Capítulo 18
El efecto fue, como dijo la propia Angélica, absurdo. Cuatro rostros con la boca abierta se dieron la vuelta para ver como aparecía dando zancadas por el pasillo. Cuatro voces se pusieron a hablar como si se tratara de un teatro de aficionados, interrumpiéndose unos a otros y hablando todos a la vez.
Angélica (desafiante): ¡No te atreverás!
El párroco (confundido): supongo que conoce a esta joven pareja.
Michael (con el rostro cenizo): Por el amor de Dios, Mary...
La señora Bridges (confundida): Pero creí que había dicho...
—Lamento interrumpir la ceremonia, padre, pero, ¿me permite que hable un momento con la señorita Thorold y el señor Gray? —Cuando el cura se limitó a asentir, Mary añadió—: ¿en privado?
—Ci... ciertamente. —Parpadeó como si le hubieran pinchado—. ¿Le importaría usar la sacristía?
—No, gracias —dijo con inteligencia—. Aquí ya está bien.
Él y la señora Bridges se habían alejado tan solo unas pocas yardas cuando Angélica estalló:
—¡Eres la cosa más odiosa, cotilla e insignificante!
Michael se sobresaltó y se quedó mirando a su novia con la boca abierta, el asombro paralizándole el rostro.
Angélica se apartó el velo del rostro, dispuesta a atacar. Tenía los ojos entrecerrados, deformados por la ira.
—¡No nos detendrás! ¡No te permitiré que lo estropees todo! —Temblando, Michael agarró a Angélica del brazo.
—Mary, ya sé que esto no pinta bien. Es muy irregular, pero, por favor... ¿Hay algo que pueda hacer para persuadirte de que solo deseo lo mejor para Angélica?
—No eres más que un embustero —le espetó Angélica. Tenía el cuerpo dispuesto a saltar, tan solo reprimido por la férrea mano de Michael—. El párroco jamás creería tu palabra contra la mía, ¡aunque no tuviéramos una licencia especial!
—¿Una licencia especial errónea? —le preguntó Mary—. Solo tienes dieciocho años; no puedes casarte sin el consentimiento de tus padres hasta que no cumplas los veintiuno.
Los ojos de Angélica le salían de las orbitas, revelando un asombroso parecido con su padre.
—No puedes arruinarme la vida. ¡Tienes celos de mí! Quieres a Michael, ¡pero no puedes tenerlo!
Mary miró a Michael, quien trataba de no parecer tan avergonzado como estaba. Pero no lo conseguía.
—Pues no, la verdad es que no lo quiero. Puedes quedártelo.
La cara de Angélica se torció de repente y empezó a sollozar. No se entendía lo que decía, pero estaba claro que estaba desesperadamente enfadada y asustada. Michael trataba de consolarla, pero eso tan solo la hizo llorar todavía más
Mary suspiró y consultó el reloj de la iglesia. Después de tres minutos, habló con el tono más cortante que pudo.
—Ya es suficiente. Deje de balbucear, señorita Thorold.
Intimidada, Angélica se quedó mirando a Mary, aunque sus lágrimas disminuyeron y empezaron a deslizarse silenciosamente.
Michael emitió un largo y sufriente suspiro.
—Señorita Quinn, Mary, debe creerme: quiero a Angélica y solo quiero lo mejor para ella. No soy ningún cazafortunas egoísta. Yo ya... ya... sentía algo por ella mucho antes de saber nada de su familia o de su posición social... —Era la vieja historia: un estereotipo total. Se habían conocido en Surrey, cuando Angélica estaba acabando la escuela y mantuvieron una larga y secreta correspondencia después que ella regresara a Londres. Michael había buscado trabajo con Thorold deliberadamente para poder estar as cerca de ella. Ahora, con la cada vez más acuciante presión sobre Angélica para que se casara con George Easton, finalmente había decidido fugarse.
La narración de Michael fue larga y emotiva y, cuando el reloj de la iglesia dio las doce del mediodía, Mary la interrumpió rápidamente.
—Creo en su sinceridad, Michael. —El rostro de él se mostraba patéticamente agradecido. Se dio la vuelta para mirar a Angélica—. Y soy realista: si fuera a contárselo a tus padres, tan solo reforzaría tu resolución. —Esperaba estar haciendo lo correcto—. Si deseas casarte hoy, yo hare de testigo.
