Capítulo 2
A mi alrededor todo se desvaneció. Recordé las palabras del guardia de la puerta («ese disparate sobre la princesa Isabel cabalgando por Londres») y sentí una auténtica punzada en mi corazón mientras la comitiva aceleraba y desaparecía calle abajo.
La multitud empezó a dispersarse, aunque uno de los golfillos se arrastró por el camino para recoger el ramillete que se había caído. La mujer que lo había tirado se había quedado paralizada, con las manos en el pecho y mirando a los jinetes que se desvanecían con lágrimas brillándole en los ojos. Extendí la mano y le rocé ligeramente el brazo. Se volvió hacia mí con una expresión de aturdimiento.
—¿Habéis podido verla? —susurró ella, y, aunque me miró directamente, tuve la impresión de que no me veía en absoluto—. ¿Habéis visto a nuestra Bess? Por fin ha venido a nosotros, alabado sea Dios. Solo ella puede salvarnos de las garras del malvado Northumberland.
Yo me quedé inmóvil y agradecí llevar la librea en la alforja. ¿Así veía la gente de Londres al duque de Northumberland? Sabía que el duque era ahora el primer ministro del rey, después de asumir el poder tras la caída del antiguo protector del rey y tío suyo, Eduardo Seymour. Muchos en la región condenaron a los Seymour por su avaricia y ambición. ¿Habría el duque provocado el mismo odio?
Le di la espalda a la mujer. El señor Shelton se había acercado a caballo hasta donde estaba yo y me miraba ceñudo desde el caballo.
—Eres una insensata, mujer —masculló él—. Procura que los hombres de Su Excelencia el duque no te oigan, o te cortarán la lengua. Puedes estar tan segura de ello como de que yo estoy aquí.
Lo miró boquiabierta. Cuando vio la insignia de su capa, retrocedió.
—¡El servidor del duque! —exclamó, antes de alejarse dando tumbos.
Las personas que estaban cerca oyeron sus palabras, porque también corrieron a ponerse a salvo en la maraña de calles o en la taberna más cercana. Al otro lado de la cale, un grupo de hombres de aspecto tosco se quedó mirándonos. Cuando vi el brillo de las espadas que los hombres sacaban de sus fundas, el estómago me dio un vuelco.
—Sería mejor que subieras al caballo —dijo el señor Shelton, sin apartar los ojos de los hombres.
No necesitó decírmelo dos veces. Volví a subirme al sillín, mientras Shelton giraba bruscamente para escrutar los alrededores. Los hombres empezaron a cruzar la carretera, bloqueando parcialmente el camino por el que se había alejado la comitiva. Esperé con el corazón en la garganta. Teníamos dos opciones. Podíamos volver por el mismo camino por el que habíamos venido, que llevaba a la ribera del río y a un laberinto de callejuelas, o hundirnos en lo que parecía una hilera impenetrable de edificios con estructura de madera. El señor Shelton pareció dudar e hizo girar a su caballo sobre sus cuartos traseros para evaluar a los hombres que se acercaban.
Entonces su cara marcada se deformó en una mueca feroz, y clavó los talones al caballo para avanzar hacia donde estaban ellos.
Yo también obligué a Cinnabar a ponerse en marcha y lo seguí a una velocidad suicida. Los hombres se quedaron helados a medio paso, con los ojos saliéndoseles de las órbitas al contemplar los poderosos músculos y cascos que se abalanzaban sobre ellos. Al mismo tiempo, se apartaron del camino como las nubes de polvo que nuestros caballos levantaban en la carretera; cuando pasamos como un trueno, oí un desgarrador grito entrecortado. Me volví a mirar. Uno de los hombres estaba boca abajo en el camino, y un charco rojo fluía de su cabeza destrozada. Nos hundimos entre los edificios destartalados. Toda la luz se extinguió.
Los olores miasmáticos de excremento, orina y comida podrida me desorientaron igual que si me hubieran tirado una manta a la cara. Por encima, los balcones formaban una bóveda claustrofóbica, adornada con prendas de ropa empapadas y trozos de carne curada. Nuestros caballos corrían desbocados a través de conductos desbordados que lanzaban la porquería de la ciudad al río y salpicaban excrementos a su paso. Aguanté la respiración y apreté los dientes al notar el sabor de la bilis en la garganta. El tortuoso paso no parecía acabar nunca, hasta que por fin salimos jadeando a un espacio abierto.
