5

Cómo llevar tu relación

al siguiente nivel

—¿Qué demonios hacía usted aquí? —gruñó el detective Maguire, acercando su cara a la mía.

—Intentaba ayudar.

—¿Lo conoce?

Queriendo decir: ¿También lo conoce?

—No.

—¿Pues qué ha ocurrido?

—Pasaba por aquí y he visto que tenía problemas. Nos preocupaba que ustedes no llegaran a tiempo, y se me ha ocurrido hablar con él.

—Por el buen resultado que le dio la primera vez —me soltó, y acto seguido pareció arrepentirse—. En serio, Christine, ¿espera que me crea ese cuento? ¿Tan solo pasaba por aquí? ¿Dos veces en un mes? ¿Espera que me crea que ha sido pura coincidencia? Si tiene planes de convertirse en un héroe de capa y espada…

—En absoluto. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. He pensado que podía ayudar. —Enfadada por la manera en que me trataba, agregué—: ¿Y lo he hecho, no? Ha regresado al puente.

—Por poco —respondió echando humo.

Caminaba de un lado a otro delante de mí.

De lejos vi que Adam me miraba preocupado. Le dediqué una débil sonrisa.

—No le veo la gracia.

—No me estoy riendo.

Me estudió, tratando de decidir qué hacer conmigo.

—Puede contarme todo esto de principio a fin en la comisaría.

—¡No he hecho nada malo!

—No está detenida, Christine. Tengo que redactar un informe.

Se marchó, esperando que yo lo siguiera hasta el coche.

—A ella no puede llevársela —protestó Adam. Se veía y sonaba exhausto.

—No se preocupe por lo que hagamos con ella.

Maguire adoptó un tono de voz diferente, mucho más suave para beneficio de Adam, un tono que yo no sabía que existiera en su repertorio.

—En serio, estoy bien —objetó Adam cuando Maguire comenzó a llevarlo hacia el coche—. Ha sido un momento de locura. Ahora estoy bien. Solo quiero irme a casa.

Maguire murmuró palabras de apoyo pero lo acompañó hasta el coche igualmente, haciendo caso omiso de sus deseos. Mientras llevaban a Adam en un coche, a mí me llevaron en otro a la comisaría de Pearse Street, donde me pidieron que relatara mi historia otra vez. Era evidente que Maguire no estaba del todo convencido de que estuviera diciendo la verdad. El hecho era que ocultaba algo y él lo sabía. No me veía capaz de contarle lo que en realidad estaba haciendo en el puente o en el edificio. Y no podía decírselo a la amable señora que entró en la habitación después de él, deseosa de hablar conmigo sobre mi experiencia.

Al cabo de una hora el detective Maguire me dijo que podía marcharme.

—¿Qué pasa con Adam?

—Adam ya no es asunto suyo.

—Pero ¿dónde está?

—Lo está evaluando un psicólogo.

—¿Y cuándo podré verlo?

—Christine… —me advirtió, tratando de librarse de mí.

—¿Qué?

—¿Qué le dije sobre lo de implicarse? Fuera hay un taxi. Váyase a casa. Duerma un poco. Procure no meterse en líos.

De modo que me marché de la comisaría de la Garda. Era medianoche de un domingo y el frío me caló hasta los huesos; las calles estaban vacías de tráfico, aparte de algún que otro taxi. El ubicuo Trinity College se alzaba oscuro delante de mí. No sé cuánto rato me quedé allí, intentando entenderlo todo, asumiendo la impresión, cuando la puerta se abrió a mis espaldas y sentí la presencia de Maguire antes de oírlo.

—Todavía está aquí.

No supe qué contestar a eso, de modo que simplemente lo miré.

—Ha preguntado por usted.

El corazón me dio un vuelco.

—Pasará la noche bajo custodia. ¿Puedo darle su número?

Asentí.

—Tome un taxi, Christine —dijo Maguire, y me lanzó una mirada tan amenazadora que me encontré parando el primer taxi que pasó.

