7
Cómo forjar una amistad
y generar confianza
Le habría jurado a cualquiera dispuesto a escucharme que no había dormido en toda la noche porque estaba segura de no haberlo hecho, pero en lugar de darme cuenta de que la mañana finalmente había llegado, fue el ruido del agua corriente lo que obligó a interrumpir el modo sueño. Confundida por haberme dormido, tardé un poco en saber dónde estaba. Estuve despierta del todo y alerta en un abrir y cerrar de ojos; nada de aturdimiento. Cuando descubrí que el sofá donde se había acostado Adam estaba vacío me puse de pie de un salto, corrí al dormitorio golpeándome la rodilla con la mesa de café y el codo con el marco de la puerta, sin pensar demasiado en lo que hacía, e irrumpí en el cuarto de baño, donde me encontré ante un culo muy respingón y musculoso que no había visto el sol en mucho tiempo. Adam giró el torso, sus rizos rubios estaban lacios y oscurecidos y le chorreaban el rostro. No pude dejar de mirarlo fijamente.
—No te preocupes, estoy vivo —dijo, divertido otra vez.
Salí enseguida del cuarto de baño, cerré la puerta sofocando una risita tonta y corrí al aseo de huéspedes para ponerme presentable tras una noche enfundada en tela tejana. Cuando salí a la sala de estar, el agua seguía cayendo en el cuarto de baño. Al cabo de diez minutos seguía cayendo. Fui de un lado al otro del dormitorio preguntándome qué hacer. Sorprenderlo en cueros una vez había sido algo accidental, una segunda vez sería directamente escalofriante, pero no estaba segura de que pudiera preocuparme por mi integridad cuando dos noches antes había intentado matarse, aunque aparte de encogerse hasta morir dudaba de que pudiera hacerse daño allí dentro. Había retirado los vasos del lavabo para que no se cortara y no había oído romper el espejo. Estaba a punto de abrir la puerta del baño otra vez cuando oí el sonido. Al principio era bajo, luego sonó ahogado, tan lleno de dolor, tan profundo y nostálgico que solté el pomo y apoyé la cabeza contra la puerta, deseando ayudarlo, consolarlo con toda mi alma. Sintiéndome impotente, escuché sus sollozos.
Entonces recordé la nota de suicidio. Si no le echaba mano antes de que saliera de la ducha, nunca la vería. Eché un vistazo a la habitación y vi su ropa sucia en un rincón, los vaqueros tirados encima de su bolsa de viaje. Palpé todos los bolsillos y finalmente encontré el trozo de papel doblado. Lo abrí, esperando entender mejor los motivos de su intento de suicidio pero en cambio encontré una serie de garabatos, algunos tachados, otros subrayados y enseguida me di cuenta de que no era ni remotamente una nota de suicidio; era su proposición de matrimonio a Maria, ensayada una y otra vez, reescrita hasta dejarla perfecta.
Una vibración del teléfono de Adam distrajo mi atención. Estaba al lado de la ropa limpia que había sacado para ponérsela ese día. El teléfono dejó de sonar y la pantalla anunció diecisiete llamadas perdidas. Volvió a sonar. Maria. Tomé una decisión rápida, que no conllevó demasiada reflexión. Contesté.
Estaba a media conversación con ella cuando reparé en que el agua había dejado de correr en la ducha, de hecho, no la oía desde hacía un rato. Di media vuelta, con su teléfono todavía pegado a mi oreja. Adam estaba de pie en la puerta del cuarto de baño como si llevara allí un rato, con una toalla envuelta en la cintura y el semblante enojado. Me despedí deprisa y terminé la llamada. Hablé antes de que tuviera ocasión de atacarme.
—Tenías diecisiete llamadas perdidas en tu teléfono, he pensado que podía ser importante y por eso he contestado. Además, si esto va a funcionar entre nosotros, necesito acceso total a tu vida. Sin ningún tipo de restricciones. Ningún secreto.
Me callé para asegurarme de que me entendía. No puso objeciones.
