Capítulo 24

Los días siguientes cabalgaron en silencio. Solo Amy y Antílope Veloz parecían cómodos con la situación. Por las noches, Cazador acampaba lejos de los otros. Ahora, cuando empezaba a poner las estacas, Loretta no tenía miedo, sino una ansiedad por experimentar lo que venía a continuación. Se odiaba por esto, pero solo hasta que Cazador le robaba el sentido. Después, se olvidaba de todo excepto de estar entre sus brazos.

Pasado el momento de placer, Loretta no sentía sino una profunda resignación. Le parecía increíble poder responder de forma tan irracional a las caricias de Cazador. Él la amaba, pero en su opinión se trataba de un amor superficial y centrado en él mismo. Intentaba hacerla feliz, pero solo cuando sus deseos no entraban en contradicción con los de él. Si volvía a escaparse, él volvería a ir en su busca.

Una de esas noches, Loretta se puso a observarle el perfil, recordando aquella noche en la que le había entregado la peineta, en lo feliz que estaba por haber podido darle algo tan hermoso. ¿Una prueba de amor? Cada vez que pensaba en ello, le daban ganas de vomitar. No había futuro para ellos. No en ese poblado, y él nunca dejaría a su gente.

Cazador se giró hacia ella y le rodeó la cintura con el brazo. A la luz de la luna, sus ojos eran dos gotas negras.

—Ojos Azules, todo irá bien. Confía en este comanche.

—¿Cómo puede ser así, Cazador?

—Yo haré que sea así. —Le rozó el labio superior con el dedo.

Confiar. Su voz, su caricia suave… fundían su resistencia, la hacían sentirse cálida y líquida, sin voluntad. Cerró los ojos. Dentro de cuatro días, tal vez menos, estaría de vuelta en el poblado de Cazador.

—Cazador, ¿por qué me has atado esta noche otra vez? ¿Durante cuánto tiempo piensas seguir haciéndolo?

—Hasta que mi caricia se te quede grabada en el corazón.

—Ah, Cazador, ya está grabada en mi corazón. Cuando huí no lo hice por miedo.

—Me dijiste «hola, hites» con un rifle. No volverás a tener miedo. Ira, quizás odio, pero no miedo. —Trazó con el nudillo la línea de su cuello—. Me hiciste una pintura con tus recuerdos. Ahora, yo hago nuevos recuerdos, para que sean mucho mejores.

Perpleja, Loretta observó su rostro oscuro. Entonces se dio cuenta de que estaba hablando de los recuerdos acerca de la muerte de su madre, de los comanches, las estacas, esos horribles minutos antes de su muerte. Estaba deliberadamente evocando estos recuerdos, para borrarlos y sustituirlos por unos llenos de amor. Cuando pensaba en estacas ahora, pensaba en las sensaciones que le recorrían la espalda, en los dulces besos que le daba a la luz de la luna, en sus maravillosos brazos rodeándola.

Se puso a llorar.

—Gracias por los nuevos recuerdos, Cazador. Son muchísimo mejores.

Él le acercó la cara.

—Este comanche quiere que haya más recuerdos.

Ella respiró con fuerza.

—No puedo, ¿no lo ves? Decirte que sí es rendirme a todo lo que soy.

Él le cogió las muñecas con sus manos de hierro.

—Por esto también es por lo que te ato. —Se pegó a sus labios, encendiéndole todo el cuerpo—. ¿Harás la guerra mañana?

La pregunta la susurró en sus labios, con un aliento cálido y dulce. Le tocó la lengua con su lengua y el corazón de Loretta se elevó al notar el cuidado que ponía al hacerlo. Mañana. No parecía tan lejos para luchar. Esta noche no podía evitar amarle… una última vez.

«Nuevos recuerdos que fueran mucho mejores.» Cazador le proporcionó cientos de recuerdos nuevos en los días que siguieron. Para cuando llegaron al poblado, ella había aceptado algo muy importante. Sabía que no podía ser feliz viviendo allí, y se negaba a pretender que lo era, pero sabía también que no podía hacer cambiar de idea a Cazador. La mantendría a su lado, provocándole guerras de sensaciones y recuerdos, hasta que el pasado se convirtiese en un recuerdo borroso que solo la persiguiese en contadas ocasiones.

Una de estas ocasiones tuvo lugar unos días después de su regreso. Esa noche Búfalo Rojo y sus amigos volvieron al campamento con un grupo de guerreros de otra tribu. Cazador, que percibió el peligro, se dirigió al fuego central.

El rostro desfigurado de Búfalo Rojo se contrajo al ver a Cazador. Con un tono mordaz, dijo.

—Venimos a advertir del peligro. Un grupo de tosi tivos se ha unido y exigen el regreso de algunos rehenes capturados en los últimos ataques.

El suelo pareció desaparecer bajo los pies de Cazador.

—Entonces libera a los rehenes.

Búfalo Rojo bajó los ojos.

—No podemos.

—¿Están muertos? —Cazador dio un paso adelante—. Búfalo Rojo, dime que no tienes nada que ver con esto.

