Capítulo 26

Mary estaba haciendo su equipaje cuando un puñado de gravilla se estrelló contra la ventana. Se quedó sin respiración, aunque parecía una tontería. James había dejado perfectamente claro lo que opinaba de ella. Dudó, sin saber cómo responder. Tras unos segundos, de nuevo unas piedrecitas golpearon contra el cristal. Abrió la ventana de par en par y miró hacia la calle, ansiosa a pesar de sí misma. Pero, en lugar del joven alto, había un niño enclenque. Una nube de cabello pobre le cubría casi todo el rostro. Tenía que tratarse de un error. Sin embargo, cuando Mary miró hacia abajo, el pequeño individuo hizo una señal furtiva. Tras un instante, Mary asintió y señaló la puerta de servicio.

Un último vistazo a la habitación le confirmó que todo estaba en orden. Su baúl estaba bien cerrado y etiquetado. Uno de los criados se encargaría de su transporte. Mientras descendía por la escalera de los Thorold por última vez, se sintió embargada por los acontecimientos del día: las indignadas negativas culpables de Thorold; la ira de James; los llantos de Angélica, seguidos por el dolor de Michael; la alegría de la señora Thorold. Mary no veía el momento de regresar a la Agencia.

Ignorando a la Cocinera, abrió la puerta y parpadeó, asombrada.

—¿Cass? —Sus miradas se encontraron solo un instante, tras lo cual, Cass clavó la vista en el suelo. Todo tipo de preguntas se agolparon en la cabeza de Mary. ¿Qué haces aquí? ¿Estás herida? ¿Has cambiado de opinión? ¿Qué sucede? Pero finalmente se decidió por un «Hola.»

—Señorita —la voz de Cass era apenas audible.

Mary esperó hasta comprender que no iba a decir nada más.

—No podemos hablar aquí —le dijo en voz baja—. Te espero en la parte de atrás de los establos. —Esperó de nuevo—. ¿De acuerdo?

El asentimiento de cabeza le dio a entender que Cass lo había comprendido. Mientras Mary hacía el mismo recorrido a la inversa, se dio cuenta de repente de que había cometido un error. Era poco probable que Cass diera la vuelta hasta los establos. No solo Brown y el resto de criados solían rondar por allí para fumar y cotillear, sino que, seguramente, Cass se lo pensaría dos veces antes de hablar con ella y saldría huyendo. Maldita sea. Su segunda oportunidad de ayudar a la chica y la había vuelto a fastidiar. La idea le hizo salir corriendo a través de la cocina y salir por la puerta de atrás. De camino al patio, se dio cuenta de que el carruaje no estaba en el garaje. No tenía tiempo para pensar en ello en aquel momento.

Hoy la suerte no parecía estar de su lado. No había señal alguna de los criados, pero en la esquina más oscura de la callejuela de los establos logró vislumbrar la figura de Cass Day. Mary caminó hacia ella lentamente, como si se acercara a un animal aterrorizado. Dejó que Cass hablara primero.

—Lamento haber huido, señorita —dijo por fin, con la voz ronca.

—¿Te asusté?

Los ojos de Cass miraron hacia un lado, nerviosa.

—Usted no, señorita. Quiero decir, es decir, no fue culpa suya. Fui una tonta. —Tras una pausa angustiada, logró balbucear—: Las otras criadas no dejaban de susurrar sobre la trata de blancas, señorita, y de leer sobre esas cosas en los diarios. Y no dejaban de hablar sobre el aspecto respetable de las damas que dirigen esos negocios. No hablaban de otra cosa, sin parar, y cuando usted, es decir, cuando yo, esto es...

—¿Creíste que te iba a secuestrar? —Los ojos de Mary se abrieron de par en par.

La cara de Cass estaba roja como un tomate.

—Pensaba que esa era la razón por la que era tan amable conmigo. No podía ni imaginar que una señora me tratase así, si no era por eso.

Mary sintió una cierta empatía. ¿No le había dicho ella prácticamente lo mismo a Anne Treleaven hace unos años?

—Supongo que eso demuestra que soy demasiado estúpida para ir a la escuela... ¿no? —A pesar de sus palabras, el tono de la chica estaba lleno de esperanza.

—¿Has vuelto a pensar en volver a la escuela?

Asintió con tanta fuerza que el pelo se movió de un lado a otro.

—Sí que quiero ir... si todavía puedo. Si no está demasiado enfadada.

—No estoy enfadada y todavía hay una plaza en la escuela de que te hablé.

—Trabajaré duro, lo prometo. No soy inteligente, señorita, pero haré lo que pueda, le juro...

Mary la cogió por los hombros.

—No me lo prometas a mí, Cass. Prométetelo a ti misma.

