Capítulo 3
Sábado, 8 de mayo
A medianoche ya habían llegado todos los invitados de los Thorold, seguidos de sus sirvientes y de las doncellas de las damas. Debido al mal tiempo, se abstuvieron de utilizar el toldo en los jardines bellamente iluminados aunque malolientes, de modo que la casa estaba abarrotada. A pesar de los sirvientes de más que habían sido dispuestos con grandes abanicos en las esquinas de cada una de las habitaciones, el aire seguía estando estancado y enrarecido. Los ramos de flores de invernadero distribuidos por la habitación parecían mustios, como los sirvientes.
Pero si no se tenía en cuenta el calor, aquella era una hermosa reunión. Docenas de velas de cera se combinaban con las luces de gas para iluminar la sala como si fuera el mediodía. Las jóvenes damas lucían vaporosos vestidos blancos, ricamente adornados con lazos y flores. Las mujeres de más edad y las casadas resplandecían con más colores, pero para todas era un momento en el que destellar con esplendorosas joyas en el pecho. Los caballeros contrastaban visiblemente al ir vestidos de etiqueta, con chaqueta negra y corbata blanca.
Mary, observando la multitud ebria que reía, charlaba y flirteaba, no podía creer que el lujo que ostentaban estuviera cimentado en barcos de madera y espaldas de marineros mercantes. El comercio internacional y el trabajo peligroso no tenían lugar allí, excepto como invisible y desconocida fuente de riqueza.
Una feroz impaciencia le provocó un nudo en el estómago. Hacía cuatro días que vivía con los Thorold. Cuatro días en los que había hecho compañía a Angélica. Cuatro días en los que había tenido que aguantar comentarios hostiles y aparentar que no percibía sus muecas de enfado. Cuatro días atrapada en aquella casa oscura y sin aire mientras la señora Thorold salía en su carruaje cada tarde. ¿Y por qué? Lo único que había oído era lo que todo el mundo sabía. Por ejemplo, Thorold no tenía un heredero claro. Su único hijo, Henry Jr., el chico con aspecto enfermizo del retrato, había muerto varios años atrás, dejando la ambiciosa empresa de Thorold e Hijo en un más que discreta Thorold & Co. Y el mes pasado habían despedido a la camarera por «comportamiento inmoral». En aquel momento estaba embarazada de seis meses y en la cocina se rumoreaba que el padre de la criatura era el señor Thorold.
Cada vez quedaba más claro que Thorold y Gray jamás hablaban de negocios en casa, al menos, no ante las mujeres. Y quedaba tan poco tiempo: Anne y Felicity esperaban que su misión acabara en poco más de una semana. No le iban a enviar más instrucciones ni más información, lo cual significaba que no tenían noticias, al menos, nada que le concerniera a ella. No había conectado con la agente principal, lo que significaba que su ayuda no era necesaria. No tenía que comunicarse ni con la agente principal ni con la Agencia a menos que supiera algo más concreto. Y, para completar el círculo, el único modo mediante el cual podía descubrir algo sería tratar de buscar alguna evidencia de contrabando, por ejemplo. Y, evidentemente, sería mucho más interesante que tener que llevar vestidos que pican y traer frutas heladas a matronas maleducadas.
No lo haría. Cumpliría con las instrucciones al pie de la letra.
Y sin embargo... ¿qué mal había en ello? Después de todo, solo quedaban nueve días para cerrar el caso.
No sabía por dónde empezar.
Oh, sí que lo sabía.
La fiesta estaba en su punto culminante. Nadie la echaría de menos un cuarto de hora. Se deslizó tras un grupo de hombres junto a la entrada del salón. Con el vestido que llevaba, una modesta prenda de color gris, la mayoría de los invitados ni siquiera la verían. A excepción de...
—¿Dónde está el fuego? —Una camisa blanca, un tanto arrugada a causa del calor, apareció de repente frente a ella.
Alzó la vista y se topó con los ojos de Michael. Unos ojos verdes.
—¿Disculpe? —dijo asombrada y sin aliento.
—Has estado correteando de un lado a otro toda la noche. ¿A quién estás evitando?
