Capítulo 23

Loretta estaba empaquetando sus cosas cuando Cazador entró en la tienda. Se quedó de pie en las sombras un momento, observándola. La luz del fuego caía sobre ella, iluminando su pelo dorado, parpadeando en el ante que cubría sus hombros caídos. Estaba llorando. Ese sonido le partía en dos.

—¿Ojos Azules?

El susurro le hizo girar la cabeza. Se puso en pie de un salto, con los ojos atormentados y los labios pálidos.

—Me voy, Cazador.

Cazador salió de las sombras, enfermo al pensar que podía perderla.

—Yo no estaba en tu casa de madera ese día, Ojos Azules. Lo he dicho. —Se detuvo junto al fuego, por miedo a atosigarla—. Es una promesa de Dios que te hago.

Ella lo miró con lágrimas en los ojos. Le dolía la garganta y tenía la boca seca.

—Ah, Cazador, ¿no ves que eso no cambia nada? —Hizo un gesto hacia el poste de cabelleras—. Desde el principio sabíamos que nunca podría funcionar entre nosotros. De alguna forma, durante unos días maravillosos, conseguimos olvidarlo. Eres un comanche. Yo soy una tosi tivo. Pertenecemos a mundos diferentes.

—Mírame y dime que no me amas —le pidió con voz ronca.

—Todo el amor del mundo no podría cambiar esto.

—¡Dime las palabras!

—No puedo. Porque te amo, ¿no lo ves? Lo que debo hacer no tiene nada que ver con lo que existe entre los dos.

—Mi corazón solo canta cosas buenas… —Se le quebró la voz, y tragó saliva—. Pensé que la peineta te haría muy feliz.

—Lo sé. —Loretta se limpió las mejillas y trató de contener las lágrimas—. No estoy culpándote. No es culpa tuya, Cazador, ni mía, ni siquiera de Búfalo Rojo. ¿No lo entiendes? Esta locura empezó mucho antes de que nosotros hubiéramos nacido, y continuará después de que hayamos muerto todos. Algunas cosas, no importa lo dulces y maravillosas que sean, no pueden ser.

Él dio un paso vacilante hacia ella.

—Tus ojos dicen que me culpas. Tu corazón susurra que estaba allí ese día.

Ella le miró fijamente un momento, después inclinó la cabeza asintiendo a regañadientes.

—Está bien, ¿quieres saber la verdad? Creo que podrías haber estado allí. ¿Cómo puedes estar tan seguro? Búfalo Rojo es tu primo. ¿Cuántos ataques habéis hecho juntos? ¿Docenas?

—Hemos cabalgado juntos muchas veces.

—¿Y ha matado a mujeres en esos ataques?

—Hace muchos taum. Soy un hombre ahora y sigo el camino que mi padre siguió antes que yo. No hago la guerra contra los indefensos. Los hombres que cabalgan conmigo luchan a mi manera.

—Hace muchos taum. ¿Cuántos taum, Cazador? ¿Siete? ¿Recordarías una polvorienta granja?

—¡Este comanche no estaba allí! —rugió.

—¿Lo dirías si fuera así?

—¡No miento!

—Está bien, tú no estabas allí. ¡Pero no estamos hablando de ti! ¡Estamos hablando de Búfalo Rojo! —Su voz se convirtió en un gemido agudo—. Y del hecho de que tú vives y cabalgas con los asesinos de mi madre. Que estuvieras allí o no, no cambia nada. Los hombres de este poblado mataron a mis padres y no puedo soportar seguir aquí. Imagina cómo me sentiría. Levantarme por la mañana y decir buenos días a alguno de los hombres que torturó a mi madre hasta la muerte. No puedo hacerlo, ni siquiera por ti.

Pasándose la mano por el pelo, Cazador cambió el peso de su cuerpo a un solo pie, la cadera hacia fuera y una rodilla doblada.

—Mi corazón yace en la tierra por tus lágrimas, ¿lo sabes? Pero no puedo ir hacia atrás y deshacer los muchos errores del pasado. Tu madre y tu padre están muertos. Suvate, todo se ha cumplido.

Loretta se abrazó, con la mirada fija en él.

—¿Suvate? La muerte de mi padre tal vez. Fue rápida, al menos, pero la de mi madre… —Inclinó la cabeza, guardando silencio. Cuando por fin levantó los ojos, las lágrimas brillaron sobre sus mejillas—. Tienes razón. Se ha cumplido. Todo. Al menos, claro está, que quieras venirte conmigo. Podemos irnos lejos. Solos tú y yo, Cazador. ¿Harías eso por mí? Podríamos estar juntos. Podríamos olvidar, si lo intentamos.

—Soy un comanche. Sin mi gente, no soy nada.

—Y yo soy una tosi tivo. Si me quedo aquí con los asesinos de mis padres, no seré nada.

—Eres mi mujer. Somos uno, para siempre sin horizonte.

—Ah, Cazador, no es tan fácil. Me voy a ir —susurró con voz temblorosa—. No podrás vigilarme cada segundo.

—Está prohibido que una mujer deje a su marido.

—También lo está nuestro amor.

A Cazador se le encogió el estómago. No podía culparla por querer irse. Ah, sí, claro que la entendía. Incluso estaba de acuerdo con ella, pero no tanto como para estar dispuesto a perderla. Ahora mismo estaba demasiado nerviosa. Después, cuando se calmase, vería las cosas de manera diferente. Necesitaba tiempo para pensar, para decidir qué hacer, para arreglar las cosas entre ellos. La amaba demasiado como para dejar que se fuera. Demasiado. Con la esperanza de desanimarla, le gruñó.

