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Cómo prepararte para un adiós

A última hora de la tarde comenzó a envolvernos el ocaso y tras unas pocas horas sintiéndonos como si estuviéramos solos en el mundo, volví a la tierra de repente. Había llegado el momento de regresar a Dublín. Pat nos llevó y viajamos en un confortable silencio. De vez en cuando intentábamos charlar, pero cada vez que volvíamos a callarnos se me hacía un nudo en el estómago. Cuanto más nos acercábamos a Dublín, menos faltaba para su cumpleaños, y pronto llegaría el momento de decirnos adiós. Dos intensas semanas habían transcurrido sin que nos diéramos ni cuenta. Las dos semanas más intensas de mi vida, en realidad, terminadas de repente. Por supuesto era posible que pudiéramos volver a vernos, pero nunca sería lo mismo, nunca sería tan íntimo, tan intenso. Y tendría que haber estado contenta. Debería estar celebrándolo: cuando lo conocí, Adam quería poner fin a su vida, y ahora en cambio parecía estar en el buen camino para labrarse un futuro. Si él en verdad me importaba, lo último que debería desear era que no me necesitara como me había necesitado al principio.

Pat salió de la autopista en dirección al centro de la ciudad.

—¿Adónde vamos? —pregunté, incorporándome.

—He reservado una habitación en el Morrison Hotel —explicó Adam—. Está más cerca del ayuntamiento. He pensado que sería más cómodo.

Noté una presión en el pecho y un ligero pánico. Nos estábamos separando, cada uno se iría por su lado. Respiraciones profundas. Respiraciones profundas. Dentro, fuera. Tal vez fuese a mí, y no a él, a quien angustiaba la separación.

—Pero nuestro pacto todavía no ha terminado. Nos queda un día. Adam, si crees que vas a librarte de mí antes de haber concluido, te equivocas. Dormiré en tu sofá.

Sonrió.

—Estoy bien.

Parecía estar bien.

—Bueno, quizás estés bien ahora mismo, en este momento, pero ambos sabemos lo deprisa que eso puede cambiar. Además, te queda mucho trabajo que hacer contigo mismo. Esto es solo el principio, ¿sabes? Y de verdad que tendrías que aceptar ir a ver a un terapeuta.

—Lo acepto —dijo simplemente. Parecía divertido.

—No tiene gracia, Adam. Que Maria vaya a la fiesta no significa que sea algo seguro, todavía no. Insisto en quedarme contigo hasta que venza nuestro acuerdo.

—He pedido habitaciones comunicadas. —Sonrió—. Y gracias por el recordatorio.

Hice una pausa, avergonzada.

—Oh. No intentaba asustarte, solo quería, ya sabes, prepararte para lo que pueda suceder.

Y una vez más me di cuenta de que era yo quien tenía que prepararse.

Cuando llegamos al Morrison Hotel nos acompañaron de inmediato en ascensor hasta el ático, donde Adam había reservado una suite con dos dormitorios.

—La vista que solicitó, señor —dijo el botones con orgullo.

Me acerqué a los ventanales que iban del suelo al techo y me asomé. Nuestra habitación daba al río Liffey y justo debajo de nuestra ventana estaba el Ha’penny Bridge, resplandeciendo magníficamente iluminado en aquel oscuro atardecer, con focos verdes apuntando al cielo y sus tres farolas decorativas brillando sobre el agua. Miré a Adam, sonaron timbres de alarma en mi cabeza y procuré no reaccionar.

—¿Contenta? —preguntó Adam.

—Nuestras habitaciones no están conectadas —dije descaradamente.

—No —se rio—. Al parecer están separadas por un comedor, una cocina y una sala de estar. —Me miró, divertido—. Pensé que te gustaría.

Era la habitación más lujosa en la que había estado jamás, y solo había estado en dos habitaciones verdaderamente lujosas, ambas cortesía de Adam.

—Es asombroso —respondí asintiendo. «Y no solo por la vista panorámica».

