Capítulo 15

Necesitaba tiempo para aclarar mi confusión antes de poder volver con lord Robert. El palacio estaba inquietantemente tranquilo. Solo veía a gente poco importante ocupada en sus asuntos, y nadie me devolvió mi lánguido saludo, mientras merodeaba por el laberinto de pasillos de Greenwich con el que no estaba familiarizado. Al parecer, todos los cortesanos se habían retirado a sus respectivas habitaciones o se habían ido a pasear por los jardines clásicos. Andaba a la deriva por un mundo sombrío.

La melancolía se había apoderado de mí. Procuré decirme que, a pesar de ser la hermana de un rey, Isabel seguía siendo de carne y hueso. Era imperfecta. Además, no conocía a Robert como yo, no había visto la profundidad de la avaricia y la ambición ciega que guiaban su corazón. Ella misma lo había admitido ante mí. La misma noche anterior, en Whitehall, había dicho que nunca había tenido motivos para desconfiar de él.

Y, no obstante, cualquier cosa que no fuera la verdad sería su perdición. Llegué a una gran sala, donde los criados se ocupaban de dejarlo todo listo para los festejos extendiendo alfombras, preparando mesas y colgando guirnaldas de seda. Los pocos que repararon en mi presencia me miraron una vez y se volvieron. Yo me quedé un momento inmóvil: ya sabía qué hacer.

Poco después, salí a un camino bordeado por árboles, que llevaba a los jardines clásicos que se extendían hasta una colina de arena y arcilla.

La luz del día se apagaba en el cielo, tiñendo las nubes de color escarlata. Parecía como si la lluvia estuviera de camino. Cogí el mapa en miniatura de Cecil que llevaba en el bolsillo, para asegurarme de dónde estaba. Con decepción vi que el mapa no daba detalles de los jardines, y no tenía mucho tiempo más antes de volver.

No obstante, como la mayoría de los jardines de los palacios, debían seguir un patrón establecido. Espaciosos, pero diseñados para que la corte pudiera pasear y disfrutar sin perderse por amplias avenidas bordeadas con plantas ornamentales que serpenteaban entre zonas de hierba y macizos de flores, antes de dividirse en varias direcciones.

Cogí uno de los senderos más estrechos.

Un trueno rugió sobre mi cabeza. Empezó a lloviznar. Me guardé el mapa en el bolsillo, me calé más la gorra sobre la frente mientras miraba a mi alrededor. A lo lejos, vislumbré lo que parecía ser un lago artificial que rodeaba una estructura de piedra. El corazón me dio un brinco. Eso tenía que ser el pabellón. Estaba más lejos de lo que parecía. Sin pensarlo, crucé una zona forestal hasta llegar a una zona verde con algunos árboles extrañamente evocadores.

Al echar un vistazo por encima del hombro, descubrí velas recién encendidas en las ventanas del palacio. Me pregunté si la propia Isabel estaría mirando por una de ellas en ese momento, mientras reflexionaba sobre su encuentro con el duque. ¿O estaría pensando solo en esa noche y en lo que le depararía su cita con Robert?

Aunque nunca había estado enamorado, por lo que sabía, los enamorados se añoraban el uno al otro cuando estaban separados.

¿Sería lo que le pasaba a Isabel? ¿Anhelaría a Robert Dudley?

Lamenté no haber aprovechado la oportunidad de decirle lo que sabía. Tal vez no me habría entusiasmado la destrucción deliberada de sus ideas románticas, pero al menos llegaría a su cita de esa noche sabiendo cuáles eran las aspiraciones de mi señor. La lluvia se hizo más fuerte. Le di la espalda al palacio y apreté el paso.

El lago rodeaba el pabellón por tres lados. Una serie de escalones que se caían a pedazos llevaban hasta él desde el descuidado sendero en el que estaba yo. Debió de ser un lugar bonito una vez, ideal para escarceos, antes de que años de abandono lo convirtieran en un paraje cubierto de liquen y prácticamente olvidado.

