Capítulo Uno
Ryder se quejó mientras colocaba la pierna derecha sobre la mesa de caoba que estaba frente al sofá. La escayola le pesaba y le picaba mucho. Después de seis semanas de encierro no aguantaba más.
La risa de Alistair Chambers era suficiente para sacarlo de quicio.
—Ten cuidado con esto —dijo Ryder mientras balanceaba una muleta—, puede convertirse en un arma peligrosa.
El apuesto hombre se sentó en una silla junto al sofá.
—Rondar el peligro es mi fuerte —dijo Alistair, revelando su origen británico—. Jamás siento miedo.
Alistair le sirvió un whisky a Ryder. La bebida le calentó la garganta y apaciguó su mal humor.
—Eres un pelmazo —dijo Ryder.
—Guárdate las vulgaridades americanas para otros. No me impresionan tus agresivos ruegos de compasión —interrumpió Alistair.
—No quiero compasión. Quiero mi libertad —respondió Ryder.
Alistair miró con exagerado detenimiento el elegante apartamento. Aparte de los montones de notas que se apilaban sobre el escritorio y los trastos del equipo electrónico que guardaba en dos habitaciones vacías, el piso parecía salido de una revista de decoración.
—No veo barrotes en las ventanas ni grilletes en tus muñecas —dijo Alistair.
—¿Quién necesita grilletes cuando el prisionero tiene un fémur fracturado? —preguntó Ryder.
—Hace seis semanas no sabías lo que era un fémur —recalcó Alistair.
—Hace seis semanas no necesitaba saberlo —respondió Ryder.
—Es el castigo justo por hacer el indio en esa montaña en Vermont —prosiguió Alistair—. Alguien más sensato se habría divertido con otras cosas.
Ryder se tragó el whisky y dejó el vaso en el poyete de la ventana.
—¿Como con esa rubia con la que te vi después de la cumbre? —inquirió Ryder.
El estado de Vermont había sido recientemente testigo de una cumbre entre EE.UU. y la U.R.S.S. para combatir el terrorismo internacional, un tema del que ambos hombres sabían bastante.
—¿Puedo mencionar a esa morena que escribió en tu escayola una proposición de lo más interesante? —dijo Alistair arqueando una ceja.
—Esa proposición estaba escrita en hebreo —dijo Ryder.
—¿Es que hay algún idioma que no puedas leer?
—Puedo descifrar dobles sentidos en dieciocho idiomas modernos además de en latín y en griego. Uno nunca sabe cuando necesitará esos conocimientos. ¿No va siendo hora de que regreses al hotel? —preguntó Ryder.
Alistair se acomodó en la silla.
—No estarás tratando de deshacerte de mí ¿verdad? Además, estaba a punto de invitarte a cenar en O'Shaughnessy —dijo Alistair.
O'Shaughnessy, en Boston, era un cómodo punto de encuentro para la gente de la organización.
Ryder no podía dejar pasar aquel soborno descarado después de haber estado todo el día viendo las mismas cuatro paredes, pero lo intentó. Encendió el televisor con el mando a distancia. La sintonía de Hospital General llenó la habitación. Si aquello no echaba a Alistair del apartamento, nada lo haría.
Para asombro de Ryder, Alistair no se inmutó.
—Tus burdas maniobras no me echarán por más que lo intentes, Ryder. Me gusta Hospital General —dijo Alistair.
Ryder buscó otro canal y se decidió por uno en el que ponían música rock.
Ryder observó cómo Alistair cambiaba de cara al oír la música.
—¿Ya te vas? —preguntó Ryder, jocoso.
Alistair se levantó y apagó el televisor. Entonces se guardó el mando a distancia en el bolsillo de la chaqueta.
—A veces se te podría calificar de rudo, y no es bueno que abuses de ello —dijo Alistair.
Ryder suspiró y apoyó la cabeza en el sofá.
—Déjame en paz, Alistair —dijo finalmente Ryder—. Lo que quiero es irme de la organización.
—Ahí está el problema —dijo Alistair mientras se acercaba al mueble-bar.
Ryder lo observó cómo servía otros dos whiskys.
—No podemos dejarte ir —prosiguió Alistair.