—Si te vas, este comanche te seguirá. Cualquiera que intente alejarte de mí morirá. Piensa en esto. Pagué un buen precio. Eres mi mujer. Lo que es mío, lo mantengo.

—¡No lo harías! —le dijo con un gemido—. ¿A mi familia, Cazador?

La incredulidad que cruzó su rostro estuvo a punto de hacer que Cazador se retractase de su amenaza, pero sabía que si lo hacía, ella saldría corriendo a la primera oportunidad. Si ella temía por sus seres queridos, estaría menos dispuesta a hacer una locura.

Loretta entrecerró los ojos, duros y vidriosos. Levantando la barbilla, lo miró con desdén.

—Claro que lo harías, ¿verdad? Lo único que te importa es conservar lo que te pertenece. En este caso, a mí. ¡Lo que compraste y por lo que pagaste, tu mujer tosi! Que no es mucho mejor que un caballo.

—Eres mía. He derramado mi semilla en ti. Aléjate de mí, y te pegaré hasta que llores y gimas. Es una promesa que te hago.

—¿Sabes cuál ha sido mi problema, Cazador? Que he visto solo lo que quería ver. —Dirigió el brazo hacia el poste de cabelleras otra vez—. Siempre he tenido la prueba delante de mis narices, pero te justifiqué y te vi de la forma en la que quería verte. De alguna forma, me decía a mí misma que te importaba, no como una posesión, sino como una persona. Y al hacerlo me olvidé de algo más importante; de que eres un comanche y siempre lo serás. ¡Un salvaje asesino! Tía Rachel tenía razón.

Cazador cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama, observándola.

—Si crees que me voy a acostar contigo ahora, estás loco —le aclaró, con voz trémula.

—Estoy seguro de que soy un comanche loco —contestó—. Te acostarás junto a mí. Esta noche y siempre. No puedes huir. Si lo haces, la muerte cabalgará junto a ti, vayas donde vayas.

La luz de la luna bañaba el interior de la tienda. Loretta no estaba segura de si Cazador dormía. Llevaba acostada junto a él una eternidad… esperando. La respiración de Amy se había hecho profunda y continua. Si Loretta no se movía pronto, sería demasiado tarde.

Giró la cabeza y examinó el perfil oscuro de Cazador, consciente de la longitud del cuerpo caliente que yacía junto a ella. Por un momento una ternura paralizante la invadió. Apartó esa sensación lo más rápidamente que pudo. El amor era en realidad ciego, como le gustaba decir a tía Rachel. Y Loretta se había convertido en la más ciega de todas.

En su mundo, Cazador era un hombre bueno y honesto, pero no era ni podría ser nunca su marido. La amenaza de matar a todos los que la ayudasen, incluida su familia, era una prueba de ello. Se sentía un poco como una estúpida, por ver solo su bondad, que era considerable, e ignorar esas cosas que ella tanto aborrecía. Y no eran detalles pequeños, cosas que pudiesen superar juntos. Sabía desde el principio que Cazador tenía ese otro lado, él nunca había mentido en esto, pero de algún modo ella no había querido verlo.

Loretta se deslizó hasta el borde de la cama y se puso en pie. Girándose, contuvo el aliento, inmóvil, con la vista puesta en su marido. Él no se movió. Caminó un paso hacia atrás, después dudó, en parte esperando a que él se despertara y la sujetase. Si no hubiese dicho en serio lo de pegarla si se escapaba, no habría hecho una promesa. Entre su gente, la deserción era un pecado cardinal, con la misma consideración que el adulterio. A una comanche adúltera le cortaban la nariz. Un pensamiento que no le agradaba en absoluto. Mejor que ser apedreada hasta la muerte, pero igual de horrible.

Al ver que Cazador no se movía, Loretta se alejó unos pasos más, temblando. Amy dormía solo a unos metros de allí, pero le pareció un kilómetro, un kilómetro largo y peligroso. Cuando por fin llegó hasta ella, le puso una mano en la boca. Amy se revolvió y abrió los ojos, grandes como platos y brillantes como zafiros a la luz de la luna. Loretta le puso un dedo en la boca para indicarle que guardara silencio, y le hizo un gesto para que se levantara y saliese de la tienda. Amy se incorporó, mirando asustada por encima del hombro y en dirección a donde Cazador dormía.

Loretta se arrastró hasta las alforjas de Cazador, tanteando en la oscuridad para hacerse con la cantimplora y las reservas de comida. Cogió dos bolsas, una de frutos secos y otra de carne seca. Después, cogió la cartera negra.

La abrió y sacó unos pololos limpios y bien doblados. Los puso junto a Cazador, con lágrimas en los ojos. Tantos recuerdos. Le producían una gran tristeza. Cazador, saludándola a media noche, con los pololos al viento. Cazador, poniéndoselos en la nariz y oliendo el perfume de flores, los ojos siempre burlones. Un día, cuando dejase atrás la amargura, podría tal vez mirar estos pololos y sonreír cuando pensase en ella. Rezó para que así fuera. Estaba segura de que terminaría por perdonarla.

Ella y Amy salieron al exterior. Con la mirada fija en las tiendas, Loretta se encaminó hacia los árboles, temiendo que alguien pudiese verlas y dar la voz de alarma. Ahora que había dado el primer paso, no había vuelta atrás. Llevarse una paliza no estaba precisamente en su lista de preferencias, sobre todo si la paliza se la daba un hombre con la fortaleza de Cazador. Cuando creyó que se habían alejado lo suficiente, redujo el paso.

