Capítulo 5
Domingo, 9 de mayo
Durante toda la mañana, un ininterrumpido desfile de criados trajo ramos de flores a la casa. Eran para Angélica, una muestra de su condición como prometida potencial, rica y atractiva. Había tantas flores que el salón parecía más un invernadero o a una floristería, con jarrones que se balanceaban precariamente en todas las superficies disponibles. Angélica, en lugar de alegrarse, parecía aburrida, incluso infeliz. Cuando las damas se reunieron en el salón tras el almuerzo, se acurrucó en el sofá y se quedó contemplando la ventana. Hasta después de que Mary la alentara a tocar algo al piano, lo único que hizo fue hojear sus libros de música antes de hundirse en el asiento.
—¿Dónde está el ramo del Señor Easton, querida? —le preguntó la señora Thorold.
—No tengo ni idea, mamá.
Momento que aprovechó Mary para hacerlo aparecer y colocarlo en un lugar destacado.
—Muy bonito —fue el veredicto de la señora Thorold—. Rosas chinas y jazmín amarillo con un fondo de helechos.
Angélica suspiró y se revolvió en su asiento.
—Precioso. —Su sarcasmo era inconfundible.
—¿Qué significa eso, querida? —La señora Thorold parpadeó lentamente.
—Las rosas significan. —Angélica puso los ojos en blanco y recitó mecánicamente—. El jazmín, la gracia y la elegancia. Los helechos hablan de la fascinación del caballero. Por tanto, las flores me representan a mí, rodeada por el oscuro verdor de su admiración.
Mary se mordió el labio para no reír. Había oído hablar del lenguaje de las flores en la Academia, pero jamás hubiera imaginado que fuera tan literal.
—Un cumplido muy delicado —dijo la señora Thorold—. El Señor Easton es un buen partido, querida. Ambicioso, de buena familia, y resulta obvio que está prendado de ti.
—Es bastante atractivo a pesar de esas facciones tan feroces. —Angélica pareció despertarse y se detuvo a considerarlo—. Pero creía que era demasiado joven, mamá.
—Tiene treinta y un años, querida, y es un buen partido, en todos los sentidos.
—Oh, George Easton.
Parecía que los ojos de la señora Thorold iban a salirse de sus órbitas.
—No creerás que me refería a... ¡Angélica! —Parecía estar, realmente enfadada—. ¿El hijo menor? ¿Es que no has aprendido nada?
Angélica hizo una mueca enojada.
—No veo la importancia que puede tener, mamá. Son empresarios, no aristócratas con títulos hereditarios.
—Te vas a olvidar de los otros candidatos. —La señora Thorold ignoró la lógica de su argumento—. Esta tarde vas a darle esperanzas a George Easton. Señorita Quinn, usted se encargará de que así sea.
—Supongo que tú estarás descansando en tu habitación, ¿no, mamá? —La mandíbula de Angélica estaba en tensión.
—Ahora voy, querida. —Se detuvo junto a la puerta y se quedó mirando a Angélica fijamente—. Siéntate recta y compórtate graciosamente. O sino...
En cuanto se cerró la puerta tras la señora Thorold, Angélica se levantó de la silla de un salto.
—¡Que me comporte graciosamente! —exclamó con desdén—. Imagino que estará tomando apuntes, ¿no es así, señorita Quinn?
—Yo... bueno, pues no —parpadeó Mary.
—¿Y se lo contará todo, palabra por palabra, a su amable patrona?
—¿Qué? —preguntó Mary casi sin respiración. Angélica no podía estar refiriéndose a la Agencia...
—Permítame que le dé una lección, señorita Quinn. —Angélica se apoyó sobre el asiento de Mary, con el rostro enrojecido a escasos centímetros del de Mary. El efecto resultaba más bien grotesco.
—¿En qué consiste, señorita Thorold? —Mary trataba de sonar calmada.
