Epílogo

Después del primer beso, de la primera caricia, de la primera vez, Keilan dejó de contar los días, pues ¿qué importancia podían tener unos segundos, unos minutos o unas horas si ella ya estaba junto a él? Todo estaba saliendo mejor de lo había imaginado María. La abuela de María terminó por abrazarlo y de acogerlo como a un hijo. En una semana el carácter de la Tizná parecía haber cambiado; de ser una mujer agria y malhumorada pasó a ser una mujer más risueña. A partir de entonces miró a María de otra manera. Desde que había regresado, estaba desconocida. Por alguna extraña razón se había quitado el luto y vestía con vestidos de flores. Aunque lo que nunca imaginó María era que la estrechara entre sus brazos y le diera un beso cuando la vio aparecer por la puerta. Es como si alguien hubiera obrado un milagro.

Así pues, María perdió la apuesta, pero a regañadientes le decía a Keilan que había hecho trampas. Días después, los ángeles le compraron una casa más grande, le metieron un dinero en el banco y Keilan le prometió que cuidaría de María todos los días de su vida.

Su vecino Pepe la evitaba cuando la veía por la calle. Seguía temiendo la mirada asesina de María y no podía olvidar aquellos ojos que le hicieron perder la cordura.

La policía investigó los incidentes acontecidos en el pueblo la noche de la guerra entre ángeles y demonios. La noticia estuvo saliendo durante días en todos los medios de comunicación del país. Después de mucho investigar no sacaron nada en claro y decidieron achacar los sucesos a la enemistad que había entre dos bandas mafiosas. No se encontraron restos de cadáveres ni heridos por ningún tipo de arma.

El último día que María y Keilan pasaron en Águilas fue placentero. Después de varios días de lluvia, había salido el sol. El cielo, las nubes e incluso el aire, brillaba con una intensidad inusual. Aunque todo esto era poco en comparación con los destellos que emitía María y con la luminosidad que desprendían los ojos de Keilan.

Pasearon por el puerto. Le gustaba observar el mar de su pueblo. Sabía que no era distinto del que había en Valencia o en Barcelona, pero sentía que el mar de Águilas tenía algo especial.

Caminaban agarrados de la mano. Pasaron por la Glorieta y por la Pava de la Balsa, que aún tenía restos en el suelo de los cuerpos desintegrados de los demonios. El reloj de la iglesia de San José marcó las doce del medio día.

—Aún nos quedan dos horas para ir a casa de mi abuela.

—¿Qué has dicho que iba a hacer de comer?

—¡Vaya! —Exclamó María—. Y yo que pensaba que solo te alimentabas de mis besos…

—Tus besos me alimentan más de lo que tú te crees… —la miró de reojo y María entrecerró los ojos de gozo—. Creo que va siendo hora del aperitivo.

—¿Quieres algo?

Keilan chasqueó la lengua.

—Bueno… si no quieres no.

—Bien, tendré que hacerlo. No me queda otro remedio —dijo con gesto de resignación fingida y la miró torciendo levemente los labios.

—¿Sí? ¿Y qué te apetece, dulce o picante? —María se detuvo enfrente del casino.

Miró a Keilan con una sonrisa traviesa. Se mordió un labio y jugó con un mechón de su melena. Keilan suspiró y poco a poco se fue acercando a sus labios.

—Primero un poco de picante —dijo después de besarla— y de postre un dulce —se volvió a acercar a sus labios.

María se dejó caer en sus brazos de Keilan.

—Quiero enseñarte el puerto. Ven —puso los ojos en blanco.

—Y a mí me gustaría quedarme así para siempre —susurró, besando sus párpados.

Keilan se hizo el remolón, aun así la siguió. Cruzaron la puerta que daba acceso al puerto, que afortunadamente no estaba vigilada, y desde allí subieron unas escaleras de piedra para pasar al rompeolas. Fueron hacia el faro que quedaba a la derecha de las escaleras. Se sentaron en el nivel que estaba más próximo al mar. Las olas y el viento habían picado la piedra, produciendo boquetes en los que aún quedaban pequeños charcos de la tormenta del día anterior. A lo lejos, unas gaviotas se mecían tranquilamente en el mar.

—¿Y ahora qué pasará con nosotros? —preguntó María dejando que la agarrara por la cintura.

—¿A qué te refieres? —preguntó Keilan, extrañado.

—Me refiero a si Grunontal nos dejará en paz de una vez por todas.

—Ni tú ni yo le debemos nada. Hemos cumplido con el contrato que firmaron ella y Yunil. No hay que preocuparse por eso.

—Ya, pero no dejo de pensar en todo lo que nos ha hecho y me cuesta creer que se dé por vencida tan fácilmente.

—¿Tan fácilmente dices, María? —la observó, sorprendido—. ¿Te parece fácil para ti haber perdido las alas, esperar durante siglos a que aparecieras o pasar quinientos cincuenta años encerrado en una estatua sin poder moverme? ¿Crees que no fue doloroso verte aparecer todos los días por el cementerio y no poder abrazarte, ni poder consolarte cuando venías llorando a mi lado? ¿Y acaso no ha sido tu vida un camino lleno de dificultades? Nosotros ya hemos cumplido, todo lo demás no es problema nuestro. Si Grunontal sigue en su empeño de amarme, peor para ella, porque ni tú ni yo podemos hacer nada. Ya fuimos castigados varias veces.

