Capítulo 16

Desde la privacidad del carruaje, James observaba la escena frente al Refugio de lascars con los ojos entornados. Había alargado la conversación con el guarda hasta la saciedad antes de regresar al carruaje. Y ahora llevaba esperando ya media hora más. Aunque parecía mucho más.

Su vista se iba hacia el bolso de Mary, colocado con cuidado en el asiento de enfrente. ¿Se atrevería? Ciertamente, sería injusto, poco caballeroso, aprovecharse de, como fuera que se llamase... qué demonios. Era lo que Mary haría. Aparte de los habituales trastos —un par de sellos de un penique, monedas para el ómnibus, un pañuelo limpio— había una carta, franqueada la noche anterior.

James le echó un rápido vistazo.

Mi querida Mary, desde mi nuevo... estuche portátil, caso te estés preguntando, te escribo esta carta. Se abre y cierra con un solo movimiento, práctico y conveniente... Menuda carta más boba. Además, ¿qué podía importarle a Mary lo que la señora en cuestión hiciera con sus pupilos?

La había devuelto a su sitio cuando algo le hizo detenerse. Algo le picaba la curiosidad... no sabía cómo explicarlo. Releyó la carta. ¿Qué clase de profesora iba a presumir de estuche portátil cuando la salud de sus alumnos estaba en peligro? ¿Y quién era esa mujer? Debería verificar si el nombre de Anne Comosellame pertenecía a una profesora. Sostuvo el papel al contraluz de la ventanilla, casi mofándose de sí mismo. La tinta invisible y las letras encriptadas formaban parte de los libros de aventuras de chicos, no de las investigaciones de la vida real. Aun así, todo lo relacionado con Mary parecía una historia de aventuras.

Un ligero aroma a jabón de limón inundaba el carruaje. Aquel olor le recordó inmediatamente a Mary, en ropa interior, con los hombros desnudos y los brazos luminosos en la oscuridad del carruaje. No había querido mirar como si se tratara de un niño. Pero no se avergonzaba de haberlo hecho.

La visión de una enorme yegua interrumpió sus pensamientos. Se detuvo frente al Refugio de los lascars, y su jinete, un apuesto caballero rubio, le resultó familiar a James de inmediato. Emitió un bufido y se retiró de la ventanilla, mirando hacia la calle. Apareció el hijo de un carnicero de cabello rubio, portando una cesta en un brazo. El muchacho se detuvo en la calle, entrecerrando los ojos mientras leía la orden que llevaba en un trozo de papel y repitiendo el encargo para sí mismo. James sonrió ante la imagen de su joven cómplice: Alfred Quigley ciertamente tenía tendencia al melodrama.

Cuando el jinete despareció en el interior del refugio, James comprobó su reloj. Mary llevaba dentro casi una hora. Ahora, con la inesperada llegada de Michael Gray, necesitaría por lo menos otro cuarto de hora. Muy bien: evitaría emitir cualquier juicio y sería productivo. Pensaría en la cantidad de cosas que tenía que hacer hoy. Pensaría en el modo de encontrar respuestas a sus propias preguntas. Estiró sus largas piernas y volvió a encogerlas. Se dio cuenta de que estaba apretando los dientes.

Al reaparecer Mary, esta vez por la puerta delantera, la vio moverse como en trance. Su expresión, normalmente alerta, estaba totalmente distraída. Antes que Barker pudiera colocar los peldaños del carruaje, James la sostuvo por los brazos y la ayudó a subir.

Se acomodó en su asiento con un golpe seco que levantó el polvo de su falda, pero no protestó.

—Debes de estar cansado de esperar —le dijo.

—Un poco. —Su tono sonaba sorprendentemente calmado, considerando la situación.

—Lo siento. —Mary parecía asombrosamente débil, aunque aún no había podido verle los ojos.

Él se quedó esperando, moviendo los músculos de la barbilla.

—¿Y bien? —exigió finalmente.

