Capítulo 8

(Día dos)

No habían ni recorrido los doscientos metros que los separaban de la carretera principal cuando un cuervo se precipitó sobre el cristal del copiloto. Keilan solo alcanzó a dar un volantazo brusco para repeler lo que parecía un accidente fortuito. María buscó con la mirada qué había sido del cuervo. Desde su asiento podía ver cómo el pájaro recomponía sus alas, cómo lanzaba un graznido y cómo volvía al ataque. Tras unos segundos de incertidumbre se escucharon los graznidos de varios cuervos que se abalanzaron con furia sobre la furgoneta.

De repente, un fuerte estruendo los sacudió, abriendo un agujero en medio del camino de tierra.

Keilan frenó en seco y puso la marcha atrás para buscar otra salida.

—¿Qué está pasando, Keilan?

—No sé —mintió. Sabía perfectamente qué estaba pasando. Grunontal volvía a entrar en acción y entendía perfectamente qué deseaba. Sin embargo lo que menos le apetecía en esos instantes era hablar con ella.

No dejaba de observar la bandada de cuervos que volaba hacia ellos, al tiempo que miraba por el retrovisor para no encontrarse con más sorpresas de ningún tipo. Una nube de polvo cubrió el vehículo.

—Agárrate fuerte, María.

—¿Qué quieren estos pajarracos de nosotros?

Uno de los cuervos se posó sobre el capó de la furgoneta. Keilan pegó varios bandazos, pero el pájaro parecía estar anclado a la chapa.

—¿Piensas que voy a asustarme? —le gritó María al cuervo. Unas chispas doradas surgieron de la mirada de ella.

El cuervo la miró fijamente, abriendo su pico en lo que parecía ser una sonrisa macabra. Mostró entonces una hilera de dientes, para después pasar su lengua con detenimiento.

—No es tuyo —graznó el cuervo—, no es tuyo, no es tuyo…

—¿Qué quieres de nosotros? Déjanos en paz —giró la cabeza hacia el otro lado—. Haz algo, Keilan. Estamos rodeados de estos malditos pajarracos. Cada vez aparecen más.

Keilan apretó los dientes.

—¿Por qué no haces nada?

—Estoy intentando alcanzar la casa de Verónica. Allí estaremos a salvo. No se atreverán a posar sus garras en campo santo.

Comprendió que la única opción que le quedaba era hablar con Grunontal antes de continuar su camino hacia Madrid y no dudó en atravesar los escombros de la casa con la furgoneta. En el mismo instante en que las ruedas de atrás entraron en contacto con lo que quedaba de la casa de Verónica el cuervo alzó el vuelo y se posó en la entrada de lo que había sido la puerta.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó María sin dejar de mirar cómo los cuervos cubrían todo el perímetro de la casa.

—De momento quiero que te quedes dentro de la furgoneta.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Voy a enfrentarme a ellos, pero quiero que te quedes aquí. Es demasiado peligroso.

—No, voy a salir contigo. En estos estamos juntos.

Keilan se giró hacia ella y colocó las manos sobre sus hombros para tranquilizarla.

—Esto es algo que debo hacer yo solo. No es que dude de tus capacidades, pero sé cómo enfrentarme a estos cuervos.

María negó varias veces con la cabeza, pero él la miró con firmeza.

—Créeme si te digo que es mejor que te quedes aquí.

—¿Qué te pasará?

—Nada, María. Te aseguro que no me pasará nada, pero tienes que quedarte en la furgoneta.

—¿Tan seguro estás?

—Te prometo que en un rato estaré de vuelta y yo nunca rompo mis promesas.

—Está bien, confío en tu palabra, pero si en diez minutos no has aparecido voy a por ti.

Keilan se dejó llevar por el impulso de besarla, pero en el último momento se contuvo y solo rozó sus labios.

—Tranquila, sé qué debo hacer.

Tras una breve mirada, Keilan fue hasta la parte trasera de la furgoneta, sacó un bulto alargado envuelto en un trapo oscuro y después salió del vehículo. María quiso preguntar qué escondía el trapo, pero antes de abrir los labios él había cerrado la puerta de un portazo.

