Capítulo 9

María miraba alucinada el escaparate de una gran tienda. En aquellos momentos estaba fascinada por la multitud de chicas que entraban y salían, orgullosas de sus prendas.

Keilan se limitó a observarla unos segundos antes de hablar.

—¿Te gusta esta tienda? —dijo apoyando su cabeza sobre el hombro de María y señalándole un escaparate—. Si quieres podemos ir a otra. Tenemos donde elegir.

—¡Esta tienda es perfecta, Keilan! —exclamó María entrando.

—¿Os puedo atender? Mi nombre es Pili —dijo una chica de melena rubia, pantalón vaquero y camiseta de manga corta y negra. Su voz era muy suave. Tenía una belleza exótica, los ojos rasgados y unos labios sensuales.

—Sí, Pili, queremos que nos asesores —dijo Keilan—. Ahora mismo no tiene ropa que ponerse… Hemos sufrido el ataque de unos cuervos asesinos…

Pili los miró de hito en hito e hizo como si no hubiera escuchado la última frase.

—Sí, yo tampoco tengo ropa —contestó Pili coqueteando con Keilan. Se sacudió la melena y sacó un peine de oro del bolsillo trasero de su pantalón—, pero no hay semana que no me compre alguna cosa. Ven, acompáñame —dijo con una voz aguda que sonaba tan falsa como su sonrisa forzada—, te voy a mostrar lo que nos acaba de entrar. A mí me encanta la ropa de esta temporada. ¡Es tan femenina!

María fue detrás de la vendedora, Keilan las siguió a ambas.

María pasó a uno de los probadores con varias prendas, mientras Pili observaba a Keilan.

Se acercó lo suficiente como para que sintiera su deseo. Él retrocedió dos pasos, aunque Pili volvió a acercarse y le arrancó un pelo en un descuido.

—¿Qué haces? —le preguntó con frialdad, empujándola lejos y reconociendo al fin que Pili no era más que una Lamia, otra criatura especial como ellos.

En un movimiento rápido, agarró a Keilan del brazo y lo metió en el último probador, lejos de María.

—Solo quiero que nos divirtamos un rato. ¿Qué hay de malo en que yo te satisfaga? Yo te daré lo que ella no te puede dar.

Keilan advirtió entonces sus manos arrugadas, que no tenían nada que ver con la tersura de su rostro. Deslizó su peine de oro por la mejilla de Keilan hasta rasgar su piel y una gota de sangre resbaló por su mandíbula. Pili sacó una cajita dorada con una sustancia pringosa en su interior y la abrió antes de que Keilan reaccionara. Una nube de vapor surgió de aquella cajita y fue directa, como las flechas de Cupido, hacia él. Permaneció por unos instantes aturdido y perdió la noción del tiempo.

—No sabes que mis hermanas y yo somos invencibles. —Escupió en la palma de su mano y lo mezcló con la sangre de Keilan y el pelo que le había quitado. Después hizo trizas un papel rojo que llevaba dentro del sujetador y revolvió con cuidado el amasijo.

Sonrió a la vez que lamía el revoltijo. Buscó con su boca el tercer botón de la camisa de Keilan para desabrocharlo y después comenzó a acariciar con su lengua el pecho de él. Empezó a recitar una especie de salmodia pausada:

Por el poder que me confiere la madre tierra,

por el poder que me da mi padre, el cielo, yo os convoco.

Guiad mis pasos, mis palabras, mis acciones.

Oh, padre, dirige estos labios hacia su corazón.

Oh, madre, ante ti me inclino.

Defiende la justicia de aquella que suplica amor.

Keilan abrió la boca para decir algo aunque Pili apoyó con firmeza un dedo en sus labios. Ese mismo dedo cruzó su mandíbula hasta llegar a la base de su cuello y, atrayéndole hacia ella, quiso cubrir su boca con la de él. Antes de que hubiera contacto, la empujó y la agarró del cuello.

—Pensabas que un simple hechizo haría que cayera en tus brazos —replicó con dureza—. ¿Has olvidado que no soy un simple mortal? Sois una especie muy inferior a la nuestra. Vuestros poderes no me afectan.

—¿Por qué has dejado que llegara tan lejos? Dime que te ha gustado. Tú estás perdido. Nunca encontrarás el amor. Avanza hacia mí y deja aflorar todo lo que llevas guardando durante estos años. Dame un beso y libérate de la maldición. Es muy fácil.