—Oh, quieres saber lo que he averiguado. —Tenía los ojos rojos, quizás debido al polvo.

—Sí.

Se quedó mirando un momento la ventanilla. Parecía que se estaba centrando.

—Cierra los ojos —le dijo.

James se cubrió los ojos y escucho con impaciencia su breve descripción del edificio y de las habitaciones de los marineros.

—¿Eso fue lo único que viste? ¿Qué te retuvo tanto rato?

—Bueno, el guarda me descubrió y tuve que fingir que estaba buscando trabajo. Menos mal que llevaba el disfraz. —Terminó de abrocharse el vestido y se aseguró de que el colgante no quedara a la vista.

—Supongo... —se quedó muda al ver la carta de Anne sobre el asiento contiguo. Con un movimiento lento, la cogió y se la quedó mirando, confundida—. Esta es... ¿Cómo...? ¡Serás... serás cerdo! ¡¿Cómo te atreves?! —Entrecerró unos ojos que le brillaban con rabia; tenía el cuerpo en disposición, preparada para saltar.

James se sintió un tanto avergonzado, aunque lo disimuló rápidamente con un enfado justificado.

—No se puede decir que estés en posición de acusarme de tener un comportamiento fraudulento —le respondió—. ¿Y tú encuentro secreto? ¿Y la razón por la que has pasado tanto tiempo en el Refugio?

—¿Estás loco? ¿Qué encuentro secreto? —Estaba acalorada y a la defensiva. Puede que hasta se sintiera culpable.

—¡No soy idiota! —chilló—. Está perfectamente claro que estabas tramando algo allí. ¿Cómo puedes haberte pasado tanto rato allí metida pidiendo trabajo?

—¡He hecho lo que acordamos! Por si no lo recuerdas, ¡ese era tu plan!

—He debido de seguir el plan que tú misma trazaste. Fue solo simple casualidad que le viera llegar al Refugio de lascars. ¡Qué inteligente por tu parte haberme sugerido este lugar! Qué lástima que no fueras lo suficientemente cauta como para echarme después de que hubiera creado una distracción tan útil. ¡Le vi, Mary!

—¿Qué viste «llegar»? ¿A quién? —Ahora sí que parecía estar verdaderamente confundida—. ¿De qué estás hablando?

—¿Sigues negándolo? —James hizo una mueca de fastidio—. La creía más inteligente, señorita Quinn.

—Oh, pues podría empezar a chillar. Por última vez, señor Easton, no tengo ni idea de a qué se refiere. Fue usted quien sugirió que exploráramos el Refugio de lascars. Tú trazaste el plan y tú compraste aquellos harapos apestosos. Yo seguí el plan. ¡Y ahora me acusas de encontrarme con alguien cuando no son más que imaginaciones tuyas!

—¿Michael Gray es una imaginación mía? Cuéntaselo a tu querida patrona.

—¡¿Michael Gray?! —Ahora sí que estaba realmente ofendida—. ¿En el Refugio? ¡Menuda tontería!

—Supongo que al final resultará que estáis todos aliados, toda la maldita familia, por alguna arcana razón que todavía no he logrado dilucidar.

—Estás totalmente obsesionado con ese hombre. No, no es cierto, en realidad estás obsesionado con la idea de que esté compinchada con Gray.

Oh, lo que hubiera dado por darle una buena sacudida a aquella mujer. Ser un caballero era claramente una desventaja en momentos como aquel.

—¿Así que niegas haberte encontrado con Gray en el Refugio de lascars?

—¡Claro que lo niego, cabeza de chorlito! —le espetó—. ¿Cómo podría haberme encontrado con él? ¡No estaba allí!

—¿Cabeza de chorlito? —James podía sentir como su control se desvanecía—. Pequeña y endiablada...

—¡Detén el carruaje! ¡Me bajo!

—¡Mejor! —le espetó él golpeando el techo con energía. No le importaba dónde se encontraran, gustosamente la dejaría caer en el mismo Támesis.