Traspasó por lo que en un tiempo fue la puerta de la entrada y volvió la vista atrás. María lo estaba observando. Cuando supo que estaba fuera del alcance de la mirada de ella, sacó su arco, colocando una flecha sobre la cuerda. Le demostraría a Grunontal que no se acobardaba tan fácilmente y estaba más que dispuesto a llevarse a varios de sus engendros. Entonces tensó la cuerda, apuntó y disparó una flecha al cuervo que los había atacado en primer lugar. La flecha le atravesó el corazón e inmediatamente después el pájaro se desintegró en el aire. Con el pulso firme siguió cargando su arco al tiempo que llegaba Yunil con unos cuantos ángeles.

Keilan corrió hacia un grupo de cuervos que estaban posados en una higuera. Desde atrás algo lo empujó y cayó de bruces al suelo. Escupió la suciedad que tenía en la boca y se levantó enseguida. Cogió aire y una bocanada de polvo se mezcló con el olor a carroña que desprendían los pájaros.

Cinco engendros llegaron desde su izquierda, pero antes de abalanzarse sobre él, alcanzó el hueco de la portezuela de un horno de leña y se deslizó por ella. Empujó con sus piernas la boca del horno para tener una mayor perspectiva.

Entonces se escuchó el sonido de un disparo.

—¡María! —gritó Keilan saliendo del horno y quitándose de encima a varios pájaros.

Desde donde estaba María no pudo vislumbrar una sombra oscura que surgía tras la figura de Yunil. Uno de los cuervos se transformó en una atractiva mujer de melena negra. Grunontal tenía una piel tan pálida como el hielo y unos ojos verdes penetrantes. Su boca marcaba una delgada línea siniestra.

—Al fin nos volvemos a encontrar, querido mío —repuso Grunontal.

—¿Este estúpido numerito tiene algún propósito? —repuso Keilan.

—Sí, y lo sabes muy bien. No quiero que olvides cuánto te amo.

—Permíteme que lo dude. Si yo jugara bajo tus leyes dejarías de amargarme la existencia, perdón, quería decir de amarme, y pasarías de mí.

Grunontal alzó una mano y lo miró con deseo.

—Aún no ha terminado el plazo —exclamó Keilan.

—Es cierto, pero ¿sabes que puedo hacer contigo lo que quiera?

Grunontal sonrió y avanzó unos pasos hasta llegar a Keilan. Rozó con la punta de su dedo el pecho de él.

—Pase lo que pase no me doblegaré a ti. —En su voz había una amenaza velada. Grunontal le dedicó una mirada, no de temor, pero sí de precaución—. Te aseguro que como vuelva a ver tu cara antes de una semana ese contrato que está en tu poder perderá validez. Yo estoy cumpliendo, pero no puedo decir lo mismo de ti.

—Pobre infeliz. Todavía no he acabado contigo, pero para cuando llegues al séptimo día desearás tragarte cada una de tus palabras.

—Antes que acabar en tus brazos prefiero la muerte. —Sacó una pequeña daga del interior de su pantalón. La hoja brilló a la luz del sol, aunque Grunontal permaneció impasible—. Lárgate de aquí antes de que mis hermanos acaben con tus cuervos. Estás pidiendo guerra y Larma todavía no ha abierto la boca.

Grunontal soltó una carcajada a la que se unieron los engendros que quedaban en pie.

—Esto no es más que un aperitivo de lo que te espera.

—Y yo volveré a alzar mis armas contra ti. No lo dudes. Estás a punto de rebasar los límites de mi paciencia para que abra la boca. No querrás que eso ocurra antes de tiempo, ¿verdad?

—Por esta vez ganas, pero no pienses que siempre va a ser así.

La figura de Grunontal se desvaneció en el aire.

María no había dejado de contar los segundos en el reloj que había en el salpicadero. ¿A qué había venido aquel beso robado? Había sido una caricia fugaz, cálida, pero la había pillado totalmente desprevenida.

Esperó con los nervios a flor de piel a que los diez minutos pasaran para preguntárselo. Contó cada segundo, escuchó cómo el tictac del segundero se le clavaba en la sien y se preguntó por qué estaba sentada en aquel asiento sin poder ayudarle. ¿Qué sentía realmente? ¿Se estaba enamorando sin darse cuenta? Negó varias veces con la cabeza, pero había algo en su interior que le quemaba como una hoguera. Aquello no era posible y se frotó las manos con nerviosismo. Se miró en el espejo del parasol. La imagen que vio reflejada no le gustó nada.

