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Cómo resolver disputas sobre herencias

y testamentos de ocho maneras sencillas

—No entiendo qué pinta ella aquí —dijo Lavinia, con el cuello alargado y el mentón levantado como si llevara una abrazadera invisible que le impidiera adoptar la postura de un ser humano normal.

Sentada en el sofá, no sabía dónde meterme de la vergüenza. Estaba completamente de acuerdo con Lavinia; yo tampoco acababa de entender qué hacía allí. Me resultaba inapropiado estar presente en un asunto tan privado como la lectura del testamento de Dick Basil, pero Adam había insistido en que debía asistir y lo secundé sin saber demasiado bien por qué. Que yo supiera, le preocupaba sentir un incontrolable impulso de tirarse por la ventana o hacerse un corte con el abrecartas o causar destrozos con el atizador del siglo XVIII que había en la chimenea si no le gustaba lo que oía cuando se leyera el testamento. Todavía no estaba segura de qué era lo que él quería oír; creo que él tampoco estaba muy seguro. Hasta entonces había supuesto que lo peor para Adam sería terminar como director general de Basil’s, motivo por el que había intentado encontrar la manera de eximirlo de ese deber. Pero en cuanto Lavinia entró en escena, de pronto declaró que quería el trabajo. Ahora su misión consistía en asegurarse de que su hermana no tuviera nada que ver con la empresa. Era como si en el instante que ella apareció se hubiese dado cuenta de que le importaba. No era solo por el sentido del deber o de estar a la altura de las circunstancias y hacer lo que le correspondía, era algo más profundo que todo eso. Llevaba a Basil’s en el corazón. Formaba parte de su propio ser, tanto como los huesos y la carne. Había sido preciso que la perdiera para que se diera cuenta.

—Debería irme —susurré a Adam.

—Te quedas —dijo con firmeza sin molestarse en susurrar. Todas las cabezas se volvieron hacia nosotros.

Todos los presentes estábamos inquietos: Adam y yo en un sofá de cuero marrón, y en el otro Lavinia y Maurice, cuyos abogados lo habían sacado bajo fianza hacía poco más de una hora. Daba la impresión de estar al borde del infarto; tenía los ojos rojos e irritados, el rostro chupado de agotamiento y la piel seca y llena de manchas.

El motivo de tanto nerviosismo era que si bien Adam creía, y le habían dicho, que el empleo sería para él, que ahora era el hijo mayor, Lavinia había regresado y tenía un derecho previo. Además era imposible saber qué había hecho para asegurar su futuro mientras su padre estaba en el lecho de muerte. De modo que Adam quería el trabajo y Lavinia lo quería más que nunca.

Arthur May, el abogado, carraspeó. Septuagenario de largo cabello blanco ondulado, engominado y sujeto tras las orejas, y una barba de mosquetero, había estudiado en el mismo internado que Dick Basil y era uno de los pocos hombres en que aquel confiara. Se hizo un momento de silencio mientras se cercioraba de que todos le estuvieran prestando atención, luego comenzó a leer el testamento con una voz clara, seca y autoritaria que dejaba claro que era un hombre con el que más valía no discutir. Cuando llegó a la parte en que, con arreglo a los deseos de Richard Basil y en cumplimiento de las últimas voluntades y el testamento del difunto Bartholomew Basil, Adam Richard Bartholomew Basil asumía el control de Basil’s y se convertía en su director general, Lavinia saltó del sofá y dio un alarido. No dijo nada en concreto, solo fue el gemido de una banshee[11], como si fuese una mujer acusada de brujería a quien estuvieran quemando en una hoguera.

—¡Imposible! —farfulló, súbitamente coherente—. Arthur, ¿cómo es posible? —Se volvió y señaló a Adam con un dedo acusador—. ¡Lo engañaste! Engañaste a un anciano agonizante.

—No, Lavinia, eso es lo que intentaste hacer tú —dijo Adam con absoluta frialdad. No me lo podía creer; allí estaba él, completamente en paz con la decisión y el papel, cuando solo una semana antes había amenazado con tirarse de un puente.

