Capítulo 6

Keilan paró unos instantes para poner gasolina en un pueblo de Albacete.

María se despertó y abrió los ojos tratando de acostumbrarse a la oscuridad de la noche, observando las luces de las casas del lugar. Bostezó y se desperezó. Aquel sitio era distinto a todo lo que había conocido. Un pueblo de casas bajas que, a falta de azoteas donde tender la ropa, se inundaba de techos con tejas rojas. Algunas chimeneas ya daban cuenta del frío otoñal que se avecinaba. Era una noche clara que dejaba ver el espectáculo de estrellas que el cielo ofrecía. Se respiraba tranquilad allá donde se mirara; incluso la gente caminaba tranquilamente por la calle.

No sabía cuánto había dormido; lo que sí sabía es que tenía mucha hambre. Salió de la furgoneta buscando a Keilan. Su instinto le decía que estaba pagando la gasolina en la tienda. Olió el aire y le llegó el aroma a patatas asadas, castañas y calabaza. Hacía frío. Entonces recordó que no tenía ni tan siquiera una mísera chaqueta con la que abrigarse. Cruzó los brazos e intentó guarecerse en la tienda de la gasolinera, pues una blusa blanca de algodón no la protegía en absoluto del relente de la noche de Albacete.

—¿Ya te has despertado? —Keilan marcó una sonrisa burlona.

Asintió sin mirarle a los ojos y después dio una vuelta por la tienda buscando el servicio. Al salir, Keilan la esperaba en la puerta con su chaqueta en la mano. Sonreía con picardía y su mirada era extraña. ¿Por qué la miraba con esa intensidad, como si se conocieran de toda la vida?

Keilan entrecerró los párpados y le susurró muy cerca de su nuca:

—Toma, hace frío. Mañana compraremos algo de ropa. No puedes andar solo con una camisa.

—¿Y tú qué?

—Yo no tengo frío.

María sonrió cuando le colocó la chaqueta por encima. Le bastaba con tenerla cerca, con robarle una caricia mientras le colocaba su chaqueta por encima de los hombros. ¿Qué más podía pedir a la vida? Aspiraba al primer beso, al primer «te quiero» de María, pero no le importaban estos pequeños instantes que ella le regalaba. Ya llegaría el momento de resarcirse de todos los años perdidos en aquella condenada estatua.

—¿Te apetece comer algo? —preguntó Keilan mirando hacia el restaurante que había al lado de la gasolinera—. Aunque, si lo prefieres, podemos pillar algo en la tienda y seguir hacia Madrid.

—Algo caliente no me vendrá mal. ¿Aquello se podía considerar una cita?, se preguntó de repente.

—¿A qué distancia estamos de Murcia?

—No sabría decirte, pero ¿acaso importa? Disfruta del viaje.

A María no le hubiera importado contestar que a cada kilómetro que se alejaban de Águilas, más lejos estaba de Pepe, de su abuela y de su futuro impuesto, y más cerca de sus sueños. No respiraría tranquila hasta que no llegara a Madrid. Se llevó la mano al bolso, donde guardaba el billete hacia París.

Keilan se adelantó unos pasos para abrirle la puerta. El restaurante era grande, además de estar limpio y oler a comida casera. Estaba adornado con productos típicos de Albacete: ajos, pequeños tarros con embutidos caseros, tortas manchegas para hacer gazpachos y una gran variedad de navajas de distintos tamaños guardadas en una vitrina. Unas celosías separaban el comedor de la barra del bar. Las mesas de madera, cubiertas por manteles de cuadros rojos y blanco, daban un toque cálido al ambiente en aquella noche desangelada del pequeño pueblo manchego.

Keilan, antes de sentarse en una mesa, se quedó mirándola, pues tenía una pestaña en la mejilla.

—Tienes que pedir un deseo.

—¿Por qué te portas tan bien conmigo? Apenas nos conocemos y tú me tratas con una confianza… Si lo que quieres es acostarte conmigo, estás muy equivocado.

