EPÍLOGO

 

 

Ocho años más tarde

 

Q

ueda mucho, abuelo? —preguntó el pequeño Sebastián.

—Aguanta un poco más. —Intentó tranquilizarlo Ángel—. Vas a estropear la sorpresa que le tiene tu padre preparada a tu madre.

—Pero es que no aguanto más estar en este coche. Papá, quiero bajarme —se quejó.

—Sebastián, haz el favor de comportarte —dijo Lucas molesto mientras conducía—. Ya queda poco.

—Hijo, vamos a cantar una canción —dijo Celia intentando animarle.

—Cantar es para tontos —contestó en tono borde.

—¡Sebastián! —gritó Lucas y él se quedó callado. No quería enfadar a su padre, los castigos eran muy aburridos.

Cuando llegaron delante de un edificio en mal estado y bastante antiguo, Celia se sorprendió.

—¿Dónde estamos? —preguntó y se bajó del coche.

—Ya lo verás —dijo Lucas mientras la agarraba por la cintura—. Dentro está tu regalo de cumpleaños, nuestro regalo —susurró en su cuello mientras la besaba.

Entraron los cuatro y cuando una monja se les acercó, los ojos de Celia se llenaron de lágrimas. Intentaron durante varios años tener otro niño, pero fue imposible.

—Hola —saludó la monja— Os estaba esperando. ¿Qué tal, Lucas? —preguntó ella—. Amelia estuvo preguntando por ti todos los días.

—¿Amelia? —preguntó Celia.

—Sí, así se llama vuestra futura hija —le dijo la monja. —Celia se tapó la boca para no llorar, estaba tan emocionada que empezó a temblar.

—Cariño —dijo Lucas—. ¿Te gustaría conocerla?  

—Claro que sí, mi amor. Gracias —dijo ya llorando.

—Por aquí —avisó. Ellos la siguieron hasta llegar delante de una puerta rosa.

Ella abrió la puerta y en el suelo, encima de una alfombra, había una niña hermosa con un pelo rubio muy brillante. Levantó la vista y se puso de pie sonriendo. Corrió al ver a Lucas y le abrazó las piernas.

—Volviste a por mí —dijo la niña llorando. Lucas se agachó y la tomó en brazos.

—Claro que sí, Amelia. Siempre cumplo mis promesas. —Le limpió las lágrimas—. Te presento a tu futura familia —dijo suavemente—. Esta mujer tan hermosa, es tu mamá. 

Amelia sonrió y estiró las manos para que Celia la cogiera en brazos.

—Hola, Amelia —dijo Celia mientras la abrazaba—. Eres una niña muy hermosa.

—Ese de allí es tu abuelo —siguió Lucas.

—Hola, abuelo —saludó tímidamente.

—Hola, preciosa —comentó Ángel mientras le besaba la manita.

—Y este niño gruñón de aquí —dijo Lucas mientras lo despeinaba—. Es tu hermano, Sebastián.

Amelia lo miró con unos ojos azules grandes y brillantes. Se sentía feliz por haber encontrado una familia, llevaba cuatro años en ese centro y deseaba tener unos padres.

—Hola, Sebas —dijo ella mirándolo fijamente.

—Mi nombre es Sebastián —gruñó molesto. 

—Pues a mí me gusta más Sebas. —Sonrió con amabilidad.

—A mí no. Y tú no me gustas, te odio —dijo él para después salir corriendo.

Celia suspiró y se acercó a Lucas.

—¿Crees que se llevarán bien? —preguntó preocupada.

—Claro que sí, cariño. Y puede que la historia se repita, ¿quién sabe? —Sonrió y le dio un beso.