Búfalo Rojo agarró a Cazador por el brazo. Cazador pudo ver la culpa marcada en la cara de su primo. Búfalo Rojo intentó hablar, pero no pudo y dejó caer la mano. Cazador supo entonces que por fin había empezado a darse cuenta de la gravedad de las consecuencias que sus acciones podían acarrear.

Aunque Búfalo Rojo no le dijo nada más, Cazador se quedó junto al fuego, con la esperanza de recabar algo más de información. Todo lo que oyó fueron palabras de miedo. Si las cosas estaban tan mal como los hombres que acababan de llegar parecían creer, su pueblo tenía un serio problema. Los granjeros tosi tivo habían contratado a pistoleros del Este, de un lugar llamado Arkansas, para luchar hasta que los rehenes blancos fueran liberados.

Cuando los visitantes se marcharon, Búfalo Rojo y sus huéspedes se quedaron en la parte de detrás del poblado.

—¿Cazador? —llamó Búfalo Rojo.

Cazador se giró y esperó a que su primo le alcanzara.

—¿Qué preparas esta vez? ¿Tienes la cabellera de su madre? Eso sería un buen regalo.

Búfalo Rojo se puso blanco y miró a los árboles.

—He cometido un gran error. Derrama mi sangre si es tu deber, pero no me arranques de tu corazón, primo.

A Cazador se le hizo un nudo en la garganta. Al mirar a Búfalo Rojo no podía ver a un asesino, sino a un hombre que había arriesgado su vida por él en tantas ocasiones que los dos habían perdido la cuenta.

—Te arranqué de mi corazón la noche en que mi mujer lloró sobre el regalo de boda que yo le di.

Las lágrimas cubrieron los ojos de Búfalo Rojo.

—Haré las paces con ella, si me dices cómo.

Aunque Cazador temía la respuesta, necesitaba hacer la pregunta.

—Tú mataste a su madre y a su padre, ¿verdad? No más mentiras, Búfalo Rojo, solo la verdad.

La carne marcada de Búfalo Rojo se contrajo a la altura de sus mejillas.

—¡Sí, ellos no eran nada para mí, Cazador! Un tosi tivo y su pelo amarillo. ¡Yo no puedo ver el mañana! ¡Cómo podía saberlo!

Cazador cerró los puños, recordando la foto de Rebecca Simpson, con una cara tan parecida a la de Loretta.

—¿Hiciste todas esas cosas a su madre? ¿Fuiste tú? Esa no es la forma en la que nuestros padres caminan.

—Es la forma en la que muchos hombres caminan. Nunca les has vuelto la cara a ellos, Cazador. ¿Por qué me la vuelves a mí?

—Tú torturaste a la madre de mi esposa. Ellos no.

—¿Crees que cabalgaba solo?

Cazador se preparó.

—¿Quién más estaba allí?

—Ese es mi secreto. Ya he cometido demasiados errores. No te robaré también a tus amigos. ¿Importa eso? Si pudiéramos volver atrás en nuestros pasos, ¿crees que volveríamos a hacer esa incursión otra vez? Sabes que no lo haríamos.

—Tal vez sea así, pero eso no cambia nada. Mataste a la madre de mi mujer.

—¡Yo maté a una blanca de pelos de miel! Ella no era nada para mí. ¿He tocado a esa que se llama Aye-mee? Podía haberlo hecho. He tenido muchas ocasiones para hacerlo.

—¡Envenenaste el corazón de mi mujer contra mí! Incluso ahora quiere irse. ¿Por qué me diste esa peineta?

Búfalo Rojo empezó a temblar.

—Quería aceptarla. Estaba claro que tú sentías un gran amor por ella. Sabía que me darías la espalda si seguía causándote problemas. Cuando te fuiste a buscar a la niña, intenté tratarla con amabilidad, hacerme su amigo y esperaba que nunca llegase a reconocerme.

—¿Y después cambiaste de idea? ¿Por qué?

—¡La peineta! —Búfalo Rojo levantó las manos como si suplicara—. Estaba en el fuego de Guerrero, jugando con ellos. La miré y le dediqué la mejor de mis sonrisas. ¡Y entonces la vi! Encima de su bolsa negra, luz de luna sobre el agua, igual a la peineta que yo tenía. Supe entonces que un día se la pondría o se la enseñaría a alguien. Y cuando lo hiciese, alguien recordaría la peineta que yo había cogido en aquel ataque. Te habrías enterado de la verdad.

—¿Que habías matado a su madre?

—¡Sí! Sabía que si eso ocurría, ella te daría la espalda. Que te perdería. Estuvo mal, mentirte así, pero sabía que ella se iría si averiguaba que fueron los hombres de este poblado los que mataron a sus padres. —Búfalo Rojo cogió otra vez a Cazador del brazo—. Te di la peineta para que ella se fuese antes de que fuese demasiado tarde, antes de que la dejases embarazada. Te olvidarías de ella con el tiempo y me perdonarías. Mi esposa está muerta. Mi hijo está muerto. Mis padres están muertos. ¿Debo perder a otro en manos de los tosi tivo?

Cazador respiró hondo y espiró lentamente.

—Búfalo Rojo, cuando mi mujer te dé la mano de la amistad, serás bienvenido a mi tienda. Mientras tanto, camina un camino de tristeza. Es el que has elegido.

—Nunca elegí caminar lejos de ti, nunca.