—No conozco a nadie a quien evitar —y se echó a reír.
—Me conoces a mí.
—Supongo que sí, un poco —dijo, un tanto sorprendida.
—«Un poco» —le contestó él esgrimiendo una mueca cómica—. Qué humilde. Llevo esperándote toda la noche.
¿Estaba flirteando con ella? No, seguro que no. ¿Y cómo se flirteaba? Siempre y cuando una quisiera flirtear...
—¿No sabes qué decir? —Parecía divertirse con la confusión que se reflejaba en su rostro.
—Sospecho que eres tú quien trata de dejarme sin nada que decir.
—Posiblemente. Pero también me gustaría intentar conversar con usted. ¿Me concedería el siguiente baile? —Era muy guapo cuando sonreía de aquel modo.
—Oh, no podría...
—No me diga que su tarjeta de baile está llena...
—Naturalmente que no. —Ni tan siquiera tenía una—. Pero no debería bailar.
—¿Está prohibido? —Parecía divertirse.
—Claro que no. Solo que... yo no... —Mary gesticulaba desesperada.
Michael la observó de arriba abajo, admirándola.
—Parece estar bien equipada para el baile. Dos brazos, dos píes... eso, por lo menos, es lo que puedo ver.
—Lo está haciendo difícil a propósito. —No pudo evitar reírse de lo que le decía—. Quiero decir que no soy una de las jóvenes damas. Debería bailar con... otra persona.
—No soy un soltero idóneo. Es prácticamente su responsabilidad bailar conmigo, ya sabe.
—Al contrario... parece ser que hay escasez de caballeros, sería mejor que se lo pidiera a una de las jovencitas. No creo que sea peligroso en absoluto.
—¡Pero bueno, Gray! —exclamó uno de los hombres junto a la puerta.
—Voy —contestó Gray—. Esta conversación no ha acabado —le advirtió con una sonrisa—. Estaré esperando ese baile.
Dirigiéndole una mirada descarada mientras pasaba por su lado, Mary le contestó:
—Puede esperar todo lo que quiera. —Y al doblar la esquina, se escabulló en el corredor con una sonrisa en los labios. Tal vez flirtear no fuera tan difícil como ella creía.
Tanto el nivel de ruido como la temperatura descendieron unos grados a medida que se acercaba a la parte trasera de la casa. La única habitación que había al final de aquel pasillo desierto era el despacho de Thorold. Los criados se encontraban abajo, produciendo sin parar bebidas heladas, comida y abriendo botellas de champán.
Mary probó el pomo de la puerta. Cerrado, por supuesto. Se extrajo una gruesa aguja de pelo del moño y lo dobló con destreza. Abrir cerraduras siempre había sido una de las partes favoritas de su trabajo; estar atenta por si aparecían intrusos mientras al mismo tiempo prestaba atención a las piezas de la cerradura requería una inmensa concentración. Durante las sesiones de entrenamiento en la Agencia, el mes anterior, se había sentido agradablemente sorprendida al descubrir que lo recordaba todo. Tal vez no era tan sorprenderte que las habilidades que había adquirido cuando era una joven ladrona siguieran allí, mientras se esforzaba por adquirir las nuevas, como el desciframiento de códigos. Sin embargo, ya no tenía los nervios habituados a la presión después de todos aquellos años de respetabilidad propios de una dama, por lo que le temblaban las manos de modo alarmante. Se detuvo y se obligó a respirar e inspirar cinco veces. Si no se calmaba, lo único que lograría sería arañar la cerradura, perder la aguja de pelo y tener que regresar al salón con las manos vacías. Aquello resultó ser una idea con efectos calmantes que la ayudó a que dejaran de temblarle los dedos.
Su segundo intento fue mucho mejor. Casi de inmediato, pudo sentir el interior del mecanismo, visualizando la cruz y escuadra del mismo dando vueltas. Unas risas procedentes del final del pasillo la paralizaron, pero no apareció la fuente que los originaba, de modo que continuó con su trabajo. La siguiente palanca se asentó en su lugar y Mary sonrió satisfecha.
