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El móvil de Ray sonó cuando estaba haciendo maniobras para aparcar el coche en el único espacio libre de todo el recinto. Pulsó el botón de ACEPTAR en el manos libres y se volvió a ver si aún podía moverse algún palmo hacia atrás.
Rippon, la jefa de policía, fue directa al grano.
—Quiero que adelantes la sesión informativa sobre la operación Halcón a esta misma tarde.
El Mondeo de Ray dio un golpe al Volvo que tenía aparcado detrás.
—Mierda.
—Esa no era la reacción que estaba esperando.
Había un dejo de humor en la voz de la jefa que Ray nunca había oído antes. Se preguntó qué habría pasado para que estuviera tan contenta.
—Lo siento. —Ray salió de su coche, dejando las llaves en el contacto por si el dueño del Volvo necesitaba salir. Miró al parachoques, pero no vio ninguna señal evidente—. ¿Qué me decía?
—La sesión informativa para la operación Halcón está programada para el lunes —dijo Olivia, con una paciencia muy poco característica—, pero quiero que la adelantes. Puede que hayas visto en las noticias esta mañana que otros departamentos han recibido críticas por su enfoque supuestamente tolerante con respecto a la posesión de drogas.
«Ah, ya lo entiendo», pensó Ray. A eso se debía su buen humor.
—Así que es el momento idóneo para nosotros para presentar nuestro enfoque de «tolerancia cero» respecto a las drogas. Ya tenemos todo listo, ahora solo necesito que reúnas los recursos relevantes unos días antes.
Ray sintió un sudor frío.
—Hoy no puedo hacerlo —dijo.
Hubo una pausa.
Ray esperó a que la jefa hablara, pero el silencio entre ellos se prolongó de forma insoportable hasta que se vio obligado a llenarlo.
—Tengo una reunión en la escuela de mi hijo a mediodía.
Se rumoreaba que Olivia realizaba las reuniones de padres en la escuela de sus hijos vía teleconferencia, de modo que Ray sabía que era poco probable que eso fuese a convencerla.
—Ray —dijo, sin rastro ya de su previo buen humor—, como sabes, siempre muestro un apoyo absoluto hacia las personas con menores a su cargo, y de hecho fui una de las primeras en este departamento en defender la conciliación laboral para los padres y las madres, pero a menos que esté equivocada, ¿tú tienes una esposa, no es así?
—Así es.
—¿Y ella va a ir a esa reunión?
—Sí.
—Entonces, ¿se puede saber cuál es el problema?
Ray se apoyó contra la pared de la puerta trasera y miró al cielo en busca de inspiración, pero lo único que vio fueron unos nubarrones grises.
—Verá, mi hijo está siendo víctima de acoso en el colegio. Es bastante grave, me temo. Esta es la primera oportunidad que tenemos de hablar con la escuela desde que admitieron que había un problema, y mi mujer quiere que yo también esté presente en la reunión. —Ray se maldijo por echarle la culpa a Mags—. Yo quiero estar presente —dijo—. Necesito estar presente.
El tono de Olivia se dulcificó ligeramente.
—Lamento oír eso, Ray. Los hijos pueden dar muchos quebraderos de cabeza. Si necesitas ir a esa reunión, entonces por supuesto que deberías ir, pero la sesión se realizará esta mañana, con la cobertura nacional que este departamento necesita para consolidarse como una fuerza policial progresista de tolerancia cero. Y si tú no puedes dirigirla, tendré que encontrar a alguien que lo haga. Hablaré contigo dentro de una hora.
—A eso lo llamo yo poner a alguien entre la espada y la pared —masculló Ray mientras devolvía el teléfono a su bolsillo. Era tan sencillo como eso: las perspectivas profesionales a un lado, la familia en el otro.