Aunque necesitó de toda su fuerza de voluntad para hacerlo, Cazador quitó la mano de Búfalo Rojo de su brazo.

—Camina un nuevo camino. Toma una mujer. No tienes que estar solo si no quieres. —Con un ligero movimiento de cabeza, Cazador dirigió la mirada de Búfalo Rojo hacia la mujer que permanecía al otro lado del fuego, avivando las llamas. Cuando ella levantó los ojos y vio que Búfalo Rojo la miraba, enrojeció y se sintió tan cohibida que dejó caer la leña que llevaba en los brazos.

—¿Estrella Brillante? —susurró Búfalo Rojo.

Cazador se alejó caminando y dejó que Búfalo Rojo interpretase lo que quisiese.

De vuelta a la tienda, mandó a Amy a buscar a Antílope Veloz y sentó a Loretta junto al fuego para hablar con ella. Primero le dio las malas noticias que Búfalo Rojo y los otros habían traído. Después, con mucho cuidado, sacó el tema de Búfalo Rojo y sus deseos de hacer las paces. Loretta le volvió la cara.

—¿Cómo te atreves siquiera a preguntármelo? ¿Cómo te atreves?

Cazador le cogió de la barbilla para que lo mirara.

—Búfalo Rojo ha tenido una vida muy dura, pequeña. Está partido, como un árbol tumbado por el viento. Su mujer, su hijo, sus padres, todos murieron a manos de los tosi tivo. Tú has llorado, él ha llorado. Las lágrimas deben acabarse. ¿No hay perdón en tu corazón?

—Pides algo imposible —le quitó la mano de su cara—. Estoy aquí porque me obligas a estarlo. Estoy siendo educada con tu gente porque me obligas a serlo. Búfalo Rojo es otra cosa. Si se acerca a esta tienda, lo mataré.

Cazador la miró a los ojos, sin decir nada.

El dolor que vio en sus ojos indicó a Loretta lo mucho que lo hería con estas palabras, lo mucho que amaba a Búfalo Rojo y que siempre lo amaría, por mucho mal que hubiese hecho. ¿Pero perdonarle? El mero pensamiento le parecía inconcebible.

Cogiéndose las manos, Loretta se apretó con ellas la cintura.

—¿Me amas, Cazador? ¿Me amas de verdad?

—Mi amor por ti es grande.

—Entonces sácame de aquí —le susurró con pasión—. Es la única forma de que tengamos un futuro juntos. La única forma. Por favor, ¿pensarás en ello? Si me amas, si de verdad me amas, no me torturarás de esta forma.

Las palabras de la profecía volvían a golpearle. Levantó una mano para acariciar el pelo a Loretta, dejándose llevar por la fascinación que le producía hundirse en el azul de su mirada. Como la canción predijo, ella había dividido su corazón comanche. Solo unos momentos antes le había vuelto la espalda a su amigo de toda la vida. Ahora le pedía que volviese la espalda a su gente.

—Ojos Azules, no puedo irme.

Las lágrimas nublaron los ojos de Loretta.

—Te amo Cazador, pero los gritos de mi madre me llaman. Nunca me veré libre de ellos, no si me quedo aquí. Una mañana te despertarás y ya no estaré aquí. Y me aseguraré de que esta vez no puedas encontrarme nunca. —Él empezó a hablar, pero ella le hizo callar, tocándole los labios con la boca—. No. Tus amenazas vacías no me mantendrán aquí. No me pegarás. —Movió la mano y se la puso en su mejilla—. ¿Crees que no sé ya esto?

Él le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia su pecho para hundirle la cara en el hueco de su hombro.

—No es costumbre que un comanche pegue a su mujer —carraspeó—, como tampoco es costumbre dejar que se vaya.

Ella giró la cara para tocarle el cuello con los labios.

—Haz un recuerdo hermoso conmigo, Cazador —le susurró con voz ronca—. Uno más.

Apretándola por la cintura, Cazador se tumbó con ella sobre las pieles. Nunca antes había tomado ella la iniciativa. Le tembló la mano al recorrer su espalda. «Haz un recuerdo hermoso conmigo, Cazador.» Mientras bajaba la cabeza para besarla, se preguntó por qué estas palabras le habían sonado a despedida. «Uno más.»

Loretta se despertó poco después del amanecer, sola en un nido de pieles. Tenía el vago recuerdo de Cazador llevándola a la cama después de hacerle el amor por última vez. Se incorporó, cubriéndose el pecho con la piel de búfalo. Su ropa la esperaba cuidadosamente doblada a los pies de la cama, con los lazos para hacerse las trenzas. A Cazador le fascinaba su pelo rubio, y nunca le había hecho el amor sin deshacerle primero las trenzas. Una sonrisa triste se dibujó en su boca. Cazador, el típico indio descuidado, doblándole la ropa a su mujer tosi. ¡Se había equivocado en tantas cosas!

Se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas, con la mirada perdida en las sombras, atenta a los sonidos del poblado. Una mujer llamaba a su perro.

En algún lugar, lloraba un niño. Había un olor a carne asada que llenaba el aire. «Sonidos familiares, olores familiares, las voces de sus amigos.» ¿Cuándo se había convertido este poblado en su casa?