El pomo de la puerta estaba bien engrasado. Un rápido vistazo le confirmó que la habitación estaba vacía, así que se deslizó al interior, cerrando la puerta suavemente tras ella. Las pesadas cortinas de terciopelo estaban abiertas, iluminando a medias la habitación con una mezcla de la luz de la luna y de la que desaprendían las antorchas del jardín. No iba a necesitar la vela que llevaba en el bolsillo.
Por fin se dio la vuelta para examinar la habitación. A su derecha se encontraba la mesa de Thorold: cuadrada, enorme y completamente despejada. Tras la mesa había un par de armarios clasificadores, un mueble alto y una mesita para las bebidas junto a varias botellas llenas y un conjunto de vasos. A su izquierda había una serie de estanterías con puertas llenas de libros encuadernados en piel y con lomos ribeteados con oro. Las ventanas daban a la parte trasera.
Frunció el cejo y se mordió el labio. No debía esperar un descubrimiento milagroso. De hecho, se dijo a sí misma con firmeza, era más que probable que Thorold guardara todos los documentos relacionados con sus negocios en los almacenes. Pero había de empezar por aquí para poder descartar lo obvio.
Empezó por su izquierda, con las estanterías. Habían pasado el polvo recientemente, así que no había forma de determinar si algunos volúmenes se utilizaban con mayor frecuencia que otros. De hecho, aunque algunos nombres eran venerables, como Milton, Shakespeare o Johnson, parecían nuevos. Tomó un volumen de los sermones de Donne y sonrió para sí: las páginas estaban por cortar. Quedaba claro que aquella biblioteca no servía más que para aparentar. Las filas y filas de libros eran todas idénticas: inmaculadas, respetables, intocables.
Hasta que... en cuanto abrió la puerta de la última estantería, la que estaba más cerca de las ventanas, supo que había algo diferente. El agradable olor a cuero nuevo y a papel dio paso al polvo y a... ¿humo de puro? Recorrió con la mirada las hileras de libros y empezó a comprender que, a pesar de la elegante encuadernación, se trataba de un tipo de libro muy distinto: Las posturas de Aretina, La casa de la vara, Fanny Hill. Escogió uno con el aspecto más usado y lo abrió: un nudo de cuerpos desnudos, algunos blancos y rosas, otros de piel marrón... unos sonriendo, otros...
Mary cerró el libro de golpe, aturdida. No era una ingenua. Al haber crecido en las calles, ya había visto dibujos obscenos. Pero jamás había visto algo semejante. Las mujeres que aparecían en aquellas ilustraciones eran esclavas africanas y, los hombres de piel blanca, sus amos.
Luchó contra la náusea que aquellas escenas le habían provocado. Devolvió el libro a su sitio. Tragó el regusto a bilis que le había quedado en la boca. Necesitaba abrir las ventanas y llenar los pulmones de aire nocturno. Aunque asqueroso, no podía ser peor que lo que acababa de ver...
En lugar de eso, se propinó una sacudida mental. Hacer de señorita delicada no era una opción. Estaba aquí para recabar información. Mary cerró con fuerza la puerta de la estantería y se dio la vuelta para inspeccionar el resto de la habitación. El cerrojo del primer archivador era muy simple. Con un par de vueltas de la aguja de cabello, logró abrirlo y volvió a sentir aquella emoción mientras tiraba del cajón de la parte superior. Se abrió sin hacer ruido, revelando hileras de clasificadores pulcramente ordenados, cada uno de ellos etiquetados por año y tema. 1836: Las Américas; 1836: Bermuda y las Indias Occidentales—, 1836: India.
¿Qué era aquel ruido? Mary miró a su alrededor. Había oído algo... pero, cuando aguzó los oídos, solo pudo percibir las voces distantes de los invitados, amenizadas por el estruendo de las risas.
Volvió a centrar su atención en el archivador. No tardó en darse cuenta de que los documentos eran viejos y que acababan en el año 1845. El segundo archivador contenía documentos de 1846 a 1855, pero no había nada más reciente. Mary se mordió el labio. La documentación activa tenía que estar en otro lugar. Echó un vistazo a otros documentos al azar para asegurarse, pero parecía que estaba todo en orden: archivados según el número y a fecha que indicaban los clasificadores, sin grandes ausencias ni otras irregularidades. Parecía que tendría que inspeccionar el almacén.
