Capítulo 8

James no había experimentado jamás la necesidad de retorcerle el cuello a una chica hasta aquel momento. Era un sentimiento poderoso, así que mantuvo el puño aferrado a su camisa de algodón para evitar tener que hacerlo.

—Tú y yo —rugió, dándole la vuelta para mirarle a la cara— tenemos que hablar.

—Tal vez más tarde —sugirió ella—. Después de la cena y de una rifa de caridad.

A pesar de sus palabras desafiantes, sus ojos traicionaban el miedo que sentía. En aquel momento, quería que estuviera aterrorizada. La tenía bien agarrada de la camisa y no podría huir sin ella. Sin separarse, retrocedieron sobre sus pasos y recogieron las pertenencias que habían quedado diseminadas por la calle durante la persecución. Chaqueta. Bolsa.

Mientras se aproximaban al almacén, distinguieron entre la niebla un gran carruaje de color negro.

Mary se quedó paralizada al verlo.

—Oh, no.

—Oh, sí.

—No voy a subirme ahí contigo.

—¿Por qué no?

Mary se resistió a su abrazo.

—No... es apropiado.

James hubiera estallado a carcajadas pero le había propinado un buen golpe y le había desencajado su sentido del humor junto con la nariz.

—Ah... pero corretear por Londres de noche vestida de muchacho si lo es.

No supo que contestar. Un pequeño milagro.

Abrió la puerta del carruaje y la lanzó al interior como si se tratara de ropa sucia. Subió tras ella y cerró la puerta.

Inmediatamente, Mary se lanzó hacia la otra puerta.

James se abalanzó hacia adelante y la clavó al asiento con las manos apoyadas en sus pequeños hombros.

—Ni lo intentes. No vas a salir hasta que yo te lo diga. —Sin apartar sus ojos de ella, dio un par de golpecitos en el techo del carruaje. El vehículo se puso en marcha.

Se le había soltado el pelo durante la huida. Tenía un aspecto ridículamente joven. Además, había perdido casi todos los botones de la camisa; debían de haber saltado cuando la atrapó. De pronto le subieron los colores y se cerró la camisa con un rápido movimiento. James también se sonrojó y apartó la mirada.

—¿Puedes darme la chaqueta? —susurró.

Se la tendió pero fue incapaz de disculparse. Sentía la lengua de piedra dentro de la boca. De modo que se entretuvo en cerrar las cortinas de ambas ventanas.

A continuación, se produjo un incómodo silencio. Mary fue la encargada de romperlo.

—Te sangra la nariz.

James parpadeó y se tocó la nariz para comprobarlo.

—Pues sí. —Se puso a buscar un pañuelo.

—¿Está... está rota?

No pudo evitarlo: las comisuras de sus labios se elevaron.

—Parece como si estuvieras esperanzada de que así fuera.

Empezó a reírse, pero se apresuró a sofocar la risa.

—Por supuesto que no —le contestó precipitadamente—. Yo no quería... es decir, quería darte así de fuerte, pero no sabía que eras tú... —No supo cómo continuar.

—¿Crees que está rota? —Se apartó el pañuelo y se acercó a ella.

Unos finos dedos trazaron la forma del puente de su nariz, tan suavemente que apenas pudo asegurar que lo estuviera tocando.

—Es posible... te saldrá un moratón, eso seguro.

—Mientras no acabe deformada y de lado, no me preocupa.

—Deberías ver a un médico —le dijo ella mientras apartaba la mano, insegura.

James sonrió de repente e hizo una mueca de dolor.

—Es lo que te dije que hicieras. ¿Lo hiciste?

—Se está curando. —Agitó la mano con un gesto de despreocupación.

James se sorprendió ante la sensación de estar disfrutando de su compañía. El brillo de sus ojos, su actitud insolente, la intimidad del carruaje... Ya era hora de volver a retomar el tema que les ocupaba.

—Entonces, señorita Quinn, ¿qué interés tiene en los asuntos privados de Henry Thorold?

Toda calidez desapareció de su rostro y se enderezó en su asiento.

—No es de su incumbencia.

—Ah, pero puede que lo sea —insistió—. Puede que pronto mi familia establezca lazos familiares con los Thorold. Por tanto, debo saber por qué irrumpiste esta noche en sus almacenes y qué has encontrado.

—¿Es esa la razón por la que estabas merodeando? ¿Para espiar a tus futuros parientes?

—Un comentario bastante triste para nuestros tiempos modernos, ¿no te parece? —Trató de aparentar que se sentía avergonzado, pero no lo logró.