Loretta cerró los ojos y buscó desesperada algo en su interior que le devolviera su identidad y sus recuerdos. Pero la sociedad de los blancos había dejado de ser una realidad para ella. Cazador se había convertido en el eje de su mundo, Cazador y su gente. Amy yacía dormida en el jergón, a corta distancia de donde ella estaba. Loretta podía oír su respiración homogénea. «Amy, tía Rachel, casa.» ¿Podría volver a casa ahora y recuperar las riendas de su vida?

La respuesta no se hizo esperar mucho. La vida sin Cazador no sería vida. Y sin embargo, ver a Búfalo Rojo, día sí y día no, le resultaba inconcebible.

Apartando las pieles de búfalo, Loretta salió de la cama y se vistió rápidamente. La única forma de empezar el día era ignorar la existencia de Búfalo Rojo y concentrarse en Cazador. Había un fuego que hacer y un desayuno que preparar.

Después de verter agua del zurrón al lavamanos, Loretta se lavó la cara, se peinó y se recogió el pelo en una única trenza que le cayó por la espalda.

Fuera, la mañana traía un aire fresco y cargado de humedad. Los pájaros trinaban desde los árboles de hibiscos cercanos, creando una cacofonía de sonidos. Loretta se detuvo a la entrada de la tienda y bajó la mirada. Solo quedaban dos leños para el fuego. Tendría que ir a por más si quería mantener el fuego durante un tiempo.

Arrodillándose en la chimenea, desenterró los trozos de carbón de la noche anterior y colocó trozos de madera sobre ella, añadiendo paja como yesca. Se agachó un poco más y sopló sobre el conjunto hasta que los trozos de carbón empezaron a enrojecer y prendieron en la paja. Después se levantó y colocó los leños sobre las parpadeantes llamas.

A su espalda, oyó un ruido metálico. Se dio la vuelta esperando encontrarse con su marido. En vez de eso se encontró directamente con la mirada negra de Búfalo Rojo. Por un instante, dejó de palpitarle el corazón. Lo miró de frente. Él le devolvió la mirada. Llevaba los brazos cargados de leña y había puesto un leño a sus pies. Lentamente se agachó y empezó a descargar el resto.

Al final Loretta pudo decir.

—¡Vete de aquí!

—Te traigo leña —contestó él en voz baja.

Hasta Loretta sabía que los guerreros no se ofrecían para traer leña. Era trabajo de mujeres. Búfalo Rojo se estaba humillando ante ella, tratando de hacer las paces. No le importaba.

—No quiero tu sucia leña. Cógela y vete.

Él siguió con su tarea como si no la hubiese oído. A Loretta se le agolpó la rabia en la garganta. Se puso de pie y caminó hacia él.

—¡He dicho que te vayas de aquí! ¡Llévate la maldita leña contigo!

Cuando ella quiso llegar hasta él, Búfalo Rojo ya había terminado de descargar la leña y se levantaba para marcharse. Era al menos una cabeza más bajo que Cazador, pero a su lado, Loretta parecía una enana. Ella se echó atrás, atónita, preguntándose si él sería capaz de oler su miedo. El indio inclinó la cabeza en señal de saludo y se alejó caminando.

—¡He dicho que te lleves la leña contigo! —le gritó—. ¡No la quiero! —Cogió un leño y se lo lanzó. Terminó en el suelo y rebotó, dándole en la pantorrilla. Él se detuvo y se giró, con la cara impasible mientras ella tiraba el resto de los leños en su dirección.

Sin decir nada, empezó a recogerlos. Para desconcierto de Loretta, volvió a la chimenea y empezó a colocarlos otra vez en una ordenada pila. Por el rabillo del ojo, Loretta vio que los vecinos empezaban a congregarse alrededor para ver lo que pasaba. Empezaron a arderle las mejillas. No podía creer que Búfalo Rojo estuviera humillándose de esa manera.

—No —dijo con rabia—. ¡Vete, Búfalo Rojo! ¡Vete!

Él levantó la cabeza. Las lágrimas rodaban por sus desfiguradas mejillas.

—Cazador me ha arrancado de su corazón.

—¡Me alegro! ¡Eres un animal!

Búfalo Rojo se estremeció como si le hubiese dado un puñetazo.

—Me ha prohibido entrar en su tienda hasta que me estreches tu mano de amiga.

—¡Nunca! —Horrorizada, dio un paso atrás—. Nunca, ¿me has oído?

Búfalo Rojo se levantó lentamente, limpiándose las manos en los pantalones.

—Es mi hermano, mi único hermano.

—¿Esperas que me compadezca de ti? ¿Cómo te atreves siquiera a acercarte? ¿Cómo te atreves…?

Se le quebró la voz. Dio media vuelta y se metió en la tienda. Sin ver a Amy, que estaba sentada en el jergón, Loretta se tiró en la cama. Con los puños cerrados, sofocó el llanto contra las pieles. El odio la oprimía, caliente, horrible y venenoso. Se estremeció. «¿Estrecharle la mano de amiga?» Jamás, no mientras viviese.

Cazador volvía de bañarse en el río y vio parte de la confrontación entre Loretta y Búfalo Rojo. Al recordar el ultimátum que Loretta le había dado la noche anterior, dio media vuelta y volvió al río, demasiado agitado como para enfrentarse a su esposa antes de pensar ciertas cosas.

