la respuesta de Robert y limitarme a esperar lo que pasara después. La caza había empezado. Si estaba en lo cierto, Isabel sería la primera de las dos hermanas reales que acabaría en la Torre, especialmente cuando Robert se enterara de que nunca consentiría una conspiración que provocara la muerte de sus dos hermanos. Quería ver a Cecil desesperadamente, pero no tenía ni idea de cómo ponerme en contacto con el secretario, y él tampoco se había ofrecido, lo que no decía mucho de mis incipientes habilidades como espía.
Tendría que avisar a Isabel yo mismo cuando le entregara la carta. Lo que significaba que tenía que encontrar la manera de verla en persona. Crucé el patio y entré en un corto pasillo que llevaba a las escaleras que Robert había mencionado. Volví a centrar mi atención en el sello, estaba a punto de tirar un poco de él cuando un movimiento repentino llamó mi atención. No pude moverme durante un segundo. Después, me agaché para sacar la daga que llevaba en la bota de su funda. Corrí hacia una puerta cercana. La puerta estaba entreabierta. Había visto una figura colarse en su interior. Avancé lentamente con la daga en la mano. Procuraba hacer respiraciones cortas y contenidas por la nariz, pero incluso así me parecían demasiado ruidosas. Quien me estuviera esperando podía llevar algún arma más letal que el cuchillo que yo blandía, y estar preparándose para abrirme el cráneo en cuanto cruzara el umbral. O quizás no buscaba mi muerte. Me había seguido por las calles de Londres y no me había cogido cuando había tenido la oportunidad. Probablemente me había seguido hasta Greenwich. En ese momento, me acechaba en esa habitación.
Me detuve. Tenía la frente perlada de sudor frío; con una gota resbalándome por la sien, descubrí con horror que no podía dar el paso final para entrar. No podía estirar el brazo, abrir la puerta del todo y anunciar mi presencia.
Cobarde. Entra ahí. Enfréntate al bastardo y acaba con él.
Estiré el brazo, con todos los dedos en tensión. Arañé la madera. Levantando a la vez el cuchillo y empujando salvajemente la puerta, salté en la habitación con una mueca de angustia.
Un hombre esquelético estaba ahí de pie, vestido de negro. Solté un grito de furia.
—Santo Dios, podría haberos matado.
Walsingham me devolvió la mirada.
—Eso lo dudo. Cierra la puerta, sería mejor que no nos viera nadie.
Cerré la puerta con un golpe de talón. Era la última persona a la que esperaba ver.
La mueca ligeramente ladeada de sus labios podría haber parecido una sonrisa.
—Estoy aquí para que me des tu informe.
—¿Informe? ¿Qué informe?
—El informe para nuestro patrón, por supuesto. A menos que vuelvas a ser leal a esa panda de traidores intrigantes que te criaron.
Le devolví la mirada.
—No respondo ante vos.
—¿Eso crees? Pues a mí me parece que sí. De hecho nuestro patrón me ha encargado que me ocupe de supervisarte. Por tanto, recibirás instrucciones de mí. —Hizo una pausa con una intención marcada—. Eso significa que cuando tengas algo de lo que informar, me informarás directamente a mí.
En aquella austera habitación, parecía más alto y tenía un aspecto tan demacrado que la luz parecía atravesarle la piel sin apenas rozar los ángulos de su cara cadavérica. Tenía los ojos hundidos, negros y apagados como rescoldos. Eran los ojos de un hombre que había visto y hecho cosas que yo no podía ni imaginar.
Me obligué a guardar la daga, aunque no confiaba en él. Lo rodeaba un aire de inmoralidad, una corrupción que era como su segunda piel. Probablemente era capaz de hacer cualquier cosa que encajara con su propósito, sin pensarlo dos veces. No obstante, todavía tenía que responder a Cecil y, en mi actual situación, debía obedecerle. Al menos, hasta cierto punto.
Con la otra mano todavía cerrada en torno a la nota de Robert, dije:
—Acabo de llegar. No tengo nada de lo que informar.
—Estás mintiendo. —Me miró aburrido—. No me interesan las travesuras de críos inmaduros, y tampoco estoy a favor de darles trabajo. Pero, por ahora, estoy dispuesto a aceptar la desacertada confianza que nuestro patrón tiene en ti. Así que te lo preguntaré una vez más. ¿Qué novedades tienes?
Lo consideré un poco más, prolongando el momento hasta que vi que desplazaba la barbilla hacia delante. Entonces, con una reticencia intencionada, abrí la mano y le enseñé la carta arrugada.