—Era Maria. Estaba preocupada por ti. Tenía miedo de que te hubieras hecho daño la otra noche, o algo peor. Lleva preocupada por ti cosa de un año, extremadamente preocupada durante nueve meses. Tenía la sensación de que no lograba comunicarse contigo, de modo que recurrió a Sean para que la ayudara y así poder decidir qué hacer. Reprimió lo que sentía por él pero se enamoró de él. No querían hacerte daño. Hace seis semanas que están juntos. Ella no sabía cómo decírtelo. Pensaba que tu conducta se debía a que tu hermana se hubiese marchado de Irlanda, a que luego tuvieras que dejar tu trabajo y a que tu padre estuviera enfermo. Ha dicho que cada vez que quería hablar contigo ocurría algo malo. Quería contarte lo suyo con Sean, pero entonces llegó la noticia de que la enfermedad de tu padre es terminal. Ha dicho que finalmente había organizado un encuentro la semana pasada y que entonces le contaste que te iban a despedir. Deseaba que no lo hubieras descubierto de la manera que lo hiciste.
Lo observé mientras asimilaba todo esto. Le hervía la sangre, el enojo bullía bajo su piel pero vi que también sufría, estaba muy frágil, muy delicado, muy desconsolado, a un suspiro de venirse abajo.
Proseguí:
—Parecía molesta porque hubiera contestado el teléfono, ofendida, casi enfadada conmigo porque no sabía quién soy. Ha dicho que tras los seis años que llevabais juntos creía que conocía a todos tus amigos. Estaba celosa.
El enojo pareció pasársele un poco; la idea de que Maria tuviera celos de otra mujer fue como agua de mayo sobre su ardiente ira.
Dudé sobre si añadir el resto, pero me lo jugué todo pensando que merecería la pena.
—Ha dicho que ya no te reconoce. Que antes eras divertido, gracioso y espontáneo. Ha dicho que has perdido tu chispa.
Le asomaron lágrimas a los ojos y sacudió la cabeza, volvía el machote.
—Vamos a lograr que vuelvas a ser así, Adam, te lo prometo. Quién sabe, a lo mejor reconocerá al hombre del que se enamoró y se enamorará de ti otra vez. Redescubriremos tu chispa.
Le dejé sitio para que reflexionara y aguardé en la sala de estar, mordiéndome nerviosamente las uñas. Veinte largos minutos después apareció en el umbral, vestido, con la mirada limpia y ni rastro de su desesperación.
—¿Desayunamos?
El bufet del comedor ofrecía todo un surtido de cosas que elegir y los clientes iban y venían varias veces para aprovechar el menú come-cuanto-puedas. Nos sentamos de espaldas al mostrador de tazas de café e individuales limpios.
—Así que no comes, tampoco duermes y a los dos nos gusta rescatar a personas. ¿Qué más tenemos en común? —dijo Adam.
Yo había perdido el apetito tres meses antes, al mismo tiempo en que me di cuenta de que no era feliz en mi matrimonio. Como consecuencia de haber perdido el apetito había perdido mucho peso, aunque estaba trabajando en ello con mi libro Cómo recuperar el apetito bocado a bocado.
—Relaciones rotas —respondí.
—Tú abandonaste la tuya. A mí me dejaron. No cuenta.
—No te tomes tan a pecho que abandonara a mi marido.
—Será si quiero.
Suspiré.
—Venga, háblame de ti.
—Maria ha dicho que perdiste tu chispa hace más de un año, y ese comentario se me ha quedado.
—Sí, a mí también se me ha quedado —interrumpió con fingida vivacidad—. Me pregunto si se habrá dado cuenta antes o después de tirarse a mi mejor amigo, o quizá fue mientras lo hacía. Caray, ¿no sería ocurrente?
No contesté a eso, le permití desfogarse.
—¿Cómo eras cuando tu madre falleció? ¿Cómo reaccionaste?
