Capítulo 13

Viernes, 14 de mayo

Tras un día plagado de descubrimientos, Mary tuvo dificultades para conciliar el sueño. La cabeza le daba vueltas a causa de la ansiedad, no podía cerrar varias líneas de especulación abiertas sobre Michael Gray, sobre Angélica y sobre la curiosa falta de pruebas que señalaran a Thorold por ahora.

Sin embargo, cuando trataba de centrarse, sus pensamientos se empeñaban en señalar el asunto de los «médicos» de la señora Thorold. ¿Simple deseo? ¿O formaba también parte del plan lo del amante? Quizás —la idea apareció y desapareció tan rápido en su cansada cabeza que apenas tuvo tiempo de atraparla— ¿estaban todos metidos en el ajo: marido, esposa y amante? ¿Demasiado escandaloso? ¿O condenadamente posible dadas las personalidades de los que estaban involucrados? Ella no... posiblemente...

El sueño se apoderó de sus pensamientos. Lo siguiente que vio fue la mañana, anunciada por el rechinar de las oxidadas bisagras de la puerta.

—Té. —Cass colocó el plato en la silla junto a la cama con menor brusquedad de la habitual.

—Gracias. —Mary se incorporó, apoyándose en el brazo mientras observaba a la chica.

En lugar de la habitual pregunta sobre el baño, permanecía en silencio. Y de repente:

—¿Es cierto, entonces?

—¿Es cierto el qué? —Mary se acabó de incorporar y se frotó los ojos.

—Lo que dijo el señor Brown.

Cielos.

—¿Sobre la señora Thorold? No lo sé. —Mary dio un sorbo de té y miró a Cass—. ¿Me crees?

—No lo sé. —Cass se encogió de hombros.

—¿Por qué lo preguntas, entonces?

De nuevo se encogió de hombros. Eso tendría que haber sido el final de la conversación, pero, en lugar de ello, Cass se quedó mirando al suelo y empezó a tocarse las manos. Las tenía en carne viva y secas, llenas de costras en las cutículas.

—¿Te duelen las manos?

—No puedo evitarlo. —Se encogió de hombros por tercera vez—. Es de tanto fregar.

—Pásame esa jarra que está en el tocador, la de cristal azul —le dijo Mary tras pensárselo un momento.

Cass obedeció mecánicamente.

—Siéntate aquí. —Mary dio unas palmaditas en la silla—. Arremángate un poco. —Los puños de la camisa estaban sucios y rotos y la niña olía a grasa de animal y a pelo sucio. ¿Era una niña? De cerca, Mary se percató por primera vez que tenía los ojos cansados y viejos. Por lo menos doce años. Tal vez catorce, con el cuerpo esquelético de una niña de diez.

Al principio puso las manos tensas cuando Mary las tocó, pero al rato se relajó ligeramente.

—Esa cosa huele bien —susurró la chica.

—Al principio pica un poco, pero va bien. —Mary asintió, evitando mirarla a los ojos. Le masajeó las manitas, que más bien parecían garras, durante unos minutos. Era más de lo necesario, pero se habían suavizado extraordinariamente y Cass parecía no tener prisa en marcharse.

—¿Eres una dama?

—¿Qué quieres decir? —Mary la miró sorprendida. Los ojos de la niña desprendían inteligencia.

—Pues eso, si eres una dama. —Cass frunció el ceño con impaciencia.

—Emm... Bueno, trabajo porque no tengo dinero —dijo Mary, cautelosa—. Pero recibí una educación de señoritas. Ya sabes, francés, geografía, historia y demás.

—¿Así que tu padre era un caballero?

—No, ¿por qué lo preguntas? —Mary hizo una mueca.

—Porque pareces una dama, pero no te comportas como tal.

—¿A qué te refieres?

—Hablas conmigo, dices «gracias». La señorita Thorold jamás me hubiera preguntado por mis manos.

—Dudo que la señorita Thorold te haya visto alguna vez. —Mary dio un golpecito final a las manos.

—No. —Cass negó con la cabeza.

Mary esperó, pero la chica no se movía.

—¿Crees que podría convertirme en una dama? —le preguntó finalmente—. Como tú, quiero decir —le aclaró—, no una dama de verdad.

—¿Quieres ser como una dama? —Mary escondió una sonrisa.

—Me da igual el francés y la historia... —Cass se encogió de hombros.

—... ¿te parece más fácil de lo que haces en la cocina?

—Sí.