Tenía dos círculos oscuros bajo sus ojos. Se observó de arriba abajo y llegó a la conclusión de que su aspecto era deplorable, además de llevar la camisa desgarrada por algunos sitios, aunque afortunadamente tenía la chaqueta de Keilan para taparse un poco. Volvió a contemplarse en el espejo. Pensó que si nada de todo aquello hubiera ocurrido, a esas horas ya estaría en Madrid junto a su hermano y a su cuñada. ¿Era realmente lo que quería? ¿Por qué no llegaba? ¿Le habría pasado algo? En varias ocasiones estuvo tentada a salir de la furgoneta, pese a que le había prometido que no saldría. Cuando pasaron dos minutos del tiempo que le había dado a Keilan, la puerta de atrás se abrió. María creyó que el corazón se le saldría por la garganta.

Keilan la observó al tiempo que dejaba su arco en su sitio y alcanzaba el asiento del conductor para sentarse. Sintió que algo se despedazaba en su interior cuando María clavó sus ojos azules en él.

—¿Qué ha pasado?

—Podemos seguir nuestro camino.

—¿Así, sin más? ¿Qué pasa, Keilan? No entiendo nada y esto es de locos.

—¿Qué quieres que te diga? Los cuervos se han marchado. Ya nos podemos ir.

—¿Tiene algo que ver con la mujer que encontramos anoche en la gasolinera?

—Sí, pero por el momento pasará de nosotros.

—¡Qué fácil parece cuando lo dices tú!

—Bueno, esa mujer y yo tenemos un acuerdo. Yo no la molesto y ella no me molesta a mí.

—Eres un chico raro, Keilan, pero el caso es que me siento tranquila a tu lado —sonrió algo más calmada—. Jamás se me habría ocurrido viajar con alguien que acabo de conocer.

—Esta situación también es nueva para mí… —Tragó saliva, nervioso. Se giró e inmediatamente colocó sus manos sobre el volante—. ¿Te lo has pensado mejor y quieres volver a casa?

—Para nada, aunque tengo que llamar a Tito. Tiene que saber que estoy bien.

Keilan suspiró aliviado.

—Si lo deseas puedes usar mi móvil. Utiliza la función para que aparezca como número desconocido.

—Está bien. Utilizaré tu móvil.

Abrió la puerta de furgoneta y salió para hablar con su hermano. En cuanto Keilan escuchó que ella alzaba la voz fue a su encuentro. Estaba sentada en el borde del pozo y hablaba acaloradamente.

—… que no Tito, que no te voy a decir dónde estoy… —se llevaba una mano a la frente en señal de preocupación—, que te estoy diciendo que me encuentro bien. —Era interrumpida una y otra vez por los alaridos de su hermano—. Y yo te digo que no te preocupes por mí… Sí, ya sé que me ibas a ayudar, pero ahora… —Sintió la presencia de Keilan a su lado—. Mira Tito, mañana te llamaré. No te preocupes, me encuentro bien. No se te ocurra decirle nada a la abuela, por favor.

Colgó el teléfono, conteniendo las lágrimas. Se levantó como impulsada por un resorte y le preguntó a Keilan:

—¿Nos vamos ya? —dijo con voz queda y con lágrimas en los ojos.

—¿Adónde?

—Me da igual.

—¿Quieres que vayamos a Albacete? —Susurró muy cerca de su oído—. Allí podrías comprarte algo de ropa…

—Está bien —respondió estremeciéndose—, Albacete será un buen sitio, pero… yo quiero ir a Madrid… quiero estudiar, conocer París y quiero valerme por mí misma… y no sé qué hacer, Keilan…

—Tu avión no sale hasta el lunes. Todavía tenemos tiempo. No querrás ir de esta guisa a París, ¿verdad? Podemos acercarnos a Albacete y disfrutar de un día tranquilo. Lo que te propongo no es incompatible con ir a Madrid. Además, ¿qué día empiezan las clases?

Estoy seguro de que hasta últimos de mes no tienes que estar en París.

