MALAS NOTICIAS

 

 

C elia no durmió en toda la noche, estuvo llorando por la impotencia que sentía. No se atrevió a llamar a Ángel, temía que en su estado le pudiera pasar algo.

Entró en la cocina y preparó un café, luego se sentó y esperó a que se despertara alguien más.

A los pocos minutos entró Javier y ella se levantó con la esperanza de recibir buenas noticias.

—Buenos días, Celia. ¿Has descansado algo? —preguntó a la vez que se servía una taza de café.

—No, Javier. ¿Alguna noticia? —No pudo esperar más para preguntar.

—No, hasta ahora no sabemos nada. —Se sentó y ella hizo lo mismo.

—Sé que estás preocupada y te aseguro que estarán bien. —Le apretó las manos con cariño.

—Hola —saludó Hugo con cara de sueño—. Sigo muy cansado. —Se sirvió café y se quedó de pie cuando vio a Marta entrando.

Verla con un pijama blanco que se ajustaba perfectamente a su cuerpo, le hizo querer perdonarla. Se quedó mirándola y no se dio cuenta que el café quemaba.

—¡Ay! —gritó cuando sintió el líquido caliente quemando su lengua—. ¡Cómo quema este café! —exclamó. A los pocos segundos vio como Marta se acercaba con un vaso de agua fría.

Él lo cogió sin dudar y cuando sus dedos se tocaron, se quedó mirándola fijamente. Quería besarla y olvidar lo que pasó, pero había algo que lo frenaba.

—Gracias —dijo sorbiendo con prisa para aliviar el dolor.

—De nada —respondió. Después, se sentó al lado de Javier.

—¿Alguna noticia? —Hugo preguntó mientras dejaba el vaso en la pila.

—De momento nada y la tormenta nos obligará abandonar este campamento —dijo mientras observaba la reacción de Celia.

—Yo no me voy de aquí hasta que Lucas vuelva —aseguró convencida de sus palabras.

—Si tenemos que irnos, vendrás con nosotros. Aquí no te puedes quedar, es peligroso. —Su tono sonaba paternal.

—No puedo dejarle... Y si vuelve…

—Celia, escúchame —intervino Hugo—. Si los encuentran, los llevarán al otro campamento y... —La puerta se abrió de golpe y entró un hombre vestido con un chaleco naranja.

—Javier, tenéis que abandonar este campamento —dijo mirándolos a todos—. Los camiones están preparados para evacuar. Os estamos esperando —avisó—. En una hora salimos de aquí. No podemos esperar más, la tormenta es muy fuerte.

Javier asintió y el hombre salió dejándolos a todos preocupados.

—No pienso irme —dijo y todos se giraron para mirarla.

—Tenemos que salir de aquí, Celia —aseguró Javier—. Es peligroso.

—No puedo abandonarlo, él no haría eso. —Empezaron a salir lágrimas de sus ojos otra vez.

—No estamos abandonando a nadie —dijo Hugo para tranquilizarla—. Si el equipo de rescate los encuentra, los traerán al otro campamento.

Celia seguía llorando y negaba con la cabeza. No quería irse, sentía un peso fuerte presionando su pecho y el dolor era desgarrador. Se sentía impotente, como si nada tuviera sentido, para ella Lucas era la única razón por la que quería seguir en este mundo. No podría vivir sin él, no podría seguir adelante sin él y lo necesitaba para ser feliz. No sabía cómo era vivir sin él.

Sin decir ni una palabra, Hugo la tomó del brazo y la ayudó a levantarse.

—Vamos, Celia —comenzó a tirar suavemente de ella—. Te ayudo con las maletas.

Se la llevó a la habitación y cuando entraron, ella corrió para tirarse en la cama abrazando la almohada de Lucas. Quería sentir su aroma, quería abrazarle y pensar que todo eso había sido solo una pesadilla. 

Mientras Hugo se llevaba las maletas, ella intentó tranquilizarse y cuando se levantó de la cama, se mareó y tuvo que apoyar la mano en un mueble. Había llorado mucho y apenas había comido, pero no le importaba, solo quería volver a verle.

—Vamos, Celia. —Marta entró en la habitación—. No podemos quedarnos más tiempo aquí.

La ayudó ponerse el abrigo y mientras salían por la puerta, Celia echó una última mirada a la cama. Sentía como si lo estuviera abandonando y no quería hacerlo, no podía vivir sin él. Se limpió las lágrimas y cerró la puerta.

El camión los llevó a un campamento más grande y en mejores condiciones. No estaba en el ojo de la tormenta y había más posibilidades de sobrevivir allí. Se bajaron del camión y cuando entraron dentro con las maletas, se encontraron con una multitud de personas hablando y cantando.

A Celia no le hizo mucha gracia y solo serpenteó entre las personas sin decir ni una sola palabra a nadie. Les dieron alojamiento en una tienda con cuatro camas y cuando entraron, ella se metió en una de ellas y se quedó dormida al instante.