Capítulo 7

Tras el paseo Keilan sacó de la guantera un par de chocolatinas. Pensó que antes de dormir a María le apetecería una golosina. Se sentó en el suelo, esperando a que él se pusiera a su lado. En su rostro había una sonrisa burlona y ella lo observaba entre divertida y juguetona.

Se puso a jugar de nuevo con su pelo rizado, que le caía en cascada hasta la mitad de la espalda. De vez en cuando alzaba los ojos, buscando la mirada de Keilan para comprobar si las emociones que llevaba experimentado durante toda la tarde se volvían a manifestar.

Él permanecía con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la furgoneta totalmente confiado, dejando que ella lo inspeccionara de arriba abajo. Seguía manteniendo una sonrisa pícara.

Cuando María se comió la chocolatina se mordió el labio inferior con ganas de otra. Él supuso, como todas las noches que venía a verlo al cementerio, que se comería una segunda chocolatina, así que se la ofreció sin que le dijera nada.

—Comer chocolate es casi como estar enamorada —explicó María.

—Eso es porque no has estado enamorada, porque nada se puede asemejar al amor.

—¿Sabías que era la comida de los dioses?

—Y también de los ángeles. —En la mirada de Keilan había un brillo burlón.

—¿Por qué me miras así? —quiso saber sin apartar sus ojos de los de Keilan.

Keilan comenzó a acercarse a María rozando con sus dedos la comisura de sus labios.

—Te habías manchado los labios —dijo tras llevarse el dedo a su boca.

María se quedó esperando a que rebasara esa frontera de la que ya no habría vuelta atrás, sin embargo él se retiró despacio, con el corazón a punto de estallar. ¿Por qué no la había besado? ¿Tan repugnante era que no deseaba siquiera un beso? Pero lo peor de todo es que él desprendía una dulce fragancia que la aturdía. Era el perfume más sensual y agradable que había conocido nunca. Cada segundo que pasaba con él se tenía que convencer de que no deseaba nada de Keilan, pero ya no estaba tan segura.

Mientras María abría la segunda chocolatina tuvo un extraño presentimiento. Sospechaba que estaban siendo observados por alguien. Keilan también advirtió que alguien trataba de ponerse en contacto con él.

Se puso tenso y aguzó el oído.

—No sé si es cosa mía pero… Tú también lo sientes igual que yo, ¿Verdad? —preguntó María, inquieta.

—Sí —contestó, sabiendo qué era lo que estaba ocurriendo.

Se levantó de un salto para mirar mejor a su alrededor. Intuía que aquel espectro con apariencia de mujer se iba materializando para luego acercarse hasta ellos, pero no sabía qué intenciones tenía. Una luz potente venía desde el interior de lo que quedaba de casa. Un llanto monótono, unos gemidos pausados y cada vez más fuertes llegaban hasta donde estaban.

María se apiadó de la persona que lloraba desconsoladamente. Se levantó del suelo y se dirigió a la casa. Keilan la detuvo con el brazo.

—Espera, quizás no sea buena idea.

—Pero hay alguien que necesita nuestra ayuda…

—María, deja que sea ella quien venga. Si realmente necesita nuestra ayuda, vendrá. Te lo aseguro. Sé de lo que hablo.

Aquella respuesta la dejó descolocada. ¿Qué extrañas cosas conocía de las que no había oído hablar? Le miró a los ojos intentando averiguar de qué se trataba y por qué no podía ir a la casa. Keilan se dejó explorar, pero María solo encontró vacío.

—¿Confías en mí? —preguntó Keilan. Sus ojos negros irradiaron calma. Cuando llegue el momento te prometo que explorarás todo lo que te dé la gana, se dijo cuando vio la duda reflejada en su mirada.

María dudó unos instantes. Su corazón empezó a palpitar con fuerza.

—Sí… sí… Keilan, confío en ti —sus sienes repiqueteaban de insistencia—. No sé por qué, pero confío en ti.

—Entonces es mejor que permanezcamos dentro de la furgoneta —Keilan abrió la puerta de atrás para abatir los asientos.

—Sí, Keilan, confío en ti —repitió María—, pero necesito que me digas qué está pasando, quién está llorando y por qué.

—No sé quién llora, María —se giró hacia ella—, pero sé que eso que hay en la casa no es de este mundo. Si vamos donde está no nos dejará marchar. Ha quedado unida a esta casa.