Era tarde cuando llegamos al hotel, y a los dos nos apeteció pedir una cena ligera al servicio de habitaciones y ver la televisión en la enorme pantalla de plasma, sentados en el enorme sofá. Sentada con Adam sin hacer nada estaba más cómoda de cuanto lo había estado alguna vez con Barry. Estábamos a gusto. La guinda era que yo deseaba mucho, pero mucho, mucho, acostarme con Adam. Pocas veces había tenido tantas ganas de hacerlo con Barry. Al principio su incertidumbre me parecía tierna pero luego, a medida que fue pasando el tiempo, comenzó a frustrarme; deseaba unas manos firmes, varoniles en mi cuerpo y me irritaba lo insatisfecha que me sentía después, mientras él jadeaba a mi lado, sin aliento, cuando yo ni siquiera había comenzado. Por supuesto que al principio las cosas habían sido diferentes, pero no tardamos en acomodarnos a esa rutina. Y ni siquiera llevábamos casados un año. No podía imaginar cómo habría sido al cabo de treinta.

Mientras que con Adam… Estar con Adam me hacía sentir viva. Adam me embriagaba con efectos vertiginosos. Pese a que el sofá era enorme, nos sentamos juntos en medio. Yo era como una colegiala chiflada por él. Me quedaba paralizada y alelada. ¡Estaba pegado a mí! Cuando nuestros codos se rozaban, me encendía toda. No podía concentrarme en la película. Estaba demasiado contenta, demasiado exaltada, demasiado enardecida en ese momento para poder concentrarme. También era demasiado consciente de su proximidad, sus pies descalzos sobre la banqueta que compartíamos, su cuerpo musculoso en pantalones de chándal y camiseta, recostado a mi lado, relajado y, oh, tan sexy al mismo tiempo.

Tenía miedo de apartar los ojos del televisor, miedo de mirarlo por si resultaba obvio, por si se notaba, por si se daba cuenta de que la mujer que confiaba que lo ayudaría a salir de las profundidades de su desesperación estaba soñando en secreto en bajarle los pantalones y tomarlo allí mismo, en el sofá. Lo miré con el rabillo del ojo: miraba el televisor, totalmente absorto, llevando la mano mecánicamente del cuenco de palomitas a la boca. Miré un momento, vi las palomitas caer entre sus labios carnosos. Tragué saliva. Tomé otro sorbo de mi copa.

—Voy a darme una ducha —dijo de pronto, dejando el cuenco en la banqueta, y se fue a su habitación. El enorme sofá lo pareció todavía más cuando me quedé sentada sola, y me sentí como una idiota. Me agarré la cabeza con las manos, golpeé la frente repetidamente contra las rodillas dobladas e intenté recordarme que el hombre que me obsesionaba había jurado matarse si no recuperaba a su novia para su cumpleaños. Su novia. Su cumpleaños era al día siguiente. Lo último en que estaría pensando sería en acostarse conmigo.

Era preciso que volviera a meterme en mi papel. Había perdido el norte por completo. Dejé la copa de champán en la mesa, sintiendo un apuro repentino, como si fuera la única chica de la fiesta porque la fiesta había terminado y no me había dado cuenta hasta entonces. Me incorporé, las mejillas me ardían de vergüenza por lo que había estado pensando, por lo egoísta que había sido, por no hablar del peligro que habría supuesto habida cuenta del estado anímico de Adam.

Caminando de puntillas, fui hasta su dormitorio y arrimé la oreja a la puerta. Esperaba oír los habituales sollozos pero lo único que oí fue el agua cayendo desacompasadamente, salpicando en distintas direcciones al son de los movimientos de su cuerpo debajo del chorro. Nada de lágrimas. Sonreí. Estaba preparado. Solo faltaba que Maria no lo echara todo a perder. Crucé la lujosa y mullida alfombra hasta mi dormitorio, me desvestí para acostarme y marqué el número de Amelia. Había estado tan abrumada por mi propia vida en los últimos días que ni siquiera se me había ocurrido llamarla para preguntarle cómo le iba. El teléfono sonó y sonó y finalmente contestó una jadeante Amelia.

—¿Qué estás haciendo, un maratón? —bromeé con voz cansina, tratando de levantarnos el ánimo a las dos.

—No, perdona, estaba… Mmm… —Se rio con disimulo—. Lo siento. ¿Estás bien? Quiero decir, ¿cómo estás?

Fruncí el ceño, escuché detenidamente los ruidos de fondo.

—¿Hola? —preguntó otra vez.

—¿Con quién estás?