Otra vez aquel ruido, como si alguien estuviera rascando algo. Se detuvo a escuchar. De nuevo, nada más que el rumor procedente de la fiesta.
De pronto, algo, unos pasos deslizándose por el pasillo y acercándose. Cerró la puerta del armario (no le daba tiempo a cerrarlo con llave) y miró a su alrededor. Pensó por un momento en esconderse debajo de la mesa, pero, a medida que se aproximaban los pasos, cambió de idea. El armario ropero estaba cerca y, gracias a Dios, ¡abierto! Se metió dentro, dando gracias a la estrecha crinolina que le permitía tal libertad de movimientos. Cerró la puerta tras de sí justo en el momento en que oyó como el pomo de la puerta emitía un sonido y giraba.
Durante unos segundos, Mary no pudo oír nada por culpa de los violentos latidos de su corazón. Intentó respirar lentamente una vez. Otra vez. Retomó la calma a la tercera y parpadeó en la cálida oscuridad del armario. La mejilla rozó contra una prenda de lana, ¿un abrigo?, y olió algo parecido a la mezcla de tabaco y colonia de hombre que impregnaba las estanterías.
Tenía la boca seca. ¿Qué era ese ruido en la habitación? Oh, ¿por qué no había cerrado con llave la puerta? Impaciente, se reprochó a sí misma.
Poco a poco, se percató de otro sonido, tan insignificante que al principio creyó que lo había soñado. Sonaba casi como... una respiración calmada. Sí, una respiración. Y no precisamente la suya. Y estaba... ¿detrás de ella?
Absurdo.
¿No?
Instintivamente, contuvo la respiración, y la otra respiración cesó, un segundo más tarde. Tras contar hasta cinco, volvió a coger aire muy lentamente... y escuchó un débil eco, a un centímetro detrás de ella.
Tonterías. No podía permitirse aquel tipo de pánico. Si empezaba ahora, ¿dónde acabaría? Bien. Tendría que demostrarse a sí misma, de una vez por todas, que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.
Tranquila, lentamente, palpó por detrás con la mano izquierda y se encontró con... sí, tela. Buen lino, para ser exactos. De momento, todo iba bien: al fin y al cabo, estaba dentro de un armario. El único problema era que aquel lino desprendía un extraño calor. Calor corporal. Redujo la presión a tientas de la palma de su mano, y algo pareció moverse...
De pronto, una mano sin guante le presionó la nariz y la boca. Un largo brazo le inmovilizó los brazos a los costados. Estaba sujeta contra una superficie cálida y férrea.
—Shh —le susurraron unos labios en el oído izquierdo—. Si gritas estamos ambos perdidos.
No podría haber gritado ni aunque hubiese querido. Se le había atragantado el sonido en la garganta.
Su captor apretó la mano que sostenía sobre su nariz y su boca.
—¿Entendido? —El tono no era muy alto; su mano, cálida y seca. Podría haberle preguntado si tomaba el té con azúcar. Con dificultad, pudo asentir una vez.
Los segundos pasaban. Los pasos que se oían en el despacho se acercaban para luego alejarse. El roce del metal sobre el metal, una vez, dos veces, sugería que se habían cerrado las cortinas.
Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Mary, pero ella se obligó a tragárselas, la mandíbula tensa por el esfuerzo. No le iba a dar, no le iba a dar, no le iba a dar la satisfacción de que supiera que estaba asustada. En lugar de ello, trataría de evaluar lo que sabía del hombre en el armario. La voz sonaba educada. ¿Michael Gray? No. El olor de este hombre era diferente: jabón de cedro y un aroma a whisky en lugar de la discreta esencia de aceite de Macasar y de tabaco de pipa que exudaba Michael. Se sorprendió ante la certeza que tenía sobre la materia.
Los pasos dieron otra vuelta por la habitación. Su propietario emitió un humf de insatisfacción. Entonces, al final la puerta volvió a abrirse, a cerrarse de nuevo y oyó como la llave daba la vuelta en el cerrojo.