—Nadie es irremplazable —respondió Ryder.
—Pero tú eres el mejor hombre que tenemos —continuó Alistair a la vez que le ofrecía el vaso.
—Estoy quemado —contestó Ryder.
—Mira este maravilloso apartamento que te he regalado. Tu refugio personal mientras recuperas el entusiasmo —dijo Alistair.
Ryder no estaba seguro de poder recuperarlo.
El prestigioso edificio Carillon Arms, con sus techos abovedados y sus suelos de mármol, era todo un símbolo de estatus social en Manhattan. Los apartamentos estaban muy solicitados y no quedaba casi ninguno libre. Muchos de los inquilinos llevaban cuarenta o cincuenta años viviendo allí, y, gracias a las leyes neoyorquinas, estaban protegidos contra el desahucio. Desafortunadamente no lo estaban contra el acecho del arrendador, ansioso por sacar mejor provecho de su propiedad, según le había contado Rosie Callahan, una de las inquilinas.
Alistair y la organización habían sido inmensamente generosos al adquirir uno de los caros apartamentos para Ryder como un regalo mientras se recuperaba. Un regalo que no venía solo.
—No juegas limpio, Chambers —dijo Ryder mientras lanzaba una mirada de fuego a su amigo y mentor.
—Lo sé. Esa es la base de mi estrategia —replicó Alistair.
—Si no tuviera esta maldita escayola, te verías en apuros —dijo Ryder.
—Fíjate cómo tiemblo al pensar en tu ira —respondió Alistair mientras se estiraba los puños de su camisa de marca.
El innato buen humor de Ryder empezaba a aflorar, aún a su pesar.
—Ya sabes dónde te puedes meter tu flema británica —dijo Ryder.
—Ya lo he hecho, muchas veces —contestó Alistair mientras pestañeaba nerviosamente.
—Sabes que el detalle de haberme regalado el apartamento no me hará cambiar de idea ¿verdad, Estoy acabado. Fuera. Oficialmente retirado —dijo Ryder, ocultando el hecho de que había pasado su tiempo de ocio trabajando en un prototipo de pieza para detectar explosivos plásticos. Chambers no necesitaba saberlo todo.
Alistair acabó su segundo whisky y puso el vaso sobre la mesa.
—Estás de permiso —aclaró Alistair.
—Por supuesto que no —recalcó Ryder.
—Siempre dices lo mismo. Después de cada trabajo, siempre dices lo mismo —añadió Alistair—. Más vale que te ignore.
A Ryder siempre le había divertido el movimiento del labio superior de Chambers, pero hoy lo estaba sacando de quicio.
—Cuidado con ignorarme. La pierna rota no era parte del plan —dijo Alistair.
Ryder optó por ignorar la indirecta.
—Sólo tienes treinta y cuatro años, Ryder. Sin duda, te quedan unos cuantos más en la organización —dijo Chambers.
Ryder se quedó pensando en el trabajo que venía realizando desde hacía quince años.
—Parece un milagro que haya llegado tan lejos. ¿Por qué tentar a la suerte? —respondió Ryder.
—Porque te volverías loco si te quedaras en casa contando tu dinero —dijo Alistair, mientras se encaminaba hacia la ventana desde donde se veía Central Park—. Porque lo llevas en la sangre, como yo, y nunca te librarás de ello.
—Siempre has sido muy optimista —dijo Ryder—. Me informaré en la Clínica de Betty Ford, a lo mejor tiene cura.
—No hay cura —dijo Alistair—. El peligro es un vicio, una vez que lo pruebas te enganchas.
—Yo puedo dejarlo.
La expresión de Alistair era una mezcla dolorosa de afecto y escepticismo.
—Todos queremos —dijo—, pero sólo unos pocos logran hacerlo.
Por segunda vez en mucho tiempo, Ryder pensó en Valerie Parker y la vida que podría haber llevado con ella si la ambición no hubiera primado siempre en él.
Ahora, era mujer y madre de alguien, escondida en algún barrio residencial inglés, y Ryder O'Neal era para ella un recuerdo lejano y triste.