María se giró hacia Keilan buscando la respuesta que no encontraba.

—¿Qué deseas hacer, María? —preguntó con tranquilidad.

—No sé.

—Escucha, María —dijo sin alzar la voz—, cuando lo sepas, abriré la puerta de la furgoneta. Dime qué quieres que haga porque estoy a tu disposición. Mientras tanto, puedo esperar a que te decidas.

—Vale —murmuró conteniendo unas lágrimas y frunciendo los labios.

Keilan se sentó en el suelo y cruzó las piernas, aparentemente despreocupado, manteniendo la serenidad; aun así, no las tenía todas consigo.

—Sácame de aquí, por favor, Keilan. Llévame lejos de casa —rogó.

Keilan asintió.

—No quiero volver —dijo, cerrando los ojos.

Keilan deseaba tanto levantarse para poder abrazarla y consolarla que por unos instantes se perdió en ese pensamiento.

—¿Por qué no me hablas? —preguntó María girándose hacia él. Él se estremeció por unos instantes.

—Está bien —dijo al fin—. Te llevaré donde quieras.

—Sé lo que no deseo, Keilan, pero no puedo decirte más.

—Solo has de decirme qué deseas hacer, María. Estoy a tu servicio. Yo haré lo que tú quieras que haga.

—¿Tan claras tienes las cosas?

—Sí —dijo sin pensar—. Lo único claro que tengo en la vida es que no quiero estar sin ti, María. Todo lo demás no tiene importancia.

—¿Sin mí? ¿Por qué hablas así de mí si tú y yo apenas nos conocemos? —se sentó a su lado—. Tú vas en busca de esa chica.

—Sí, voy en busca de esa chica, aunque no es como tú piensas —carraspeó y enseguida se volvió hacia ella para cambiar de tema—. ¿Sabes leer la mano? A ver qué te dice mi pasado.

—Esto de leer la mano es más psicología que otra cosa, se dice lo que la gente quiere oír. ¡Es divertido! —exclamó. Parecía haber recuperado su buen humor.

Keilan estiró el brazo para que le leyera las líneas de su mano. Ella se quedó mirando los trazos que marcaban su vida. Tenía tres surcos bien diferenciados, cortados a la mitad y muy profundos. Los observó detenidamente. Hasta ese momento nunca había visto una mano como aquella.

—¡Esto es muy raro! Mira, esta línea me dice que tu vida ha estado dividida en tres partes, y ahora estás viviendo la última etapa.

—Le escrutaba con la mirada para saber si sus deducciones eran correctas. —Parece como que has estado enfermo —siguió diciendo— o has estado encerrado en algún lugar lejano y nadie ha sabido de ti, pero tampoco eres tan viejo para haber tenido una enfermedad tan grave; por lo tanto has estado encerrado, ¿en un monasterio, quizás?

—Sí, algo parecido. Hubo un tiempo en que estuve encerrado…

—Y esta línea de aquí —siguió explicando María—, me habla de un amor. Dejaste tu vida anterior por una chica, ¿verdad?

Keilan tragó saliva.

—¡Es una chica! ¿A que sí? A mí no me engañas. Además, ¡no has querido ni querrás a nadie como a ella! —exclamó—. Pero… vuestro amor fue interrumpido por alguien y ahora tratas de recuperarla.

Soltó la mano de Keilan, pues notaba cómo vibraba. Él se encogió de hombros y se giró.

—¿He dicho algo que te ha molestado? —preguntó María. Sacudió la cabeza, confuso.

—Entonces no entiendo qué pasa…

—Pasa que… —se giró de nuevo hacia ella, quien se encogió de hombros, pues no sabía qué pensar—. ¿Crees en la reencarnación? En otra vida yo viví una historia de amor con una chica, aunque no pudo ser. Yo he venido a esta vida para encontrarme con ella.

—¡Oh, Keilan…! —profirió tragando saliva—. ¿Y ya la has encontrado?

—Sí, pero ella no sabe todavía que la busco.

María se acercó y él bajó la cabeza. Se había perdido en la boca de María, en su contorno suave, esperando el beso que tanto deseaba, pero María se detuvo antes de que sus labios se rozaran. Le hubiera gustado que esa chica de la que hablaba fuera ella, pensaba confusa.