—Pero quizás nosotros podamos hacer algo para aliviar su sufrimiento.

—Entonces, deja que sea ella quien se acerque…

Dejó de hablar unos instantes. Puso atención a los gemidos que venían de la casa y a las palabras que decía una mujer. Supo entonces que se llamaba Verónica, que tenía unos veinte años y que había muerto en 1937, en plena guerra civil, a manos de un hombre que estaba enamorado de ella.

—Verónica… —gritó Keilan.

El llanto cesó por unos instantes.

—¿La conoces? —susurró María.

—No, pero sé que se llama Verónica y que lleva muerta muchos años. —Me estás tomando el pelo. Eso no puede ser…

El llanto empezó a subir de tono. María se cogió del brazo de Keilan. Temblaba de miedo ante lo desconocido. Una cosa era entrar en el cementerio, eso nunca le había supuesto mayor problema, pero aceptar que ese llanto procediera de una mujer muerta era difícil de creer.

—Pero los muertos no hablan… —dijo sin demasiado convencimiento—. ¿O sí? Entonces no estaba loca. Yo también puedo comunicarme con los muertos. No era producto de mi imaginación.

Keilan la miró con determinación y ella advirtió algo que le indicó que no le estaba tomando el pelo.

—No, María, no estás loca. Algunos muertos se quedan aferrados al lugar donde murieron, o porque murieron de forma traumática y desean provocar daño a todo aquel que entre en sus dominios, o porque esperan que alguien les indique cuál es el camino que han de seguir. Verónica lleva años sufriendo.

—¿Sabes si ella quiere hacernos daño?

—No lo creo, porque si no, no se hubiera manifestado de esa manera…

No podía marcharse y dejar aquel espíritu vagar a solas en mitad de la noche. Tenía que ayudarla a hallar su camino, a resolver su conflicto; así lo dictaba el juramento que en su día hizo. Verónica era una sombra, pero todavía no lo sabía.

La noche clara y luminosa se acalló. Un silencio eterno, pesado, rompió los llantos de Verónica. Solo se escuchaban los quejidos típicos de las sombras, el susurro de la hierba bailando con el viento, los chasquidos de algún pájaro perdido en la oscuridad batiendo sus alas y el croar de algunas ranas.

María contuvo el aliento por un buen espacio de tiempo. Le costaba respirar con serenidad. Se llevó una mano al pecho. Advirtió que Keilan le cogía la otra con firmeza; entonces suspiró tranquila.

Al fin la chica se decidió a salir de la casa. Una luz muy pobre llenaba de sombras la figura traslúcida de una mujer de unos veinte años, que caminaba descalza entre la maleza. Vestía un camisón blanco manchado de sangre, tenía el pelo recogido en dos trenzas rubias y llevaba abierto en la mano un libro descolorido. Mantenía una sonrisa falsa que le hacía parecer una caricatura de lo que era en realidad. Venía recitando un poema melodioso, como el susurro de las madres que cantan nanas a sus hijos cuando los llevan a dormir. A veces su voz subía de tono, pero no le restaba belleza al poema.

En la casa se defienden

de las estrellas.

La noche se derrumba.

Dentro, hay una niña muerta

con una rosa encarnada

oculta en la cabellera.

Seis ruiseñores la lloran

en la reja.

Las gentes van suspirando

con las guitarras abiertas.

García Lorca, pensó María cuando Verónica terminó de recitar el poema. Su voz era ronca, pero bella, y nada tenía que ver con la fragilidad de su cuerpo. Entonces olió a nardos y a jazmín. «Las flores de la muerte», recordó que le decía su abuela.

—Juan… —imploró Verónica casi cuando alcanzó la furgoneta—, ¿dónde estás? ¿Por qué no puedo verte?

—Verónica —contestó Keilan—, estoy aquí.

María se abrazó con fuerzas a Keilan. Sus dientes le castañeteaban y le temblaban las rodillas. Verónica tenía un aspecto delicado, era increíblemente bella y seductora, pero sus ojos eran terribles, pues una materia negra y espesa los cubría prácticamente. Pudo entrever que los pensamientos de Verónica eran oscuros y venían cargados de odio. Tragó saliva, sus manos empezaron a sudar, su piel se erizó y las sienes empezaron a latirle intensamente a medida que la mujer la observaba.

