Capítulo 27
El interior aún no se había convertido en un infierno. El oscuro y tenebroso vestíbulo y los pasillos tenían el aspecto que recordaba, pero con una pequeña neblina de humo. El fuego debía de haberse originado en la planta superior del edificio. Empezó por la oficina del señor Chen, donde descubrió el saqueo a que había sido sometida. Recorrió con rapidez aquel desorden en busca de la caja de cigarros, pero pronto comprendió que era inútil. En lugar de dejarse llevar por la desesperación y la frustración, empezó a rebuscar frenéticamente por la habitación hasta que comprendió que no había tiempo para aquello. Debía comprobar si quedaba gente en el resto del edificio antes de preocuparse por unos documentos, por muy importantes que estos fueran. Se alegró de que en momentos como aquel prevaleciera en ella el sentido común.
En el primer piso el humo era mucho más denso. Se agachó, cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo. Decidió dejarlo para lo último. Si el incendio se había originado en la planta superior, tenía que empezar por allí mientras todavía le quedara tiempo. El tercer piso estaba totalmente cubierto de humo, por lo que tuvo que avanzar a cuatro patas. Maldijo su crinolina porque a cada movimiento le rascaba las rodillas. En las habitaciones frente a ella, el humo salía por las ventanas. Nada en la primera habitación. Nada en la segunda. Le picaban los ojos y le dolían los pulmones por culpa del humo. Hacía rato que había perdido el pañuelo.
Retrocedió hacia la parte posterior del edificio y se topó con una puerta cerrada por cuyas rendijas salía humo. Aunque el pomo estaba caliente, consiguió girarlo con los guantes puestos. Al abrir la puerta lentamente, se cubrió para evitar el golpe de calor y las llamas. Pero, en lugar de eso, casi se desploma al verse rodeada de un espeso humo gris. Esperó un minuto mientras tosía y lloraba, y volvió a entrar en la habitación. Como la mayor parte del humo había salido al pasillo, pudo distinguir en la estancia una figura postrada en el suelo. Olvidándose de los ojos llorosos y del dolor en las rodillas, se arrastró hasta el cuerpo.
James.
No estaba sorprendida. Todo aquel tiempo había sabido que algo como aquello podía suceder. A él. Estaba atado, tumbado con el rostro vuelto hacia la puerta. Se quitó un guante y le tocó la mejilla: estaba caliente. Podía sentir su pulso fuerte y estable en el cuello. Solo estaba inconsciente. ¿Pero cómo lo iba a arrastrar hasta el exterior? Pesaba mucho más que ella, unos 25 ó 30 kilos más.
Lo sacudió enérgicamente.
—¡James!
Nada.
Volvió a sacudirlo con más fuerza.
—¡Levántate! ¡James!
Todavía nada.
Le abofeteó una vez; dos veces.
Y, milagrosamente, empezó a pestañear.
—¡James! —dijo con voz ronca. No le salía la voz por culpa del humo—. ¡Despierta!
James abrió los párpados y le sonrió con dulzura, como si despertara de una siesta. Era la primera vez que distinguía tal ternura en sus ojos.
—Mary. —Su voz denotaba una ligera sorpresa—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Mary sonrió de oreja a oreja a pesar de sí misma.
—Es una larga historia.
Cuando James intentó moverse, pareció sorprenderse ante las cuerdas que le sujetaban los pies y las manos. Lentamente, fue recuperando la memoria y esbozó una mueca.
—Maldita sea —dijo mientras forcejeaba. Hizo una mueca de dolor—. Tienes que salir de aquí.
—Lo sé. El edificio está en llamas. —Una risa histérica pugnó por abandonar su garganta, pero se convirtió en tos—. Los dos vamos a salir de aquí.
James la miró fijamente; una mirada confusa, vaga, pero, pese a todo, familiar.
—Ni hablar. Escapa mientras puedas.
—James, ¿tienes un cuchillo?
—No.
Mary buscó con la mirada por toda la habitación: el camastro, la palangana, la pipa de agua.
—Tiene que haber algo punzante... con lo que pueda romper la ventana.
—¡Maldita sea! ¡Sal de aquí, Mary! —Le dio un ataque de tos y, cuando logró controlarla, le gritó—: Eres muy boba para ser una chica tan inteligente.
—Eso es lo más bonito que me has dicho nunca —le contestó ella, bromeando. Se arrastró por detrás del camastro hasta la ventana y, con un tono de voz muy distinto, exclamó:
—Oh, por Dios.
—¿Está vivo? —le preguntó James con voz ronca.
Se produjo una larga pausa.
—No. —Cuando regresó a su lado, su rostro tenía una expresión que era una mezcla de desesperación y perplejidad. Llevaba un objeto en la mano.
—Un cuchillo —le dijo a James con voz temblorosa—. Tenía una navaja en el bolsillo.
James se la quedó mirando un momento. Luego, cuando empezó a cortar las cuerdas que le ataban las muñecas, lo entendió de repente.
—Sabía que no sería rival para ella.
Era un cuchillo muy pequeño y las fibras de cáñamo eran duras y gruesas. Mary resoplaba con frustración mientras el cuchillo serraba una, dos y hasta tres veces.
—¿Mary? —James parecía mareado.
—¿Sí? —Gotas de agua salada le provocaban un escozor en los ojos. No se había dado cuenta de que estaba sudando.
—Fue la señora Thorold. Ella fue quien lo hizo. Trabajaba a espaldas de su marido, no con él.