—Creí que ya te había dicho cuáles eran mis intenciones. Igual la que no lo tiene claro eres tú.

Le abrió la palma de una mano para colocarle la pestaña. Ni siquiera se le veía ofendido, ni mucho menos molesto, porque le habló con mucha consideración, quizás más de la que María había tenido con él.

—Haz con ella lo que quieras. —Su piel tostada perdió el color y sus ojos dejaron de brillar por un segundo. Su corazón latía a mil por hora, golpeando sus sienes con fuerza, diciéndole que la besara para que ella supiera de una maldita vez quienes eran en realidad, pero se contuvo y tragó saliva. Una gota de sudor le recorrió la nuca—. Yo ya tengo todo lo que quiero. Si quieres cenamos juntos y, si no, puedes cenar donde te dé la gana. No quería importunarte.

María se ruborizó. Las luces del restaurante se apagaron por unos instantes para que el frío se instalara en los corazones de los que estaban allí. El brillo de su cabello se debilitó, dejando de emitir sus características chispas doradas. Se sintió perdida en medio de un lugar que no conocía. No tenía miedo de lo desconocido, pero aquella situación era nueva para ella. Tenía que acostumbrarse a que ya no estaba en casa de la Tizná, que no le tenía que pedir explicaciones a nadie. Ahora debía pensar si quería seguir viajando con un extraño con el que se sentía tremendamente en paz. Nunca había conocido, a excepción del ángel, a alguien que le inspirara mayor tranquilidad que Keilan.

—En una hora me voy —siguió hablando a María—. Si no estás en la gasolinera, entenderé que quieres proseguir el camino por tu cuenta, aunque no me importaría llevarte donde tú me pidieras. No te preocupes, no me debes nada.

Keilan se dio media vuelta y se fue a sentar en la mesa más alejada de donde se encontraba María. Él la observaba tras la carta que había encima de la mesa. María, por su parte, no se había movido. Olió la cazadora y sintió un escalofrío al recordar el aliento de Keilan muy cerca de su mejilla. Cerró los ojos porque creía perder el equilibrio. Estaba aturdida. Cuando los abrió, alargó su mano para sujetarse a algo. El marco de la puerta le sirvió de apoyo para no caer redonda al suelo. Recordó su sonrisa y la tranquilidad que le infundía. Tras pensárselo detenidamente, se sentó a su lado. Su pelo volvió a brillar.

Keilan suspiró aliviado escondido tras la carta.

—Me apetecen dos huevos con patatas fritas y unas berenjenas rebozadas —dijo María bajando la guardia.

—Yo pediré lo mismo. —Keilan calló durante unos segundos antes de seguir hablando—. Me alegro de que hayas decidido quedarte. Perdona si me he tomado más confianzas contigo de las que debiera. No volverá a suceder.

—Lo siento, pero no estoy acostumbrada a que alguien esté pendiente de mí. Me gusta ir por libre.

—En cuanto lleguemos a Madrid me perderás de vista.

—Sí —murmuró María, aunque más como respuesta para ella que para Keilan. De momento, seguiré con él, pensó tratando de averiguar qué pasaba por la cabeza de Keilan.

Giró el rostro hacia la ventana. Era cierto que se encontraba bien con Keilan, pero la despedida en Madrid siempre sería más fácil si no intimaban tanto. Entonces vio el reflejo del perfil de Keilan y se sobresaltó hasta quedarse casi sin aliento. Enseguida le vino la imagen del ángel del cementerio. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué su corazón albergaba tantas dudas cuanto más trataba de alejarse de aquel desconocido?

—Te comprendo. A mí también me gusta ir por libre. En unas horas estarás en Madrid y yo seguiré mi camino.

Un camarero delgado, canoso y de orejas grandes, llegó hasta su mesa. En una mano llevaba dos copas vacías y unos cubiertos, y en la otra, una libreta. El camarero iba impecablemente vestido: una camisa blanca sin mancha alguna, pajarita negra y unos pantalones oscuros. Tenía acento andaluz y lucía una sonrisa agradable, a pesar de faltarle algunos dientes.