Intentó cerrar los ojos, pero no podía apartar la mirada de sus ojos siniestros. La luz cegadora que emanaba el espectro era tan brillante que María quedó atrapada como si se tratara de una telaraña. Estaba a merced de Verónica y de todo lo que ella quisiera hacerle. Se soltó del brazo de Keilan para ir hacia donde estaba la chica.

Verónica metió una mano dentro de su camisón para sacar unas tijeras grandes que relucieron en la oscuridad de la noche y del libro sacó una carta de la baraja española. Se trataba de un as de espadas, invertida. María se detuvo de repente. Su sangre gitana le decía que aquellos signos eran de mal agüero. Nunca había sido supersticiosa, pero mejor no tentar al diablo, se dijo sin dejar de mirar los dos símbolos. Entonces respiró profundamente cogiendo fuerzas para enfrentarse a Verónica. Abrió los párpados de par en par, agrandándolos hasta ocupar casi por completo su rostro. Su pelo brilló con intensidad y una luz limpia y dorada salió de su corazón. Pequeñas partículas inundaron la escena. Verónica se quedó paralizada.

—As de espadas, tijeras en cruz… —maulló la mujer alzando las tijeras al aire. Su brazo las sostenía con firmeza.

Una ráfaga de viento vino desde el interior de la casa. Grunontal observaba la escena desde la ventana. Sonreía a medias. Su aliento fétido llegó hasta Keilan. Supo entonces quién se encontraba detrás de aquel espíritu que vagaba buscando consuelo.

—¿Qué quieres, Verónica? —preguntó María sin dejar que le invadiera el miedo.

—Apártate de él, es mío…

—No, Verónica —respondió Keilan con calma, uniéndose a la conversación—. Yo no soy quien tú crees que soy. Yo no soy Juan…

—¡Calla! —Gritó Verónica—. Ella te ha engañado porque es una bruja, pero yo sé muy bien quién eres.

Keilan se puso al lado de María para que Verónica pudiera verle la cara.

—¿Ves? Yo no soy Juan, mi nombre es Keilan.

—Mentira, ella te ha hechizado. ¿Es que ya no me quieres? Dijiste que vendrías a por mí, me lo prometiste… Y yo te estuve esperando cada noche, a pesar de que ya no quedaba nadie en la casa…

—Sí, Verónica —respondió Keilan con ternura—, él te lo prometió, pero cuando Juan llegó, tú habías muerto.

—Otra mentira podrida. Yo no estoy muerta, yo aún te sigo esperando… —murmuró lastimosamente—. ¿Por qué estoy tan sola?

—Bajó la cabeza sintiendo como el paso del tiempo la habían convertido en un ser diabólico.

Ella, precisamente ella, la moza que un día fue la reina de las fiestas de su pueblo, se había convertido en una bruja amargada como sus vecinas. El hombre que la mató era el hijo de un terrateniente porque se comprometió con un joven llamado Juan que se había marchado a luchar con el bando republicano dos días después del alzamiento nacional. Desde ese día hizo todo lo imposible para casarse con Verónica, pero después de que le negase noche tras noche, decidió matarla con unas tijeras grandes de plata. Verónica se enfrentó con todas sus fuerzas, pero su agresor fue mucho más fuerte que la muchacha.

María vio aquella escena terrible en los ojos oscuros de Verónica. Lloró por todo el dolor que tenía aquel ser desesperado e incluso quiso abrazarla para consolarla. Recordó entonces a su vecino Pepe y cómo la perseguía todos los días. Ella mejor que nadie comprendía su dolor.

—Verónica —la llamó Keilan con suavidad—, debes marcharte de esta casa… Ya no hay nada que te retenga aquí…

Verónica levantó la cabeza y miró la ventana. Grunontal aún permanecía en su sitio. Un brillo verde y celoso llegó hasta Keilan. Verónica rompió a llorar, pero ahora su llanto era distinto. Parecía sincero.

—Mátala —oyó decir Verónica al viento.

—No puedo… —replicó Verónica en un suspiro ahogado, bajando las tijeras y soltando el libro de poemas.

—Si la matas, él se quedará contigo. Ella es una bruja, ¿no lo ves? —volvió a escuchar Verónica.

—Sí… ¿verdad? —gimió Verónica.

