CAPÍTULO XIV
LA AMENAZA DE WELDRON
Weldron corrió hacia la casa del rancho dando gritos de alarma.
Pete, a su vez, echó a correr hacia la parte sur del corral, pero sus pies parecían de plomo. Se tambaleaba, parecía flotar sobre el suelo. Oyó tiros hacia el corral y los empleados del rancho corrían en aquella dirección.
Pete se detuvo y volvió hacia atrás. Sólo tenía un modo de escapar. Era encaramarse a uno de los árboles a que estaba atada la hamaca. Era alto y frondoso y podía proporcionarle un escondite al menos temporalmente.
Se enderezó penosamente, logró agarrarse a una rama baja y se encaramó sobre ella. No podía decir si había llevado a cabo aquella operación lo bastante silenciosamente para ocultar sus movimientos. Con su poderosa mandíbula contraída, pasó de la rama baja a otra más alta y procurando ocultarse consiguió llegar a la copa del árbol. Sentía un horrible aturdimiento y unas náuseas insoportables.
El terreno que se extendía bajo los árboles estaba lleno de hombres que gritaban y corrían en todas direcciones, llevando varias linternas con las que buscaban en la obscuridad.
—¡Siguió ese camino! —gritaba Weldron—. Buscad alrededor del corral del sur. ¡Era Pete Rice!
—¡Buscad con todo cuidado, muchachos! —dijo la voz de Luke McCarron—. ¡No desperdiciéis la ocasión y disparad sobre él en cuanto veáis a ese Pete Rice!
Fueron alejándose los pasos y los ruidos se amortiguaron hasta casi extinguirse en dirección al corral del sur. Con la cabeza zumbando, continuó Pete en la copa del árbol. Si hubiera podido descender ahora le era fácil desaparecer en la obscuridad, pero era precisamente lo que no podía hacer. Pasaron lo menos cinco minutos o más antes de que fuera dueño de sus sentidos.
El veneno que había aspirado debía ser poderosísimo, pero sus efectos iban disipándose gradualmente, hasta que el corazón empezó a latir a su ritmo normal.
Se oían algo más fuertes los ruidos procedentes del corral del sur y era indudable que más o menos tarde aquellos hombres volverían para registrar los árboles. Si lo encontraban allí, podía darse por muerto.
El sheriff se dejó deslizar a tierra cautelosamente. Dio la vuelta a la casa del rancho, apartándose cuanto podía de la claridad que proyectaban las ventanas abiertas y luego trazó un amplio círculo por detrás del granero y se hundió entre la alfalfa que bordeaba aquél.
Permaneció allí un momento y luego empezó a arrastrarse sobre el césped en dirección al sitio en donde había dejado atado a Sonny, su veloz alazán. Si conseguía llegar hasta Sonny, tenía grandes probabilidades de escapar. Si alguna otra persona encontraba antes a Sonny, sus probabilidades de huir serían escasas.
Podía oír perfectamente los ruidos que producían sus enemigos persiguiéndole, por lo que ya puesto en pie siguió avanzando. Empezaban a alejarse los ruidos cuando oyó la voz de McCarron que decía:
—¡Mirad en eso árboles que hay sobre la hamaca! ¡Podría haberse encaramado allí!
Los empleados del rancho empezaban a retirarse hacia la casa. Sin embargo, Pete temía chocar con algún extraño cuando menos lo pensara. Tal encuentro no tendría mucha importancia si se trababa de un hombre solo, puesto que todavía conservaba sus revólveres. Cuando se acercaba a la linde el último corral, llegó a sus oído s el relincho familiar que hizo latir su corazón alborozadamente, Sonny estaba a salvo.
Pete corrió hacia él y casi se dio de bruces con la figura de un hombre que surgió súbitamente en la obscuridad.
Pete empuñó sus revólveres.
—¡Arriba las manos! —ordenó el sheriff—. ¡Si intenta sacar un revólver le corto el resuello!
El hombre alzó sus manos y se oyó una risa cínica.