—Nos estamos escapando, ¿no? —gimió Amy—. Y todo por ese cretino de Búfalo Rojo. Antílope Veloz me ha contado lo que pasó. ¡No puedes culpar a Cazador por lo que su primo hizo!

Loretta, que tenía los nervios a flor de piel, se giró y protestó.

—No es solo por Búfalo Rojo. Dios mío, Amy, ¿no te das cuenta de lo que todo esto significa? ¡Los hombres de este poblado mataron a mis padres! ¡Debió de haber treinta guerreros allí ese día! Y nosotras vivimos con ellos, somos amigas de ellos. Por el amor de Dios, no puedo soportar estar aquí ni un minuto más.

Amy se rodeó la cintura con las manos y levantó la barbilla.

—No pienso irme sin hablar con Antílope Veloz antes.

—No harás nada de eso.

—No tengo otra opción. Él y yo nos hemos prometido cosas. No pienso irme sin decirle por qué y adónde voy. Cuando sepa que me he ido, se volverá loco.

—Harás lo que yo te diga y cuando te lo diga, jovencita. ¿Qué tipo de promesas?

—Promesas de matrimonio, y no pienso moverme de aquí hasta que no hable con él.

A Loretta le dio un brinco el estómago y se sintió como si fuera a caerse de rodillas.

—¿Amy, has perdido la cabeza? ¡Solo tienes doce años!

—¡Edad suficiente! —La luz de la luna se reflejó en su cara, mostrando su angustia—. ¿Qué me espera en casa, Loretta? Vergüenza, eso es lo que me espera; por algo que no es culpa mía. ¡Estoy perdida! Aquí, con la gente de Antílope Veloz, ese tipo de cosas no importan. Cazador vengó mi honor, y ya está. Antílope Veloz me ama, y yo le amo a él. ¡Es el mejor amigo que he tenido nunca!

—Es un comanche, eso es lo que es. ¡Y no te consentiré que te cases con él! —Loretta estaba asustada. Amy había sufrido demasiado. Amar a Antílope Veloz solo le traería más dolor. Era demasiado joven para darse cuenta de eso ahora, pero un día agradecería que Loretta la hubiese alejado de allí—. Con un desastre de matrimonio en la familia tenemos bastante. Y en cuanto a lo de que estás perdida, eso es una tontería. ¿Te sientes perdida?

—¡No! ¡Pero solo porque la gente de aquí no me hace sentir así! En casa será diferente. Las mujeres murmurarán a mis espaldas. ¡No querrán que me siente en la iglesia! Me marginarán, y tú lo sabes.

—Entonces nos iremos a vivir a otro sitio, solas tú y yo, a Galveston, quizá, donde nadie nos conozca. Nadie dice que tengamos que quedarnos aquí.

Con esto, Loretta dio la cartera a Amy y la cogió del brazo, tirando de ella mientras hacía un círculo para llegar al lugar donde pastaban los caballos.

—Estás como una cabra, si crees que puedes escapar así de tu marido comanche. ¿Tienes idea de lo que te hará cuando te pille?

—Me pegará, supongo, y es por eso por lo que no pienso dejar que me coja.

—Te pegará sí, delante de todo el mundo. El que escapes es una deshonra para él. ¡Se enfadará tanto que te cortará la nariz! Él no es un tipo blanco, Loretta Jane. ¡Nadie abandona a un comanche! Cazador se volverá tan loco que partirá el cuero duro con los dientes.

—Cállate, Amelia Rose, o tendré que darte unos buenos azotes.

—¡No eres lo suficientemente grande para hacerlo!

—¿Qué te apuestas? —la retó Loretta con voz temblorosa.

Amy exclamó.

—Estás asustada, ¿verdad?

—Hasta los huesos.

—¿Entonces por qué le dejas?

—Porque tengo que hacerlo. ¡Tengo que hacerlo! Ahora sigue andando. Soy la mayor. Sé mejor que tú lo que nos conviene a las dos.

Amy hizo lo que le decía, aunque sin estar muy convencida. Con cada paso describía el desgraciado destino que aguardaba a Loretta cuando Cazador la encontrase.

—¡No me cortará la nariz!

—¡Claro que lo hará!

—¡No lo hará! —Loretta dio un salto para cruzar un charco de agua y se giró para ayudar a su prima—. Ahora deja de intentar asustarme.

—Deberías estar asustada. ¡Él es un comanche, Loretta! Cuando una mujer comanche avergüenza a un hombre, hay ciertas cosas que se espera que él haga. Tiene que hacerlo, para limpiar su honor.

—Agradece a Dios que yo no sea una mujer comanche, ¿de acuerdo? —Loretta instó a Amy para que siguiera andando, tropezando con ella.

—Loretta Jane, ¿no estarás pensando en robar los caballos, verdad?

—¿Quieres andar?

—Cazador va a freírnos vivas. —Cuando vio que Loretta se quedaba en silencio, Amy se acercó a ella—. Ah, Loretta… no fue Cazador quien lo hizo. No creo que pienses que él estuvo allí.

Loretta se pasó el lado exterior de la mano por la frente.

—No estoy tan segura de que no estuviese. Y nunca lo estaré. Ni siquiera creo que Cazador esté seguro. —Miró a su prima a los ojos—. ¿Puedes tú estar segura, Amy? ¿Puedes?

Amy se giró ligeramente, para mirar al río. Loretta estaba segura de que la chica pensaba en Antílope Veloz y en las horas que habían pasado allí abajo. Se levantó una ligera brisa que hizo susurrar a los hibiscos.