—¿Qué va a tomar esta pareja?

Keilan dejó que fuera María quien hablara.

—Yo quiero lo mismo —exclamó Keilan.

El pelo empezó a emitir destellos dorados. Keilan abrió la boca, tenía ganas de decirle lo maravillosa que era, pero solo pudo quedarse absorto con sus gestos. El camarero recogió las dos cartas y con paso ligero se alejó hacia la cocina.

—Si supieras lo difícil que ha sido llegar a este momento. No quiero dejar escapar esta oportunidad. Siempre he querido estudiar.

—No te justifiques, sé lo quieres decir. Además, no creo que te haya costado menos que a mí.

—No te deseo mi vida —explicó María.

—¿Sabes? —Se recompuso en la silla—. A veces cuento hasta diez y la vida que llevaba desaparece. Tú mismo eliges la película que quieres vivir. Es fácil de hacer y siempre sales ganando.

—¿Tienes pensado qué película te apetece vivir? —preguntó María a media voz.

—Sí, sé qué película quiero vivir.

—¿Tiene que ver con esa chica que vas buscando?

—Exacto. —La miró con ternura. La película que deseaba vivir era la promesa de una vida mejor, diferente a todo lo que había conocido. Había pagado con creces su error. En otro tiempo le había tocado perder, pero ahora no estaba dispuesto a dejarse ganar la partida.

—¿La quieres mucho?

¿Cómo me puedes preguntar eso, María? Sabes que sí, sabes que te amo y que nuestra vida es demasiado corta para demostrarte cuánto.

—Sí, María. —Ella sintió un escalofrío cuando dijo su nombre. Nadie lo había pronunciado nunca como él.

—Pues esa chica tiene suerte de que alguien la quiera como lo haces tú. Sería una idiota si te dejara escapar.

Keilan sonrió con malicia.

—¿De verdad?

—Yo lo tendría claro —asintió María.

—Eso espero cuando llegue tu momento.

María bajó la mirada. Inspiró profundamente para tratar de tranquilizar su respiración. Cada vez que Keilan sonreía de aquella manera, a ella se le aceleraba el corazón como cuando estaba con la estatua.

El camarero volvió con los dos platos. María abrió los ojos y estos cambiaron de color al tiempo que comenzaron a emitir pequeños destellos. Una pareja que estaba detrás de ellos se quedó mirándola.

—Tienes una novia muy guapa —le dijo un hombre vestido con un mono azul.

—No somos novios —respondió María—, solo somos amigos.

—Ya, ya, entiendo. Vuestros gestos dicen todo lo contrario. Sois amigos con derecho a roce…

María lo atravesó con la mirada y el hombre desvió la cara.

—Solo somos amigos —remarcó ella.

—María —repuso Keilan. Extendió el brazo y posó su mano sobre la de ella—, creo que le ha quedado claro.

—Es que me molesta mucho que malinterpreten que un chico y una chica que cenan juntos tengan que ser pareja. —María dejó que Keilan mantuviera su mano sobre la suya. Comprobó que el tacto de sus dedos era tan suave como la seda. Buscó la mirada de él y dejó que Keilan invadiera sus pensamientos—. Yo creo que hay más opciones.

—Por supuesto que sí. Aunque yo solo concibo una posibilidad.

—¿Sí? ¿Cuál? —dejó suspendido el tenedor a mitad de camino de sus labios.

—Imagina la que quieras, porque seguro que acertarás.

—Yo solo imagino la de ser amigos —dijo mojándose los labios.

—¡Premio! —Keilan no se movió mientras observaba como María sonreía—. ¿No te dije que acertarías?

Para María mirar a Keilan era como nadar a contracorriente. Su cabeza sabía adónde quería llegar, pero su corazón parecía negarse a escuchar sus pensamientos. Se había escapado de casa con la intención de estudiar. Lo había pasado mal durante toda su vida y una mirada no podía echar al traste su sueño. Se convenció de que lo que le ocurría no era más que una ilusión.

