Capítulo 15
—No hay por qué tener miedo, Ah Mei. —La utilización del título de cortesía fue sorprendente y compasivo. No le habían llamado «hermanita» desde que era una niña—. Muchos jóvenes acuden aquí en busca de sus familias.
Respiró hondo, súbitamente temblorosa. Tenía las palmas de las manos y las axilas húmedas a causa del sudor, aunque no tenía que ver con el tiempo.
—Lamento haberle mentido, Ah Gor—. «Hermano Mayor», un término de respeto que le vino a la memoria sin pensarlo, sin esfuerzo. Desconocía que aquella parte de su vida hubiera sobrevivido.
—¿Por qué mentiste?
—Tenía... miedo. —Eso era verdad—. Sabía que no debía subir al piso superior. —También era verdad. A pesar de la vergüenza de haber sido atrapada, de haber sido reconocida, la verdad era mejor.
—Estás buscando algo. Información.
Asintió cautelosamente.
—Eres mestiza. —Hizo una pausa y estudió su rostro.
—Mi madre era irlandesa. —No pudo controlar el pánico que le estaba subiendo por la garganta, la sangre que le coloreaba las mejillas.
—Y tu padre un marinero chino.
No se trataba de una sugerencia. El pánico acumulado estalló en su pecho, expandiéndose con rapidez hasta su estómago, a sus miembros súbitamente temblorosos. Su pulso era demasiado rápido, demasiado ruidoso; le martilleaba en los oídos, ensordeciéndola. No había pensado en sus padres desde hacía años. Ciertamente, no en ese aspecto... ni en su propia identidad.
El señor Chen seguía mirándola, el rostro en guardia, relajado. Esperaba su respuesta. ¿Era demasiado tarde para salir huyendo? Él era viejo; ella, rápida, y una cobarde, si huía ahora. Otra vez.
Mary alzó la barbilla.
—Sí. —Vergüenza, alivio, un curioso sentimiento tanto de desafío como de desgracia le inundó el cuerpo. En cierto sentido, compartir su secreto era liberador, reconocer su auténtica identidad por primera vez desde que murieran sus padres. Ni siquiera lo sabían Anne y Felicity. Aun así, el acto de la confesión también era aterrador. Incluso humillante.
—¿Tu padre está muerto?
—Murió en el mar. —Todavía le dolía pensar en ello.
—Cuéntamelo —dijo con un pequeño gesto elegante.
Era una petición muy sencilla, pero Mary se quedó en blanco. No se había permitido pensar en su padre en años. Ahora, mirando a los astutos ojos del señor Chen, no sabía cómo empezar.
—¿Fue un buen padre? —preguntó delicadamente.
Mary asintió.
—¿Era bastante joven cuando murió?
—Ocho años, quizás siete.
—Así que le recuerdas.
Mary cerró los ojos y la cara de su padre flotó en su memoria. Un hombre guapo, con una tímida sonrisa.
—Era amable —dijo—. Solíamos dar paseos por el río y me hablaba de su juventud en Cantón. —Sonrió—. La gente de Poplar le llamaba Príncipe, porque se parecía un poco al Príncipe Albert.
—¿Se sabe su nombre en chino? —El señor Chen parpadeó y se inclinó hacia ella.
—Nadie se dirigía a él por su nombre. —Mary frunció el ceño—. Nuestro apellido era... es
Lang, pero no recuerdo sus nombre de pila.
La respiración del señor Chen se aceleró.
—Tómate tu tiempo —dijo con determinación.
—No sabes nada de él... ¿verdad? —Mary parpadeó.
—Eso depende de quién sea.
—¡Pero si murió en el mar! Su barco se hundió, y un hombre de la compañía vino... Nos dieron dinero, sus honorarios. —Le temblaban las manos y sentía el rostro al rojo vivo. Recordaba aquel día. Pero había algo en la expresión del señor Chen...—¡No puedes saberlo! ¡¿Cómo podrías saber algo?!
—Cálmate —le dijo firmemente—. No puedo contarte nada sobre un hombre cuyo nombre no recuerdas.
