Capítulo 18
Llanos se colocó al lado de María, al tiempo que Keilan permanecía a tres pasos de ella con la cabeza gacha y los hombros caídos. Estaba cansado. Las dos últimas noches no habían sido como él esperaba.
Coque caminaba con mucha dificultad. Milkaer sacó una flecha de plata del carcaj que llevaba colgado a la espalda.
—No, papá —dijo Llanos interponiéndose entre su padre y Coque—. Es mi amigo. Es bueno.
—Llanos, quítate de en medio —ordenó Milkaer sin un ápice de compasión por el niño que caminaba detrás de su hija.
—No, papá, no me voy a quitar. Es mi amigo.
—Llanos, es la última vez que te lo digo —respondió Milkaer con brusquedad—. Quítate de en medio.
—No, no me voy a quitar de en medio. Lo que pasa es que no te gusta que tenga amigos como Marta. A ella la quieres más que a mí
—se abrazó a Coque. El cuerpo de su amigo estaba tan frío como el suyo. —¿Te pasa algo?
—Sí. No me gusta el sol.
—Ven, Coque —lo agarró de la mano—. Yo te llevaré a mi casa. Cuando mi papá te conozca jugaremos con él.
María observaba la escena alucinada. Milkaer, Marta, Keilan y el hombre que no conocía, llevaban arcos y flechas. Apuntaban a un niño indefenso que parecía estar enfermo de cáncer.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó mirándoles a la cara uno a uno—. ¿Por qué le apuntáis con una flecha? ¿No veis que no es más que un niño? ¿Estáis locos o qué? —Replicó furiosa.— Keilan, tienes amigos muy raros. Quiero irme casa. Ya.
Todos guardaron sus armas. Llanos se abalanzó hacia su hermana para abrazarla. La cogió de la mano y la acercó hasta Coque.
—¿Amigos? —preguntó Llanos con una gran sonrisa.
Marta miró a su padre y este se encogió de hombros. Al final terminó por asentir.
—Amigos —contestó Marta.
María se adelantó y cuando llegó a la casa se sentó en el bordillo de la entrada. Todo le parecía absurdo, como una pesadilla de la que aún no había despertado. Nitya, Keilan, los amigos de Keilan y ella en medio de toda esa locura. Keilan llegó después de ella. Se sentó a su lado. La miraba de reojo.
—¿Sigues enfadada?
María soltó un sonido gutural que le dio a entender que seguía molesta.
—¿Qué he hecho? —volvió a preguntar Keilan.
—¿Qué pasa, no puedo estar enfadada?
—Sí, claro, pero tiene que haber un motivo —se aventuró a decir.
Milkaer llegó con Coque en los brazos. No podía moverse porque su piel estaba acartonada. Respiraba con dificultad.
—Papá, por favor, dime que no se va a morir. —Llanos caminaba al lado de su padre e iba repitiendo una y otra vez la misma cantinela—. Es mi amigo.
—No te preocupes, cuando esté dentro de casa se recuperará.
Marta abrió la puerta del jardín. María fue la primera en pasar a la casa. Subió hasta la habitación de las niñas y cerró la puerta de un portazo. Marta llegó detrás de ella. Se estaba quitando la ropa a tirones, con brusquedad, como si no quisiera saber nada de ella porque le recordaba el peor día de toda su vida. La tiró a un lado de la habitación y buscó entre las bolsas que Keilan le había comprado el día anterior una muda seca. Se cambió enseguida.
—Si tienes un problema con Keilan, lo mejor es que lo hables con él —expresó Marta sentándose en el suelo.
—No tengo nada que hablar con él —gruñó María tirada en la cama de Llanos.
—Yo creo que sí. Mi padre y Keilan se han pasado toda la noche buscando —la niña le hablaba con tanta seguridad que María levantó la vista para comprobar que hablaba realmente con ella—. Le debes una explicación.
—Es que tú no lo entiendes, Marta. Tú eres muy pequeña para comprender ciertas cosas.
—Prueba a contármelas, a lo mejor yo te puedo ayudar —insistió Marta.
—Es que no puedo, Marta —empezó a llorar.