Una vez en su despacho, cerró la puerta y se sentó a su mesa, juntando y presionando las yemas de los dedos. La operación de ese día era de muy alto nivel y estaba convencido de que aquello era una prueba. ¿Tenía lo que había que tener para seguir ascendiendo en la escala policial? Ya no estaba seguro; de hecho, ni siquiera sabía si era eso lo que quería. Pensó en el coche nuevo que iban a necesitar al cabo de un año o así, en las vacaciones en el extranjero que sus hijos iban a empezar a reclamar más pronto que tarde, en la casa más grande que Mags se merecía. Tenía dos hijos brillantes que esperaba que fueran a la universidad, ¿y de dónde iban a sacar el dinero para eso a menos que Ray siguiese ascendiendo en la jerarquía? Nada era posible sin sacrificios.
Inspirando profundamente, Ray levantó el auricular para llamar a casa.
La puesta en marcha de la operación Halcón fue un éxito. Los periodistas fueron invitados a la sala de conferencias de la jefatura de policía para una sesión informativa de media hora, durante la cual la jefa presentó a Ray como a «uno de los mejores detectives del cuerpo». Ray sintió una inyección de adrenalina mientras respondía a preguntas sobre la dimensión de los problemas relacionados con las drogas en Bristol, el enfoque del departamento con respecto al cumplimiento estricto de las leyes y su propio compromiso con la restauración de la seguridad en la comunidad erradicando el tráfico de drogas en la calle. Cuando el periodista de ITN le pidió unas últimas declaraciones, Ray miró directamente a la cámara y no titubeó.
—Hay gente ahí afuera que trafica con drogas con total impunidad y que cree que la policía no tiene capacidad para detenerlos. Pero sí tenemos capacidad, y también resistencia, y no descansaremos hasta haberlos echado de las calles.
Hubo una ola de aplausos y Ray miró a la jefa, que asintió con la cabeza de forma casi imperceptible. Las órdenes judiciales se habían ejecutado anteriormente, con catorce detenciones en seis direcciones distintas. Los registros domiciliarios llevarían horas, y se preguntó cómo le estaría yendo a Kate como agente encargada de los elementos de prueba.
La llamó en cuanto tuvo ocasión.
—Una llamada muy oportuna —dijo—. ¿Estás en comisaría?
—Estoy en el despacho. ¿Por qué?
—Reúnete conmigo en la cafetería dentro de diez minutos. Tengo que enseñarte algo.
Ray estaba allí al cabo de cinco minutos, esperando con impaciencia a Kate, quien irrumpió por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Quieres un café? —le preguntó Ray.
—No tengo tiempo. Tengo que volver. Pero échale un vistazo a esto.
Le dio una bolsa de plástico transparente en cuyo interior había una tarjeta azul celeste.
—Es la misma tarjeta que Jenna Gray llevaba en su cartera —dijo Ray—. ¿De dónde la has sacado?
—Estaba en una de las casas donde hemos hecho la redada esta mañana. Pero no es exactamente igual.
Alisó el plástico para que Ray pudiese leer la inscripción.
—La misma tarjeta, el mismo logo, pero distinta dirección.
—Interesante. ¿En casa de quién la has encontrado?
—Dominica Letts. No hablará hasta que llegue su abogado. —Kate consultó su reloj—. Mierda, tengo que irme. —Le arrojó la bolsa a Ray—. Puedes quedártela, tengo una copia.
Sonrió otra vez y desapareció, dejando a Ray con la mirada concentrada en la tarjeta. No había nada raro en la dirección, era una calle residencial como Grantham Street, pero Ray pensó que debería poder averiguar algo más de ese logo. Los dos ochos estaban rotos por la parte inferior y apilados uno encima del otro, como si fueran muñecas rusas.
Ray sacudió la cabeza. Tenía que ir a hablar con el equipo de custodia antes de irse a casa, y comprobar que todo estaba en orden para la sentencia de Gray del día siguiente. Dobló la bolsa y se la metió en el bolsillo.