Maria también me había revelado ese detalle por teléfono, desvelando buena parte de la vida de Adam y sus problemas como si yo fuera una vieja amiga de confianza que ya estuviera al corriente de toda aquella información. Estoy convencida de que habría sido mucho más precavida con lo que decía si hubiese conocido la situación real, pero no era así, no era asunto suyo, y por tanto la dejé hablar; su perorata fue un intento de justificar sus actos y también una manera de enterarme de ciertos aspectos de la vida de Adam que tal vez él no habría compartido conmigo.
—¿Por qué?
—Porque me resultará útil.
—¿Será útil para mí?
—Tu madre falleció, tu hermana se mudó, tu padre está enfermo, tu novia ha conocido a otro. Creo que el hecho de que tu novia te dejara fue el detonante. Tal vez no soportes que la gente se vaya. Quizá te sientes abandonado. ¿Sabes una cosa?, aprender a reconocer tus detonantes puede ayudarte a ser consciente de los sentimientos negativos antes de caer en una espiral descendente. Quizá cuando alguien te abandona conectas con lo que sentiste a los cinco años de edad.
Estaba impresionada conmigo misma, pero al parecer era la única.
—Creo que deberías dejar de hacerte la terapeuta.
—Creo que deberías ir a ver a uno de verdad, pero por la razón que sea no lo harás y la mejor que tienes a mano soy yo.
Esto lo hizo callar. Fueran cuales fuesen sus motivos, aquello no le parecía una opción válida. Aun así, con el tiempo esperaba conseguir convencerlo de lo contrario.
Adam suspiró y se recostó en la silla, mirando la araña del techo como si fuese eso lo que le hubiese hecho la pregunta.
—Tenía cinco años. Lavinia, diez. Mamá tenía cáncer. Era muy triste para todos aunque en realidad yo no lo entendía. No estaba triste, solo sabía que la situación lo era. No estaba enterado que tuviera cáncer, y si lo estaba no sabía qué era. Tan solo sabía que estaba enferma. En casa había una habitación abajo que ocupaba ella y donde no nos permitían entrar. Esto duró unas semanas o unos meses, no lo recuerdo bien. Daba la impresión de ser eterno. Teníamos que ser muy silenciosos si andábamos cerca de la puerta. Entraban y salían hombres con maletines de médico, me revolvían el pelo al pasar. Mi padre rara vez entraba. De pronto, un día la puerta de esa habitación estaba abierta. Entré; dentro había una cama que antes no estaba allí. La cama estaba vacía, pero aparte de eso el aspecto de la habitación era exactamente el mismo que siempre había tenido. El médico que solía darme palmaditas en la cabeza me dijo que mi madre se había ido. Le pregunté adónde, dijo que al Cielo. De modo que comprendí que no iba a regresar. Allí era adonde un día se había ido el abuelo y nunca había vuelto. Pensé que tenía que ser un lugar divertido para que quienes iban no quisieran regresar. Fuimos al funeral. Todo el mundo estaba muy triste. Pasé unos cuantos días en casa de mi tía. Luego me hicieron el equipaje y me enviaron a un internado. —Hablaba de todo ello sin la menor emoción, totalmente desconectado, como si su mecanismo de defensa contribuyera a bloquear un sufrimiento abrumador. Supuse que conectar, sentir el dolor, era más de lo que él podía soportar. Parecía aislado y desvinculado y me creí hasta la última palabra que dijo.
—¿Tu padre no comentó contigo lo que le estaba ocurriendo a tu madre?
—Mi padre no manifiesta sentimientos, cuando le dijeron que le quedaban semanas de vida pidió que le pusieran un aparato de fax en la habitación del hospital.
—¿Tu hermana fue más comunicativa? ¿Pudisteis hablarlo juntos, a fin de entenderlo?
—La enviaron a un internado en Kildare y nos veíamos unos pocos días en vacaciones. El primer verano que regresamos a casa desde el internado montó un tenderete en el pueblo y vendió los zapatos, los bolsos, los abrigos de piel y las joyas de mi madre, y cualquier otro objeto de valor, y ganó una fortuna. Lo vendió todo y no hubo manera de recomprarlo cuando, unas semanas después, alguien se dio cuenta de lo que había hecho. Además, ya se había gastado casi todo el dinero. Para mí era prácticamente una desconocida y todavía lo fue más después de aquello. Está hecha de la misma madera que mi padre. Es más inteligente que yo, lástima que no dé mejor uso a su cerebro. Debería ser ella quien ocupara el puesto de mi padre, no yo.