Alzó de nuevo la cabeza y se dirigió a María con determinación, a pesar de que su aura dorada le provocaba más angustia de la que tenía. La agarró del cuello, la levantó y la zarandeó. Verónica puso los ojos en blanco. Tenía a María donde quería y podía hacer con ella lo que quisiera. Su mano comenzó a estrangularla y su presencia se fue volviendo más y más grande, pues María parecía una marioneta sin voluntad.

—Apártate de él. —Su voz atronó por todo el cuerpo de María como un martillo retumba en un yunque.

María perdió su luz, su piel se heló por momentos, hasta que comenzó a faltarle la respiración. Keilan quiso intervenir en la escena, pero Grunontal lo había paralizado de pies a cabeza.

—Es mío, ¿entiendes? Vete de aquí… —la muchacha hablaba cada vez más fuerte; su voz inundaba la noche.

María trataba de zafarse de las manos de Verónica. Se concentró en su pelo, pero lo encontró que estaba más muerto que vivo. Entonces recordó la sonrisa del ángel, aunque solo podía ver los ojos tiernos de Keilan. No, se decía mientras Verónica la mantenía en el aire, no quiero pensar en Keilan… él no… Pero mientras pensaba en Keilan, su pelo volvió a brillar y sus pupilas se agrandaron, reconfortándola. Una corriente de energía surgió de su mirada y la arrojó al rostro de su atacante, que asustada por la luz celestial, la lanzó contra la furgoneta.

—Keilan —alcanzó decir mientras se levantaba del suelo. Miró a Verónica para saber si vendría otra vez a por ella.

Tenía los miembros doloridos, aunque eso no le impidió correr en auxilio de Keilan. Ya tendré tiempo de recuperarme, pensó. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Se abrazó con fuerzas a él. Keilan empezó a notar que la sangre volvía a correr de nuevo por sus venas y sus mejillas se colorearon.

En aquellos momentos confusos, Yunil ya se había puesto a trabajar. No podía dejar que una sombra acabara con Keilan y María cuando su historia de amor no había empezado siquiera.

—Verónica… —oyó decir tras ella. Un suspiro casi imperceptible, el susurro de las palabras más hermosas que había escuchado en años, la paralizó nuevamente.

Era la voz de un hombre mayor que se acercaba cojeando. Entonces Verónica soltó las tijeras, que cayeron al suelo, y se giró sobre sí misma.

—Juan —alcanzó a decir Verónica, emocionada. Las piernas le temblaban y al fin dejó caer su frágil cuerpo—. Has… venido, has venido, Juan, has venido como me prometiste aquella noche…

—¡Maldición! —Gruñó Grunontal desde el interior de la casa—. Maldito Larma, malditos ángeles y maldita mi suerte.

—Sí, Verónica, he vuelto a por ti. Nunca he podido olvidar tus trenzas rubias —murmuró él con ternura.

Juan se acercó hasta Verónica para cogerla entre sus brazos. Debía tener unos ochenta y siete años, pero aún conservaba fuerzas suficientes para levantarla. Se le veía lozano a pesar de los años que tenía y, aunque cojeaba de una pierna por una herida de bala que sufrió en la guerra, era ágil como un gato.

—¡Qué guapo estás, Juan! No has cambiado nada —dijo Verónica.

No encontró ningún cambio en el aspecto de Juan por mucho que luciera canas, arrugas en su cara y una cojera que no conoció mientras fueron novios, pues tenía guardada su imagen en el fondo de su corazón y así lo seguiría viendo de por vida.

Se acercó a Juan, le pasó la mano por la cara y después se refugió en su pecho.

María contemplaba la escena emocionada. Su corazón latía con la misma intensidad que el de Verónica. Era mucha la pasión que había en aquellos dos amantes que después de muchos años se encontraban en el más allá. Sin saber por qué buscó en la oscuridad algo que la reconfortara y se encontró con la mano cálida de Keilan. La quiso abrazar, pero se contuvo para no aprovecharse de la situación.

—Verónica —dijo Keilan tragando saliva—, debes marcharte. Aquí ya hay nada que te retenga.

Pero Verónica no le escuchaba, tan solo tenía ojos para Juan. Se abrazaba a él y después se separaba para comprobar que seguía junto a ella. Besaba las arrugas de su cara, una por cada año que no pasó con ella, y a media que las besaba, las arrugas fueron desapareciendo hasta dejar a Juan como el chico que se fue a la guerra.

