Capítulo 16
Nitya salió de su habitación en dirección a la sala grande con mejor humor del que había entrado. Sus ojos verdes brillaban como un faro potente. Cuando llegó a la sala rosada, Grunontal todavía no se había marchado.
—¡Qué alegría que no te hayas marchado, madre! —exclamó poniendo los ojos en blanco—. Creí que tenías cosas más importantes que hacer que consolar a tu amada hija. Miró extrañada hacia una de las paredes, pues le pareció ver un cuadro con un marco dorado que no era suyo. En él se veía una escena de hacía muchos años, con su madre y su querido Keilan en un canal de Venecia. Grunontal tenía que tener una razón muy importante para regalarle ese cuadro, pero no le daría el gusto de preguntarle por qué.
—¿Qué vas a hacer con ella? —ladró haciendo oídos sordos a sus impertinencias.
—Voy a dejar que se marche, como tú y padre me habéis sugerido que haga con la delicadeza que os caracteriza —soltó un suspiro largo. Sus ojos verdes volvieron a sonreír—. ¿Es así o quizás me equivoco?
—De eso no me cabe ninguna duda —ladró con indiferencia—, pero no es eso lo que quiero saber.
—Entonces, por favor, madre, dime a qué te refieres —Nitya siguió manteniendo la compostura—. Estoy un poco cansada para jugar a las adivinanzas. ¡Ay, perdona! A ti no te gusta jugar.
Grunontal dejó a un lado su bastidor y se acercó hasta ella.
—No deberías haberte marchado. Tenías cosas más urgentes que resolver —respondió, señalando a María que seguía dormida en la alfombra.
—Pensé que de ella te encargabas personalmente. —Siguió mirándola a los ojos, mostrando que estaba dispuesta a cumplir sus órdenes.
—Maer-Aeng no puede verme. Has de ser tú quien hable con ella. —En vista de que yo no tengo buenas ideas… —suspiró—. ¿Qué debo hacer con ella, madre?
—La mandarás de vuelta al pueblo con esa niña que tendría que ser mía desde hace muchos años, pero en fin. —Su voz chillona e insoportable se le clavaba como dos chinchetas en las sienes—. La dejarás donde la encontraste.
—¿Eso es todo? —susurró Nitya.
—No, eso no es todo. Si no fueras tan impaciente me dejarías terminar.
—Perdona, madre. Puedes seguir…
Grunontal le propinó una nueva bofetada. La mejilla de Nitya quedó marcada por los cuatro dedos crispados de su madre y aun así ella se mantuvo en el sitio sin perder la compostura, retándola, sin dejar de mirarla a los ojos.
—No necesito que tú me des permiso —graznó—. Como iba diciendo antes de que me interrumpieras, te la llevarás hasta el lugar donde la encontraste, pero —alzó el volumen de su voz más de la cuenta para que recordara lo que tenía que decirle— antes de marcharte le contarás una historia sobre la carta que Keilan guarda en la guantera de su coche, entre un mapa de carreteras. En esa carta se habla del amor que siente Keilan por una chica llamada Maer-Aeng…
Nitya fue a replicar, extrañada, pero Grunontal la paró con un gesto despectivo de su brazo.
—Déjame acabar de una vez por todas —Nitya cerró los ojos, agotada—. Nosotras jugamos con ventaja. De momento. Esa de ahí —dijo, señalando a María— no sabe afortunadamente nada de su pasado. No recuerda ni cómo la llamaban los ángeles ni quién fue. Y tú vas a crearle una duda del amor que dice tener Keilan por Maer-Aeng —le señaló el cuadro que había colgado en la pared—. Le vas a susurrar en su oído y le vas a detallar cómo ama Keilan a esa chica y cómo por ella sería capaz de morir; que María no es más que un entretenimiento hasta que encuentre a su amada, como lo fuiste tú en su día.
