37
—¿Necesitas ayuda con algo? —dijo Ray, aunque sabía que Mags lo tenía todo controlado, como siempre.
—Está todo preparado —dijo, y se quitó el delantal—. El chili y el arroz están en el horno, las cervezas están en la nevera y los brownies de chocolate para el postre.
—Suena de maravilla. —Insistió en permanecer en la cocina, aunque no sabía qué hacer.
—Si quieres hacer algo, puedes vaciar el lavavajillas.
Ray empezó a sacar los platos limpios e intentó buscar un tema neutral de conversación que no acabara en discusión.
La reunión de esa noche había sido idea de Mags. Una celebración por que el caso hubiera llegado a buen término, según había dicho. Ray se preguntó si sería su forma de demostrarle que sentía haber discutido con él.
—Quiero volver a darte las gracias por haberlo propuesto —dijo cuando el silencio se hizo insoportable. Levantó la bandeja de la cubertería del lavavajillas y dejó un reguero de agua sobre el suelo. Mags le pasó un trapo de cocina.
—Es uno de los casos más difíciles a los que te has enfrentado —dijo ella—. Deberías celebrarlo. —Le quitó el trapo y lo lanzó al fregadero—. Además, así podéis pasar los tres una noche juntos en lugar de ir al Nag’s Head; venís aquí, coméis algo y os tomáis unas cervezas. Bueno…
Ray captó la crítica, pero no dijo nada. Esa era la auténtica razón para organizar la cena.
Los dos se movían por la cocina como si estuvieran caminando sobre una superficie helada; como si Ray no se hubiera pasado la noche en el sofá; como si el hijo de ambos no tuviera un botín de objetos robados en su cuarto. Ray se arriesgó a mirar a Mags, pero no logró interpretar su expresión y decidió que lo mejor sería seguir callado. Al final, le daba la impresión que se equivocaba siempre, dijera lo que dijese.
Ray sabía que era injusto comparar a Mags con Kate, pero las cosas resultaban mucho más fáciles en el trabajo. Kate jamás parecía resentida, por eso él no tenía que ensayar mentalmente antes de hablar con ella, como hacía siempre que tenía que tratar un tema difícil con Mags.
No estaba muy seguro de si Kate querría acudir a la cena esa noche.
—Entenderé que decidas no venir —le había dicho, pero Kate se había mostrado confundida.
—¿Por qué no iba a querer…? —Se mordió el labio—. Ah, entiendo. —Había intentado ponerse seria como Ray, pero no lo consiguió y le brilló la mirada—. Ya te lo dije, eso está olvidado. Si tú lo llevas bien, yo también.
—Lo llevo bien —había dicho Ray.
Deseó que así fuera. De pronto se sintió muy incómodo imaginando a Kate y a Mags en la misma habitación. Al pasar la noche anterior despierto y tumbado en el sofá, no había conseguido desprenderse de la sensación de que Mags sabía que él había besado a Kate y que la había invitado con la intención de decírselo. Aun sabiendo que a Mags no le iban las escenitas en público, la perspectiva de una confrontación esa misma noche todavía le provocaba sudores fríos.
—El colegio nos ha enviado hoy una carta con Tom —dijo Mags. Eso la sacó de pronto de su actitud tranquila, y Ray tuvo la impresión de que había estado guardándose la noticia hasta que él regresara a casa del trabajo.
—¿Qué dice?
Mags se la saca del delantal y se la entrega.
Queridos señor y señora Stevens:
Agradecería que concertaran una cita para reunirse conmigo en mi despacho y hablar sobre una situación surgida en el colegio.
Atentamente,
ANN CUMBERLAND
Jefe de estudios, centro de educación secundaria Morland Downs.
—¡Por fin! —dijo Ray. Golpeó la carta con el reverso de la mano—. Entonces ¿reconocen que tenemos un problema? ¡Ya era hora, maldita sea!
Mags abrió el vino.
—Llevamos, ¿cuánto? ¿Más de un año? Diciendo que están acosando a Tom. Y ellos ni siquiera se lo habían planteado, ¿verdad?
Mags se quedó mirándolo, y por un momento hizo un mohín y su actitud defensiva desapareció.
—¿Cómo hemos podido no verlo? —Buscó, en vano, un pañuelo de papel que llevaba metido en la manga de la chaqueta—. ¡Me siento como una madre inútil! —Se buscó en la otra manga, pero no encontró nada.