—Bueno, está esto.
Me la quitó. Tenía unas manos peculiarmente femeninas, suaves, blancas y heladas al tacto. Deslizó una larga uña por debajo del sello. Con la precisión de un experto, lo despegó del papel. Después de leer la carta, volvió a doblarla y volvió a pegar el sello húmedo en su lugar.
—Un sitio ideal para una cita —dijo entregándome el papel—. Apartado, poco frecuentado, pero cerca de una poterna. Su Alteza juega bien sus cartas.
La nota de fría admiración en su voz habitualmente desapasionada me sorprendió.
—¿Lo aprobáis? Pero yo pensaba…
Hice una pausa porque, en realidad, no sabía lo que pensaba. Me habían ordenado conservar la confianza de Robert, para escuchar e informar, y facilitar, si se me ordenaba, la huida de la princesa. De repente me di cuenta de que nadie me había contratado para pensar, y me sentí exactamente lo que me había llamado: un tonto inmaduro cuyas cuerdas manejaba algún titiritero invisible. Walsingham me miró.
—¿Pensabas que tendríamos días para perfeccionar un plan? Esa es prueba suficiente de lo inútil que eres. En asuntos como este, el éxito depende de la iniciativa. Es algo que un espía experimentado comprendería.
—Escuchad —repliqué sin reprimir un exasperante temblor en mi voz—, yo no pedí meterme en esto. Vos y Cecil me obligasteis, ¿recordáis? Ninguno de los dos me dio la posibilidad de elegir. Si no me prestaba a colaborar, no hay duda de que a estas horas estaría en el fondo del río.
—Siempre se puede elegir. Tú simplemente elegiste la opción que te pareció más beneficiosa, como haría cualquier hombre. ¿Hay algo más de lo que quieras quejarte?
De nuevo, me cogió con la guardia baja. No se me ocurría ninguna otra persona a la que me apeteciera menos hacer confidencias. Pero ocultar información no ayudaría a Isabel.
—Pude oír a escondidas una conversación entre lady Dudley y lord Robert. —Mantuve un tono impersonal—. Su Excelencia piensa enviar a lord Robert a apresar a lady María. También rechazó la petición de Robert de ver a Su Alteza para presentarle lo que mi señor llama su «proposición». Deberíais avisar a Cecil de que el duque podría tener algún otro plan en mente para ella, diferente al que pensamos.
Hice una pausa. Walsingham no reaccionó.
—Parece lógico que sea algo que no quiera que su hijo sepa —añadí—. ¿Por qué si no mandaría a Robert a una misión lejos de aquí? —Walsingham no dijo nada.
—¿Me habéis oído? Sean cuales sean los planes del duque, no serán buenos para la princesa. Acabáis de decir que el éxito depende de la iniciativa. Es nuestra oportunidad. Deberíamos llevar a Su Alteza tan lejos de aquí y de los Dudley como podamos.
Si no hubiera sabido lo contrario, habría pensado que todo ese asunto no podía importarle menos. Entonces, detecté un brillo furtivo en sus ojos de párpados caídos y una tensión casi indiscernible en la boca. La información que le había dado era importante, pero él no quería que lo supiera.
—Transmitiré tus preocupaciones —dijo al fin—. Mientras tanto, hay que entregar esta nota, no sea que tu señor sospeche de nuestra interferencia. Cuando lo hayas hecho, vuelve con lord Robert. Si necesitamos de nuevo tus servicios, te avisaremos.
Lo miré.
—¿Y qué hay de Su Alteza? ¿No vais a avisarla?
—Eso no es de tu incumbencia. Solo estás aquí para seguir órdenes.
Sin poder creerlo, vi que se volvía hacia la puerta. Entonces estallé:
—Si vos no la avisáis, lo haré yo.
Hizo una pausa y me miró.
—¿Me estás amenazando? Si es así, déjame recordarte que los escuderos que informan de sus señores no son difíciles de reemplazar.
Lo miré a los ojos durante un largo momento, antes de volver a guardarme la nota en el jubón. Entonces, oí un ruido sordo a mis pies.
—Por tus servicios —dijo él—. Te sugiero que lo gastes con prudencia. Los criados ansiosos por alardear de una riqueza conseguida de malos modos acaban en el fondo del río casi con tanta frecuencia como los escuderos desleales.