—Deberías descansar un poco antes de marcharte a casa. Tienes pinta de estar agotada.
—No quiero descansar. Estoy bien. —No, no estoy bien ¿es que nadie puede ver lo que pasa? ¿Nadie en esta casa conoce al verdadero Keilan? Os ha tenido engañados a todos durante todos estos años.
—Keilan está preocupado por ti —le dijo Marta.
¿Y tú que sabrás…? No tienes ni idea de lo que me pasa y de lo mala persona que es Keilan. Con sus rizos negros, con su sonrisa perfecta, con sus ojos…, pensó mientras se quedaba dormida.
Marta se levantó de la cama sin hacer ruido. Cogió una manta de muchos colores del armario para taparla. Después bajó los escalones y al llegar al comedor, se encontró con Keilan que estaba sentado en el sofá afilando la punta de una de sus flechas, pero con la mirada ausente. Recogió las tazas y fue hacia la cocina.
—Toma. —Marta le ofreció una taza cuando regresó al comedor.
Él hizo el gesto de rechazarla, pero la niña insistió en que debía bebérsela.
—Gracias.
—Te calentará el cuerpo.
—¿Te ha comentado algo? —le preguntó con una sonrisa forzada.
—No, pero está muy enfadada. ¿Qué ha pasado para que esté así?
—No lo sé. Anoche estábamos bien, pero ahora ya no estoy seguro de nada.
Volvió a coger la flecha que estaba afilando y se puso a trabajar en ella. Pasaba la piedra por la punta una y otra vez, aunque estuviera ya bien afilada. Marta se levantó y dejó que descansara un rato. El cansancio le venció después de un día muy largo.
Seguía recostado en el sofá, con una manta de cuadros que Marta le había colocado por encima cuando María entró al comedor. Se sentó a su lado sin dejar de mirar su rostro, su piel tostada, sus labios gruesos, el mechón de pelo que a veces le caía sobre un ojo.
Entonces, él sintió la mirada de ella. Abrió los párpados con dificultad, girando la cabeza. María lo observaba con indiferencia, como si no hubieran compartido ni vivido nada juntos. Sus ojos azules se habían transformado en gris piedra y su boca era granito.
—¿Me llevas a casa? —le preguntó.
Se levantó tranquilamente para ir hacia la ventana. Debían de ser cerca de las siete de la tarde, porque ya había anochecido.
—¿Ahora? —preguntó él con un hilo de voz.
—Sí, ahora. Si no quieres llevarme, llamaré a mi hermano para que venga a recogerme, pero yo no te lo aconsejo. Tiene que estar muy enfadado.
Keilan sonrió con timidez.
—¿Más que tú? —pretendió hacer un chiste.
María se giró furiosa.
—Ya… más que tú es imposible.
Se levantó del sofá despacio. Fue hacia la ventana, pero cuando llegó a su lado, lo dejó plantado.
Desde el arco de entrada del comedor, Llanos miraba la escena asombrada. Al lado de la niña, Coque estaba agachado cogido de su pierna. La niña anotaba en una libreta todo lo que ocurría entre María y Keilan.
—¿Te hace gracia lo que decimos? —le preguntó María cuando pasó por su lado para abrir la puerta de la calle—. ¿Por qué no sales a la calle a jugar un ratito como todos los niños?
—Porque ya estoy jugando.
—Pues deja de seguirme —refunfuñó María.
—María —gritó Keilan desde donde estaba—. Deja a la niña en paz. Esto es entre tú y yo.
María soltó un bufido antes de salir al jardín.
—Te espero en la furgoneta.
La despedida fue rápida. Todos tenían cara de circunstancia, menos Llanos y Coque, que revoloteaban alrededor de Marta para que participara en sus juegos. Antes de que Keilan saliera por la puerta, Llanos se acercó a él.
—Espera, Keilan —le dijo abrazándose a él—. ¿Si María no te quiere me puedo quedar contigo? —Llevaba la nota que le había dado María la noche anterior y se la metió en el bolsillo con mucho cuidado para que la encontrara más tarde.
