Capítulo 24

En un día especialmente melodramático, lo primero que presenció Mary al llegar a Cheyne Walk fue una nueva escena en el salón: la señora Thorold, trágica y débil, se apoyaba en el respaldo de una silla en busca del equilibrio; Angélica, pálida y llorosa, agarraba la mano de Michael; Michael, con aspecto culpable pero decidido. Al entrar en la sala, descubrió que solo sus ojos se movieron al dirigirse a ella. Sus cuerpos permanecieron paralizados.

La señora Thorold volvió a centrar su atención en la pareja culpable.

—Señorita Quinn, ¿le sorprendería si le dijera que mi hija se ha casado?

—No, señora.

—¿O si le contara con quién se ha casado?

—No, señora.

La señora se dirigió a Mary. Su rostro estaba acalorado por la ira y las marcas de la viruela en su rostro eran más visibles que nunca.

—Imagino, entonces, que les ayudó en este patético y pequeño plan.

—Sí, señora.

Un leve sonido de protesta surgió de Michael pero la señora Thorold lo silenció con un gesto brusco.

—¿Quién más de esta casa participó en el engaño?

—Nadie más, señora.

Le siguió un pesado y escéptico silencio.

—Ya veo. —Se dirigió a Mary con aire sereno—. Tú, por supuesto, estás despedida.

Se produjo una breve pausa, durante la cual posó su mirada en su yerno.

—A ti pronto te arrestarán.

Angélica hizo un aspaviento pero Michael ni se movió.

La mirada de la señora Thorold se dirigió a la temblorosa figura de su hija.

—En cuanto a ti, hija mía... mi única hija... —Sonrió—. Ni un penique. Tan solo la ropa que llevas puesta.

Angélica se quedó boquiabierta. Hasta entonces había estado pálida, pero ahora, todo atisbo de color desapareció rápidamente de su rostro, dejándole los labios como la nieve.

La señora Thorold observó el efecto de sus palabras con aparente satisfacción.

—William os acompañará a los dos hasta la puerta. Llame al timbre, señorita Quinn.

—¿Mamá? —susurró Angélica—. Por favor...

La mirada de la señora Thorold le golpeó como si se tratara del filo de una espada.

—Tendrías que haber escapado —le dijo con fría satisfacción—. Por lo menos podrías haberte llevado algunas joyas.

Michael la miró horrorizado.

—Dios mío. ¡Una cosa es desheredar a su propia hija y otra muy distinta disfrutar con ello! ¿Está loca?

La señora Thorold miró a Mary.

—¡He dicho que llames al timbre!

—No. —Mary se cruzó de brazos.

—¿Cómo te atreves? ¡Es mi criada, señorita Quinn!

—Me ha despedido no hace ni dos minutos.

Mientras tanto, Michael rodeó a Angélica con un abrazo protector.

—Apóyate en mí, querida. Yo cuidaré de ti. —Y le dirigió a su suegra una mirada penetrante—. No es necesario, señora. La señora Gray y yo nos iremos encantados.

Angélica parecía estar a punto de desmayarse.

La señora Thorold se aferraba al respaldo de una silla ricamente tallada con tal fuerza que acabó con los nudillos blancos.

—¡Fuera! —espetó—. ¡Márchate de mi casa ahora mismo, desagradecida!

Mary se posicionó entre madre e hija.

—Señora Thorold, no gana nada echando a la señora Gray ahora en lugar de dentro de una hora.

—¿Ah, no? —Los ojos de la mujer brillaban mientras miraba el cuerpo encorvado de Angélica detrás de Mary—. Perdí a mi hijo y heredero hace años, mi marido es un idiota y ahora esta niñata no es capaz ni de concertar un matrimonio decente. ¿Qué más puedo perder?

—Los vecinos tendrán menos que comentar si es capaz de salir de casa por su propio pie.

Durante un instante, la señora Thorold pareció considerar a Mary con un renovado interés. Pero entonces se llevó una mano a la cabeza.

—Todo este desorden ha sido terriblemente enervante. Estaré descansando en mi dormitorio y no quiero que se me moleste bajo ninguna circunstancia. Cuando salga, quiero que os hayáis ido todos.

Una vez se hubo marchado de la estancia a trompicones, Mary se dirigió a la mesa de los licores. Sirvió dos grandes copas de brandy y se las ofreció a los Gray.

—Bebed esto.