Varias sílabas flotaban en su mente. Jamás había aprendido mandarín o cantonés, salvo palabras y frases sueltas; jamás había tenido la paciencia de aprender a escribir los caracteres chinos. Sintió un repentino sentimiento de enfado consigo misma por haber dejado pasar la oportunidad. Ella era lo último que quedaba vivo de su padre, la única persona que podía recordarle, y había olvidado su nombre. Cerró los ojos y se concentró. De entre la inmensidad de los difíciles sonidos que poblaban en su mente, de repente dijo:
—Lang Jin Hai.
El señor Chen la miró intensamente:
—¿Estás segura? ¿Lang Jin Hai?
—Sí. —Exacto. Significaba «mar dorado».
Los ojos del señor Chen brillaban con una extraña emoción.
—Así que tú eres Mary, su única hija.
No pudo hacer más que mirarle fijamente. Ya resultaba bastante sorprendente que la identificaran como medio—china, pero que aquel hombre afirmara que sabía quién era... Tenía que ser un truco. Finalmente, logró musitar:
—Imposible.
El anciano no pareció ofendido.
—¿Por qué?
—¿Cómo es posible que tú, que mi padre, hace años...? —No era capaz de pronunciar una sola frase coherente. Sospecha, esperanza, miedo, confusión, todo invadía sus sentimientos al mismo tiempo—. Es imposible —dijo de nuevo.
—Te marchaste de Limehouse cuando eras bastante joven —el señor Chen sonrió ligeramente— y te has hecho pasar por una mujer blanca inglesa desde entonces.
¿Cómo podía saber tanto sobre ella? Se puso en pie, pero las rodillas le temblaban y acabó aferrándose a la silla para no caer.
El anciano se retiró, alzando las manos.
—No pretendo retenerla aquí, señorita Lang. Pero, ¿le parece buena idea huir sin explicación alguna?
Si cerraba los ojos, la habitación a su alrededor. Mary mantuvo la vista clavada en el señor Chen y algo en su expresión le recordó, por extraño que parezca, a Anne Treleaven. Quizás se trataba también de la situación: se sentía con doce años de nuevo, enfadada y perdida a punto de embarcarse en algo nuevo y aterrador. Se aferró a la silla y le dijo secamente:
—Le escucho.
—Creo que dejaste Poplar cuando todavía eras una niña porque pareces no llegar a entender lo pequeña que es nuestra comunidad china. Quizás haya un par de docenas de marineros chinos que se han asentado aquí y se han casado con mujeres blancas.
Aquello tenía sentido.
—No formas parte de nuestra comunidad. Solo hablas inglés. Te sorprendiste, incluso te molestó, que te reconociera como mestiza.
Ella deseaba poder defenderse, aunque lo que decía era verdad. Sin embargo...
—No me avergüenza tener un padre chino —dijo con cautela—. Pero la mayoría de los ingleses tienen muchos prejuicios: creen que los extranjeros, especialmente los que tienen una piel más oscura, son inferiores. Creen que poseen mentes débiles y no tienen moral.
—Por supuesto; eso es algo contra lo que todos luchamos aquí.
—Pero mi vida ahora está entre los ingleses. Si les contara que soy mestiza, cambiarían la forma en la que me ven: me pondría trabas a la hora de buscar trabajo, a no ser que fueran los más insignificantes y los peor pagados; me separaría de mis amigos; otros me odiarían y me tratarían como si fuera menos que una persona. ¡No me lo puedo permitir!
—Aun así, ese es el destino de muchos asiáticos. De hecho, de la mayoría de los que tenemos la piel más oscura en este país. Tú te sales de la norma solo porque tu rostro no traiciona tu raza; eres doblemente afortunada y maldita: si quieres, puedes permitirte el lujo de negar tu herencia.
—¡Pero tampoco soy una de ellos! —Lanzó los brazos al aire, tratando de hacérselo entender—. Para los chinos, soy solo medio china; y para los caucásicos, mi sangre está manchada. No tengo familia, nadie como yo, ¡no pertenezco a ningún lugar!
El señor Chen la observó durante largo rato.
—Entiendo lo que dices. Aunque espero que algún día llegarás a verlo de otro modo.
—Pero, ¿cómo...? —Mary se le quedó mirando, extrañada.
