Capítulo 10
Keilan y Marta salieron corriendo de la habitación para ver quién llegaba antes a la cocina. Él le había dejado un poco de ventaja, pero la niña esperó sentada en el primer escalón a que apareciera. Una vez que lo vio venir, le sacó la lengua con descaro, se subió a la barandilla de madera y se tiró por ella hasta abajo.
—Llegué la primera. Keilan se quedará sin postre —dijo Marta aplaudiendo.
Keilan la cogió del brazo y empezó a hacerle cosquillas. La niña se reía y le suplicaba que parara, que no soportaba que se las hicieran. Después de un rato, la dejó en el suelo, quien empezó a hacer posturas de gimnasia rítmica. Se contorsionaba con la elegancia de un gato y les hizo una clase de las últimas cosas que había aprendido.
María mantenía una sonrisa ausente, pegada a la ventana que había en la cocina. De vez en cuando se volvía hacia Marta y hacía como que participaba de la conversación, aunque su mente permanecía en un lugar muy lejano.
Bajando las escaleras apareció una niña con un camisón rosa que arrastraba una muñeca de trapo por el suelo, que canturreaba una canción:
Tengo una muñeca
vestida de azul,
con su camisita y su canesú.
La saqué a paseo
y se constipó,
la tengo en la cama
con mucho dolor…
Sin embargo, en lugar de ir a la cocina se paró en el último escalón de la escalera y llamó mentalmente a Marta, una de las maneras que utilizaban las dos niñas para comunicarse desde el día en que nacieron. Marta se disculpó y corrió al lado de su gemela. Las dos se abrazaron con entusiasmo, como si hubieran estado días sin verse, y después, agarradas de la mano, fueron hasta el comedor. Llanos se puso a dar saltos de alegría encima del sofá y a tirar la muñeca por los aires, mientras que Marta la recogía al vuelo. Después empezaron a jugar con las palmas de las manos. Mientras lo hacían, se miraban a los ojos y de vez en cuando Marta asentía o Llanos sonreía.
En la cocina, María aún permanecía en la ventana con la mirada perdida. Tenía agarrado en una mano el medallón que llevaba al cuello, el único recuerdo que le unía a su pueblo y que palpitó cuando Keilan se acercó a ella. Se giró sobresaltada.
—¿Te pasa algo? —quiso saber Keilan.
—No —dijo sin estar muy convencida, mientras miraba hacia todos los lados intranquila porque escuchaba una voz infantil que no lograba identificar.
—Cuéntame qué te pasa —insistió él. El brillo de sus pupilas negras se reflejó en el medallón.
María contuvo suspiro. Observó el medallón y creyó ver la mirada del ángel. Sonrió con nerviosismo. Después alzó la barbilla para encontrarse con unos ojos que cada vez le atraían más. Y volvió a suceder. Parecía que se iba a convertir en una costumbre que soñara despierta:
Keilan le lanzó una sonrisa que mostraba la pasión que sentía.
Ella estaba desnuda y él deslizaba sus labios por su cuello.
Se dejó atrapar por sus caricias, se aferró a su cuerpo como si fuera una naufrago y permitió él que siguiera con su juego.
Se abandonó cuando Keilan saboreó su boca y después le correspondió con una furia desatada.
Sus labios brillaban con el mismo deseo que sus palabras.
—Maer-Aeng… Maer-Aeng… —sentía el apetito que se escondía cuando murmuraba su nombre.
—Sigue…
Volvió a besarla con más ansia, como si el mundo se fuera a acabar. La atrajo de nuevo hacia sí, ofreciéndole de nuevo su boca. En ese instante se fundieron en un abrazo, buscando cualquier rincón que no había sido acariciado.
Ella sufrió un escalofrío cuando las manos de Keilan rozaron su bajo vientre…
Soltó inmediatamente el medallón, para parar aquel sueño que la tenía completamente confundida. Tenía el corazón a punto de estallarle. Keilan la miraba sin entender qué le pasaba. Colocó sus manos sobre sus hombros. Inmediatamente después ambos sufrieron un escalofrío.
—¿Qué me pasa…? —se preguntó ella.
Keilan era incapaz de apartar su mirada de sus labios. Ambos tenían la necesidad de abrazarse y de acabar lo que habían deseado desde que se conocieran. A María le embargaba el anhelo de ser acariciada como en su sueño, de que Keilan la agarrara con determinación y que la besara.
—¿Quieres que te lo diga yo o prefieres descubrirlo por tu cuenta?
—¿Qué me sugieres tú? —María se mordió un labio.
—Estoy dispuesto a resolver tus dudas y aceptar propuestas. Ahora mismo no tengo nada que hacer.