Sin decir otra palabra más, salió decidido de la habitación. No quería tocar la bolsita que había tirado al suelo, pero lo hice de todos modos y me la guardé sin mirar el contenido.
Volví a salir al pasillo. No había ni rastro de Walsingham. Me di la vuelta, y me dirigí a las escaleras. Aunque antes todavía tenía alguna duda, ahora estaba decidido.
Debía poner sobre aviso a la princesa. Robert no era de fiar, y empezaba a pensar que nadie lo era. La bolsita que llevaba en la mano podía ser pequeña, pero seguramente contenía lo suficiente para comprar mi silencio. Walsingham era el esbirro de Cecil, y yo no tenía ni idea de cuál sería el objetivo último del secretario.
Sospechaba que ese asunto era más complejo de lo que me habían hecho creer. Me resultaba difícil pensar que Cecil pudiera hacer daño a la princesa, pero quizás el propio Walsingham llevaba un juego oculto. Desde luego, lo veía capaz. Tampoco tenía ni idea de si estaría dispuesta a verme, pero, si yo me negaba a moverme, tendría que hacerlo. No le dejaría más opción.
Subí las escaleras con resolución.
Una galería se extendía ante mí. Conducía a un par de puertas imponentes con un querubín talado en el dintel. A la derecha, había unas troneras abocinadas con vistas a un jardín, y las hojas abiertas para que entrara la brisa de la tarde.
De pie, a mitad de camino entre las puertas lejanas y yo, había tres hombres vestidos de terciopelo. No los conocía. Tampoco tuve mucho tiempo para mirar, porque cuando empecé a retroceder, oí una voz desde detrás de mí:
—Por Dios todopoderoso, ¿adónde crees que vas? —Me giré y una figura familiar se acercó hasta mí para agitar un dedo delante de mi cara. Era la dama de Isabel, a la que había seguido en Whitehall, Kate Stafford—. ¿No te había dicho ya que las cocinas no están en esta ala, patán? —gritó ella.
De cerca, sus ojos curiosos con un matiz amarillo revelaban una inteligencia vivaz que su aspecto despreocupado ocultaba. Desprendía un aroma embriagador, como a manzanas crujientes y alhelíes. No sabía si reírme o salir huyendo, hasta que, cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí que intentaba avisarme.
—Mi… milady, disculpadme —farfullé—. He vuelto a perderme.
—¿Te has perdido? —Se giró de espaldas a mí, con un torbellino de faldas marrones hacia un hombre que se acercaba—. Los caballos pueden perderse, pero solo las mulas volverán una y otra vez al mismo establo vacío. ¿No está de acuerdo, señor Stokes?
—Desde luego que sí.
El señor Stokes era de mediana altura, delgado, con la cara demasiado taimada como para poder ser considerado apuesto, con elegantes pómulos resaltados por el pelo castaño claro recogido hacia atrás desde la frente. Me llamaron la atención los diversos anillos con piedras engarzadas que llevaba en las manos, y el rubí reluciente que llevaba en la oreja izquierda. Nunca había visto a un hombre con un pendiente antes, aunque más tarde me enteraría de que estaba más de moda en el extranjero que en Inglaterra.
—Por cierto, señora, ¿os está molestando este sirviente? —Su voz sonaba lánguida—. ¿Queréis que le enseñe a no molestar a las preciosas damiselas como vos, señora Stafford?
Mientras hablaba, bajó la mirada al escote con insolencia.
Ella agitó la mano, y una risa parecida a un gorjeo salió de sus labios.
—¿Molestarme? Difícilmente podría. Es solo un nuevo criado en la corte, que parece pensar que guardamos las cocinas debajo del edredón de Su Alteza.
La risa con la que respondió a su broma era también muy aguda, casi afeminada.
—Si eso le curara las jaquecas —dijo él—. Y respecto a nuestra mula… —Alzó la mirada por encima de la cabeza de la dama para clavarla en mí—. Quizás pueda mandarlo a paseo.
La señora Stafford se volvió hacia él. Aunque me daba la espalda, podía imaginarme la mirada provocativa con la que lo tentaba.
—¿Por qué malgastar vuestro tiempo con criados? Dejadme que lleve al chico de vuelta a las escaleras, ¿de acuerdo? Será un momento.
—Lo tomo como una promesa —dijo Stokes.