Mary abrió de golpe la puerta mientras el carruaje iba disminuyendo la marcha y vio que, de hecho, estaban junto al río, que brillaba a la luz del mediodía como si se tratara de alquitrán de aspecto aceitoso. El hedor a podredumbre invadió el carruaje provocándoles violentas arcadas.

—Cierra la puerta —dijo James entre resoplidos en cuanto pudo hablar.

Pese al tono verde de su rostro, Mary estaba dispuesta a bajarse del carruaje. James la agarró por el codo y la atrajo de nuevo hacia el interior del mismo.

—Quédate.

Mary parecía demasiado indispuesta como para discutir y cerró la puerta con cautela mientras el carruaje aceleraba hacia el oeste. James podía imaginar cómo tendría que estar pasándolo Barker, estando al aire libre. Se hizo un largo silencio mientras ambos luchaban contra las náuseas, con los pañuelos cubriéndose las narices.

Tras varios minutos, Mary trató de respirar de nuevo.

—No está tan mal, ahora.

—Bien. —Pero, al quitarse el pañuelo de la nariz, le asaltó de nuevo aquel fétido olor. Volvió a cubrirse la nariz e intentó respirar con normalidad.

—¿Vas a vomitar? —le dijo Mary frunciendo el ceño.

—No. —Su saliva sabía intensamente a sal.

—Estás pálido como un muerto.

—Estoy bien —le contestó él enojado. ¿Por qué se había recuperado ella, mientras él seguía comportándose como la típica tía solterona delicada? Lo último que quería era vomitar delante de ella.

Tras una pausa, le ofreció su propio pañuelo con cautela. Lo cogió a su pesar. Su encantador aroma a limón le ayudó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Cómo lo haces? —musitó entre capas de lino.

—¿Hacer qué?

—Vivir en Cheyne Walk. Todos los Thorold.

—Bueno, a la señorita Thorold no le importa. Y el señor Thorold dice que hizo fortuna gracias al río, así que es leal a él. Y a la señora Thorold no parece afectarle el hedor.

—¿Sabes que los periódicos lo llaman El Gran Hedor?

—El Támesis nunca huele bien.

—Pero nunca había olido tan mal —contestó él—. Hasta los conductores de transbordador han dejado de trabajar.

Era cierto: la habitual flota de pequeños taxis de río no se veían por ningún lado.

—¿Es cierto lo que comentan sobre la causa del hedor?

—Descompuestos animales muertos, vegetación podrida, la basura procedente de curtidurías, productos químicos y Dios—sabe—qué—más. —James había visto todas esas cosas, y otras muchas, cuando trabajaba en las excavaciones de los túneles.

—Pero el Támesis ha estado cubierto de esas cosas desde hace mucho tiempo. Décadas.

—Ha empeorado —le dijo—. Más gente que produce desperdicios, y ahora no se trata solo de gatos muertos y ese tipo de basura: todos los váteres de Londres se vacían directamente en el río.

—Así que no es el calor lo que está provocando el hedor. —Mary se estremeció—. Sencillamente hace que el hedor habitual sea aún peor.

—Tendremos que encontrar pronto una solución —dijo James con un asentimiento—. Londres está creciendo demasiado rápido.

—Pero, ¿cómo podemos limpiar el río? ¿Dónde irán todos los deshechos?

—La solución más sencilla es enviarlo a otro lugar, construir cañerías subterráneas y no permitir a las fábricas que lancen cosas al río.

—¿Cañerías subterráneas? Supongo que ahí es donde entráis en juego tú y tu hermano.

James bajó ambos pañuelos con cuidado.

—O Bruenel. O las docenas de otros ingenieros que querrán hacer el trabajo.

Mary lo miró fijamente un instante.

—¿No eres muy joven para ser ingeniero?

¿Por qué se empeñaba la gente siempre en destacar ese detalle? O bien lo consideraban demasiado joven para hacer su trabajo o demasiado maduro para su edad.