—Tú siempre tan servicial.
—Es lo que tiene ser un ángel…
María lo hizo callar con un chasquido de lengua. Una voz infantil distinta de la de Marta les interrumpió.
—Presiento que la hermana de Marta está con nosotros. Es como anoche, Verónica —resopló María con impaciencia. Volvió a poner atención a las voces que le llegaban del comedor—. Y no me digas que alucino, porque sabes tan bien como yo que es así. ¿No la escuchas tú?
Llanos, la otra niña, llevaba dos coletas con dos lazos rojos que Marta le había puesto. Cuando recibían visitas, Llanos desaparecía misteriosamente, pues necesitaba descansar. Sin embargo, la llegada de Keilan y María a la casa no le había importunado lo más mínimo.
No sentía ninguna necesidad de esconderse, sino que se mostraba como una más de la familia.
—Pensé que no te habías percatado de su presencia.
—Siempre he sido muy receptiva.
Pues ya podrías presentir que el ángel del cementerio está delante de ti, pensó con ironía.
—¿Qué has dicho que no te he entendido? —preguntó María.
Mantenía la boca abierta y la observaba con curiosidad. Chasqueó la lengua.
—Nada…, no he dicho nada.
Keilan dio un paso hacia atrás.
—Pensaba que hablabas sobre un ángel —replicó María mirándolo a los ojos y descubriendo por primera vez un pensamiento de Keilan.
—No, dime qué has dicho.
—No tiene importancia.
—Sí que la tiene, Keilan. He visto como…
—Keilan… Keilan… —Marta llamó desde el comedor porque la cena se enfriaba—. Tenéis que venir ya. Os estamos esperando.
La mesa estaba puesta y Marta se encontraba sentada en la cabecera de la mesa. Keilan cogió a María de la mano y esta se dejó llevar hasta el comedor sin replicar. Le gustaba el tacto de su piel, así como cada vez otras muchas más cosas.
Detrás de Marta estaba Llanos, que le hablaba al oído sin dejar de observar a Keilan. Ambas reían sin complejos.
—Ahí está —exclamó María en su oído—. Esa es Llanos…, pero ¿cómo es posible que la veamos y Milkaer no se percate de ella?
Keilan se encogió de hombros. Era difícil explicar quiénes eran en realidad; ángeles desterrados o seres celestiales con poderes que un humano jamás imaginaría que existieran, y por lo tanto Milkaer veía a Llanos tan claramente como ellos. Cuando Yunil le habló de hacerle una visita no imaginaba que tendría un espíritu vagando por la casa. Y justamente a Milkaer, el ángel que velaba para que estas cosas no sucedieran en la Tierra. ¿Cómo había consentido esa situación?, se preguntaba sin dejar de mirar a la niña que nació muerta, pero que había crecido tanto como Marta.
Llanos se acercó hasta Milkaer. Había sacado un dibujo de debajo de la mesa.
—Papá —dijo Llanos—, ¿te gusta el dibujo que te hemos hecho Marta y yo?
Milkaer, sin hacer caso de las palabras de Llanos, cogió un cuchillo y empezó a cortar ocho trozos de la pizza. Sus ojos permanecían apagados, aunque no tristes, puesto que lucía una sonrisa complaciente con sus invitados. Se le veía cansado, soportando una carga pesada difícil de sobrellevar.
Llanos volvió al lado de Marta para comentarle:
—Le ha encantado, Marta. Me ha dicho que cada vez pinto mejor.
Milkaer comenzó a repartir la pizza. María lo miraba sin entender por qué no le hacía el mismo caso que a Marta. Sin embargo para Milkaer había ciertas cosas que no podía obviar de María, pues para eso era una de los suyos, aunque ella no lo supiera aún. Desde que había regresado a la Tierra, María parecía haber cambiado en todo, ya que se comportaba como una humana más. En cambio cuando María sonreía recuperaba toda su esencia angelical.
Desde luego sería bien acogida por la pequeña comunidad que vivía dispersa por los cinco continentes. María podría ayudar a otros ángeles que, como él, daban caza a los seres que vagaban haciendo daño a los hombres.
—Ya podemos cenar —dijo frotándose las manos. Volvió a sonreír con entusiasmo—. Venga, Marta, que la cena se enfría.
—¡Puaj, pizza, qué asco! —dijo Llanos tapándose la nariz—. Sabes que no me gusta. ¿Por qué te empeñas en que coma pizza?
Pues no voy a comer. ¿Por qué no haces nunca néctar de lágrima de ángel o suspiros de querubines? A mí me gustan mucho los aleteos de arcángeles y tú nunca me los haces.