Sin ninguna razón perceptible, el dedo con el que se acarició su garganta desnuda me horrorizó. Dio media vuelta con sus elegantes botas y volvió donde estaban de pie los otros hombres sonrientes. Enlazando su brazo con el mío, Kate Stafford me llevó de vuelta al pasillo. Cuando estuvimos fuera de la vista de aquel hombre, me llevó hacia el vano de una ventana. Desapareció todo rastro de coquetería frívola.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Al ver que había dejado de fingir, no vi ninguna razón para no hacer lo mismo.
—Venía a ver a Su Alteza. Traigo importantes noticias que debe conocer enseguida.
Extendió la mano.
—Dame la carta, quienquiera que seas.
—Sabéis quién soy. —Hice una pausa—. Y no he dicho que trajera ninguna carta.
Se acercó más, su aroma a flor de manzana me embelesaba.
—He asumido que era así. Al fin y al cabo, eres el escudero de lord Robert.
—Así que me recordáis. —Me acerqué mucho a ella, de manera que nuestras narices casi se tocaron—. Además, supongo que estaréis esperando la respuesta a la misiva que acabáis de entregar.
Ella se echó hacia atrás.
—No estoy segura de entenderte.
—¿Ah no? ¿Entonces no erais vos la persona que ha entrado hace un rato en los aposentos de mi señor? ¿Hay alguna otra dama en la corte que lleve botas debajo del vestido?
Se quedó inmóvil. Sonreí cuando la vi ocultar los zapatos delatores debajo de su dobladillo.
—Estaba detrás de la cortina —le expliqué—. Ahora debo entregar la respuesta de milord. —Empecé a volverme, pero ella volvió a cogerme del brazo con una fuerza que resultaba sorprendente para lo menuda que era.
—¿Estás loco? —susurró ella—. No pueden verte en ningún sitio cerca de ella: eres el sirviente de lord Dudley. Se supone que su encuentro debe ser secreto. —Miró de reojo a la entrada a la galería antes de seguir—. Dame la respuesta. Procuraré que la lea, no temas.
Fingí considerarlo y saqué el papel de mi jubón. Cuando hizo ademán de ir a cogerlo, me puse la mano en la espalda.
—Debo decir que ha sido muy conveniente que estuvierais aquí justo cuando he llegado.
Sus dedos se cerraron en el aire y levantó el mentón.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Bueno, en primer lugar, que os vi en Whitehall.
—Sí, ¿y…?
—No parecíais muy preocupada por vuestra señora cuando salió del gran salón, aunque claramente estaba disgustada. De hecho, os vi hablar con el señor Walsingham. Así que antes de entregar el mensaje de mi señor, creo que necesito algunas respuestas.
Sacudió la cabeza.
—No tengo tiempo para esto. Quédate con la respuesta de tu señor. Conozco la respuesta. —Intentó esquivarme, pero le bloqueé el camino.
—Me temo que debo insistir.
—Podría gritar —dijo ella—. Soy la dama de la princesa. Esos caballeros tardarían unos segundos en llegar hasta aquí y no creo que salieras bien parado.
—Podríais hacerlo, pero no lo haréis. No queréis que vuelva vuestro admirador y que se entere de que estáis haciendo algo más que enseñarme el camino a las cocinas. —Me enderecé todo lo que pude—. Bien, ¿quién os dijo que iba a venir? ¿Walsingham? ¿Sois su furcia? Porque no creo que a Su Alteza le guste averiguar que su propia dama de compañía, a la que confía su correspondencia personal, recibe dinero por espiarla.
Ella estalló en una carcajada y se tapó la boca con la mano.
—Realmente estás muy verde en estas historias —dijo en voz baja—. Debería librarme de ti y no decirte nada, pero, para ahorrar tiempo, no, no soy la furcia de Walsingham. Simplemente lo conozco por la relación de Su Alteza con el señor Cecil. O más bien, conozco cosas de él. Es un espía profesional, y, si los rumores son ciertos, fue entrenado en Italia como asesino.
—De ahí sus maneras galantes.
Sonrió de forma sardónica.
—Exacto. Simplemente estaba cerca de mí por casualidad cuando Su Alteza abandonó el gran salón. Te aseguro que solo intercambiamos las palabras de cordialidad imprescindibles.
—Y supongo que tampoco estabais escuchando sus conversaciones —dije secamente.
—No, eso era precisamente lo que hacía. Su Alteza me considera sus oídos. Soy la razón por la que no necesita recurrir a los cotilleos, que no serían nada adecuados para alguien de su rango. Y antes de que lo preguntes, intenté oír tu conversación con la duquesa de Suffolk. Pensé que Su Alteza querría saber por qué te presentaron a su prima.