—¿Hiciste buenos amigos en el internado? —pregunté, esperando que hubiera existido un círculo en el que el pequeño Adam hubiese encontrado amor y amistad; quería un final feliz en alguna parte.
—Allí conocí a Sean.
Cosa que distaba de ser el final feliz, puesto que esa persona en quien confiaba lo había traicionado. No pude contenerme, alargué el brazo y puse una mano encima de la suya. El gesto hizo que se pusiera tenso, de modo que la retiré enseguida.
Cruzó los brazos.
—¿Qué te parece si nos dejamos de paparruchas y abordamos directamente el problema?
—Esto no son paparruchas. Creo que el fallecimiento de tu madre cuando tenías cinco años es significativo, afecta a tu comportamiento pasado y presente, a tus sentimientos, a tu manera de enfrentarte a las cosas.
Eso decía el libro y me constaba que era verdad.
—Salvo si tu madre murió cuando tenías cinco años, me parece que eso no se puede aprender en un libro. Estoy de narices, sigamos adelante.
—Lo hizo.
—¿Qué?
—Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años.
Me miró sorprendido.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
—¿Y cómo te ha afectado? —preguntó amablemente.
—Me parece que no soy yo quien quiere matarse en su treinta y cinco cumpleaños, de modo que sigamos adelante —le espeté, pues quería que volviéramos a hablar sobre él. A juzgar por su expresión de perplejidad había sonado más enojada de lo que me había propuesto. Recobré la compostura—. Perdón. Lo que quería decir era que, si no quieres hablar, ¿qué quieres de mí, Adam? ¿Cómo esperas que te ayude?
Se inclinó hacia delante, bajó la voz y pinchó la mesa con el índice para poner énfasis en cada punto.
—Mi cumpleaños es la semana que viene, no tengo demasiadas ganas de celebrar una fiesta, pero por alguna razón eso es lo que me está organizando la familia, y por mi familia no me refiero a mi hermana Lavinia, pues la única manera que tiene de aparecer en Irlanda sin que le pongan un par de esposas es en Skype. Me refiero a la familia de la empresa. La fiesta es en el ayuntamiento de Dublín, una gran ceremonia, y preferiría no asistir, pero digamos que tendré que estar presente porque la junta directiva ha elegido ese día para anunciar a diestro y siniestro que voy a coger las riendas de la empresa mientras mi padre está vivo, como que les gustaría recibir el sello de aprobación, por así decir. Faltan doce días. Como está tan enfermo, se reunieron la semana pasada para ver si podían adelantar mi fiesta de cumpleaños. Les dijo que eso no iba a suceder. Para empezar, no quiero el trabajo. Todavía no he resuelto cómo arreglarlo, pero esa noche anunciaré a otro como nuevo director. Y si tengo que entrar en esa maldita sala quiero a Maria a mi lado, dándome la mano tal como debería ser. —Se le quebró la voz y se tomó un momento para recomponerse—. He estado pensando y lo entiendo. Cambié. No estaba a su lado cuando me necesitaba, estaba preocupada, acudió a Sean y Sean se aprovechó de ella. Fui a Benidorm con él cuando terminamos nuestro Leaving Cert, y he salido de juerga con él cada fin de semana desde los trece años; créeme, sé cómo puede llegar a ser con las mujeres. Ella no.
Abrí la boca para protestar, pero Adam levantó un dedo a modo de advertencia y prosiguió.