Me fui a casa.

Como era de esperar, no dormí. Pasé la noche en vela con la única compañía de la cafetera mientras miraba el teléfono y me preguntaba si el detective Maguire le había dado a Adam el número correcto. Cuando dieron las siete de la mañana y oí coches en la calle, me quedé dormida. Quince minutos después sonó el despertador; hora de ir a trabajar. Adam no me llamó en todo el día, y a las seis de la tarde, cuando estaba apagando mi ordenador, sonó mi teléfono.

Acordamos vernos en el Ha’penny Bridge, cosa que pareció acertada en aquel momento puesto que era nuestro único vínculo, pero una vez que ambos estuvimos allí, veinticuatro horas después del incidente, nos sentimos incómodos. Él no estaba en el puente sino junto a la entrada de Bachelors Walk, mirando el agua. Habría dado cualquier cosa por saber qué estaba pensando.

—Adam.

Al oír mi voz, se volvió. Llevaba la misma trenca negra y el gorro de lana de la noche anterior, con las manos en los bolsillos.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, claro. —Parecía traumatizado por la guerra—. Estoy bien.

—¿Dónde te llevaron anoche?

—Unas cuantas preguntas en comisaría, luego al St. John of Gods para una evaluación psicológica. Salí muy airoso —bromeó—. En cualquier caso, te he llamado porque quería darte las gracias en persona. —Pasó su peso de un pie al otro—. Así pues, gracias.

—De acuerdo. Bien, no hay de qué —contesté con torpeza, sin saber si darle la mano o un abrazo. Todas las señales indicaban que debería dejarlo en paz.

Entonces Adam asintió y se volvió para cruzar la calle hacia Lower Liffey Street. No miraba por dónde iba y un coche tocó el claxon furiosamente cuando por poco lo atropelló. Apenas reparó en el ruido y siguió caminando.

—¡Adam!

Dio media vuelta.

—Accidente. Lo prometo.

Entonces me di cuenta de que tendría que seguirlo. En el hospital quizá le habían creído, pero de ninguna manera iba a dejarlo solo después de lo que había pasado. Pulsé el botón de peatones para que los semáforos cambiaran, pero tardaban demasiado; con miedo a perderlo, aguardé a que hubiera un hueco entre el tráfico y crucé la calle corriendo. Otro coche tocó el claxon. Corrí para acercarme a él y luego aflojé el paso, decidiendo que podía asegurarme de que estuviera a salvo desde cierta distancia. Torció a la derecha en Middle Abbey Street y cuando dobló la esquina y lo perdí de vista, hice un sprint para alcanzarlo. Doblé la esquina a mi vez y no vi ni rastro de él, como si se hubiese esfumado. A aquella hora no había tiendas abiertas en las que pudiera haber entrado. Lo busqué por la oscura calle desierta y me maldije por haberlo perdido, deseando haberle pedido al menos su número de teléfono.

—¡Bu! —dijo de repente, deliberadamente inexpresivo al salir de entre las sombras.

Di un salto.

—Jesús, Adam. ¿Intentas provocarme un ataque al corazón?

Me sonrió, divertido.

—Déjate de ardides a lo Cagney and Lacey conmigo.

Noté que me ponía colorada en la oscuridad.

—Quería asegurarme de que estás bien, pero no entrometerme.

—Ya te he dicho que estoy bien.

—Dudo mucho de que lo estés.

Miró hacia otro lado, parpadeando porque los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas otra vez. Los veía brillar a la luz de la farola.

—Necesito saber que vas a estar bien. No puedo abandonarte sin más. ¿Vas a pedir alguna clase de ayuda? —pregunté.

—¿Y cómo van arreglar algo todas esas conversaciones que la gente quiere mantener conmigo? No cambiarán lo que está sucediendo.

—¿Qué está sucediendo?

Se echó para atrás.

—Vale, no tienes que decírmelo. Pero ¿estás aliviado al menos? ¿Por no haber saltado?