Keilan se encogió de hombros y después lanzó un gruñido. Si en tres días y medio no conseguía que María le hablara de amor, ya no tendría ninguna oportunidad, ni con ella ni con ninguna otra chica. Y las cosas se habían puesto de tal manera que María no quería saber nada de él.
—Bien —le contestó Keilan, recordando cuál era la mejor de sus sonrisas—. Si ella no me quiere, me quedaré contigo.
Salió al jardín, desarmado. Abrió la puerta del conductor sin ganas. Desde el jardín los vieron partir hacia Alcalá del Júcar.
—¿Te has despedido de Milkaer?
—Sí. Les he dicho adiós. No quiero volver a este miserable pueblo en mi vida… Supongo que una vez me dejes en casa, regresarás.
—¿A qué volveré? —le preguntó extrañado—. ¿Qué se me ha perdido aquí?
—Tú lo sabes muy bien —respondió con acritud—. ¿Piensas que soy imbécil?
—No se me habría ocurrido pensar eso.
—¿No lo sabes? —le dijo gritando—. Además de mentiroso, eres un cínico.
—Vale —contestó tratando de mantener la calma—, puedes pensar de mí lo que quieras, pero no tenías ningún derecho a tratar así a mis amigos. Que también son los tuyos. ¿No lo recuerdas? Joder, María, ¿qué te ha pasado? No eres la misma, pensó.
—Tus amigos están todos chalados. ¿A quién se le ocurre salir a buscarnos con unas flechas?
Keilan se quedó paralizado. Miraba la carretera porque si giraba la cabeza hacia ella, le leería los pensamientos. Parpadeó varias veces. En eso lleva razón. Cualquiera hubiera salido corriendo en su lugar. No puedes culparla de nada, reflexionaba a la vez que conducía. No recuerda cómo se cazan demonios. Debes darle una respuesta convincente.
—A Milkaer no le gustan las armas de fuego —se apresuró a decir—. Siempre que sale a cazar lleva flechas.
—Ya, pero nadie sale a cazar con flechas.
—Nadie sale a cazar con flechas, pero nosotros sí. Estamos en una época del año dónde no se pueden utilizar las armas de fuego. Está prohibido.
—Pero eso es absurdo. Si estuviéramos en época de veda tampoco se podrían utilizar flechas.
—No es por la veda —seguía pensando en cuál sería la respuesta que más se pudiera ajustar a la verdad—, sino porque las lluvias provocan corrimientos de tierra y un estallido puede desprender alguna roca.
—Vale —respondió con un gruñido—. ¿Y qué esperaba cazar en el bosque? ¿Vampiros? ¿Hombres lobos?
—Sí —dijo sin pensar. Enseguida se dio cuenta del error que había cometido. Cerró los ojos unos instantes.
—¡Anda, ya! Vale, Keilan, déjame en paz —se giró hacia la ventanilla para no verle la cara.
—Era una broma. Sabes que los vampiros no existen.
—Que me da igual —refunfuñó sin dejar de mirar el mismo camino que había hecho la tarde anterior—. No quiero hablar contigo.
Keilan abrió la guantera para sacar un CD. María se giró sin querer y entonces vio la carta que seguía estando entre el mapa de carreteras.
Ni siquiera ha tenido la decencia de esconderla. ¿Qué quiere, que la lea y que vea cuánto ama a esa chica? Pues se vas a quedar con las ganas. No la voy a leer, masculló entre dientes. Después soltó un gruñido.
Keilan conducía incómodo. La música no le hacía sentir mejor, ni tampoco a María. Pensaba que The Angels podría arrancarle una sonrisa. Entonces sonó la canción de Keilan.
El día en que ella me miró
volví a nacer de nuevo,
resurgí de mis cenizas.
El día en que ella me sonrió
todo lo vivido anteriormente
dejó de tener sentido.
Creo en el amor que ella me da
aspiro a ser parte de ella,
a respirar su aire.
Yo la necesitaba
y ella me encontró.
Yo la buscaba
y ella me salvó.
¿Qué podía hacer yo?
Amarla,
solo amarla.
Que se congele el reloj
cuando sus labios rocen los míos.
Mi amor no tiene edad,
mi amor solo tiene instantes.
Envidio el tiempo
que no estás junto a mí.