Con paso lento y continuo, siguió el curso del río hasta estar lo suficientemente lejos del poblado como para poder descargar un poco la tensión que le oprimía. Se sentó bajo un hibisco y apoyó la espalda contra el tronco plateado, con la vista perdida en el agua. Dejó que su mente vagase junto a ella, hasta algún lugar lejano. La brisa era fresca y el cielo tenía un color grisáceo con rayas rosas. Inhaló el olor a hierba y tierra, unos olores familiares que le reconfortaban. Los pájaros parecían celebrar el nuevo día sobre su cabeza.

Deseó haber salido de caza con los otros esa mañana. El peligro, la tensión incesante de un búfalo acorralado, le hubiese aclarado la mente. Tenía que tomar una decisión sobre Loretta, y tenía que hacerlo pronto. Unos dedos crueles le estrujaban el corazón. ¿Su gente o Loretta? Los rostros de sus padres pasaron ante sus ojos. Después le siguieron otros: Mirlo, Niña Pony, Tortuga, Guerrero, Doncella de la Hierba Alta y Búfalo Rojo. Por mucho que los amase, había terminado por amar más a Loretta. ¿Cuándo le había ocurrido?

Había dicho una vez a Loretta que no sería nada sin su gente, y era cierto. Daría todo lo que tuviera por estar con ella. Aun así, ¿cómo podría vivir sin su pueblo? La profecía se había cumplido. Sin ella, no había mañanas. ¿Cómo podía un hombre vivir sin mañanas?

Suspiró y cerró los ojos. Desde el mismo momento en que ella había salido de la casa de madera, el camino que les esperaba había estado marcado, pero él había sido demasiado ciego para verlo. Una mujer tosi y un comanche, con unos pasados grabados en sangre y lágrimas, tenían pocas posibilidades de poder vivir felizmente entre cualquiera de las dos razas. Para ser uno, debían caminar solos, lejos de su gente.

¿Pero dónde? Cazador no tenía las respuestas. ¿Al oeste, como vaticinaba la profecía? Este pensamiento le asustaba. ¿En las grandes montañas? Él se había criado en los espacios abiertos, donde se podía ver el mañana, con el soplo del viento del norte. ¿Qué cazaría? ¿Y cómo? No sabría qué raíces ni qué frutos secos coger. No sabría cuáles son las plantas buenas para curar, ni las que son malas. ¿Se atrevería a llevar a una mujer a una tierra desconocida, sin saber si sería capaz de alimentarla, de cuidar de ella, de protegerla? ¿Y si tenían un hijo? «El invierno, el tiempo en el que los niños lloran.» ¿Cómo podría mantenerse erguido como un hombre si dejaba morir de hambre a su familia?

Cazador abrió los ojos y se incorporó, pasándose los dedos por el pelo húmedo. Al mirar al cielo, buscó al dios de Loretta, a ese Padre Todopoderoso a quien ella agradecía la comida. Al principio le habían incomodado sus plegarias. Su dios no le traía la comida. Era su marido el que lo hacía. Loretta le había explicado que su dios le guiaba también a él para que pudiera cazar con éxito.

¿Estaba su dios allí en el cielo como ella creía? ¿Oía de verdad los susurros de los hombres, sus pensamientos? Cazador podía ver a sus propios dioses, a la Madre Tierra, a la Madre Luna, al Padre Sol, al viento que soplaba en las cuatro direcciones. Era fácil creer en lo que estaba a la vista. ¿Por qué el dios de Loretta se escondía? ¿Tan feo era? ¿Se escondía solo para los comanches? Loretta decía que él era el padre de todos, incluidos los indios.

Cazador se sintió en paz. Con tantos dioses, los suyos y los de ella, estaba claro que estarían bien protegidos. Con el cuerpo relajado, se rindió al destino. Los dioses los guiarían. El dios de Loretta guiaría sus pasos para cazar cuando los suyos le fallasen. Juntos, Loretta y él encontrarían un nuevo lugar donde los comanches y los tosi tivo pudiesen vivir como uno, un lugar donde Cazador pudiese cantar las canciones de sus antepasados y mantenerlos vivos.

Cazador se levantó y encaminó sus pasos de vuelta al poblado, con la decisión tomada y el corazón partido al darse cuenta de que la profecía había predicho este momento mucho tiempo atrás.

El estallido de un arma y un grito agudo hizo levantar a Loretta de la cama de un brinco. Girándose, clavó horrorizada los ojos en la entrada de la puerta, desconcertada por el tumulto de ruido, gritos, gente corriendo, disparos y voces de hombres blancos. ¡Un ataque! El miedo la sorprendió de tal modo que hubo un instante en que sus piernas no le respondieron. Entonces vio el camastro vacío de Amy. ¡Dios mío!

Se movió hacia la puerta, con la cabeza diciéndole que se diese prisa. Sin embargo, sus movimientos eran desesperadamente lentos. Correr, correr como pudiera, pasar entre los gritos y el hedor a muertos y encontrar a Cazador y a Amy. Abrió la cortinilla y salió al exterior, recorriendo con la vista una y otra tienda, incapaz de procesar lo que veía. Hombres blancos, humo, caballos a la carrera, ¡sangre!