—¿Yo?

—Sí, tú —sonreí.

—Pues… Con Bobby. Ya sabes. Me está ayudando con eh… la investigación.

Oí una risotada.

—¿Estáis en Kenmare?

—No. Hemos abandonado esa idea por el momento, digamos que nos desvió otro asunto aquí en Dublín, ya ves. —Volvió a reír—. Christine, la verdad es que ahora mismo no puedo hablar.

Me reí.

—Sí, ya me doy cuenta. Solo quería saber si estabas bien.

Entonces la voz de Amelia devino más clara.

—¿Sabes qué?, lo raro es que lo estoy. Que lo estoy de verdad.

—Me alegro.

—¿Y tú qué me cuentas? Sé que mañana es… la fiesta de cumpleaños. ¿Cómo está Adam? ¿Qué tal va todo?

—Bien, sí, muy bien —contesté, y oí el temblor de mi voz—. Ya hablaremos mañana. Te dejo seguir con lo que estuvieras haciendo.

Colgué y me agarré la cabeza con las manos. Cuando levanté la vista vi que Adam estaba en la puerta, la puerta que siempre dejaba entornada para oír cualquier ruido que él hiciera durante la noche. Estaba chorreando, con la toalla atada a la cintura. El agua le goteaba de la nariz y el mentón como si literalmente hubiese salido corriendo de la ducha sin secarse. Se secó la cabeza sin prestar atención, se echó el pelo para atrás, lo alisó con las dos manos. Al hacerlo, aún se perfiló más su musculatura. Le clavé los ojos descaradamente, pues pensé que su aparición repentina en mi puerta medio desnudo me daba licencia.

Intenté pensar qué decir. ¿Estás bien? O: ¿Puedo ayudarte? No, sonaba demasiado a dependiente de tienda. De modo que me quedé callada, de pie en ropa interior, mirándolo y siendo mirada. Entonces, de repente, muy de repente, por primera vez en dos semanas cruzó el umbral, pasando de su mundo a mi mundo, y de pronto estuvo en mi habitación viniendo hacia mí, y mi rostro estaba entre sus manos, y me miraba, y el agua de la ducha le goteaba del pelo y me mojaba la piel, sus labios estuvieron sobre los míos y me sostuvo así, un instante bellísimo y prolongado, un suave roce de sus labios contra los míos durante una eternidad. Me entró miedo de que fuera a apartarse, de que decidiera que aquello era una equivocación, pero en cambio me separó los labios con su labio inferior y me metió la lengua en la boca. Cuando por fin tuve claro que no se iba a arrepentir, levanté las manos hacia su torso y me arrimé a él. Estaba mareada, todo daba vueltas dentro de mí como un mensajero alarmado que tratara de difundir la noticia. Me derretí literalmente y al mismo tiempo cobré vida, una sensación de lo más extraña. Lo conduje a la cama y al tendernos puso fin a su beso y abrió los ojos. Me sonrió, correspondí a su sonrisa y proseguimos.

Proseguimos dos veces más.

Mientras Adam dormía debajo de mí con sus brazos en torno a mi cuerpo, y mi cabeza subiendo y bajando sobre su pecho, me sentía satisfecha y adormilada. Había algo en sus latidos, en su respiración, en el hecho de que estuviera vivo, que me había ayudado a relajarme casi todas las noches que habíamos compartido habitación. Era un remedio que mi libro Cómo acallar tu mente y conciliar el sueño no mencionaba: enamórate de un hombre guapo y escucha los latidos de su corazón. Me ayudó a relajarme y me quedé frita.

