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Los momentos que siguieron a la bajada de Dalmau Savarés a Guadvachet fueron los más tempestuosos de su alma en transformación. Atribuyó muchas de sus sensaciones a la llegada de la primavera, a los recuerdos que paseaban por sus sueños. Sin que olvidara la actitud extrañamente hosca del padre de Ramon desde que el soldado de los tres dedos le había traído aquellas noticias de Sacama.
Días después buscó a Maties para darle instrucciones. También al hermano Simó, a quien quería preguntarle cuál era el libro de las Sagradas Escrituras donde figuraban unas palabras que le venían continuamente a la memoria. También ansiaba tener con Basili una de aquellas conversaciones sobre la naturaleza de la montaña, que llenaban sus pensamientos con profundos misterios. Nada de todo ello fue posible. Ninguno de los aludidos estaba en la ermita ni en sus alrededores cuando despertó con el sol ya bien alto y un regusto amargo en la boca. No tenía excusa, pues, para no enfrentarse a las preocupaciones que de verdad lo absorbían.
Desde que había sabido de la presencia del abad Oliba a tan solo unas leguas de la montaña, la espera lo estaba consumiendo. Le parecía del todo incomprensible que su mentor viajara hasta aquellas tierras sin querer conocer de primera mano lo que se cocía en Montserrat. Pero las jornadas se sucedían sin que tuviera ninguna noticia, por mucho que preguntaba a Ramon; el chaval aún no se había recuperado de la conmoción que le había ocasionado la muerte tan escalofriante de la madre de Esther.
Aquel asunto lo mantenía en un estado de decepción que sabía poco apropiado para un monje. Pero no lo podía evitar. Iba hasta el primer recodo del camino que venía desde Santa Cecília con la esperanza de ver llegar a un grupo de jinetes que llevara la cruz como estandarte. Sabía por Ramon que el abad Oliba había vencido así las reticencias del señor de Manresa a hacer las paces con la condesa Ermessenda y su hijo. No obstante la primavera, a pesar de que los días comenzaban a hacerse más largos, solo podía observar cómo la vegetación de la montaña les regalaba un nuevo período de bonanza.
Pronto florecería la potentilla y los rosales se preparaban para su estallido. Los herrerillos ya soltaban los pío pío que engalanaban la estación de las flores y los gatos salvajes estaban especialmente activos. El corazón de aquella montaña latía con fuerza a través de todas sus criaturas, como si se ofreciera a enderezar la melancolía del monje.
Pese a la decepción por el olvido en que los mantenía el abad, Dalmau Savarés subía cada tarde por caminos y veredas para conseguir ver la puesta de sol de un lugar que acabó bautizando con el nombre de Sant Jeroni, aquel doctor de la iglesia constructor de monasterios.
En aquellas alturas intentaba que el cansancio actuara como bálsamo para su corazón. Este corría desbocado cuando pensaba en la hermana de Esther, aquella Magda a quien tuvo la oportunidad de acompañar en un momento tan doloroso. No se podía quitar de la cabeza su mirada profunda que tanto le recordaba a la única mujer que había amado y había perdido para siempre. Sin poderlo controlar, un hormigueo se apoderó de su piel, que se erizó en todo su recorrido. Con movimientos lentos y los ojos cerrados, pasó la palma de la mano por el basto hábito que lo cubría. El rastro de otras caricias lo llevaron a escenarios muy distintos donde el pasado tenía nombre de mujer. De mujer… y de niño. Dos lágrimas tibias surcaron el rostro del monje antes de pasar a formar parte del paisaje.
Como si el astro rey quisiera acompañar aquella ternura imposible de recuperar, se deslizó poco a poco proyectando la sombra de las montañas sobre el valle. El dorado sucumbió, dócil, al manto protector. Ante sus ojos, la penumbra iba cubriendo lentamente los campos de viñas y olivos. Mientras la sombra avanzaba, la tierra parecía descansar en su refugio.
También los pequeños cerros perfilados en la lejanía sucumbían sin prisa al abrazo del anochecer y, aún más allá, la opacidad se perdía en el horizonte hasta desaparecer. La noche esperaba complacida, bañada en tonalidades violetas.
Emocionado por la magnificencia de la obra divina, Dalmau Savarés admitió que Dios era su único interlocutor. La voz que le debía ordenar los próximos pasos de la empresa encargada por el abad Oliba, quizá porque necesitaba un gran impulso para volcarse en la creación que le exigían, una prueba de que el mundo no solo se movía en torno al sufrimiento que llevaba dentro.
