Capítulo 21
(Día cinco)
Keilan llegó al cementerio pasada la media noche. La luna llena estaba escondida tras unas nubes densas que amenazaban tormenta. Un viento helado bramaba en el cementerio, signo de que los demonios se acercaban al pueblo. Se oyó el ladrido de un perro que inmediatamente fue apagado por el aullido de un lobo y los chillidos de los vampiros pidiendo sangre pura.
Caminaba con paso firme, seguro. Larma fue a verlo cuando se despidió de María. Se presentó en Águilas y le contó todo lo que había estado ocultado durante siglos. Gracias a él, supo dónde lo esperaba María. Sonreía a pesar de que las calles de Águilas pronto estarían tomadas por los seres del mal y sus ojos negros brillaban en mitad de la oscuridad de la noche. A medida que avanzaba por las tumbas, algunas de las sombras se levantaban para escoltarlo hasta donde estaba ella.
María dormía, pero en cuanto lo sintió cerca, se despertó, sonrió y su corazón se aceleró. Sus párpados se movían nerviosos, aunque prefirió mantener los ojos cerrados. Él se acercó muy despacio.
—Hola, Maer-Aeng… Afrodita… María de los Ángeles… —susurró en su oído.
Ella tembló. Sintió su aliento cálido y se estremeció de pies a cabeza. Abrió su boca esperando a que él bajara hasta ella, pero el beso que tanto esperaba no se produjo.
—¿Ya está? —dijo decepcionada—. ¿Eso es todo lo que sabes hacer?
Keilan la miraba apoyado en la estatua, con los brazos cruzados, dejando caer el peso de un pie sobre el otro. Sonreía con descaro y sus ojos brillaban como si hubiera cometido alguna travesura. María se levantó de la tumba.
—¡¿Después de todo lo que hemos pasado solo me saludas?! —gritó ella, sorprendida. Echaba chispas.
Keilan soltó una carcajada.
—¿Qué te parece divertido? —preguntó María soltando un bufido. Vale, tú lo has querido. Si quieres jugar, vamos a jugar.
Se acercó hasta él, se puso de puntillas para llegar a sus labios y esperó a que se decidiera. Cerró los ojos de nuevo. Él rozó la comisura de su boca, pero en vista de que no iba más allá se giró sobre los talones para dejarlo plantado. Sin embargo su jersey se quedó enganchado en la mano rota de la estatua.
—¡Que me dejes! —dijo María al sentir que no podía avanzar.
—A mí que me registren —replicó Keilan en tono de burla.
—No insistas. Has tenido tu oportunidad y no la has sabido aprovechar. —empezó a tirar del jersey con fuerza y entonces se dio cuenta de que no era él quien la tenía cogida, sino la mano de la estatua.
Keilan volvió a soltar una carcajada. María deshizo el nudo y salió resoplando a grandes pasos. Keilan llegó hasta ella en un movimiento rápido y la cogió por la cintura. Ella notó la fuerza de sus brazos, así como la delicadeza con la que la trataba. Posó sus manos en sus mejillas, la miró a los ojos con ternura y le susurró:
—Dilo, María, di lo que tú y yo sabemos.
Ella contuvo el aliento. De repente, se quedó sin palabras, sin respiración, sin más mundo que sus ojos negros.
—Te quiero —respondió María abriendo los labios.
Él se inclinó lentamente hacia María. Se detuvo un segundo, sintió el aroma de su boca, la saboreó y la besó tiernamente. Se perdieron en ese roce. María tembló entre sus brazos y la abrazó para no soltarla nunca más.
—Jamás te he mentido. Siempre has sido tú, María y no podía ser de otra manera. Las líneas de mi mano hablaban de ti. Tú eres ese amor por el que suspiraba todos los días. Soy tu ángel.
—¿Solo mío? En tu Facebook, recuerdo que decías que socorrías a pelirrojas en apuros.
—Deja que me lo piense. Si veo alguna en el próximo segundo y medio igual me decido.