Explorando el área de alrededor, localicé, tal y como había dicho Walsingham, una vieja poterna en un muro cubierto de hiedra que llevaba a un camino de tierra y a las colinas en pendiente de Kent. Eso me hizo dudar. Allí se podían amarrar unos caballos y nadie los vería ni oiría, si tenían bien puesto el bozal y los cascos cubiertos de tela. ¿Habría escogido la princesa ese lugar no por su ironía, sino porque era consciente de que era un buen punto de huida? Me alegré al pensarlo, pero entonces se me ocurrió una posibilidad menos atractiva.

¿Y si todo formaba parte del plan de Cecil? Quizás había decidido aprovechar su propósito de llevar a Robert hasta allí, un lugar del que podrían llevársela rápidamente y por la fuerza. Fueran cuales fueran los planes del secretario, no podían incluir que Isabel cayera en las garras de los Dudley. Como él mismo había dicho, era la última esperanza del reino.

Hice una pausa para reflexionar. Ahora que estaba solo, fuera del palacio y con el suficiente espacio a mi alrededor como para sentir que podía respirar de verdad, me di cuenta de que me había guiado como el hombre ciego del proverbio, por la nariz. Había aceptado la propuesta de Cecil, había entregado la respuesta de mi señor y había informado a Walsingham. Pero, en realidad, no conocía a ninguno de esos hombres. ¿Me habría convertido en otro peón al que poder sacrificar? ¿Y si en ese plan elaborado había algo más de lo que se veía a primera vista, más mentiras retorcidas dentro de otras mentiras? Me sentí obligado a recordar cada palabra que habíamos cruzado Cecil y yo, para buscar alguna pista en nuestra verborrea. En alguna parte de nuestra conversación se escondía la respuesta al enigma. Y más me valía descubrirla.

Me quedé congelado.

Sentí la punta de una daga en la espalda, justo debajo de las costillas. Una voz nasal dijo:

—Yo en tu lugar no me resistiría. Quítate el jubón.

Me quité la prenda lentamente, pensando en el mapa que llevaba doblado en el bolsillo, mientras lo dejaba caer a mis pies. Sobre mi fina camisa, el cuchillo de mi asaltante parecía muy afilado.

—Ahora, la daga que llevas en la bota. Con cuidado.

La cogí por la empuñadura y saqué el cuchillo de su funda. Extendió una mano enguantada para cogerlo. Entonces la voz, que ahora había reconocido, dijo:

—Gírate.

Llevaba una capa con capucha que ocultaba su cara.

—Me habéis cogido a traición —dije yo—, no podría llamarlo juego limpio.

Con una risa afectada, se quitó la capucha. Tenía una cara demasiado maliciosa para ser apuesto, con pómulos prominentes y un rubí en uno de los lóbulos. Sus ojos endrinos me atravesaron. ¿Cómo no había caído en que era el hombre que Peregrine me había descrito?

Es más alto que tú, pero no mucho. Tiene una cara puntiaguda, como un hurón.

—Volvemos a encontrarnos —dije, justo antes de que un esbirro fornido emergiera de las sombras y me diera un puñetazo en la cara.

Apenas podía ver el camino que tenía delante de mis narices, porque tenía el ojo izquierdo hinchado y la mandíbula dolorida por el golpe, mientras me obligaban a avanzar con los brazos retorcidos a mi espalda, pasando junto a estructuras abolladas y a través de un claustro en ruinas hasta entrar en un pasillo frío y húmedo.

Puertas de hierro oxidadas colgaban como hombros descoyuntadas de las entradas. Bajamos por una escalera empinada hasta llegar a otro pasillo, y volvieron a bajar todavía más. Entramos, entonces, en un pasillo tan estrecho que dos hombres no podían pasar uno junto a otro.