Milkaer miró brevemente hacia donde se encontraba Llanos, le guiñó un ojo y le sonrió. La niña se sentó en el sofá esperando a que Marta terminara de cenar. Empezó a jugar con la muñeca de trapo y cuando se cansó, se levantó, le dio un beso a Milkaer y otro a Marta.
—Me voy a descansar. Buenas noches —dijo.
Antes de salir de la habitación, pasó por el lado de Keilan, y le plantó un beso en la mejilla. Miró a Marta y después a María.
—Es que es muy guapo —dijo con toda naturalidad. Se acercó hasta María para pasarle la mano por el pelo—. Me gusta tu pelo. Mi hermana y yo siempre quisimos tenerlo de ese color… —Luego se acercó a su oído para que solo pudiera escucharla ella, pero en lugar de eso comenzó a hablar bien alto—. Marta y yo hemos pensado que si no quieres a Keilan nos podemos quedar con él, ¿vale?
María notó que el medallón vibraba bajo su jersey, muy cerca de su pecho. Una luz roja la iluminó por completo. Asintió sin dejar de mirar a Keilan, que le guiñó un ojo. Después de la cena, Keilan ayudó a recoger la mesa junto a Marta, mientras María y Milkaer preparaban el postre comprados en el supermercado. Desde que estaba en la Tierra apenas realizaba sortilegios para preparar la comida de la que le hablaba Llanos. Echaba de menos los suspiros de querubines. En eso coincidía con su hija. Milkaer sacó cuatro platos pequeños, un bote de nata montada y preparó el postre en el comedor.
Keilan dejó que Marta se comiera su postre bajo la atenta mirada de María. ¿Por qué sentía celos de una niña de nueve años? No era la primera vez que tenía ese pensamiento. ¿Tanto le importaba Keilan que no quería compartirlo con nadie?
—¿Sabes una cosa, María? —Interrumpió Marta—. Yo tenía un novio muy guapo que se llamaba Pedro, pero ya no está. Se parecía a Keilan y por eso me gusta estar mucho con él. ¡Qué contenta estoy! Me alegra que hayáis venido a visitarnos. Hacía mucho que nadie venía a casa —salió corriendo hacia la cocina y regresó enseguida con una rosa roja—. Toma, te regalo una flor. Las planto y las cuido yo. Papá dice que tengo magia para las plantas. Les digo unas palabras y crecen.
—Marta, es preciosa —parpadeó varias veces cuando notó que los ojos se le humedecían—. Hacía mucho tiempo que nadie me regalaba una flor.
—¿Y quién te la regaló? ¿Era guapa?
—Sí, es preciosa —dijo sin apartar de María.
Marta se acercó hasta el oído de María para que solo pudiera escucharla ella.
—No te preocupes por eso. Cuando estés con Keilan él te regalará flores. Es lo que hacen los chicos en las películas. Yo lo he visto.
—Pero Keilan y yo…
—A Keilan le gustas tú —le susurró de nuevo—. Te busca con la mirada.
María negó con la cabeza, pero a la vez sentía cómo su corazón vibraba y su boca se le humedecía.
—Pero eso es imposible, él está buscando a otra chica…
—Te está buscando a ti, que lo sé yo.
—Creo que no, que te equivocas —llevaba tanto tiempo deseando encontrar a alguien como él que temía perderlo antes de encontrarlo.
—¿Sabes? Yo tengo magia con las plantas y para hacer crecer muchas cosas, ¿y tú para qué tienes magia?
—Se podría decir que tengo mano para los estudios.
—Bueno, sí, pero eso es algo muy normal en nosotros. Me refería a tus habilidades.
—No, Marta, yo no tengo magia. Yo no sé sacar conejos de la chistera ni tampoco puedo hacer crecer las plantas como lo haces tú. Para eso hay ser…
—Ángeles, ¿es que no lo sabes? —María la miró extrañada—. No sabes nada de nada. Eres muy rara.
María se quedó sin palabras. ¿Qué podía decirle a Marta? La niña jugaba a ser un ángel y no iba a ser ella quien le dijera que los ángeles no existían. Se fue encogiendo en la silla. Miró a Keilan, recordando lo de su perfil en Facebook. Ese día todo el mundo se empeñaba en ser un ángel. Aunque puestos a elegir, María prefería encontrarse con un ángel en su camino que con un demonio. Entonces sintió una corriente helada en su nuca.
Después del postre, Milkaer fue el primero en levantarse para recoger la cocina. Durante la cena habían quedado en salir a pasear aprovechando los primeros días otoñales.