—Puede que mi madre le pague un salario, pero... ¡haré de tu vida un infierno si me enfureces!
Angélica era muy convincente. Sin embargo, Mary se sintió aliviada de que por «amable patrona» se refiriera a la señora Thorold y no a Anne Treleaven.
Algo en la expresión de Mary no debió de gustar a Angélica. Se quedó mirando a Mary durante un rato. Entonces, sin previo aviso, le agarró la mano por donde Mary se había escaldado y apretó sus uñas afiladas en la piel en carne viva. Mary ahogó un grito de dolor. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero consiguió no gritar.
Angélica la miró fijamente a los ojos, retándola a moverse. Mary se quedó paralizada, resistiendo las ganas de luchar. Tras varios segundos, Angélica la soltó. Las puntas de las uñas le brillaban con algo rojo.
—Considérate avisada.
El hecho de haber derramado algo de sangre pareció mejorar el humor de Angélica. Cuando, minutos más tarde, empezaron a llegar los primeros invitados —habían enviado a uno por ramo— incluso estaba de un humor razonablemente bueno, y todavía lucía un ligero color rojo en las mejillas. Mary regresó al salón, con la mano vendada, a tiempo de oír como el criado anunciaba: «Señor George Easton, Señor James Easton».
George se apresuró a entrar el primero. Iba pulcramente ataviado con un chaleco de seda y un fular decorado, las botas limpias y relucientes y la cadena del reloj brillante, como su sonrisa. ¡Hasta se había encerado las puntas del bigote! James, a pocos pasos detrás de él, iba sobriamente vestido: chaleco gris y un sencillo fular. Su boca esgrimía una leve mueca de sorna, perfectamente visible al ir bien afeitado.
Angélica saludó primero al hermano mayor, como mandaban los cánones:
—¡Señor Easton! Debo agradecerle ese ramo tan exquisito... ¿Cómo supo que adoro las rosas chinas?
George realizó una ceremoniosa reverencia sobre su mano, luego se enderezó y echó un vistazo a la sala:
—Estoy impresionado que recuerde qué ramo es el mío, señorita Thorold.
La risita de Angélica sonó como un tintineo al tiempo que le mostraba la mano a James:
—Debo confesar que solo recuerdo mis favoritos. —Acomodándose en el centro de un sofá vacío, miró por encima del hombro y añadió mostrando indiferencia—: pida el té, señorita Quinn. —Y, con un gracioso gesto, invitó a los hermanos a unírsele.
Se sentaron.
Mary estiró del cordel de la campana.
Llegó el té.
Desde su lugar en una silla de respaldo recto junto a la ventana, Mary estaba bien situada para ver cómo se comportaban y flirteaban. Angélica se comportaba como una niña vivaracha, centrando su atención en James. De vez en cuando se dirigía a George para evitar que se aburriera, pero era obvio quién era el objeto de sus preferencias. Lo que no resultaba tan claro era si lo hacía para encolerizar a su madre o porque realmente prefería a James.
Mary mantuvo la boca cerrada, haciendo ver que tejía. Le dolía la mano. Para alguien que tocaba el pianoforte, Angélica poseía unas uñas muy afiladas. Al cabo de poco rato, la conversación dio un giro interesante:
—Lo que no encuentro aceptable —decía James— es la forma en que Florence Nightingale se ha convertido en una especie de santa moderna. Atender a los soldados es una cosa, pero ahora se ha convertido en el centro de un culto ridículo. Cuando uno piensa en esas jóvenes atolondradas saltando al primer tren camino de Crimea... es peligroso y del todo irresponsable.
Angélica demostró que estaba de acuerdo con una risita:
—¡Oh, sí que es verdad!
—Ahora cualquier solterona aburrida de Inglaterra se cree capacitada para interpretar el papel de cirujana en el campo de batalla —continuó James con desprecio.