—Sí, es tan fácil como que tú no eres la persona que busco. Sinceramente, querida, búscame en otra vida a ver si tienes más suerte, aunque ya te digo que es una batalla que tienes perdida. Mi corazón ya está ocupado. —Todavía no había soltado su cuello y su mano presionaba con más fuerza de lo que hubiera deseado la muchacha—. ¿Te ha enviado Grunontal? ¿Es así, verdad? ¿Qué te ha prometido?

—No, Grunontal no tiene nada que ver con esto. —la soltó con desdén. Pili se llevó una mano a su cuello para aliviar su dolor—. Simplemente sé quién eres y la maldición que os persigue. Sois famosos y vuestra historia de amor truncada nos fascina. Entre nosotras siempre hemos apostado a que si alguna vez teníamos la oportunidad de conoceros haríamos cualquier cosa para demostrar que lo vuestro no es más que un calentón.

—¿Te parece poco pasar quinientos cincuenta años encerrado en una estatua por un simple calentón? No, estás muy equivocada —le espetó cerca de la cara de Pili—. Ahora vas a salir y vas a atender a María como se merece.

—Pierdes parte de tu encanto cuando te enfadas. Simplemente me gusta divertirme.

—Por tu bien espero que nunca me veas enfadado. Hasta el momento solo has visto mi lado bueno.

Después de decir estas palabras salió del probador, abrochándose el tercer botón de su camisa. Se recompuso y buscó a María en el probador donde la había dejado. Pili lo observaba desde donde estaba con los dientes apretados.

—¿Dónde estabas? —Preguntó María en uno de los momentos que descorrió la cortina—. Os he buscado por toda la tienda y no os encontraba.

—Pili escuchaba mis sabios consejos sobre qué te conviene. Estaba un poco perdida con respecto a ti.

—¿Y qué es lo que me conviene?

—De momento lo que te conviene es ponerte algo encima.

María advirtió que no llevaba más que el sujetador en la parte de arriba y se tapó con la cortina. Keilan le pasó varias prendas. María se quedó sin respiración cuando notó que él no podía apartar la mirada de ella. Era la primera vez que alguien la observaba de esa manera y no se sentía incómoda. Unas mariposas revolotearon en su estómago. Volvía a experimentar esa sensación traicionera que cada vez aparecía con mayor frecuencia. Finalmente cerró la cortina y se sujetó a la pared para no caer al suelo. Le temblaban tanto las rodillas que creyó que Keilan escuchaba el castañeo que se traían. Sonrió al pensar que posiblemente él también sintiera parte de lo que estaba experimentando.

Se lo tomó con calma dentro del probador. Había estado reflexionando sobre que aún disponían de tiempo para llegar a Madrid e incluso Keilan le había comentado que la llevaría hasta donde quisiera. Le resultaba tan fácil estar con Keilan, todo fluía con naturalidad, que se resistía a despedirse en unas horas.

Cuando salió, Keilan permanecía apoyado en la pared con los brazos y las piernas cruzadas. Se le veía despreocupado y en su rostro había una sonrisa burlona. Pili iba y venía con prendas, aunque cada vez que pasaba su lado lo miraba con avidez.

Después de un rato, María le hizo un gesto a Keilan para que se acercara.

—¿Cuánto dinero te puedes gastar? —preguntó con timidez—. Es que creo que me gusta todo lo que me he probado.

—Pues llévatelo todo. No hay problema.

—Pero… —siguió susurrándole—, ¿tienes tanto dinero?

Keilan asintió con la cabeza.

—¡Vaya, nunca había conocido a nadie como tú! —exclamó María.

—¡Qué te crees! Los ángeles no abandonamos las alas por cualquier chica.

—¿Y hace cuánto abandonaste tu condición de ángel?

—Hará unos quinientos cincuenta y un años —repuso Keilan—. Si quieres te digo el día exacto o si no míralo en Facebook.

—Es igual. Ya veo que me tomas el pelo.

—Si tú lo dices…

Pili volvió con más modelos a los probadores. María seguía mirando a Keilan indecisa, pues a pesar de todo lo que se había probado, le seguía gustando todo lo que la dependienta le proponía. Y Keilan seguía asintiendo con la cabeza.