—¡Cazador! ¡Amy!

Se balanceó hacia delante. Una mujer pasó por su lado corriendo. Gritaba el nombre de su hijo y golpeó a Loretta hasta hacerle perder el equilibrio.

—¡Amy! ¡Cazador! Hah-ich-ka ein, ¿dónde estáis?

La voz de Loretta se perdió en una confusión de ruido. Tropezó con algo y miró al suelo. Un niño pequeño yacía con las piernas abiertas a sus pies, el pecho bañado de rojo, los ojos marrones fijos en el cielo, listo para morir.

—¡Ay, dios mío!

Tropezando, Loretta se agarró la garganta, incapaz de apartar los ojos del muchacho. Cuatro años, tal vez menos, abatido por la bala de un hombre blanco. Se estremeció. Mirase donde mirase veía muerte, y le costaba creerlo. Los blancos no hacían cosas así. ¡No podían!

—Amy, ¿dónde estás? ¿Hah-ich-ka ein?

Loretta corrió por el camino que separaba las tiendas. Un caballo cargó contra ella, el brillo del metal en alto. Levantó un brazo y se apartó, convencida de que el sable iba a partirla en dos. Al ver que la hoja no llegaba, bajó el brazo. El hombre, más sucio que moreno, tenía el pelo largo y grasiento. Llevaba botas altas, cubiertas de polvo y puestas por fuera de unos pantalones morados brillantes. De una de las botas sobresalía la empuñadura de un cuchillo. Del cinturón le caían dos grandes revólveres. ¿Un matón de la frontera? Loretta había oído historias sobre ellos, pero si este era uno de ellos, estaba bastante lejos de su casa. Era más del tipo de escoria blanca que podía echar raíces en cualquier sitio. Le llamaron la atención sus delgadas y crueles facciones. El mundo a su alrededor giró como en un caleidoscopio de color.

—¡Una mujer blanca!

Loretta lo miró a los ojos, conmocionada por lo absurdo de la situación. Se dio media vuelta y corrió entre el tumulto de cuerpos amontonados, hombres, mujeres, niños… todos corriendo para salvar la vida. Había tosi tivos por todos lados, el ruido de sus armas era ensordecedor. Delante de Loretta, una joven india corría en zigzag aterrorizada, tratando de escapar del jinete que la perseguía con el sable en alto. A la espalda llevaba un niño sujeto con un pañuelo. El matón blandió la espada en un movimiento mortal, y la mujer cayó de cara al suelo. El hombre detuvo el caballo y lo hizo cabalgar en un círculo alrededor de su cuerpo, levantando la hoja ensangrentada para utilizarla en la siguiente víctima. Loretta gritó y gritó.

—¡No! ¡Al niño no! ¡Díos mío, no!

Extrañado por la voz, el hombre giró la cabeza y se quedó absorto al ver el pelo de Loretta. A juzgar por su expresión, se quedó estupefacto de ver a una mujer blanca. Dudó un momento. El suficiente para que Loretta se lanzara sobre el niño, rezando entre sollozos. El hombre levantó el sable y se quedó mirando a la mujer que desataba el pañuelo y cogía al niño en brazos. El niño agitó sus pequeños puños al aire. Loretta lo apretó contra su pecho y salió de allí corriendo.

«Escóndele.» Este pensamiento le sobrevino como una letanía. Miró entre las tiendas y después se dirigió al bosque. Los arbustos le pegaron en la cara. Pasó por ellos protegiendo al niño con los brazos. Al llegar a un árbol caído, se agachó en el hueco que había en el suelo detrás de él. Se aseguró después de que nadie los había seguido. Puso al niño entre las hojas, cubriéndole con ellas y rezando para que sus gritos no guiasen a los blancos hasta allí.

No había tiempo de pensar nada más. Conducida por la desesperación, Loretta corrió de vuelta al poblado, mareada al ver tanto horror a su alrededor mientras buscaba a Amy y a Cazador. Por todos lados había cuerpos. Bordeó un tipi y se encaminó hacia la tienda de la madre de Cazador, con la esperanza de que Amy hubiese estado allí cuando el ataque comenzó. Mientras corría por el claro central vio a Muchos Caballos, el padre de Cazador, que corría en medio del barullo para agarrar a una niña que permanecía paralizada por el terror, de pie, llamando a sus padres a gritos.

Justo en el momento en el que Muchos Caballos cogía a la niña, se oyó el disparo certero de un rifle. Una mancha roja cubrió el pecho del hombre. Se tambaleó, llevándose la mano a la herida y mirando con ojos incrédulos la sangre que caía entre sus dedos. Después se desplomó en el suelo, con un brazo levantado hacia la niña, que había empezado a dar patadas al suelo, frenética. Su salvador estaba muerto y su asesino volvía a atacar, esta vez contra ella.

Loretta se lanzó en una carrera mortal para salvar a una niña indefensa. Su mente había dejado de asimilar lo que ocurría. Esto no podía ser real. Nada de esto podía serlo. Cazador, ¿dónde estaba Cazador? Loretta llegó hasta la niña y la cogió en brazos.