—Claro. Fue una gran equivocación. Me arrepiento de haber ido al puente.

Sonreí.

—¿Lo ves? Eso está bien, ya estás avanzando.

—Tendría que haber subido ahí —dijo, levantando la mirada hacia Liberty Hall, el edificio de dieciséis plantas que era el más alto del centro de Dublín.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —dije, recordando nuestro trato.

Se rio con ganas.

—¿Adónde estamos yendo? —pregunté, corriendo para alcanzarlo mientras él caminaba a grandes zancadas por O’Connell Street. Tenía los pies y las manos entumecidos, de modo que esperé que no tuviéramos que ir muy lejos. Adam daba la impresión de ir caminando sin rumbo, sin un destino en mente, cosa que me llevó a preguntarme si la muerte por congelación sería su siguiente método de suicidio.

—Tengo habitación en el Gresham Hotel. —Levantó la vista hacia el Spire[2]—. O podría haberme tirado en paracaídas y aterrizar ahí encima. Quizá me habría atravesado la barriga. O mejor aún, el corazón.

—Ok, estoy empezando a entender tu sentido del humor. Y es un poco enfermizo.

—Afortunadamente en el hospital no pensaron lo mismo.

—¿Cómo lograste salir de allí?

—Los cautivé con mi alegría y estupor juveniles —dijo, todavía con el rostro muy serio.

—Les mentiste —lo acusé. Adam se encogió de hombros—. ¿Dónde vives?

Titubeó.

—¿Actualmente? En Tipperary.

—¿Viniste a Dublín ex profeso para…?

—¿Saltar desde el Ha’penny Bridge? —Me miró divertido otra vez—. Qué arrogantes que sois los dublineses. Hay puentes perfectamente buenos en el resto del país, ¿sabes? No, vine aquí a ver a alguien. —Llegamos al Gresham Hotel y Adam se volvió hacia mí—. Bien, gracias. De nuevo. Por salvarme la vida. Debería, no sé, darte un beso o un abrazo… Ya lo tengo.

Levantó una mano en alto y puse los ojos en blanco antes de chocar mi palma contra la suya.

Y entonces sí que no supe qué más decir. ¿Buena suerte? ¿Disfruta de la vida?

Él estaba tan perdido como yo, de modo que siguieron fluyendo comentarios sarcásticos.

—Tendría que regalarte una estrella dorada —dijo—. O una medalla.

—Realmente preferiría no dejarte solo ahora mismo.

—Mi cumpleaños es dentro de dos semanas. Pocas cosas pueden cambiar en dos semanas, pero te agradezco que mintieras.

—Puede hacerse —dije, con más confianza de la que sentía. ¿Dos semanas? Había esperado disponer de un año entero, pero si eso era con lo que tenía que trabajar, que así fuese—. Tomaré mis vacaciones anuales y así podré verte cada día. Te aseguro que es posible —dije con optimismo.

Me dedicó la misma sonrisa divertida.

—Realmente preferiría estar solo ahora mismo.

—Para poder matarte.

—Podrías bajar la voz —siseó mientras una pareja pasaba a nuestro lado y nos miraba con recelo—. Una vez más, gracias —dijo con menos ganas. Luego, dejándome plantada en la acera, desapareció por la puerta giratoria. Me quedé mirando cómo cruzaba el vestíbulo y luego lo seguí. Iba a costarle lo suyo librarse de mí. Entró en el ascensor y, aguardando hasta el último momento posible antes de que se cerraran las puertas, eché una carrera y entré a mi vez. Me dedicó una mirada inexpresiva. Luego pulsó el botón.

Salimos en el piso más alto y lo seguí hasta la suite del ático que se llamaba Grace Kelly Suite. En cuanto entramos en el salón olí a flores. La puerta del dormitorio estaba abierta y vi una cama cubierta de pétalos de rosa esparcidos, y una botella de champán en un cubo de plata con dos copas cruzadas. Adam echó un vistazo a la cama y enseguida apartó la mirada, como si su mera visión lo ofendiera. Fue derecho al escritorio y cogió un trozo de papel.

