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El Tribunal Superior de lo Penal de Bristol es más antiguo que el Juzgado de lo Penal, y un aire solemne recorre en murmullos sus pasillos recubiertos de paneles de madera. Los ujieres entran y salen a toda prisa de la sala del tribunal, levantando en el aire los papeles de la mesa de la secretaria judicial con el vuelo de sus togas negras al pasar. El silencio es incómodo, como en una biblioteca, cuando la presión de no poder hablar te da ganas de ponerte a gritar, y me aprieto las cuencas de los ojos con las palmas de las manos. Cuando las aparto, el tribunal se vuelve borroso. Ojalá pudiese quedarse así todo el tiempo: los contornos desdibujados y las formas imprecisas parecen menos amenazadoras, menos graves.
Ahora que estoy aquí tengo miedo. Toda la bravuconería con la que me he enfrentado a este día en mi imaginación se ha volatilizado, y aunque me aterroriza pensar en lo que me haría Ian si me dejaran en libertad, de pronto siento el mismo terror al pensar en lo que me espera en la cárcel si me condenan. Junto las manos con fuerza y me clavo las uñas en la piel de la mano izquierda. Me invade la cabeza el eco de unos pasos en los pasillos metálicos, las imágenes de los camastros estrechos en unas celdas grises con unas paredes tan gruesas que nadie me oirá gritar. Siento una aguda punzada de dolor en la mano y miro a ver si me he hecho sangre, y cuando me la limpio, me dejo una mancha rosada en el dorso.
En el espacio en el que me han colocado hay sitio para más gente; son dos hileras de sillas atornilladas al suelo, con la parte inferior del asiento plegada como en las salas de cine. Una pared de cristal recorre tres lados, y me remuevo incómoda en mi asiento cuando la sala empieza a llenarse de gente. Hay mucho, muchísimo más público aquí que en la vista preliminar. No percibo en sus rostros la leve curiosidad de las tricoteuses del anterior juzgado, sino el odio vehemente de quienes quieren que se haga justicia. Un hombre de piel morena con una chaqueta de cuero dos tallas más grande que la suya se inclina hacia delante en su asiento. No aparta los ojos de mí, y tuerce la boca con ira contenida. Empiezo a llorar y él sacude la cabeza, haciendo una mueca de disgusto.
Llevo la foto de Jacob en el bolsillo y deslizo la mano en él, palpando las esquinas con las manos.
Los equipos de la fiscalía y la defensa han aumentado en número: detrás de cada abogado hay varias personas, sentados en hileras de mesas, e inclinan el torso hacia delante para murmurarse cosas urgentes. Los ujieres y los abogados son los únicos que parecen sentirse como pez en el agua. Bromean entre ellos en voz atrevidamente fuerte, y me pregunto por qué es así un juzgado; por qué un sistema busca de forma intencionada alienar a aquellos que lo necesitan. La puerta se abre y entra una nueva oleada de gente, con actitud incómoda y recelosa. Se me corta la respiración al ver a Anya. Se sienta en primera fila junto al hombre de la chaqueta de cuero, que la coge de la mano.
«Debe recordar que era un niño. Que tenía una madre. Y que su corazón está roto».
La única zona vacía de la sala es la tribuna del jurado, con sus doce asientos innecesarios. Imagino las hileras llenas de hombres y mujeres, escuchando la enumeración de los indicios materiales, viéndome declarar, decidiendo mi culpabilidad. Les he ahorrado todo eso, les he ahorrado el tormento de preguntarse si habrán tomado la decisión correcta, le he ahorrado a Anya ver cómo el dolor por la muerte de su hijo se exhibía por toda la sala. Ruth Jefferson me explicó que eso jugaría a mi favor: los jueces son más benevolentes con quienes les ahorran a los tribunales las costas de un juicio.
—Todos en pie.
El juez es viejo, lleva las historias de miles de familias escritas en su rostro. Su aguda mirada recorre la sala, pero no se detiene en mi persona. Solo soy otro capítulo en una carrera plagada de decisiones difíciles. Me pregunto si ya habrá tomado una decisión respecto a mí, si ya sabe de cuánto tiempo será mi condena.
—Señoría, la fiscalía presenta ante este tribunal su causa contra Jenna Gray… —La secretaria judicial lee el texto de una hoja de papel, con voz clara y precisa—. Señora Gray, se la acusa de un delito de conducción temeraria con resultado de muerte y omisión del deber de socorro a una víctima de accidente. —Levanta la vista para mirarme—. ¿Cómo se declara?