—Qué trágico —le espetó—. Dejaré que te lamentes en privado. —Dio dos golpes al techo del carruaje y buscó el pestillo de la puerta.

James se recostó en el asiento y cruzó los brazos.

—No le recomiendo que salte de un carruaje en movimiento, señorita Quinn.

Tenía razón. El carruaje seguía su curso zarandeándose a toda velocidad. Le miró detenidamente.

—¿Por qué no nos detenemos?

No pudo reprimir una sonrisa.

—Porque mi cochero está bien instruido y conoce mis golpes.

Mary se lo quedó mirando durante un segundo y descorrió la cortina.

—¿Dónde estamos? —Como el interior del carruaje estaba iluminado, lo único que acertaba a ver era su propio rostro reflejado en la ventanilla.

—¿Twickenham, quizás? —Se encogió de hombros. A Mary se le había soltado el pelo durante la persecución. ¿Cómo sería tocar aquel cabello lacio y sedoso? Se sacudió el pensamiento de la cabeza en cuanto acabó de formarse.

—¡Esto es un secuestro! —Su cuerpo se puso rígido.

—No, no lo es. No se lo tenga tan creído, señorita Quinn.

—Entonces, ¿qué quieres? —le preguntó, mirándole de soslayo.

—Tan solo una breve conversación. Te llevaré de vuelta a Cheyne Walk una vez hayamos hablado.

—¿De verdad piensas que me lo voy a creer?

—Mi querida señorita Quinn, si quisiera un melodrama, iría al teatro —James hizo un gesto de desprecio con la boca—. No la estoy secuestrando. No tengo ningún motivo oculto. Y sí, espero que me crea. Ahora, hablemos: será beneficioso para ambos que compartamos la información y que posiblemente trabajemos juntos. O, por lo menos, no uno en contra del otro.

Se esperaba una mayor indignación. Pero, en lugar de eso, Mary se cruzó de brazos y le miró fríamente.

—Es justo, supongo. Tú primero.

—Descubrí no hace mucho que algunos inversores privados habían sufrido grandes pérdidas en varias de las expediciones comerciales de Thorold en los últimos años. Parece ser que se justificó con el argumento de que los barcos o bien habían naufragado o bien se habían perdido en el mar. Sin embargo, estos inversores creen que, en contra de lo que dice, los barcos no se perdieron. Están convencidos que Thorold se ha quedado con los beneficios.

Ella tenía un semblante escéptico, así que se apresuró a proseguir, adelantándose a sus preguntas.

—Normalmente, resulta difícil ocultar este tipo de sucesos: todos los barcos se registran y su progreso queda marcado en los mapas. Cuando un barco naufraga o se pierde, algo bastante habitual, suele ser de dominio público. Sin embargo, la mercancía de estos navíos en particular fue robada y los inversores confiaban recibir una alta compensación por sus inversiones, eludiendo obligaciones e impuestos. Por esas mismas razones, Thorold era capaz de dar explicaciones vagas sobre los detalles. Le hubiera resultado fácil mentir sobre ello.

James se dio cuenta, con cierta satisfacción, de que ahora sí que le estaba escuchando. La joven estaba furiosa, pero, por lo menos, no era tonta.

—Confío en que ahora comprendas la posición en la que me encuentro: potencialmente comprometedora.

—¿Es el contrabando lo que te molesta o simplemente la estafa? El honor entre ladrones y todo eso.

—No hay por qué mofarse. Tengo objeciones por ambas cosas.

—Por eso decidiste investigar...

—Sí.

—¿Por qué tú?

—¿La discreción no te parece razón suficiente?

—Uno puede comprar la discreción.

—También es cuestión de tiempo —dijo, asintiendo—. George desea declararse a la señorita Thorold muy pronto y necesito pruebas para impedirlo.

—¿Cuál era el cargo? —Aquello tenía sentido.

—Principalmente opio —respondió James tras una breve pausa—. Pero sé que Thorold también está interesado en las piedras preciosas.

—¿Y cuando sucedió?

—Según mis fuentes, hará de dos a siete años.

Mary reflexionó sobre aquello.

—Probablemente todos los registros de aquellos viajes hayan sido destruidos hace tiempo. Si es que existieron alguna vez.

—Lo sé —dijo James mientras se frotaba las manos. Parecía cansado—. Precisamente esa es la razón por la que no he acudido a las autoridades.