—Oye, Mags, déjalo. —Ray sacó su pañuelo y le enjugó con dulzura las lágrimas que le corrían por debajo de las pestañas—. A ti no se te ha pasado. A ninguno de los dos. Sabíamos que algo no iba bien desde que empezó en ese colegio, y hemos estado insistiéndoles para que lo arreglaran desde el principio.
—Pero no es responsabilidad suya el arreglarlo. —Mags se sonó la nariz—. Nosotros somos los padres.
—Puede ser, pero el problema no está en casa, ¿verdad? Está en el colegio, y quizá ahora que lo han reconocido podrá hacerse algo de verdad.
—Espero que esto no empeore la situación para Tom.
—Hablaré con el agente local de la zona de Morland Downs —dijo Ray—. Veré si puede pasar por el centro y dar una charla sobre el acoso escolar.
—¡No!
La vehemencia de Mags le dejó sin palabras.
—Vamos a colaborar con el centro para resolverlo. No todo tiene que convertirse en un caso policial. Por una vez vamos a mantenerlo dentro del ámbito de la familia, ¿de acuerdo? Preferiría que no hablaras de Tom en el trabajo.
A renglón seguido, sonó el timbre.
—¿Te apetece hacer esto? —preguntó Ray.
Mags asintió, se frotó la cara con el pañuelo y luego se lo devolvió.
—Estoy bien.
Ray se miró en el espejo del recibidor. Tenía la piel apagada y parecía cansado, y sintió la repentina necesidad de pedirles a Kate y a Stumpy que se marcharan, para pasar la noche a solas con Mags. Pero Mags llevaba toda la tarde cocinando; no se sentiría agradecida con él si él no valoraba su esfuerzo. Suspiró y abrió la puerta.
Kate llevaba unos vaqueros y unas botas de caña alta hasta la rodilla, y una camiseta negra con el cuello de pico. Su atuendo no tenía nada especialmente glamuroso, pero parecía más joven y más relajada que en el trabajo, y el efecto general resultaba bastante desconcertante. Ray retrocedió un paso y la invitó a entrar en el recibidor.
—Ha sido una idea genial —dijo Kate—. Muchísimas gracias por haberme invitado.
—Es un placer —dijo Ray. La acompañó a la cocina—. Stumpy y tú habéis trabajado muchísimo estos meses: quería demostraros lo mucho que valoro vuestro esfuerzo. —Sonrió—. Y, para ser sincero, debo decir que ha sido idea de Mags, no sería justo atribuirme el mérito.
Mags reconoció su comentario con una tímida sonrisa.
—Hola, Kate, me alegro de conocerte al fin. ¿Has encontrado bien la casa? —Las dos mujeres se situaron una frente a otra, y Ray se quedó impactado por el contraste entre ambas. Mags no había tenido tiempo de ir a cambiarse, y llevaba la sudadera con manchas de salsa en el pecho. Tenía el mismo aspecto de siempre —cálida, familiar, amable—, pero junto a Kate parecía… A Ray le costaba encontrar la palabra. Menos «refinada». Ray sintió de inmediato una punzada de culpabilidad y se acercó más a Mags, como si la proximidad fuera una forma de sanar la deslealtad.
—¡Qué cocina tan maravillosa! —Kate se quedó mirando la rejilla con los brownies situada a un lado, recién sacados del horno y cubiertos de chocolate blanco. Levantó una tarta de queso que llevaba en un envase de cartón—. He traído un postre, pero me temo que no será nada en comparación con esto.
—Qué bonito detalle —dijo Mags, y se acercó para recibir el paquete de manos de Kate—. Siempre he pensado que los pasteles saben mucho mejor cuando alguien los ha preparado para ti, ¿no crees?
Kate le dedicó una sonrisa de agradecimiento y Ray lanzó un lento suspiro. Quizá la velada no resultara tan incómoda como había temido, aunque, cuanto antes llegara Stumpy, mejor.
—Bueno, ¿qué puedo ofrecerte de beber? —dijo Mags—. Ray está bebiendo cerveza, pero yo estoy tomando vino, por si te apetece más.
—Me encantaría.
Ray gritó por la escalera.
—Tom, Lucy, bajad a saludar, pareja de antisociales.
Se oyeron pisadas que corrían y ambos chavales bajaron por la escalera. Entraron en la cocina y se quedaron de pie en la puerta, con cara de circunstancias.