Después de más de una hora en los probadores, salió completamente renovada. Llevaba botas de cuero marrón, pantalón negro, jersey de punto de color rosa claro, un cinturón negro y un abrigo blanco. Su pelo rojizo, a veces dorado, hacía juego con el blanco impoluto del abrigo.

María dejó caer la cabeza sobre su hombro izquierdo. Esbozó una sonrisa, que Keilan correspondió con un guiño de ojos. ¿Qué poder tenía María sobre él, que cada vez que lo miraba perdía hasta la noción del tiempo?

—¿Podemos merendar un par de gofres? —dijo María de pronto.

—Claro, lo que quieras. Tenemos tiempo por delante.

Cuando Keilan salía de la tienda, Pili se acercó para darle su número de teléfono. No quería darse por vencida.

—Llámame, lo pasaremos bien —marcó cada palabra y pasó una uña por su mentón.

—¿Qué te hace pensar que cambiaré de opinión?

—A ella se la ve muy verde.

—No subestimes mi encanto —dijo con una sonrisa irónica.

—Tu encanto funciona muy bien —Pili se humedeció los labios con la lengua—, la que parece que no funciona muy bien es ella. No sé cómo no se ha echado a tus brazos todavía. Tiene que estar muy ciega para no reconocerte.

—Grunontal ha hecho muy bien los deberes con ella.

—Mis hermanas dicen que la guerra se avecina.

—Y vosotras, ¿de parte de quién estáis esta vez?

—Yo estaré en el bando donde estés tú.

—Entonces has elegido el bando correcto.

—Espero que ella no te haga esperar mucho. Yo estaría subiéndome por las paredes.

Keilan desvió la mirada e intentó poner una sonrisa que no pareciera muy artificial. Salió de la tienda, asombrado porque también tenía el presentimiento de que la guerra se avecinaba.

—¿Qué quería Pili? —preguntó María con suspicacia.

—Nada, no tiene importancia —contestó arrugando el papel para metérselo dentro del bolsillo de su pantalón.

Pili se dirigió a uno de los mostradores donde pudo hablar con sus compañeras.

—Desde luego, ¡hay algunas que tienen una suerte! Y encima la pava no le hace caso. Si se nota que él está colado por ella.

Muy pronto a Keilan y a María les llegó el aroma dulzón de la canela desde una de las calles concurridas por las que paseaban. Encontraron una crepería que recordaba a los locales de los años sesenta americanos. Al fondo había una gran barra de aluminio brillante con taburetes de color rojo y acero reluciente. Los asientos, pequeños sofás separados entre cada mesa, estaban tapizados en escay de color rojo, proporcionando una cierta intimidad a las mesas. El suelo era un ajedrez pulido de baldosas blancas y negras. Fotos de helados y cuadros antiguos con escenas de la vida americana adornaban las paredes. Una camarera les trajo una carta, pero María tenía muy claro que pediría un gofre con nata y mucho chocolate.

—Lo mismo —respondió Keilan sin dejar de mirarla.

—Me gusta Albacete —suspiró ella. Se acomodó en su asiento de color rojo—. Estoy muy bien aquí.

—¿Sí? ¿Te gusta este lugar?

Asintió, encogiéndose de hombros. Cualquier sitio que me aleje de mi abuela es bueno, pensó.

—Ya te dije que cualquier sitio era bueno… —comentó imaginándose qué le haría su abuela si la viera en esos momentos. No quería pensar en eso, pero enseguida le vino la última imagen de ella tirada en el suelo, pataleando y mesándose los pelos de la cabeza.

Seguramente ahora también la cogería del cabello.

Keilan vio un rastro de angustia en sus pupilas y el azul de sus ojos se apagó por unos segundos. Chasqueó los dedos y la sacó de su ensimismamiento.

—Por cierto, te apetece que vayamos a ver a un amigo. Solo nos desviaremos un poco de tu camino.

—¿Dónde vive tu amigo? —respondió devolviéndole la mirada. Sus ojos azules se tornaron del color de las olas del mar. Empezó a jugar con un mechón, a la vez que se mordía un labio.

—En Tolosa —respiró con calma—. Es un pueblo muy pequeño que está atravesado por el río Júcar. En una hora estaremos allí. Ya verás, te gustará.