—Supongo que estarás únicamente interesado en la ruta hacia China.

—No estoy seguro... el opio también se cultiva en el subcontinente indio, y el grueso del comercio de Thorold se concentra allí.

—Así que... ¿no tienes ni idea de dónde salen los barcos o qué ruta pueden haber tomado? —Mary lo miraba incrédula.

—Acabo de iniciar mi investigación —le contestó a la defensiva.

—Y... ¿cómo esperas descubrirlo? —gesticuló incrédula—. ¿Siguiéndome por Londres?

—¿De nuevo el melodrama? —James enarcó la ceja izquierda.

—Sencillamente no sé por qué crees que puedo serte útil —dijo Mary con un suspiro.

—Francamente, me preocupa más lo que puedas perjudicarme. Ahora que me he explicado, ¿qué interés tienes tú?

—No tardaré en contártelo. Yo que tú le diría al cochero que se dirija a Chelsea. He de llegar antes que los criados se levanten y empiecen con sus tareas.

—No hasta que te hayas explicado.

Se lo quedó mirando con lo que Mary creyó que era una mirada asesina.

James se encogió de hombros de manera amistosa y volvió a mirar por la ventana.

—Además, hace un día precioso para un paseo por el campo.

—Oh, muy bien —suspiró. Se quedó callada, como si estuviera reflexionando—. Creo que estás informado sobre lo que le ocurrió a Gladys, la última camarera de los Thorold.

—Sí. —Su rostro estaba petrificado, inexpresivo.

—Su hermana no sabe nada de ella desde que la despidieron, lo cual no es propio de Gladys. Su hermana es amiga mía. Está muy preocupada por ella y me pidió que tratara de averiguar qué le había pasado.

James esperó varios segundos, pero parecía haber terminado. La miró con incredulidad.

—¿Una criada desaparecida?

—Sí.

—¿Y esperas que me lo crea?

—¿Y ahora quién está cayendo en el melodrama?

—Eso parece una tarea policial. —Frunció el ceño.

—¿Cómo lo que haces tú?

James volvió a fruncir el ceño pero no siguió con el tema.

—¿Qué descubriste ayer por la noche?

—Nada —dijo con un suspiro.

Barajó la posibilidad de rebuscar en su bolsa para asegurarse de ello, pero habría resultado demasiado grosero. (Una idea extraña, teniendo en cuenta cómo la había tratado antes).

—¿Qué estabas buscando?

—De todo, en realidad. Cartas. Instrucciones. Recibos. Cualquier cosa que se refiera a ella, o a las casas de mujeres caídas en desgracia, prostíbulos, talleres o cualquier lugar donde pudiera haber acabado.

—Pero, ¿por qué tendría Thorold esos documentos? Quien se encarga del servicio doméstico es la señora Thorold.

—La señora Thorold no aparece en esos registros; le molesta hasta apoyar la pluma en el papel. Además, ¿crees que un hombre como Thorold podría pedirle a su mujer enferma que se ocupara del destino de una criada a la que ha seducido?

—Pero, ¿por qué quedarse con los documentos relativos a ella? ¿No la echó sin más?

—Seguro que eso sería lo que le sugerirías tú. —Mary le miró con desdén—. Lo admito, eso sería lo más probable. Sin embargo, Gladys estaba embarazada. Thorold perdió a sus hijos hace unos años y se pone sentimental con ese tema. Existe una pequeña posibilidad de que hubiera tratado de ayudar a la chica, quizás hasta mantener el contacto. Públicamente, jamás hubiera podido reconocer al niño, pero parece ser que eso no suele detener a ciertos hombres.

—Ya veo. —James guardó silencio durante un minuto.

—¿Afectará esto a la actitud de tu hermano con la Señorita Thorold?

—No. George está totalmente enamorado de ella. Además, el viejo tema de la amante embarazada no nos afectará legalmente. —Vio la expresión en su rostro al decir aquello—. Sin ánimo de mostrarme irrespetuoso con tu amiga Gladys, por supuesto.

—Por supuesto. —Su tono era glacial.

—Emm... James fingió un ataque de tos—. Supongo que no recordarás si alguno de esos documentos estaba relacionado con...

—¿Tus intereses? No había nada que tuviera que ver con el opio. Todo lo que encontré era legal. Habitualmente, los barcos de Thorold transportan mercancías manufacturadas, como productos textiles y acero, a la India, y regresan con cosas como té y arroz. A veces los navíos hacen una tercera parada en América o en las Indias occidentales, aunque hoy en día es poco frecuente.