En el prolongado silencio que siguió, Michael se lo bebió de un solo trago, se sirvió otro y se lo bebió con idéntica avidez. Angélica sorbía el suyo mecánicamente. El silencio solo se vio interrumpido por el repicar del reloj dando las cuatro.

Pasaron diez minutos más antes de que alguien volviera a hablar. Angélica rompió el silencio.

—Esta mañana anhelaba la independencia. Parece que mis plegarias han surtido efecto. —Su tono era seco y neutral.

Mary la miró detenidamente buscando señales de histeria, pero no encontró ninguna.

Michael se sentó y le cogió la mano.

—Puedes contar conmigo, querida.

—¿De verdad? —Angélica se giró hacia él.

—¡Claro que sí! Ahora somos marido y mujer.

Angélica miró a Mary.

—¿Lo somos?

Mary se sobresaltó.

—Fui tu testigo.

—Lo sé. Firmaste con tu nombre en el registro. —Angélica se bebió su vaso de brandy—. Pero pareces muy joven para tener veinte años, Mary.

Mary sentía el rostro cada vez más acalorado y le ardía la garganta.

—¿De verdad? —La voz le salió áspera.

—¿Estás segura de que no eres más joven? ¿Bastante más joven?

Michael, inquieto, se las quedó mirando a las dos.

—¡Eso es ridículo!

Angélica era la que estaba más calmada de los tres.

—Si tuviera que adivinar qué edad tienes, Mary, diría que dieciséis. Diecisiete como mucho.

Mary bajó la cabeza.

—No debí engañaros. Solo trataba de ayudar.

Michael intentó decir algo, pero la fría voz de Angélica frustró su tentativa.

—Por supuesto que no debiste hacerlo —admitió—, pero me alegro. Nos da argumentos para la nulidad.

Tanto Mary como Michael se dieron la vuelta para mirarla.

—¿Anj? ¿Querida? ¿Qué estás diciendo?

—¿Te encuentras bien, Angélica?

Angélica alzó la mano en un gesto que recordaba al de su madre.

—Estoy perfectamente. —Y suspiró profundamente—. Tras nuestra conversación de esta mañana, Mary, estuve un buen rato reflexionando sobre lo que quería realmente. Fue muy duro. Aunque siempre he tenido claras mis preferencias en lo que a vestidos y joyas se refiere, así como respecto a la propuesta de matrimonio más romántica del mundo, jamás me detuve a considerar cómo sería mi vida más allá de todo eso. Pensarás que soy una chica frívola y una tonta, Mary.

—¡Querida! —dijo Michael—. Pero eso es en lo que piensan todas las chicas.

—Eso parece —dijo Angélica, sonriendo con tristeza—. Pero esta mañana, empecé a pensar de nuevo. He cambiado mi punto de vista.

Mary se dio cuenta repentinamente de lo delicado de la situación.

—No debería estar aquí. Necesitáis hablarlo en privado.

Cuando se puso en pie, Michael alargó el brazo para detenerla.

—Puedes quedarte. Después de todo, esto es obra tuya. —Y se dirigió a su acalorada esposa—. Angélica, ¿de qué va todo esto?

Angélica miró a Michael fijamente.

—Ahora que mi madre me ha desheredado y que nuestro matrimonio no es legal soy libre para hacer lo que realmente quiero hacer.

Mary la miró, fascinada. Aquella Angélica era una nueva criatura. Tenía los mismos ojos azules, la misma belleza rubia y delicada, pero había un nuevo tipo de dureza en ella; un objetivo en el que concentrarse.

—Mi profesor de música, Herr Schwartz, hace tiempo que me anima a seguir mi formación en el extranjero. Tiene algunas conexiones en Viena... Hablé con él esta mañana, para preguntarle si no era demasiado tarde para empezar las clases con uno de sus colegas.

—Si todo lo que quieres son más clases de pianoforte...

La mano de Angélica detuvo nuevamente las palabras de Michael.

—Las clases de música no son más que el principio. Herr Schwartz cree que tengo potencial, que puedo tener futuro como concertista de piano. —Se detuvo y suspiró con un ligero temblor—. Es un plan aterrador, por supuesto. En realidad nunca quise irme al extranjero, ¡y ahora tendré que mantenerme impartiendo clases de música en una ciudad desconocida! Pero si Herr Schwartz es capaz de organizarlo, eso es lo que tengo intención de hacer.