Mientras comentaba esto, Yunil le hablaba mentalmente de todos los datos que necesitaba. Le hizo una composición perfecta del lugar.

—Milkaer es un viejo amigo. Él cuidaba de mí cuando era pequeño. Era el mejor amigo de mis padres —tuvo el impulso de acariciar su mejilla—. Venga, déjate llevar. Lo pasaremos bien.

—Por mí, vale. No tenemos prisa por llegar a Madrid, ¿verdad?

Keilan volvió a mirarla a los ojos. ¿María ya no tenía prisa?, se preguntaba sorprendido. ¿Eso significaba lo que significaba? ¿Eso quería decir que ella lo estaba reconociendo, aunque fuera de forma inconsciente?

—No sé, eso tendrás que decidirlo tú. Supongo que eso es porque me vas encontrando ya tremendamente irresistible.

—Claro, pero me tengo que sujetar a la silla para no tirarme a tu cuello —puso los ojos en blanco.

La camarera trajo una bandeja con dos platos con sus gofres cubiertos de nata y chocolate y dos vasos de chocolate caliente. María cogió su merienda sin apartar la mirada de su plato.

—Aunque ahora tengo un problema —apostilló María—, no sé si es más irresistible este plato que…

—¿Qué yo? —La interrumpió—. ¿Es eso lo que pretendes decirme? Eso es porque no me has probado, aunque estoy a tu entera disposición.

—Eso es lo que tú quisieras —se llevó una cucharada a la boca.

—¿Y tú no lo deseas? —Keilan no apartaba la mirada de sus ojos.

—De momento me conformo con tomarme este gofre.

—Ya sabes que lo mejor es el final, el postre.

—¿Y tú eres el postre?

—Yo soy lo que tú quieras que sea.

—Me lo pensaré —contestó María jugando con su cuchara entre sus labios.

—Voy a llamar por teléfono —dijo para cambiar de conversación y sin dejar de sonreír—. Seguro que se alegrará de verme.

—Ten cuidado si sales a la calle y alguna chica se tira a tu cuello. Ya sabes, por lo irresistible que resultas. No me gustaría tener que recoger las sobras.

—Entonces te recomiendo que te des prisa.

—Vale, pero primero me tomaré el gofre.

Keilan se levantó de su asiento y salió un momento a la calle para llamar por teléfono.

—¿Milkaer…?

—Hola, Keilan —respondió un hombre al otro lado del teléfono. Su voz era ronca y serena—. No sabes cuánto me alegro de oírte.

Muy pronto Grunontal recibirá su merecido. Yunil me lo ha contado todo. Los ángeles dicen que Maer-Aeng ha cambiado un poco, pero que sigue manteniendo su belleza. ¿Es cierto?

—Cuando la veas me cuentas qué te parece.

—Entonces, ¿vendréis a cenar? Por cierto, ¿te gusta la furgoneta que te hemos conseguido?

—Sí, iremos a cenar… Gracias, por todo —su voz ya no sobaba tan jovial como cuando coqueteaba con María.

—Eso es poco. Se la tengo jurada a Grunontal. Me arrebató a mi mujer y a mi hija. No debió jugar conmigo. Se equivocó —dijo con amargura.

—Sí, lo sé. Lo siento. Se lo haremos pagar muy caro, Milkaer —apretó los dientes.

—Bueno, ¿a qué hora llegaréis?

—Calcula que en una hora y media estaremos en Tolosa.

—Muy bien. Te esperamos.

Después de la merienda, salieron de la crepería. Ambos iban contentos y se miraban de reojo, aunque no se atrevían a tocarse. Pero ¿qué más podían pedir a la vida si cada segundo que pasaban juntos era mejor que el anterior?

La tarde empezaba a declinar cuando emprendieron el camino hacia Tolosa y el cielo se impregnó de un color violeta intenso, mezclado con toques rosados. Mientras Keilan conducía, María observaba el paisaje en silencio. Campos y campos enteros de viñedos y de girasoles, labrados cuidadosamente. Era una tierra roja, muy diferente a donde ella se había criado. Águilas era un lugar prácticamente desierto y con una tierra áspera y amarillenta. En el pueblo que la vio nacer abundaban los campos de tomates y lechugas, cubiertos por los plásticos que formaban los invernaderos. La vegetación autóctona se podría resumir en piteras, higueras, chumberas, lentiscos y poco más.