—¡Esa zorra tuvo algo que ver con esto!

Apuntó su dedo de impecable manicura hacia mí. El corazón me palpitó al verme convertida en el centro de atención en otro lío de familia.

—Déjala al margen, Lavinia. Esto no tiene nada que ver con ella.

—Siempre has sido igual, Adam, un calzonazos con todas las mujeres con las que has estado. Barbara, Maria y ahora esta. ¡Pues bien, he visto cómo habéis organizado vuestro nidito de amor y creo adivinar lo que está ocurriendo! —Me miró entornando los ojos y retrocedí—. ¿Qué, no se acostará contigo hasta que os hayáis casado? Quiere tu dinero, Adam. Nuestro dinero, y no lo va a conseguir. No creas que puedes enredarme, zorra.

—¡Lavinia! —explotó Adam con una aterradora voz enojada. Se levantó de un salto como si quisiera arrancarle la cabeza a su hermana para comérsela. Lavinia se calló de inmediato—. La razón por la que nuestro padre me dejó la empresa a mí es que tú le robaste cinco millones. ¿Recuerdas?

—¡No seas tan pueril! —Al decirlo se volvió hacia otro lado de forma harto elocuente—. Nos lo dio para invertirlo.

—Vaya, ahora hablas en plural, ¿eh? Lástima que Maurice tenga que afrontar las consecuencias él solo, ¿verdad, Maurice?

Si antes Maurice ya presentaba el aspecto de un hombre acabado, ahora parecía estar al borde de la desintegración.

—Tienes razón, Lavinia —prosiguió Adam—, padre os dio el dinero para que lo invirtierais en vuestra mansión de Niza, en la ampliación de vuestra casa, en todas esas elegantes veladas que ofreciste para que tu cara saliera en las revistas y recolectar dinero para obras benéficas que estoy empezando a preguntarme si existían.

—No fue así —dijo Maurice en voz baja, negando con la cabeza y mirando al suelo como si leyera las palabras en la alfombra—. No fue así en absoluto.

Probablemente había repetido la misma frase insistentemente desde que la policía se lo había llevado para interrogarlo. Levantó los ojos hacia el abogado, con la voz todavía apagada por la preocupación.

—¿Qué pasa con los niños, Arthur? ¿Los incluyó?

Arthur carraspeó, se puso las gafas, contento de retomar el asunto que nos ocupaba.

—Portia y Finn recibirán su herencia de doscientos cincuenta mil cada uno cuando cumplan dieciocho años.

Lavinia aguzó el oído.

—¿Y qué pasa conmigo? ¿Su hija?

Había perdido el gran premio de dirigir la empresa pero, ¿qué había detrás de la puerta número dos? ¿Quizá todavía se podría salvar?

—Te dejó la casa de vacaciones de Kerry —contestó Arthur.

Incluso Adam se quedó atónito. A juzgar por la expresión de su rostro se debatía entre encontrarlo divertido y sentirse culpable por su hermana, que quería y quería tanto que había conjurado sus propios temores para acabar perdiéndolo todo.

—¡Esa casa es horrenda! —gritó Lavinia—. Ni las ratas veranean allí, y menos aún viven en ese lugar de mala muerte.

Arthur la miró como si estuviera de vuelta de todo y le aburriera el histrionismo.

—¿Y qué ocurre con esta casa? —preguntó Lavinia.

—Ha sido legada a Adam —contestó Arthur.

—¡Esto es un escándalo! —espetó Lavinia—. El testamento del abuelo está perfectamente claro: en el supuesto de la muerte de papá, la empresa pasa a ser mía.

—Si me permites explicarlo… —Arthur May se quitó las gafas lentamente—. Tu abuelo estipuló que a la muerte de tu padre la empresa debería pasar al mayor de los hermanos, que en efecto eres tú, Lavinia. Pero había una cláusula, de la que quizá no tengas conocimiento, que establecía que si el hijo mayor fuese condenado por un delito grave o un crimen, o se declarase en bancarrota, la empresa pasara al siguiente en la línea de sucesión.