—No, no puedo asegurarlo. Existe la posibilidad de que estuviera. Búfalo Rojo es su primo. Como tú y yo. Hicieron muchas cosas juntos. Supongo que existe la posibilidad de que Cazador estuviese allí.

—Si hubiesen sido tus padres, y supieses que Antílope Veloz podía haber tomado parte en sus asesinatos, ¿te quedarías aquí? Dime la verdad.

Amy cerró los ojos con fuerza, temblando.

—No, no podría quedarme. Lo siento, Loretta. No debería haberte atormentado como lo he hecho.

Loretta lanzó una mirada inquieta por encima del hombro de la muchacha. Cazador podía despertarse en cualquier momento y cuando lo hiciera vendría directamente a los caballos.

—Vámonos. Ya habrá tiempo para hablar más tarde.

Amy se puso en marcha, con un paso más ligero ahora que estaba convencida de lo que hacían. Cuando llegaron a los pastos, a Loretta se le cayó el alma a los pies. Las siluetas de los caballos eran imposibles de identificar entre las sombras. ¿Dónde estaba Amigo?

Lo llamó por su nombre. Un relincho pareció provenir de la izquierda.

—¡Hay uno negro! —gritó Amy.

Loretta se puso de puntillas para ver mejor. Por la manera en la que el caballo le miraba, supo que era Amigo. Se abrió paso entre el grupo de caballos para llegar a donde estaba Amigo. Después de tomarse un tiempo para saludarle de la forma en la que Cazador le había enseñado, lo agarró por la brida y lo condujo fuera de la manada. Girándose, cogió un tordo de pelo lacio para Amy. Tenía la oreja izquierda caída, lo que significaba que era un caballo manso.

Después de atarse los sacos de comida a la cintura, Loretta montó y pidió a Amy que hiciera lo mismo. Después se irguió sobre Amigo y contempló a la manada de caballos.

—Tenemos que espantarlos —dijo Loretta.

—¿Tenemos que qué? ¡Hay cientos!

—Si Cazador puede correr hasta aquí y montar, caerá sobre nosotras como moscas a la miel, y antes de que nos hayamos alejado un kilómetro. —La imagen del cuerpo musculoso de Cazador cabalgando en armonía con su caballo se le vino a la mente—. ¡Ya sabes lo bien que cabalga!

—¡Pero podrían pisotearnos!

O ser cogidas con las manos en la masa. Era imposible saber lo lejos que podrían oírse las voces si empezaban a relinchar a los caballos. No podían evitarlo, tampoco. Armándose de valor, Loretta dio un alarido y llevó a Amigo al centro de la manada, moviendo las manos y dando palmadas a los caballos en la grupa. Les llevó un rato, pero los animales terminaron por salir espantados, rompiendo sus ataduras y corriendo en todas direcciones en la oscuridad. Loretta y Amy persiguieron a los valientes que parecían no inmutarse. Al fin, ni un solo caballo estuvo a la vista. Loretta esperaba que corriesen una buena distancia. No era mucho, pero al menos detendría un tiempo a Cazador.

Amy cabalgó en línea con Loretta, con la mirada fija en el poblado.

—Estoy segura de que nos han oído. Todos los indios de este poblado se van a volver locos cuando averigüen lo que hemos hecho.

Estas palabras le hicieron pensar en un Cazador enfurecido como nunca. Loretta se agarró a la crin de Amigo.

—Vamos. Cabalguemos. Tenemos que ganarles ventaja.

El viaje a casa resultó ser mucho más sencillo que el primer viaje al poblado comanche. Esta vez sabía mejor cómo encontrar agua, por lo que no tenía que detenerse a hacer expediciones campestres en busca de manantiales. El primer día, ella y Amy mantuvieron la vista atrás, aterradas de que los comanches pudieran aparecer en cualquier momento. El segundo día, las dos pudieron relajarse un poco. En el tercero, Amy estaba convencida de que Cazador se había dado por vencido.

—Debe de estar feliz por haberse librado de ti —bromeó Amy—. Ellos pueden cubrir el doble de distancia que nosotras hacemos en un día. ¿Por qué si no iban a tardar tanto?

Loretta no se hacía ilusiones. Cazador las seguiría, hasta el fin del mundo si hacía falta.

—Quizá sea la Providencia. Limítate a agradecer a Dios que aún no nos haya dado caza.

—Si dijo que mataría a todo aquel que nos ayudase, ¿adónde iremos?

Amy había hecho esta pregunta una docena de veces.

—Al fuerte Belknap. La patrulla fronteriza tiene allí su centro. Ni siquiera Cazador puede hacerse con un fuerte.

—¿Y qué pasará si los de la patrulla no están allí? ¿Y si se han ido al meridiano noventa y ocho?

—Entonces tendremos problemas. Tendremos que ir a casa, reunir algunos víveres y salir de allí.

—¿Adónde?

—A donde sea, hasta que encontremos un lugar seguro. Quizás a Jacksboro. Quizás a otro fuerte. Necesito un mapa, eso es lo que necesito.

Amy contempló la infinita extensión de terreno llano que había ante ellas.

—¿Un mapa? Loretta Jane, tengo la impresión de que este es un hueso demasiado duro de roer para ti.

—Estaremos bien. Confía en mí. Llegué al poblado de Cazador, ¿no?

—¡Porque Cazador te enseñó el camino!

—Bueno, pues de ahora en adelante tendré que guiarme por mi nariz.

—Utilízala mientras puedas.

Loretta entornó los ojos.

—¿Te importaría intentar ser un poco más optimista? Todo saldrá bien. Sé que es así.

Sin embargo, tenía una bola de sequedad en la garganta. Rezó para que todo saliese bien.