Keilan comía despacio. Se dejó invadir por las distintas sensaciones de su plato. Eran simples y no tenían nada que ver con los sabores a los que estaba acostumbrado cuando vivía en Omm-Baer-D’ang; sin embargo, no tenía nada que envidiar a la comida de los ángeles. Saborear la primera comida después de tantos años era un lujo que no quería perderse. ¡Cómo había cambiado su vida en unas horas! ¡Cuánto había esperado a que llegara ese momento! Después terminar el plato, se levantó a pagar la cuenta. María lo detuvo. Tras pensar en todo lo que había experimentado desde que había lo conocido, había pensado en proponerle que la llevara, si no le importaba, a París.

—¡Ay! —Se soltó del brazo al sentir un chispazo eléctrico. Se miró la mano estupefacta y después a Keilan. Aparentemente él permanecía sereno, pero lo que no sabía María es que también había sentido esa descarga tan fuerte como ella.

—Dime, ¿deseas decirme algo?

—Creo que se me ha olvidado —comentó boqueando—. Te espero fuera.

Keilan se quedó pagando mientras María se dirigía hacia la furgoneta. Una sombra larga, pesada e inquietante salió tras un camión que había aparcado cerca. Una mujer morena de mirada inexpresiva, de piel cetrina y de labios apretados en una delgada línea inapreciable, la observaba. Desprendía un olor acre que María percibió conforme se le acercaba. Parece llevar una máscara, pensó María cuando la tuvo cerca. Grunontal, que no quería darse por vencida en esa lucha que mantenía con ellos desde hacía más de quinientos cincuenta años, soltó un gruñido. Sus dientes afilados brillaron tras el antifaz que tenía puesto. Llevaba un perro negro atado con una correa. Hasta ese momento María no se había dado cuenta de que la mujer estaba dentro de una estrella de cinco puntas, mientras que el perro permanecía fuera. La estrella estaba invertida, trazada en polvo de azufre y relucía en la negrura de la noche.

Percibió que la mujer trataba de ponerse en contacto con ella mentalmente. Negó con la cabeza, oponiéndose a los deseos de Grunontal. El perro, un dóberman más grande de lo habitual, le mostraba con fiereza los colmillos. La mujer hizo el amago de tranquilizar al animal, o eso pensó María, pero este se soltó de la correa saliendo en dirección de su cuello.

Advirtió que tenía muy poco margen de maniobra, hasta que su cabello empezó a brillar con intensidad y el perro retrocedió unos pasos, ahuyentado por la luz cegadora que emanaba. El perro comenzó a aullar desesperado, mientras la mujer lo hostigaba contra ella.

—¿Qué te pasa, bonito? Yo no te voy a hacer daño.

Keilan intuyó que algo iba mal y, aterrado, salió del restaurante corriendo. Marcó una mueca de impotencia pues aún no había terminado el primer día y la mujer que más odiaba ya estaba haciendo de las suyas. Su mandíbula se tensó, entrecerró los ojos y sintió un dolor intenso en sus piernas, una artimaña de Grunontal para paralizarlo. Luchó con todas sus fuerzas para que nada le afectara. Contrajo su brazo derecho con la intención de detener al perro, pero el dóberman corría a su encuentro. Sin embargo, antes de llegar hasta él se paró en seco. María se había interpuesto en su camino y el perro volvió al lado de la mujer morena. Grunontal empezó a aullar de rabia, al tiempo que el perro bajaba las orejas y salía corriendo hacia la carretera, con tan mala fortuna que un camión que pasaba lo atropelló.

María soltó un grito. Quiso hacer algo por el animal, pero Keilan la agarró de una mano arrastrándola hacia la furgoneta.

—Keilan —graznó varias veces Grunontal sin moverse de la estrella.

—Vámonos —dijo Keilan sin dejar de observar la terrible estampa de Grunontal, que se retorcía de rabia ante la imposibilidad de alcanzar a María para matarla de una vez por todas. No podía delatarse y utilizar todas las armas que poseía como ángel—. No me gusta esa mujer.