—Empecé mí aprendizaje cuando tenía quince años. Ahora tengo diecinueve. —Y hablando de edad... pese a la oscuridad, le frunció el ceño con aire crítico—: ¿No eres muy joven para hacer de dama de compañía?

—Tengo veinte años. —Y Mary cambió de tema rápidamente—. ¿Dónde estamos? Supongo que ahora ya es seguro bajar.

James alzó la mano para detenerla. Tras la interrupción puede que su discusión le resultara algo infantil, pero tenía que saberlo.

—Mary, él estuvo allí.

—¿Gray? ¿Cuándo?

—Mientras estabas dentro, apareció Gray a caballo. Entró por la puerta principal. Tú permaneciste dentro un cuarto de hora más.

—A caballo. —Mary frunció el ceño—. ¿La yegua que estaba apostada fuera?

—¡Sí!

—Pero, ¿por qué no lo dijiste antes?

—No vamos a volver a pelearnos, ¿no? —Sonrió de oreja a oreja.

Una de las extrañas pero enormes sonrisas de Mary transformó su rostro.

—Tampoco llegamos a las manos.

—Mi nariz te lo agradece.

—Veo que el moratón se está curando.

—Sí, ¿y tu mano?

—Mucho mejor, gracias.

El carruaje se detuvo. Barker abrió la puerta sigilosamente y colocó los peldaños.

—Lawrence Street, señorita Quinn.

Se detuvo un momento y luego le dijo:

—Te mantendré informado.

—Lo mismo digo.

Tras la cena, cada noche las damas se retiraban al salón mientras Thorold y Gray bebían oporto y comían Stilton en el comedor. La señora Thorold solía quedarse dormida en su sillón mientras Angélica tocaba el piano. Aquella noche, sin embargo, Angélica no lograba centrarse. Estuvo rebuscando entre las partituras, las apartó a un lado y se sentó junto a la ventana a lamentarse. Había tenido la misma actitud todo el día.

—Creo que voy a por mis labores —dijo finalmente Mary—. ¿Te traigo algo?

Angélica ni siquiera giró la cabeza.

Mary, con delicadeza, cerró la puerta del salón tras de sí Se estaba muy tranquilo en el rellano. Para entonces, los criados estaban cenando en su propio salón. En el piso de abajo, las puertas del comedor permanecían abiertas. No era lo habitual, pero dado el bochorno, no era una mala idea. La luz de gas amarillenta se filtraba en el salón, junto a unas voces intensas y graves.

—Con el debido respeto, señor, debería reconsiderar el proyecto de Brighton.

—Ya se lo he dicho. No es posible.

Mary se detuvo con una mano sobre la barandilla. No esperaba tener tanta suerte.

—Comprendo que las señoras prefieran quedarse en Londres, pero en estas circunstancias...

—Ya ha presenciado la conversación familiar, Gray. La señora Thorold ha sido muy clara al respecto. No es una cuestión de preferencia, sino de necesidad médica.

—Alejarla de la ciudad es un caso médico, señor. ¿No podría consultar a otros médicos en Brighton?

Pausa.

—No interfieras en asuntos que no entiendes.

—Señor, yo...

—¡Basta! —La repentina ira en la voz de Thorold la sobresaltó—. Ya le he comunicado mi decisión; no hay vuelta atrás.

—Hoy he ido a George Villas, señor. —La voz de Gray ahora sonaba dura.

De nuevo una pausa.

—¿Que tú qué?

—George Villas, en Limehouse. La sede del Refugio Baptista Imperial del Este de Londres para Marineros Asiáticos Necesitados, señor.

—¿Para qué demonios ha ido allí? No es una de sus responsabilidades.

Michael hablaba poniendo un fuerte énfasis.

—Estaba investigando ciertas irregularidades en la contabilidad del último trimestre. —Se detuvo para observar el efecto que producía, pero Thorold no hizo ademán alguno de hablar—. Me preguntaba, señor, por qué la compañía estaba pagando por...