La madre de Cazador estaba de pie junto a él, frotándose las manos, mientras reunía las pertenencias de su hijo antes de partir.

Tua mía, estás demasiado enfadado. Tengo miedo de lo que pueda pasarle a tu mujer cuando la encuentres.

Cazador se puso tenso y caminó más allá de su madre para llegar a su caballo.

—Me ha deshonrado.

—Ella no conoce nuestras costumbres. ¿Es un deshonor entre su gente dejar al marido?

Cazador acomodó las bolsas en la parte de atrás del caballo y las ató con cinchas.

—Es una deshonra aquí.

—¿Cazador, puedes estarte quieto y hablar conmigo?

—No, tú hablas el idioma de las mujeres. ¿Por qué mi padre no está aquí? Te diré por qué. Sabe que ella espantó a los caballos de todos los hombres del poblado, dejándonos indefensos frente a un ataque. Sabe que se marchó sin permiso. ¡Sabe que me ha deshonrado! Él está sentado en su tienda y dice que es bueno que la encuentre y la castigue por ello.

—Está sentado en su tienda porque sus rodillas están viejas y le duelen. Ve y habla con él.

—No tengo tiempo. Debo cabalgar rápido para alcanzar a mi mujer. —Cazador trató de entrar en la tienda, pero su madre le impedía el paso. Suspiró y se llevó las manos a la cintura—. Pie, estás poniendo a prueba mi paciencia. Estoy harto, ¿me oyes? Y muy enfadado.

—Se han encontrado todos los caballos, y no ha pasado nada.

—¡Hemos tardado dos días en hacerlo! ¡A pie! ¡Es algo que nunca olvidarán! ¿Y te parece que no ha pasado nada? Sea cual sea el castigo que elija, mi mujer se lo tendrá bien merecido, y aún será poco. Dime una mujer que conozcas que haya abandonado a su marido. Una sola, pia, y se me pasará el enfado.

Mujer de Muchos Vestidos sacudió la cabeza.

—Las mujeres comanche son diferentes. Tu Loh-rhett-ah tiene motivos para estar enfadada. Y tiene motivos para huir. Eso lo entiendes. Mientras cabalgues detrás de ella, piensa en mis palabras. Si tú supieses que el hombre de sus paredes de madera ha violado a tu esposa embarazada, ¿vivirías con él?

Cazador se abrió paso hasta la tienda, sin contestar.

—Mírame, Cazador. ¡Respóndeme! ¿Por amor a Loh-rhett-ah, podrías vivir con el asesino de tu esposa muerta?

—¡Es suficiente! —Cazador apartó a su madre, demasiado confuso como para darse cuenta de que su madre estuvo a punto de caer—. ¡Vete con tu marido, anciana. Enrédale a él con tu lengua!

Tres días después, los peores temores de Amy se materializaron: no había tropas en el fuerte Belknap. Loretta sabía que pondrían en peligro a las familias que vivían allí si se quedaban. Su conciencia no le permitía quedarse. Ella y Amy no tuvieron otra opción que volver a casa.

Los Steinbach, una pareja que vivía en la prisión militar, invitaron a las dos chicas a compartir su comida dominical antes de que se marcharan. A pesar del hambre mortal que tenían, Loretta declinó la oferta.

—Será mejor que sigamos camino. Por si vienen siguiéndonos. Por favor, no se preocupen. Estaremos bien —les aseguró mientras ella y Amy montaban. Hubiese querido sonar más valiente de lo que se sentía. El señor Steinbach la trató como si fuera una heroína. Les quedaban aún unas buenas seis horas de dura cabalgata, y Loretta estaba ansiosa por empezar. Sentía que Cazador estaba cada vez más cerca, y este sentimiento la aterrorizaba—. Adiós, señor Steinbach.

Loretta echó un vistazo al jardín polvoriento donde los pequeños de los Steinbach jugaban al pañuelo por detrás. No podía poner en peligro sus vidas.

La granja parecía extrañamente desierta cuando Loretta y Amy alcanzaron el alto. Las chicas sujetaron las riendas de los caballos y miraron a la casa. A pesar de la sequedad, el campo de maíz prosperaba. Loretta pudo ver uno de los cerdos retozando en el corral. Todo parecía normal, excepto porque estaba anocheciendo y debería de haber salido humo de la chimenea.

—Está bien, la señora Steinbach dijo que era domingo —apuntó Amy—. Quizá madre y padre fueron donde los Bartlett para el servicio religioso. No veo el carro.

Loretta asintió. Era domingo. Esa palabra se quedó colgando en el aire, extraña, después de tanto tiempo con los comanches. El baño nocturno de los sábados. La ropa de domingo. Las lecturas de la Biblia por la tarde. Parecía que habían pasado siglos de todo eso. Estiró los hombros, tan cansada que quería dejarse caer del caballo. Sabía que Amy estaba igual de cansada.

—Quizás es simplemente que han salido. —Dirigió una mirada burlona al atuendo indio de Amy—. Si tía Rachel nos ve vestidas así, se va a poner echa una fiera.

Amy se miró los mocasines, aún húmedos tras haber cruzado el río.

—Me gusta vestir así. Es mucho mejor que llevar todos esos volantes y muselinas que dan tanto calor.

Loretta azuzó a Amigo, echándose hacia atrás para equilibrar el peso al bajar la cuesta. Se sentía rara pasando la puerta de la granja vestida como una comanche. Después de atar a Amigo al poste de la entrada, Loretta subió los escalones y cruzó el porche hasta la puerta. Levantando el pestillo, entró al interior. Lo primero que percibió fue el olor a pan de maíz recién hecho, otra prueba de que hoy había habido servicio dominical. Tía Rachel solo cocinaba pan la víspera del domingo. Amy pasó a Loretta rozándole el hombro y se fue derecha a la olla del hogar.