—Esta es Kate —dijo Mags—. Está formándose como inspectora en el equipo de papá.
Ray abrió los ojos de par en par ante la explicación, pero Kate parecía imperturbable.
—Quedan todavía un par de meses —dijo sonriendo—, y seré una inspectora oficial. ¿Qué tal, chicos?
—Bien —dijeron Lucy y Tom al unísono.
—Tú debes de ser Lucy —dijo Kate.
Lucy tenía el pelo rubio como su madre pero, por lo demás, era clavadita a Ray. Todo el mundo comentaba lo mucho que se parecían ambos niños a él. Ray no veía el parecido mientras estaban despiertos —ambos tenían una personalidad donde se mezclaban cosas de su madre y de él—, pero cuando estaban dormidos, y sus rasgos estaban relajados, Ray veía su propia cara en el rostro de sus hijos. Se preguntó si siempre habría parecido tan agresivo como su hijo lo parecía en ese momento: mirando al suelo como si estuviera enfadado con las baldosas. Se había puesto gomina en el pelo y se había dejado unos cuantos mechones de punta tan cortantes como su expresión.
—Este es Tom —dijo Lucy.
—Di hola, Tom —dijo Mags.
—Hola, Tom —repitió él, y siguió mirando al suelo.
Mags sacudió un trapo de cocina en su dirección, desesperada.
—Perdona, Kate.
Kate sonrió a Tom, y se quedó mirando a Mags para ver si ella iba a obligarlo a seguir allí.
—¡Niños! —dijo Mags. Cogió la bandeja tapada con papel celofán y llena de bocadillos y se la entregó a Tom—. Podéis comer arriba, si no os queréis quedar con los viejos. —Abrió los ojos como platos para fingir espanto al pronunciar la palabra, y eso hizo reír a Lucy. Tom puso cara de circunstancias, y ambos desaparecieron yéndose a su cuarto en un abrir y cerrar de ojos.
—Son buenos chicos —dijo Mags—, gran parte del tiempo. —Acabó la frase en voz tan baja que no quedó claro si estaba diciéndolo para sí misma o para los demás.
—¿Han tenido problemas de acoso escolar? —preguntó Kate.
Ray gruñó para sí mismo. Se quedó mirando a Mags, que evitó mirarlo de forma intencionada. Tensó la mandíbula.
—Nada que no podamos solucionar —dijo Mags con brusquedad.
Ray hizo un mohín y miró a Kate, intentando poner cara de disculpa sin que Mags se percatara de ello. Debería haber advertido a Kate lo sensible que era su mujer con todo lo relacionado con Tom. Se hizo un silencio incómodo, entonces el móvil de Ray emitió el sonido que indicaba que acababa de entrarle un mensaje. Se lo sacó del bolsillo agradecido para sus adentros, aunque se le cayó el alma a los pies en cuanto vio la pantalla.
—Stumpy no podrá venir —dijo—. Su madre ha tenido una nueva recaída.
—¿Está bien? —preguntó Mags.
—Creo que sí; va de camino al hospital. —Ray envió un mensaje a Stumpy, y volvió a meterse el móvil en el bolsillo—. Pues seremos solo nosotros tres.
Kate miró a Ray y luego a Mags, quien se había vuelto para remover la olla de chili.
—Mirad —dijo Kate—, ¿por qué no lo dejamos para otro momento, cuando pueda venir Stumpy?
—No seas tonta —dijo Ray, con tan poco ánimo que sonó falso, incluso a sí mismo—. Además tenemos todo este chili con carne: no podremos acabárnoslo sin ayuda. —Miró a Mags, con ganas de que ella le diera la razón a Kate y se anulase la cena, pero ella seguía removiendo el guiso.
—Desde luego —dijo Mags con tono animado. Entregó un par de manoplas para el horno a Ray—. ¿Puedes sacar la cacerola? Kate, ¿por qué no llevas esos platos al comedor?
No había sitios asignados, pero Ray se sentó sin pensarlo a la cabeza de la mesa, y Kate se colocó a su izquierda. Mags puso el cazo con el arroz sobre la mesa, luego regresó a la cocina a por el cuenco de queso rallado y un recipiente de crema agria. Se sentó enfrente de Kate, y, durante un rato, los tres estuvieron ocupados pasándose las bandejas y sirviéndose sus platos.