Pues no pienses que me vas a engañar con esos ojos tan… tan… Pero ¿por qué me miras así?, se decía aturdida, enloquecida por aquellos ojos negros que le hablaban de pasión. ¿Qué te he hecho yo para que me mires así? Para, por favor, porque, si no, voy a cometer una locura. Desvió la mirada. Keilan estuvo tentando de besarla, pero esta vez de verdad. Sintió un pellizco en su estómago. ¿Y si María le rechazaba otra vez? Ahora no podía arriesgarse a que se marchara. Solo quedaban seis días. Tenía que darle un poco más de tiempo.

—¿Nos vamos ya? —balbuceó Keilan.

Se levantó del suelo, se sacudió la tierra de sus pantalones vaqueros y le ofreció su mano; ella se la tomó asintiendo con la cabeza.

—Sí, vámonos antes de que se haga más tarde —dijo, volviéndose hacia él.

—Comeremos por el camino y ahora te aseguro que no sufriremos ningún contratiempo.

—¿Cuántos kilómetros hay para llegar a Albacete?

—Estamos muy cerca de Hellín —explicó Keilan evitando mirarla—, por lo tanto no creo que tardemos más de una hora.

Él la siguió hasta la furgoneta con la sensación de ser un cobarde, pero los años que había permanecido encerrado le hacían ser prudente.

¿Qué te ocurre, Keilan? —oyó decir en su mente. La voz de Yunil sonaba muy clara.

Y si María no me dice que me quiere, Yunil, ¿qué voy a hacer? —respondió mentalmente.

—¿Tan poco confías en ella? Eso es lo que pretende Grunontal. Tienes que tener paciencia.

—¿Más paciencia todavía? ¿Te parece poca la que he tenido? —masculló entre dientes.

—Sí, ya lo sé, sin embargo deberías confiar en el amor que María siente por ti. Se me está ocurriendo una idea… Escucha, Keilan, esta noche coge la carretera CM 332, dirección Casas de Juan Núñez, y desde allí te desvías hacia Alcalá del Júcar. Cuando llegues al pueblo, atraviésalo y dirígete hacia Tolosa. Una vez allí, ve a la última casa del pueblo sin pasar el puente. En Tolosa vive un viejo amigo nuestro. Esta noche será inolvidable, te lo aseguro. María caerá rendida a tus pies.

—¿Qué pasará allí?

—Cuando la encuentres, hazle el caso que se merece.

—Cuando encuentre, ¿a quién o a qué?

—A la hija de Milkaer. Te paso su número de teléfono.

—¿Yunil? ¿Dónde te has metido? —dijo Keilan girándose sobre sus talones.

Un murmullo le llegó desde muy lejos.

—Se llama Marta. Te gustará. Ya lo verás.

María abrió su ventanilla.

—¿A qué esperas?

—¿Eh…? A nada, María. Me había quedado pensando en las musarañas. Venga —dijo entrando en la furgoneta. Estaba de mejor humor. Sus ojos recobraron un brillo espectacular—, que nos vamos de compras. Vas a parecer un ángel.

—¿Acaso no lo soy? —musitó. Lo miró bajando lentamente las pestañas.

—Claro que lo eres, como yo. Seguro que has visto mi perfil en Facebook, porque si no, ¿cómo lo sabes…? ¿Cómo sabes que soy un ángel? —preguntó con sarcasmo.

—¿En Facebook? Para crear eventos y para colgar vídeos chorras prefiero Tuenti. Facebook siempre me ha parecido más serio. ¿Así que es ahí donde tengo que mirar para escarbar sobre tu vida? Nunca hubiera pensado que fuéramos ángeles —María le pegó un empujón de broma—. ¡Es una broma, Keilan!

Los ángeles no existe —respondió entre risas.