Y haciéndose la ofendida se soltó de sus brazos y comenzó andar. Keilan la agarró de la mano para atraerla de nuevo a su pecho.
—¿Piensas que voy a dejarte marchar tan fácilmente? —Entonces posó su mano en su nuca, enterrando su rostro en su cabello, se aferró a su melena para atraerla y besarla de nuevo—. No me he pasado quinientos cincuenta años encerrado para que tú te marches de mi lado a las primeras de cambio.
—No, no podría dejarte aunque quisiera —balbuceó María cuando se encontró de nuevo con su boca cálida.
Con la necesidad de haber estado tantos años sin poder saborearla, Keilan buscó de nuevo sus labios. María gimió dando la bienvenida a esa caricia que tanto había ansiado.
—Eso ha estado muy bien, pero ahora vas a saber cómo es un beso.
—¿No te ha gustado? —preguntó Keilan deslizando su dedo índice por sus brazos.
—No ha estado mal. Pero creo que se puede mejorar.
—¿Vas a ser mala? —sonrió Keilan.
—No, voy a ser peor.
—Sí… aunque eso será si me apetece —repuso él en tono burlón. María seguía mirándolo con descaro—. Y como resulta que me apetece… soy todo tuyo.
La tomó de la cintura y nuevamente se perdieron en un beso embriagador, cada más exigente. María se abrazó a su cuello. Se miraron a los ojos con amor. Sentían la urgencia de fundir sus bocas hasta saciarse, de apropiarse del cuerpo del otro y explorarse mutuamente. La estrechó más fuerte contra su cuerpo, deslizó sus manos por su espalda y se detuvo en sus caderas. Lamió sus hombros y bajó para acabar en sus pechos. Desabrochó los botones de su camisa con premura, hasta quitársela. El roce de su piel desnuda le hizo perder por un segundo el sentido.
La respiración de ella se agitaba cada vez más y también necesitaba besar su piel desnuda. Él dejó que le quitara la camisa, pero antes de seguir la miró a los ojos. Advirtió el anhelo en su mirada, en cada pequeño mordisco que le daba y en cada gemido que lanzaba. Entonces la tumbó en una tumba y sus manos disfrutaron de cada rincón de su cuerpo.
—Maer-Aeng —susurró varias veces.
—Keilan, rompamos la maldición.
La agarró de las muñecas, la retuvo en esta postura unos segundos antes de atrapar su boca, unos labios que amaba más que a su vida. Y María le correspondió con la misma pasión que a él le mostraba. Ya no había vuelta atrás, ella le suplicaba con la mirada que no acabara nunca, y con sus piernas rodeó su cintura. Y así hasta que ambos cayeron en un gemido prolongado que rompió el silencio de la noche.
La maldición estaba rota.
Keilan rozó sus párpados con ternura cuando ella terminó de abrocharse el último botón de su camisa. Iba a besarla de nuevo, pero aparecieron a su lado dos sombras agarradas de la mano. Se trataba de Verónica y de Juan.
—Ellos vienen —musitó Verónica.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó María con temor.
—Nitya y su guardia personal —respondió la mujer.
—Pensaba que tendríamos un poco más de tiempo —dijo Keilan preocupado.
Verónica sacó las tijeras de plata del libro que llevaba en la mano. Su camisón desgarrado se agitó con violencia cuando el viento comenzó a bramar en el cementerio.
—Nosotros estamos preparados —dijo Verónica mostrando las tijeras en la oscuridad de la noche—. Llevamos armas cargadas.
—¿Larma las ha cargado? —preguntó Keilan.
—Sí, nos ha prometido que tendremos un lugar en su reino si nos unimos a vosotros —le dijo Juan.
Unos aullidos llegaron desde la pared norte que daba a la carretera.