Tiré de las riendas para detener a Cinnabar. Todo me daba vueltas, cerré los ojos y respiré hondo para recuperar el aliento y calmar el torbellino de mi cabeza. De repente, noté el silencio, olí a césped maduro y noté un fuerte olor a manzana que se apoderaba del ambiente. Abrí los ojos. Habíamos cruzado a otro mundo.
Sobre nosotros, se cernían robles y hayas, y un prado se extendía hasta donde nos alcanzaba la vista. Me maravillé ante la peculiaridad de semejante oasis en mitad de la ciudad; al volverme, vi a Shelton mirando hacia delante. Su cara era semejante a la piedra erosionada. Nunca lo había visto comportarse como lo había hecho un momento antes, cabalgando dispuesto a todo y arrollando a un hombre indefenso. Quizás al quitarse la capa de mayordomo privilegiado, el mercenario que había debajo había salido a la vez.
Me tomé un momento para poner en orden mis pensamientos. Y entonces dije con cuidado:
—Esa mujer… la llamó Bess. ¿Era la hermana del rey? ¿La princesa Isabel?
El señor Shelton dijo con dureza:
—Más vale que no, porque solo traería problemas. La siguen allá donde va, igual que le pasaba a la zorra de su madre.
No me atreví a decir nada más. Conocía la historia de Ana Bolena, por supuesto. ¿Y quién no? Como muchos en el país, había crecido oyendo las escabrosas historias sobre Enrique VIII y sus seis mujeres, con quienes había engendrado a su hijo, el actual rey Eduardo VI, y a dos hijas, María e Isabel. Para casarse con Ana Bolena, el rey Enrique había abandonado a su primera mujer, la madre de lady María, Catalina de Aragón, que era princesa de España. Entonces se proclamó cabeza de la Iglesia. Los rumores decían que Ana Bolena no contuvo la risa durante su coronación; pero no pudo hacerlo durante mucho tiempo. La vilipendiaron como si fuera una bruja hereje, que había alentado al rey a poner patas arriba el reino. Solo tres años después de dar a luz a Isabel, Ana fue acusada de incesto y traición. La decapitaron, junto a su hermano y a otros cuatro hombres. La madre del rey Eduardo, Juana Seymour, se prometió a Enrique el día siguiente a la muerte de Ana.
Sabía que mucha gente que había vivido el auge y la caída de Ana la despreciaba, incluso a pesar de su trágico final. Catalina de Aragón seguía siendo la dueña del corazón del pueblo, y su gracia estoica jamás se olvidó, incluso cuando su vida se hizo añicos. No obstante, la vehemencia de la voz de Shelton me resultaba turbadora.
Por su forma de hablar, parecía que Isabel tuviera que cargar con las culpas de los actos de su madre.
Mientras intentaba entenderlo, llamó mi atención una silueta que se recortaba como espinos sobre el cielo del atardecer.
—Eso es Whitehall —dijo él—. Vamos, se hace tarde. Ya hemos tenido suficientes emociones por un día.
Recorrimos el vasto parque abierto, hasta calles que llevaban a mansiones amuralladas y oscuras iglesias medievales. Vi una gran catedral de piedra que se elevaba como un centinela sobre una cuesta y me maravilló su salvaje esplendor. El pavor me abrumó conforme nos acercábamos a Whitehall Palace.
Había visto castillos antes. De hecho, la propiedad de los Dudley donde me había criado tenía fama de ser una de las más impresionantes del reino. Pero Whitehall era diferente a todo lo que había visto antes. Junto a un meandro del río, la residencia real de Enrique VIII se elevaba ante mí: un enjambre multicolor de torretas fantásticas, torres curvadas y galerías que se extendían como bestias somnolientas. Según pude discernir, la atravesaban dos vías principales, y hasta el último metro cuadrado bullía de actividad.
Entramos por la puerta norte y, a medio galope, pasamos por un patio delantero abarrotado hasta llegar a un patio interior lleno de gente sin relevancia, oficiales y cortesanos que se empujaban. Llevando a nuestros caballos por las riendas, empezamos a abrirnos paso a pie hasta lo que supusimos que serían los establos, cuando un hombre de aspecto arreglado y con un jubón carmesí vino hacia nosotros con resolución.
Shelton se detuvo y se inclinó con rigidez. El hombre, a su vez, bajó la cabeza a modo de saludo. Nos evaluó con sus pálidos ojos azules. Una barba rojiza prominente complementaba sus vívidos rasgos. Daba la impresión de tener una vitalidad atemporal, así como una inteligencia aguda.