—¿Ah, no? —dijo, sacudiéndose la cabeza para volver a la realidad. Tenía que mantener sus ideas claras y no dejarse llevar por no abalanzarse sobre ella—. Ya sé que es una broma, pero te estaba siguiendo el juego. ¿Cómo van a existir los ángeles, María? —Meditó mientras ponía la furgoneta en marcha, tú y yo lo somos, pero ahora es difícil de explicar—. Es absurdo que aún sigamos creyendo en esas tonterías, como también es difícil de creer que alguien se pueda sentir atraído por un trozo de piedra o…

—¡No es lo mismo! Yo conozco una estatua de un ángel que no es normal… Sé que es diferente —replicó ella con la agilidad de un gato—. Con él, por ejemplo, puedo sentir cómo me habla, cómo me mira o cómo me sonríe. Sé que es difícil de entender, pero siento que me necesita, que me llama todos los días y que yo no puedo hacer otra cosa que no sea quererle… —se perdió en sus recuerdos—. Muchas veces me he dicho que no podía ser, que una estatua es solo un trozo de piedra, pero si lo conocieras te darías cuenta de que tiene algo especial —se mordió el labio—. Puedo percibir la calidez de sus labios fríos, incluso puedo sentir que sus mejillas se encienden cuando lo miro. Debes de pensar que estoy loca, pero sé que ese ángel tiene vida propia…

Claro que sí, María, claro que se me encendían las mejillas cuando te veía aparecer, y claro que te sonría cuando me mirabas, pensaba mientras María le hablaba del ángel.

—Ya, si alguien se puede identificar de esa manera con un trozo de mármol, ¿por qué no puede haber gente que crea en los ángeles?

—Pues yo pienso… —contestó con vehemencia—, yo pienso que te equivocas, porque si conocieras al ángel del cementerio me darías la razón.

—O sea, que la estatua es un ángel. Por lo tanto, los ángeles existen.— Sí, pero no. ¡Ay! No me entiendes, Keilan —repuso ella.

—¡Vale! —contestó con condescendencia, bajando el tono de su voz—. Déjalo ya. Ya me lo explicarás en otro momento.

Keilan conducía la furgoneta pensando en las palabras de ella. Muy pronto se las tendría que tragar, tendría que rendirse a la evidencia de que ellos eran ángeles desterrados, pero ángeles al fin y al cabo.

Después de casi una hora de viaje, María se había dormido y Keilan divisó a lo lejos Albacete. La tarde estaba despejada. Era un lugar perdido en la planicie de La Mancha, rodeado de tierra roja, fértil y sin polución. Se respiraba aire puro, a la vez que se sentía su calidez mientras llegaban a la ciudad. No era un lugar de edificios altos, sino que más bien el conjunto armonizaba con la llanura en la que estaba construido. El cielo era de un azul intenso, limpio, sin una nube en el horizonte, como los ojos de María cuando estaba contenta.

A la altura del cementerio y antes de entrar en la ciudad, Keilan la despertó suavemente.

—Ya estamos llegando.

—¿Ya…? —dijo desperezándose—. Me he dormido un poco. ¿Por qué me dejas dormir?

—Estabas cansada.

—¡No es verdad, no estaba cansada…! —Se desperezó y luego bostezó—. ¿Esto es Albacete? ¡Qué ciudad más pequeña! ¿A dónde vamos?

—Vamos a la zona comercial. Allí encontrarás algo que te guste…

—Pero… —dijo María tragando saliva—, no sé cómo voy a pagarte todo esto.

—¿Te he preguntado acaso cuándo me devolverás el dinero? Eso no me importa, de verdad, María, no te preocupes.

María volvió a reincorporar su asiento. Se giró hacia él con reservas.

—¿En qué trabajas, Keilan? —Tuvo un atisbo de duda—. ¿No serás un tipo de esos que engaña a las chicas, les hace creer que son las más maravillosas del mundo y luego las mete en un puticlub?

—¿De verdad piensas eso de mí? —Keilan frenó la furgoneta de golpe. La miró con dureza, con frialdad.

Sonó la bocina del coche que venía detrás. El conductor, al pasar por su lado, lo insultó y lo amenazó con el brazo. Keilan ni se inmutó, ajeno a lo que ocurría fuera de la furgoneta. La figura de María ocupaba toda su atención.

María se encogió en su asiento y se agarró fuertemente con las manos al cinturón de seguridad.

—Si piensas eso, ya puedes salir de la furgoneta.