—Aún no han llegado al pueblo —dijo Keilan tomando las riendas de la situación. Sus ojos negros se volvieron fríos y el gesto de su cara, pétreo—. Hay que salir de aquí inmediatamente. María, recoge tu arco y tus flechas. Vamos a organizarnos antes de que lleguen. Necesito que algunos de vosotros permanezcáis aquí. María y yo vamos hacia el pueblo. No querrán luchar en las calles, y si se atreven, nos repartiremos por el pueblo.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Paco.
—Lo primero es sacar a la gente de las calles, porque de no ser así, se llenarán muy pronto de sangre. El pueblo tiene que estar vacío cuando empiece todo. Esto es una guerra.
Los aullidos eran cada vez más fuertes. Una bruma densa, salida de la nada, empezó a cubrir la noche. Algunas sombras corrieron hacia la pared norte para contener el primer ataque de los demonios, mientras Keilan y María salían del cementerio.
Pasaron por un camino flanqueado por unos eucaliptos, atravesaron las vías del tren y corrieron por La Puerta Lorca, una de las grandes avenidas del pueblo. Conforme corrían calle abajo, se encontraron con algunas personas que los miraban asombrados.
—No salgáis de vuestras casas —les gritó Keilan con firmeza—. Varios hombres armados se dirigen hacia aquí… Esta noche van a morir muchos de los nuestros…
—Keilan —gritó María, parándose en seco.
Keilan se volvió hacia ella.
—Prométeme que tú no morirás.
Se encogió de hombros.
—Haré todo lo que esté en mi mano.
—No, Keilan, me lo tienes que prometer.
—Está bien, te prometo que esta noche no moriré nada más que por un beso tuyo…
—Déjate de tonterías. Te estoy hablando en serio.
—Y yo también —le contestó Keilan acercándose a ella para besarla muy despacio en los labios—. ¿Piensas que me voy a perder más besos tuyos? —La miró a los ojos—. Esta noche no voy a morir, María.
—Más te vale, porque si no… si no…
—Es igual, María —la cortó temiendo que ella siguiera también sus pasos—. Prefiero que no me digas qué harías tú.
Dejaron atrás el antiguo hospital, pasaron algunas calles, hasta llegar a la playa de La Colonia. Keilan paró unos instantes y se giró porque había algo en el ambiente que no le gustaba. Olió el aire.
—¿Qué pasa? —preguntó Nuria.
—¿Escucháis algún ruido? —esperó respuesta de sus amigos.
—No —respondió María.
—Grunontal tiene que estar cerca. Lo presiento, María —dijo Keilan.
Keilan colocó a María en el centro de las sombras.
—Cuidad de ella. Voy a inspeccionar la zona.
—Puedo cuidar de mí misma —respondió ella. Se llevó una mano a su carcaj y sacó una flecha.
—Nadie lo duda, pero prefiero que estés aquí —respondió Keilan alejándose a la carrera de las sombras.
Llegó al espigón que había en la rambla y se subió a una farola. A pesar de la niebla, pudo distinguir que bajaban varios monstruos y una mujer que se parecía increíblemente a Grunontal. Tenía que tratarse de Nitya, aunque sus facciones eran más bellas.
De repente escuchó que María gritaba su nombre. Llegó hasta donde se suponía que debían estar ella y las sombras. Oyó el grito de guerra de sus hermanos muy cerca de donde estaba. Por La Puerta Lorca bajaban una veintena de demonios seguidos por otros tantos ángeles. Sus hermanos lanzaban flechas sin cesar, pero los demonios trataban de esquivarlas colándose entre medio de los coches que había aparcados en la avenida. Desde otra calle salieron unas sombras que se dispersaron por la travesía, acorralando los pocos vampiros que quedaban en pie. Apuntó a un vampiro que venía hacia donde él se encontraba y de un tiro certero, la flecha atravesó su corazón.
