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Cómo regodearte en tu desesperación

de una manera fácil

Llegué de nuevo a la suite del Morrison Hotel a las cinco y media de la mañana, completamente exhausta. Deseaba volver a meterme en la cama al lado del cuerpo fuerte y cálido de Adam, sentirme segura, hacer que me recargara de amor y alegría, de fe y bondad. Eso era lo que esperaba hacer, pero cuando entré en la suite ya se había levantado.

Su mera visión me hizo sonreír y me levantó el ánimo, viéndolo como la mejor medicina que pudiera tomar, pero cuando vi la expresión de su rostro al adentrarme en la sala mi sonrisa se desvaneció. Sonaron timbres de alarma. Reconocía el arrepentimiento en cuanto lo veía, lo había estado viendo en el espejo cada día desde que me casara con Barry. Me preparé, hice de tripas corazón, levanté mi muralla para repeler el ataque. Las defensas de la reina del hielo se activaron.

—Has estado llorando —dijo Adam.

Miré mi reflejo en el espejo del vestíbulo y me vi hecha un desastre. La ropa que me había puesto no hacía juego, no me había cepillado el pelo, no iba maquillada, tenía la nariz roja, la piel llena de manchas. No presentaba precisamente el aspecto ideal para conquistarlo. Estaba a punto de hablarle de Simon Conway cuando todo comenzó.

Comenzó con una mirada y supe, lo supe antes de que dijera palabra, sintiéndome en el acto como una asquerosa que se había aprovechado de un hombre enfermo, y deseé que el momento terminara cuanto antes para poder recoger mis cosas y emprender el camino de la vergüenza de regreso a Clontarf. ¿No había aprendido nada de la experiencia Simon Conway? ¿Qué le había hecho a Adam? Estaba hecho un lío; ¿había deshecho todo el buen trabajo que él había hecho consigo, confundiéndolo y disgustándolo, desorientándolo lo suficiente para enviarlo derecho al puente que había debajo de nuestra ventana? ¿Cómo iba a abandonarlo ahora? ¿En semejante estado? ¿Aunque me pidiera que me fuera?

—No es… No tendríamos que… No tendría que haber —intentó comenzar—. Asumo toda la responsabilidad —dijo finalmente—. Lo siento, Christine. No tendría que… haber ido a verte anoche.

—No, soy yo quien tendría que haber sido más consciente. —Tragué saliva, tenía la voz ronca, sonaba como si tuviera que recorrer una larga distancia—. Tienes a Maria, la gran fiesta, el gran día y estupendas noticias que comunicar acerca de tu trabajo, así que no te preocupes. —Le ayudé a decir lo que no se atrevía a decir—. Olvidemos lo ocurrido. Y, por favor —me llevé una mano al pecho y se me quebró la voz—, perdóname. Me disculpo desde el fondo del corazón por haber sido tan…

¿Perjudicial? ¿Necesitada? ¿Satisfaciendo egoístamente mis necesidades cuando tendría que estar pensando en las suyas? ¿Por dónde comenzar?

Adam me miró apenado.

—Estuvo mal. —Procuré mantener la barbilla alta, pero ¿cómo lograrlo? Estaba muy incómoda—. Lo siento —susurré, dirigiéndome deprisa hacia mi dormitorio—. No quiero irme por si…

—Estoy bien —me interrumpió. Estaba derrengado, hastiado, pero le creí. Mi presencia allí de nada le serviría. Tendría que arriesgarme a dejarlo solo.

»¿Te veré luego? —preguntó—. ¿En la fiesta?

Me quedé helada.

—¿Todavía quieres que vaya?

—Por supuesto.

—Adam, no tienes por qué…

—Quiero que asistas —dijo con firmeza, y asentí, confiando en que ahora Maria completara el cuadro de modo que dejara de necesitar mi presencia como creía necesitarla.

Conseguí aguantar hasta que llegué a mi apartamento para romper a llorar.

Me escondí en la cama de mi apartamento, ignoré el teléfono, la puerta y el mundo mientras me tapaba la cabeza con el edredón y deseaba poder rebobinar todo lo ocurrido. Pero el problema residía en que ni siquiera podía desear eso de veras porque la noche anterior había sido demasiado buena, algo increíble, algo que nunca había experimentado hasta entonces, algo más que simple buen sexo. Adam había sido tierno y cariñoso, pero yo había percibido una conexión, se había mostrado tan confiado y seguro como si supiera qué era lo correcto. No hubo titubeos, nada de besos ni caricias indecisos. Y si en algún momento sentí un leve aleteo de duda, una mirada a sus ojos o un beso me bastaban para saber que era lo correcto y lo más normal del mundo. No había sido como uno de los ligues de una noche que había tenido. Hubo ternura, hicimos el amor como si nuestra historia hubiera hecho que realmente significara algo y estuviéramos haciendo promesas silenciosas para el futuro. O de lo contrario Adam era así de bueno en la cama y yo una ingenua de remate.