Él ignoró su pregunta.
—Así que para poder encontrar trabajo, cortaste con tus conexiones de Poplar y Limehouse y empezaste a hacerte pasar por caucásica.
Mary asintió lentamente.
—¿Y la gente cree que eres inglesa? —Su voz sonaba ligeramente escéptica.
—No, inglesa no, aunque a menudo se convencen cuando les digo que mi madre era irlandesa. Otros dan por sentado que tengo sangre francesa o española, o algún otro tipo de mezcla continental. —Hizo una mueca con la boca—. Y aunque los europeos también resultan sospechosos en muchos círculos, siguen ocupando un puesto más algo que... la verdad.
La palabra «verdad» se quedó suspendida en el aire, cargada de significado. Cuando era una niña, alguien, ¿su madre?, había intentado enseñarle a Mary que «la verdad te hará libre».
No sabía cómo eso podía ser posible. No era más que un estereotipo más para los ingenuos, o para los privilegiados.
El señor Chen se aclaró la garganta con delicadeza:
—Nos hemos desviado del tema. Recuerdo a tu padre porque era un hombre inusualmente alto y guapo; todo el mundo sabía quién era, aunque no lo conocieran personalmente.
Se obligó a pensar en la cuestión que le ocupaba: cómo sabía le señor Chen quién era ella. Sí, su explicación tenía lógica.
—Me encontré con tu padre solo un par de veces y una vez incluso me topé contigo. Dudo que lo recuerdes, eras una niña de tan solo tres o cuatro años. —Sonrió tímidamente—. Pero reconozco en ti a esa misma niña, Mary Lang.
Mary dirigió aquello con calma. Sentía la mente embotada, como si le funcionara una fracción más lenta de lo habitual. Todo parecía tener sentido. ¿Demasiado?
Un repentino pensamiento cruzó su mente:
—Si eso es así —dijo, la voz alta y aguda—, si tanto te importa la comunidad lascar, ¿por qué tras su muerte no nos ayudas? ¿Por qué dejaste que mi madre sufriera y se muriera de hambre y que tuviera que... que...? —Mary temblaba de ira.
—Eso fue una tragedia —la expresión del señor Chen era sombría.
—¡Por supuesto que sí! ¡Pero no tendría que haber ocurrido!
—Tienes razón. —Suspiró y se tocó el puente de la nariz. Tras una pausa, dijo—: después de que tu padre fuera declarado muerto, una señora de una iglesia cercana fue a visitar a tu madre. Quería una criada para todo y se ofreció a comprarte.
»Tu madre se enfadó muchísimo. Se negó a aceptar la oferta y le ordenó a la señora que se fuera al instante. La señora se ofendió mucho y decidió que si tu madre no aceptaba la oferta, que consideraba generosa, tu madre no recibiría ningún tipo de ayuda.
Parecía tener una respuesta para todo. Y aun así...
—¿Y tú? —le preguntó con cabezonería—. Sabías lo mismo, pero también te negaste a ayudarnos.
—Tenía miedo. —El señor Chen parecía avergonzado—. La señora de la iglesia nos ayuda a mantener este Refugio. Tenía miedo de que se negaran a seguir haciendo donaciones al Refugio si te ayudábamos.
Su vergüenza parecía auténtica. Mientras sus palabras calaban hondo en ella, Mary se dio cuenta de que le creía. Lentamente, se sentó de nuevo. Le dolían las manos de la fuerza con la que aferraba la silla de madera.
—Así que conocías a mi padre.
Chen se puso en pie y se acercó al alto archivo.
—Durante varios años he mantenido un archivo de «lascars perdidos», hombres que desaparecieron en el mar. Aunque la navegación es una profesión peligrosa, han sucedido una serie de misteriosas desapariciones de marineros, sobre todo extranjeros, todas rodeadas de rumores. Los hombres en los muelles hablan de ello, ¿sabes? Estos lascars perdidos tienen alguna cosas en común. Creo que tu padre pertenecía a ese grupo.