—Pero… el perro…

—Deja al perro, ya no podemos hacer nada por él. Está muerto —gritó. Su cuerpo seguía tenso y apretaba los dientes con el único deseo de alcanzar la furgoneta lo antes posible—. Hay que salir de aquí inmediatamente.

La mujer, aún dentro de la estrella de cinco puntas, lo llamó varias veces. Su voz era un graznido estridente que retumbaba en el aparcamiento del restaurante. María se soltó de la mano de Keilan para enfrentarse a la mujer. No le tenía miedo, como nunca había tenido miedo a enfrentarse a cualquier peligro que se le presentara.

Grunontal volvió a enseñarle los dientes, a la vez que soltaba un grito desgarrador. María abrió los ojos de par en par, su pelo se cargó de electricidad, llegando a provocar una corriente de energía a su alrededor. La noche se hizo día, su cuerpo quedó envuelto en una luz deslumbrante y turbadora, y un torbellino de partículas doradas surgió de su pecho. Buscó la mirada de la mujer escondida tras la máscara y Grunontal se giró, pues no pudo soportar la intensidad de sus pupilas azules. Trataba de esquivar la furia de la muchacha; temía ser traspasada por su energía punzante.

Varios clientes del restaurante salieron a la calle sorprendidos por la luz intensa que parecía venir desde detrás de un camión. Los habitantes del pueblo no estaban acostumbrados a fenómenos inexplicables y mucho menos a que los ángeles los visitaran.

Grunontal aprovechó un descuido de María para desaparecer del lugar.

—Volveré a por ti. Esto no quedará así. —Y se oyó un alarido que quedó perdido en medio de las voces de los clientes del restaurante.

Keilan llegó hasta María con la intención de salir del pueblo lo antes posible. No quería dar ninguna explicación porque, ¿quién lo entendería? Volvió a agarrarla de la mano, pero sus cuerpos sufrieron otra descarga eléctrica. Keilan cayó hacia atrás, mientras ella se miraba la mano, impresionada por la energía que seguía desprendiendo.

—Tenemos que irnos, María —dijo él mientras se levantaba del suelo.

—¿Qué me pasa? —gritaba sorprendida—. Para, para por favor —le decía a la mano que no dejaba de emitir destellos de luz. Estaba aterrorizada, pues no podía controlar ese potencial que venía desde lo más profundo de su corazón.

María empezó a llorar, desahogándose por toda la tensión que había acumulado.

—¿Qué pasa, María? —Quiso abrazarla, sin embargo se contuvo.

María soltó un llanto ahogado. Era tanto por lo que lloraba que aquello no había sido más que la gota que colmó el vaso que llevaba aguantando durante tanto tiempo. Quiso responderle, decirle todo lo que sentía, lo confundida que estaba desde que lo había conocido esa tarde.

Keilan no pudo reprimir extender su mano y acariciar su hombro derecho. Subió el brazo hasta la nuca y dejó que sus dedos se perdieran en su melena dorada. Respiró, y sus cuerpos volvieron a experimentar una enorme corriente de energía, aunque esta vez no los separó, sino que la energía los unió en un abrazo profundo. María se escondió en su pecho y él la abrazó con todas sus fuerzas.

Aprovechó para oler su pelo por primera vez, para saborearlo sin tener que darle explicaciones por darle el consuelo que ella necesitaba. Le hubiera gustado besar cada una de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, bebérselas si con ello apagaba sus penas.

—Tranquila, María. Ya está, no pasa nada. Venga. —Sacó un pañuelo de su bolsillo—, llora todo lo que quieras. Aprenderás a canalizar esa energía que tienes. Yo te enseñaré.

—Keilan… —musitó.

—Qué… —dijo luchando para que no se le notara que temblaba de emoción.

—Gracias… por favor… no me dejes ahora…

—No, María. —Aunque le hubiera gustado decir «no podría aunque quisiera, no ahora que estamos juntos». La miró con ternura y secó sus lágrimas con las yemas de los dedos—. Es hora de irnos.