—Bueno, me ha vencido usted por casualidad, Rice. Estaba buscando su caballo. Supongo que está por aquí. Si hubiese llegado un minuto antes estaba usted listo.
Aquella era la voz de Fancy Weldron. Pete le registró rápidamente y le encontró un pequeño revólver que se guardó en el bolsillo.
—Es usted el que está listo, Weldron —contestó—. Tengo más que sospechas, evidencias contra usted. En ese brazo hueco debe usted llevar, sino drogas estupefacientes, huellas de ellas. Va usted a hacer un viajecito conmigo hasta la cárcel de Broken Arrow.
Weldron intentó echar a correr y, sin embargo, Pete no disparó, pues no quería matar a aquel hombre. En vez de ello, se lanzó sobre Weldron como un tigre y lo derribó de un soberbio puñetazo detrás de la oreja.
Tardó un segundo en izar a Weldron hasta la grupa de Sonny y lo sujetó a la silla con su lazo, Pete saltó a su vez sobre el alazán y puso a éste en movimiento.
Pero era difícil cabalgar en aquellas condiciones. Pete se había visto obligado a realizar una tarea apresurada para atar a Weldron. El petimetre cargaba el peso de su cuerpo hacia delante y después de una milla de camino en unas condiciones pésimas, Pete se vió obligado a desmontar y a seguir andando, llevando el caballo de la brida. Había andado una distancia regular cuando volvió a oír la voz de Weldron.
—¿Va usted a entregarme a las autoridades del Estado, Rice?
—Pasa usted a las Federales —contestó Pete—. La acusación será de contrabandista de drogas. Le he cogido con las manos en la masa, Weldron.
Fancy Weldron hizo un brusco movimiento y empezó a patear y agitarse como un poseso, intentando librarse de sus ataduras. Se había apoderado de él una rabia loca y lanzaba horribles blasfemias al convencerse de su impotencia.
Pete le dejó forcejear. Llevó a Sonny a través de una extensión de terreno despejado y cruzó la carretera que llevaba a Broken Arrow. No quería seguir en la carretera directamente hasta la ciudad, sino cortar a través de un terreno cubierto de césped. Podía caer en manos de alguno de los bandidos que le buscaban.
El cielo estaba cubierto, viéndose pocas estrellas. Había una débil neblina. Weldron había acabado por estarse quieto, aparentemente al menos, pro precisamente en el momento en que Pete viraba hacia la carretera de Broken Arrow...
¡Crack!
Algo se estrelló contra su cabeza. Le zumbaron los oídos y unas chispas luminosas centellearon ante sus pupilas. Le flaquearon las rodillas y cayó pesadamente en tierra, haciendo esfuerzos desesperados para no perder el conocimiento.
Fue Sonny, el comisario de cuatro patas, quien demostró entonces su inteligencia. El animal saltó sobre el cuerpo de su amo semiinconsciente. El alazán empezó ha hacer corbetas y a dar vueltas en torno de Pete, como si tratara de defenderle.
Pete alzó su dolorida cabeza para ver si Weldron se había caído de la silla.
Vió entonces, que en parte, Weldron había conseguido libertarse de sus ataduras. Como podía haberlo hecho, era un misterio para Pete, pero no era aquella la ocasión de entretenerse en descifrar la incógnita. Lo más urgente era no dejar escapar a Weldron, que empezaba a ponerse en pie.
Pete consiguió ponerse en pie y cargó contra el contrabandista de drogas. Éste estaba aún algo entorpecido por las cuerdas, pero tenía libre su mano derecha. Los dedos de ésta se hallaban asidos a una porra de forma extraña que descendió trazando un arco amenazador.
Pete esquivó el golpe y a su vez proyectó su puño derecho con una fuerza terrorífica, yendo a estrellarse contra al barbilla de Weldron, que impotente para resistir aquel mazazo, cayó otra vez como una pelota.
Esta vez Pete ató más cuidadosamente al prisionero a la grupa de su caballo. Un breve examen le reveló lo que había ocurrido. El contrabandista de drogas había sido bien atado la primera vez, pero en su brazo de madera tenía un tornillo que sujetaba en la base fija al muñón vivo.