Cuando empezaron a comer, el traqueteo de la porcelana hizo que la ausencia de conversación resultara aún más palpable, y Ray intentó pensar en un tema del que hablar. Mags no quería que hablaran del trabajo, aunque tal vez fuera el tema más seguro.
En ese momento, Mags dejó el tenedor en el plato.
—¿Cómo te sientes en el CID, Kate?
—Me encanta. El horario me mata, pero el trabajo es genial, y es lo que siempre he querido hacer.
—He oído que es una tortura trabajar con este inspector.
Ray miró de golpe a Mags, pero ella estaba sonriendo con tranquilidad a Kate. Aunque eso no contribuyó a que se aliviara la incomodidad que iba sintiendo de forma creciente.
—No está tan mal —dijo Kate con una mirada de soslayo a Ray—. Aunque no sé cómo aguantas su caos; su despacho está hecho un desastre. Está todo lleno de tazas de café a medio beber.
—Eso es porque trabajo demasiado para poder bebérmelas enteras —replicó Ray. Que se burlaran a su costa no era un precio muy alto a pagar teniendo en cuenta las circunstancias.
—Él siempre tiene razón, por supuesto —dijo Mags.
Kate fingió pensarlo.
—Salvo cuando se equivoca. —Ambas rieron, y Ray se permitió relajarse un poco—. ¿Está siempre tarareando la banda sonora de Carros de fuego, como hace en el trabajo a todas horas? —preguntó Kate.
—No puedo saberlo —dijo Mags sin acritud—. Apenas le veo. —El ánimo desenfadado se evaporó y, durante un instante, comieron en silencio. Ray tosió y Kate levantó la vista. Él le dedicó una sonrisa de disculpa y ella le quitó importancia al comentario encogiéndose de hombros, pero, cuando él se volvió se dio cuenta de que Mags estaba mirándolos con un ligero fruncimiento del ceño. Soltó el tenedor y apartó su plato.
—¿Echas de menos el trabajo, Mags? —le preguntó Kate.
Todo el mundo preguntaba lo mismo a Mags, como si esperasen que echara de menos el papeleo, las guardias con horarios de mierda, las casas sucias de las que había que salir limpiándose las suelas.
—Sí —respondió sin dudarlo.
Ray levantó la vista.
—¿De veras?
Mags siguió hablando con Kate como si Ray no hubiera dicho nada.
—No echo de menos el trabajo, exactamente, sino a la persona que era entonces. Echo de menos tener algo que contar, algo que enseñar a los demás. —Ray dejó de comer. Mags era la misma persona que siempre había sido. La misma que siempre sería. Llevar una identificación policial no la cambiaría, ¿verdad?
Kate asintió como si la entendiera, y Ray se sintió agradecido por el esfuerzo que ella estaba haciendo.
—¿Te gustaría volver?
—¿Cómo podría hacerlo? ¿Quién iba a cuidar a esos dos? —Mags miró hacia arriba, en dirección al dormitorio de sus hijos—. Por no hablar de él.
Miró a Ray, pero no estaba sonriendo, y él intentó descifrar el significado de la mirada de su mujer.
—Ya sabes lo que dicen: «Detrás de un gran hombre…».
—Es cierto —dijo Ray de pronto, con más vehemencia de lo que la conversación requería. Se quedó mirando a Mags—. Tú consigues que todo esto siga en pie.
—¡El postre! —dijo Mags de pronto, y se levantó—. A menos que te apetezca un poco más de chili, Kate.
—Estoy bien así, gracias. ¿Puedo echarte una mano?
—Quédate aquí, lo tendré listo en un segundo. Recogeré esto y luego iré arriba y me aseguraré de que los chicos no planean ninguna travesura.
Lo llevó todo a la cocina, luego Ray oyó las pisadas escalera arriba y el tenue murmullo de las voces en la habitación de Lucy.
—Lo siento —dijo él—. No sé qué mosca le habrá picado.
—¿Es por mí? —preguntó Kate.
—No, no lo creo. Últimamente está muy rara. Creo que está preocupada por Tom. —Esbozó una sonrisa tranquilizadora—. Será culpa mía, siempre lo es.
Oyeron los pasos de Mags bajando la escalera, y cuando reapareció traía una bandeja con los brownies y una jarra de nata líquida.