Cuando bajé los ojos como señal de deferencia, pude ver las medialunas de tinta debajo de sus uñas. Le oí decir en un tono frío:
—Señor Shelton, milady me informó de que podríais llegar hoy. Espero que el viaje no resultara demasiado arduo.
Shelton dijo tranquilamente:
—No, milord.
Entonces, el hombre desvió la mirada hacia mí.
—¿Y este es…?
—Brendan —espeté yo antes de darme cuenta de lo que hacía—. Brendan Prescott para serviros, Su Excelencia.
Impulsivamente hice una reverencia que demostraba las horas de concienzuda práctica, aunque a él debí de parecerle un inepto.
Como si quisiera confirmar mis pensamientos, soltó una sonora carcajada.
—Tú debes de ser el nuevo escudero de lord Robert. —Su sonrisa se hizo más amplia—. Quizás tu señor te exija un saludo tan majestuoso en privado, pero a mí me basta con un simple «señor secretario Cecil» o «Milord», si no te importa.
Sentí calor en las mejillas.
—Sí, por supuesto —dije—, disculpadme, milord.
—El chico está cansado, eso es todo —masculló el señor Shelton—. Si informáis a milady de nuestra llegada, no os molestaremos más.
El señor secretario Cecil arqueó una ceja.
—Me temo que milady no está aquí en este momento. Ella y sus hijas se han trasladado a Durham House en la Strand, para poder dejar sitio para los nobles y sus séquitos. Como veis, milord tiene la casa llena esta noche.
Shelton se puso rígido. Miré alternativamente a él y al inescrutable secretario Cecil, para acabar con la mirada fija en Shelton de nuevo. Entendí que el mayordomo se había excedido y que Cecil lo había puesto en su sitio. A pesar de la conducta amistosa del secretario, los dos hombres no eran iguales.
Cecil continuó:
—Lady Dudley dejó dicho que necesita vuestros servicios y que debéis ir a Durham inmediatamente. Puedo proporcionaros una escolta, si lo deseáis.
Al fondo, los pajes corrían de aquí para allá con antorchas, iluminando apliques de hierro montados en las paredes. La oscuridad cayó sobre el patio y sobre la cara del señor Shelton.
—Conozco el camino —dijo él, acercándose hacia mí—. Vamos, muchacho. Durham no está lejos.
Hice un gesto para seguirlo, pero Cecil extendió el brazo. No esperaba la presión de sus dedos en mi manga, ligera pero convincente.
—Creo que nuestro nuevo escudero se alojará aquí con lord Robert, también por orden de milady. —Volvió a sonreírme—. Te llevaré a tus aposentos.
No contaba con quedarme solo tan pronto, y durante un momento me quedé paralizado, sintiéndome como un niño perdido. Esperaba que Shelton insistiera en que lo acompañara para informar en persona a lady Dudley, pero se limitó a decir:
—Anda, chico, ve. Tienes que cumplir con tu obligación. Más tarde, iré a ver cómo estás.
Sin volverse a mirar a Cecil, se marchó a grandes zancadas, conduciendo a su caballo de vuelta a la puerta. Llevando a Cinnabar por las riendas, seguí a Cecil.
Cuando pasé bajo un arco, miré por encima del hombro: Shelton ya no estaba.
Apenas tuve tiempo para admirar la inmensidad de los establos con techo de cerchas, que albergaban a numerosos corceles y sabuesos.
Después de confiar a Cinnabar a un joven muchacho, de pelo oscuro y con una mano ávida de monedas, me eché al hombro la alforja y me apresuré a seguir al secretario Cecil, que me condujo a través de otro patio interior, una puerta lateral y unas escaleras hasta una serie de habitaciones interconectadas decoradas con enormes tapices.
Unas alfombras gruesas ahogaban nuestros pasos. El aire olía a cera y almizcle, a sudor y a tejidos enmohecidos. En los laterales, goteaban velas incrustadas en candelabros de hierro. Los acordes de un laúd incorpóreo vibraban desde algún lugar fuera de mi vista, mientras los cortesanos pasaban a nuestro lado; el brillo de las joyas sobre las telas adamascadas y los terciopelos atrapaban la luz como alas iridiscentes de mariposa.
Nadie me miró, pero si se hubieran parado a preguntarme cómo me llamaba, no me habría sentido más cómodo. Veía difícil poder ubicarme en aquel laberinto, y todavía más encontrar un camino claro de ida y vuelta a las habitaciones de lord Robert.
—Al principio, puede parecer abrumador —dijo Cecil, como si pudiera leerme el pensamiento—, pero te acostumbrarás con el tiempo. Todos lo hacemos.