Después de acabar con el último vampiro, corrió por el paseo de La Colonia hasta llegar al otro espigón que había debajo del castillo. Se encontró con varias sombras que luchaban contra un demonio. Era un monstruo de más de dos metros de altura, con el cuerpo lleno de pelo oscuro y grueso que lo protegía como una coraza, dos pequeños cuernos en la frente y una cola que agitaba como el látigo que llevaba en su mano derecha. Tenía los ojos completamente negros y su boca recordaba a las fauces de un león. Lanzaba bolas de fuego por su boca, mientras chasqueaba con una mano un látigo de acero de siete puntas.
Keilan cargó de nuevo su arco, pasó muy cerca del látigo y, mirándolo a los ojos, le dio en el corazón. Se produjo entonces una gran explosión que lanzó a Keilan a más de tres metros de distancia de donde estaba. Se levantó del suelo sin pensar y siguió cargando su arco contra otro demonio que apareció desde detrás de una palmera. Era un monstruo mucho más alto y corpulento que el que acababa de matar. Tenía dos látigos y sus ojos estaban inyectados en sangre. Su cola reptaba por el suelo buscando un gato que había entre unas palmeras. Cuando lo encontró, lo enrolló, lo miró con deleite y se lo llevó a la boca para comérselo de un bocado. El demonio restalló sus látigos contra la arena de la playa, pero Keilan ya había disparado su flecha antes de que el acero rozara su piel.
—Mala suerte, amigo —dijo alejándose del demonio—. Deberías aprender que en la guerra no hay tiempo para nada…
Se volvió a producir una gran explosión, pero esta vez Keilan estaba lejos para sentir su impacto. Dos lobos, como dos toros, aparecieron desde detrás de una caseta de helados. Tenían las fauces abiertas, gruñían y enseñaban los colmillos ensangrentados. Agarró dos flechas de su carcaj para cargar de nuevo su arco. Se giró en un movimiento veloz, dio un salto grande hasta llegar al muro que separaba la playa del paseo y acertó de lleno en el entrecejo de uno de ellos. Oyó un gemido estremecedor; cogió otras dos flechas y apuntó de nuevo detrás de él. Dos genios se sumaron al lobo que no había sido alcanzado. Uno de ellos tenía a una chica de unos veinte años agarrada por el cuello, mientras que el hombre lobo lamía la sangre de un hombre de unos cincuenta años. El genio levantó a la chica del suelo, la miró a los ojos y le dijo a Keilan:
—Suelta tu arco o acabo ahora mismo con ella.
Keilan dudó unos instantes. Tragó saliva.
—Está bien, amigo. No nos pongamos nerviosos —dijo con los brazos en alto—. Yo que tú la dejaría marchar porque mis hermanos te están apuntando.
El genio soltó una carcajada atroz que deformó sus bellas facciones.
—Si yo caigo, ella también.
Nuria apareció por detrás de un coche con un puñal plateado en la mano. Dio un salto y lo tiró al suelo del mismo impulso. El tacón de su zapato se quedó clavado en la espalda del genio. La humana lanzó un grito estremecedor puesto que se había quedado bajo el cuerpo del genio. Nuria clavó el puñal mientras Keilan lo remataba con una flecha. El otro genio y el lobo se apartaron un poco del coche, manteniéndose alerta. La chica se levantó llorando, con gran dificultad.
—Has tenido suerte, chica, pero vete a tu casa y no salgas hasta mañana —dijo Keilan con firmeza.
—Gracias… —decía la chica entre sollozos. Se acercó a Keilan para darle un abrazo, pero este la apartó sin ninguna delicadeza.
—¿Es que no me has oído? Que te marches… Mañana no recordarás nada. Paco, Marga, acompañadla hasta su casa.
La chica y las dos sombras salieron corriendo hacia una calle que estaba vacía. El genio lanzó un gruñido y arremetió contra Keilan, que se subió al capó de uno de los coches que había aparcado en el paseo. Corrió de coche en coche y disparó una flecha hasta alcanzar al segundo genio. Este cayó con aplomo al suelo y se desintegró en la noche.