Cuando cerré los ojos me vi en el bloque de apartamentos con el detective Maguire, solo que esta vez el bloque de apartamentos era un deteriorado Avalon Manor, en Tipperary. Había cinta amarilla de la policía en torno al edificio y Simon estaba en el tejado. El detective Maguire había pedido una escalera de mano para que subiera y yo protestaba diciendo que no podía subir porque llevaba un vestido y hacía viento. No obstante, al final trepaba por la escalera, el viento me levantaba las faldas hasta la cintura y todos los que estaban debajo de mí se echaban a reír. Había olvidado ponerme ropa interior porque acababa de acostarme con Adam, cosa que no dudé en decirles. Maria estaba presente y todos estuvieron de acuerdo en que deberían arrestarme por haber hecho un comentario tan fuera de lugar. Todo el mundo estuvo de acuerdo, incluso Leo Arnold, que estaba al lado de Maria. El detective Maguire les dijo que me arrestaría, pero que antes debía salvar a Simon. A gritos para que lo oyera desde lo alto de la escalera, se puso a negociar un acuerdo conmigo: si salvaba a Simon, no me arrestaría. Pero no paraba de reír mientras hablaba, mofándose de mí. Sin embargo, acepté y cerramos el trato. Trepé y trepé escalera arriba sin llegar a parte alguna, todo el mundo seguía riendo debajo de mí dado que mi falda seguía hinchándose para que todos me vieran. De pronto la escalera comenzó a inclinarse hacia atrás, separándose de la casa. Levanté la vista y vi a Simon en el borde del tejado; estaba llorando, mirándome exactamente con la misma mirada que había visto en su rostro aquella noche. Podía ver la culpa que traslucía su expresión, ver que si no llegaba hasta él, moriría. Maguire, Maria y Leo se desternillaban de risa. La escalera estaba en el limbo, sosteniéndose en precario equilibrio, acercándose a Simon para luego cambiar de opinión y volver a alejarse, y nada podía hacer yo para detenerla. Entonces apareció Adam, muerto de vergüenza por mí y mi evidente fracaso, deseando no haberme conocido. Se lo estaba diciendo a todo el mundo, y fue lo último que oí antes de que la escalera se inclinara completamente hacia atrás y yo cayera en picado al suelo.

Me desperté dando un respingo. Miré el reloj y vi que solo había dormido veinte minutos.

—¿Estás bien? —gruñó Adam.

—Mmm.

Sus brazos me estrechaban el cuerpo, su pecho subía y bajaba, y volví a dormirme. Estaba de nuevo en el bloque de apartamentos, el verdadero esta vez, solo que estaba completamente amueblado y con personas viviendo en él, y en cada apartamento se oían los múltiples sonidos de la vida, tal como debía ser. Simon estaba delante de mí con un plátano en la mano, que había cogido de un frutero que había sobre la encimera de la cocina. Me estaba diciendo que era una pistola.

Comencé a hablar, pero hablaba demasiado deprisa y mis palabras se embarullaban y no tenían sentido. Aun así, Simon me entendió. Cuando terminé mi disparatada charla, dejó la pistola sobre el mostrador. Suspiré aliviada. Miré en derredor en busca del detective Maguire, pero allí no había nadie, de modo que aguardé a que los gardaí me relevaran; ¡había cumplido con mi cometido, había terminado, lo había convencido! Pero nadie vino. ¿Dónde estaban todos? Sentía un gran alivio y también inquietud, el corazón me palpitaba en el pecho. Simon se veía perdido, agotado después de aquel trance. Me constaba que debía decir algo, llenar el silencio.

—Ahora puedes irte a casa, Simon, a casa con tus hijas.

Supe que la había pifiado en cuanto lo dije. Simon me había estado diciendo todo el rato que aquel apartamento era su hogar, que habían intentado echarlo de su hogar, y lo único que quería era regresar con su familia al hogar para el que había ahorrado, el hogar que había comprado con su esposa, el hogar donde tenía planeado vivir con sus hijas; su primer hogar familiar. La habitación se vació de repente, se volvió gris e invivible, y caí en la cuenta de que estábamos en casa de Simon. Había dicho lo peor que cabía decir. Me miró, y supe al instante que había cometido un craso error.

Cogió el plátano, que se había convertido en una pistola.

—Esta es mi casa.

Apretó el gatillo.

Me desperté, sus palabras resonaban en mis oídos. El corazón se me iba a salir del pecho, Adam ya no estaba debajo de mí, estaba a mi lado en la cama, el reloj señalaba las cuatro de la madrugada. Me senté, acalorada y pegajosa por la pesadilla, el pánico y el pavor se revolvían dentro de mí por el recuerdo de lo que había ocurrido. Alcancé el bloc de notas de la mesilla de noche y escribí: «He tenido que salir. Ya te contaré. Hasta luego».