Dejé escapar una risita incómoda, mirándolo. En el patio parecía apuesto, pero allí, con las dimensiones de la galería y la grandiosidad del entorno que nos empequeñecía, pensé que parecía uno de esos mercaderes de clase media que acudían a vender sus utensilios al castillo de Dudley: hombres que habían conseguido hacerse un nicho cómodo para sí mismos, y que habían aprendido a capear las vicisitudes de la vida con buen humor y un ojo precavido en el futuro.
—Tu mirada es segura —continuó Cecil—. Resulta agradable. —Sonrió—. No creo que dure mucho. La sensación de novedad se desvanece rápidamente. Antes de que te des cuenta, estarás quejándote de lo estrecho que es todo aquí, y dirás que darías lo que fuera por un poco de aire fresco.
Un grupo de mujeres sonrientes, con peinados deslumbrantes, avanzaron hacia nosotros; de la estrecha cintura llevaban colgadas unas cajas de popurrí aromático que hacían un ruido metálico. Me quedé boquiabierto, nunca había visto semejante artificio antes, y cuando una de ellas me lanzó una mirada seductora se la devolví, tan completamente embelesado por su exquisita palidez que me olvidé completamente de mí mismo. Ella sonrió con picardía y se dio la vuelta como si yo hubiera dejado de existir. La miré alejarse. A mi lado, oí a Cecil reír por lo bajo cuando doblamos la esquina para entrar en otra galería, vacía.
Dominando mis nervios, dije:
—¿Cuánto tiempo lleváis viviendo aquí?
Mientras hablaba, me pregunté si habría sonado demasiado directo; no obstante, luego pensé que, aun si había sido así, no aprendería nada si no preguntaba.
Además, al fin y al cabo, él seguía siendo un plebeyo. Aunque su rango fuera superior al del señor Shelton, aquel hombre seguía estando a las órdenes de lady Dudley.
De nuevo, observé su sonrisa curiosa.
—No vivo aquí. Tengo mi propia casa cerca de aquí. Las habitaciones en la corte están reservadas para quienes pueden permitírselas. Y si te interesa mi trabajo, te diré que soy un secretario de Su Excelencia el duque y del consejo. Así que podría decirse que la misma mano nos da de comer a todos.
—Oh. —Intenté sonar indiferente—. Ya veo. No pretendía ofenderos, milord.
—Como te he dicho, basta con que me llames señor Cecil. Ya hay suficiente ceremoniosidad aquí como para que tengamos que añadir más. —Un destello travieso iluminó sus pálidos ojos—. Y no es necesario que seas tan humilde. En la corte, no se tiene a menudo el privilegio de hablar con alguien sincero.
Permanecí en silencio mientras subíamos un tramo de escalones. Entramos en un pasillo más estrecho que las galerías, desprovisto de tapices y alfombras, que revelaba unas paredes funcionales de yeso y un suelo de tablones.
Se detuvo ante una de varias puertas idénticas.
—Estos son los aposentos de los hijos del duque. No estoy seguro de quién hay ahora, si es que hay alguien. Todos tienen sus obligaciones. En cualquier caso, tengo que dejarte aquí. —Suspiró—. El trabajo de un secretario nunca termina, me temo.
—Gracias, señor Cecil.
Me incliné con menos efecto debido a la alforja que llevaba en la mano, aunque agradecía su amabilidad.
Noté que se había desvivido por hacerme sentir más cómodo.
—De nada. —Hizo una pausa, mirándome pensativo en silencio—. Prescott —musitó—, tu apellido tiene raíces latinas. ¿Lleva mucho en tu familia?
Su pregunta me pilló desprevenido. Durante un segundo, me inundó el pánico, sin saber cómo contestar, o si debía hacerlo en absoluto. ¿Sería mejor soltar una mentira directa o probar suerte con aquel posible nuevo amigo?
Me decanté por la segunda opción. Había algo en Cecil que me invitaba a confiar en él, aunque la posibilidad de que él ya lo supiera acabó de convencerme. Estaba al corriente de que me habían llamado a la corte para servir a lord Robert. Parecía razonable que lady Dudley o quizás el propio duque hubieran compartido otras verdades sobre mí menos agradables. Desde luego, no merecía su discreción. Y, si le decía alguna falsedad a alguien que tenía su confianza, podría arruinar cualquier posibilidad de promoción en la corte.
Le devolví su plácida mirada.
—Prescott —dije— no es mi nombre real.
—¿Ah no? —Levantó una ceja.