—Probablemente lo sea. —Mary le miró a los ojos. Los tenía alerta, medio escondidos por un mechón de cabello sucio. Se sobresaltó de repente: una vez debió de tener la misma apariencia—. Se hace tarde —le dijo, cerrando el pote del ungüento—. Ven a verme antes de irte a dormir esta noche; te daré otro masaje en las manos.

El desayuno era una comida silenciosa en Cheyne Walk. Thorold desaparecía tras su ejemplar del Times, mientras Michael echaba un vistazo al resto de periódicos en busca de noticias que tuvieran que ver con la compañía. En la Academia, el desayuno era sencillo y se hacía en comunidad: gachas que se servían sobre largas mesas de madera, en compañía de chicas llenas de energía. Ahora, ante una increíble selección de platos calientes bajo tapaderas de plata y con el lujo del silencio, Mary se preguntaba cómo iba a volver a la ruidosa austeridad de la escuela una vez concluyera su misión. Se estaba poniendo mermelada de membrillo en la tostada cuando uno de los criados apareció a su lado con el primer correo del día.

—Gracias —parpadeó Mary. Era la primera carta que recibía desde que había venido a vivir a Cheyne Walk y reconoció de inmediato la firme escritura de Anne. Un ligero escalofrío le recorrió la espalda y rompió el sello rápidamente; la mano le temblaba mientras abría la hoja doblada.

Mi querida Mary,

Desde mi nuevo y útil estuche portátil para las cartas, caso te estés preguntando, te escribo esta carta. Se abre y cierra con un solo movimiento, práctico y conveniente. Mientras te escribo, tres docenas de alumnas me rodean, estoy inusualmente nerviosa. Durante dos días, debido a este intolerable y poco apropiado calor para este tiempo, hemos tenido que parar las clases. Con la esperanza de no respirar este aire tan perjudicial, pretendo llevarlas al campo a correr al aire libre.

Haz lo mismo, procura minimizar al máximo riesgos innecesarios. Deseo que sepas cómo explicarles a los señores dicho tema; deben percatarse que el hedor puede llegar a ser muy peligroso para tu salud. Cuídate, Mary, querida.

Saludos, Anne

Era una carta terriblemente mal escrita: artificial, imprecisa, mal redactada, no le hacía justicia a la aguda inteligencia de Anne. Aun así, le aportaba más información a Mary de la que había recibido desde que llegara a Cheyne Walk. El código que habían pactado era terriblemente absurdo: cada onceava palabra formaba parte del mensaje de Anne. Anne y Felicity habían discutido acaloradamente sobre ello, ya que la primera era partidaria de algo más difícil de decodificar y la segunda defendía la rapidez de comprensión. Felicity había ganado, argumentando que Mary tendría poca privacidad y tiempo libre para descifrar un código elaborado y, además, la intención del código no era más que el de proteger la información a observadores ajenos.

Ahora, sentada a la mesa del desayuno, masticando una tostada, Mary examinó las falsas noticias para descubrir la auténtica advertencia de Anne: caso cierra tres días tiempo no correr riesgos tema peligroso.

Tres días significaba que la investigación iba según lo previsto. También significaba que se estaba quedando sin tiempo, si tenía en cuenta lo que le había costado conseguir tan poco. Mary suspiró.

—Espero que no sean malas noticias.

Alzó la vista y se encontró con la mirada inquisitiva de Michael.

—No... pero ha llegado justo a tiempo, teniendo en cuenta la conversación de anoche. Mi anterior patrona, la señorita Treleaven, me escribió para informarme de que tiene la intención de trasladar a sus alumnas lejos de Londres este verano. Está terriblemente preocupada por los efectos del calor en la salud de las chicas.

—¿De verdad? —Frunció el ceño—. ¿No está la escuela al norte?

—Sí, en St. John's Wood. Pero la señorita Treleaven se preocupa muchísimo: se porta extremadamente bien con ellas. —Mary se dio cuenta, demasiado tarde, de las implicaciones de lo que acababa de decir—. Emm... casi tanto como el señor Thorold con sus empleados, naturalmente.

—Por supuesto. — Michael obsequió a su patrón con una fugaz mirada—. Debe de tener muy buena relación con su anterior directora para que le escriba para comunicarle un detalle como ese.

—Sí que la tengo —le contestó a la defensiva—. Le debo mucho: ella se encargó de mi educación y me ofreció mi primer trabajo. Sin ella, mi vida hubiera sido muy diferente.

La contestación de Michael se vio interrumpida por el ruido del periódico de Thorold, que anunciaba el final del desayuno.