Abrió la ventana para aspirar el aroma húmedo de la tierra. Un aroma fuerte, fresco, a arcilla, que en nada se parecía al perfume de Águilas. Su pueblo olía a tierra seca, a sol que se te incrustaba por la nariz. Cuando llovía, el suelo seguía sin oler a húmedo, pues el perfume de la retama y del esparto tapaba todo rastro de agua y seguía oliendo a sol. Sin embargo, esa tierra roja desprendía un aroma a campos con historia.

Los pocos pueblos se iban sucediendo en el camino. Al llegar a Casas de Juan Núñez, María exclamó:

—¡Qué pueblo más triste!

Un intenso olor a leña les llegó desde las chimeneas encendidas de los hogares del pueblo. Las casas eran grandes, encaladas en blanco, con puertas de madera y cortinillas metálicas. Casi todas tenían los balcones adornados con colchas de piqué y con la foto del santo del lugar. Al pasar por una de las calles, María observó que algunas mujeres mayores estaban sentadas en la acera, en sillas de enea. Reían y contaban historias mientras pelaban cebollas para después colocarlas en una gran olla.

—¿Para qué pelarán cebollas? —preguntó María.

—Para ahuyentar a los vampiros —bromeó Keilan—. He oído decir que por esta zona hay muchos, así que tenemos que andarnos con cuidado.

—¿Pero no se ahuyentaban con ajos?

—También se ahuyentan con cebollas —puso voz misteriosa.

—Vamos, no me tomes el pelo —le dio un pequeño empujón en el hombro.

—Es que me gusta mucho ese mohín que pones cuando te enfadas… —giró un momento la cabeza y ella frunció los labios—. Seguramente esas cebollas son para hacer los embutidos de las matanzas.

—¿Ves? No es tan difícil contestar a la primera.

—Tampoco es tan difícil gastarte una broma.

María empezó a reír.

—¿Tan inocente soy?

—Un poco… pero solo un poco. No cambies nunca, me gustas así.

María siguió riendo. Keilan conducía cada vez más seguro, tranquilo de que esa noche quizás lo reconociera, y más después de ver a Milkaer. Confió en las palabras de Yunil; con la ayuda de Milkaer ella caería a sus pies. Se estremeció de nuevo.

Los kilómetros iban pasando, alejándoles de una vida que a ninguno le gustaba, viajando rumbo a lo que ellos querían. María seguía observando el paisaje que el atardecer le ofrecía. Pronto llegaron al valle en el que estaba enclavado Alcalá del Júcar. Empezaron a bajar la montaña, serpenteando el camino y a descubrir el pueblo que estaba excavado en la pared. El contraste de colores que ofrecían los árboles era espectacular. Los ocres, los amarillos y los rojos se mezclaban con el atardecer impregnando al pueblo de un aire de fábula. Las farolas estaban encendidas y en el lugar se respiraba tranquilidad. El río Júcar rodeaba el pueblo y un puente de piedra descansaba sobre él, siendo uno de los sitios por los que se podía acceder. Una gran cuesta marcaba el inicio del pueblo, que terminaba en la plaza de la iglesia.

—¡Me recuerda a un anuncio! —exclamó María.

Keilan siguió en dirección al camping, al otro extremo del pueblo. Un camino más estrecho, flanqueado por chopos, cañas y zarzas, y siguiendo el cauce del río, los llevó a Tolosa.

El río se ensanchó y vieron como la luna creciente se reflejaba en el agua tranquila y azulada.

Milkaer, un hombre de unos cuarenta años, de pelo negro y ojos oscuros, los esperaba en el puente junto a una niña de pelo castaño rizado y ojos color miel. Marta, la niña, pegaba brincos de emoción. Llevaba una rebeca roja y unos pantalones de pana marrón. Se había puesto un gran lazo en la cabeza para recibir a sus invitados.

—Papá, ¡viene una furgoneta! —dijo la niña corriendo en su dirección—. Son ellos, papá, son ellos, ya han llegado.

Keilan abrió la ventanilla para presentarse.

—¡Hola Keilan! Soy Marta. ¿Quieres que te diga dónde vivimos? Ven, sígueme.