Él no la mitificaba; de hecho, se preguntaba si la habría querido alguna vez. Nadie que amara de verdad podría haber sido tan duro e insensible como él había sido.
No. Valerle era ahora el símbolo de algo que iba más allá de sus carencias afectivas: representaba la parte de Ryder que había sido ignorada durante los quince años de trabajo con PAX.
—¿Sigue en pie la invitación de ir a cenar a O'Shaughnessy? —preguntó Ryder.
—Por supuesto.
Ryder se levantó del sofá con la ayuda de las muletas.
—Entonces —dijo Ryder—, vámonos de una vez de aquí.
Ryder imaginó su futuro por un instante y no le gustó en absoluto.
En el noveno piso del Carillon, el problema era el presente.
—¡Por el amor de Dios, Holland! ¿Quieres dejar eso de una vez? —exclamó Joanna Stratton, cogiendo el tubo de maquillaje de su amiga para guardárselo en el bolsillo del pantalón—. Has usado tanto de esto como para camuflar a toda la flota americana.
—A lo mejor a la flota, pero no estas ojeras —Holland sacó otro tubo de la enorme bolsa de pinturas de Joanna—. Aquí traigo los refuerzos.
Joanna observó cómo Holland se daba una tercera capa de Alabastro Al.
—Pensé que la idea era parecer natural —gruñó mientras Holland se extendía la crema—. Deberías haberme dicho que actuabas para el teatro Kabuki.
—Pasaré por alto el insulto si me dices cómo tapar estas ojeras y no parecer un mapache.
Joanna se llevó la bolsa de las pinturas.
—Lo siento amiga, secreto profesional.
—¿Aceptas sobornos?
—Sólo si incluyes cenas en Tavern-on-the-Green y un Porsche para mi uso personal.
—Europa debe de haberte sentado bien, querida.
Sólo has pasado tres meses allí, y ya te has vuelto totalmente autoritaria.
—Y tú totalmente neurótica —dijo Joanna mientras se reclinaba en el poyete de la ventana. Su madre estaba en Grecia con el último hombre de su vida, y Joanna había aprovechado su ausencia para ocupar su apartamento en Manhattan.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó Joanna—. Estás muy rara desde esta mañana.
—Es bastante obvio ¿no? —dijo Holland, acercándose para apreciar mejor las arrugas que tenía alrededor de su boca—. Tengo cuarenta y dos años y empieza a notárseme.
Joanna, una profesional del maquillaje con cierto renombre, veía la relación belleza-edad como pocos lo hacían. Sabía de los efectos que el tiempo producía y cómo camuflarlos.
Cuando miraba a Holland veía la realidad: una mujer muy bella, no una adolescente.
—¿Qué hay de malo en tener cuarenta y dos años? A Linda Evans parece no importarle.
—A mí tampoco me importaría si mi carrera fuese tan bien como la suya —dijo Holland con una risita—. Éste es un mundo duro, Joanna, y cuanto más vieja eres, más difícil es sobrevivir.
—Entonces no me extraña que te hayas pintado así; te preparas para la guerra.
—Ríete cuanto quieras. Ya verás cómo cambias de opinión dentro de diez años —dijo Holland, moviendo el tubo de maquillaje a modo de varita mágica—. No me vengas llorando cuando te encuentres la primera pata de gallo.
Joanna, a sus treinta y dos años, se inclinó hasta que el sol de la mañana le dio en la cara. Pasó los dedos alrededor de sus ojos claros y por la frente.
—Cicatrices de guerra —dijo Joanna, mirando a Holland—. Las tengo desde que tenía diecinueve años.
Eran un claro ejemplo de lo que puede ocurrirle a una mujer cuando cree en cuentos de hadas.
—Tú estás espléndida —aseveró Holland—. Puedes permitirte una o dos arrugas. Somos nosotros, meros mortales, los que tenemos problemas.
Holland acarició los surcos de su frente.
—¿No tienes ninguna poción mágica en tu bolsa de las sorpresas que pueda hacerme parecer diez años más joven?
—Precisamente estoy buscando la manera de añadir arrugas.
—Tómatelo en serio, Joanna, las arrugas no son tema de mofa.
