Capítulo 12

—¿Sale a dar un paseo, señorita Thorold?

Angélica se sobresaltó y se le cayeron los guantes sobre la alfombra del vestíbulo.

—¡Señorita Quinn! ¡Me ha asustado! —Llevaba un sombrero pasado de moda que le tapaba casi toda la cara, pero, por lo poco que podía ver, parecía estar profundamente sonrojada.

—Hace un día muy caluroso —observó Mary, al ver que no obtenía respuesta—. No muy adecuado para un paseo. —No exageraba. El aire era denso agobiante, incluso en el jardín, y la intensa humedad y el cielo encapotado auguraban una feroz tormenta.

—No es para tanto —se apresuró a contestar Angélica—. Pensé que podría salir un rato. —Menuda tontería. La chica no caminaba nunca si la podían llevar en carruaje y, además, no hacía ni un cuarto de hora que la señora Thorold había salido en él.

—¿Puedo acompañarla? —Le preguntó Mary—. Su energía hace que me sienta avergonzada. Y, a veces, siento que no me ocupo lo suficiente de usted.

—¡No! —El rostro de Angélica de mudó de repente—. Emm... esto, sé que le gusta dar largos paseos y yo voy a ir bastante despacio...

—Oh, a mí también me gusta caminar despacio —le aseguró Mary. Era una tentación demasiado grande—. Discúlpeme por sugerirlo pero, ¿está segura de que es correcto que salga sola?

Angélica empezó a balbucear sin remedio.

Mary observó su parálisis durante unos instantes y luego sintió lástima por la chica.

—No creo que sea muy perjudicial... —decidió con calma—. No quiero hacerme pesada, señorita Thorold, pero quizás iré a dar un paseo yo sola. ¿Quiere que le haga algún recado?

Si Angélica Thorold hubiera sido capaz de sentirse agradecida, lo hubiera mostrado en su rostro. Como lo era, su expresión se iluminó y dijo:

—¡Oh! Hoy no, gracias, señorita Quinn. —Se dirigió rápidamente hacia la puerta de entrada. Entonces, con una mano en el pomo, se dio la vuelta y le dijo a Mary—: Mmm... ¿señorita Quinn?

—¿Si, señorita Thorold?

—Ya que las dos vamos a dar un paseo... si mamá preguntara... ¿podríamos hacerle creer que fuimos juntas?

—¿Qué daño podría haber?

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Angélica durante un momento fugaz. Mary le dio a la chica dos minutos de ventaja y luego salió sigilosamente tras ella. Había mentido, naturalmente: Angélica caminaba bastante rápido, de modo que había hecho bien en darle solo dos minutos de ventaja. Era simplemente un pequeño punto de color en la distante acera, identificable tan solo por el distintivo color azul de su vestido.

No importaba. Mary acortó la ventaja en unas cincuenta yardas. Era primera hora de la tarde y las calles de Chelsea estaban abarrotadas de caballos y carruajes, repartidores, fruteros, jóvenes vendedoras de flores, cerilleras, perros y otras formas de vida.

Las dos mujeres se dirigían hacia el noreste, en dirección a Sloane Square. Sorprendentemente, Angélica llamaba poco la atención teniendo en cuenta su caro vestido y el secretismo. Mary lo agradeció. Le resultaría imposible ver como Angélica se metía en problemas sin intervenir. En la esquina de Sloane Square, Angélica se detuvo bruscamente. El hombre tras ella casi volcó la carreta en un intento por no chocar y gruñó a la joven por haberse detenido tan repentinamente. Por la intensidad con la que estaba escudriñando la plaza, Angélica apenas pareció prestarle atención.

Mary se situó en un lugar discreto detrás de un par de chicas que vendían flores y que cotilleaban en voz en grito con una señora que limpiaba. No tuvo que esperar mucho. Un minuto después, un caballero delgado y rubio le tocó el codo a Angélica, sobresaltándola. Una sonrisita se dibujó en los labios de Mary: Michael Gray. La sonrisa desapareció un instante después, cuando Michael llamó a un carruaje y ayudó a Angélica a subir a él.

Debido al tráfico, Mary pudo seguirles la pista a pie fácilmente. Ojalá hubiera podido escuchar su conversación. ¿Ofrecía el vehículo suficientemente privacidad a Michael o se dirigían a algún lugar en concreto? ¿De qué demonios estarían hablando? Si aquello fuera una novela, estarían secreta, desesperadamente enamorados. Iría en contra de todas las normas, claro, puesto que Michael era pobre y Angélica estaba casi comprometida con George Easton. Pero aquello explicaría los celos de Angélica por el flirteo de Michael con su acompañante. Quizás ahora estaban planeando cómo contarles al señor y la señora Thorold su romance. Era un escenario posible, aunque quizás un tanto melodramático...