—También me gustaría recuperar mi empleo en la guardia costera, y quitarme de encima a todos los que han trabajado en la empresa de mi padre durante cien años porque me eligieron a mí y no a ellos para suceder a mi padre. Si de mí dependiera, preferiría que cualquiera de ellos se quedara el maldito trabajo. Ahora mismo parece poco probable, pero tú me vas a ayudar en esto. Tenemos que deshacer los deseos de mi abuelo. Lavinia y yo no podemos hacernos cargo de la empresa, pero es imperativo que no pase a manos de mi primo Nigel. Eso sería el fin de la empresa. Tengo que encontrar una solución. Si nada de esto puede arreglarse me tiraré a un puñetero río, si es preciso, porque no pienso vivir si no es a mi manera.
Golpeó la mesa con el cuchillo de la mantequilla para recalcar las dos palabras finales. Me miró con ojos como platos, tenso, amenazador, retándome a que me marchara, a que me diera por vencida con él.
Era tentador, cuando menos. Me levanté.
—¡Bien! —Di una palmada como si me dispusiera a empezar a limpiar un restaurante—. Tenemos mucho que hacer si queremos que ocurra todo eso. Ahora tu apartamento es zona prohibida, supongo, de modo que puedes alojarte conmigo. Tengo que ir a casa y cambiarme, tengo que ir a la oficina a recoger unas cuantas cosas y tengo que ir a una tienda; luego te cuento para qué. Primero tengo que ir a buscar el coche. ¿Vienes?
Se quedó mirándome, asombrado de que no lo abandonara tal como él había supuesto que haría, pero enseguida cogió su abrigo y me siguió.
Una vez que estuvimos en el taxi, mi teléfono sonó.
—Es la tercera vez seguida. Nunca miras tus mensajes. No es muy alentador para mí para cuando esté colgado de un puente en alguna parte con ganas de que me levantes el ánimo.
—No son mensajes de texto, son de voz.
—¿Cómo lo sabes?
Lo sabía porque eran las ocho de la mañana y solo había una cosa que ocurriera tan pronto como a las ocho de la mañana.
—Tan solo lo sé.
Me escrutó.
—Dijiste que nada de secretos, ¿recuerdas?
Me quedé pensando y llevada por la culpa de haber leído su «proposición», que entonces estaba en mi bolsillo, le pasé mi teléfono.
Marcó y escuchó los mensajes. Diez minutos después me devolvió el teléfono.
Lo miré, aguardando alguna reacción.
—Era tu marido, aunque creo que ya lo sabías. Ha dicho que se queda con el pececito y que ha puesto a trabajar a sus abogados para que legalmente no puedas volver a tener un pez. Piensa que quizá también consiga impedir que entres en una tienda de animales. No está seguro de que gane en las ferias, pero hará lo posible por vencerte y asegurarse de que no ganes tú.
—¿Eso es todo?
—En el segundo mensaje te ha llamado puta veinticinco veces. No las he contado. Él sí. Ha dicho que eran veinticinco veces. Ha dicho que eras una puta multiplicada por veinticinco. Y luego lo ha dicho veinticinco veces.
Cogí el teléfono y suspiré. Barry no daba muestras de estar calmándose. En realidad parecía que se estaba poniendo peor, más frenético. ¿Ahora me venía con el pececito? Él odiaba aquel pececito. Se lo regaló su sobrina por su cumpleaños porque el hermano de Barry también odiaba a los peces, de modo que técnicamente era un regalo para ella misma, que se guardaría en nuestra casa para que ella pudiera mirarlo y darle de comer cuando nos visitara. Por mí ya podía quedarse el maldito pez.
—En realidad —Adam me arrebató el teléfono con una mirada traviesa— quiero contar las veces. ¿No sería divertido que se hubiese equivocado?
Escuchó el buzón de voz de nuevo con el manos libres y cada vez que Barry escupía la palabra, con veneno, amargura y tristeza chorreando de cada una de las letras, Adam contaba con las manos y una sonrisa de oreja a oreja. Terminó la llamada un tanto decepcionado.
—Bah. Veinticinco putas.
Me lo pasó y miró por la ventanilla.
Guardamos silencio unos minutos y mi teléfono volvió a sonar.
—Y yo que pensaba que quien tenía problemas era yo —dijo.