—Entiendo.

—¿De verdad? —Era imposible leer la expresión de su rostro. Sus ojos, de color marrón avellana o verde, dependiendo de la luz, ahora estaba segura, se mantenían fijos y desafiantes.

No sabía cómo contestar. Tenía una mancha oscura en la mejilla —¿carbón? ¿suciedad?— que, por alguna razón, le resultaba encantadora.

—Si es así, ¿qué tontería era esa del otro día sobre si era la amante de Thorold?

—Era simplemente una teoría. —Confiaba en que la tenue luz enmascarara su sonrojo.

—Sonaba a acusación.

—Le pido disculpas. —El calor que sentía bajo el cuello de la camisa empezaba a ser sofocante y las palabras le salieron con dificultad.

—No sueles disculparte a menudo, ¿verdad? —El brillo de sus ojos traicionaba lo que aquello le divertía.

—No. Te encuentras entre esos pocos —y sonrió muy a su pesar.

—Bueno, mientras nos comportemos civilizadamente el uno con el otro. ¿Por qué no regresamos a Chelsea?

James obedeció, sacó la cabeza por la ventana y le dio las instrucciones al cochero.

—Tardaremos solo unos minutos —dijo mientras comprobaba la hora en su reloj—. Estamos cerca de Battersea y ya son las cinco pasadas.

—Gracias. —Parecía estar burlándose de él.

—Oh, ha sido un auténtico placer, señorita Quinn —dijo con una sonrisa—. Debemos repetirlo pronto.

—Tal vez en cuanto se le cure la nariz. —No pudo evitar que se le escapara la risa.

—Se curará. —James se recorrió el contorno del puente de la nariz con el dedo—. ¿Dónde demonios aprendiste a luchar así?

—¿Así cómo?

—Como un hombre, supongo. La mayoría de las mujeres se hubieran puesto a chillar y hubieran tratado de arañarme la cara. O sencillamente se hubieran desmayado.

—Siempre he sido un poco masculina.

—¿Un poco masculina y con un montón de hermanos? —Se lo podía imaginar: una chica delgada, de aspecto feroz rodeada de un montón de muchachos bien fornidos.

—Algo así. Y ahora me debes una respuesta: ¿cómo sabías que estaría en los almacenes esta noche?

—Te vio inspeccionándolos antes —dijo James satisfecho.

—¿Esta mañana? —Mary tenía los ojos como platos—. Pero, ¿cómo sabías que estaría allí?

—Me... informaron dónde estabas.

—¿Quién?

—Un empleado.

—¡¿Me estabas vigilando?!

—Supongo que no fue muy considerado por mi parte...

—Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar —admitió Mary tras reflexionar un instante.

Por el sonido de las ruedas del carruaje, debían de estar cruzando Albert Bridge. En un minuto llegarían a Cheyne Walk.

—Mira, creo que deberíamos colaborar —dijo James acercándose a ella.

—¿Por qué? —Se le formó una pequeña arruga entre las cejas.

—Porque de ese modo podríamos cubrir más terreno —le dijo él con impaciencia—. Y porque así no correríamos tanto riesgo de interferir en las investigaciones del otro, además de no poner en alerta a Thorold.

—Pero estamos investigando sucesos y periodos de tiempo totalmente distintos.

—Pero en busca de evidencias similares... si existen. Mira, no puedes seguir irrumpiendo en ese almacén para leer los documentos de Thorold, noche tras noche. Quizás tengas, como mucho, un par de oportunidades más antes de que uno de los guardas te descubra. Y si para entonces no has hallado ningún indicio en concreto, ¿qué harás?

—Improvisar, supongo.

—Precisamente. Y ahí es donde te sería útil tener un socio.

—Y naturalmente tú serias el socio perfecto. —Mary le miró circunspecta.

—Te encontré esta noche, ¿no?

El carruaje se detuvo. James miró por la ventanilla.

—Estamos en la esquina de Lawrence Street —le dijo—. ¿Te va bien aquí?

—Perfecto. —Mary se dispuso a salir, pero sus largos dedos se cerraron sobre los de ella en la manilla de la puerta.

—Por lo menos, piénsatelo.

Mary se quedó paralizada, con el rostro a pocos centímetros del de él.

—¿Por qué estás tan seguro de que puedes confiar en mí? —le preguntó suavemente, mirándole a los ojos.

—No lo estoy. —Él también la miraba fijamente—. Pero estoy dispuesto a correr ese riesgo.