—¿Alguien podría ayudarme a hacer infusión de alas angelicales?
—preguntó mirando a Marta. —A ver si esta infusión te recuerda a algo, María.
—¿A qué debería recordarme?
—Es un sabor que nunca se olvida —se apresuró a decir Keilan—. A los ángeles nos gusta mucho.
—¿Qué tiene de especial, además del nombre?
—¿Que qué tiene de especial? Cuando lo pruebes me dirás qué tal. Es un néctar puro cuyo sabor no se puede comparar a ningún otro.
—¿A ninguno? —María lo miró con intensidad—. Seguro que hay algo que te gusta mucho más.
—Sí, hay algo que me gusta mucho más, sin duda. ¿Quieres saber qué es?
—Estoy deseándolo.
Sin apartar la mirada de María, Keilan se aferró con sus manos al borde de la mesa. Poco a poco se fue acercando hasta la joven. Pensaba que ya había llegado el momento, pues en los ojos de María podía advertir el mismo deseo que le corroía a él. Primero acarició su mejilla, con suavidad, aspirando ese perfume que lo aturdía completamente. Rozó con la yema de sus dedos sus labios y ella dejó que dibujara su contorno al tiempo que notaba que un escalofrío le recorría la espalda.
—Keilan —interrumpió Marta—, ya nos podemos marchar. Ya tenemos todo listo para tomar las alas angelicales bajo las estrellas.
María sacudió la cabeza y Keilan se recompuso en su silla. Marta les enseñó un pequeño tarro de cristal con un líquido ambarino.
A pesar de estar cerrado, el líquido desprendía un aroma dulzón y delicado. María creyó estar volando y se tuvo que sujetar a la mesa porque pensó que acabaría en el suelo.
—Papá, llévanos donde tú sabes, ese sitio que nos gusta tanto porque allí le dijiste a mamá que la querías mucho y que querías casarte con ella y todo eso que tú ya sabes, pero que no me cuentas porque soy pequeña, y que un día cuando sea un poco más mayor me contarás.
—Por supuesto. Ese es el lugar perfecto para declararse. ¿Os apetece?
María asintió con la cabeza mientras observaba qué hacía Keilan.
—Está claro que todos estamos de acuerdo —dijo al fin Keilan.
Milkaer los llevó hasta el puente que había a unos doscientos metros de su casa y lo cruzaron. María se detuvo a mirar la luna, que se reflejaba en las calmadas aguas del río Júcar.
—Te cambio un deseo por un pensamiento tuyo —comentó Keilan.
—¿También eres hada madrina? Cuanto más te conozco, más me sorprendes. Primero me dices que eres un ángel, ahora concedes deseos, ¿algo más?
—¿Qué te voy a decir? Y las que te quedan por descubrir. Soy una caja de sorpresas.
—¿Cuántas tienes guardadas? —Era una pregunta que se hacía también para ella, pues no terminaba de creerse que todo fuera tan perfecto.
—Eso tendrás que descubrirlas tú misma. ¿Te atreves?
—Yo… —bajó la mirada al suelo. Le faltaba el aliento y no le hubiera importado que él acudiera en su auxilio—. Milkaer nos está esperando.
La otra parte del río los llevaba hacia una central hidroeléctrica abandonada. Marta se acercó a Keilan para jugar con él, a la vez que María se adelantaba. Después de caminar un rato, Milkaer se paró al lado de una roca. Allí le había pedido matrimonio a su mujer y desde ahí se contemplaban perfectamente las estrellas. Milkaer cogió a Marta entre sus brazos y después le hizo una señal a Keilan, pues Milkaer sabía qué historia iba a contar.
—¿Veis aquel grupo de allí? —comenzó a decir—. Aquello es Orión o el cazador. Y aquella estrella que hay al lado, la que brilla con intensidad, es Sirius. —Keilan buscaba en la oscuridad los ojos azules de María, que brillaban más que la luna—. Cuenta la leyenda que Orión fue un apuesto y aguerrido guerrero creado por los tres hermanos, Zeus o dios del cielo, Poseidón o dios del mar y Hades o dios del inframundo. Tan hermoso era Orión que todas las diosas del Olimpo luchaban por conseguir sus abrazos y sus favores. En un ataque de celos, Artemisa, la diosa de la caza, mató a Orión…
—Y los dioses lo colocaron en el cielo —terminó por explicar María recordando una imagen de Keilan en su casa de Florencia.