—Lo digo en serio. Benny Ryan quiere que haga unos efectos especiales para un spot publicitario que va a grabar la próxima semana.
A pesar de que Joanna estaba teóricamente en retiro sabático, las ofertas no paraban de llegarle. No había tenido problemas en decir no a las propuestas hasta que Benny la había llamado el día anterior. Conseguir que un rostro joven pareciera el de una anciana era un reto demasiado fascinante como para ignorarlo.
Cuando se trataba de transformaciones, Joanna estaba en su elemento. Cuanto más éxito tenía creando personalidades para otros, mejor le salía la suya propia. De hecho su mejor trabajo se podía ver, día a día, en la cara suave y encantadora que ella mostraba al mundo.
Nadie podía ver en ella la lucha que había mantenido consigo misma para recuperarse del fin violento e imprevisto de su matrimonio juvenil. Y no se permitía mostrar a nadie la inseguridad y la soledad que eran parte de ella misma como su belleza. Ni siquiera a su mejor amiga.
La vida nómada de una maquilladora teatral especialista en máscaras, le sentaba perfectamente a Joanna. Al no permanecer demasiado tiempo en ningún sitio no corría el riesgo de vincularse a nada ni a nadie. Y si últimamente había empezado a experimentar la necesidad de sentirse atada a algo, bueno, sólo le hacía falta mirar a su madre, con varios matrimonios fracasados a sus espaldas, para ver las pocas posibilidades que tenía de conseguir una casa con jardín.
La posibilidad de un trabajo hizo que Holland se enderezara.
—¿Hay algo para mí?
Joanna salió de su abstracción.
—Sólo si quieres el papel de un hombre que envejece cincuenta años haciendo cola en un banco.
—Olvídalo.
—¿Ni siquiera para demostrar tu talento artístico?
—Ni siquiera si es para un Emmy o un Óscar —dijo Holland con un escalofrío—. ¿Cómo voy a querer un papel tan deprimente?
—A mí me parece un desafío —contestó Joanna—. Me he pasado diez años haciendo que los septuagenarios parezcan quinceañeros ¿por qué no probar al revés?
—Eres perversa.
—Quizás, pero ¿y lo bien que lo voy a pasar? Si quieres puedo enseñarte cómo serás dentro de treinta años.
—¡Cállate!
—¿Por qué ese pánico por unas cuantas patitas de gallo? No estabas así cuando te vi en octubre.
—Me pregunto si tu vida social ha cambiado por ello.
Holland siempre tenía un montón de hombres esperando conseguir sus favores.
—Bueno, no me he unido a las Hermanitas de la Caridad, si eso es lo que quieres decir.
—Haz como yo, Holland.
Holland suspiró.
—Necesito dormir más, mucho más maquillaje y muchas más agallas para soportar tanta competición, dentro y fuera del escenario —se volvió a mirar por la ventana—. Y me da pavor.
Joanna guardó silencio. Había pasado los últimos meses en Europa trabajando con tres estrellas norteamericanas y había tenido que soportar sus raptos de histeria. La insana devoción norteamericana a la juventud y la perfección había vuelto neuróticas a tres adultas muy capacitadas. Sin embargo, el miedo que sentía Holland no era el de las artistas, sino el de una mujer. El terror que Joanna había visto en los ojos de su madre.
—¿Cuándo es la prueba?
—Mañana por la mañana —dijo Holland, apartando el espejo—. ¿Puedes hacer un milagro?
—Deja que te mire.
Joanna estudió los pómulos de Holland, sus ojos claros y su mata de pelo rojiza. Con o sin arrugas, Holland poseía la clásica belleza que no se extinguiría con los años. También sabía que su amiga no lo creería nunca.
—No sé —dijo Joanna, sonriendo—. Será un trabajo duro.
—No me importa —dijo Holland—, tú me pones guapa y yo te invito a comer.
—¿A la Tavern-on-the-Green?
—¿Qué te parece si vamos a Jake?
—¿Tú pagas?
—Yo pago, los milagros no son baratos.
—Estás de suerte —dijo Joanna mientras cogía el Beige 004—, los milagros son mi especialidad.
Si pudiera hacer algunos para ella misma…