Los pasos de un criado detuvieron a los dos hombres. Entonces Thorold dijo con frialdad:

—Como ya he dicho, eso queda fuera de sus competencias. Si quiere conservar su trabajo, se ocupará de sus propios asuntos.

Silencio.

—¿Me ha entendido bien?

—Sí, señor.

Mary esperó un minuto más, pero quedaba claro que la conversación se había acabado. A pesar de ello, había tenido suerte. Se apresuró al piso de arriba, al dormitorio, y metió la llave en el cerrojo. Estuvo intentándolo durante un minuto, tratando de encontrar la vela, cuando, de pronto, una voz grave le dijo:

—Tengo una mecha en el bolsillo, señorita.

Mary ahogó un grito. Cuando pudo hablar de nuevo, la sorpresa hizo que su tono fuera severo.

—¡Cassandra Day! ¿Qué narices estás haciendo en mi dormitorio? —Sus dedos se aferraron a la caja de cerillas. Iluminada por el repentino resplandor de la cerilla, vio a Cass acurrucada en el suelo junto al tocador, con las rodillas dobladas y pegadas a la barbilla. A juzgar por la manera en que la chica entrecerraba los ojos y parpadeaba, llevaba bastante tiempo sentada en la oscuridad. Mary se tomó su tiempo para encender una segunda vela.

—Bueno, ¿qué está pasando? —le preguntó crispada.

—No se enfade, señorita Quinn: es importante.

—¿Qué es importante?

—Algo que he oído hoy. No sabía cómo contárselo. —Cass casi no se sostenía en pie mientras jugueteaba con el delantal.

—¿No te echarán de menos en la cocina?

—Ya he lavado las cazuelas, señorita. La Cocinera me ha dejado arreglar los delantales.

Por la apariencia del que llevaba puesto, necesitaría su tiempo. Mary asintió.

—De acuerdo, entonces. Siéntate. Te curaré las manos mientras me cuentas qué has oído.

A pesar de la penumbra, podía ver como Cass se sonrojaba con satisfacción. Se sentó con cuidado en la silla de mimbre, vigilando que sus faldones no rozaran la ropa de cama.

—Ahora, adelante. —Mary abrió el pequeño pote del ungüento—. ¿Por qué estás preocupada?

Cass se incorporó con un gesto de sus estrechos hombros y respiró profundamente.

—Esta mañana temprano, estaba limpiando la plata en la despensa del mayordomo.

—Eso es trabajo del asistente del mayordomo. —Mary frunció el ceño. Estar fuera de la trascocina, aunque estuviera manejando la pesada, fea y muy cara cubertería de plata de la familia, constituía una brecha significante en la disciplina doméstica. Si la hubieran descubierto, hubieran despedido a Cass al instante.

—Sí, señorita, era porque la Cocinera siente un mayor aprecio por William. Me dijo que lo hiciera mientras ella le preparaba un desayuno caliente.

—Mmm... De acuerdo, entonces. Estabas sacándole brillo a la plata. ¿A qué hora fue eso?

—El reloj dio las siete poco después de que empezara y, cuando estaba a punto de terminar, el señor Gray apareció en la sala de desayunos. La puerta que daba a dicha sala estaba abierta de par en par, pero no quería que me viera y me preguntara qué estaba haciendo allí, así que me escondí detrás de la puerta. —Parpadeó rápidamente cuando Mary extendió el ungüento entre las cutículas en carne viva, pero no se movió ni un ápice—. Los periódicos ya estaban encima de la mesa pero, en lugar de leerlos, empezó a recorrer la habitación de arriba abajo. No le di mucha importancia, tan solo quería acabar con mi tarea y regresar a la trascocina. No fue hasta que oí decir al señor Gray, a voz en grito, «¿A qué estás jugando?», que empecé a prestar atención. Se lo decía a la señorita Thorold, quien le dijo que se tranquilizara.

—¿Estaba el señor Thorold en la sala? —Mary había arqueado las cejas.

—No, señorita. Todavía no eran las ocho, ya sabe, y normalmente baja a las ocho y cuarto.