Se metió por una de las calles que conducían al castillo y desde allí esperó a tener al lobo que lo perseguía más cerca de él. Se metió en un portal y contuvo la respiración, mientras mantenía su arco tensado. El monstruo soltó un aullido cuando olió a su presa cerca de sus fauces. Keilan salió de su improvisado escondite y apuntó a los ojos del lobo y acertó de lleno en el costado izquierdo del lobo, hasta atravesar su corazón. El lobo soltó un gruñido lastimero, muriendo al instante.
En ese momento, un genio apareció tras un coche. Keilan lo esquivó bajando unas escaleras y corriendo por la calle del Lorito y que daba a la glorieta del pueblo. Sacó otra flecha sin dejar de mirar hacia atrás y apuntó al genio que corría detrás de él. Falló el tiro, momento que aprovechó el genio para derribarlo.
El genio empezó a ensanchar su volumen y él se perdió en mitad de su cuerpo seboso. El genio olía a sudor agrio y su piel era tan resbaladiza que no podía desasirse de su abrazo mortal. Estaba atrapado entre capas y capas de grasa, sin poder respirar, sin poder mover un músculo.
—¡Eh, imbécil! —oyó decir el genio detrás suya—. Prueba conmigo.
El sonido de la voz de María le llegó amortiguado. Su cuerpo resplandecía, su melena roja iluminaba la calle oscura y sus ojos azules miraban con dureza. Tenía una flecha apuntando al cuerpo del monstruo. El genio se levantó unos instantes para ver quién hablaba, segundos que empleó Keilan para clavar su daga muy cerca del corazón. Cinco sombras llegaron hasta el cuerpo sin vida del genio y lo arrastraron para liberarlo. María se tiró a su cuello cuando se puso de nuevo en pie.
—¿Estás bien? —preguntó María.
—Hace falta mucho más que un genio seboso para acabar conmigo —respondió Keilan chasqueando los labios—. Y tú, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado en el paseo?
—Quería avisarte de que Nitya venía por las ramblas, junto con sus monstruos…
—¿Los has visto?
—No, aunque Nitya ha intentado ponerse en contacto conmigo, por eso he sabido que llegaba. Creo que he conseguido engañarla, porque la he llevado hacia una pista falsa —contestó María sonriendo.
—Está bien, hay que irse de aquí —dijo tirando de María hacia la glorieta del pueblo—. Tenemos que agruparnos con Larma.
Antes de cruzar la calle Rey Carlos III para llegar a la glorieta, vieron llegar un grupo de demonios que venían del puerto. Keilan colocó a María detrás de él.
—Quédate quieta…
En esos instantes, las luces del pueblo se apagaron. Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar con insistencia. María se concentró en su cuerpo y una luz intensa iluminó la calle principal de Águilas y la glorieta del pueblo. Ambos sacaron unas flechas de su carcaj. Tensaron los arcos y esperaron con paciencia a tenerlos a unos veinte metros de donde se encontraba. Un sudor frío recorrió la frente de Keilan.
—Ahora, María —repuso Keilan soltando las dos flechas que alcanzaron a los dos vampiros.
Desde la otra parte de la glorieta se oyó cómo se rompían unos cristales. Keilan olisqueó el aire. Corrió hacia la Pava de la balsa (una pequeña fuente que había en el centro de la plaza, de un cisne cantando su última canción con una serpiente enroscada a su cuello).
Keilan se subió de un salto a un banco.
—Milkaer acaba de estampar a un genio contra el parabrisas de una furgoneta —les gritó desde donde estaba.
—¿Viene solo? —preguntó María.
—No, viene con…
Llanos llegó corriendo hasta ellos, seguida de Coque y de su hermana Marta. Tras los niños aparecieron Milkaer arrastrando por los pelos a un vampiro, mientras Yunil apuntaba a su corazón.
—Keilan —dijo la niña echándose a sus brazos—. ¡Qué contenta estoy de verte! ¿Sabes que puedo acabar con un hombre malo sin disparar una flecha? ¿Quieres que te diga cómo lo hago?
