Capítulo 7
Eran las doce menos cuarto cuando Mary llegó a los almacenes de Thorold & Co. Por segunda vez aquel mismo día. La calle parecía desierta y tranquila a excepción de un par de vagabundos con los que se había cruzado, enroscados en las porterías de las casas para poder disfrutar del sueño. En aquella parte de Londres, parecía que nunca acabara de anochecer. El río reflejaba gran parte de la luz de la luna, de las hogueras de las casas y de las farolas, aunque esta, a su vez, quedaba amortiguada por la densa niebla. Aquella noche, el Southwark estaba preso en las garras de una niebla amarillenta tan espesa que parecía tener presencia física. Cuando Mary, a modo de experimento, extendió el brazo ante sí, los dedos de la mano le parecieron los de un fantasma, carentes de solidez.
Hacía más de cinco años que no se vestía con ropas de chico. Casi había olvidado lo cómodos y prácticos que eran los pantalones. Además, con la gorra calada hasta los ojos, el conductor no había demostrado interés alguno ni por su destino ni por su propósito; le había preocupado más si podría pagar el trayecto. Cuando acabara la investigación, debería volver a hacer aquello, solo por diversión, aunque ahorrándose el allanamiento y el hedor del río.
Sin embargo, ahora debía concentrarse en encontrar pruebas. Hasta el momento, llevaba una semana en casa de los Thorold y no había descubierto nada. El caso se iba a cerrar en seis días y tenía que encontrar algo que ayudara a la Agencia a resolverlo. Había reflexionado sobre el tema durante todo el día. En un primer momento, sus órdenes habían consistido exclusivamente en observar y escuchar. Técnicamente. Pero Anne y Felicity tenían buenas razones para asignarle un puesto dentro de la familia. No es que estuviera actuando por puro cotilleo o por el deseo de competir con la agente principal; solo pensaba en los intereses de la Agencia. Y no podía contribuir si no actuaba. Después de todo, ¿para qué servía una agente que no sabía nada, no había oído nada, no había hecho nada y no había sido capaz de usar su cerebro?
Por lo menos eso es lo que le había estado diciendo a su conciencia durante todo el día. Ahora era demasiado tarde para dudar.
Tras deshacerse de la sensación de estar siendo observada, se encaramó a la verja de hierro e introdujo la cabeza entre los barrotes a modo de prueba. Era muy estrecho, pero podría hacerlo. Cuando se dedicaba a asaltar casas, uno de sus lemas había sido: «por donde pase la cabeza, el cuerpo le seguirá». Dejó caer la bolsa con las herramientas por el enrejado y esperó. Si había un perro guardián al acecho, lo sabría pronto.
Pasó un minuto. Nada... salvo la sospecha de que no estaba completamente sola. Se dio la vuelta: nada, por supuesto. Estúpida. Se secó el sudor de la frente y pasó por entre las rejas con un pequeño quejido. «Por donde pase la cabeza...» Por aquel entonces, no tenía pecho.
Las piedras del patio estaban resbaladizas. Encontró las herramientas y avanzó sigilosamente por el patio, con los sentidos alerta por si oía voces o pasos. En el edificio principal alguien había dejado abierta la puerta que daba al muelle de descarga. ¡Definitivamente Thorold necesitaba mejorar la seguridad! Mary se dio cuenta de que la sensación de incomodidad que la embargaba había desaparecido; de hecho, se estaba divirtiendo. Tenía los sentidos alerta. Una emoción le corría por las venas, una emoción que nada tenía que ver con la justicia o con el valor de su empresa y mucho que ver con estar, nuevamente, al acecho. Hasta aquel momento había vivido de espaldas a la agitación simple y concentrada que otorga el peligro.
Se deslizó al interior de la oscuridad de alquitrán. Sin poder recurrir a la visión, el resto de sus sentidos se agudizó lentamente. Reinaba un silencio cavernoso. De hecho, aunque no hubiera sonido alguno que provocara eco, sabía que se encontraba en un lugar de grandes dimensiones. Olía a serrín y a sal, a brea y a resina. Las tablas del suelo eran toscas, arenosas, y estaban cubiertas de mugre.
En la oscuridad era más fácil arrastrarse que caminar. Cruzó aquella inmensidad a cuatro patas, moviéndose lentamente, con cautela, de una pila de cajas a la siguiente. Las gigantescas proporciones de la sala la confundieron: al llegar a la puerta situada en el otro extremo, tuvo la sensación de que era más pequeña pese a tener un tamaño normal. ¿Por qué preocuparse?