Cogió un pedazo de pan con los dedos y le dio un muerdo bastante poco adecuado para una señorita. Después se giró con los mofletes llenos.

—¡Diablos, esto está buenísimo! Estoy tan cansada de carne seca y almendras que podría atiborrarme. ¿Quieres?

—Más tarde. No podemos detenernos. Cojamos algo de comida y vayámonos.

—¿Sin ver a mamá?

—No hay tiempo.

—No pienso irme sin ver a mi madre. ¡No es a mí a quien persigue Cazador!

—¡Te hará picadillo igual! Tiene unas ideas extrañas sobre la familia de la mujer con la que se casa. Según él, ahora le perteneces. No cree que tío Henry pueda cuidar de ti como es debido.

—Y está en lo cierto. Padre no cuida de nadie excepto de sí mismo.

Loretta cogió un rifle de la vitrina y se puso a trastear en el cajón de los cartuchos.

—Empaqueta el pan para el viaje, Amy. Después sal a la fresquera y coge todo lo que veas: carne seca, maíz, frutos secos. ¡Date prisa! Si nos retrasamos, Cazador puede aparecer en cualquier momento.

Menos de una hora después, las chicas estaban casi listas para partir. Amy acababa de salir a ensillar el caballo, y Loretta estaba a punto de unirse, cuando Amy entró en la casa, cerrando la puerta detrás de ella.

—¡Que Dios nos coja confesados, Cazador está aquí!

A Loretta le dio un brinco el corazón.

—¡Dios mío, tranca la puerta, Amy!

Loretta cogió la cama y la quitó de encima de la trampilla. Amy vino a ayudarla corriendo, con la cara desencajada por el miedo.

—¿Te han visto? —gritó Loretta.

—No creo. ¡Pero nuestros caballos están ahí fuera! ¡Lo sabrán, Loretta Jane! ¿Qué demonios vamos a hacer?

—¡Escondernos! —Loretta abrió la trampilla y pidió a Amy que bajara las escaleras. Ella cogió el rifle y miró preocupada a la cama para asegurarse de que estaba recta y las mantas no estaban desordenadas. Cualquier detalle que pareciera extraño serviría a Cazador para saber que se había movido la cama. En cuanto hiciese esa deducción, no le llevaría mucho tiempo pensar en una trampilla en el suelo. Ya no creía que los comanches fueran estúpidos, y Cazador menos que los demás.

Corriendo detrás de Amy, Loretta cogió la trampilla y la cerró detrás de ella. Una oscuridad húmeda y asfixiante la envolvió. Bajó a tientas los escalones que le quedaban. Unos rayos de luz escasos atravesaban las junturas de las maderas del suelo e iluminaban el rostro pálido de Amy. El lugar era muy pequeño, de apenas un metro cuadrado, lo suficientemente profundo como para ponerse de pie. Loretta instó a Amy a que se pusiera en una esquina y se quedó de pie junto a ella, con el rifle en alto.

El estruendo de los caballos se grabó en la mente de Loretta. Sintió a Amy temblar junto a ella. La voz de Cazador sonó alto y fuerte, rugiendo algo en comanche. Al momento siguiente gritó.

—¡Ojos Blancos, mándame a mi mujer!

Loretta dio un brinco. El enfado que oyó en su voz le puso los nervios de punta. Después se hizo el silencio, un silencio largo y desafiante. Podía imaginarse a Cazador mirando las cubiertas de cuero de las ventanas delanteras, y la expresión en su rostro al descubrir que no había nadie allí.

La madera crujió. Loretta miró a su alrededor. Alguien había entrado en el porche. Hubo otro crujido, y después otro. Le ardían los ojos. Paralizada por el miedo, esperó. Un instante después la puerta se abrió y oyó el toque suave de unos mocasines en el suelo de la cabaña. Podía sentir la cercanía de Cazador en cada poro de su piel. Apretándose contra Amy, fijó la vista en la trampilla. «Por favor, Dios, no dejes que se de cuenta de las maderas diferentes.»

Un silencio asfixiante empezó a pitarle en los oídos. Contuvo la respiración y supo que Amy hacía lo mismo. Entonces Amy sollozó. Fue solo un susurro, pero pareció tan alto como un cañonazo. Todo empezó a crujir allí arriba. Una tabla, y una sombra que se coló por las junturas del suelo. Loretta puso el dedo en el gatillo, temblando, con la piel cubierta de sudor. La trampilla se levantó unos milímetros…

Amy gimió y contuvo un grito. Sin saber muy bien por qué lado abriría la puerta Cazador, Loretta esperó a ver el dedo de su mocasín, después dirigió el cañón del rifle hacia él. La puerta rechinó al abrirse de par en par. La luz la cegó un momento. Cazador las miraba amenazante, con la expresión llena de rabia.

—¡Fuera! —chasqueó los dedos y se golpeó el hombro con el pulgar, echándose atrás para que ellas pudieran salir—. ¡Namiso, ahora!

Amy se apresuró a obedecer. Loretta utilizó todo su peso para mantenerla en la esquina.

—Vete de aquí, Cazador. No voy a irme contigo.

Él puso un pie en el último escalón. Preguntándose si estaba de verdad haciendo algo así, Loretta le apuntó con el arma.

—¡No lo intentes! Márchate, por favor. ¡No quiero hacerte daño!