Llanos se acercó al vampiro que yacía en el suelo mostrando sus dientes.
—Espera, pequeña —dijo Milkaer—, ya se lo enseñarás más tarde. Ahora no lo podemos matar, tenemos que saber qué piensa hacer Nitya.
Llanos frunció el ceño.
—Vale, pero luego me lo dejáis a mí.
—No pienso decir nada —rugió el vampiro, soltando una carcajada histérica—. Sois débiles.
Yunil sonrió con malicia. Sacó una bolsa con azufre y otra con sal gema.
—¿Por dónde quieres que empecemos? —le dijo encendiendo una cerilla—. ¿Tú qué piensas, Marta? Los pies estarían bien, ¿verdad?
Yunil sacó dos pellizcos de azufre y otros de sal gema. Lo descalzó, le quitó los pantalones y tiró unos granos de azufre sobre su piel blanca. El vampiro se estremeció de dolor.
—Si lo mezclo con sal gema, tus piernas se quemarán, pero antes de que el fuego llegue a tu torso, te las cortaré. Y entonces empezaré con los brazos…
—Si hablo, Nitya me cortará en pedazos —sollozó el vampiro.
—De todas formas estás muerto —respondió Milkaer sujetándole por la cabeza—. De ti depende que sea de una manera más o menos dolorosa.
—Está bien, hablaré. Quiero una muerte rápida… se están reagrupando en el cementerio…
Yunil esparció unos granos de sal gema encima del azufre que había en la pierna del vampiro. Soltó un grito estremecedor.
—Me estás mintiendo y no me gustan las mentiras —dijo entre dientes el ángel.
—No, de verdad. Estoy contando la verdad…
Yunil encendió una cerilla.
—Está bien… acabo de recordarlo todo… pero por favor aparta el azufre —dijo el vampiro retorciéndose de dolor—. Están cercando el pueblo para que nadie entre ni salga y convertirán a todos los habitantes en vampiros antes de que acabe la noche…
—¿De qué manera lo va hacer? —preguntó Yunil.
—Va a prender fuego al pueblo y cuando la gente salga a la calle, se creará el caos. Entre el fuego y la gente enloquecida, cualquiera daría lo que fuera… por ser un vampiro —soltó otra carcajada—. Acaba de quemar la primera casa… Ya ha empezado. Estáis acabados…
Mis hermanos reinarán a partir de ahora.
Yunil encendió de nuevo una cerilla y la dejó caer en las piernas del vampiro.
—¡Nooo! —dijo el vampiro cuando sus piernas comenzaron a arder. —Hay que avisar a Larma. Cambiamos los planes antes de que el pueblo arda.
María sacó una flecha y apuntó al vampiro para acabar con su agonía.
—Le habíamos prometido una muerte rápida… —dijo mirando con dureza a Yunil.
—Él hubiera hecho lo mismo con nosotros —dijo Yunil sacando la flecha de María del cuerpo sin vida del vampiro.
—Le has dado tu palabra, ¿es que eso no vale nada? —Preguntó María entre dientes—. Ya que hay una guerra, intentemos al menos que no sea larga, Yunil.
Un grupo de unas cien sombras aparecieron en la Pava de la balsa.
—Nitya y algunos demonios vienen hacia aquí —dijo Verónica.
—¿Cuántos en total? —preguntó Keilan.
—Calculo que unos cincuenta —respondió Verónica.
—Nosotros les superamos en número, así que vamos a esperarlos…
—dijo Keilan
En ese momento una flecha perdida e inesperada atravesó su hombro izquierdo.
Él se quedó mirando a María, después a la flecha y cayó al suelo de rodillas.
—¡Nooo! —Gritó María con los ojos desencajados cuando su cuerpo inerte quedó tendido en el suelo—. Me lo prometiste, Keilan. No te puedes ir al otro lado…