Lo seguí.

—¿Es tu nota de suicidio?

Hizo un gesto de fastidio.

—¿Tienes que emplear esa palabra?

—¿Qué preferirías que dijera?

—¿«Adiós, Adam, ha sido un placer conocerte»?

Se quitó la trenca dejándola caer al suelo y luego el gorro, que tiró por los aires. Faltó poco para que cayera en el fuego encendido en la chimenea de mármol. Se dejó caer en el sofá, agotado.

Me quedé pasmada; no había esperado ver una mata de pelo rubio debajo del gorro de lana.

—¿Qué pasa? —preguntó, y me di cuenta de que estaba contemplando su belleza.

Me senté en el sillón de enfrente, me quité el abrigo y los guantes y confié en que el fuego me descongelase pronto.

—¿Puedo leerla?

—No.

Se la acercó al pecho y la dobló.

—¿Por qué no la rompes?

—Porque no. —Se la metió en un bolsillo—. Es un recuerdo. De mi viaje a Dublín.

—No eres muy gracioso, que digamos.

—Una cosa más que añadir a mi lista de cosas que no se me dan bien.

Miré el montaje que tenía alrededor e intenté comprenderlo.

—¿Esperabas a alguien esta noche?

—Por supuesto. Siempre pido champán y rosas para las chicas guapas que me alejan de los puentes.

Estaba mal y me constaba que estaba mal, pero en mi fuero interno celebré que me hubiese llamado guapa.

—No, tuvo que ser anoche —dije, observándolo. Pese a las bromas y a la seguridad en sí mismo, estaba inquieto. Deduje que aquellas bromas eran lo único que impedía que se desplomara allí y entonces.

Se levantó y fue hasta el mueble del televisor, abrió el armario y apareció un minibar.

—No creo que el alcohol sea una buena idea.

—A lo mejor estoy cogiendo un refresco.

Me dedicó una mirada herida y me sentí culpable. Sacó un botellín de Jack Daniel’s y me miró con picardía mientras regresaba al sofá.

No hice comentarios, pero me fijé que al vaciar el botellín en el vaso le temblaban las manos. Me quedé mirándolo un rato y de pronto, incapaz de aguantarme más, cogí otro para mí, solo que el mío lo mezclé con un refresco. Había hecho un pacto con un hombre que había intentado suicidarse y luego lo había seguido hasta la habitación de su hotel, así que ¿por qué no emborracharme con él también? Si existía un reglamento sobre integridad moral y ciudadanía responsable ya lo había pisoteado, así que ¿por qué no acabar el trabajo y tirarlo por la ventana? Además, estaba helada hasta los huesos y necesitaba algo que me ayudara a descongelarme. Tomé un sorbo; me quemó la garganta hasta el estómago y me sentí mejor.

—Mi novia —dijo inopinadamente, interrumpiendo mis pensamientos.

—¿Qué pasa con ella?

—Es a quien esperaba. Vine a Dublín para darle una sorpresa. Me había dicho que últimamente no era muy atento con ella. Que no estaba presente en su compañía o algo por el estilo. —Se frotó la cara con las palmas de las manos—. Dijo que teníamos problemas. Estábamos en peligro, fue la expresión que empleó.

—De modo que viniste a Dublín para salvar tu relación —dije, contenta de por fin enterarme de algo acerca de él—. ¿Qué sucedió?

—Estaba con otro tío —dijo, apretando la mandíbula otra vez—. En el Milano’s. Me había dicho que solía ir con las amigas. Vivimos en un apartamento allí cerca, en los muelles, solo he estado en Tipperary una temporada… Da igual, no estaba con las chicas —agregó con amargura, mirando fijamente el contenido de su vaso.

—¿Cómo sabes que no eran solo amigos?