—¿Quién era esa mujer? ¿La conocías de antes?

Keilan la tomó por la cintura. María no objetó nada.

—¿Esa mujer…?

—La mujer del perro. Te llamó varias veces.

—No sé de qué me hablas. —La soltó con delicadeza y se dio media vuelta para ir a la furgoneta. Lo alcanzó en dos zancadas.

—Pero Keilan —replicó desconcertada mientras corría tras él—, antes me dijiste que no te gustaba esa mujer. Parecía que os conocíais.

—Sí, es cierto que te lo dije —dijo tratando de ocultar la furia que le recorría por dentro cada vez que recordaba a Grunontal—, pero eso no implica que la conozca. Y es cierto que no me gustaba su aspecto. Tú tienes un instinto para unas cosas y yo lo tengo para otras muchas. Esa mujer me produce escalofríos.

—Pues yo tengo la impresión de que ella me tenía miedo —se mordió el labio—, aunque yo no le tengo miedo.

—María —dijo girándose hacia ella—, si te la vuelves a encontrar no hables con ella, no hagas caso de lo que te diga. Ella es…

—Entonces la conoces, ¿verdad?

—No,… Bueno sí, la conozco, pero no es lo que estás pensando. Todo el mundo la conoce en el sitio de donde vengo…

—¿De dónde vienes, Keilan?

—Es una larga historia, y ahora no es el momento. Hay que salir del pueblo. La policía está a punto de llegar. Cuando estés preparada te la contaré, como tú me contarás ciertas cosas.

—Pero…

—No hay peros que valgan, María —dijo con firmeza—. Por favor, confía en mí.

María apretó los labios. Los ojos de Keilan brillaron en la oscuridad. Él le acarició la mejilla.

—Está bien —balbuceó ella—, ya me lo contarás en otro momento.

Keilan abrió la puerta del copiloto y María lo siguió con la mirada en el espejo retrovisor. Antes de que Keilan llegara a su puerta, María se inclinó sobre su asiento para abrírsela con una media sonrisa. Su pelo volvió a iluminarse.

—Lamento haber perdido los estribos antes —dijo Keilan—. Solo desearía que nada de esto hubiera ocurrido.

María fue a decir algo, pero no encontró las palabras adecuadas.

—Hay ciertas cosas que no podría cambiar y ella es una de esas decisiones que lamentaré toda la vida.

—¿Esa mujer es peligrosa?

—Esa mujer ha arruinado mi vida —comentó Keilan con frialdad a la vez que arrancaba la furgoneta—. Y es capaz de cualquier cosa con tal de conseguir lo que quiere. No parará hasta que alcance el infierno.

—Lo siento.

—María, hay muchas cosas que no sabes de mí, pero yo jamás te haría daño. —la observó de reojo, advirtiendo sus inquietudes.

María chasqueó la lengua, al tiempo que Keilan agitaba la cabeza. Sus manos comenzaron a temblar. El hecho de pensar que hubiera podido pasarle algo a María lo sacaba de sus casillas. Al salir de la gasolinera varios carteles indicaban una salida hacia Albacete y Madrid, mientras que otra indicaba dirección Hellín. Dudó unos instantes.

—No quiero volver a Murcia —dijo ella.

—Ya sabes que no tengo ningún destino. Te llevo donde quieras —se recompuso en su asiento—. Pero ahora deberíamos buscar un sitio para dormir, aunque es posible que tengamos problemas.

—¿Qué problemas?

—El problema es que tú eres menor de edad, te pedirán el carné de identidad y posiblemente tu familia haya puesto una denuncia por tu desaparición.

—No lo había pensado —resopló varias veces—. Lo siento Keilan. Podrías comerte un buen marrón e incluso ir a la cárcel.

—Eso ocurriría si tú me denunciaras por abuso…

—¡Qué locura! Yo no podría hacerte eso. Te estás portando muy bien conmigo y si hubieras querido abusar de mí no habríamos llegado tan lejos.