Aprieto la foto que llevo en el bolsillo.
—Culpable.
Se oye un sollozo entrecortado entre el público.
«Se le está rompiendo el corazón».
—Por favor, siéntense.
El fiscal se levanta de su sitio. Coge una jarra de agua de la mesa y se sirve lenta y parsimoniosamente. El sonido del chorro del agua al llenar el vaso es el único ruido que se oye en la sala, y cuando todas las miradas están puestas en él, da comienzo a su discurso.
—Señoría, la acusada se ha declarado culpable de la muerte del niño de cinco años Jacob Jordan. Ha admitido que su conducción aquella tarde del pasado noviembre distaba mucho de ser la conducción que se espera de cualquier persona razonable. De hecho, la investigación policial ha demostrado que el coche de la señora Gray abandonó la calzada y se subió a la acera inmediatamente antes del momento del impacto, y que conducía a una velocidad de entre sesenta y ochenta kilómetros por hora, muy por encima del límite de velocidad de cuarenta y cinco kilómetros por hora.
Junto las manos. Intento respirar despacio, a un ritmo acompasado y regular, pero siento un nudo en el pecho y no consigo inspirar el aire con normalidad. Es como si los latidos de mi corazón me retumbaran en la cabeza. Veo la lluvia en el parabrisas, oigo el grito —mi grito— y veo al niño pequeño en la acera, corriendo, volviendo la cabeza para gritarle algo a su madre.
—Además, señoría, después de atropellar a Jacob Jordan y causarle, según todos los indicios, la muerte en el acto, la acusada no se detuvo. —El abogado miró en torno a la sala, malgastando su retórica sin un jurado al que impresionar—. No se bajó del coche. No llamó para pedir ayuda. No ofreció ningún tipo de auxilio ni consideración por la víctima. En su lugar, la acusada se fue de allí con el coche, dejando a Jacob en brazos de su traumatizada madre.
La mujer se inclinó sobre su hijo, recuerdo, casi tapándolo por completo con el abrigo, protegiéndolo de la lluvia. Los faros del coche iluminaban hasta el último detalle, y me tapé la boca con las manos, demasiado asustada para respirar.
—Se podría atribuir esa clase de reacción inicial, señoría, al estado de shock de la acusada, quien, presa del pánico, huyó con el coche inmediatamente, aunque en ese caso también sería lógico esperar que minutos más tarde, horas tal vez, recobrara la sensatez e hiciese lo correcto. Sin embargo, señoría, en lugar de eso, la acusada se fue de la ciudad y corrió a esconderse en un pueblo a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia, donde nadie la conocía. No se entregó. Puede que hoy se haya declarado culpable, pero lo hace movida únicamente por el convencimiento de que ya no tiene dónde esconderse, y la fiscalía solicita a este tribunal que ese hecho se tenga en cuenta para dictar sentencia.
—Gracias, señor Lassiter.
El juez toma notas en un bloc y el fiscal inclina la cabeza antes de tomar asiento, apartándose la toga al hacerlo. Tengo las palmas sudorosas. Se percibe un odio intenso entre el público.
La abogada defensora reúne sus papeles. Pese a mi declaración de culpabilidad, pese a saber que tengo que pagar por lo que ha ocurrido, de pronto quiero que Ruth Jefferson pelee por mí. Siento náuseas en el estómago al darme cuenta de que esta podría ser la última oportunidad que tengo de hablar. Dentro de unos minutos, el juez habrá dictado sentencia y ya será demasiado tarde.
Ruth Jefferson se levanta, pero antes de que pueda hablar, la puerta de la sala se abre de golpe. El juez levanta la vista con gesto contrariado y de claro reproche.
Patrick parece tan fuera de lugar en aquel tribunal que, por un momento, me cuesta reconocerle. Me mira, visiblemente afectado al verme esposada y dentro de una cabina protegida por un cristal antibalas. ¿Qué hace allí? El hombre que lo acompaña es el inspector Stevens, que saluda al juez brevemente con la cabeza antes de dirigirse al centro de la sala y agacharse para hablar en voz baja con el fiscal.
El fiscal escucha con atención. Escribe una nota y luego extiende el brazo por el banco alargado para pasársela a Ruth Jefferson. Se hace un silencio denso, como si todos los presentes estuvieran conteniendo la respiración.
Mi abogada lee la nota y se levanta despacio.
—Señoría, solicito un breve receso.
El juez King lanza un suspiro.
—Señora Jefferson, ¿tengo que recordarle cuántas causas tengo esta tarde? Ha tenido seis semanas para hablar con su clienta.