Grunontal le fue hablando de la infancia de María, de dónde se había criado, de todo lo que le gustaba, del trato que tenía con Yunil y de lo ingenua que podía llegar a ser.
—¿Y si eso no funciona? —preguntó frunciendo el ceño.
—Siempre podemos mandar a alguien de nuestra confianza para que los separe definitivamente.
—Creí que no podíamos intervenir en cuatro días —le recordó.
—Exacto, ni nosotras ni ningún demonio. Pero Larma no especificó nada de los muertos. Algunas criaturas vagan por caminos abandonados y se aparecen en mitad de la noche cuando menos te lo esperas.
Grunontal se dio media vuelta y se encaminó hacia el cuerpo agitado de María, dejando un rastro fétido donde antes había estado.
María sintió un escalofrío gélido cuando sintió la mano de Grunontal recorrer su cuerpo. Sus facciones, lívidas como la cera, se tensaron y su pelo brillante con reflejos dorados se volvió de un color ceniciento.
—Háblale con dulzura, como solo tú sabes hacer. Ofrécele un vaso de leche, unas galletas y unas chocolatinas. En la sala azul te he dejado todo lo que le gusta. —Siguió pasando su mano por su espalda y a cada segundo, iba perdiendo el color de su rostro. Sus labios carnosos comenzaron a agrietarse, fueron adquiriendo un color azulado y su respiración se volvió lenta y torpe—. Sé persuasiva, porque de ello depende nuestro futuro.
—Si no paras —dijo alarmada, con miedo a acercarse a su madre—, no habrá futuro para ninguna de las dos.
Grunontal se levantó de un salto. Contempló de nuevo el manjar que estaba tendido en la alfombra y suspiró con desesperación. La joven fue recuperando poco a poco el color de sus mejillas. Su respiración se fue acompasando.
—Toda tuya —aulló con vehemencia. Sin mirar hacia atrás, abrió la puerta de la sala donde permanecían apostados Rufus, Pitiam y el joven hombre lobo y, antes de cerrarla, se dirigió a los tres hombres—. ¡Uhhh! —graznó.
Nitya se quedó mirando el cuerpo de María. Seguía agitándose en el suelo, se acercó hasta ella y le pasó un dedo por la yugular. Puso los ojos en blanco al notar cómo la sangre fresca palpitaba en la vena. Pum, pum, pum, pum, sentía en su dedo, pero tuvo que apartarlo porque una descarga eléctrica la tumbó de espaldas. Su cabello negro se erizó y sus ojos verdes perdieron brillo.
La contempló con tranquilidad. En el tiempo que la muchacha había pasado tirada en la alfombra, su pelo había cambiado de color varias veces y todas ellas con un efecto demasiado hermoso como para apartar los ojos. Le puso el índice en el entrecejo para que recuperara la consciencia. Fue abriendo los ojos poco a poco, parpadeando con pesadez. Sus pestañas largas y doradas se movieron. Se llevó una mano a la cabeza porque estaba aturdida. Tenía la boca pastosa, pero seguía desprendiendo un aroma dulce.
—Buenas noches, mi princesa —susurró Nitya en el oído de María.
María tragó saliva. Su cuerpo se tensó por el miedo. Cerró los ojos de nuevo para comprobar que todo no era más que producto de su imaginación.
—¿Te he asustado? —La voz de Nitya había alcanzado su mayor grado de empalago—. Perdona, María, no era mi intención hacerte daño. Conmigo estás a salvo.
María se medio incorporó de repente, sentándose en la alfombra. Ya que aquello no era un sueño, al menos ella lucharía por su vida. La imagen que observó a su alrededor no le gustó en absoluto. Estaba en mitad de una sala fría, con una luz mortecina que venía de unas lámparas que colgaban de un techo abovedado. Aunque eso no fue lo peor en aquella sala blanca. Las paredes estaban cubiertas por cantidad de huesos que podrían ser muy bien de humanos. Esos huesos relucían a la luz de los fuegos fatuos. Una luz verde fluorescente rebotaba en las paredes y producía un efecto lúgubre en la sala.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó con inquietud.