Se calló y escrutó la expresión de mi cara. De repente, su expresión se suavizó y me sorprendió la sinceridad que mostraba su mirada de comprensión.
—Entiendo que no tienes motivos para confiar en mí, pero yo nunca la traicionaría. Su tía, María Bolena, la hermana de su madre, la reina Ana, protegía a mi madre. Aunque no estamos emparentadas, no podría quererla más que si compartiéramos sangre.
—Los parientes no siempre se quieren unos a otros —dije, aunque ya no sospechaba de ella—. De hecho, muy a menudo suele ocurrir lo contrario. —Se me quebró la voz. Y, mortificado, vi que, de repente, no podía controlarme—. Que Dios me ayude, ya no sé en quién confiar.
Ella guardó silencio. Entonces, dijo:
—Puedes confiar en Su Alteza. Por eso estás aquí, ¿no? Me dijo que le habías ofrecido tu ayuda, y que ella se había negado. ¿Sabes por qué?
Asentí.
—Sí. Porque no quería que me pasara nada por su culpa.
Dudé un momento más antes de entregarle la carta. Se la guardó en el corpiño. Unos pasos se acercaron hacia nosotros. Ella se quedó inmóvil. No había ni tiempo ni lugar para esconderse. Sin previo aviso, se abalanzó sobre mí, cogió mi cara atónita entre sus manos y apretó sus labios contra los míos. Mientras lo hacía, conseguí ver de reojo a la figura que pasó junto a nosotros, seguido por los tres hombres, ninguno de los cuales se detuvo a comentar lo que estábamos haciendo.
Durante un momento me quedé paralizado. Debí habérmelo imaginado. Kate Stafford se pegó contra mí y me susurró:
—No te muevas.
Y no lo hice. Solo cuando los ecos de las pisadas de botas se extinguieron, se apartó.
—Por fin la ha dejado en paz. Debo irme. —Se detuvo. La expresión de su cara era sombría—. No debes decir ni una palabra a nadie. Ni siquiera a Cecil. Si lo haces, podrías ponerla en peligro más de lo que ya lo está.
No se me había ocurrido.
—¿Por qué estaba el duque con ella? ¿Qué quería?
—No lo sé. Llegó antes que tú y exigió que lo recibiera. Ella estaba en la cama, descansando. Lo hizo pasar a su sala de audiencias y nos pidió que saliéramos.
No me gustó cómo sonaba nada de todo aquello.
—Tengo que hablar con ella.
—No, no es seguro. El duque podría volver, o alguien podría verte. Y no podemos correr ese riesgo. No podemos dejar que nos descubran. Si alguien llegara a saber…
—¿Saber? —susurré, sin poder contenerme—. ¿Saber, qué? ¿Qué demonios está pasando?
—Lo sabrás todo a su tiempo. Ahora debo irme.
Ella se volvió. La seguí hasta la puerta de la galería. Cuando me hizo entrar, le toqué el hombro.
—Decidle esto de mi parte. Decidle que hay una conspiración para arrestar a su hermana. Y que no debe reunirse con mi señor. Tiene que irse ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Desde la galería se oyó una campanilla.
—¿Kate? Kate, ¿estás ahí?
La voz nos dejó paralizados. Kate me apartó de la entrada, pero conseguí atisbar la silueta de Isabel recortándose contra esas magníficas puertas lejanas, agarrándose el cuello del vestido carmesí y con el pelo suelto.
—¡Kate! —volvió a gritar.
En esa ocasión noté el miedo de su voz.
—¡Estoy aquí, Alteza! Ya voy —contestó Kate—. Ahora mismo voy.
—Date prisa —dijo la princesa con voz trémula—. Te necesito.
Se movió hacia delante. Aunque en ese momento tenía la oportunidad perfecta para hablar con Isabel, algo me retuvo.
—Se lo diréis.
—No me escuchará. —Kate me miró a los ojos—. Ella lo ama. Siempre lo ha hecho. Nada de lo que podamos decir o hacer la detendrá.
Me sonrió.
—Galante escudero, si de verdad quieres ayudarla, procura estar esta noche en el pabellón con tu señor.
Se fue y me dejó allí de pie, incrédulo.
No quería creérmelo, aunque tenía mucho sentido. Ese era el motivo por el que se había quedado en la corte a pesar de cualquier posible amenaza a su seguridad.
Ella lo amaba. Isabel amaba a Robert Dudley.