Había estado ignorando el teléfono y la puerta, pero tampoco era que alguien se hubiera molestado en llamar. Lo sabía porque lo había comprobado. Tenía el teléfono conmigo debajo del edredón y pese a estar ignorándolo adrede no podía dejar de comprobar a quién estaba ignorando. A nadie. Pero era sábado por la mañana y la mayor parte de la gente estaba disfrutando de la vida en familia y no se molestaba en enviar mensajes de texto. Ni siquiera Adam. Era la primera vez en dos semanas que no estaba con él y lo extrañaba espantosamente, como si hubiera un agujero en mi vida.

Sonó el timbre de la puerta.

Me animó pensar que Adam estuviera en mi puerta con el corazón en la mano o, mejor aún, con el corazón sobre una hoja de nenúfar, ofreciéndomelo. Pero en el fondo sabía que no encontraría a Adam al otro lado de la puerta.

El timbre sonó otra vez, cosa que, pensándolo bien, era inusual. Nadie sabía que vivía allí, aparte de mi familia y algunos amigos íntimos. Casi todos mis amigos andaban atareados con sus nuevas familias o dormían la resaca de la víspera. A no ser que se tratara de Amelia. Me constaba que había percibido mi tristeza cuando la noche anterior habíamos hablado por teléfono y no me hubiese sorprendido que estuviera allí con dos cafés en la mano y una bolsa llena de magdalenas, dispuesta a levantarme la moral. Lo había hecho en otras ocasiones. El timbre sonaba una y otra vez y, dejándome ganar por la idea del café y la compasión, me destapé, sin preocuparme en absoluto por mi aspecto, y me arrastré hasta la puerta. Abrí la puerta, esperando ver el hombro sobre el que llorar, pero en cambio me encontré frente a Barry.

Pareció más sorprendido de verme a mí que yo a él, pese a que había llamado cuatro veces al timbre.

—Pensaba que no estarías —dijo, mirándome de arriba abajo.

—¿Pues por qué no has parado de llamar al timbre?

—No lo sé. He venido hasta aquí. —Se encogió de hombros. Me miró de arriba abajo otra vez, a todas luces nada impresionado por mi aspecto—. Estás fatal.

—Es porque me siento fatal.

—Bueno, es lo que suele pasar —dijo puerilmente.

Puse los ojos en blanco.

—¿Qué hay en la caja?

—Unas cuantas cosas tuyas.

Me pareció una excusa bastante patética para venir a acosarme. Cargadores de teléfonos que había tirado tiempo atrás, auriculares, fundas vacías de cedés.

—Pensé que querías esto —dijo, apartando la basura de arriba para revelar el joyero de mi madre.

Rompí a llorar en el acto, me llevé las manos a la cara. Se quedó desconcertado, sin saber qué hacer. Antes su cometido había sido consolarme, y el mío permitir que lo hiciera, desear que lo hiciera, pero nos quedamos allí plantados como dos desconocidos, salvo que dos desconocidos habrían sido más amables, mientras yo lloraba y él me observaba.

—Gracias. —Me sorbí la nariz, procurando recobrar la compostura. Cogí la caja que me ofrecía y se quedó allí, incómodo, sin saber qué hacer con sus inquietas manos y ninguna barrera tras la que esconderse. Se metió las manos en los bolsillos.

—También quería decirte… —comenzó.

—No, Barry. Por favor, no —dije débilmente—. De verdad que no creo que pueda aguantar más cosas que quieras decir. Lo siento, ¿sabes?, siento mucho, muchísimo más de lo que puedas imaginar, haberte hecho daño. Lo que hice fue espantoso, pero no lograba amarte como mereces ser amado. No estábamos hechos el uno para el otro, Barry. No sé de qué otra manera decir que lo siento, no sé qué más podría haber hecho. ¿Quedarme? ¿Y dejar que los dos fuésemos unos desgraciados? Jesús… —Los ojos me escocían. Me enjugué las lágrimas—. Me consta que en esto la mala soy yo, Barry, lo siento. Lo siento. ¿De acuerdo?

Tragó saliva, guardó silencio un rato y me preparé para oír otra de las cosas más hirientes que se le ocurriera decirme.

—Quería pedirte perdón —masculló.

Eso me pilló por sorpresa.

—¿Por qué, exactamente? —pregunté, comenzando a enojarme pese a que intentaba refrenarme—. ¿Por destrozar el coche de Julie? ¿Por vaciar nuestra cuenta conjunta? ¿O por insultar a mis amigas? Porque sé que te hice daño, Barry, pero no metí a otras personas en nuestros asuntos.

Apartó la vista. Todo el arrepentimiento pareció haberlo abandonado.

—No, por eso no —dijo enojado—. No lamento nada de eso.

No pude dar crédito a su descaro. Se recompuso.

—Lamento el mensaje de voz. No tendría que haber dicho lo que dije. Estuvo mal.

El corazón comenzó a palpitarme, solo podía referirse a un mensaje de voz, el que yo no había oído, el que Adam había escuchado y borrado.

—¿Cuál, Barry? Me dejaste un montón.

Tragó saliva.