Marta empezó a correr a la carrera.

—Espera —gritó Keilan desde la furgoneta—, puedes subir e indicarme desde aquí. No tenemos prisa.

Pero Marta no lo oyó y siguió corriendo sin volver la vista atrás. Milkaer se acercó hasta la furgoneta. Como Keilan, Milkaer era un hombre alto, de metro ochenta de estatura, de complexión gruesa, grandes manos y mirada inteligente.

Llevaba unos pantalones grises y una camisa negra y gruesa de cuello Mao que resaltaba su tez morena y sus facciones grandes. Solía hablar con tranquilidad y rara vez se alteraba. Tenía la habilidad de escuchar con una sonrisa apacible en los labios.

—No te preocupes, ella es así —dijo Milkaer manteniendo el gesto neutro—. Tiene la energía de dos niñas. Nunca se cansa.

—Hola, yo soy María —dijo desde su asiento, acercándole la mano para saludarlo—. Soy amiga de Keilan.

—Hola, María. Me alegro de conocerte. Sigue a Marta, seguro que ella ya ha llegado. La puerta del jardín está entornada, podéis pasar dentro. Estáis en vuestra casa.

Milkaer, igual que Keilan y otros ángeles, había abandonado sus alas porque se había enamorado de una mujer humana. Cada ángel tenía una misión y el cometido de Milkaer consistía en controlar en la Tierra a los seres sobrenaturales. Milkaer fue el último ángel que decidió vivir otra vida, pero no salió como él quería. Marta, su mujer, esperaba gemelas, pero en el día en que se puso de parto algo salió mal. Primero nació una niña hermosa a la que pusieron de nombre Marta, como su madre, pero cuando ya estaba preparada para que la segunda de ellas naciera, el corazón le empezó a fallar. Al final nada pudieron hacer ni por la madre ni por la otra niña.

Keilan continuó hasta el final del pueblo donde Marta los esperaba sentada en el escalón de la entrada al jardín. Enseguida se levantó y empezó a mover los brazos para indicarles.

La casa de Milkaer estaba en el margen izquierdo de la carretera y gran parte de ella estaba excavada en la pared. Era una construcción de piedra en dos plantas, con una pequeña piscina y ventanales muy amplios. Marta abrió la puerta del jardín para que Keilan pudiera pasar la furgoneta.

—Ven, Keilan, te voy a enseñar mi casa —dijo la niña abriendo la puerta del coche—. Tú también puedes venir.

—Gracias —respondió María.

—¿Sabes? —Inquirió Marta corriendo hacia la puerta de María— Yo nunca he conocido a nadie con ese pelo. A mí me gustaría tenerlo así de bonito.

—Pero si eres preciosa… —respondió llevándose la mano a su pelo porque nunca le había acabado de gustar ese color tan intenso.

—¿De verdad te parezco guapa? —María hizo un movimiento afirmativo—. Tú sí que eres guapa. —Después la cogió del brazo y la hizo agacharse para decirle algo al oído—. Si a ti no te gusta Keilan, ¿me lo puedo quedar yo? Es guapísimo.

—Bueno —contestó asombrada por la franqueza de la niña—, tampoco es para tanto.

—¿Pero qué dices? Pareces tonta. Es muy guapo.

—No me había dado cuenta.

—Encima de tonta eres ciega.

—¡Marta, no seas maleducada! —la recriminó su padre—. Recuerda que es nuestra invitada.

—Es que dice que Keilan no es guapo y no entiendo por qué dice eso.

—¿Tú también piensas que tiene un problema? —Intervino Keilan aguantándose una carcajada—. No te preocupes, Marta, se hace la dura, pero entre tú yo, la tengo en el bote.

—Sí, es cierto, ¿no ves cómo me tiemblan las rodillas cada vez que me miras? —le sacó la lengua.

—¿Te traigo una silla para que no te caigas?

—No, de momento no me hace falta.

—Entonces estaré atento por si la necesitas. Puede que algún día tus sueños se hagan realidad…

María se giró, esperando que ese deseo se cumpliera. Una vida placentera junto al chico que amaba no era pedir tanto… ¿Y si ese chico fuera Keilan? ¿Y si toda su vida había estado esperando a una persona como él y todavía no se había dado cuenta?