—Yo no podría obligar a nadie que me quisiera. En el juego del amor yo juego a ganar con todo lo que ello conlleva y obligar a alguien a que me ame no es ganar, desde luego.

María volvía a perderse en sus palabras y en cómo las decía. No podía negar que era el chico más apuesto que había conocido en su vida. No se había dado cuenta que igual que a ella, a Keilan también le brillaba el pelo. Parecía emitir una serie de destellos plateados que lo envolvía en una luz misteriosa.

Keilan se mordió un labio. Siguió conduciendo y pensando en cómo resolver el problema. María giraba la cabeza de vez en cuando, intentando adivinar cuáles eran sus pensamientos. Nunca le fue difícil meterse en la mente de las personas con las que hablaba, pero con él no podía. Eso la tenía desconcertada, pues su mente parecía estar muy bien protegida.

—Si quieres puedes dormir en la furgoneta —dijo al fin—. Los asientos se abaten y dejan suficiente espacio para acostarse.

—Y tú, ¿dónde dormirás?

—Yo dormiré afuera en un saco de dormir que tengo en el maletero. Tú puedes taparte con la manta de lana que tienes debajo de tu asiento.

—Pero hace frío…

—Estoy acostumbrado a pasar las noches a la intemperie —se hizo el interesante—. No te preocupes.

—Pero ¿no tendrás miedo?

—¿De qué? —preguntó, girándose hacia ella.

—No sé… ¿no te da miedo la oscuridad?

—No, ya no le tengo miedo.

No, Keilan ya no le tenía miedo a la oscuridad. Había pasado tantos años sintiendo miedo que aún recordaba cuando dejó de temer la soledad de su corazón.

Sus pesares se transformaron en alegría y cuando la vio aparecer por el cementerio su corazón volvió a latir con la misma pasión que cuando vivía en Florencia.

Después de más de diez minutos conduciendo, se metió por un camino flanqueado de olivos y de alguna higuera, un sendero que daba a una casa derruida de la que solo quedaba una pared con lo que en su tiempo fue parte de una ventana. Paró la furgoneta debajo de una encina que había al lado de un pozo de piedra.

—Creo que este sitio es bueno para pasar la noche. Aquí estaremos tranquilos.

—Keilan —dijo ella antes de que saliera de la furgoneta—, por favor, no duermas fuera. No me importa que duermas dentro.

Lo miró con ternura, pues en realidad se sentía culpable de que Keilan le ofreciera el único sitio donde se podía estar medianamente bien.

—Ya te digo, no me molesta dormir bajo las estrellas.

—No sería justo que durmieras a la intemperie.

—Está bien, dormiré en la furgoneta, pero es posible que a mitad de noche me levante a dar una vuelta. No me gusta estar encerrado.

—Si quieres podemos pasear juntos. A mí tampoco me gusta estar encerrada. —Se cogió un mechón de pelo y jugó con él sin darse cuenta de que Keilan no podía dejar de mirarla—. Tengo sangre gitana… y, ya sabes, tampoco nos gusta estar encerrados.

—Entonces vamos a dar una vuelta —susurró él—. Necesito un poco de calma.

—Hay una cosa que no te he dicho y no sé si te gustará escucharlo.

Keilan la miró de hito en hito.

—Yo… eh… a veces me pasan cosas muy raras. Sé que es difícil de creer, y que pensarás que estoy loca, pero en mi barrio todo el mundo me llama Bruja azul.

—No pasa nada. Nadie es perfecto —comentó, retirándose un mechón de la cara.

—Eh, tampoco te estoy diciendo que sea un monstruo de feria —dijo pegándole un empujón suave.

Keilan sacudió la cabeza y sonrió, mientras salía de la furgoneta.

—Gracias —murmuró María cuando él le abrió la puerta.

Sacó la manta que había debajo del asiento del copiloto y se la colocó por encima de los hombros. Ella se encogió al sentir el tacto suave de sus manos. Las tiene como el ángel del cementerio, pensó mientras las retiraba.

Después, se perdieron en la inmensidad de la noche, iluminados por la luna.