Ellos permanecían en la misma estancia que había visto esa misma tarde en la furgoneta, al llegar a Albacete—. Aunque otra versión cuenta, y esta es la que más me gusta, que Orión se enamoró de las Pléyades, hijas de Atlas, habitantes del cielo. Impulsado por su amor, Orión decidió ir tras ellas, pero, por más que corrió, jamás llegó a alcanzarlas. ¡Esta historia me la has contado muchas veces! —exclamó con una gran sonrisa—. Pero tú me dijiste que las atraparías por… por… —por mí, pensó, aunque no se atrevió a decirlo en alto.
María se mordió el labio inferior. Podía asegurar que había escuchado esa historia varias veces, incluso en alguna ocasión había jugado con el ángel del cementerio a contársela.
—¿Cuándo te he contado esta historia, María? —preguntó con tranquilidad.
Keilan la miraba con entusiasmo, con la paciencia que da el haber permanecido más de quinientos cincuenta años encerrado en una estatua, esperando que la llamada de María le salvara como ya hizo cuando la conoció. Entonces, María se encogió de hombros.
—No sé, Keilan… —arrugó la frente, se llevó una mano al puente de la nariz y apretó con ganas, pues estaba demasiado confundida—. ¿No te acuerdas de que me la contabas… o quizás lo he soñado?
—Pero ¿en qué momento te he contado esa historia? —insistió él. Su corazón latía a mil por hora. Sentía el impulso de abrazarla. Sí, María recordaba una parte de la historia, pero se había olvidado de lo más importante: la maldición de Grunontal
—¿No te acuerdas de cuándo conociste a Keilan? —preguntó Marta sorprendida—. Si fuera mi novio yo sí me acordaría.
—No le des más vueltas, María —dijo a modo de disculpa. Sonrió a medias y suspiró—, igual lo has soñado.
—Ya, es posible. Creía que me lo habías contado tú —soltó con la sensación de llevar un gran peso sobre sus hombros.
Marta empezó a bostezar. Se acercó a Keilan y con voz mimosa le dijo:
—¿Me acompañas a casa? Quiero que me cuentes un cuento como se lo contabas a María. No te preocupes, que si ella no te quiere, yo te esperaré. Tú serás Orión ¿vale?, y entonces tú sí que me alcanzarás, porque yo no correré.
—No, Marta —María se revolvió—, en esta historia era yo la que no corría… —había tenido otro flash. Recordaba decirle justamente eso mismo al chico que se parecía a Keilan en la habitación de Florencia.
Él se giró tranquilamente hacia ella, sorprendido. Sonrió, dejando entrever sus dientes. Su pelo negro brillaba con intensidad y un mechón le caía sobre un lado de la cara. Se lo despejó de la cara, pues no le dejaba contemplar completamente a María, y advertía que toda la resistencia que tenía se iba desmontando poco a poco.
—¿Me llevas a caballito? —dijo Marta sin hacer caso a María.
Le tiraba de la camisa para que le hiciera un poco de caso y dejara de mirar a María. Estaba tan cansada que no la había escuchado. Ya solo tenía ojos para Keilan.
—Venga, súbete a mi espalda. Por el camino te cuento alguna historia —dijo sin dejar de sonreír a María.
De regreso a casa, empezó a contar una historia que hablaba de cuando en el mundo solo existían los ángeles y los demonios hasta que surgieron los humanos con unas cualidades muy inferiores a ellos. Demonios y ángeles vivieron en armonía durante muchos siglos en el reino de Siri-Antiac y gobernados por Larma. Este reino constaba de veinte ciudades, siendo la más importante Omm-Baerd’ang. Entonces, los demonios comenzaron a abusar de sus poderes perjudicando seriamente a los humanos, matándolos para paliar su sed de sangre fresca. Ahí comenzó una guerra entre demonios y ángeles, aunque estos últimos se encargaron de proteger a los humanos debido a su inferioridad de poderes. Los ángeles ganaron la batalla y expulsaron de su reino a los demonios, quienes fueron a vivir a la Tierra. De vez en cuando, algún demonio buscaba la sangre de los humanos y los ángeles regresaban para darles caza.
Marta intentaba mantener los ojos abiertos, pero en menos de cinco minutos se había quedado dormida en la espalda de Keilan. Él la cogió con cuidado y se la pasó a Milkaer. Marta abrió un ojo.
—No, papá, tú no. Yo quiero que me lleve Keilan. Hoy soy una princesa que se ha perdido en el bosque y un príncipe me ha encontrado y…
Y yo también lo he encontrado. Es él…, reconoció María con una sonrisa.
Había descubierto al fin que sí, que lo amaba, que deseaba besarlo, saborear todo de él, pero eso sería cuando llegaran a casa y Keilan dejara a Marta en la cama. Quería que ese momento fuera como los flashes que había tenido a lo largo de ese día.