Mary y su captor esperaron. Podía sentir cómo le latía el corazón, lento y calmado, a su espalda. Contó hasta diez. Veinte.
Treinta. ¿Es que no iba a soltarla nunca? Consideró la posibilidad de morderle la mano. Entonces oyó su voz de nuevo:
—No vas a gritar ni a llorar.
Mary asintió débilmente con la cabeza.
Esperó unos segundos antes de apartar lentamente la mano de su boca.
Tomó aire y respiró. Estaba temblando. Trató de no dar un respingo como solía hacer. Intentó mover los brazos, pero el brazo izquierdo seguía inmovilizado a su espalda.
Tras una breve pausa, el desconocido le soltó los brazos, también lentamente.
Con manos temblorosas, abrió la puerta del armario y casi cayó desmayada. Unos fuertes brazos la agarraron y la pusieron de pie, delicadamente.
Apartándolo, se dio la vuelta para enfrentarse a él. La habitación estaba casi a oscuras con las cortinas cerradas, pero pudo distinguir una figura alta y delgada.
La luz que desprendía la cerilla en sus manos le dejó entrever unos ojos oscuros y una boca de aspecto severo e intransigente. Encendió una pequeña vela y la sostuvo cerca del rostro de Mary. La luz que desprendía llegó a dolerle después de una exposición tan prolongada a la oscuridad. Se miraron durante un largo rato, hasta que las comisuras de su boca empezaron a moverse. ¿Acaso lo encontraba divertido? Daba la impresión que quería preguntarle algo, pero luego pareció pensárselo mejor.
Ella lo miró desafiante. Tenía demasiadas preguntas que hacerle, pero no pensaba hablar antes que él lo hiciera. Después del calor que había desprendido su cuerpo, sentía la espalda fría.
Se dirigió hacia la puerta, sacó una llave del bolsillo y la abrió. ¡Al ver que no había nadie en el pasillo, se volvió hacia ella y le hizo un gesto elegante con la otra mano.
—Después de usted. —El mismo maldito tono coloquial.
Mary se lo quedó mirando. ¡¿Qué demonios...?!
Volvió a mirar hacia el vestíbulo y luego hacia ella con impaciencia.
—Rápido, ahora.
—No. Detrás de ti —dijo al tiempo que negaba con la cabeza, firme en su decisión.
—Venga ya, ¿vamos a discutir por esto? —El tono era claramente paternalista.
—No tengo intención de discutir —contestó ella con altivez. Ahora que estaba hablando, todavía se sentía más segura de mantenerse firme en su decisión—. Si desea marcharse, no se lo impediré.
Volvió a cerrar la puerta y se la quedó mirando:
—Jovencita, ¿a qué está jugando?
—No creo que se encuentre en posición de hacer semejante pregunta —le contestó, mirándole con idéntica suficiencia.
Las comisuras de sus labios se movieron de nuevo. Menudo caballero más extraño.
—Touché. —Se detuvo y se quedó mirando el techo, como si buscara inspiración—. Muy bien, entonces. ¿Puedo proponerle que abandonemos la habitación al mismo tiempo?
Mary lo consideró. No podían quedarse allí. Aparte del riesgo que suponía si alguien regresaba al despacho, pronto la echarían en falta en la fiesta. Y a él también podían echarle de menos, eso si se trataba de un invitado. Ella inclinó la cabeza graciosamente.
—Una idea excelente —murmuró, imitando su tono educado.
Se deslizó hacia la puerta, que él silenciosamente mantenía abierta para ella. Se encaminaron por el pasillo y ella le observó mientras cerraba la puerta con llave de nuevo y se volvía a guardar la llave en el bolsillo. Era una llave de la casa. ¿Cómo se había hecho con ella?
La miró, alzando las cejas con arrogancia:
—¿Y bien? ¿No sería mejor que se apresurara hacia el salón?
Mary reprimió la poderosa necesidad que sentía de golpearle. Con toda la dignidad de la que fue capaz, se dio la vuelta y se apresuró hacia el salón.