Abrió la puerta despacio y volvió a agudizar el oído. Percibió un sonido apagado que no tardó en reconocer como el de unos pasos. Cerró la puerta de nuevo, se pegó a la pared con la oreja en la cerradura de la puerta y respiró con calma.
Un guardia arrastrando los pies.
Se detuvo frente a la puerta. El brillo de la linterna que portaba el guardia atravesó la cerradura con un destello de luz amarilla.
Un suspiro.
Una pausa.
Un pedo.
Y los pasos se alejaron.
Esperó tres minutos más y abrió la puerta ligeramente. La pálida luz que se filtraba a través de una serie de claraboyas en el techo del edificio iluminó unas escaleras. A pesar de la niebla, la luna se abría paso.
Mary no se apartó de las paredes, caminando despacio, evitando hacer ruido antes de dar otro paso. Se movía muy lentamente. Cuando finalmente llegó arriba, se deslizó a través de las puertas más pequeñas hacia el final de la sala. Y entonces vio la imponente puerta de caoba que buscaba, en el otro extremo. La placa con el nombre lo confirmaba: H. Thorold, Esq.
Sonriendo, probó con delicadeza el pomo de la puerta. Cerrado con llave, por supuesto.
Cuando introdujo la llave maestra en el cerrojo, le pareció oír un gruñido apagado procedente de la puerta. Se detuvo, mirando hacia el pasillo que había detrás de ella. Nada. Pero el gruñido empezó resonar cada vez más fuerte, convirtiéndose definitivamente en un rugido.
Un perro. Casi se le cae la llave de las manos. Un perro guardián.
—Sssssshhh... —empezó indecisa.
El gruñido continuó, transformándose en un rugido. Quedaba poco para que empezara a convertirse en un ladrido en toda regla.
—Tranquilo —le dijo con toda la autoridad de la que fue capaz—. Necesito que estés callado.
El gruñido se convirtió en un eventual ronroneo.
—Buen chico —continuó Mary, secándose las palmas de las manos en los pantalones—. Muy bien —musitó, animándole a medida que el gruñido se iba apagando.
Cuando solo oyó un jadeo regular, empezó a girar la llave en la cerradura, hablando todo el rato tranquila y suavemente con el animal que había al otro lado de la puerta. El cerrojo cedió suavemente con un preciso clic. Mary seguía murmurando tonterías al perro mientras empujaba la puerta suavemente.
Unos ojos brillaban en la oscuridad. Los ojos de un lobo.
Casi se le cortó la respiración.
—Buenas noches, guapo —logró musitar—. Te has portado muy bien.
Los ojos parecían brillar de forma sobrenatural, sin pestañear.
—Me gustaría entrar en tu despacho —murmuró Mary con la esperanza de sonar más tranquila de lo que estaba—. Empezaré poco a poco, ¿de acuerdo? —Se agachó y avanzó despacio hasta el umbral de la puerta.
El animal se detuvo. Parecía reflexionar sobre qué debía hacer.
De repente, Mary recordó lo que debía hacer. Lenta y cuidadosamente, rebuscó en su bolsa unos segundos. Cuando por fin encontró el objeto envuelto en un pañuelo, el animal emitió un gruñido de curiosidad. Desenvolvió el paquete bajo su atenta y brillante mirada. Se trataba de un pedazo de carne hervida. Lo había tomado de la despensa aquella misma tarde, anticipando aquel momento. El problema es que no había contado con encontrarse al perro guardián dentro del despacho de Thorold.
El animal olfateó una vez, y luego se lanzó hacia ella. Sintió entonces en la cara el aliento cálido de la respiración del perro y sus frías patas. El perro se separó de ella con su premio, mordisqueándolo con entusiasmo.
Mary se deslizó al interior del despacho, cerró la puerta y, finalmente, dejó de estar tan tensa. Volvía a tener la espalda sudada y, cuando el perro regresó para inspeccionar su figura boca abajo, olisqueándola con curiosidad manifiesta, intentó por todos los medios no echarse a reír.
Encendió una vela con una cerilla. La chica y el perro se contemplaron con curiosidad. Se trataba de un enorme perro de color negro, de pelo corto, con grandes orejas caídas y una expresión alerta.
Desde luego, no se trataba del típico perro guardián, pero le gustaba su aspecto algo torpe.
—¿Qué hace un hombre como Thorold con un perrito tan adorable como tú? —le canturreó.
El perro pareció encogerse de hombros.
Pasaron unos cuantos minutos conociéndose antes de que Mary apartara hacia un lado a su nuevo amigo. El reloj sobre la repisa del hogar de Thorold señalaba que era la una y veinticinco.