—Pido disculpas, señoría, pero ha salido a la luz información que podría constituir un atenuante en la acusación contra mi clienta.
—Muy bien. Dispone de quince minutos, señora Jefferson, después de los cuales confío en poder dictar sentencia sobre su defendida.
Hace una indicación a la secretaria judicial.
—Todos en pie —anuncia esta.
Cuando el juez King sale de la sala, un guardia de seguridad entra en la cabina para llevarme de nuevo a la sala de detenciones.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—No tengo ni idea, señora, pero siempre es lo mismo. Todo el día arriba y abajo como un maldito yoyó.
Me acompaña a la sala cerrada en la que hablé con mi abogada hace menos de una hora. Ruth Jefferson entra casi de inmediato con el inspector Stevens. Ruth empieza a hablar antes de que la puerta se haya cerrado a su espalda.
—Señora Gray, ¿se da cuenta de que obstaculizar la labor de la justicia no es algo que el tribunal se tome a la ligera?
No digo nada y la abogada se sienta. Se remete un mechón de pelo negro debajo de la peluca.
El inspector Stevens rebusca en su bolsillo y saca un pasaporte. No me hace falta abrirlo para saber que es mío. Los miro a él y a mi exasperada abogada y luego extiendo la mano para tocar el pasaporte. Recuerdo cuando rellené el formulario para cambiar mi apellido antes de nuestra boda. Ensayé la firma como cien veces, preguntándole a Ian cuál le parecía una rúbrica más adulta, más acorde con mi personalidad. Cuando llegó el pasaporte, fue la primera prueba tangible del cambio de mi estado civil, y me moría de ganas de enseñarlo en el aeropuerto.
El inspector Stevens inclina el cuerpo hacia delante y apoya las manos en la mesa, con la cara al mismo nivel que la mía.
—No tiene que seguir protegiéndole, Jennifer.
Siento un escalofrío.
—Por favor, no me llame así.
—Cuénteme qué sucedió.
No digo nada.
El inspector Stevens habla con calma, y su voz serena hace que me sienta más segura, más centrada.
—No permitiremos que vuelva a hacerle daño, Jenna.
Así que lo saben. Dejo escapar un lento suspiro y miro primero al inspector Stevens y luego a Ruth Jefferson. De pronto, estoy agotada. El inspector abre una carpeta marrón donde veo escrita la palabra «Petersen», mi apellido de casada. El apellido de Ian.
—Multitud de llamadas —dice—. Vecinos, médicos, gente que pasaba por la calle…, pero nunca usted, Jenna. Usted nunca nos llamó. Y cuando íbamos, se negaba a hablar con nosotros. Nunca presentó ninguna denuncia. ¿Por qué no nos dejaba ayudarla?
—Porque él me habría matado —contesto.
Se produce una pausa antes de que el inspector Stevens vuelva a hablar.
—¿Cuándo fue la primera vez que la pegó?
—¿Eso es relevante? —pregunta Ruth, mirando su reloj.
—Sí —le espeta el inspector Stevens, y ella se recuesta en la silla, entrecerrando los ojos.
—Empezó en nuestra noche de bodas.
Cierro los ojos, recordando el dolor que surgió de la nada y la vergüenza de sentir que mi matrimonio había fracasado antes incluso de empezar. Recuerdo lo cariñoso y tierno que estaba Ian cuando volvió, las delicadas caricias que me prodigaba en la cara dolorida. Le dije que lo sentía y seguí diciéndolo durante siete años.
—¿Cuándo fuiste al albergue de Grantham Street?
Me sorprende la cantidad de información que tiene.
—No llegué a ir. Me vieron los morados en el hospital y me preguntaron por mi matrimonio. No les conté nada, pero me dieron una tarjeta y dijeron que podía ir allí cuando lo necesitase, que allí estaría a salvo. No les creí: ¿cómo iba a estar a salvo tan cerca de Ian? Pero conservé la tarjeta. Me sentía un poco menos sola por el mero hecho de tenerla.
—¿Nunca intentó marcharse? —me pregunta el inspector Stevens. Hay un brillo indisimulado de ira en sus ojos, pero no está dirigida a mí.
—Muchas veces —digo—. Ian se iba al trabajo y yo empezaba a hacer la maleta. Me paseaba por la casa recogiendo recuerdos, decidiendo qué era lo que, siendo realista, podía llevarme conmigo. Lo metía todo en el coche, porque el coche todavía era mío, ¿sabe?