Dio un paso más, imponente, con una expresión de ira en los ojos.

—¡Está cargada! ¡No me pongas a prueba, Cazador! ¡No voy a volver!

Para desgracia de Loretta, él se atrevió a dar otro paso. Ella se preparó y trató de mover el dedo tembloroso del gatillo. Se imaginó el sonido del disparo ensordeciendo sus oídos. Lo vio tambaleándose y cayendo por las escaleras, con el pecho abierto y lleno de sangre. Sus ojos color índigo mirándola, inmóviles. Los recuerdos de sus padres aparecieron en su mente, pero también otros recuerdos, los de Cazador, en un centenar de momentos diferentes, como su amigo, su amante, como su protector. Odiaba lo que era, las cosas que era capaz de hacer. Pero lo amaba también. Y que Dios la ayudase, pero no era capaz de matarle. Él lo sabía. Lo leyó en sus ojos. Bajó los escalones que le quedaban y aulló a Amy que estaba detrás de ella.

—Ve con Antílope Veloz —ordenó.

—Cazador… —Amy lo cogió del brazo—. ¡Tienes que entenderlo! ¡Era su madre! ¡Su madre y su padre! ¿Cómo te sentirías?

—¡Ve con Antílope Veloz! —gruñó.

Con un sollozo, Amy corrió escaleras arriba y salió de la casa, llamando a Antílope Veloz. Con un rencor lento y deliberado, Cazador le quitó el arma de las manos y la tiró al suelo. Entonces, sin decir una palabra, se la puso al hombro y subió las escaleras con ella cogida.

—¡Cazador, por el amor de Dios, no hagas esto! —Lo cogió del cinturón, recordando aquellas otras veces en las que la había llevado de esa manera—. ¡Maldito seas! ¡No volveré allí, no lo haré!

Él cruzó la habitación a grandes zancadas, haciendo como si no la oyese. Furiosa, Loretta le golpeó la parte trasera de los muslos. Él siguió andando. El suelo se tambaleaba y todo empezó a nublarse. Lo siguiente que supo fue que él la ponía sobre el caballo y se montaba a su espalda. Otros dos indios cogieron los caballos en los que Loretta y Amy habían escapado. Amigo relinchó al sentir que un extraño lo tocaba, pero una palabra suave de Cazador lo calmó al instante.

Cazador dio la vuelta al caballo y Loretta se dio cuenta de que era cierto que se proponía llevarla al poblado. Sus deseos no contaban en absoluto. Él la obligaría a vivir entre los asesinos de sus padres, a mirarles a la cara cada día de por vida, a partir el pan con ellos, a ser educada con ellos, a aceptarlos. Ese pensamiento la hizo reaccionar.

—¡No! —gritó, girándose para atacarle—. ¡No volveré contigo, no lo haré!

Cogiéndola por el pelo, la sacudió violentamente. Loretta se quedó paralizada por el dolor. La simple brutalidad de este acto hizo que Loretta lo mirase sin poder creérselo. Él la miró con un destello en los ojos.

Con una voz llena de veneno, dijo.

—Este comanche parará y te dará una paliza si le das problemas, ¿entendido?

—¡No lo harás!

—Soy un comanche, ¿sí? Un mo-cho-rook, uno cruel. ¿De esto es de lo que escapabas? ¿De una fiera, de un hombre que te pega? ¿O que quizá te entregará a sus amigos? Eso estaría bien, ¿eh? ¡Si pudiera encontrar a un hombre tan estúpido como para que se quedara contigo!

Le soltó el pelo y le rodeó la cintura con el brazo. Guardó silencio, haciendo avanzar al caballo a un trote desacompasado. La mano que le sujetaba la cadera era pesada, la pinza de sus dedos incómoda, pero no cruel. Loretta se apoyó en él y cerró los ojos.

—¿Por qué no puedes entender que todo se ha acabado entre nosotros, que no puedo quedarme en ese poblado contigo? —dijo—. Incluso aunque tú no tengas nada que ver con la muerte de mis padres, la gente del pueblo sí. ¡No puedo olvidar eso! ¡Y no puedo perdonarlo!

—A este comanche no le importa nada la canción de tu corazón —protestó con una voz aún venenosa—. Me perteneces, ¡para siempre! Te he metido mi semilla. Un comanche no deja a su mujer.

Estas fueron las últimas palabras que se intercambiaron. Los kilómetros pasaron rápido, las noches largas, hasta que Loretta se dejó vencer por el agotamiento y cayó en un profundo sueño. Horas más tarde se despertó con el apretón de la mano de Cazador en el brazo, que la bajaba bruscamente del caballo. Sin saber muy bien dónde estaba, se cayó como un saco a sus pies, y después caminó a gatas para tratar de librarse de él. Sin embargo, él tiraba de ella con una mano y agarraba una piel de búfalo y una estaca con la otra.

Después de unos segundos, la dejó caer por su propio peso, extendió la piel en el suelo y cogió una roca cercana. Loretta lo vio a la luz de la luna mientras empezaba a clavar una a una las estacas. Sabía que intentaba atarla a ellas con las piernas y los brazos abiertos, pero una parte de su ser se negaba a creerlo. Solo estaba intentando asustarla, intimidarla para que obedeciera.

—¿Por qué hemos acampado tan lejos de los otros? —preguntó, tratando de mantener un tono calmado. Había un fuego encendido a cierta distancia, y podía oír el sonido mortecino de los otros hablando.

—Tu Aye-mee no debe ver —contestó con un tono de voz monótono.

—¿Ver qué? —preguntó ella temblando.