—Vámonos, Verónica —le dijo Juan.

En el mismo instante en que ellos dejaron este mundo, la casa se derrumbó por completo. Ya no quedó ningún rastro del crimen que se cometió años atrás.

María lloraba. Se secaba las lágrimas con el puño de la chaqueta que le había dejado Keilan. Pronto necesitó algo más que el puño para enjugarse las lágrimas. Keilan sacó un pañuelo de uno de los bolsillos de su pantalón. Ella lo tomó y lo abrió.

Un alarido llegó desde alguna parte y se perdió con el ladrido de un perro. Grunontal gritaba con ira.

—Esto no ha acabado, pronto nos encontraremos.

Después hubo un silencio. La noche se aquietó, el aire trajo aroma de serenidad y la luz de la luna los iluminó por unos segundos.

Keilan la miró en silencio. Ella advirtió rastros de furia en su mirada. Extendió su brazo para acariciar sus pálidas mejillas, quien tensó los músculos de su mandíbula a la vez que posaba su mano sobre la de ella. Se abandonó a su caricia, a la suavidad de sus dedos cálidos, pero aun así tuvo que cerrar los ojos para no acabar cediendo a la tentación de besarla.

—Hay muchos seres malignos de los que necesitas protegerte —dijo apartándose de María.

—Nunca les he tenido miedo.

—Deberías mostrar, al menos, un poco de respeto hacia ciertas manifestaciones extrañas.

—¿Y de ti? ¿Me tengo que proteger de ti?

—No, de mí no —comentó contralando un escalofrío—. ¿Qué quieres que te diga con lo que acaba de ocurrir? Tú dices que te suceden cosas extrañas. A mí me ocurre lo mismo.

—¿Te irás? —susurró algo más calmada

—¿Adónde?

—No sé. He pensado que quizás, yo no te traigo más que problemas.

—No voy a dejarte sola hasta que lleguemos a Madrid. Te lo prometo.

—¿Crees que se han acabado nuestros problemas?

—Me gustaría decirte que sí, pero lo dudo —respondió con la voz ronca.

María se concentró en los ojos de Keilan.

—¿Tú podrías…? —Bajó los párpados como si estuviera pensando qué debía decir— ¿Tú querrías llevarme a…?

—Yo te llevaría donde tú me pidieras. ¿Por qué insistes en dudar de mí?

—Porque nadie ha hecho nunca nada, salvo mi hermano Tito.

—Pues tu suerte ha cambiado.

María se llevó un dedo a los labios y comenzó a rozarlos con nerviosismo. Tragó saliva cuando el silencio se hizo eterno.

—Bueno —dijo de pronto Keilan—, deberíamos ir pensando en dormir. Creo que por hoy ya hemos tenido suficiente.

—Keilan —susurró ella—, gracias por todo.

Keilan asentía al tiempo que María se acomodaba en la parte de atrás de la furgoneta. Se dio cuenta de cuánto le dolía el cuerpo. Verónica se había ensañado y sus piernas y sus brazos estaba llenos de moratones. Sin embargo, lo que más le dolía era el alma. Su corazón empezó a latir con intensidad cuando Keilan se acostó a su lado. Una chispa saltó entre ellos. El calor fue aumentando por momentos. Keilan se dio media vuelta, quedando espalda contra espalda. Se colocó lo más lejos que pudo de María, de manera que sus cuerpos no se rozaran. Empezó a jadear en silencio y María se acercó hasta él buscando su mano, pero antes de que la encontrara, Keilan se había medio incorporado.

—Voy a salir un rato —dijo de pronto Keilan—. Me ahogo aquí dentro, no puedo respirar…

—Keilan… espera… —soltó lo que pareció un gemido.

Se detuvo con el corazón en vilo, a punto de salírsele por la boca.

—¡Qué! —gritó, temblado de emoción. Sus ojos negros relucieron en la oscuridad.

—Nada, no es nada… déjalo. —María frunció los labios, frustrada.

Apretó los dientes con furia. No,… no,… Keilan, no te vayas, por favor. ¿No ves que yo también deseo que me beses?, pensaba.