—¿Qué?
—¡Es una pirata!
—¿Una pirata de verdad?.
—Bueno, no creo que tenga un loro y un parche en el ojo, ¡pero dirige una tripulación pirata!
—Así que todos aquellos barcos que se hundieron... los cargamentos de Thorold...
James asintió.
—Todo fue obra suya.
Mary suspiró y maldijo en voz baja.
—¿Qué sucede?
—Tú lo averiguaste primero.
James se puso a reír.
—Se lo sonsaqué con mi encanto.
—No debiste de ser tan encantador; te dejó aquí y te dio por muerto.
Finalmente, la cuerda cedió. Mientras James hacía muecas de dolor y flexionaba las muñecas, doloridas y ensangrentadas, Mary empezó con los tobillos. Parecían disponer de más tiempo del que cabría esperar. Pero, ¿y si el incendio se había propagado a las escaleras?
Por fin.
—Incorpórate —le ordenó Mary.
Aunque James se levantó con un gruñido, logró ponerse en pie lentamente, tras lo cual, le sonrió con arrogancia. Casi inmediatamente, se puso a temblar, las rodillas no aguantaron el peso y cayó al suelo con una maldición.
—¿Es por el humo?
—Un golpe, creo. —Le sonrió malhumorado.
Mary deslizó un brazo por su cintura y se pasó el de él por encima de los hombros.
—Venga, adelante. —Se preparó para salir y se puso en pie, cargando con parte de su peso. James colaboró pero seguía apoyándose en los hombros de ella.
Miró el cuerpo de Chen.
—¿Qué hacemos con...?
—Parece que el fuego ha remitido, pero no quiero perder ni un minuto más.
Salieron de la habitación, cojeando y tropezando a cada paso. El calor parecía menos intenso, pero ambos tenían el rostro empapado en sudor: James a causa del dolor y Mary por el esfuerzo que debía realizar para sostenerle. El humo se estaba acumulando en el pasillo y ambos empezaron a toser sin remedio.
Mary no podía respirar y hablar al mismo tiempo. Confió en que siguiera consciente. Al pie de las escaleras, le abofeteó en la cara suavemente.
—Abajo —le ordenó.
Como respuesta, James se limitó a aferrarse con más fuerza a sus hombros. En el primer rellano, el humo se había despejado un poco y Mary alzó la vista para mirarle. Tenía la cara cubierta de hollín. Su cara debía de tener el mismo aspecto. ¿Cómo la había reconocido?
Se dirigieron hacia el rellano de la primera planta y James se agachó al pasar bajo del marco de la escalera, haciéndoles perder de nuevo el equilibrio. Se tambalearon y acabaron contra la pared.
—Mary.
—¿Qué?
James se inclinó y la besó.
Mary abrió los ojos de par en par.
—¿A... a qué ha venido eso?
Por toda respuesta, James la besó de nuevo.
Casi sin respiración, Mary lo apartó de un empujón.
—Realmente, debes de haberte dado un buen golpe.
—Estoy perfectamente consciente.
—¡Si ni siquiera te gusto!
Empezaron a bajar las escaleras de nuevo.
—¿Esa es tu principal objeción?
—Es una bastante buena.
—Bueno, pues resulta que sí que me gustas.
—¿Y me pediste que me marchara? Tienes una extraña manera de demostrarlo.
Se detuvo de nuevo.
—Por el amor de Dios —dijo James, exasperado—. Trataba de protegerte. Inútilmente, por lo que parece. —Aquello fue lo más parecido a James que había dicho hasta el momento, y por esa misma razón se puso todavía más nerviosa.
—¿Nos centramos en abandonar el edificio en llamas? —le dijo.
Descendieron los peldaños que les quedaban y salieron por la puerta principal, desaliñados y apestando a humo. Se derrumbaron junto a la farola más cercana, apoyándose en ella para conservar la posición vertical, dando bocanadas de un aire que en otras circunstancias les habría parecido terriblemente hediondo.
Tras un rato —Mary no sabría decir cuánto—, echó una mirada a su alrededor. Había algo diferente, aunque sus aturdidos sentidos no fueron capaces de precisar el qué. La calle, los edificios, la relativa quietud de un domingo por la tarde... y entonces se dio cuenta. La multitud, aunque había sido un grupo reducido, se había esfumado. Solo quedaba una persona, observándoles con un cierto interés.
Intentó hablar, pero no le salían las palabras. Se aclaró la garganta y volvió a intentarlo.
—¿Dónde están todos? —Su voz sonaba ronca como la bocina que anuncia la niebla, dos octavos por debajo de su timbre habitual.
La chica descalza esbozó una media sonrisa.
—Necios sedientos de sangre; solo les interesa la total destrucción.
Mary alzó la mirada hacia el hogar de los lascars. Las ventanas seguían escupiendo humo.
—¿Una casa en llamas no es suficiente?
—¿No lo sabías? Creía que esa era la razón por la que entraste.
Mary negó con la cabeza, totalmente confundida.
—¿Qué quieres decir?
La chica, o más bien, la mujer, volvió a esbozar una amplia sonrisa. A la luz crepuscular era mayor de lo que aparentaba a primera vista y tenía algunos dientes negros, ¿o eran agujeros?
—El fuego se ha extinguido solo. —Ante el ceño fruncido de Mary, suspiró y se reclinó hacia adelante—. La casa. Es demasiado húmeda para quemarse, querida. ¿Cómo si no crees que pudiste salir con vida?