Weldron, conforme cabalgaba debía haber ideado comprimir la mano mecánica contra la silla. Contorsionando su cuerpo consiguió destornillar todo el brazo mecánico. Cuando consiguió separarlo del muñón, la cuerda atada en torno suyo había caído fuera de su sitio. Trabajó entonces con su mano derecha libre, apoderándose del bazo mecánico y empleándolo como una porra. Únicamente el tratarse de un brazo vacío había salvado a Pete de una tragedia. Una porra maciza le hubiese fracturado el cráneo.
Pete siguió su ruta hacia Broken Arrow con su prisionero. No dejaba de observar atentamente a Weldron y aun le habló en cuanto vio que había recobrado el conocimiento.
—Fue un buen golpe el que me asestó usted, Weldron —le dijo—. Pero le advierto que será el último.
—Así lo creo, Rice —contestó Weldron fríamente.
Una vez en Broken Arrow, Pete llevó a su prisionero a la cárcel. Había pensado en cerrarlo en una celda y redactar el informe y cargos contra él a la mañana siguiente. La presencia de un visitante inesperado cambió inmediatamente los planes del sheriff del distrito de Trinchera y abrió nuevos e insospechados horizontes sobre la verdadera personalidad del prisionero.
Hicks “Miserias” y Teeny Butler habían estado en la cárcel protegiendo a Moy Tang contra cualquier posible atentado.
—Aquí está un jefe de los Estados Unidos que ha venido a Phoenix, Pete —dijo Hicks a su patrón—. Se llama Blake y dijo que deseaba verte. Debe estar en el Hotel.
Pete envió a su comisario a buscar al policía y mientras tanto llevó a su prisionero a una celda. Estaba cerrando ésta cuando entró en la cárcel Blake, quien reconoció en el acto a Pete.
—Usted es Pistol Pete Rice, según creo —dijo tendiéndole la mano—. Oí decir que estaba usted en esta sección. Yo ando detrás de un falsificador, que supongo está escondido por aquí cerca y..
Los ojos el jefe de policía se habían fijado casualmente en la celda y vió a través de los barrotes la silueta de Fancy Weldron.
—¡Dios! ¿Dónde ha pescado usted a ese punto? —exclamó excitadísimo.
Pete le contó la historia de Weldron y explicó sus sospechas de que su brazo artificial lo empleaba para pasar drogas de contrabando.
—¡Pero el contrabando de drogas es poca cosa para ese coyote, que ha batido el record de todos los crímenes! —dijo Blake—. ¡Porque ése es Dan Henderson, reclamado por el Estado de Oregón por haber robado la oficina de correos de los Estados Unidos hace dos años!
Miró ahora con más detenimiento a Weldron.
—¡No hay duda de que es él! —añadió—. He visto su retrato cientos de veces, y no puede haber más que uno con un brazo de madera como el suyo. Era el jefe de una cuadrilla que mató a tres hombres en ese trabajo.
Pete estaba estupefacto. El hombre que hasta entonces conocía como Fancy Weldron, se presentaba ante sus ojos como un criminal célebre después de las declaraciones de Blake. Este último atrajo a Pete a distancia de la celda donde no pudieran ser oídos desde aquélla.
—Acaba usted de cooperar sin saberlo a mi labor —dijo al sheriff—. Ese Henderson debe ser entregado a las autoridades federales de Phoneix. Yo mismo lo llevaré, pero no puedo abandonar la pista que sigo de los falsificadores.
—Pero, aquí hay un comisario local —contestó Pete—, y tal vez uno de mis comisarios...
—No lo haría, sheriff. Este criminal es muy peligroso. Es maestro en fugas y en último caso muy capaz de suicidarse si ve que no puede escapar. No debemos permitir que eso suceda y usted es el único hombre en quien tengo confianza.