Las horas pasan,
el amor no se marcha
y mi sueño es perpetuo.
Aspiro a ser parte de ella,
a respirar su aire.
Yo la necesitaba
y ella me encontró.
Yo la buscaba
y ella me salvó.
¿Qué podía hacer yo?
Amarla,
solo amarla,
solo amarla…
—Por favor, quita la música —dijo María con los ojos húmedos.
Ojalá aquella maldita canción fuera cierta y Keilan la quisiera a ella. Pero no, tenía que querer a Maer-Aeng. Estaba segura que la carta hablaba de eso, como la canción que ahora mismo odiaba. Era ella quien estaba dispuesta a amarle y ¿cómo se lo pagaba? Traicionando su confianza, haciéndole ver que era quien no era. En realidad era un embustero integral. De eso ya no le cabía ninguna duda.
—¿No decías que te gustaban?
—Ya no me gustan.
—¡Qué pronto cambias de opinión!
—Y tú también.
—Yo no he cambiado de opinión en ningún momento.
—Te podrías guardar toda esa palabrería para gustar a las chicas —gruñó María.
—No sé de qué hablas. Me duele que no creas nada de lo que te he dicho.
—Y a mí me duele que me hayas engañado. Pero ¿sabes lo que te digo? De los errores se aprende.
María miraba la carretera. Volvió a girar la cara hacia él.
—Oye, Keilan, ¿cuántos años tienes? —le preguntó de sopetón.
—¿La de verdad o la de mentira? —contestó con una mueca nerviosa.
—Yo solo tengo una edad de verdad —dijo ella molesta—. Tengo dieciséis años.
—¡Ja! ¡Lo que tú digas! —se giró hacia ella. Sus ojos negros brillaban más que nunca. Ella se quedó paralizada. María se giró al momento. Tenía las mejillas encendidas. Soltó un bufido porque pensaba que ya lo tenía superado—. Tengo veinte. ¿Contenta?
—¿De verdad o de mentira? —ironizó María.
—Esa es mi edad de mentira, la que aparento, aunque en realidad tengo más de seis mil años.
María soltó una carcajada. Su pelo volvía a mostrar un tímido brillo dorado.
—¡Eres un demonio, Keilan! —exclamó María—. ¿Verdad que ahora me dirás eso de que eres un demonio?
—No, soy un ángel. Ya te lo he dicho alguna vez —correspondió con una gran sonrisa—. Además, te he hecho reír.
—¿Que tú eres un ángel? Pues no me quiero imaginar cómo serán los demonios.
—Mejor ni te los imagines —dijo con un gesto desagradable.
—Si me los imaginara solo podrían tener tu rostro —soltó María con desdén.
—¿Por qué dices eso? Me gustaría saber qué he hecho que te haya sentado tan mal —había un sentimiento de desánimo en su voz. —Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.
Keilan suspiró, derrotado.
—De acuerdo. Lo que tú digas. ¿A casa?
—A casa —respondió ella.
Mientras tanto, Keilan trataba de alargar la vuelta a casa y la furgoneta no pasó en ningún momento de los ochenta kilómetros por hora. A lo lejos vieron la ciudad de Albacete.
—¿Te apetece tomar algo? —le comentó antes de llegar.
—No. —Permanecía con los brazos cruzados delante del pecho.
Cuando pasaron la ciudad de Albacete, Keilan paró a poner gasolina. María estaba cansada de escuchar a The Angels, ya que cualquier canción le recordaba a él. No le apetecía escuchar sus mentiras y buscó en la guantera otro tipo de música. Sabía que si volvía a mirarle creería de nuevo en él y no quería sufrir otra vez. Se había enamorado como una imbécil del primer chico que le hacía un poco de caso.
La carta volvía a aparecer perdida entre el mapa de carreteras. Miró de nuevo hacia la gasolinera. Había cuatro personas delante de Keilan para pagar. Decidió que le daría tiempo de leerla antes de que regresara. La cogió con miedo. Le temblaban las manos. No quería leerla, pero tenía que saber si Nitya le había contado toda la verdad.