—Los juegos a los que vamos a jugar —dijo él en voz baja.

Él levantó los ojos de la estaca que estaba poniendo en el suelo. Loretta apreció el destello asesino en sus ojos y salió corriendo. Antes de poder dar dos pasos, él estaba sobre ella. Cogiéndola por la muñeca, tiró de ella hacia la piel. Después, con una rapidez inesperada, la obligó a tumbarse boca arriba y se puso a horcajadas sobre ella, inmovilizándole los muslos con el peso de su cuerpo mientras le aseguraba los brazos. Con la misma rapidez le ató los pies.

Loretta lo miró fijamente, como si así pudiera convencerse de que solo quería asustarla. Se había escapado, y ahora él quería enseñarle la lección. En cuanto reivindicase lo que era suyo, volvería a ser el mismo Cazador amable y dulce que ella conocía.

Siguió diciéndose esto hasta que vio que él se ponía en cuclillas junto a ella y le rompía la blusa para dejar al descubierto sus pechos. Empezó a jadear al notar sus dedos en la punta de sus pezones. La luz de la luna jugaba con su rostro, y dejaba al descubierto la ira que guardaba en su corazón.

—Ah, sí, así debe ser, ¿eh? ¿Una bestia y su mujer? —El rostro se le contrajo en una mueca de disgusto al retorcer la sensible piel de sus pechos entre el dedo índice y el pulgar. El estómago de Loretta tembló al recibir las sensaciones—. Cazador, ¿el que viola y tortura? Ese soy yo. —Abandonando los pechos, se echó hacia atrás y le rasgó la falda—. Esto está muy bien, Ojos Azules. El animal que hay dentro de mí te quiere atada.

Con esto, se tendió junto a ella. Incluso en su confusión, pudo oír a lo lejos las palabras que iba diciendo. Lo miró a los ojos y supo lo mucho que le había dolido su huida.

Apoyándose en un codo, le puso la mano en el abdomen y bajó la cabeza para rozarle la sien con los labios. Loretta sintió una convulsión en el vientre con las primeras caricias. Unos dedos recorrieron el camino hacia sus pechos, haciéndole cosquillas y despertándole un mundo lleno de sensaciones.

—Seré cruel, ¿sí? Y te haré llorar ríos de lágrimas mientras juego contigo. Será bueno, muy bueno.

Le tocó la boca con los labios, jugando con ella. Le cogió el pecho con el hueco de la mano. La silueta de su cuerpo se dibujaba a la luz de la luna como una sombra negra, los hombros como una pared amenazadora y su pelo largo, como una cortina de seda.

¿Sueño o pesadilla?

Él siguió susurrando, diciéndole cosas terribles, crueles, tentándola con lo que aún estaba por venir, materializando sus peores sueños. Pero sus caricias eran las de un amante, tan dulces y mágicas, tan pacientes y cuidadosas, como la última vez que habían estado juntos. Sabía que la había atado solo para demostrarle que por muy adversas que fueran las circunstancias, por muy enfadado que estuviese, nunca podría hacerle daño.

—Ah, Cazador, lo siento —dijo sin poder reprimir un sollozo—. No era mi intención hacerte tanto daño. Nunca quise hacerte daño.

—¿Me partes el corazón y crees que no va a dolerme? —Le dio un mordisco en el lóbulo de la oreja y jugueteó con ella un momento, haciendo que le temblase todo el cuerpo—. ¿Escupes en todo lo que soy y crees que no va a dolerme? ¿Me abandonas, me deshonras, y crees que no va a dolerme?

La ronca emoción que percibió en su voz la hizo llorar.

—Nunca fue mi intención deshonrarte…

Loretta deseaba abrazarle, pero al intentar mover los brazos recordó que los tenía atados. Él reclamó sus labios, calientes y exigentes, aunque también extrañamente cariñosos.

Lo que siguió fue muy hermoso. Incapaz de permanecer pasiva, Loretta le respondió con una espiral de pasión tan asombrosa como inquietante. Hubo un momento en el que Cazador cortó las tiras de cuero que ataban sus muñecas y sus tobillos, pero ella ni siquiera se dio cuenta. Él era como un fuego dentro de ella, como brasas que parpadean convirtiéndose en llamas bajas, que crecen rápidamente y se convierten en un infierno. No hubo miedo. Ni dolor. Solo una unión dulce y amarga, una unión que ella nunca hubiese podido imaginar como posible.

Después Cazador la rodeó dulcemente con los brazos y le recordó las promesas que le había hecho, la de que nunca experimentaría brutalidad o vergüenza entre sus brazos, sino amor.

—¿Cómo no puedes oír la canción que mi corazón canta, Ojos Azules?

Loretta sabía que estaba refiriéndose a algo mucho más grande que al puro acto de hacer el amor. El llanto se agolpó en su pecho, después le subió a la garganta y ganó fuerza hasta que no pudo contenerlo más y escapó, seco y tosco.

—Ah, Cazador, tienes que entender. Solo piensas en ti y en tus derechos. ¿Pero qué pasa con los míos?

Cazador le puso la cabeza sobre su hombro y la rodeó con los brazos. Ella dejó que sus lágrimas cálidas mojaran la piel de él y resbalaran, frías y húmedas por su brazo. Con los ojos cerrados, Cazador rememoró cada una de sus palabras, los susurros como tormento y las preguntas sin respuestas. ¿Solo pensaba en sí mismo? Sí. Porque no hacerlo significaría perderla. Mucho después de que su esposa cayera en un sueño profundo, él permaneció despierto, con la vista fija en la oscuridad, en busca de una solución.

Una solución que no existía…