Pete sabía que la amenaza de suicidio no estaba vacía de sentido por parte del prisionero. Ahora comprendió lo que significaba el tubo de vidrio escondido en el libro de Weldron. Contenía un veneno activísimo con el que aquel hombre había pensado matarse si llegaba para él alguna ocasión desesperada. Pete sólo había aspirado un momento los vapores de aquel líquido y sabía por experiencia cuál era su fuerza destructora.
—Perfectamente, jefe —decidió—. Partiré con él mañana por la mañana. Creo que puedo abandonar mis asuntos aquí por un breve plazo.
Cuando iba sentado y esposado en el departamento del tren que les llevaba a Phoenix, el prisionero miraba fijamente a Pete Rice y charlaba con voz enronquecida. Algo parecía divertirle o por lo menos lo aparentaba.
Pete apenas si prestaba atención a sus chocarrerías y a sus risas estempóreas, y finalmente, Henderson, alias Weldron, se explicó espontáneamente:
—¿Sabe usted de que me estoy riendo, Rice?
—Ni lo sé... ni me importa. Puede usted seguir riéndose con cualquier lado de su boca, me es igual.
Weldron soltó una carcajada.
—Usted es un gran hombre, ¿verdad? Usted es Pistol Pete Rice, que siempre hace prevalecer la ley.
“Me cogió donde usted quiso. Estoy seguro de ello. Es como si estuviera muerto. Pero yo moriré después que usted... y yo lo sé perfectamente. Me estoy riendo de lo que va a sucederle a usted.
—Son ya varios bandidos los que se han reído por lo mismo que usted se ríe ahora —observó Pete.
—Sí, pero no por la misma razón que yo —dijo misteriosamente el prisionero—. Y yo no soy uno de esos bandidos que le han amenazado a usted.
Y se quedó mirando a Pete con sus labios delgados fruncidos y un pestañeo especial en la mirada.
—Usted se figura que estoy mintiendo... engañando —continuó el prisionero—. No tardará en convencerse de lo contrario. ¿Actuando de ama de cría para llevarme a Phoneix, eh? Es ridículo. ¡Está usted arruinado, Pete Rice! Estará de acuerdo conmigo dentro de algunas horas.
—Tenga cuidado con su mandíbula —gruñó Pete—, porque yo sé cuidarme de mí mismo.
Pero a pesar de esta afirmación lo cierto era que no podía por menos de sentirse algo inquieto. Las bravatas de aquel criminal parecían sinceras, no meras bravatas en sí. Dada la labor que estaba realizando en el Slash C. no era de extrañar que sus antiguos compañeros intentasen algún golpe de mano para salvarle o al menos para vengar su muerte.
Pete continuó pensando en ello hasta que llegó a Phoenix y dejó a su prisionero en manos de las autoridades federales y siguió pensando en lo mismo una vez en el tren para regresar a Broken Arrow.
Al llegar a Ellsworth Junction, a treinta millas al Nort de Broken Arrow, alejó de su imaginación el recuerdo de Weldron y de su deleite en los males ajenos, porque un empleado de la estación llegó al tren portador de un telegrama.
—¡Pete Rice! —gritó—. ¡El sheriff Pete Rice!
Pete tomó el telegrama, lo abrió y leyó:
“Deje el tren en Ellsworth Junction y monte a caballo. Stop. —Galope rápido hacia cabañas detrás Grizzy Butte. Stop.— Gran descubrimiento. Stop. —Puede lograr terminar el caso.
“Miserias””
Pete empezó a mascar su goma con fuerza y quedó un momento pensativo. ¿Sería aquel telegrama algún cebo? El tren estaba a punto de reanudar la marcha. Pete decidió seguir las instrucciones del telegrama. Si se trataba de alguna especie de trampa, sería cauto.
Saltó del tren, se procuró un caballo y empezó a galopar hacia el camino de Grizzly Butte, al Sudoeste de la línea del ferrocarril. El sol empezaba a ocultarse detrás de los picachos de las montañas. La noche vendría antes de que Pete pudiese llegar a su destino.
De haber podio presenciar una escena que se desarrolló aquella mañana temprano a unas treinta millas hacia el Sur, habría podido comprender el por qué de aquella risa sarcástica de Fancy Weldron.