—Debo pedirte que me disculpes —le dijo a modo de disculpa mientras cerraba con llave la puerta del despacho—. Tengo mucho trabajo que hacer.
El despacho de Thorold era muy parecido al estudio que tenía en casa: no había ningún papel fuera de lugar y estaba lleno de archivadores. Con toda probabilidad, no encontraría ilustraciones obscenas, aunque no podía estar segura. El procedimiento era bastante sencillo: revisar los documentos, comprobar si estaban correctamente etiquetados y volverlos a colocar en su sitio. Sería un trabajo rápido, ya que la letra utilizada era muy clara.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, Mary cada vez se iba frustrando más. Evidentemente, no había esperado encontrar algo que le incriminara en el primer documento, pero es que todos aquellos documentos estaban correctamente numerados y archivados en el lugar correspondiente y se relacionaban con los otros documentos que había encontrado. No había señal alguna del tipo de documentación informal y garabateada que se asociaba con los negocios ilegales. Y, además, ¿qué sabía ella? Tal vez no existía ningún tipo de evidencia escrita. ¿Y entonces qué?
—¿Qué estoy haciendo aquí, perrito? —preguntó con pesar—. Podría pasarme semanas enteras rebuscando en todo esto.
El reloj sobre la mesa sonó llamando su atención. ¡Las cuatro en punto! En Cheyne Walk pronto se despertarían los criados. Volvió a colocar los muebles como estaban y se despidió con pena del perro. Toda preocupación que pudiera tener sobre el alboroto que podría organizar desapareció al abrir la puerta. Parecía entender que tenía que permanecer en silencio. Después de lamerle la mano afectuosamente, se escondió de nuevo bajo el escritorio y se quedó allí tranquilo.
Al volver sobre sus pasos, Mary casi topa con uno de los guardas nocturnos en la escalera. Afortunadamente, estaba tan dormido que ni siquiera se dio cuenta del pequeño bulto que se adivinaba entre las sombras del tercer rellano de la escalera. De hecho, la suerte la acompañó toda la noche, si no se tenía en cuenta la cuestión de los documentos del archivo. Cuando se deslizó por entre las rejas de la verja, aplastándose una vez más los pechos durante el proceso, aún era de noche y el cielo seguía teniendo un color gris oscuro. Lo conseguiría, se dijo a sí misma con alegría. Todavía no había dado con lo que andaba buscando pero...
Maldita sea.
Absorta felicitándose a sí misma, se había olvidado de la regla número uno en todo allanamiento: permanecer alerta y no distraerse.
—Hola, chaval, encantado de verte —musitó una voz entre la niebla.
Unas manos enormes la cogieron por los hombros. Engulló aire con tanta fuerza que le dolió. Tan solo podía vislumbrar el contorno de su captor: varón, alto, de anchos hombros.
El instinto se apoderó de ella cuando tendría que haberse quedado paralizada por el miedo.
Mary se defendió: le pisó, utilizó los codos como armas, se retorció hasta conseguir deshacerse de su abrazo. Su rostro amenazador la miraba desde la niebla gris. Mary volvió a atacarle, atizándole un puñetazo en la nariz.
El hombre gimió, maldijo y se retiró hacia atrás.
Ella aprovechó la oportunidad para echar a correr. Mientras se apresuraba en dirección al puente más cercano, podía oír sus pasos corriendo tras ella. Tenía una significativa ventaja en lo que al tamaño se refería; a menos que estuviera realmente herido, la atraparía. Dejó caer su bolsa para ganar velocidad.
Mientras huía, con los retazos de niebla rozándole el rostro a modo de telarañas, algo le vino a la memoria. Su asaltante le resultaba vagamente familiar. Aunque no se sentía tentada a darse la vuelta y comprobarlo.
¿La voz?
¿La forma de la cabeza?
Algo le agarró la chaqueta, ¿su mano quizás? Se deshizo de ella sin dejar de correr.
Justo antes de que la atrapara, tuvo una breve premonición. Fue igual que la primera vez —y la última— que la habían atrapado. La invadió un destello de terror, de comprensión. Y entonces sucedió.
Una mano le agarró por la camisa, deteniéndola en seco con el sonido de algo que se desgarraba. Las costuras le cortaron la piel de los brazos mientras caía hacia atrás, aterrizando contra un cuerpo delgado y duro.
—¡Serás idiota! —le espetó una voz familiar—. Deja de luchar y no te haré daño.
Mary se quedó helada, con el codo a medio camino de su rostro. No sabía si sentirse agradecida u horrorizada.
—Deja que lo adivine —musitó— ¿Quieres bailar un vals?