Los ojos le salían de las orbitas por la sorpresa. Ambos se quedaron boquiabiertos. Michael fue el primero en recuperar el habla e impulsivamente, se aferró a las manos de Mary.
—Mi querida niña, que Dios te bendiga.
La ceremonia formal fue tan corta como permitía la ley. En cuanto el párroco supervisó la firma de registro, recogió su libro de plegarias, asintió con educación y se retiró a la sacristía. La señora Bridges recibió su estipendio con una reverencia y se rezagó, limpiando las motas de polvo imaginarias con su pañuelo hasta que la mirada de Angélica la envió a cubierto más allá del santuario.
La pareja recién casada se dio la vuelta para mirar a Mary, sonrojados y henchidos de orgullo.
—Mary, te agradezco de todo corazón tu amabilidad. —La voz de Michael temblaba de emoción—. Te agradezco profundamente que hayas estado dispuesta a poner en peligro tu trabajo para ayudarnos.
—No duraré mucho en él ahora que la señorita Thorold se ha casado —dijo Mary con una sonrisa.
Angélica también se obligó a sonreír.
—Podríamos ayudarte a encontrar otro —dijo, y cuando Michael le dio un suave codazo de advertencia, añadió, avergonzada—: señorita Quinn, debo pedirle disculpas por lo que le he dicho antes... y por otras cosas. —Hizo un gesto vago, abatido, mientras señalaba la mano ligeramente vendada de Mary—. Espero que puedas perdonarme.
—Debió de ser toda una conmoción que me vierais aparecer de repente. —Era mucho más de lo que Mary esperaba.
Se rieron juntos con una risa de alivio y la conversación se dirigió, durante unos pocos minutos, hacia temas de menor trascendencia. El tañido de reloj, señalando las doce y media, obligó a Mary a hablar de negocios.
—¿Cuáles son vuestros planes a futuro?
—Queremos mantener nuestro matrimonio en secreto durante una temporada, —dijo Angélica con cautela—. Aunque si mamá me presiona aún más sobre George Easton, se lo tendremos que decir. Pero ahora que nos has ayudado, no se lo dirás a nadie, ¿verdad?
Mary le dio su palabra.
—Y todavía está la cuestión de mi puesto —añadió Michael—. Estoy buscando otro. No solo por nuestro matrimonio —añadió rápidamente mirando a Angélica—. Estas últimas semanas he sufrido mucho con el tema de Thorold & Co., aunque de todos modos hubiera estado al acecho de otra cosa. Pero esto... —Apretó la mano de Angélica con orgullo—... esto es lo que me ha decidido.
Mary agudizo los oídos.
—¿Qué has sufrido por el éxito del señor Thorold? No te creo.
—Oh, bueno, en los negocios nunca se sane y... —Michael parecía dolido.
Ah, no, no se iba a escapar tan fácilmente.
—Aun así, el señor Thorold es un empresario muy bien establecido. Aunque el negocio no fuera del todo bien, otras compañías sufrirían antes que la suya. —Se dirigió a Angélica—. ¿No es eso lo que decía tu padre hace unos días?
—Oh, sí. Siempre lo ha dicho. —Angélica asintió vigorosamente.
Michael pareció dolido.
—Bueno querida, ya hablamos de esos otros temas...
—¿Otros temas? —Mary abrió mucho los ojos expresando ingenuidad.
Los recién casados se sonrojaron, pero Mary mantuvo su mirada fija en Michael.
Este habló a su pesar.
—Hace unas semanas, advertí una serie de discrepancias en la contabilidad de la compañía. Estaba bastante seguro de que tan solo se trataba de errores de oficina, pero, cuando llamé la atención a Thorold sobre ellos, me dijo que no me preocupara, que ya los arreglaría.
»Naturalmente, no se trataba de su comportamiento habitual. Como su secretario, normalmente, yo mismo revisaría tales correcciones. Pero lo deje estar. No fue hasta la semana pasada, o quizás un par, que pude echar un vistazo a las cuentas de este trimestre y me di cuenta de que los errores seguían allí. —Se detuvo y Mary hizo un esfuerzo deliberado por relajar su postura—. Naturalmente, volví a mencionárselo a Thorold. Es un hombre ocupado y, a veces, uno puede despistarse. Pero me dijo, con bastante brusquedad, que todo estaba en orden y que me ocupara de mis p... —miró a Angélica de soslayo— de mis propios asuntos. —Se detuvo de nuevo, pero pareció recobrarse inmediatamente—. Lamento agobiarte con todo esto —añadió rápidamente—. No puedes estar interesada en los detalles de un negocio.