Eran muchas las preguntas que se sucedían en sus pensamientos.

—Me parece que tengo planes y tú no estás en ellos —y mientras decía estas palabras sintió un nudo en el estómago. No era esto lo que su corazón le decía.

—No cantes victoria tan pronto —chasqueó la lengua.

Marta los miraba sin entender muy bien a qué había venido aquel diálogo. Abrió la puerta de entrada y dejó que fuera María quien entrara en primer lugar.

—Bienvenida a mi casa. Y como tú no lo quieres será mi novio.

Keilan le acarició la cabeza cuando pasó por al lado de la niña.

—A saber qué es de mi vida en unos años —dijo mirando cómo se alejaba María. Sintió un escalofrío.

—Cualquiera diría que te queda una semana de vida —replicó girándose.

—En este partido no juega solo Keilan —expresó Milkaer al cerrar la puerta.

María no entendió qué quiso decir, pero dejó que Marta le mostrara la casa.

La vivienda era amplia y clara, con el toque que la mujer de Milkaer había dejado antes de morir. A mano izquierda había un comedor con una chimenea de leña en la pared del fondo, un sofá muy grande y de color blanco al lado del arco de la entrada que no tenía puerta. Había una gran mesa de madera clara con un jarrón de cristal lleno de margaritas y con ocho sillas a juego enfrente de una estantería muy grande llena de libros y que daba a un ventanal por el que se divisaba las luces del pequeño pueblo. A la derecha de la puerta principal se encontraba la cocina, que era de madera blanca lacada, con electrodomésticos de acero inoxidable. Al fondo del pasillo había una escalera que conducía a la parte de arriba, donde estaba la habitación de Marta, que ocupaba toda la buhardilla.

Cogió la mano de María y arrastrándola, la llevó hasta su habitación. En una pared había dos camas, una de ellas con su nombre y la otra con el nombre de Llanos, separadas por una cómoda de color marfil con toques rosados. Del techo colgaban mariposas de papel de seda. Había un armario grande que hacía juego con el dosel de las camas y con la cómoda de color marfileño. Comenzó a dar vueltas sobre sus talones y cuando se cansó, se tumbó en su cama para saltar de alegría.

—¿Quién es Llanos? —preguntó María.

—Es mi hermana gemela.

—Yo pensaba que tu padre solo tenía una hija.

—Pues no. Somos gemelas, pero ahora está descansando. Cuando se despierte, te la presento. Seguro que le gustas.

Cuando Keilan y Milkaer llegaron a la habitación las chicas estaban jugando con las muñecas, cambiándoles los vestidos, peinándolas y riendo como dos amigas de toda la vida.

—Keilan —dijo Marta sin levantar la vista del suelo—, ¿quieres jugar con nosotras?

—Por supuesto que sí —respondió con una gran sonrisa.

—Toma, coge esta —le ofreció Marta.

Keilan empezó a jugar como un niño más. De vez en cuando se inventaba historias y María y Marta se reían de sus ocurrencias. Pasaron más de dos horas entre juegos, piruetas y risas.

—Dame otra voltereta, Keilan —suplicaba Marta desde el suelo, muerta de risa.

María no dejaba de observarlo. Esa faceta de ser como un niño más le gustaba. Le fascinaba que los chicos no perdieran la candidez. Por lo general, todos los chicos que conocía solían hacerse los duros. Los niños de su barrio iban todo el día en moto, jugando con cigarros y con sustancias ilegales, pensando más en las curvas de las chicas que en los juegos propios de su edad.

—Es hora de ir haciendo la cena —dijo Milkaer mirando el reloj de su muñeca.

—¿Te parece que te ayude? —se ofreció María.

—Como quieras, pero puedes quedarte jugando con Marta.

La niña seguía riendo montada sobre los hombros de Keilan. Ella pareció no darse cuenta cuando salieron de su habitación. Al llegar a la cocina, se lavaron las manos. Después Milkaer empezó a sacar los ingredientes de una despensa para preparar varias pizzas, abrió la nevera, sacó una lechuga y queso de cabra tierno.

—Si quieres puedes hacer una ensalada. Conozco una receta de Keilan que es muy buena. ¿No sabías que es un excelente cocinero?

—No, apenas lo conozco.

—Quizás es que no te acuerdas de él.