—Lo sé, Keilan. Sé que me quieres y por eso mismo tengo miedo de perderte.

—No puedes perder lo que has encontrado y a mí hace años que me encontraste.

Keilan miraba el azul del mar y sonrió al saberse que él tenía un pequeño océano tranquilo a su lado. Los ojos de María eran el único mar en el que deseaba bucear para perderse en ellos.

—Deberías seguir con tus estudios —dijo Keilan mirándola a los ojos.

—Sí… pero antes me gustaría disfrutar un poco de la vida. Me gustaría viajar, conocer otros lugares. Además tú podrías ser mi profesor como en Florencia. Yo aprendo muy deprisa, solo has de abrirme tu mente…

—Eso es hacer trampas.

—¿Qué hay de malo en usar nuestras habilidades?

—Nada, pero creo que deberías conocer más opiniones que la mía. No te vendría mal conocer el ambiente de una universidad.

—Entonces, dame todos los libros que has estudiado tú y en tres meses tendré tus conocimientos.

—Eso me parece más justo. Estudiarás mientras viajamos.

—Pero ¿de qué viviremos? No conozco a nadie que viva del aire.

Keilan sonrió.

—¿Cómo crees que tu abuela vive en una casa que no habría imaginado ni en sus mejores sueños? Los ángeles que vivimos en la Tierra nos protegemos unos a otros y tenemos nuestras necesidades cubiertas. Todo el dinero que han ido generando los ángeles lo han ido invirtiendo en negocios rentables —Keilan la agarró de la mano para entrecruzar los dedos.

—¿Cuánto dinero tienes?

—Deberías decir cuánto tenemos. Tú también eres un ángel —se encogió de hombros—. Lo suficiente como para no preocuparnos.

María se cogió de su brazo para apoyar la cabeza en el hombro de él. Le acarició su mejilla con ternura y así permanecieron durante un buen rato, viendo cómo las olas golpeaban en las rocas y les salpicaban.

Cerca del medio día, María y Keilan volvieron de nuevo a casa de la abuela. La familia de María les había preparado una gran comida para despedirlos y la casa se llenó de palmas, bailes, guitarras y canciones. Todos reían, aunque ella permanecía sentada en una silla.

Prefería recordar todo lo que pasaba en el comedor de su abuela. Su hermana Candela había sacado a bailar a Keilan, aunque no tenía ni la mitad de gracia que la muchacha para bailar.

Después de la comida, del postre y de una sobremesa larga, Keilan miró el reloj que había colgado encima del televisor del comedor. María se levantó para despedirse de la familia al tiempo que él sacaba las maletas a la calle.

—Dentro de un mes vendremos a vuestra boda —dijo María abrazando a su cuñada Carmen.

—Te esperaremos con los brazos abiertos —le muy cerca de su oído—. Keilan y tú seréis nuestros padrinos. Me gusta la idea de tener un ángel que bendiga mi boda.

—¿Ángel? —preguntó María, asombrada. ¿Sería posible que su cuñada supiera que Keilan y ella eran ángeles?

—Sí, María, tú siempre serás un ángel para mí.

—No exageres, Carmen, que me vas a hacer llorar…

Y por último, se despidió de su hermano Tito, que al fin soltó unas lágrimas cuando se subió a la furgoneta de Keilan. María abrió la ventana y sacó medio cuerpo mientras se alejaban de la casa de su abuela, hasta que giraron en una esquina, perdiendo a la familia de vista.

Cuando María volvió a sentarse de nuevo en la furgoneta, Keilan se había colocado una peluca rubia. María soltó una carcajada.

—¿Y esto a qué viene?

—Me dijiste que siempre te habías imaginado a los ángeles rubios y cómo puedes observar no he encontrado ninguno de oferta, así que te tendrás que conformar conmigo.

—Sigues siendo un demonio. —María se acercó a la mejilla de Keilan y le dio un pequeño beso.

—¿Ahora cumplo tus expectativas?

—Sí, nunca has dejado de hacerlo.

Keilan sonrió plácidamente.

—Dime, ¿dónde te llevo?

—Donde quieras —respondió sin dejar de mirar la sonrisa pícara de Keilan y la peluca rubia que aún no se había quitado.

—¿Te llevo al cielo?

—Ya estoy en el cielo… —murmuró María, emocionada.

—¿Ah, sí? Pues para ser un demonio lo hago francamente mal, ¿no crees?

—Lo haces estupendamente, Keilan. Sigue así.

—Entonces, ¿te parece bien Florencia?

María se encogió de hombros y dejó que él la llevara donde quisiera. Florencia, Murcia, París, ¿qué más daba, si ella ya estaba donde quería estar? Todo lo demás ya no importaba. Abrió la guantera y sacó la carta que le había escrito Keilan el día en que había vuelto a la vida. Esas eran las palabras con las que había soñado toda su vida. Las leyó una, dos, tantas veces que ya había perdido la cuenta; se la sabía de memoria. Se abrazó a ella y le dijo:

—Sí, volvamos a Florencia.

* * *