Se lavó la cara y las manos en la alberca mientras le venía a la cabeza la imagen del surtidor del monasterio de Ripoll. También tendrían uno igual en Santa Maria, aunque tuviera que transformar los pensamientos de todos los hombres y mujeres que rodeaban la montaña.
Pero lo que no necesitaba eran las imágenes repentinas de Magda, su sonrisa, sus manos amasando la harina para el pan, sus ojos, dotados de una luz que solo podía pertenecer a aquellos parajes. Magda se había instalado en su corazón, quizás era su tentación, la que Dios le enviaba para comprobar su fuerza. Con los ojos aún entelados por el agua, Dalmau buscó con la mano el trapo que colgaba de un saliente de la alberca. No se sorprendió nada al encontrarlo antes de llegar al lugar donde su intuición lo situaba, ni de sentir el tacto de unas manos al cogerlo.
—¿Ya estás aquí, Maties? Trabajas mucho en el huerto. Algún día tendrás más ayudantes, y esto será un monasterio de los que agradan y sirven al Señor y exaltan su grandeza —dijo mientras se secaba la cara.
—¡No espero menos de ti, monje! ¿Por qué otro motivo te escogí, sino? —dijo alguien a sus espaldas.
Dalmau reconoció aquella voz, pero era tan inesperada que se llevó la mano libre al muslo en busca de su espada. Aún lo hacía cuando algo provocaba su sorpresa, quizá lo haría siempre por muchos años que pasara en la montaña. La reacción fue acompañada en seguida por una mirada extremadamente despierta. ¡Realidad o fantasma, aquella era la voz del abad Oliba!
—¡Habéis venido! —El religioso estaba delante de él, con toda la magnificencia que recordaba, ya no tenía derecho a dudarlo—. ¡Dios sea loado!
—Lo es, sin duda, de contar con hombres como vos. Desde que entré en el valle de Guadvachet que todo el mundo ensalza a los hombres santos que viven en la montaña.
—Es… Es una exageración. No pensaban lo mismo hace tan solo una luna. Nos tomaban por locos.
—Los caminos del Señor son complejos, ya lo sabéis.
—Os debería ofrecer bebida y comida. Es muy largo el trayecto que habéis hecho para llegar a Santa Maria…
—Más largo ha sido este tiempo sin saber de vos y de vuestros monjes de manera directa. Aunque ya me han explicado las difíciles decisiones que habéis ido tomando, como mantener una férrea independencia del monasterio de Santa Cecília.
—El orgullo es uno de mis pecados, padre abad.
—Quizá no sea orgullo, sino la fuerza de Dios que os acompaña —añadió el abad Oliba, mientras miraba a su alrededor y distinguía a Maties a escasa distancia; lo recordaba cuando había salido de Ripoll, casi un chiquillo, pero ahora tenía un aspecto mucho más sano y maduro—. No tengo hambre, ni sed, pero me gustaría sentarme con vos y comenzar la conversación que hace tiempo tenemos pendiente.
Dalmau se apresuró a señalar el banco de piedra que Ramon había construido delante de la ermita, con la inestimable ayuda de Maties.
Los soldados y los monjes, aún en sus cabalgaduras, esperaban que alguien les ofreciera un lugar adecuado para el descanso. Pero la ermita no parecía ofrecer demasiadas comodidades. A pesar de los inconvenientes, el hermano Simó les pidió que bajaran de los caballos para poder llevar a los animales donde Asar permanecía atado. Dalmau sonrió cuando vio que aquel monje tan poco dado a la acción arrastraba las riendas y cumplimentaba a los recién llegados. Asar recibió a sus compañeros de especie con numerosas muestras de alegría, mientras Maties repartía agua procedente de aquel canal tallado en la piedra, del que se sentía orgulloso.
La estancia del abad Oliba y de su séquito en Santa Maria solo había de durar una noche, pero los hombres ayudaron en algunas tareas y los nuevos monjes que se quedarían en el monasterio, del todo imprevistos, comentaban las dificultades que tendrían para compartir tanta miseria. Acostumbrados a Ripoll, la iglesita, remendada una y otra vez por sus habitantes, no les podía dar cabida de manera satisfactoria; pero el abad tenía algunas ideas que, en buena medida, chocaban con las intenciones de Dalmau.
—Ya sé que apenas tenemos un cobertizo y la ermita, pero la solución que proponéis daría alas al abad Bonfill. Si Santa Maria se debe convertir en un monasterio, sus monjes no pueden dormir en otro cenobio —insistió el antiguo soldado.