Una solitaria antorcha de brea chisporroteaba en un soporte desconchado de la pared. El aire olía a fermentación. Tuve que respirar hondo y recordarme que no podía dejarme ganar por el pánico. Debía concentrarme, observar y escuchar, buscar algún modo de prolongar mi supervivencia.

Llegamos ante una gruesa puerta.

—Espero que encuentres tus habitaciones agradables —dijo Stokes mientras descorría el cerrojo. La puerta se abrió hacia fuera—. Queremos lo mejor para ti.

Dentro había una pequeña celda circular.

Su rufián me empujó dentro. El suelo desigual de baldosas estaba cubierto de limo. Las botas me hicieron patinar y, con las manos abiertas ante mí, resbalé contra la pared más alejada. Allí dentro apestaba. Se me pegó una sustancia pegajosa y en estado de descomposición que cubría la pared, semejante a vísceras trituradas.

Stokes se rio. Permanecía de pie debajo de la luz titilante de la antorcha, con la capa retirada dejando a la vista su vestimenta elegante. Vi que llevaba un stiletto con piedras preciosas incrustadas en una delgada cadena de plata que llevaba alrededor de la cintura. Nunca había visto a nadie con esa arma italiana antes. Imaginé que, al contrario que el pendiente, no era un adorno.

Chascó la lengua.

—No creo que ahora te reconociera nadie, escudero Prescott.

Al mismo tiempo que sentía el dolor del golpe contra la pared en el hombro, noté que la furia se apoderaba de mí. Me enderecé, sorprendido de poder mantener el tipo.

—Sabéis mi nombre. De nuevo, no es juego limpio. ¿Quién sois? ¿Qué queréis de mí?

—Qué cotilla eres. Ahora entiendo por qué le gustas a Cecil.

Confié en que mi tono de voz no revelara el miedo que sentía.

—No conozco a ningún Cecil.

—Desde luego que lo conoces. Y te has ganado su interés en un tiempo récord. Que yo sepa, no le gusta acostarse con chicos. Aunque no pondría la mano en el fuego por Walsingham.

Me abalancé contra él. Stokes levantó el brazo, desenfundó el stiletto y me apuntó al pecho con él en un único y elegante movimiento.

—Si yo fallo —dijo con una risa vibrante—, lo que es altamente improbable, el hombre que tengo fuera te destripará como a un ternero.

Con la respiración agitada, retrocedí. ¿Qué bicho me había picado? Yo sabía manejarme mejor.

—No os mostraríais tan confiado si estuviéramos en igualdad de condiciones —le dije.

La expresión de su rostro se oscureció.

—Nunca estaremos en igualdad de condiciones, miserable impostor.

Impostor. ¿Quería decir que era un espía? Me quedé helado. Estaba seguro de que él era el mercenario de Suffolk, mi misterioso acosador. ¿Cuánto habría escuchado a escondidas de mi encuentro con Cecil? Si había averiguado lo suficiente para desenmascarar al secretario, cualquier cosa que Cecil planeara hacer podía estar en peligro y fracasar.

—Soy el escudero de Robert Dudley —probé a decir—. No tengo ni idea de por qué creéis que conozco a ese tal Cecil o por qué iba a pretender ser cualquier otra cosa.

—Vaya, espero que no planees hacerte el inocente cuando ella llegue. Te aseguró que no te servirá de nada. En absoluto. La falsa modestia nunca impresionó a Su Excelencia. Sabe muy bien por qué te trajeron a la corte y por qué Cecil muestra tanto interés en ti. Y no está contenta. Al fin y al cabo, tiene el carácter de los Tudor. Pero eso lo descubrirás muy pronto.

Con una pose teatral, agitó la mano ante mí.

—No te vayas a ninguna parte.

Cerró la puerta de un empujón. Al otro lado, corrió el cerrojo. La celda quedó sumida en una total oscuridad. No había estado tan asustado en toda mi vida.