—Estoy intrigado, Mary —le dijo en voz baja, mientras se levantaba de la mesa—. Más tarde, debes contarme más cosas sobre esa historia.

Ella se limitó a sonreír. Estaba conduciendo su parte del «flirteo» como se esperaba de él. Tras el desayuno, escribió una pequeña misiva utilizando la clave acordada.

Querida señorita Treleaven,

Gracias por su amable e informativa carta. Espléndida idea una casa en el campo: un lugar no solo muy seguro para alquilar sino espacioso para que las alumnas hagan ejercicio, se diviertan en el campo... Unas vacaciones así siempre ayudan. Como pasó en Brighton el año pasado, uno de mis felices recuerdos, sin duda. Pero, aquí en Chelsea, sin embargo, qué amable es conmigo la familia Thorold. No puede haber tantas otras casas en las que queden empleados tan bien acogidos. Creo que, aunque cerca del río, Chelsea es muy interesante, e incluso el mismo aire me resulta, por ahora, bastante tolerable. Desdichadamente, debo acabar esta pequeña misiva justo ahora. Aunque espero saber pronto de vosotras,

Atentamente,

Mary Quinn

Tras asegurase de que Michael y Thorold se habían ido, salió de casa a las nueve y media a paso ligero, depositando la carta en el buzón de la esquina. A aquella hora, todavía hacía fresco y el río resultaba menos ofensivo. Sin embargo, agradecía la ligera brisa del norte que ahuyentaba los olores a decadencia y a alcantarilla lejos de allí. En la esquina de Oakley Street, un muchacho se topó con ella, dándole un golpe en el codo.

—¡Auu! —Automáticamente, se dio la vuelta y lo agarró por el cuello: el atropello «accidental» era una de las maniobras más usuales entre los rateros. Ella misma había hecho uso de ella en su juventud, antes de graduarse para cometer mayores delitos.

—Lo siento muchísimo, señorita. —El chico se tocó la gorra con un gesto de disculpa. Solo entonces se dio cuenta Mary de que iba bien vestido y sorprendentemente limpio. ¿Trabajaba quizás en alguna oficina?

—No pasa nada.

—Creo que se le ha caído esto, señorita. —Se agachó y le dio una carta sellada.

—Oh. Gracias. —Iba a abrir la boca para negarlo, pero entonces se percató de la dirección que aparecía en el papel: Señorita M.Q.

—De nada, señorita. Buenos días. —Y tocándose la gorra de nuevo, se despidió.

Mary miró a su alrededor, lo cual era ridículo, ya que se encontraba en una calle muy transitada, y abrió el sobre. Acuda a mis oficinas. JE. Debajo figuraba una dirección. Valoró por un instante la brusquedad de la orden. Tampoco es que ella estuviera siguiendo un elaborado plan por su cuenta. Tres días. Tres días. Tres días. Las palabras le martilleaban en la cabeza.

Al bajar del ómnibus en Great George Street, la primera placa de latón que vio fue la de Isambard Kingdom Bruenel, el ingeniero más eminente del país. Pero, al contrario de las oficinas de Bruenel, las de Ingenieros Easton eran más modestas. En la sala principal, una hilera de cabezas de oficinistas se postraban sobre sus mesas. Ni mármol ni caoba: tan solo un alto escritorio en recepción tras el cual un hombre enjuto y con gafas la contemplaba con sospecha. Tras un momento, logró separar los labios o suficiente para emitir un seco «¿Sí?».

—He venido a ver al señor James Easton.

—¿Su nombre, señorita?

—Entréguele esto. —Deslizó el sobre arrugado sobre la mesa del escritorio.

Arrugó la nariz un tanto y dudó antes de coger el sobre entre las puntas de dos de sus dedos.

—Espere aquí.

Medio minuto después, regresó por el largo pasillo de la sala, con desgana y frialdad.

—Si tiene la bondad de acompañarme, señorita.

Con las miradas de los oficinistas siguiéndola, Mary se dirigió tras él hasta el final de la sala y atravesó otra puerta de madera maciza. La oficina de James era tan sobria como la primera. Estaba sentado tras un escritorio increíblemente desordenado: cantidades de papeles, rollos de dibujos técnicos y docenas de pedazos de papel garabateados poblaban su superficie. Una taza vacía de café se balanceaba en una esquina y una madalena medio comida se bamboleaba contra el platito. Estaba en mangas de camisa.

Alzó la vista cuando la vio entrar, pero no se molestó en levantarse.

—Sin interrupciones, Crombie —le dijo al anciano—, sobre todo de George. —El anciano gruñó y cerró la puerta firmemente tras él. Tras un momento, James dejó la pluma.