La carta decía lo siguiente:
Qué lejos quedan los recuerdos en Florencia, sin
embargo los vivo como lo más maravilloso que me
pudo pasar. Cada día, te recuerdo, Maer-Aeng. Te
huelo cuando tus ojos azules me miran. Te siento
cuando me besas. Cuando tus labios cálidos se posan
con timidez en mis labios fríos de piedra. Estás
tan cerca y a la vez tan lejos, que me deshago
cuando vienes hacia mí corriendo, cuando las flores
murmuran tu nombre y paseas entre ellas, porque
yo no te puedo abrazar. Pero me has llamado y yo
he acudido a ti. Lo único que quiero es abrazarte
y olerte entre mis brazos. Esta vez ya no te dejaré
marchar. Deseo ver un nuevo amanecer contigo. Ya
no hay problemas, los sueños pasaron. Ahora es
nuestro momento.
María la leyó varias veces con lágrimas en los ojos. Deseaba tanto ser esa chica de la que hablaba la carta que la estrujó con rabia entre sus dedos cuando él terminó de pagar. La metió de nuevo en el sobre como pudo. No quería soltar una lágrima, pero era imposible.
Se mordió el labio y al final se giró hacia el lado de la ventanilla para que no viera cómo lloraba. Cuando Keilan abrió la puerta, salió corriendo en dirección al baño de la gasolinera.
Entró en el baño y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo. Tenía un aspecto deplorable. Las lágrimas no hacían más que acrecentar sus ojeras, y cuando se sintió preparada para enfrentarse a su sonrisa, salió de nuevo a la calle. Él la esperaba apoyado en la furgoneta. Tenía los brazos y las piernas cruzadas. Subió a la furgoneta sin mirarle a la cara. Ya le daba igual todo.
—Se hace tarde.
Keilan contó hasta diez antes de explotar. Puso el motor en marcha con rabia. Permaneció callado tal y como deseaba ella.
No debían llevar más de media hora de camino cuando vieron a una chica a lo lejos.
—Para, Keilan…
Él redujo la marcha. Sus ojos no le engañaban. Aquello no podía pasar. Volvían a tener un problema. Respiró con fuerza.
—No, no podemos parar —contestó, nervioso.
—Sí, tienes que parar. No podemos dejarla ahí tirada.
—Sí, sí que podemos dejarla tirada. No me gusta esa tía. Confía en mí.
—Me da igual lo que tú pienses —seguro que es alguna de tus amigas que dejaste tirada cuando ya no querías saber nada de ella, pensó, aunque se guardó el comentario—. Te he dicho que pares.
—Por favor, María, te aseguro que si no la recojo, no le va a pasar nada. María agarró el volante haciéndolo girar hacia la derecha. Keilan dio un frenazo y la chica que había en la carretera aprovechó para correr hacia la furgoneta. La chica debía de tener unos veintitantos años. Llevaba un vestido de fiesta rojo fuego de tirantes y con un gran escote, el pelo recogido con un moño y unos zapatos de tacón impresionantes. Tenía unos pechos generosos pero turgentes, pómulos altos y de cara era bastante agraciada. Iba muy maquillada. Los labios pintados de rojo hacían juego con su vestido.
—Hola —saludó la chica—, me llamo Nuria.
—Hola, Nuria. Yo soy María —sonrió— ¿Quieres que este de aquí te lleve a alguna parte?
—Sí —contestó Nuria—. Donde vayáis vosotros estará bien. Y tu amigo ¿cómo se llama tu amigo?
Keilan la miró con desprecio.
—¿Eres mudo? —insistió Nuria.
—No. Soy Keilan —respondió sin ganas.
—Si estuvieras más cerca te daría dos besos —soltó una risa alocada—.Perdona, María, ¿me dejas que me ponga a su lado?
María se quedó perpleja por el desparpajo de la chica.
—¡Ehhh! Bien, me pondré detrás. Así me evito tener que hablar con él. Total, estoy segura de que le tienes que parecer mejor compañía que yo.
María abrió la puerta del copiloto y Nuria se coló antes de que hubiera sacado los pies. Parece como si me hubiese atravesado, pensó, sorprendida.