Los ojos de Cass se agrandaron mientras asimilaba aquello. Luego asintió.

—Es usted muy buena conmigo, señorita Quinn.

—¿Estás segura de que no me dedico a la trata de blancas? —dijo Mary con una sonrisa.

A Cass se le sonrojaron hasta las orejas. Luego se rió de sí misma tímidamente. Sonaba como un pequeño intento de carcajada, como si la persona que lo producía no estuviera muy familiarizado con ello. Fuera como fuese, era la primera vez que Mary la oía reír.

—Sí, señorita.

Iban en un cabriolé que se dirigía hacia St. John's Wood cuando Cass extrajo su libreta.

—Creo que debo de ser muy tonta, señorita Quinn, porque conozco los números y algunas letras, pero no logro verle el sentido a todo esto.

Mary aceptó el objeto con reticencia. Ahora que la misión había terminado, estaba cansada. La cabeza le daba vueltas con información al azar que no lograba encajar y darle coherencia. Y quería que la dejaran tranquila para pensar sobre su padre.

Sin embargo, Cass la miraba expectante. Mary ojeó el cuaderno, repasando las páginas escritas minuciosamente con columnas de números.

—Se trata de una hoja de cuentas, Cass. Muestra las sumas de dinero que entran y salen de un negocio. —Le mostró una de las páginas—. Mira: aquí hay una fecha, seguida de varias entradas de créditos y débitos por un total de cuatrocientas sesenta y dos libras, ocho chelines y cuatro peniques. Solo tiene sentido si sabes un poco de contabilidad.

—¿Tendré que aprender esto también? —Cass parecía consternada.

—Si quieres —murmuró Mary ausente, pasando la página.

—¿Lo saben hacer todas las señoras?

—La mayoría no. Es un trabajo de oficinista y todavía no hay muchas mujeres oficinistas.

Cass seguía mirándola con perplejidad.

Mary hojeó unas cuantas páginas más, echando un vistazo a la primera y última página de cada libro. Las entradas financieras incluían más de dos años y estaban anotadas con meticulosidad. Alguien estaría buscándolo frenéticamente.

—Cass, ¿de quién es este cuaderno?

Cass se sintió repentinamente culpable.

—No lo sé, señorita.

—Pero acabas de preguntarme sobre las señoras que saben de contabilidad...

—Quiero decir que la en... encontré, señorita.

—¿Dónde?

—Junto a los escalones de la entrada, señorita. Cuando los estaba blanqueando.

Mary se obligó a hablar con calma.

—¿En la casa de los Thorold?

—Sí, señorita.

—¿Cuándo?

—No lo recuerdo exactamente. Hace una semana. O menos.

—¿Mencionaste a alguien haber encontrado el libro? ¿A la Cocinera, quizás?

Cass negó con la cabeza.

Mary miró lo que tenía en la mano. Era pequeño y estaba gastado, incluso se había borrado la parte dorada de las páginas, pero debía de haber sido un objeto muy valioso.

—¿Viste a la persona que lo perdió, Cass?

Al oír aquello, Cass pareció hundirse en el asiento.

—N... no lo sé, señorita.

Mary la miró con cautela.

—¿Estás segura?

La mirada de Cass seguía fija en el libro.

—Es muy importante, ¿verdad, señorita?

—Mucho más de lo que crees. —Mary asintió.

Cass la miró un segundo más y luego suspiró profundamente.

—No lo vi muy bien, señorita, pero creo que era la señora Thorold. Salió de la casa cuando estaba blanqueando los escalones, así que tuve que volver a hacerlo. Al empezar desde el principio, la encontré. Antes no estaba allí. —Se detuvo y, poco después, siguió a la defensiva—. Pero no puede ser suyo, claro, porque es una señora y no una oficinista o algo así, ¿no?

Mary reflexionó. Sí, tenía sentido. La señora Thorold había salido precipitadamente de casa el miércoles por la mañana tras mostrarse de muy mal humor. El mismo día que Mary había oído la conversación entre Angélica y Michael en el salón. Pero si aquello pertenecía a la señora Thorold, el affaire de Pimlico adquiría una nueva perspectiva. ¿Era posible que en lugar de consultar a médicos y de tener una aventura ilícita, la señora Thorold estuviera inmersa en un negocio clandestino? ¿Y qué tipo de negocio, exactamente?

Mary hojeó las páginas una vez más, ahora ya sin ningún escrúpulo que pudiera haber sentido por inmiscuirse en los asuntos privados de otra persona. Había una nueva hoja de cuentas para el mes en curso, pero sin fechas específicas. De vez en cuando, había grandes espacios en blanco entre dos transacciones —en ocasiones de hacía meses—, pero también había grupos de entradas. De modo que se trataba de un negocio de temporada, o que dependía de circunstancias externas.