»Pero también era diferente —continuó el señor Chen—. Antes de hacerse a la mar en 1848, tu padre me hizo una visita. Creía que posiblemente no regresaría de aquel viaje, pero no quería alarmar a tu madre. Dejó su caja de cigarros en mi poder. Me dijo que si regresaba la reclamaría; si no, debía dártela cuando considerara que fuera oportuno. —El señor Chen tenía un aspecto sombrío.
—Tenía demasiado miedo de ayudar a tu familia, y no pude darte esto antes de que desaparecieras. No podré perdonármelo. Pero ahora estás aquí.
»Tu padre te quería mucho, señorita Lang. He aquí su legado.
Había tantas preguntas que deseaba hacerle, pero Mary era incapaz de dejar de mirar la caja de cigarrillos. Se limitó a continuar observándola, aterrorizada de pensar que podría tratarse de una trampa, o que, en el momento que fuera a extender la mano ansiosa para tocar la caja, se desvaneciera o se rompiera.
El sonido apagado de la campana de la entrada les interrumpió.
—Te dejaré aquí sola para que examines tu herencia —le dijo amablemente el señor Chen. Mary no fue capaz de contestarle, pero cuando alzó la vista, ya había desaparecido.
La caja de cigarros estaba atada con una cuerda. Mientras Mary la desataba, de repente se acordó de cómo su padre le había enseñado a hacer diferentes nudos: as de guía, el ocho, el nudo plano. Le temblaban las manos al levantar la tapa, y a punto estuvo de arrancarla del cartón que la envolvía. Lo primero que vio fue un sobre dirigido sencillamente a «Mary» con una cuidada caligrafía infantil. Extrajo una cuartilla de papel amarillento y un retazo de papel que contenía algo parecido a unas semillas.
Mi querida Mary.
En primer lugar, y ante todo, te quiero. Estoy orgulloso de ti y siempre lo estaré. Parto hacia un viaje peligroso, pero necesario. Dejo en esta caja información que puede que algún día sea importante para ti. Confía en el señor Chen, él te ayudará.
Debo irme. Cuida de tu madre y de tu nuevo hermanito o hermanita y ayúdales a recordarme.
Tu querido papá.
Era tan breve. Mary la releyó una media docena de veces, con la esperanza de que le dijera algo nuevo. Algo más sobre sí mismo, sobre ella, sobre cualquier cosa.
No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima se derramó sobre la página, emborronando la firma.
Aquello la hizo llorar todavía más. Le temblaban los dedos cuando abrió el arrugado amasijo de papel. En su interior encontró algo que había olvidado completamente: un pequeño colgante de jade tallado, de un tamaño no mayor que su pulgar. Parecía una pieza de fruta, quizás una pera. La cadena se veía gastada por la falta de uso, pero lo recordó con una feroz sensación de posesión. Había sido suyo... suyo desde hacía mucho tiempo. Un pedazo de su herencia china que había llevado durante las vacaciones. Pero, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Por qué lo había guardado su padre con tanto cuidado, en un lugar donde quizás ella nunca lo hubiese encontrado?
Un suave golpe en la puerta la sobresaltó y se enjugó el rostro rápidamente.
—¿Sí?
—Siento interrumpirla, señora Lang —dijo el señor Chen entrando en la habitación—. Necesito el despacho para recibir una visita de negocios. ¿Le importaría retirarse al salón contiguo? Puede quedarse el tiempo que necesite.
La palabra «tiempo» le hizo recordar de repente la situación en la que se encontraba.
—¡Debo irme! —exclamó—. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí dentro?
—De verdad, señorita Lang, no tiene que irse.
—Sí que debo, por mi bien. —Trató de sonreír. Miró la caja de cigarrillos y vio que había otro sobre, dirigido a su madre, y un fajo de documentos atado con una cuerda—. Señor Chen —le dijo—, ¿puedo confiarle la caja? Ahora no me la puedo llevar.
—Por supuesto. Te ha esperado una década, puede esperar un poco más.
Mary volvió a envolver la caja, dudó, entonces sacó el colgante y se lo puso, deslizándolo por debajo del cuello de la blusa.
—Gracias —susurró—. Volveré pronto.
El señor Chen hizo una breve reverencia con la cabeza.
—Hasta la próxima, señorita Lang.