Era una matanza. Entumecida, incapaz de pensar, Loretta apretó a la niña que lloraba contra su pecho, recorriendo con la vista el lugar, tratando de localizar a Cazador entre los cuerpos, a Amy, a Doncella de la Hierba Alta y a sus hijos. Oyó un leve gemido y se dio cuenta de que el sonido salía de su propia garganta.

La Que Tiembla yacía ante su tienda, con una cuchara de madera en la mano, los ojos abiertos sin ver. Hombre Viejo, con un tiro en la espalda. Cerdo, que corría hacia Loretta, con la expresión desencajada y el pelo largo al viento.

—¡Toniets! —Rugió mientras estiraba el brazo hacia ella, la voz casi imperceptible entre el estruendo de las balas—. ¡Toniets! ¡Namiso!

¡Corre, rápido! ¡Ahora! Las palabras llegaban al cerebro de Loretta y se quedaban allí congeladas.

—¡Muchos Caballos! ¡Cerdo, no podemos dejarle!

—¡Ein habbe we-ich-ket! —rugió—. ¡Buscas la muerte! ¡Toniets, corre! ¿Nah-ich-ka, me oyes?

Tenía que encontrar a Amy y Cazador.

—Cerdo, ¿dónde está Cazador? ¿Está Amy con él? ¡No puedo encontrarlos! ¡No puedo encontrarlos!

—¡A los árboles! ¡Ella corrió a los árboles! —Cerdo estiró un brazo en la dirección en la que Amy había corrido—. ¡Ve! ¡Namiso, mujer! ¡Cazador no está aquí!

Con la niña aún en los brazos, Loretta salió disparada. ¡Toniets, corre rápido! ¡Namiso, ahora! Los dos idiomas danzaban en su cabeza, como un zumbido, mezclándose. Ya no sabía quién era. Solo sabía que debía huir de los horribles tosi tivo que querían matarla y matar a la niña que llevaba en brazos.

Antes de llegar a los árboles, Loretta se encontró con Amy. Temblaba y era como si los ojos fueran a salírsele de las cuencas.

—Loretta, ¿dónde está Cazador? ¿Dónde está Cazador?

Dando gracias al cielo, Loretta agarró a Amy del brazo y tiró de ella para que se pusieran a cubierto.

—¡No lo sé! ¡No está aquí, no está aquí!

Al llegar a los árboles, Loretta buscó el tronco en el que había escondido al recién nacido. Al verlo, empujó a Amy hacia delante, sin hacer caso de las ramas que le arañaban la cara y el pelo. Amy saltó el tronco. Aliviada al oír que el niño seguía llorando bajo el follaje, Loretta se escondió también, con la pequeña llorando en sus brazos. Desde los árboles podía ver a otros menos afortunados que corrían hacia la muerte. Sus gritos se elevaban al cielo, agudos y estremecedores, y después eran eclipsados por el silencio. Muchos Caballos. A Loretta se le encogió el corazón.

—¡Loretta! ¡El niño! ¡Corre en la dirección equivocada!

Loretta se echó hacia delante para ver mejor. Más allá de los árboles, un niño corría cegado por el miedo, primero en una dirección y después en otra. Un jinete salió cabalgando desde unas tiendas cercanas. En cualquier momento se daría cuenta de la presencia del niño y lo mataría. Loretta se puso tensa. Dándole a Amy la niña pequeña, saltó el tronco y corrió agazapada entre la maleza. Al llegar al claro, cogió al pequeño de un brazo y lo condujo hasta los arbustos. Él se agarró al cuello de Loretta, llorando y sin parar de temblar.

Toquet, mah-tao-yo —canturreó—. Todo está bien, pequeño. Ka taikay, no llores. Tranquilo, toquet.

Las palabras hicieron su magia. Loretta cerró los ojos, meciendo al niño, recordando los brazos cálidos y amorosos de Cazador alrededor de su cuerpo. Entonces, el sonido atronador de unos cascos a sus espaldas le hizo volver a la realidad. Se quedó mirando al jinete que había salido hacía unos momentos de entre las tiendas. Sujetaba a su caballo y se colocaba el rifle en el hombro. Loretta se esforzó por ver entre la maleza. Un indio corría hacia los árboles. ¡Búfalo Rojo! Por un instante Loretta se alegró. Se merecía morir, y ¿qué mejor forma de morir que hacerlo a manos de un tosi tivo asesino? Entonces vio el rostro de Cazador en su mente, los ojos cargados de tristeza por haberse negado a perdonar a su primo.

Poniendo al niño a un lado, Loretta se puso en pie de un salto. No había tiempo para pensar, tenía que actuar. Salió de los árboles y corrió hacia el hombre que montaba en el caballo, con el pulso a cien por hora. Cazador. Había perdido a su mujer y a su hijo, a su padre, y Dios sabe a cuánta gente más. ¿No había sufrido bastante? El amor por él le hizo correr más rápido, le fortaleció las piernas para llegar antes. Vio que el hombre blanco se quedaba quieto, apuntando, listo para apretar el gatillo. Con un chillido, cubrió los últimos metros de un salto y se lanzó con todo el peso de su cuerpo contra el caballo. El animal se tambaleó y se movió a un lado, haciendo que su jinete perdiese el blanco. El rifle explotó inofensivo al aire.