Sin embargo... Mary parpadeó y casi cayó de bruces al ocurrírsele una segunda posibilidad: ¡Ambos estaban involucrados en los negocios ilegales de Thorold! No importaba quién dirigía a quién. Aquello también tenía sentido. Michael le facilitaba a Angélica información confidencial sobre la contabilidad; y ahora debían modificar los planes a causa de los preparativos para las vacaciones en Brighton; además, mantenían una fría distancia social entre la familia, para prevenir cualquier tipo de sospecha. ¿Y quién mejor que Angélica para llevar a cabo un negocio financiero poco probable? El Principio de Scrimshaw en acción: nadie prestaba atención a las mujeres, especialmente a las mujeres que ocupaban una posición subordinada. Michael resultaba automáticamente sospechoso, al ser la mano derecha de Thorold. La señora Thorold, tanto si estaba realmente enferma como si era una astuta mujer adúltera, no estaba interesada lo más mínimo en la familia. Pero Angélica era perfecta: la rica y ociosa hija de un empresario que no tenía nada en particular que hacer y que disponía de todo el tiempo del mundo para hacerlo. Su perfidia, como evidenciaban las heridas en la mano izquierda de Mary, parecían totalmente lógicas a la luz de las evidencias. Como Mary se reprobó a sí misma, en tanto miembro de la Agencia, ella era la última persona que debía infravalorar las capacidades de una mujer. Fue una larga conversación. Mary siguió al carruaje en su ruta sin rumbo fijo por el barrio de Kensington y sus Jardines. Barajó la posibilidad de hacer algo drástico: «¡Vaya! ¡Hola, señorita Thorold! ¡Señor Gray! ¡Qué casualidad que nos hayamos encontrado, ustedes, juntos, y yo en Rotten Row!» Pero, finalmente, desistió. Necesitaba más información antes de actuar.

Tres cuartos de hora después, el vehículo se detuvo. Michael bajó de un salto, pagó al cochero y le dio algunas instrucciones. El vehículo se puso en marcha, probablemente hacia Cheyne Walk. Michael se dirigió hacia el este llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y, por su postura, todo parecía indicar que estaba satisfecho con el resultado de la charla que habían mantenido. ¿Valía la pena seguirle? ¿Y si se dirigía a algún otro lugar antes de regresar a la oficina de contabilidad?

Le siguió hasta St James’s donde, de repente, consultó su reloj, lo guardó rápido y aceleró el paso en dirección sur. Mary se relajó. Su encuentro con Angélica había resultado más largo del esperado y ahora tenía que regresar a las oficinas de Thorold. Era todo un alivio dejar de prestar atención a un objetivo. Suspiró feliz, miró a su alrededor y se percató que la miasma que en Chelsea tenía la consistencia de la sopa y que se aferraba con tanta tenacidad a los edificios, en el parque se disolvía. Era un buen augurio.

Debió de ser un encuentro satisfactorio: durante el resto del día, Angélica flotó por la casa en una nube de buen humor, interpretando piezas de Mozart y canturreando embelesadamente. Desde luego, se trataba de un cambio significativo respecto a su habitual malhumor y a sus ataques de nervios.

La familia acababa de cenar cuando el señor Thorold se aclaró la garganta.

—Queridas mías, tengo algo que comunicaros.

Las damas dejaron sus cucharitas de postre y Michael bebió un sorbo de vino.

—La ciudad resulta muy desagradable en estos momentos —empezó Thorold—. Estoy muy preocupado sobre los efectos que el calor y el miasma pueden tener en vuestra salud. —Hizo una pausa para mirar con rostro de preocupación a la señora Thorold—. Lo he preparado todo para que podáis trasladaros a Brighton, donde el aire es más puro. Partiréis el sábado y permaneceréis allí todo el verano.

Su anuncio fue acogido con un perfecto silencioso. Angélica, a quien Mary observaba a través de sus pestañas, fingió bastante bien la sorpresa. Sus ojos recorrieron la mesa y presionó la mano contra su cuello. A la cabeza de la mesa, los labios de la señora Thorold dibujaron una línea muy fina. La mirada que le dirigió a su marido era oscura, teñida por el reproche, incluso molesta.

—Esto es muy repentino, papá —Angélica se aclaró la garganta—. ¿Qué vamos a hacer en Brighton todo el verano?

—Bueno, os vais de vacaciones, naturalmente —parpadeó Thorold—. La casa está situada en un lugar encantador, muy conveniente para la costa. —El ambiente general empezó a hacerse palpable en su conciencia y frunció ligeramente el ceño a Angélica—. Bueno, creía que te complacería, querida. Pensaba que te habías divertido en Brighton el año pasado.