Nuria se acercó a Keilan y le plantó un beso sonoro. María apretó los dientes con furia. La muchacha le colocó un dedo en la barbilla y le giró la cara para preguntarle:
—¿Me llevas a Hellín?
—Sí, te llevará a Hellín. Total, no tiene otra cosa que hacer esta noche. —Sus ojos estaban encendidos—. Socorre a todas las chicas que ve perdidas en la carretera. Tiene cierto imán para atraer a las chicas con problemas.
—María, no quiero llevarla…
—Que no me hables —silabeó entre dientes.
Nuria comenzó a hablar sobre trivialidades.
Después de que Keilan le preguntara varias cosas a María y ella no se dignara en contestarle, decidió cambiar de estrategia. Bajó el volumen del CD, puso la mejor de sus sonrisas y se giró hacia Nuria.
—¿De dónde dices que eres? —preguntó, dedicándole una sonrisa inocente.
—¿De dónde dices que eres? —murmuraba María entre dientes.
Se creerá gracioso o el chico más maravilloso del mundo, pero es tan patético…
—Soy de Albacete, aunque mi novio vive en Hellín. ¿Sabes que eres la primera persona que me para esta noche? Llevo tiempo queriendo ir a ver a mi novio, pero nunca llego a mi destino…
—¿Tienes novio? —Preguntó Keilan con una risa tonta—. Claro, las chicas como tú no están mucho tiempo solas.
—Cuando me vea, se va a caer de culo.
—Keilan —dijo María torciendo el gesto—. Acabamos de pasar por el mismo lugar.
—¿Cómo consigues que el brillo de tus labios no se apague nunca? —preguntó Keilan sin hacer caso de la pregunta de María, sin dejar de observar cuál era su reacción en ese instante.
—¿Quieres que te enseñe cómo se hace? —Nuria se acercó a su hombro y dejó reposar su cabeza—. Yo sé muchas cosas que seguro que aún no has probado.
—Pero tú tienes novio… —contestó apartando a Nuria de su hombro.
—A él le da igual lo que yo haga en mi tiempo libre. Somos muy liberales.
—Ya… pero hay un problema. Yo ya estoy…
—Vale —gritó María—. Para, Keilan, para la furgoneta.
—Vaya, tu novia se ha puesto celosa —le espetó Nuria soltando una gran carcajada.
—No soy su novia, para que te enteres. Y si soy un problema, me bajo aquí y os dejo a los dos tranquilos —gritaba fuera de sí.
Keilan desvió la furgoneta hacia el arcén. Puso las luces de emergencia y después se giró hacia María.
—No quiero que te bajes, María —dijo Keilan. Nuria se acercaba a su pecho, mientras él retiraba una y otra vez su mano—. ¡Qué te estés quieta o…!
—¿O qué?
—O lo lamentarás —terminó por decir Keilan—. Y te puedo asegurar que me estoy poniendo furioso. María, por favor. No quiero que te vayas.
—Pues cualquiera lo diría. Solo te ha faltado tirártela delante de mí.
—Ella no es importante, ¿es que no ves lo que es?
María se bajó de la furgoneta dando un portazo. Comenzó a caminar por la carretera. Él la siguió y cuando la alcanzó la miró a los ojos. La luz de la luna llena era suficiente para se vieran las caras.
—¿Qué pasa, María? ¿Por qué te comportas así?
—¿Quién es Maer-Aeng?
—¿Es eso lo que te preocupa? Pensaba que era algo grave.
—¿La quieres? Dime, ¿la quieres?
—Claro que la quiero. O sea, claro que te quiero… Yo estoy aquí por ella… ¿No te dice nada ese nombre? Yo te quiero como nunca he querido a nadie.
—No, no me dice nada. ¿Qué quieres? ¿Qué me aprenda todos los nombres de tus novias? No, gracias. ¿La quieres… me quieres? A ver si te aclaras, tío.
—María, tienes que recordar ese nombre. Es muy importante.
—No consiento que te rías de mí.
—¿Y quién se ríe de ti? —preguntó más serio de normal—. Me has visto reírme en todo el día. Lo he intentado, pero desde que has vuelto ya no eres la misma.
