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Patrick conduce con cuidado. Me mentalizo para la lluvia de preguntas, pero no dice nada hasta que hemos dejado la silueta urbana de Bristol atrás en el retrovisor. Cuando las ciudades van dejando paso a los campos verdes y aparecen las primeras líneas escabrosas de la costa, se dirige a mí.

—Podrías haber ido a la cárcel.

—Eso era lo que quería.

—¿Por qué?

Su tono no es de censura o reproche, sino que simplemente parece desconcertado.

—Porque alguien tenía que pagar por lo que sucedió —le digo—. Alguien tenía que enfrentarse a un juicio para que la madre de Jacob pudiese dormir por las noches sabiendo que se había hecho justicia por la muerte de su hijo.

—Pero no tú, Jenna.

Antes de marcharnos le pregunté al inspector Stevens qué le dirían a la madre de Jacob, que se encontraría de pronto con que se anulaba el juicio contra la persona que creía que había matado a su hijo. «Primero le detendremos a él y luego se lo explicaremos a ella», me dijo.

Me doy cuenta de que mis acciones ahora significan que la mujer tendrá que volver a revivirlo todo.

—En la caja donde estaba tu pasaporte vi… —dice Patrick de repente—. Vi un juguete de bebé.

Se calla, sin añadir más palabras a su pregunta.

—Era de mi hijo —contesto—. Ben. Cuando me quedé embarazada, estaba aterrorizada. Creía que Ian se pondría furioso, pero se puso a dar saltos de alegría. Dijo que eso lo cambiaría todo, y aunque no llegó a decirlo, yo estaba segura de que se arrepentía y lamentaba haberme tratado así antes. Creí que el niño sería un punto de inflexión para nosotros, que haría que Ian se diese cuenta de que podíamos ser felices juntos. Como familia.

—Pero no fue así.

—No, no fue así. Al principio se desvivía por mí. Me trataba como a una reina y siempre estaba diciéndome lo que debía y lo que no debía comer. Pero a medida que mi tripa empezaba a crecer, se fue volviendo cada vez más distante. Era como si odiase mi embarazo, como si tuviese celos incluso. Cuando estaba de siete meses, le quemé la camisa con la plancha sin querer. Fue una estupidez por mi parte, fui a contestar al teléfono y se me fue el santo al cielo hablando, no me di cuenta hasta que ya era demasiado tarde. Ian montó en cólera. Me dio un puñetazo en el estómago y empecé a tener pérdidas.

Patrick detiene el coche y apaga el motor. Miro por la ventanilla al vertedero que hay junto a la carretera. Los contenedores rebosan de basura y los papeles y los envoltorios revolotean en el aire.

—Ian llamó a una ambulancia. Les dijo que me había caído. Seguramente no le creyeron, pero ¿qué iban a hacer? El sangrado había cesado para cuando llegamos al hospital, pero yo ya sabía que el niño había muerto antes de que me hiciesen la ecografía. Lo presentía. Me dieron la posibilidad de practicarme una cesárea, pero yo no quería que saliese de mí de ese modo. Quería parirlo yo.

Patrick me ofrece la mano pero yo no puedo tocarlo, de modo que la deja caer en el asiento.

—Me dieron una medicación para inducir el parto y esperé en la sala de preparto con todas las demás parturientas. Pasamos por todo el proceso juntas: las primeras contracciones, la inhalación de analgésico para el dolor, los controles de comadronas y obstetras… La única diferencia era que mi bebé estaba muerto. Cuando al final me llevaron a la sala de partos, la mujer de al lado se despidió de mí con la mano y me deseó suerte.

»Ian se quedó conmigo durante el parto, y a pesar de que lo odiaba por lo que había hecho, le cogí la mano mientras empujaba y dejé que me besara la frente, porque ¿quién sino él estaba allí a mi lado? Y todo el tiempo, en lo único que pensaba era en que si no hubiese quemado esa camisa, Ben aún estaría vivo.