—No, por supuesto, me preocupa lo que os concierne a ti y a Angélica —dijo Mary con elegancia. Lo que en realidad quería era sonsacarle información a Michael Gray.
—Bueno, en resumidas cuentas, hay algo que no va bien. Se han pagado sumas de dinero a ciertas personas. Sumas muy irregulares.
—Es un hombre muy generoso —dijo Angélica a la defensiva—. Da dinero a toda clase de gente.
—Es cierto, querida... —Michael se disuadió a sí mismo.
—¡Una de las sumas más grandes fue a parar a un refugio para marineros ancianos! —insistió—. ¡Obviamente es una donación benéfica!
—Ss...sí —le dijo Michael—. Pero es la confusión en la contabilidad lo que me pone nerviosos, querida.
—Aun así, ¿cree el señor Thorold que está todo correcto? —Mary trató de parecer casual.
Michael parecía nervioso.
—No como deberían estar, como lo quiere.
—Esa es una acusación muy grave —dijo Mary.
—Lo sé. —Michael suspiró—. No estoy en posición de criticar al hombre, naturalmente. Creo que lo mejor que puedo hacer es marcharme.
Mary quería ponerse a chillar.
—Por supuesto —le dijo, esforzándose por mantener un tono razonable—. Imagino que lo más razonable sería acudir a las autoridades ¿no es así? Después de todo, has visto la prueba de esa... inexactitud.
Michael sonrió, apesadumbrado.
—Naturalmente, en un mundo perfecto. Pero debo pensar en mi mujer... —Le dirigió una sonrisa a Angélica mientras pronunciaba una frase tan posesiva—. Y en nuestra futura familia. ¿Quién contrataría a un secretario que espía, se busca problemas y denuncia a la persona para la que trabaja? En mi profesión, la lealtad es lo que más se valora.
—¿Tal vez podría enviar la información a una tercera persona? Anónimamente. —Mary se removía inquieta.
—Es una buena idea... —Michael pareció pensativo—.... Aunque la familia de la pobre Anj seguiría estando en el ajo.
Angélica parecía ansiosa.
—Comprendo su razonamiento, señorita Quinn. Pero es una posición terrible. Me siento una traidora solo por escuchar las preocupaciones de Michael sobre mi padre. Y tengo que pensar en mi madre... su salud es tan precaria.
¿De verdad lo era? Mary tuvo la tentación de preguntarle sobre ello. ¿No se había preguntado Angélica jamás sobre las inconsistencias en el comportamiento de su madre? O, ¿le estaba devolviendo Angélica el favor a si madre: centrándose en sí misma y dejando que cada una tomara su propio camino? Pero aquel no era el momento ni el lugar para mantener esa conversación.
—Aun así, ¡no me parece bien no decir nada! —insistió. Michael asintió incómodo.
—Tienes razón. Yo he... —se quedó callado, reflexionando sobre algo—. Esto es confidencial, por supuesto.
Mary asintió, procurando no parecer demasiado ansiosa.
—He hecho copias de las cuentas y de otros documentos relevantes. No están firmados por un notario ni son oficiales de ninguna de las maneras....
—¿Sí? —le apremió—. No son oficiales, por supuesto, pero ¿completos?
—Los guardo en un sitio seguro —dijo asintiendo.
—¿Espero que no en la casa? —preguntó Mary en lo que confiaba sonara como una voz inocente.
Michael parecía asombrado.
—¿En el almacén? ¡No, por Dios!
—Me refería al hogar familiar.
—Oh. —Michael puso cara de astuto—. Bueno, digamos que están a buen recaudo. —Miró a Angélica con ternura—. ¿A qué si, querida?
—Sí. Al principio me opuse —añadió Angélica—. Pero, cuanto más pensaba en ello, más importante creía que era. Un día, Michael quizás será capaz de persuadir a papá para que haga algo; para que arregle las cosas.
¿A buen recaudo? ¿Entre ellos dos? A Mary se le ocurrió de repente dónde.
—¿Tienes la documentación necesaria para persuadir al señor Thorold de tus serias intenciones?
—Tengo lo suficiente como para persuadir a las autoridades de que inicien una investigación. — Michael asintió.
—Algún día —añadió Angélica con firmeza.