El inspector Stevens niega con la cabeza, sin comprender.
—El coche aún seguía registrado a mi nombre de soltera. Al principio, no era intencionadamente, solo era una de esas cosas que olvidé hacer cuando nos casamos, pero luego se convirtió en algo muy importante. Ian era el dueño de todo lo demás: la casa, el negocio… Empecé a sentirme como si ya no existiese, como si me hubiese convertido en otra de sus posesiones. Así que no llegué a registrar mi coche con mi nuevo apellido. Era algo insignificante, ya lo sé, pero… —Me encojo de hombros—. Lo tenía todo bien metido en la maleta, y entonces lo sacaba y luego volvía a entrar y a colocarlo en su sitio. Todas las veces.
—¿Por qué?
—Porque él me habría encontrado.
El inspector Stevens hojea el expediente. Es asombrosamente grueso y, sin embargo, solo contiene la lista de incidentes que desembocaron en una llamada a la policía. Las costillas rotas y la conmoción cerebral que requirieron una estancia en el hospital. Por cada marca que figurase allí, había montones de otras que no aparecían.
Ruth Jefferson apoya la mano en mi expediente.
—¿Me permite?
El inspector Stevens me mira y asiento. Le pasa la carpeta y ella empieza a examinar el contenido.
—Pero se marchó después del accidente —dijo el inspector Stevens—. ¿Qué fue lo que cambió?
Respiro hondo. Quiero decir que al fin me armé de valor, pero, por supuesto, no era esa la razón en absoluto.
—Ian me amenazó —dije en voz baja—. Me dijo que si se me ocurría ir a la policía, si alguna vez le contaba a alguien lo que había ocurrido, me mataría. Y yo sabía que lo decía en serio. Esa noche, después del accidente, me dio una paliza tan brutal que no podía mantenerme en pie, luego me obligó a enderezarme y me puso el brazo dentro del fregadero. Me echó agua hirviendo encima de la mano y me desmayé del dolor. Luego me llevó a rastras a mi taller. Me obligó a mirar mientras lo destrozaba todo, absolutamente todas las piezas que había hecho.
No puedo mirar al inspector Stevens. Es la única manera de conseguir que me salgan las palabras.
—Ian se fue entonces. No sé adónde. Me pasé la primera noche en el suelo de la cocina y luego me fui arriba a rastras y me metí en la cama, rezando para que me muriese aquella misma noche, para que cuando él volviera ya no pudiera seguir haciéndome daño. Pero no volvió. Pasaban los días y él no regresaba, y poco a poco me fui haciendo más fuerte. Empecé a fantasear con la idea de que se había ido para siempre, pero apenas se había llevado nada de la casa, así que sabía que volvería en cualquier momento. Entendí que si me quedaba allí con él, tarde o temprano me mataría. Y fue entonces cuando me marché.
—Cuénteme qué le pasó cuando atropelló a Jacob.
Me metí la mano en el bolsillo y toqué la foto.
—Nos habíamos peleado. Yo había hecho una exposición, la más importante de mi carrera, y me había pasado días enteros preparándola con el comisario encargado de ella, un hombre llamado Philip. El acto se celebró de día, pero aun así Ian se emborrachó. Me acusó de tener una aventura con Philip.
—¿Y era verdad?
Me sonrojo ante aquella pregunta tan íntima.
—Philip es gay —dije—, pero Ian no quiso creerlo. Yo estaba llorando y no veía bien la carretera. Había estado lloviendo y las luces de los otros coches me deslumbraban todo el tiempo. Él me estaba gritando, llamándome puta y zorra. Fui a través de Fishponds para evitar el tráfico, pero Ian me hizo parar el coche. Me pegó y me quitó las llaves, a pesar de que estaba demasiado borracho para conducir. Iba como un loco, gritándome sin parar y diciéndome que iba a darme una lección. Atravesábamos una zona residencial, por calles muy tranquilas, e Ian conducía cada vez más deprisa. Yo estaba aterrorizada.
Me retuerzo las manos en el regazo.
—Entonces vi al niño. Grité, pero Ian no redujo la velocidad. Lo atropellamos y vi a su madre dando una sacudida como si también la hubiésemos golpeado a ella. Intenté salir del coche, pero Ian cerró con el seguro y dio marcha atrás. No me dejó bajarme.
Respiro profundamente y cuando suelto el aire, sale en forma de un aullido grave.
Se hace un silencio en la reducida habitación.
—Ian mató a Jacob —digo—. Pero era como si lo hubiese matado yo.