Cavilé sobre si firmar con una X[12] y opté por no hacerlo. No quería transmitir la impresión de estar demasiado encariñada, de ser demasiado presuntuosa. Para entonces ya había perdido bastante tiempo y no disponía de tiempo para cavilar más. Con un poco de suerte, estaría de vuelta antes de que se despertara. Me levanté de la cama, me vestí de cualquier manera y enseguida estuve en recepción aguardando un taxi. Veinte minutos después entraba en el hospital.

Irrumpí en la sala y, al ver mi expresión, el agente de seguridad entendió que debía permitirme entrar. Afortunadamente, Angela estaba de turno.

—¿Qué ocurre, Christine?

—Fue culpa mía —dije, conteniendo las lágrimas.

—No es culpa tuya, ya te lo he dicho.

—Tengo que decírselo. Acabo de recordarlo todo. Tengo que pedirle perdón.

Intenté apartar a Angela pero me retuvo.

—No vas a ir a ninguna parte hasta que te calmes, ¿me oyes?

Su voz era firme. Una enfermera se asomó al pasillo para comprobar que todo estuviera en orden y, puesto que no quería armar un escándalo, me obligué a serenarme de inmediato.

Me senté junto a la cama de Simon, inquieta. Lo habían desconectado de la máquina durante mi estancia en Tipperary, pero seguía en cuidados intensivos. Respiraba sin ayuda aunque todavía no había abierto los ojos ni recobrado por completo la conciencia. Los dedos me temblaban mientras las palabras que había pronunciado la noche del disparo —que había olvidado, borrándolas de mi mente— reverberaban en torno a mi cabeza, burlándose de mí, culpándome, señalándome acusadoras.

—Simon, he venido a disculparme. He recordado lo que te dije. Probablemente lo habrás recordado en todo momento y habrás tenido ganas de echármelo en cara a gritos, pero ahora ya lo sé —me sorbí la nariz—. Habías soltado la pistola. Permitiste que llamara a los guardias. Se te veía distinto, aliviado, y yo también estaba muy aliviada, muy contenta de haber impedido que te pegaras un tiro, pero no sabía qué hacer. Seguramente no fueron más de cinco segundos, pero la espera se eternizaba. Tenía miedo de que volvieras a coger la pistola. —Cerré los ojos con fuerza, las lágrimas me resbalaban por las mejillas y me situé de nuevo en la habitación donde habíamos estado hacía poco más de un mes—. «Bien hecho, Simon —repetí—. Los guardias están en camino. Van a llevarte a casa, junto a tu esposa y tus hijas». Y de pronto cambiaste de expresión. Fue por lo que dije, ¿verdad? Casa. Dije ir a casa, pero tú te habías pasado todo el rato diciéndome que aquella era tu casa, la que te habían obligado a abandonar. Te escuché de veras, Simon, te entendí completamente… y al final patiné. Cometí un error y lo lamento.

Tuve ganas de cogerle la mano pero algo me dijo que el contacto físico sería una intromisión. No era un amigo, no era un familiar, yo era la mujer que no había logrado salvarlo de sí mismo.

—Estaría mal por mi parte, sería egoísta insinuar que había un motivo para que hicieras lo que hiciste, que algo bueno pudiera haber salido de lo que has hecho, pero cuando te perdí me angustió tanto pensar que podría cometer la misma equivocación otra vez que me pasé de rosca, me he estado pasando de rosca un montón en mi empeño por salvarle la vida a otro hombre. Y si no hubiera fallado contigo quizá no habría tenido éxito con él.

Pensé en Adam y en la noche que acabábamos de pasar juntos. Se me escapó una sonrisa.

Me quedé haciéndole compañía en silencio un buen rato. De repente sonó un pitido en una máquina que había junto a la cama. De entrada me paralicé, pero acto seguido me levanté de un salto. Al mismo tiempo Angela entró corriendo en la habitación y se puso en acción.

—Solo le he estado hablando —dije, presa del pánico—. ¿Qué he hecho?

—No has hecho nada malo —contestó enseguida. Corrió a la puerta, disparó una lista de órdenes a otra enfermera de turno y luego me miró—. No has hecho nada. Deja de culparte. Me alegra que estuvieras con él. Ahora vete.

Un frenesí de actividad invadió la habitación y me marché.

Aquella noche el médico dictaminó el fallecimiento de Simon Conway.