Empiezo a temblar y presiono las palmas contra las rodillas para no tambalearme. Durante las semanas posteriores a la muerte de Ben, mi cuerpo seguía creyendo que había sido madre. Me salía leche de los pezones y me metía bajo el chorro de la ducha comprimiéndome los pechos para aliviar la tensión mamaria, mientras el olor dulzón de la leche se mezclaba con el agua caliente. Levanté la vista una vez y vi a Ian observándome desde la puerta del baño. Aún tenía la barriga abultada del embarazo, la piel flácida y elástica. Unas venas azules me recorrían los pechos hinchados y me chorreaba leche por el cuerpo. Vi la expresión de asco de su cara antes de que se diera media vuelta.

Intenté hablarle de Ben. Solo una vez, cuando el dolor por su pérdida era tan intenso que apenas si podía poner un pie detrás de otro para caminar. Necesitaba compartir mi sufrimiento con alguien, con quien fuese, y en aquel entonces no tenía a nadie más con quien hablar. Pero me interrumpió en mitad de la frase: «Eso nunca ha sucedido. Ese bebé nunca llegó a existir», dijo.

Puede que Ben no llegase a respirar siquiera, pero vivió. Vivió dentro de mí, y respiró mi oxígeno y comía lo que yo comía, y formaba parte de mí. Pero nunca más volví a hablar de él.

No puedo mirar a Patrick. Ahora que he empezado, no puedo parar, y las palabras me salen a borbotones.

—Se hizo un silencio horrible en la sala de partos cuando nació. Alguien anunció la hora y luego me lo pusieron en los brazos con toda la delicadeza del mundo, como si no quisieran hacerle daño, y nos dejaron a solas con él. Yo me quedé así durante mucho, muchísimo rato, mirándole la cara, las pestañas, los labios. Le acaricié la palma de la mano y lo imaginé agarrándome los dedos, pero al final vinieron para llevárselo. Entonces empecé a gritar y seguí aferrándome a él hasta que tuvieron que darme algo para calmarme, pero yo no quería dormir, porque sabía que cuando me despertase volvería a estar sola otra vez.

Cuando termino, miro a Patrick y veo que tiene lágrimas en los ojos, y cuando intento decirle que no pasa nada, que estoy bien, yo también me pongo a llorar. Nos quedamos abrazados en el coche, en el arcén de la carretera, hasta que el sol empieza a hundirse en el horizonte, y entonces nos vamos a casa.

Patrick deja el coche en el parking del parque de caravanas y me acompaña por el sendero a la casa. El alquiler está pagado hasta fin de mes, pero camino más despacio al oír las palabras de Iestyn retumbando en mi cabeza, su voz asqueada cuando me dijo que me fuese.

—Lo llamé —dice Patrick, leyéndome el pensamiento—. Se lo expliqué todo.

Patrick me habla con calma y dulzura, como si yo fuera un paciente recuperándome de una larga enfermedad. Me siento segura con la mano entrelazada en la suya.

—¿Quieres ir a buscar a Beau? —le pregunto cuando llegamos a la casa.

—Si tú quieres.

Asiento.

—Solo quiero que todo vuelva a la normalidad —digo, y mientras lo digo, me doy cuenta de que no estoy segura de qué es la normalidad.

Patrick cierra las cortinas y me prepara un té, y cuando se cerciora de que estoy cómoda, me da un leve beso en los labios y se va. Miro alrededor, a los fragmentos de mi vida allí en la bahía: las fotos y las conchas; el cuenco de agua de Beau en el suelo de la cocina. Aquí me siento más en casa que en todo el tiempo que pasé en Bristol.

Enciendo por inercia la luz de la lámpara de la mesa, a mi lado. Es la única luz en todo el piso de abajo e inunda la habitación de un cálido tono albaricoque. La apago y me quedo sumida en la oscuridad. Espero unos segundos, pero mis pulsaciones son regulares, tengo las palmas secas y no siento ningún escalofrío en la espalda. Sonrío: ya no tengo miedo.