Otra oleada de duda me asaltó. Todavía estaba a tiempo. Podría darle una explicación que no se alejara demasiado de la realidad. No tengo ni idea de por qué no lo hice, ni de por qué sentí la necesidad casi abrumadora de decirle la verdad. Nunca había revelado el misterio de mi nacimiento a alguien de buena gana. Desde que descubrí que lo que me faltaba me convertía en objeto de burlas y suposiciones crueles, decidí que siempre que alguien me preguntara admitiría solo lo indispensable.
No era necesario dar detalles que no incumbían a nadie ni dar pábulo a las especulaciones.
No obstante, cuando estaba allí de pie, percibí una tranquila consideración en su mirada que me llevó a pensar que lo entendería, y que quizás incluso simpatizaría conmigo. Alice solía mirarme así a menudo, con esa comprensión que nunca ponía obstáculos a admitir la más difícil de las verdades. Había aprendido a identificar esa cualidad en otros. Respiré hondo.
—Soy un expósito. Alice, la mujer que me crio, me puso el nombre que ahora llevo. En tiempos pasados, los que se llamaban Prescott vivían junto a la casa del sacerdote. Y allí precisamente me encontraron: en la vieja casa del sacerdote, cerca del castillo de Dudley.
—¿Y tu nombre de pila? —preguntó él—. ¿También te lo puso la señora Alice?
—Sí. Era de Irlanda. Y sentía una gran veneración por san Brendan.
Noté cierta tensión. En Inglaterra se despreciaba a los irlandeses por su rebeldía, pero hasta ahora mi nombre no había suscitado excesiva curiosidad. Mientras esperaba una respuesta de Cecil, empecé a temer que había cometido un error. La ilegitimidad era un lastre que un hombre diligente podía volver a su favor. La falta de todo linaje, por otro lado, era una responsabilidad que muy pocos podían permitirse. Normalmente te sentenciaba a una vida de servidumbre anónima en el mejor de los casos, y en el peor, a una de mendicidad.
Entonces Cecil dijo:
—Cuando dices «expósito», asumo que quieres decir que te abandonaron.
—Sí, como mucho tenía una semana.
A pesar de mis intentos de aparentar indiferencia, podía oír la vieja tensión en mi voz, el peso de mi propia sensación de indefensión.
—La señora Alice tuvo que pagar a una mujer para que me amamantara. Por casualidades del destino, una mujer de la ciudad había perdido a su hijo; si no hubiera sido así, quizás no habría sobrevivido.
Él asintió. Antes de que se hiciera otro incómodo silencio, me apresuré a llenarlo, como si hubiera perdido el control de mi propia lengua.
—La señora Alice solía decir que los monjes tenían suerte de que no me hubieran dejado en su puerta, porque habría acabado con su despensa, ¿y qué habrían tenido entonces para resistir la tormenta que el viejo Enrique tramaba lanzar contra ellos?
Me eché a reír antes de darme cuenta de mi error. Acababa de sacar el tema de la religión; con toda probabilidad no era un tema seguro en la corte. Estuve a punto de añadir que la señora Alice decía que solo mi boca era más grande que mi apetito.
Cecil no dijo nada. Empezaba a pensar que me había cavado mi propia tumba con mi indiscreción, cuando él murmuró:
—¡Qué terrible tuvo que ser! —El sentimiento no encajaba con la mirada de escrutinio de sus ojos, que seguían clavados en mí, como si intentara grabarse mi cara en la memoria—. ¿Y es posible que la tal señora Alice supiera quiénes eran tus padres? Ese tipo de problemas suelen tener su origen en la misma localidad. Una chica soltera se preña y siente demasiada vergüenza para decírselo a nadie: ocurre con frecuencia, me temo.
—La señora Alice está muerta. —Mi voz no demostraba emociones. A pesar de mi anterior honestidad, no era capaz de hablar abiertamente de algunas heridas—. La asaltaron unos ladrones en el camino a Stratford. Si sabía algo sobre mis padres, se lo llevó a la tumba.
Cecil bajó la mirada.
—Lamento oír eso. Todo hombre, por humilde que sea, debería saber de dónde procede. —De repente, se acercó a mí—. No debes dejar que eso te hunda. Incluso los expósitos pueden ascender en nuestra nueva Inglaterra. La Fortuna a menudo sonríe a los menos favorecidos. —Dio un paso atrás—. Ha sido un placer, escudero Prescott. Por favor, no dudes en llamarme si necesitas algo. Es fácil encontrarme.
Me dedicó otra de sus crípticas sonrisas, dio media vuelta y se fue.