—Claro que eran amigos. Los presenté yo. Mi mejor amigo, Sean. Tenían las manos entrelazadas encima de la mesa. Ni siquiera me vieron entrar en el restaurante. Ella no esperaba que yo viniera, se suponía que todavía estaba en Tipperary. Me enfrenté a ellos. No lo negaron.

Se encogió de hombros.

—¿Qué hiciste?

—¿Qué podía hacer? Me marché pareciendo idiota de remate.

—¿No tuviste ganas de pegar a Sean?

—Qué va. —Se recostó, derrotado—. Sabía lo que tenía que hacer.

—¿Intentar suicidarte?

—¿Quieres dejar de usar esa palabra?

Me quedé callada.

—Además, ¿de qué habría servido pegarle? ¿Para montar una escena? ¿Parecer un chulo de mierda?

—Habría relajado la tensión.

—¿Así que ahora la violencia es buena? —Negó con la cabeza—. Si le hubiese pegado, me habrías preguntado por qué no me había ido a dar una vuelta para calmarme.

—Pelear con tu supuesto amigo, que a todas luces lo merecía, es mejor que suicidarse. Siempre ganas de cajón.

—Deja de decir esa palabra —dijo en voz baja—. Jesús.

—Eso es lo que intentaste hacer, Adam.

—Y lo haré de nuevo si no cumples tu parte del trato —gritó.

Su enojo me pilló por sorpresa. Se levantó y fue hasta la puerta de cristal del balcón que daba a O’Connell Street y a los tejados del Northside.

Estaba convencida de que en la historia de Adam había mucho más que el deseo de acabar con su vida porque su novia lo engañara con otro. Aquello probablemente era el detonante de una mente conflictiva, pero no parecía que aquel fuese el mejor momento para averiguarlo. Adam estaba volviendo a ponerse tenso y ambos estábamos cansados, necesitábamos dormir.

Evidentemente, estuvo de acuerdo. Dándome la espalda, dijo:

—Puedes dormir en la habitación, yo me quedaré en el sofá. —Como no le contestaba, se volvió—. Me figuro que quieres quedarte.

—¿No te importa?

Lo meditó un momento.

—Creo que es buena idea.

Y dio media vuelta para seguir contemplando la ciudad.

Podría decirle un montón de cosas para resumir la jornada, ofrecerle palabras positivas de aliento. Había leído suficientes libros de autoayuda: las frases alentadoras iban a diez céntimos la docena, pero ninguna de ellas parecía apropiada en aquel momento. Si iba a ayudarlo a salir de aquello, tendría que resolver no solo qué decirle sino cuándo decírselo.

—Buenas noches —dije. Dejé la puerta del dormitorio entornada, pues no me gustaba que estuviera solo en una habitación con acceso al balcón. Lo observé por la rendija mientras se quitaba el jersey, mostrando la ceñida camiseta que llevaba debajo. No pude evitar mirarlo más tiempo del necesario, intentando convencerme de que lo hacía por su seguridad, por si se asfixiaba con su propio jersey. Se sentó en el sofá y puso los pies en alto. Era demasiado alto para el sofá; tuvo que apoyar los pies en el reposabrazos, cosa que me hizo sentir culpable por haber aceptado la cama. Estaba a punto de decírselo cuando habló.

—¿Disfrutando del espectáculo? —preguntó, con los ojos cerrados y los brazos cruzados debajo de la cabeza.

Con las mejillas ardiendo, puse los ojos en blanco y me aparté de la puerta. Me senté en la cama con dosel y el hielo derretido del cubo se derramó sobre la colcha. Lo dejé encima de la cómoda y me disponía a coger una fresa bañada en chocolate cuando reparé en la tarjeta que lo acompañaba. Decía: «Para mi preciosa prometida, Con amor, Adam». De modo que había venido a Dublín para declararse. Convencida de que solo estaba arañando la superficie, decidí que me haría con aquella nota de suicidio.

Había creído que la noche que vi a Simon Conway dispararse, la noche que abandoné a mi marido y todas las noches posteriores habían sido las más largas de mi vida.

Me equivocaba.