—Sin esas “aburridas solteronas” en Crimea, las bajas inglesas hubieran sido mucho mayores. —Mary se sorprendió a sí misma: aquella voz clara y cáustica era la suya. ¿Se había vuelto loca inmiscuyéndose en aquella conversación privada?
Los tres se volvieron hacia ella.
James se limitó a arquear las cejas.
—Es cierto. Pero yo me refiero a la tendencia de convertir la profesión de la enfermería en algo romántico... no es algo bonito y limpio, y eso es algo que no muchas señoritas parecen entender.
Mary alzó las cejas en su dirección.
—Desde luego, los periódicos han convertido a la señorita Nightingale y a sus enfermeras en heroínas. Pero también han idealizado a los soldados y muchos jóvenes atolondrados siguen creyendo esa fantasía.
—Cuando los hombres se alistan, saben que van a arriesgar sus vidas. —James suspiró con aire condescendiente—. Cuando las jóvenes de casa bien acuden a un campamento militar, no solo se ponen ellas mismas en peligro, sino que distraen a aquellos que pueden cuidar de ellas y que deberían estar pensando en otras cosas.
—Y los hombres se apresuran a culpar de sus errores a la distracción representada por las mujeres —replicó Mary—. ¡Cómo si las enfermeras fueran las únicas mujeres que hay en un campamento!
George se quedó boquiabierto ante su obvia referencia a las prostitutas.
James sonrió.
—No sabía que os conocierais tan bien —espetó Angélica, mirándoles duramente.
James pareció no percatarse de su tono.
—De hecho —dijo afablemente—, no he tenido el placer de ser presentado adecuadamente.
El rostro de George estaba rígido por su total desacuerdo.
Angélica no podía negarse, aunque su voz era gélida cuando dijo:
—Me permite que le presente a la señorita Mary Quinn. Señorita Quinn, le presento a George y James Easton.
—Un placer —murmuró George dándole la mano brevemente, aunque su rostro delataba todo lo contrario.
—Enchanté, señorita Quinn. Es un placer conocer a peligrosos radicales. —James le hizo una reverencia, apenas rozando sus dedos con los labios.
Ella murmuró algo y retiró rápidamente la mano.
—Hablando de enfermería... espero que su mano esté mejor.
—Sí, gracias. —Aunque le ardía la mano derecha.
—¿Le sirvió de algo el ungüento especial? —Tuvo la sensación de que su tono era ligeramente... insolente, pese a tratarse de su superior social.
La barbilla de Mary se alzó un poco.
—Por supuesto. —Aquel potingue grasiento no había hecho más que empeorar la quemadura.
—Es un alivio saberlo —dijo, bajando la voz—. Fue un gesto muy amable por parte de aquel caballero prestarse a ayudarla... Es de la familia, ¿no?
¿Qué estaba tramando?
—El señor Gray es el secretario del señor Thorold —explicó con la voz más cortante de la que fue capaz.
—Ah. Ya sabía que lo había visto antes. ¿Hace mucho que lo conoce?
—Solo desde hace unas semanas, desde que entré a trabajar para la señora Thorold.
—No tenía ni idea que hubiera sido contratada hace tan poco... parece conocer tan bien la casa —y arqueó una ceja.
—Usted también parece conocer la casa, y la familia, íntimamente. —Mary apretó los dientes, tensa.
—La intimidad puede darse con tal rapidez, ¿a qué sí? —James torció los labios como era habitual en él—. La que existe entre usted y el señor Gray, por ejemplo...
La expresión de Angélica sufrió un cambio radical, del irritable aburrimiento al ávido interés. Mary le frunció el ceño para que se callara.
—Me temo que «intimidad» no es la palabra más adecuada, señor Easton. El señor Gray se limitó a mostrar una educada preocupación por mi herida.
—La «educada preocupación» del señor Gray fue extrema —insistió James, mostrando una sonrisa burlona—. Pocos maridos demostrarían tanta ternura a sus esposas.