Eran las diez pasadas cuando Ray se subió al coche para irse a casa, y la primera vez desde esa mañana que sentía algún remordimiento por su decisión de anteponer el trabajo a su familia. Pasó todo el camino de vuelta razonando consigo mismo, y para cuando llegó a casa, se convenció de que había tomado la decisión correcta. La única posible, en realidad. Hasta que metió la llave en la cerradura de la puerta y oyó que Mags estaba llorando.
—Oh, Dios santo, Mags. ¿Qué ha pasado? —Soltó la bolsa en la entrada y corrió a agacharse delante del sofá, apartándole el pelo para verle la cara—. ¿Tom está bien?
—¡No, no está bien! —exclamó ella, retirándole las manos bruscamente.
—¿Qué han dicho en la escuela?
—Lleva ocurriendo desde hace al menos un año, creen, aunque la directora dijo que no podían hacer nada hasta que tuvieran pruebas.
—¿Y ahora las tienen?
Mags se rió con amargura.
—Oh, sí, ya lo creo que las tienen. Por lo visto, están por todo internet. Pequeños robos en tiendas, agresiones grabadas con el móvil…, lo típico. Todo grabado y subido a YouTube para que lo vea el mundo entero.
Ray sintió que se le encogía el estómago. Solo de pensar en todo por lo que Tom había tenido que pasar, Ray se sentía físicamente enfermo.
—¿Está dormido? —dijo Ray, señalando con la cabeza a los dormitorios.
—Supongo. Seguramente está agotado: me he pasado la última hora gritándole.
—¿Gritándole? —Ray se levantó—. Joder, Mags, ¿no te parece que ya ha sufrido lo suficiente?
Echó a andar hacia las escaleras, pero Mags lo retuvo.
—No tienes ni idea, ¿verdad? —dijo. Ray la miró sin comprender—. Has estado tan ocupado resolviendo los problemas del trabajo que no te has enterado de nada de lo que está pasando en tu propia familia. Tom no está siendo víctima de acoso, Ray. Él es el acosador.
Ray sintió como si acabaran de pegarle un puñetazo.
—Alguien le está obligando a…
Mags lo interrumpió, con más delicadeza esta vez.
—Nadie le está obligando a hacer nada. Parece ser que Tom es el líder de una pequeña «banda», pero con mucha influencia. En total son seis…, incluidos Philip Martin y Connor Axtell.
—Eso tiene sentido —dijo Ray con tristeza, reconociendo los nombres.
—Lo único seguro es que Tom es quien dirige el cotarro. Fue idea suya no asistir a las clases, fue idea suya esperar a los chicos que salían del centro de educación especial…
Ray sintió una oleada de náuseas.
—¿Y las cosas que había debajo de su cama? —preguntó.
—Robadas por encargo, según parece. Aunque ninguna de ellas la robó Tom: todo indica que a él no le gusta ensuciarse las manos.
Ray nunca había oído tanta amargura en la voz de Mags.
—¿Qué hacemos ahora?
Cuando algo iba mal en el trabajo, había reglas a las que poder recurrir: protocolos de actuación, leyes, manuales. Un equipo completo de gente a su alrededor. Pero ahora Ray se sentía completamente perdido.
—Lo solucionamos —se limitó a decir Mags—. Nos disculpamos con las personas a las que Tom ha hecho daño, devolvemos los objetos robados, pero, sobre todo, averiguamos por qué lo está haciendo.
Ray se quedó en silencio un momento. No encontraba el coraje para decirlo, pero una vez que el pensamiento se instaló en su cabeza ya no pudo guardárselo para sí.
—¿Esto es culpa mía? —soltó—. ¿Es porque no he estado a su lado?
Mags le cogió la mano.
—No digas eso… Te volverás loco. La culpa es tan mía como tuya… Yo tampoco lo vi venir.
—Pero debería haber pasado más tiempo en casa. —Mags no le contradijo—. Lo siento mucho, Mags. No siempre será así, te lo prometo. Solo necesito llegar a comisario y entonces…
—Pero si a ti te encanta tu trabajo como inspector.
—Sí, pero…
—Entonces, ¿por qué quieres conseguir el ascenso y dejar de ser inspector?