—Pues no —suspiró—, no me acuerdo de él. Intento hacer memoria, pero no consigo ubicarlo.

De repente sufrió un vahído que la dejó sin aliento. Se sujetó a la barra de la cocina y tuvo una especie de sueño despierta:

Se encontraba en una cala de aguas de color turquesa, tumbada sobre la arena blanca junto a Keilan y dejando que las olas les acariciara los pies. Él trató de acoplarse a su cuerpo menudo, hundiendo su cara en su melena rojiza.

—Te he dicho alguna vez que te quiero —le dijo ella girándose hacia él—. Es que hace una eternidad que no te lo decía.

—¿Un segundo te parece una eternidad?

Keilan tendió los brazos alrededor de su cuello, enroscó su mano en su melena dorada y buscó sus labios. Ella jadeó al tiempo que él rodeaba su cintura con su brazo para atraerla hacia sí.

La agarró de las muñecas y en su mirada había deseo. Después comenzó a deslizar las manos por sus brazos, las posó en sus pechos y acarició muy despacio su vientre.

—Deberíamos regresar ya.

Ella lo miró con determinación.

—No, todavía no. Es hora de terminar lo que hemos comenzado.

Keilan se dejó atrapar por sus labios.

—Tú siempre tan puntual —le sonrió sin temor

María volvió en sí. Miró a su alrededor como buscando una explicación de lo que le había pasado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Milkaer.

—Sí, sí, gracias. Por un momento he tenido una alucinación. Es como si hubiera vivido otra vida de la que solo recuerdo algunos fragmentos.

—No pares esos sueños.

—A veces pienso que me estoy volviendo loca.

—Eso nos pasa a todos, pero tranquila… Para esta ensalada —dijo Milkaer cambiando de tema— necesitas lechuga, nueces, manzana, zanahoria rayada, arándanos secos y queso de cabra con un golpe de calor. Un buen aceite de oliva y un vinagre de Módena hacen el resto. Ya me dirás.

Asintió con la cabeza. Lo miró un momento antes de comenzar a partir nueces. Tenía la impresión de que le hablaba con la confianza de quienes se conocen de siempre. Apartó ese pensamiento para empezar a rayar zanahorias, a cortar la manzana en trozos pequeños y a lavar la lechuga. Después de que Milkaer metiera al horno las dos pizzas de jamón york, mozzarella, tomate en rodajas, champiñón y aceitunas negras, María le estuvo preguntando cosas de Keilan, de cuando era pequeño, dónde había vivido o qué había estudiado.

—Keilan es superdotado y a la edad de siete años hablaba perfectamente griego, latín, italiano, inglés, francés, rumano, checo, ruso, alemán, hebreo y portugués —conforme Milkaer iba nombrando idiomas ella lo miraba como si no se lo terminara de creer—. No me mires así, que es cierto. Acabó la carrera de Filosofía y de Filología Hispánica con diez años; con doce, terminó la de Bellas Artes y Química, y con quince años, la carrera de Física. Nació muy lejos de Águilas, pero ha pasado casi toda su vida en tu pueblo.

—Nunca había oído hablar de alguien así. ¿Y sus padres?

—Sus padres viajan por el mundo desde que él cumplió los diecisiete. Hace varios años, su padre ganó muchos millones gracias a una fórmula que inventó Keilan para jugar a la lotería.

La campana del horno indicaba que las pizzas estaban cocidas. Milkaer las sacó del horno y colocó en una fuente los trozos de queso de cabra para calentarlos un poco y añadírselos a la ensalada. Después sacó de un cajón un mantel de tela verde con dibujos dorados, unos cubiertos y unas servilletas.

—En ese estante de ahí están las copas —le indicó a María.

—Perdona, Milkaer, pero ¿por qué no pones cinco cubiertos?

—Porque no somos cinco.

—¡Ah! Pensaba que Llanos también vendría a cenar.

—¿Llanos? —preguntó asombrado.

—Sí, Marta me ha dicho que tiene una hermana gemela y que está descansando.

Milkaer sacudió la cabeza. Cerró los ojos.

—Es cierto, María, ella está descansando… —su cara se contrajo—. Desgraciadamente nació muerta —dijo Milkaer apoyándose en la barra de la cocina y perdiéndose en sus recuerdos—. Debes de haber entendido mal.