La mujer sonrió con tranquilidad. Su rostro estaba sereno. Entonces María se relajó momentáneamente.
—Te vi perdida en el bosque —comentó con la mejor de sus sonrisas— te recogí y te traje hasta mi casa.
—¿Esto es tu casa? —Inquirió con sarcasmo señalando las paredes—. No pensaba que una cripta fuera el lugar más adecuado para vivir. —Me parece que vuelves a alucinar, pequeña. No deberías hacer caso de lo que ven tus ojos— y diciendo la última palabra, dio una palmada al aire y una luz brillante inundó la sala.
María advirtió asombrada que las paredes que hasta no hacía ni un segundo estaban llenas de huesos humanos, mostraban un aspecto completamente diferente. Se frotó los ojos. No estaba totalmente convencida de que aquello no fuera otra alucinación. Se levantó y corrió hacia la pared donde había visto los huesos. Observó con detenimiento el marco dorado y la pintura que había en ella. Representaba una escena de dos enamorados sentados en una góndola de un canal de Venecia, vestidos con trajes de época, con pelucas blancas y un antifaz. La mujer era idéntica a Nitya o por lo menos eso le pareció a María. Se acercó hasta el cuadro para observarlo con más detenimiento. Le pareció que la otra figura se parecía a Keilan.
No puede ser él, se dijo.
—Fue un viaje tan hermoso. En esa ocasión nos disfrazamos de época. Todos los años suelo acudir en carnavales. Es cuando más hermosa está Venecia. Todo el mundo disfrazado, la plaza de San Marcos abarrotada y, lo mejor de todo, nadie conoce a nadie. Pasear por estrechas calles esperando que llegue alguien con quien compartir la noche. Realmente delicioso —dijo Nitya colocándose al lado de María—. ¿Conoces Venecia? Te lo recomiendo. Es el lugar ideal para las parejas de enamorados.
A pesar de la voz cálida de Nitya, María seguía temblando. Desconfiaba de sus palabras.
—De todas maneras, no me gusta este lugar.
—¿Se puede saber por qué? Acabo de mudarme y aún no hemos tenido tiempo de decorar la sala. En cuatro días esto estará cambiado.
¿Vendrás a verlo? —Sonrió con inocencia—. Perdona, soy una desconsiderada. No te he preguntado cómo estás y si necesitas algo. ¿Te apetece un vaso de leche caliente y unas galletas? —Esperó una respuesta por parte de la muchacha, pero en vista de que ella se resistía a contestar, le siguió ofreciendo—. Ya sé, te apetecen unas chocolatinas.
—No, no me apetece nada —contestó con una cortesía fría.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —Su sonrisa seguía siendo limpia—. Me parece que te has montado una película en tu cabeza en la que yo soy la protagonista. ¿No es así? Cuéntame qué te pasa. Igual puedo ayudarte.
—¿Me vas a ayudar igual que me has ayudado en el bosque? —preguntó apretando los puños con rabia.
—No sé de qué me estás hablando, pequeña. Sigues alucinando. Por Dios, ¿qué clase de monstruo piensas que soy?
—Quiero marcharme de aquí inmediatamente.
—¿Piensas que estás retenida contra tu voluntad, pequeña? —Nitya le acarició su mejilla llena de pecas. María le retiró la mano furiosa.
—Sí. Yo iba por el bosque…
—Y tropezaste con una rama, perdiste el conocimiento y te encontré junto a una niña que se llamaba Llanos. Una delicia de niña —volvió a sonreír—. Me pareció que lo más prudente era traerte a casa y que te recuperaras.
—Vale, pues ya me he recuperado y quiero volver.