—En realidad, Mags —dijo Kate al tiempo que se levantaba—, creo que voy a pasar del postre.
—¿Tal vez algo de fruta? Tengo melón, si te apetece.
—No, no es por eso. Es que estoy muerta. Ha sido una semana muy larga. La cena ha estado muy bien, gracias.
—Bueno, si estás segura… —Mags dejó los brownies en la mesa—. No he llegado a felicitarte por el caso Gray; Ray me ha dicho que ha sido todo gracias a ti. Es algo muy bueno para tu currículo al comienzo de tu carrera.
—Ah, bueno, ha sido un esfuerzo conjunto —dijo Kate—. Formamos un buen equipo.
Ray sabía que ella estaba refiriéndose a todo el equipo del CID, pero ella lo miró mientras lo decía, y él no se atrevió a mirar a Mags.
Se quedaron de pie en el recibidor, y Mags besó a Kate en la mejilla.
—Ven a visitarnos otro día, ¿quieres, Kate? Ha sido genial conocerte por fin. —Ray deseó ser el único que había captado la falsedad en la voz de su mujer. Se despidió de Kate, y vivió un momento de indecisión a la hora de darle un beso o no dárselo. Decidió que sería raro no hacerlo, y la besó tan rápido como pudo, pero percibió la mirada de Mags clavada en él y se sintió aliviado cuando vio que Kate se alejaba por el camino de entrada y llegaba a la cancela, y esta se cerraba tras ella.
—Bueno, no creo que yo pueda resistirme a esos brownies —dijo con una alegría que no sentía—. ¿Tú vas a probarlos?
—Estoy a dieta —dijo Mags. Entró en la cocina y desplegó la tabla de planchar, llenó la plancha con agua y esperó a que se calentara—. Te pondré una tartera en la nevera con el arroz y el chili para Stumpy; ¿se lo llevarás mañana? No habrá cenado bien si ha pasado la noche en el hospital, y no creo que le apetezca ponerse a cocinar.
Ray llevó su cuenco a la cocina y se quedó allí de pie.
—Qué buena eres.
—Es un buen tipo.
—Sí que lo es. Trabajo con un equipo de personas maravillosas.
Mags permaneció en silencio durante un rato. Cogió un par de pantalones y empezó a plancharlos. Cuando habló, lo hizo con despreocupación, aunque presionó con fuerza la punta de la plancha sobre la tela.
—Es guapa.
—¿Kate?
—No, Stumpy. —Mags se quedó mirándole, exasperada—. Claro que Kate.
—Supongo. No me había fijado nunca. —Era una mentira ridícula; Mags lo conocía mejor que nadie.
Ella enarcó una ceja, pero Ray se sintió aliviado al verla sonreír.
Él se arriesgó a provocarla con un comentario.
—¿Estás celosa?
—Ni una pizca —dijo Mags—. De hecho, si se encarga de planchar, puede venirse a vivir aquí.
—Siento haberle contado lo de Tom —dijo Ray.
Mags presionó un botón de la plancha y el chorro de vapor salió con un silbido y humedeció los pantalones. Ella dejó la vista clavada en la plancha mientras hablaba.
—Te encanta tu trabajo, Ray, y me encanta que te encante. Eso forma parte de ti. Pero es como si los niños y yo nos quedáramos en un segundo plano. Me siento invisible.
Ray abrió la boca para protestar, pero Mags negó con la cabeza.
—Hablas más con Kate que conmigo —dijo—. Lo he visto esta noche; esa conexión que hay entre vosotros. No soy idiota, ya sé qué se siente cuando trabajas tantas horas con alguien: hablas con esa persona, por supuesto. Pero eso no significa que no puedas hablar también conmigo. —Disparó un nuevo chorro de vapor y deslizó con más fuerza la plancha sobre la tabla, de atrás hacia delante, de atrás hacia delante—. Nadie ha llegado a su lecho de muerte deseando haber estado más tiempo en el trabajo. Pero nuestros hijos se hacen mayores y tú estás perdiéndotelo. Y dentro de muy poco ellos se habrán ido y tú te jubilarás, y estaremos tú y yo solos, y no tendremos nada que decirnos.
Ray pensó que no era cierto e intentó encontrar algo que decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta y negó con la cabeza como si pudiera hacer desaparecer lo que Mags acababa de decir. Creyó oírla suspirar, aunque podría haber sido otro resoplido del vapor de la plancha.