Si tuviera algo más de información... hojeó el resto de páginas en blanco; el cuaderno estaba a medio escribir. Al final del libro, vio una pequeña anotación en lápiz medio borrada: C:7, G.V., Lh.

Se reclinó en el asiento, perpleja. ¡Por supuesto!

Menuda atontada, obtusa y bobalicona había sido. ¡Y el carruaje ya no estaba! La señora Thorold había dicho que estaría en su habitación, pero con todo el caos, nadie lo había comprobado...

Mary se apoyó en el exterior del vehículo y le dio al conductor una serie de rápidas instrucciones. Se volvió a sentar y le dijo a Cass:

—Escucha, Cass. Me acabas de decir algo muy importante y debo resolverlo inmediatamente. El conductor me lleva al este de Londres. Después te dejará en la escuela, en Acacia Road. Se llama Academia para Señoritas de la Señorita Scrimshaw. Pregunta por la señorita Treleaven. Dile que eres una nueva estudiante y luego dale este cuaderno. Dile que voy a encontrarme con la señora Thorold en el 7 de George Villas, en Limehouse, y que se dirija inmediatamente hacia esa dirección. ¿Me entiendes?

—Sí. —Cass parecía preocupada.

Mary le puso la mano en el hombro. Aparentó no darse cuenta de que, una vez más, la chica se había estremecido anticipándose al golpe que iba a recibir.

—No has hecho nada malo, Cass; nada en absoluto. Y me has ayudado muchísimo. Lamento no poder presentarte a la señorita Treleaven yo misma, pero, por favor, entiende que ahora mismo hay una cosa muy importante que tengo que hacer.

Cass asintió lentamente.

—Lo entiendo.

—Bien.

Mary no consideró seriamente qué estaba haciendo en Limehouse hasta que hubo pagado al conductor para que llevara a Cass sana y salva a la Academia. Se había equivocado tantas veces en los últimos días que su convicción empezó a desvanecerse en cuanto sus botas pisaron la pegajosa calzada llena de podredumbre próxima a George Villas. El cuaderno de la señora Thorold —si podía demostrar que era suyo— no era más que un recuento de transacciones comerciales. No había ninguna referencia específica ni nada que la relacionara con el refugio de los lascars salvo una dirección escrita a lápiz. Sin embargo, en algún rincón de su mente, las cosas encajaban. Ni siquiera en aquel momento podía decir por qué estaba tan convencida que la respuesta se encontraba allí. Pero allí estaba ella, dando al instinto prioridad sobre la lógica consciente; a las entrañas sobre el raciocinio.

Lo vio en cuanto dobló la esquina: una nube de humo saliendo de una serie de casas altas y estrechas que se extendían al final de la calle. Una pequeña multitud se había congregado frente a los edificios, más dispuestos a contemplar el espectáculo que a apagar el fuego.

Mary empezó a correr.

—¿Cuándo empezó el incendio? —le preguntó a la robusta mujer de mediana edad que tenía más cerca.

—Acabo de llegar. —La voz de la mujer era serena, sin prisas. Se cruzó de brazos sobre el sucio delantal y se dispuso a disfrutar del espectáculo.

Mary se abrió camino a empujones hasta situarse delante de la multitud.

—¿Hay alguien ahí dentro? —gritó.

Los rostros a su alrededor se mostraron indiferentes.

—Tú. —Mary señaló a una chica descalza, vestida con un chal y con pinta de recién levantada de la cama—. ¿Han comprobado si todavía queda alguien dentro?

La chica negó con la cabeza.

—Es demasiado tarde para eso —dijo mientras señalaba—. ¿Ve cómo se está propagando? —El humo y las llamas eran visibles desde la ventana al otro lado del edificio.

—¿Quién vive en la portería de al lado? —preguntó Mary con desesperación—. Seguramente querrán apagar el fuego.

La muchacha la miró con ojos adormilados aunque inteligentes.

—¿En ese agujero? ¿Por qué debería importarle a nadie? —Y para ilustrar sus palabras, alguien lanzó un ladrillo y rompió la ventana de uno de los pisos. La multitud se puso a jalear.

Mary, desesperada, miró hacia el edificio. Por suerte, los viejos marineros salían de allí cada mañana y el señor Chen era competente y sensato. No arriesgaría su vida para recuperar simples posesiones; ni siquiera la caja de cigarros. Aun así... pese a su evaluación racional, prevaleció su sentido de la convicción. Se volvió de nuevo hacia la multitud, comprobó que no había ningún policía a la vista y corrió al interior del edificio.