—Ya puedes quitarte el velo, prefiero ver la cara de la gente.

En lugar de ello, Mary se quitó el sombrero y lo puso en la esquina de su mesa.

—Hoy estás de un humor encantador.

—Son casi las diez en punto. ¿Por qué has tardado tanto? —Frunció el ceño ante el sombrero.

—No puedo salir de casa antes que Thorold y Gray. —Empezó a sacarse los guantes.

James emitió un gruñido, después la miró frunciendo el ceño.

—Estás espantosa. ¿No dormiste anoche?

—He dormido muy bien, gracias.

—Mmm. Debe de ser el vestido, entonces. ¿Cómo llamas a ese color?

—Color mostaza. Estaba muy de moda hace tres o cuatro años.

—Te da un aspecto bilioso.

—Gracias.

—¿Qué sucede, entonces? ¿Por qué estás tan amable? —Su tono peligrosamente suave finalmente había logrado alcanzar a su malhumor.

—Yo soy siempre amable, señor Easton. —Y parpadeó dramáticamente—. Eres tú quien expresa su gran importancia a través de los malos modales.

—Bobadas. ¿Por qué no te sientas?

—Porque no me lo has pedido.

Irritado, se levantó del escritorio y le ofreció una silla.

—Mi estimada señorita Quinn, ¿Tendría la bondad de sentarse? —Su tono era muy sarcástico.

Mary aceptó graciosamente.

Él volvió a aposentarse en su silla y se cruzó de piernas.

—¿Has averiguado algo desde que hablamos la última vez?

Brevemente, le describió lo que había sucedido la noche anterior.

—Como el plan de Brighton ha sido cancelado, ¿podríamos dejar ese tema?

—Mi abogado está investigando todo tipo de procedimientos en los que Thorold se haya visto involucrado en los últimos veinte años. Hasta ahora no ha logrado encontrar nada.

Mary se mordió el labio. Debería contarle los líos en los que se había visto envuelto Thorold en el pasado: la sospecha de fraude cometido a las aseguradoras y hacienda, que habían acabado en nada. Pero, ¿podría explicarle lo que sabía sin implicar a la Agencia?

—También he investigado su testamento en el Doctor’s Commons.

—Porque uno no puede tener amor sin dinero —dijo Mary en tono burlón.

James no se ofendió en absoluto.

—Todo es procedente, lo habitual —no parecía en absoluto ofendido—. Todo para su esposa, si está viva. En caso contrario, un interés de por vida muy generoso para la señorita Thorold y todo para los herederos de esta.

—Lo clásico para desanimar a los cazafortunas.

—Exactamente.

—¿Ningún viejo amigo, socio o donaciones de caridad?

—Nada extraordinario, un par de miles aquí y allá. Recuerdo una Sociedad Misionera y un Refugio para Marineros Ancianos, lascars, para ser exactos.

—¿Le importan los marineros asiáticos y no los ingleses? —dijo Mary arqueando las cejas.

—Imagino que los ingleses disponen de mejores condiciones. Por lo menos tienen a sus familiares y a sus comunidades. Los asiáticos que terminan aquí, necesitan más ayuda.

Mary asintió. De niña, en Poplar, había conocido a unas cuantas familias lascar. Incluso los marineros que se asentaban en Londres y se casaban con mujeres inglesas solían ser generalmente pobres.

—Los lascars podrían conducirme a las consignaciones ilegales —musitó James.

Aquel era un tema en el que ella no deseaba ahondar.

—¿Marineros ancianos y mal pagados de contrabandistas? —se burló—. No parece muy probable.

—No, viejos marinos, no. Debe de haber jóvenes que pasan por el Refugio... marineros que acaban de llegar del subcontinente.

—¿Por qué les confiaría Thorold a marineros extranjeros sus consignaciones de contrabando? —dijo Mary, escéptica.

—Si los atrapan, puede negar tener conocimiento alguno. Todo el mundo está dispuesto a creer que los extranjeros son responsables de los peores crímenes. Además, la típica conexión entre orientales y opio es útil.

Discutieron sobre ello un poco más antes de que Mary se viera obligada a darle la razón. Asintió lentamente.

—Supongo que no haría ningún mal que echaras un vistazo. Ya pensaré en algo que hacer mientras tanto.

—¿No vienes conmigo? —James parecía sorprendido.

—¿Por qué? No parece necesario. —Le miró con el estómago encogido.

—Tengo un plan. Te lo contaré por el camino.