—No, no te he visto reír, pero te he visto echarte encima de Nuria. Porque sé que cuando lleguemos a Hellín pasarás de mí y te enrollarás con ella. A ella también la engañarás como haces siempre.
—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Keilan alzando los brazos sin comprender nada.
—¿Sabes lo que te digo? Que me voy.
—No, te he dicho que te llevaría a casa y aunque sea lo último de haga en mi vida, te llevaré. —La cogió de un brazo y la arrastró hacia la furgoneta. María le pegaba puñetazos, pero parecía inmune a sus golpes. Nuria salió a su encuentro y se situó detrás de él para acariciarle el pelo—. Nuria, pasa de mí.
—¡Qué me dejes tranquila! —gritaba María.
—No. Te llevaré a Águilas como te he prometido. Nunca rompo mis promesas.
—¡Ojalá no te hubiera conocido en mi vida! —gritó María.
—Ya es demasiado tarde para lamentarte.
—Ha sido el peor día de mi vida —sollozó ella.
—Puedo hacer muchas cosas, pero no puedo volver a llevarte al pasado, así que ve pensando en otras posibilidades —seguía arrastrándola hacia la furgoneta.
—Vale, déjame en paz a partir de ahora. Olvida que me has conocido como yo te olvidaré a ti. ¿Te parece bien? Y si no te parece bien me da igual. Por mí como si te enrollas con esa tipa de ahí o nunca encuentras a esa Maer-Aeng…
—No digas cosas de las que puedas arrepentirte o… —dijo Keilan entrecerrando los ojos.
—¡¿O qué?! ¿Me estás amenazando?
—No te estoy amenazando, María. —Por un momento estuvo a punto de llamarla Maer-Aeng— Solo te digo que estás muy equivocada. No sabes de lo que hablas.
—Y yo solo digo que eres la mayor estafa que he conocido en mi vida. Por lo menos a mi vecino lo veo venir, pero a ti, con esa cara de chico que no ha roto nunca un plato… —hizo un gesto de desprecio—. ¡Bah!, no vale la pena hablar contigo.
Keilan agitaba sus brazos por encima de su cabeza. No entendía cómo María no recordara nada.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que solo te quiero a ti?
María logró desasirse de la mano de Keilan y después le soltó una bofetada.
—Pues yo tengo una mala noticia para ti. No te quiero, ¿entiendes? Ya te puedes marchar con Nuria. Te dejo vía libre. ¿Te debo algo? Porque si es así mi hermano te lo pagará.
—No seas melodramática. No te he pedido nada.
—¡Y qué si lo soy! Prefiero esto a ser una mentirosa como tú.
—A mí me gusta que seas así, salvo cuando te pones cabezona y no atiendes a razones. Si volviera a nacer volvería a estar colgado por ti.
—¿Y a qué tengo que esperar? ¿A ver cómo te enrollas con cualquier tía que se te pone a tiro?
—Keilan, pasa de ella —se interpuso Nuria—. Conmigo te lo pasarás mejor.
—Y luego dices que me quieres. Ni siquiera eres capaz de esperar a que me dé la vuelta.
Nuria lo abrazó por detrás y Keilan se giró para empujarla.
—Déjame en paz —soltó agitando los puños y salió corriendo hacia el otro lado de la carretera—. No quiero verte nunca más. Te odio.
Keilan esperaba cualquier cosa menos esa palabra. Se quedó paralizado. Se llevó las manos a los bolsillos, aturdido. Allí encontró una nota que no estaba cuando se cambió de ropa. La sacó para leerla. Sin embargo, para cuando comprendió que esa nota le citaba en el bosque la noche anterior ya era demasiado tarde.
Mientras tanto, María trataba de parar un camión y, cuando se detuvo en el arcén, ella le dijo:
—Adiós, Keilan… eres un mentiroso. Nitya llevaba razón. A mí no me engañarás como a ella.
La noche empezó a apagarse cuando ella se fue.
—¿Nitya? —se preguntó, sacudiéndose la cabeza como si todo lo vivido fuera parte de un sueño.
Entonces empezó a recordar cosas, juntando las piezas que tenía en su mano. Grunontal estaba detrás de todo aquello. Era el momento de romper las reglas.