—El que iba sobre tu madre, ¿vale? Lo que dije no estuvo bien, quería herirte en lo más íntimo. Sé que es tu mayor temor, así que…

Se calló e intenté entenderlo. Tras una incómoda pausa lo entendí y me di cuenta de que lo había sabido desde el principio. A veces sabes algo y no lo sabes al mismo tiempo.

—Dijiste que me suicidaría, igual que mi madre —dije, con voz temblorosa.

Tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.

—Quería hacerte daño.

—Bien, pues me lo habrías hecho —dije tristemente, pensando en Adam escuchando el mensaje. De modo que sabía que mi madre se había suicidado, que en mis momentos de más profunda oscuridad, cuando todo el mundo me decía lo mucho que nos parecíamos yo y mi madre, en secreto me preocupaba que fuéramos demasiado parecidas. Un secreto que había compartido con mi marido había regresado para acosarme cuando ya sabía que no era como mi madre en ese sentido. Mi madre había sufrido una grave depresión toda su vida, había estado entrando y saliendo de clínicas y terapias desde la adolescencia. Finalmente, incapaz de vencer a los demonios que poblaban su cabeza, se había quitado la vida cuando yo tenía cuatro años. Había sido una pensadora, una mujer inquieta, una poetisa. Y entre todos los pensamientos y poemas que había escrito a lo largo de su vida para intentar comprender su desconcertante cabeza había uno al que me había aferrado, haciéndolo mío: el que había leído en los funerales de la madre de Amelia y del padre de Adam.

Siempre había sabido, incluso de niña, cómo había abandonado el mundo mi madre. Para cuando fui adolescente, la gente no paraba de decirme lo mucho que me parecía a ella, y eso me daba miedo. Llegué a temer la frase «te pareces tanto a tu madre…». Luego, cuando al volverme adulta me empecé a conocer mejor, me di cuenta de que yo no era mi madre, que tenía opciones distintas a las que ella había elegido.

—En fin… —dijo Barry, retrocediendo.

No supe qué más decir. Bajó la escalera hasta la planta baja y comencé a cerrar la puerta.

—Tenías razón en cuanto a nosotros —le oí decir de pronto—. No éramos una pareja apasionada ni romántica, no solíamos salir mucho y probablemente nunca lo habríamos hecho. No nos reíamos como Julie y Jack ni viajábamos por el mundo como Sarah y Luke. Seguramente no habríamos tenido cuatro hijos como Lucy y John. —Levantó las manos—. No sé, Christine, a mí me gustaba cómo éramos. Siento que a ti no.

Se le quebró la voz y se tomó un momento. Abrí más la puerta para verlo.

—Durante este último mes he deseado que fueras desdichada, que te hundieras en las profundidades del infierno. Y ahora te veo así… Ya no puedo seguir sintiendo lo mismo. Estás peor que yo. —Negó con la cabeza—. Si me abandonaste porque pensabas que iba a suponer una mejora para ti, significa que estábamos mucho peor de lo que creía. Te compadezco.

Esto me encendió de nuevo. Barry salió a la calle. Cerré la puerta y regresé a la cama para esconderme del mundo.

Al cabo de unas horas seguía sin haberme movido. Tenía hambre, pero sabía que no había nada que comer en el apartamento, y no podía enfrentarme a la idea de salir a las tiendas con el aspecto que presentaba y sintiéndome como me sentía.

Mi teléfono se puso a sonar y miré la pantalla para ver a quién estaba ignorando. El detective Maguire. Estaba claro que iba a ignorarlo. El teléfono paró y volvió a sonar. Clavé la mirada en el techo, con el corazón palpitándome como un loco. No volvió a latir con normalidad hasta que el teléfono dejó de sonar. Aguardé a que terminara y lo puse en silencio.

El teléfono llamó otra vez.

—Deje un mensaje —gruñí.

Me levanté de la cama y me mareé un poco al ponerme de pie. Luego pensé en Adam y me entró el pánico. Quizás había hecho un disparate. Me lancé sobre el teléfono y pulsé el botón para devolver la última llamada.

—Maguire —ladró.

—Soy Christine. ¿Adam está bien?

—¿Adam?

—El hombre del puente.

—¿Por qué, acaso lo ha perdido?

«En cierto modo», me dije. Pero suspiré aliviada al saber que no estaba herido.

—Escuche, la necesito en el Hospital Crumlin ahora mismo. ¿Puede venir?

—¿El Crumlin? —pregunté extrañada. Era un hospital infantil.

—Sí, el Crumlin —me espetó—. ¿Puede venir? ¿Enseguida?

—¿Por qué?

—Porque se lo estoy pidiendo.

Estaba absolutamente confundida.

—No puedo, tengo que… Ahora mismo no puedo. —Busqué una mentira, pero no me atreví a decírsela—. No me siento muy bien hoy.

—Bueno, pues reaccione, porque aquí hay alguien que se siente muchísimo peor.

—¿De qué va todo esto? No tengo por qué ir a ningún…

—Por Dios, Christine —dijo Maguire, y sonó casi como un sollozo—. ¡Necesito que venga enseguida, carajo!

—¿Está bien? —pregunté.

—Usted venga —dijo—. Por favor.