—Michael Gray acecha a todas las mujeres jóvenes —espetó Angélica con una breve y desagradable sonrisa—. Es su mayor defecto. Al menos eso dice papá —añadió como si eso fuera todo.
—Espero que no la incordie con tales atenciones, señorita Thorold —le dijo George inmediatamente.
—¡No se atrevería! —Angélica hizo un ademán con la cabeza como si se tratara de una heroína rebelde de una novela—. Sabe cuál es su lugar.
—Me alivia saberlo.
—Espero que usted también sepa cuál es su lugar, señorita Quinn —señaló James.
—¿Trata de darme una lección, señor Easton? —dijo Mary con la cara enrojecida de ira.
—No, simplemente le estaba indicando que las jóvenes en su... posición... a veces se encuentran en situaciones extrañas. —James pronunció la palabra «posición» de manera particularmente ofensiva.
Mary se incorporó en su asiento, con la espalda muy recta. Sus comentarios hacían alusión a algo más que al incidente del armario. Le vinieron a la memoria fragmentos de la conversación que habían mantenido la noche anterior: la estaba acusando de ser la amante de alguien. Pero, ¿de quién? ¿De Thorold? ¿De Michael?
James se reclinó en su asiento, cruzando las piernas y apoyando el tobillo en la otra rodilla.
—Las institutrices y las acompañantes ocupan un lugar tan delicado en la jerarquía social... que si un secretario, u otro hombre, no se comportara apropiadamente con ellas, ¿qué recurso les quedaría?
—Posee un especial interés en la carencia de poder de las mujeres y una robusta opinión sobre el lugar al que pertenecen y al que no. —Mary estaba furiosa.
Angélica habló de repente, con el rostro en llamas.
—¿Está usted... está usted tratando de difamar a mi familia, caballero? —Por el temblor de su voz, Angélica también parecía haber oído algo relacionado con la antigua criada.
El hombre objeto de su ira pareció divertirse con la reacción que había provocado.
—Vaya, parece ser que las he ofendido a las dos. Le pido disculpas, señorita Thorold.
Una vez más, Mary tuvo que reprimir las ganas de golpearle.
Angélica seguía ofendida.
—Mi querida señorita Thorold, mi hermano hablaba en términos generales —intervino George, preocupado—. No tenía intención alguna de referirse a su casa. —Y se dirigió a su hermano, amenazador—: ¿No es cierto, James?
—Completamente, George. —El tono de James era conciliador y sugería que todo aquello había sido idea de otro.
El cuello de Angélica seguía rígido, pero, al cabo de un momento, se relajó.
—Supongo que es un cumplido que respete mi inteligencia lo suficiente como para tratar estos temas conmigo.
—Por supuesto, mi querida señorita Thorold. —Aunque la voz de James parecía ocultar una carcajada, Angélica pareció agradarle el uso de «mi querida». A Mary le dirigió una oscura y persuasiva mirada—. Señorita Quinn, ¿espero que nos entendamos?
—Creo que sí, señor Easton. —Mary abrió los ojos con una fingida inocencia.
—Me alegro. —De pronto, James se levantó—. Me lo he pasado tan bien que casi olvido mi otra cita. Gracias por el té y por la agradable conversación.
—¿Qué cita? — exclamó George, atónito.
—No es necesario que te apresures, hermano —le sonrió James—. Te veré esta noche.
Angélica parpadeó con su rosa boquita abierta. Tal vez aquella era la primera ocasión en que un caballero abandonaba su presencia antes que ella.
—Oh. Claro. —Parpadeó de nuevo y se apresuró a decir—. Adiós, entonces. ¿Hasta la próxima?
—Hasta entonces. Conozco la salida. Buenas tardes, señorita Thorold. —Cuando ya estaba en la puerta del salón, miró por encima del hombro para añadir—: Y señorita Quinn...
Esta arqueó una ceja.
—... supongo que con usted será un «hasta nunca», ¿no es así?