—Os entiendo, Dalmau, os entiendo. Pero quizá pequéis de soberbia. Para Santa Cecília más bien sería una humillación que los obliguemos a acoger a los nuevos monjes mientras se hace un recinto más adecuado.
Arriba y abajo con este tema, los dos amigos no habían entrado aún en lo más importante. Dalmau Savarés se había fijado bien en un personaje que acompañaba a la comitiva. Lo miraba todo como si quisiera cambiar las cosas de sitio.
—Dejemos de hablar de estas minucias —dijo de pronto el abad—. Ahora ya habéis tomado contacto con la montaña y habéis establecido buenas relaciones con el valle. Os dije aquel día que mi intención era fundar un monasterio, no reformarlo, ni tan solo reconstruirlo como he venido haciendo en otros lugares. Tenéis la oportunidad de partir de nada, ¡como los primeros cristianos! He traído nuevos monjes; menos de los que quería, es cierto. Y también bastante dinero para que comencéis a hacer realidad lo que espero que sea nuestro sueño compartido.
—¡La que me pedís es una empresa titánica! ¿De dónde sacaremos los obreros, las piedras, los artesanos…? Y necesitaremos un maestro de obras. Por lo que sé, no hay nadie con estas características en Guadvachet.
—Os equivocáis —exclamó el abad, triunfante—. Esa persona que ha despertado vuestra curiosidad desde que hemos llegado es el maestro de obras que os ofrezco, al menos en un primer momento. Quizás algún día vuelva a necesitarlo.
Las palabras del abad Oliba le parecieron enigmáticas al padre Dalmau. Aquel personaje se había escabullido detrás de la ermita, seguido de cerca por el bueno de Maties, que comenzaba a sospechar de su intenso escrutinio.
—No podéis tener un maestro de obras mejor, Dalmau. Ha trabajado en numerosas iglesias, y siempre con resultados sorprendentes; aparte que también pasó unos años en Venecia, con el gran Pietro Urseolo. Él mismo se ha ofrecido con ilusión para esta empresa, a pesar de que podía aspirar a hitos de más renombre. Quizás habéis visto algún dibujo de la majestuosa basílica de San Marcos… ¡Él participó en Su Majestad!
—¿Cómo decís? —respondió el monje, totalmente fuera de juego por aquella noticia. Toda aquella historia de Venecia le quedaba demasiado lejos. De la basílica de San Marcos solo había visto un dibujo en Ripoll y le había parecido una obra desmesurada. Él se había hecho otra idea, más próxima a los pequeños cenobios benedictinos que se habían ido construyendo antes de la llegada del abad Oliba.
—¡Hermano Andreu! —El abad gritó el nombre del monje y este asomó la nariz por detrás de la ermita, sorprendiendo a la vez a Maties que salió por piernas.
A pesar de que también era un religioso, Dalmau Savarés no veía a aquel maestro de obras compartiendo las penurias del cenobio, sus incomodidades. Tenía aquel aire de los que han viajado y visto otras costumbres; incluso su mirada parecía ver las cosas de manera diferente. Pero se dijo que debía tener fe en su amigo, que con el dinero que había traído todo cambiaría. Santa Maria de Montserrat sería real si la comunidad lo deseaba con fuerza.
Pero, y él… ¿lo deseaba? Se fijó bien en la actitud del hermano Andreu. Mostraba aquello que más odiaba de los hombres, un orgullo y una seguridad sin duda consentidos por su pericia… ¿Cómo podía luchar contra eso? Cómo podía luchar contra el reflejo de lo que él mismo había sido en otra época.
A veces Dalmau albergaba la esperanza de que él solo sería la avanzada de lo que vendría más tarde. Pero ahora, con la llegada del abad y todo lo que suponía, los cambios en la montaña eran inminentes. La soledad que le agradaba paladear ya no sería tan fácil, sus obligaciones aumentarían. ¿Estaba preparado?
—¿Qué te parece el terreno, hermano Andreu? ¿Crees que es posible construir el monasterio del que te he hablado tanto?
—Con la ayuda de Dios… y de los hombres… —añadió mirando a Dalmau de arriba abajo— ¡sin duda!
No dijo nada más. Se alejó para seguir su escrutinio mientras Dalmau le decía con un movimiento de cabeza al hermano Maties que lo dejara tranquilo. La enumeración de las virtudes de los monjes que se unirían al cenobio ocupó el resto de la conversación, hasta mucho más allá de las completas.
El hermano Simó resoplaba atendiendo a las necesidades de los viajeros. Aquel día apenas pudo rezar en solitario, ni seguir estudiando los salmos.