Sorprendido por el disparo, Búfalo Rojo se giró y vio al hombre blanco que trataba de mantenerse en el caballo. Vio también a la mujer de pelo dorado que le pegaba en los muslos. El rifle titubeante del hombre blanco desvelaba el resto de la historia. Por un momento Búfalo Rojo se quedó clavado al suelo, con la mirada incrédula puesta en Loretta.

Al verle dudar, Loretta gritó.

—¡Corre, maldito imbécil! ¡Corre!

Búfalo Rojo salió disparado para ponerse a cubierto. Loretta se alejó del caballo a trompicones. El hombre blanco, un gigante pelirrojo de pantalones vaqueros y camisa de franela roja, dio la vuelta a su montura y cabalgó hacia ella. Loretta se giró y trató de esquivarle. Él la cogió del pelo, tirando hacia atrás de ella. Puso a un lado el rifle y se inclinó, levantándola y poniéndola sobre sus rodillas. La perilla de la silla se le clavó en el estómago y el olor mugriento de sus pantalones se le clavó en la garganta.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ¿Una rubita india?

—¡Deja que me vaya!

—¿Era tu hombre ese al que casi disparo? ¿Por eso le has salvado la vida?

Loretta le dio un golpe en el muslo.

—¡Deja que me vaya!

Él se rio y le agarró la blusa con el puño, presionándole en la espina dorsal con los nudillos de la mano. Otro hombre llegó cabalgando hasta él.

—Mira, Chet, ¡mira lo que tenemos aquí!

Loretta vio los cascos de un alazán en medio de una nube de polvo. Al estar boca abajo, no podía ver la cara del otro matón, solo las botas y los pantalones llenos de sangre. Después oyó el grito de Amy pronunciando su nombre.

—¡Deja que se vaya! —gritó Amy—. ¡Deja que se vaya ahora mismo!

—¡Amy, no! ¡Vuelve! ¡Vuelve!

Loretta sintió que su captor azuzaba el caballo. Con el cuello torcido, trató de ver a Amy. Solo pudo verla muy de refilón. Corría hacia los árboles y un caballo se precipitaba sobre ella desde atrás. Después, todo lo que Loretta vio fue el suelo lleno de cuerpos girando a su alrededor. «Sangre y cuero. Cabellos negros como el ébano que brillaban azulados a la luz del sol. Recién nacidos, niños, mujeres.» No se habían parado ante nadie. Loretta oyó el grito de alguien y se dio cuenta de que era el suyo. Se agarró a la pierna de su captor y trató de incorporarse, atacándole con las únicas armas que tenía: los puños.

—¡Puta desagradecida!

Se echó hacia atrás en la silla y golpeó a Loretta en la mandíbula. La cabeza le dio vueltas y después, todo se hizo negro.

Preocupado aún por la decisión que había tomado de dejar a su pueblo, Cazador caminaba despacio, con los sentidos puestos en los sonidos y los olores familiares del mundo que le rodeaba. De repente, se oyó un estallido lejano que acalló el murmullo del agua. Se detuvo para oír mejor, sin saber muy bien al principio de dónde provenía el ruido. «Disparos de rifles. Provienen del poblado.» Le sobrevino el pánico. ¡Un ataque!

Culpándose por haberse alejado tanto, corrió por el bosque tan rápido como pudo, rozando apenas el suelo con los talones y buscando en cada zancada una bocanada de aire para sus pulmones. La mayoría de los guerreros estaban de cacería. Recuerdos de otros ataques inundaron su mente. ¡Loretta! Corrió más rápido. ¡Amy! No podía ocurrirle otra vez. No podía. Esta vez llegaría a tiempo. Tenía que hacerlo.

Cazador hizo un giro cerrado y se adentró en la maleza, saltando troncos y con la mirada fija en los palos de las tiendas que se elevaban al cielo. Los disparos habían cesado. Oyó el estruendo de los cascos en la distancia.

Ya más cerca del poblado, sus pasos se hicieron más lentos. Todo había acabado. Cazador se detuvo, incapaz de asimilar lo que veía. Los cuerpos cubrían el suelo como si fueran trozos de madera inservible. Vio las tiendas quemadas. El olor a cuero y carne le golpeaba la nariz. En algún lugar se oía el llanto de un recién nacido. El viento le trajo el ladrido frenético de un perro. Salvo esto, lo demás era silencio, un silencio amargo y mortal.

—¡Loh-rhett-ah! —Cazador pasó sobre el cuerpo de un niño, sin ser capaz de registrar lo que veía, horrorizado por el silencio—. ¡Loh-rhett-ah! ¿Hah-ich-ka ein? ¡Dime palabras!

Una mujer yacía espatarrada a unos cuantos metros de él, una mujer joven y esbelta, con sus trenzas negras envueltas en piel de armiño. Cazador gritó de rabia. Corrió hacia ella y se puso de rodillas a su lado. Al cogerla en brazos, la sangre le empapó el estómago y la parte baja de los brazos.

—¡Doncella! ¡Doncella!

Cazador le cogió la barbilla y le movió la cara hacia él. Sus hermosos ojos le miraron en silencio, sin verle.