Imbécil, soy un imbécil, se decía Keilan mientras abría la puerta del maletero. Salió de la furgoneta y empezó a correr como alma que lleva el diablo. Mientras se perdía en la noche se maldecía por lo estúpido que era, aullaba de furia y gemía desconsoladamente. No podía dejar de correr, y cuando descansaba para recuperar el aliento, se daba cuenta que seguía temblando de pasión, pues el fuego que llevaba en su interior era demasiado intenso como para no desfogarlo. Cuando creyó que María dormía se acercó y cayó abatido al lado de la furgoneta.

La contempló a través del cristal de la puerta trasera. María le correspondió con una mirada tierna. Tampoco había podido dormir desde que se había marchado. Permaneció sentada dentro de la furgoneta demasiado ansiosa como para no reflexionar sobre sus emociones. Cuando lo vio llegar, se acostó a su lado y juntos durmieron lo que quedaba de noche; ella, apoyando su cabeza en su pecho, y él, dejando caer la cabeza sobre su hombro.

María se despertó con el canto de una urraca. Se acercó a Keilan, que aún permanecía dormido, para estudiar sus rasgos delicados.

—Buenos días —dijo él al abrir los ojos. Buenos días, preciosa, quiso decir—. Es hora de marcharnos. Tenemos que buscar algún pueblo para comprarte ropa. No puedes ir por ahí con los pantalones rotos y una camisa desgarrada.

Tiene un aspecto estupendo, pensó María. Sus labios eran mucho más apetecibles de lo que recordaba.

—Vale —dijo ella levantándose sin dejar de mirarlo—, pero antes me gustaría desayunar algo. Tengo hambre. ¿Tú no? —enarcó una ceja.

Keilan se encogió de hombros.

Si te dijera de lo que tengo ganas…; pensaba, no es precisamente de comida.

—Tengo mucha hambre —repitió María.

—Y yo —dijo mirándola.

María comenzó a reír sin control y Keilan se le unió. Reían con ganas y no sabían por qué, o sí, pero no se atrevían a dar el paso. Se daban manotadas inocentes, pequeños empujones en los hombros, aunque no era más que una excusa perfecta para tocarse, un juego para acariciarse.

—Para… para de reír, Keilan…

—No quiero…

—Yo tampoco voy a parar…

—Vale… pero yo soy mayor que tú. Además, es que es la primera vez que te veo reír con ganas…

—¿Nunca me has visto reír? ¿Desde cuándo me conoces?

Keilan paró de reír. Se llevó una mano a su mandíbula porque le dolía.

—Quería decir que desde que te veía por el pueblo, nunca te vi sonreír. Eso es lo que quería decir…

—Sí, pero aún no has respondido a mi pregunta —le dijo María mirándolo a los ojos—. ¿Desde cuándo me conoces?

—No sé, no sabría decirte el día exacto. —Sí sabía qué día la había conocido, pero se perdía en muchos siglos atrás—. Creo que fue aquel día que subías al cementerio para enterrar a un hermano tuyo que se llamaba Rafita. Yo te vi pasar desde la ventanilla del coche de mis padres.

—Es extraño que tú me recuerdes y yo no sepa nada de ti…

Él se encogió de hombros y mostró una mueca socarrona.

—Bueno, muchacha, hay que darse prisa si queremos encontrar un sitio para desayunar.

Keilan se montó en la furgoneta apresuradamente. María trataba de situarlo. Se acordaba perfectamente de ese día del que le hablaba Keilan, pero lo que no recordaba era haberse cruzado con ningún coche.

—Pero —dijo María abriendo la puerta del copiloto—, ese día no nos encontramos con ningún coche por el camino.

—A lo mejor no lo recuerdas bien, pero yo sí me acuerdo de ti.

—Es que… —replicó ella.

—Déjalo, ya te acordarás el día menos pensado. Ahora no tiene importancia.

Puso el coche en marcha y dio una vuelta de ciento ochenta grados para dirigirse de nuevo a la carretera.

—Si no recuerdo mal, anoche pasamos por un hotel de carretera. Podemos parar a desayunar allí.

—Está bien, como quieras —contestó María.

Pensó en ese día del que le hablaba Keilan. Ahora estaba más segura que nunca que aquella tarde que enterraron a su hermano no se cruzaron con ningún coche. ¿Desde dónde habría visto toda la escena? ¿Quién era realmente? No quería cometer el error de caer rendida a sus pies solo por su cara bonita, pero era tan difícil no pensar en él… Se alegró de compartir más horas de viaje. París bien lo valía.