—Por favor, antes de marcharte, toma algo para el camino. Has recibido un golpe fuerte en la cabeza —chasqueó los dedos y entró una mujer rubia. Su aspecto era inmejorable aunque mantenía una palidez extrema. Aun así, no le restaba belleza a su rostro. Su melena rubia y brillante bailaba a cada paso que daba.
—¿Me llamabas? —preguntó la mujer.
—Sí, Eva. Nuestra amiga quiere un vaso de leche caliente con unas galletas. La pobre está agotada.
—Vale, un vaso de leche con galletas me vendría bien —respondió, bajando los hombros porque estaba cansada.
—Trae una silla. Se ha pasado más de una hora agitada —le dijo a la mujer rubia—. Te pido nuevamente disculpas por no tener siquiera una silla.
—Entonces, ¿me dejarás volver a casa? —preguntó esperanzada, María. Sus ojos azules se volvieron de un color turquesa y los reflejos dorados de su cabello brillaron con más intensidad que las lámparas que habían colgadas del techo.
Nitya parpadeó varias veces como si no acabara de creerse lo que María le había preguntado.
—No sé qué he hecho para que desconfíes de mí. Mira a tu alrededor, no tengo ningún animal escondido, ni vampiros detrás de la puerta…
Eva acudió con una bandeja donde había un vaso de leche, unas galletas, unas chocolatinas y unas tostadas con unos sobrecitos de mantequilla y mermelada de fresa. Rufus y Peter entraron con un sillón blanco adamascado en color verde marfil y dos sillas. Al momento, llegó Pitiam con una mesita de madera oscura con incrustaciones doradas.
—Muchas gracias. Por favor, dejadnos a solas.
Parte de la guardia personal de Nitya salió de la sala.
—¿Alguna cosa más? —preguntó Pitiam con una sonrisa magnífica.
—No, ya te puedes marchar —contestó con suavidad.
Nitya colocó una silla enfrente de la otra, y cogió una galleta para mordisquearla.
—¿Qué pasa, María? ¿Qué te preocupa?
—Nada… Bueno, sí, es que pensé por un momento que eras una vampira —dijo avergonzada.
Nitya soltó una risa encantadora. Chasqueó la lengua y después suspiró.
—¿De dónde has sacado que soy una vampira? Los chicos de hoy en día tenéis muchas fantasías en vuestra mente.
—Es que en el bosque…
—En el bosque nada, María —respondió como la madre que escucha con amor las aventuras de su hija—. Ya te he contado lo que te pasó. Además, si yo fuera una vampira, ¿piensas acaso que tú seguirías con vida? —Nitya mordió la galleta con la que hacía un rato jugaba entre sus labios—. ¿Otra galleta? Son deliciosas; los trocitos de chocolate y la canela le dan un sabor estupendo, ¿no crees? Eva tiene unas manos para la repostería… —cogió el plato para ofrecerle otra.— Cuando salí de casa pensé que había un vampiro en el bosque —respondió a trompicones, llevándose una mano a la cabeza porque seguía confundida—. Milkaer me dijo que la niebla era la señal de que algo malo iba a pasar… Y entonces yo me puse a correr porque pensaba que Keilan estaba en peligro.
—Keilan… —suspiró Nitya mirando el cuadro que había colgado en la pared.
—Sí, pensé que Keilan estaba en peligro…
Nitya volvió a suspirar. María se quedó mirando su rostro hermoso porque, por unos instantes, frunció el ceño. Le preguntó si había dicho algo que le hubiera molestado. Nitya se encogió de hombros.
—¡Ay, Keilan! —dijo soltando un suspiro profundo—. Qué nombre tan curioso —añadió con la mirada perdida, como recordando una historia terrible. Su boca trazó una mueca desagradable y en sus ojos asomaron unas lágrimas—. Yo conocí a un chico que se llamaba así que me juró amor eterno y cuando caí en sus redes —tragó saliva—, me abandonó.