—Continúa, por favor.

—Nunca había visto a la señorita Thorold antes de la comida, así que estaba bastante sorprendida. Creía que quizás me había equivocado, pero podía ver algo de lo que pasaba en la sala a través del pequeño hueco de la puerta, ya sabe, donde están las bisagras, y la pude ver. Todavía llevaba puesta la bata y tenía el cabello suelto. Es muy guapa, ¿a que sí, señorita?

—Sí —asintió Mary.

—En fin, la señorita Thorold y el señor Gray empezaron a hablar sobre algo. La llamaba «Anj» y ella a él «Michael». No se trataba de la habitual conversación familiar, más rutinaria que amistosa. —Arrugó la frente—. No pude oír lo que estaban diciendo. Estaban en la esquina más alejada de la sala, cerca de las ventanas, murmurando con las cabezas muy juntas. Pero, él finalmente le dijo, «lo arreglaré lo antes posible». Y ella le contestó, «cuanto antes, mejor». Y continuaron susurrándose.

Mary le dio a Cass un último y suave masaje en las manos y cerró el ungüento. Aunque se alegraba de confirmar la conexión entre Michael y Angélica, no entendía por qué Cass la había escogido a ella para hablar sobre esto. Pero las siguientes palabras de la chica lograron captar toda su atención.

—Entonces la señorita Thorold dijo, «¿qué hacemos con la señorita Quinn?» El señor Gray parecía no saber qué decir, pero finalmente respondió, «Ella no es ninguna amenaza, ya lo sabes». Permanecieron en silencio durante un minuto o dos y entonces él dijo, «llegado el caso, ¿qué pasaría con George y James Easton?» Y la señorita Thorold resopló y dijo, «déjales estar, de momento».

Mary miró instintivamente hacia la puerta. Naturalmente, no se oía ruido ni movimiento alguno en el pasillo.

—¿Qué pasó entonces?

Cass negó con la cabeza, desanimada.

—Nada, señorita. Después de aquello, se oyó un ruido en el salón y la señorita Thorold se marchó de la sala. Oí el ruido de sus zapatillas pero no sé hacia dónde fue. Pocos minutos después, apareció el señor Thorold y también usted.

Mary digirió la nueva información durante un minuto antes de que se le ocurriera otra cosa.

—¿Te quedaste atrapada detrás de la puerta en la despensa del mayordomo durante todo el desayuno? ¿También después de que yo bajara?

—No me importó, así pude descansar, señorita. —Cass tenía el aspecto de una niña traviesa.

En el piso de abajo, el reloj de péndulo dio las diez y cada uno de los repiques penetraron apagados a través de la puerta cerrada.

—Hablando de descanso, deberías irte a la cama.

—Sí, señorita Quinn. —Cass se levantó, obediente.

—Gracias por contármelo.

—Tenía que hacerlo, señorita. —Cass negaba con la cabeza con vigor.

Y lo dejaron allí.

Aquella noche, en la cama, reflexionando sobre los sucesos del día, Mary no pudo remediar especular sobre los contenidos de aquella caja de cigarros. Ciertamente, debía contener un recuento de dónde había ido su padre, quizás un mapa. Explicaría por qué había temido por su seguridad y quién era el responsable de haberlo puesto en peligro. Podría aclararle todavía más quién era él y, por extensión, quién era ella. ¿Qué haría con esa información? ¿Cómo manejaría la verdad sobre su padre y la incluiría en su vida? No tenía ni idea. Pero pronto lo sabría. Tendría algunas de las respuestas que tanto necesitaba.

Mary cayó dormida con el colgante puesto, con los dedos aferrándose a la talla de jade. Tenía ganas de examinar los documentos de su padre y culpó al caso en el que estaba trabajando por interponerse en su camino. Sin embargo, tenía un deber que cumplir. Y, como le había señalado el señor Chen, hacía una década que esperaba. Dos días, se dijo a sí misma. Quedan dos días.