Ray se derrumbó por un momento.
—Pues… por nosotros. Para poder tener una casa más grande y para que no tengas que volver a trabajar.
—¡Pero es que yo quiero volver a trabajar! —le replicó Mags con exasperación—. Los niños están en clase todo el día, tú estás en el trabajo… Quiero hacer algo con mi vida. Planear una nueva carrera me ha hecho sentir una ilusión que hacía años que no sentía. —Miró a Ray y su expresión se dulcificó—. Oh, pero mira que eres zoquete…
—Lo siento —repitió Ray.
Mags se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Deja a Tom esta noche. Le diré que no vaya a la escuela mañana y hablaremos con él entonces. Ahora quiero que hablemos de nosotros.
Cuando se despertó, Ray vio a Mags dejando con delicadeza una taza de té al lado de la cama.
—He supuesto que querrías levantarte temprano —dijo—. Hoy dictan la sentencia de Gray, ¿verdad?
—Sí, pero puede ir Kate. —Ray se incorporó—. Me quedaré en casa y hablaremos los dos con Tom.
—¿Y perderte tu momento de gloria? No pasa nada, de verdad. Vete. Tom y yo nos quedaremos remoloneando por casa, como hacíamos cuando era pequeño. Tengo la sensación de que lo que necesita no es que le demos una charla, sino que lo escuchemos.
Ray pensó lo increíblemente lista que era su mujer.
—Vas a ser una profesora maravillosa, Mags. —La cogió de la mano—. No te merezco.
Mags sonrió.
—Puede que no, pero te ha tocado quedarte conmigo para siempre, me temo.
Le apretó la mano y se fue abajo, dejando a Ray con su taza de té. Este se preguntó cuánto tiempo llevaba anteponiendo el trabajo a su familia, y sintió vergüenza al darse cuenta de que no recordaba ninguna ocasión en que hubiese sido al revés. Eso tenía que cambiar. Tenía que empezar a poner a Mags y a sus hijos por delante de todo lo demás. ¿Cómo había estado tan ciego a las necesidades de su mujer, al hecho de que lo que ella quería en realidad era volver a trabajar? Era evidente que eso de pensar que la vida era un poco aburrida a veces no le pasaba únicamente a él. Mags lo había canalizado buscando una nueva carrera y un reto profesional. ¿Qué había hecho él? Pensó en Kate y notó que empezaba a ruborizarse.
Ray se duchó, se vistió y bajó a buscar su americana.
—Está aquí —anunció Mags, saliendo de la sala de estar con la chaqueta en la mano. Sacó la bolsa de plástico que asomaba del bolsillo—. ¿Qué es esto?
Ray la sacó y se la dio.
—Es algo que podría o no estar relacionado con el caso de Gray. Estoy intentando descifrar qué significa ese logo.
Mags levantó la bolsa en el aire y examinó la tarjeta.
—Es una persona, ¿no? —dijo sin dudarlo—. Con los brazos alrededor de alguien.
Ray se quedó boquiabierto. Miró la tarjeta y vio inmediatamente lo que Mags había descrito. Lo que a él le parecía un número ocho incompleto y del todo desproporcionado era sin duda una cabeza y unos hombros; los brazos alrededor de una figura más pequeña que evocaba las líneas de la primera.
—¡Pues claro! —exclamó. Pensó en la casa de Grantham Street, con sus múltiples cerraduras y sus cortinas de redecilla que impedían a cualquiera ver lo que ocurría dentro. Pensó en Jenna Gray y en ese miedo omnipresente en sus ojos, y una imagen fue empezando a cobrar forma lentamente.
Se oyó un ruido en la escalera y al cabo de unos segundos apareció Tom, con expresión acongojada. Ray lo miró fijamente. Durante meses había considerado a su hijo una víctima, pero ahora resultaba que era todo lo contrario.
—Me he equivocado por completo —dijo en voz alta.
—¿Te has equivocado en qué? —preguntó Mags.
Pero Ray ya estaba saliendo por la puerta.