Angélica suspiró profundamente, como si se estuviera armando de paciencia.

—Y me divertí, papá. Pero aquello fueron solo dos semanas. Y, de todas formas, son unas noticias un tanto inesperadas. He de reorganizar todas mis clases de música y los compromisos sociales si de verdad vamos a partir pasado mañana.

Frustrado, Thorold miró al otro lado de la mesa, hacia su mujer. Pero su boca dibujó un gesto de abatimiento ante su expresión:

—Dios mío, ¿mis buenas noticias tampoco lo son para usted, señora Thorold?

La señora Thorold suspiró y empezó a exponer un largo y tedioso informe sobre su salud.

Mary se apoyó en su asiento, con la vista centrada en Angélica. La chica no estaba sorprendida. De hecho, miraba a su madre con divertida expectación. ¿Había encontrado en su madre a una aliada para quedarse en la ciudad? ¿Cómo había conseguido manipular a la anciana señora sin que se le notaran sus propios intereses?

Mary recordó de repente las insinuaciones del cochero de aquella mañana, unas sugerencias que no había tenido oportunidad de indagar más a fondo. Si Brown estaba en lo cierto, el deseo de la señora Thorold de permanecer en Londres era muy personal. Quizás Angélica no había convencido a su madre, después de todo. Además, ello ofrecía una nueva interpretación a la ansiedad de Thorold por alejar a la familia de la ciudad... ¿Tal vez apartar a su mujer de una desvergonzada relación? De pronto, parecía razonable y urgente.

Y si se trataba verdaderamente de aquello, si la señora Thorold estaba teniendo una aventura extramarital, ¡su papel de enferma tenía que ser una farsa! ¿Cómo podía tener la suficiente energía para la pasión y el engaño y carecer del vigor necesario para los demás aspectos de la vida doméstica? Los dedos de Mary se aferraron al pie de su copa de vino. Un gran engaño... mayor del que había imaginado y, a su manera, quizás hasta más extenso que los negocios sucios del señor Thorold. Después de todo, si una mujer podía engañar a su marido, a su hija y al servicio doméstico sobre su salud, sus habilidades, su carácter... desde luego, se trataba de una mujer de carácter.

Mary se dio cuenta de que corría el peligro de partir la frágil copa de vino. Hizo un esfuerzo por volver a centrarse en la voz de la señora Thorold.

—Me resultará imposible encontrar un médico de la calidad del señor Abernethy en Brighton. Es sencillamente imposible. Lo mismo ocurre con el señor Bath-Oliver, mi especialista craneal, el mejor en Europa en ese campo. Además, el...

A medida que la melancólica lista se hacía más larga, Mary miró a Michael, quien inmediatamente apartó la vista de Angélica.

—Muy bien, señora Thorold, muy bien. —Finalmente, Thorold se había impacientado—. Lo entiendo. Sigo deseando que salgáis de la ciudad. El endiablado hedor del Támesis se está haciendo absolutamente intolerable. —Hizo una pausa—. Pero si tu salud va a verse comprometida por ser obligada a distanciarte del cuidado de tus médicos... Por supuesto, si cree que el riesgo de viajar es mayor que el de quedarse...

Los ojos de la señora Thorold brillaron con un breve destello de acero latente. Sin embargo, al hablar, su voz sonaba apagada.

—Sí, esposo mío.

El señor Thorold suspiró y cerró los ojos. Tras un minuto de espera, habló con voz afectada.

—Eso nos deja con una decisión que tomar. De todos modos, me quedaré con la casa de Brighton; me sentiré más cómodo sabiendo que hay un lugar al que pueda acudir, si la atmósfera aquí empeora aún más. Aun así, puedes escoger, Angélica, si prefieres quedarte en la ciudad con tu madre o ir a Brighton con la señorita Quinn como acompañante.

El señor Thorold miró impotente a su hija. Michael volvió a mirarla. Mary también la observaba, como la señora Thorold.

Angélica se percató de la importancia del momento y dejó que este se alargara durante unos segundos, regocijándose en su parcela de poder. Finalmente, sonrió a Thorold.

—Papá, eres el padre más amable y generoso que existe, pero realmente creo que debería quedarme aquí con mamá. Por supuesto, si el aire se enrarece todavía más, ¿vendríais tú y el señor Gray con nosotras a Brighton? No estaría bien que nosotras nos trasladáramos donde el aire es más puro, mientras vosotros permanecéis aquí en peligro.

Fue una actuación esplendida: modesta, dulce y obediente, como correspondía a una hija modélica. Si Mary no hubiera sabido lo que sabía, se habría sentido tentada a pensar bien de Angélica por primera vez desde que se conocían. No le quedó más remedio que admirar la actuación de la joven. No había dirigido a Michael ni la más sutil de las miradas.