María calló por unos segundos eternos, pero él no quiso dar marcha atrás a sus palabras. Podía perderla, sí, pero María tenía que tener claro que él la protegería con su vida si fuera necesario. Unas gotas de sudor rodaron por sus sienes. Se mantuvo firme, contendiendo la respiración. Ella pestañeó dos veces, se mojó los labios y después los frunció.

Sonrió ligeramente, pero él la miraba con severidad, era indócil a su mueca.

—¿De verdad piensas eso de mí? —volvió a repetir sin cambiar el gesto de su cara.

María bajó los párpados, avergonzada.

—No, Keilan, no pienso eso de ti, pero a veces no sé qué pensar. Nadie da todo lo que tú das por nada.

—¿Qué quieres que te diga, María? Estoy muy a gusto contigo. Llámalo como quieras, amor o simpatía, pero estoy a gusto contigo…

Entonces —dijo siguió con el mismo tono grave—, ¿qué haces? ¿Sigues conmigo?

—¡Qué remedio! No tengo dinero. —He vuelto a meter la pata. ¿Por qué no me quedaré callada?, pensó inmediatamente después.

Keilan hizo el amago de tragar saliva, pues tenía la garganta seca. Cerró los ojos. Aquellas palabras le habían golpeado el corazón bruscamente.

—No, no quería decir eso, he dicho una estupidez. En realidad me gusta estar contigo…

—No importa —trató de forzar una sonrisa que no aparecía en su rostro—, que no salgas corriendo y te vayas de mi lado es más que suficiente. Debe de ser mi encanto personal.

—Siento lo que te he dicho.

—Yo también siento que lo hayas dicho, pero espero que muy pronto cambies de opinión.

María notó su aliento cálido recorriendo su interior. Su corazón volvía a latir con fuerza.

—¿Cómo te lo podré pagar? —dijo con timidez.

—Confiando en mí.

—Lo intentaré, pero te advierto que me cuesta…

—Bueno, pero yo no soy como los demás —al fin dibujó una sonrisa triunfal, enarcando una ceja—. Yo soy distinto y si no busca en mi perfil de Facebook: Keilan, de profesión ángel, mánager de The Angels y especialista en socorrer a pelirrojas en apuros.

María soltó una carcajada.

—Yo no estoy en apuros.

—Bueno, entonces yo tampoco soy un ángel.

—Es que no lo eres.

Permaneció acurrucada en su asiento. Lo miró de reojo. Tenía un perfil curioso. Su nariz recta no desarmonizaba en absoluto con sus rasgos griegos y perfectos. Giró la cabeza cuando el semáforo se puso en rojo y se apartó un mechón que caía sobre su cara con la mano. Entonces María tuvo un flash que la llevó a otra época, a Florencia, a la habitación de una casa desde donde se veía el Ponte Vecchio. La estancia era una biblioteca enorme, una mesa de madera grande y oscura en el centro y dos asientos de piel. Una mujer mayor bordaba a su lado sin dejar de observar la lección que daba un apuesto joven, que tenía el mismo aspecto que Keilan. Hablaba de mitología griega.

—Vamos, Afrodita, la clase se ha acabado por hoy —dijo el profesor.

Asintió en aquella habitación extraña. El profesor se acercó hasta ella con prudencia para llevarla hasta el ventanal desde donde se contemplaba la cúpula de la catedral, recientemente terminada.

—Mira, aquí hay un sitio para aparcar —dijo Keilan sacándola de su ensoñación.

María pegó un bote en su asiento, aún sorprendida por el flashback.

—¿Vamos?

—¿Qué? —preguntó María mirando a su alrededor—. Sí, como tú quieras. Vamos a comprar.

—¿Te parece bien este centro comercial? —se giró hacia ella.

—Sí.

Keilan aparcó la furgoneta y bajó con las manos en los bolsillos.

—Vamos, Afrodita, el paseo se ha acabado por ahora.

Afrodita… ¿por qué me ha llamado así?

—¿Te ocurre algo? —Preguntó Keilan abriéndole la puerta.

—Nada, es que a veces tengo sensaciones raras.

—¿Cómo rememorar haber estado en otra época o cosas así? —Esperó a que asintiera con la cabeza—. Cuando lo recuerdes del todo igual te llevas una sorpresa.

—¿Tú crees?

—Por supuesto.