UNA LLAMA DE ESPERANZA
D espués de un par de horas viajando en un camión y cuando el cansancio había hecho mella en ellos, el hospital apareció delante de sus ojos.
Javier y Hugo se bajaron antes para ayudar a las chicas.
Cuando entraron, el hospital estaba colmado por unas doscientas personas. Era la temporada de las gripes y el espacio rebosaba de viejos acatarrados que deambulaban como zombies en busca de cubrir una necesidad. Javier informó la causa por la que estaban allí y luego se sentaron en un banco en la sala de espera.
Entre toses y bostezos, Celia podía escuchar las fuertes ráfagas de viento sacudiendo los ventanales. La tormenta estaba desatando su furia intentando ser la protagonista de la historia. Poco rato después, una enfermera los llevó hacia una sala solitaria y oscura. Estaban solos y rodeados del silencio mezclado con los silbidos que hacía la tormenta al golpear las ventanas.
Allí estuvieron un corto tiempo hasta que fueron llamados para entrar por una de las puertas de enfrente. Se sentaron nerviosos de tanta espera y se quedaron en silencio tratando de tranquilizar la inquietud que les comía por dentro.
Celia suspiró y dejó caer su cabeza hacia atrás.
—Todo estará bien —animó Marta mientras le apretaba las manos.
—Eso espero. —Fue lo único que atinó a responder. La puerta se abrió y entró un médico bastante apurado.
—¿Familiares de Carlos Medina? —preguntó el doctor. Todos se quedaron callados. Celia se levantó y salió llorando de la habitación. Llegó delante de una puerta que daba hacia fuera y la abrió sin dudar.
El viento fuerte le golpeó la cara y se tiró de rodillas al suelo.
Gritó de dolor hasta que su voz se apagó por el frío. Estaba congelada pero no le importaba, solo quería llorar para matar el fuerte dolor que sentía en su pecho. Unos brazos la agarraron por detrás y la levantaron del suelo.
—Lo siento mucho —dijo Javier obligándola a darse la vuelta.
—Está... Lucas está... —Su voz se ahogó y Javier no pudo evitar abrazarla.
—Si quieres llorar, llora —dijo—. Estamos a tu lado.
—No puedo... No puedo creerlo. —Las lágrimas bañaban sus mejillas de nuevo.
—Vamos dentro. Te vas a congelar. —La agarró por los hombros para guiarla hasta la entrada del hospital.
Entraron y por delante de ellos pasaron unas enfermeras con una camilla a toda velocidad.
—¡Dejen pasar! —gritó una de ellas.
Celia giró la cabeza alertada por el grito y cuando vio el rostro de la persona que estaba en la camilla, se soltó del agarre de Javier y corrió detrás de la camilla.
—Celia, espera —dijo mientras comenzaba a correr detrás de ella. Cuando las enfermeras entraron por una puerta, Celia se quedó parada porque no la dejaron pasar.
—Dejarme pasar —exigió—. Quiero ir con él, es... Es mi novio —confesó.
—Lo siento, señorita —respondió una de las enfermeras—. No puede pasar, ese chico está en estado de hipotermia y por supuesto, se encuentra inconsciente. Su estado de salud es crítico.
—Por favor —rogó.
No había podido parar de llorar.
—Lo siento, pero no puede pasar. —La enfermera cerró la puerta y Celia se quedó de pie llorando y con la mirada fija en la puerta por la que había desaparecido la enfermera.
—Celia, ¿qué pasa? —preguntó Javier cuando llegó a su lado.
—Era Lucas... —Se dio la vuelta y Javier la abrazó con alegría.
—¿Estás segura? —preguntó dejando ver sus dudas. Había dejado de abrazarla y comenzó a mirarla fijamente.
—Sí... Y no me dejan pasar. —Se secó las lágrimas.
—Eso es normal. Siéntate. —La ayudó—. Voy a avisar a los chicos.
—Estaré aquí. —Cerró los ojos aliviada y preocupada al mismo tiempo.
La enfermera le había dicho que el estado de Lucas era muy crítico y sufría hipotermia. Eso les pasaba a las personas que estaban expuestas al frío durante mucho tiempo y temía por la vida de Lucas.
A veces las personas fallecían por muerte clínica o entraban en un coma profundo. Ha habido casos en los que las personas afectadas por la hipotermia, se han despertado confusos y con pérdida de memoria.
—Celia. —Era Marta la que estaba llamándola. No dudó en acercarse para abrazarla.
Celia la correspondió y se abrazaron unos largos minutos. Después se sentaron y se quedaron cogidas de la mano.
—Estamos aquí —avisó Javier. Llevaba en la mano dos vasos con café y uno se lo dio a Celia.
—¿Estás segura de que era Lucas? —preguntó Hugo con dudas. Celia asintió.
—Sí, estoy segura. ¿Cómo está Carlos? —se interesó. Dio un sorbo al café que pareció devolverle un poco el calor.
—El médico dijo que estará bien y que tuvo mucha suerte. Si no lo hubieran encontrado a tiempo, ahora no estaría aquí. —Se pasó una mano por el pelo—. Los dos están vivos y esto es lo más importante.
—Sí —dijo Celia con la mirada fija en un punto—. Pero tengo miedo. Y si…
—No —la interrumpió Javier—. Estarán bien, ya lo verás. Deja de preocuparte, voy a por algo de comer. ¿Queréis que os traiga algo? —pronunció la pregunta a la vez que se ponía de pie. Ellas negaron y cuando se levantó, Hugo también lo hizo para irse los dos, dejándolas solas.
—¿Cómo van las cosas con Hugo? —preguntó Celia.
—Mejor. Además, me aseguró que después hablaría conmigo —suspiró—. Lo quiero mucho, ¿sabes?
—Es un buen chico, te perdonará —dijo suavemente mientras echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.
—Eso espero. —Cerró los ojos ella también y se quedaron en silencio, esperando.