Lavinia se quedó boquiabierta.

—Y tengo entendido —prosiguió Arthur, dedicándole una prolongada mirada con sus vivarachos ojos azules, cosa que me hizo pensar que estaba disfrutando de lo lindo— que, dejando a un lado los recientes cargos criminales y las demás acciones que haya pendientes, hace poco te has declarado en bancarrota.

—¡Jesús, Lavinia! —Maurice se puso de pie de un salto, súbitamente animado—. Dijiste que todo iría bien. Dijiste que tenías un plan. Que daría resultado. Yo no veo el maldito resultado, ¿tú, sí?

La reacción de Lavinia hizo patente que aquella conducta de su marido era poco frecuente.

—Vale, cariño —dijo con una mesurada y serena voz—. Lo entiendo. Yo también estoy sorprendida. Papá me dio su palabra, pero ahora creo que me tendió una trampa. Me dijo que regresara. Vayamos a otra parte a hablar de esto. Hay gente que puede oírnos.

—Me he pasado el día entero, ¡el día entero!, siendo acosado e interrogado una y otra vez…

—Ya vale, mi vida —interrumpió nerviosa Lavinia.

—¿Sabes cuánto me han dicho que me puede caer?

—Solo intentan asustarte…

—Diez años. —La voz le temblaba—. La sentencia habitual es de diez años. ¡Diez años! —le gritó en la cara, como si dudara de que su esposa hubiese captado la enormidad de lo que le estaba diciendo.

—Ya lo sé, querido.

—Por un delito en el que no estaba solo…

—De acuerdo, cariño, de acuerdo. —Sonrió nerviosa, alcanzándole el brazo con la intención de llevárselo de la habitación—. Está claro que papá ha intentado ser el último en reír. —La voz también le temblaba para entonces—. Pero no pasa nada, yo también tengo sentido del humor y seré la última que se ría. Impugnaré este testamento —dijo, recobrada ya por completo la compostura.

—Llevas todas las de perder, Lavinia —manifestó Adam—. Date por vencida.

Apenas reconocía al hombre que había visto temblando en el puente, el hombre que había callado en presencia de su padre, que se había escondido en su caparazón en cuanto habíamos cruzado la verja de su casa. Lavinia tampoco, evidentemente, porque lo miraba como si estuviera poseído. Pero eso no le impidió asestar su golpe de gracia, una última injuria:

—No tienes ni repajolera idea de dirigir negocios. Pilotas helicópteros, por el amor de Dios. Eres completamente inepto y emocionalmente incapaz de lidiar con la presión que conlleva dirigir un negocio. Llevarás esta empresa a la ruina, Adam.

Intentó sostenerle la mirada, pero no dio resultado. Al final salió hecha una furia de la habitación con Maurice a remolque, arrastrando los pies detrás de ella como una sombra.

—Lamento todo esto, Arthur —dijo Adam.

—No te preocupes, colega. —Arthur se puso de pie y comenzó a meter los papeles en su maletín—. He disfrutado bastante —admitió, con un pícaro brillo en los ojos.

El teléfono de Adam sonó. Adoptó una expresión preocupada cuando miró la pantalla, se disculpó y fue a la otra punta de la sala para contestar.

Arthur se inclinó hacia mí y dijo en voz baja:

—No sé qué está haciendo con este hombre, pero siga haciéndolo; no había visto a Lavinia encajar una perorata como la de hoy en mucho tiempo y no recuerdo que este muchacho alguna vez se haya mostrado tan seguro de sí mismo. Le sienta muy bien.