Se produjo otro silencio de estupefacción.

Cuando Michael habló, su voz era amable, tratando de convencerla, con el tono que uno podría utilizar con un animal enfermo o un niño irracional.

—Angélica, amor mío, nunca me habías hablado de todo esto. Si lo que quieres son más clases de música, aunque tengan que ser en Viena, ¿qué tiene que ver eso con la nulidad?

Angélica parpadeó.

—No querrías ir a Viena.

—¿Por ti, querida? ¡Por supuesto que querría! Después de todo, no puedes viajar sola y mucho menos vivir en el extranjero sin un protector. Serías una presa demasiado fácil para los caballeros sin escrúpulos y con malas intenciones... Tu marido debe estar contigo, amor mío.

—¿Y de qué viviríamos? Ya has visto que mi madre me ha desheredado. Las clases de música no dan para mucho. No podría mantenernos a los dos, y mucho menos a tres.

Michael se sonrojó.

—No tendrías que trabajar, naturalmente —le dijo molesto—. Yo te mantendría a ti y a nuestra futura familia.

Angélica negó con la cabeza.

—Nos hemos desviado del tema. Michael, ya he tomado una decisión.

Otro silencio prolongado.

Cuando Michael volvió a hablar, su voz sonaba dura.

—Ayer te casaste conmigo. Me dijiste que me amabas y que serías mi esposa. Hoy no quieres saber nada de mí y estás dispuesta a huir a una ciudad extranjera para poder deshacerte de mí. ¡Exijo saber qué ha ocurrido en este intervalo de tiempo! —Se giró hacia Mary, con el rostro deformado por la ira—. ¿Qué demonios le has dicho?

Angélica se puso en pie.

—Tienes todo el derecho a estar enfadado, Michael, pero no debes gritarle a Mary. Esto es únicamente decisión mía.

Michael finalmente se derrumbó: la voz, el rostro, la postura.

—Pero, ¿por qué?

Angélica volvió a tomar asiento y esperó a que él hiciera lo mismo. Tras unos instantes, le dijo lentamente:

—Michael, eres un buen hombre, pero me casé contigo principalmente para desafiar a mis padres. Querían que me casara con un hombre de negocios rico y poderoso y yo escogí al hombre más pobre que conocía. —Michael se estremeció, pero ella continuó como si no se diera cuenta de nada; tal vez no se había dado cuenta—. No te quiero lo suficiente como para seguir casado contigo, ahora que todo lo demás en mi vida ha cambiado. Siempre he sido terriblemente egoísta; quizás crees que no lo sé, pero sí que lo sé. Y seguiré siéndolo. Voy a permanecer soltera y estudiaré música en Viena y rechazaré la opinión de cualquiera que intente impedírmelo. —Se quitó la alianza del dedo y se la ofreció a él—. Sé que no sirve de nada, Michael, pero lo siento. Michael mantuvo la vista fija en la alfombra durante mucho rato.

Mary apenas se atrevía a respirar.

Angélica seguía con la mano extendida hacia él, ofreciéndole el aro dorado.

Tras unos minutos, Michael se recompuso como pudo.

—Estoy seguro de que te irá muy bien en Viena.

—L... lo siento muchísimo, Michael —murmuró Angélica.

—Sí, eso ya lo has dicho antes.

—Encontrarás a alguien mejor que yo; alguien que te quiera —le dijo Angélica con alegría forzada. Fue exactamente lo que no debería haber dicho.

—No, no es cierto. Voy a ir a prisión.

—La investigación policial te eximirá de todo —le dijo Mary—. Si les cuentas lo que me contaste ayer... podrías mostrarles los documentos que copiaste...

Michael se encogió de hombros y se puso en pie.

—Dudo mucho que me escuchen. Si me disculpan, señoras... —Abandonó la sala ligeramente encogido de hombros, en una actitud muy distinta de su habitual elegancia y distinción.

Angélica miró a Mary con los ojos muy abiertos.

—¿Crees que he hecho lo correcto?

—¿Qué parte? ¿La de pedir la nulidad?

—Todo, supongo. —Angélica hacia girar el anillo de boda entre el dedo y el pulgar—. Es terrible estar a punto de conseguir finalmente lo que querías.

—¿Lo es?

—Sigo preguntándome si debería retractarme. Aunque en realidad no quiero.

Mary sonrió de repente.

—Bueno, si cambias de opinión, siempre te queda George Easton...