—¿Y qué pasó? ¿Por qué te abandonó? —preguntó, intrigada.
Ese chico no podía ser su Keilan, se decía mientras escuchaba.
—Pasó lo que tenía que pasar. Él no pudo olvidarse de su antiguo amor. Se llamaba Maer-Aeng y un día desapareció de su vida sin dejar explicaciones. Keilan tenía miedo al compromiso y antes de que la cosa fuera más importante, me dejó tirada. En el fondo no le culpo. Él hizo todo cuanto pudo, pero su novia le había dejado muy tocado —cerró los ojos y dejó escapar un gemido amargo. Cuando los volvió a abrir, se forzó en sonreír—. Aún recuerdo su melena rizada, sus ojos negros, su piel tostada, y que cuando me miraba se paraba el mundo y yo dejaba de respirar. Viajábamos en una furgoneta negra. Cada día visitábamos un sitio nuevo. Con él aprendí Arte, varios idiomas e historias increíbles sobre las estrellas… Un día, después de llevar cinco meses con él, saqué un mapa de su guantera y una carta cayó a mis pies. Yo no quería leerla, te juro que no quería, pero la leí. Y entonces —cerró los párpados y se mojó los labios con dificultad—, creí morirme. Una carta que hablaba de su amor por Maer-Aeng y yo… Bueno, me quedo con la sensación de que fueron los mejores días de mi vida. Pero en fin, no pudo ser.
—Si no es una indiscreción, ¿cuánto tiempo hace de eso? —El estado de ánimo de María había pasado de la esperanza a la indignación.
Nitya cogió una galleta. Sus manos temblaban. Se mordió el labio de arriba con nerviosismo.
—Hace dos meses. Por eso decidí venir a vivir a este lugar tan solitario —volvió a recuperar su sonrisa perfecta—. No hablemos de cosas tristes. Seguro que hay más de un Keilan por ahí. No pongas esa cara, cariño.
—Ya, seguro que hay más de un Keilan por ahí —masculló María entre dientes.
—Venga, si quieres que te acompañe a casa, acábate la leche y las galletas.
María retiró el plato con despecho.
—Es igual. No hace falta que me acompañes. Si me dices el camino, yo sabré volver.
—No deberías ir sola por el bosque. Cualquiera de mis chicos podría acompañarte en coche. Tu familia debe de estar preocupada por ti.
—He dicho que prefiero ir sola.
Nitya pegó un brinco en su silla. La miraba desconcertada, con la boca abierta. Se encogió de hombros ante la respuesta de María.
—¿He dicho algo que te haya molestado? Por favor, te ruego que me disculpes. ¿Estás segura de que puedes volver a casa sola? No tienes buena cara —soltó con inocencia.
—No, perdóname tú —contestó María con los ojos llorosos. Le costaba articular las palabras—. Soy una maleducada. No es nada, de verdad. Estoy bien.
—Si es por ese chico que se llama Keilan, no te preocupes. Estoy segura de que estamos hablando de chicos distintos. Además, sería mucha casualidad que estuviera justo aquí. La última vez que nos vimos, andaba por un pueblo que se llama Águilas. ¿Lo conoces?
Está al sur de Murcia y es precioso. Recuerdo que un día estábamos en el faro y Keilan me hablaba de amor, y al día siguiente me…
—Dime una cosa —dijo levantándose de la silla—. Este chico que está contigo en este cuadro, ¿es Keilan?
—Sí —contestó bajando la mirada.
María se acercó de nuevo al cuadro. Lo observó detenidamente. Ya no le cabía duda. Ese chico que estaba al lado de Nitya era Keilan.
Un encargo que había hecho Grunontal, con Keilan como pareja de enamorado, a un pintor florentino a cambio de la vida de este. Nitya sonrió. Sus ojos dejaron escapar un reflejo de satisfacción que María no percibió. La duda ya estaba creada.