Sonreí, sintiéndome orgullosa de Adam y de lo lejos que había llegado en poco menos de dos semanas. Pero al mismo tiempo tenía un largo camino delante de él, y no pensaba en Basil’s y las presiones que acarrearía consigo. Los problemas que Adam tenía no eran de los que desaparecían de la noche a la mañana, ni siquiera en un par de semanas. Solo me cabía esperar que ahora estuviera mejor situado, con las herramientas necesarias para defenderse. De lo contrario, había fracasado.

—Arthur, creo que vas a estar ocupado una temporada —dijo Adam, tras colgar el teléfono—. Era Nigel. Parece ser que Lavinia ya había llegado a un acuerdo con él para fusionar Bartholomew y Basil y vender el paquete al señor Moo.

—¿La empresa de helados? —preguntó Arthur, estupefacto.

Adam asintió.

—Estaban trabajando en la letra pequeña y tenían previsto anunciarlo en cuanto Lavinia tuviera el control.

Arthur se quedó pensativo durante un instante y acto seguido rio.

—Tu padre desde luego se la jugó bien jugada. Y además lo hizo con gran deleite. —Se puso serio—. Lavinia actuó sin ninguna clase de autoridad, no ocupa ningún puesto en Basil’s, no se sostendrá… a no ser, claro, que tú quieras.

Adam negó con la cabeza.

Arthur sonrió.

—Nigel se va a enojar de lo lindo.

—Estoy acostumbrado a los Basil enojados.

—Probablemente te traiga sin cuidado, Adam, pero tu padre estaría orgulloso de ti. Él no te lo diría, por supuesto, antes preferiría morir, cosa que ha hecho. Pero acepta mi palabra, muchacho, estaría orgulloso de ti. Me dijo que no querías la empresa pero… —Levantó la mano para impedir que Adam le diera explicaciones—. Debes saber que él y yo trabajamos duro estos últimos meses, redactando este testamento. Sin lugar a ninguna duda, era a ti a quien quería al timón.

Adam asintió en señal de gratitud.

—Lo echarás de menos, Arthur. ¿Amigos cuántos años?

—Sesenta y cinco. —Arthur sonrió con tristeza y luego rio—. ¡Bah! ¿A quién pretendo engañar? Seré el único que extrañe al viejo cabrón.

Miré a Adam, que tenía las manos en los bolsillos de su elegante traje, de pie junto a la antigua chimenea de la mansión, un retrato de su abuelo sobre la repisa, el parecido asombroso. Estaba para comérselo. Nuestras miradas se encontraron y el corazón me comenzó a palpitar. Se me hizo un nudo en el estómago y esperé que no percibiera cómo me sentía.

—Me has preguntado qué solía hacer aquí de niño cuando estaba solo.

Asentí, contenta de que hubiese hablado él primero, pues dudaba de que yo fuera capaz de hablar.

—Es mediodía. —Miró el reloj—. Tenemos otras cuatro horas de luz y luego podemos regresar a Dublín. ¿Te parece bien?

Asentí. Cuanto más tiempo lo tuviera para mí, mejor.

En cuatro horas me hice una idea de cómo había sido la vida de Adam en Avalon Manor. Salimos al lago casi congelado en bote, tomamos un picnic que Maureen nos había preparado; emparedados de pepino y zumo de naranja recién hecho, que era lo que él solía tomar de pequeño. Luego montamos en un cochecito de golf y me paseó por las cien hectáreas de la finca. Hicimos tiro al plato, probamos el tiro al arco, me mostró dónde iba a pescar… pero el rato más largo lo pasamos en el cobertizo de los botes, envueltos en mantas, bebiendo whisky de una petaca, contemplando la puesta del sol sobre el lago.

Suspiró; fue un suspiro profundo y cansado.

Lo miré.

—¿Seré capaz de hacerlo?

Mi mente repasó una selección de palabras y frases de mis libros de pensamiento positivo, pero al final me paré, conformándome con un simple:

—Sí.

—Todo es posible contigo, ¿verdad?

—Casi todo es posible. —Y agregué, más para mí misma—. Pero no todo.

—¿Como qué?

«Como lo nuestro».